Apéndice 2. La espada de Thomas Muntzer
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NUMEROSOS espíritus libertarios han evocado —a veces por ignorancia— el nombre de Thomas Müntzer. Este patético héroe de los oprimidos merece aquí un lugar aparte, por haber sido un personaje muy expresivo del período de tremenda agitación espiritual y social que vio nacer a la reforma luterana, una reforma que no pudo satisfacer las demandas y anhelos de todas las personas que directa o indirectamente contribuyeron a su nacimiento y expansión. Entre los hombres defraudados por Lutero debemos contar a Müntzer, que fue su discípulo y después su enemigo.
Thomas Müntzer nació en Turingia, en 1488. Seis años menor que Lutero, se convirtió pronto en un intelectual inquieto, ávido de libros y maestros, constantemente sometido a dolorosas dudas respecto a la existencia de Dios y la autenticidad del cristianismo. Müntzer estudió teología y filosofía, llegó a dominar el griego, el latín y el hebreo, obtuvo títulos académicos y, como culminación de la primera etapa de su vida, se ordenó sacerdote, lo que no bastó para aplacar su inquietud espiritual.
Pronto el padre Müntzer fue seducido por el mensaje de Lutero y se separó de la ortodoxia católica, como tantos otros que despreciaban a una Iglesia que parecía haber sucumbido a los encantos de este mundo. Müntzer se adhirió a Lutero, primero de manera apasionada e incondicional —como correspondía a su personalidad— y luego con reservas y críticas que no tardaron en producirle un nuevo período de zozobra espiritual. De este estado insoportable no salió de la mano de Lutero, ni de la de otros doctos maestros de Wittemberg. Su «salvador» fue un oscuro personaje llamado Miklas Storch. El cultísimo Müntzer sucumbió a la apocalíptica doctrina de este modestísimo tejedor de Zwickau.
Storch estaba convencido de que la segunda venida de Cristo era inminente, siendo el deber de los justos exterminar a los injustos, a manera de preparación para el magno acontecimiento. La idea, que no era original —ya había animado a varios movimientos milenaristas— encandiló a Müntzer, que se concentró en el estudio del libro del Apocalipsis y, muy en particular, en la narración bíblica que describe la eliminación de los sacerdotes de Baal. Su lenguaje, como consecuencia de estas lecturas y de la prédica del tejedor, se cargó de términos incendiarios. Con una seguridad en sí mismo completamente nueva —Storch le había dicho que Dios se comunica directamente con su elegido— arremetió no sólo contra el papa —como hacía Lutero—, sino también contra todos los poderes terrenales, contra los ricos en general, y también contra los luteranos, a quienes consideraba asociados al poder de los injustos.
Convencido de que Dios le había elegido para desempeñar una misión trascendental, Müntzer ya no volvió a conocer los tormentos de la duda y la incertidumbre. Siempre alentado por Storch, arremetió contra todos los enemigos de Dios, apelando a su temible facilidad de palabra. Entre las víctimas de sus sermones se contaba, desde luego, el representante de Lutero en Zwickau, quien a la sazón se encontraba en excelentes relaciones con la alta burguesía de la ciudad. El luterano respondió con la máxima energía, y se produjo una tremenda polémica que llegó a dividir en dos a la opinión pública. En opinión de Müntzer, había llegado el momento de separar el trigo de la cizaña. Se expresaba en estos términos: «Ha llegado el tiempo de la siega; por eso el mismo Dios me ha encargado de la cosecha. He empuñado mi guadaña. Porque mis pensamientos están anclados en la verdad, y mis labios, mis manos, mis pies, cabello, alma, cuerpo y vida maldicen a los incrédulos». El consejo municipal de Zwickau decretó la expulsión de Müntzer, antes de que produjese una insurrección popular.
Sufriendo diversas penalidades, sin claudicar nunca —no volvería a hacerlo— llegó a Praga, donde pudo hablar hasta que las autoridades comprendieron el peligro y lo expulsaron. Al cabo de un largo peregrinaje, Müntzer se radicó en la pequeña ciudad de Allstedt, donde se casó y continuó con éxito su tarea de predicador apocalíptico. Legiones de campesinos y mineros de la comarca acudían a escucharle, y Müntzer pudo organizar con rapidez su «liga de los elegidos». En su imaginación al menos, Allsted se convertía en el foco de una auténtica revolución espiritual. Sus analfabetos seguidores eclipsarían, con la ayuda de Dios, a los doctos teólogos de Wittemberg.
Nadie menos dispuesto que Müntzer a pactar con los poderes terrenales. Y nadie más impaciente al pensar en sus ideales. Para preparar la segunda venida de Cristo, los «elegidos» debían estar dispuestos a empuñar la espada, para acabar con los impíos. Todavía trataba de atraer hacia su doctrina a los príncipes piadosos, pero estaba claro que sólo consideraría dignos de respeto y verdaderamente piadosos a los que siguieran al pie de la letra sus directrices. ¿Cómo había que acabar con los impíos? Escribía Müntzer: «Para exterminarlos es necesaria la espada. Y para que se lleve a cabo honesta y realmente, deben realizarlo nuestros queridos padres los príncipes, quienes confiesan que Cristo está con nosotros. Pero si no lo hacen, la espada les será arrebatada… Si se resisten, serán ajusticiados sin piedad… En el tiempo de la siega se deben arrancar todas las malas hierbas de la viña de Dios. Ahora bien, los ángeles que están preparando la hoz para este trabajo no son otros que los fieles siervos de Dios. Porque los ateos no tienen ningún derecho a la vida…». Estas declaraciones pusieron en guardia a las autoridades, que no estaban dispuestas a desenvainar la espada en beneficio del movimiento religioso acaudillado por Müntzer. En el verano de 1524 el duque Juan —ya convertido al luteranismo— se desplazó hasta Allstedt, para escuchar al temible predicador y estudiar la situación sobre el terreno. Como era de prever, el duque Juan no se dejó encandilar por sus mensajes revolucionarios, pero tampoco tomó medidas drásticas, que habrían irritado a su espíritu de tolerancia. Lo mejor que podía hacer Müntzer era acudir a Weimar, para que su doctrina fuese sometida a la consideración de teólogos competentes.
Oído Muntzer en Weimar, se le recomendó — nada más— que guardase silencio en adelante. Pero esta recomendación, lejos de intimidarle, terminó de sellar su destino. Ya no esperaría la colaboración de los príncipes. A su juicio, éstos formaban parte de la cizaña, eran enemigos de Dios y deberían ser borrados de la faz de la tierra. Pronto empuñaría la espada en lógica consecuencia y no volvería a hablar, como antes, de «nuestros queridos padres los príncipes». Ya no esperaba nada.
Por su parte, Lutero no se quedó al margen de la discusión y escribió su célebre Carta a los príncipes de Sajonia, un virulento ataque contra Müntzer, cuyos seguidores fueron expulsados de varias ciudades, lo que les llevó a concentrarse en Allstedt. Al calor de esos días de frenesí, Müntzer redactó un texto de extraordinaria virulencia: Desenmascaramiento explícito de la falsa fe del mundo incrédulo. Ahora arremetía frontalmente contra los príncipes —que «pasan su vida comiendo y bebiendo como animales»— y contra los luteranos, considerados sus cómplices en la inícua tarea de impedir el acceso del pueblo a la verdad. Pero el pueblo — declaraba— no tardaría en librarse de unos y de otros: «Lo que es grande dará paso a lo pequeño. ¡Ah! Si los pobres campesinos oprimidos supieran esto, sería de gran ayuda para ellos». La misión de los «elegidos» era limpiar a la cristiandad de los gobernantes ateos y sus cómplices. Así respondía Müntzer a la recomendación de guardar silencio…
Un segundo panfleto de Müntzer puso las cosas al rojo vivo: La más amplia requisitoria y respuesta a la vida carnal y no espiritual de Wittemberg. Se trataba de un ataque contra Lutero, cuya alianza con los príncipes de este mundo le parecía diabólica en grado superlativo. Escribía Müntzer, refiriéndose a Lutero: «El malvado adulador calla sobre el origen de todo robo». Desde el punto de vista de Müntzer, los poderosos, contando con el apoyo teológico de Lutero y sus seguidores, inculcaban en el pueblo el divino mandamiento de no robar, pero sólo para robar ellos con absoluta impunidad. En uno de los pasajes más violentos, Müntzer se dirige a Lutero en estos términos: «Zorro astuto, por tus mentiras has entristecido el corazón del hombre justo, al que Dios no ha oscurecido, y con ello has fortalecido el poder de los ateos canallas, para que sigan por sus antiguos caminos. Por eso te pasará lo mismo que al zorro cuando es atrapado. El pueblo llegará a la libertad y sólo Dios será su señor». En resumidas cuentas, Lutero quedaba definido como la Bestia del Apocalipsis…
Como parte de su plan de agitación, Müntzer abandonó Allstedt —donde se sentía controlado de cerca— y se estableció en Mühlhausen, donde reinaba un clima propicio a la expansión de su mensaje revolucionario. Un tal Heinrich Pfeiffer, un monje que había colgado los hábitos, se había pasado más de un año arengando multitudes. Sus seguidores pertenecían a los estratos más pobres, a los más permeables al mensaje de Müntzer. En un año, Pfeiffer y los suyos habían logrado arrinconar a la oligarquía local y todo hacía predecir una resolución violenta del conflicto, en la que esta oligarquía, si quería imponerse, tendría que recurrir a todas sus fuerzas e incluso a sus aliados exteriores. En ese clima insurreccional, Müntzer y Pfeiffer se entendieron a la perfección. Completamente exaltado, Müntzer pasaba de la teoría a la práctica: provisto de un crucifijo de color rojo y de una imponente espada recorría las calles de la ciudad acompañado por un pequeño séquito de hombres armados y dispuestos a todo. Pero a la hora de la verdad, el estallido revolucionario fue dominado por las autoridades.
Müntzer tuvo que huir y se convirtió —transitoriamente, desde luego— en un profeta vagabundo. En Nüremberg publicó dos tratados teológicos que las autoridades confiscaron y quemaron. Para no correr la misma suerte que sus libros, Müntzer huyó. Al final, reapareció en Mühlhausen, donde Pfeiffer había recuperado un lugar al sol tras una temporada en la clandestinidad.
Visto el caso con la debida perspectiva histórica, todo indica que Müntzer no habría ido mucho más lejos de no mediar la tristísima guerra de los campesinos. El puso su grano de pólvora en la carga del descontento de los campesinos, pero sería excesivo atribuirle toda la responsabilidad de la tragedia. En rigor, ésta se produjo como consecuencia del enfrentamiento entre los campesinos y los príncipes. Aquéllos, en especial los más favorecidos —Müntzer sólo tenía audiencia entre los menos afortunados—, trataban de arrancar privilegios a la nobleza, intento que contrariaba los intereses de los príncipes, ansiosos de consolidar sus respectivas maquinarias estatales. En muchas regiones los campesinos celebraban su liberación de los recaudadores del papa, pero también los príncipes tenían recaudadores de impuestos, ansiosos de aprovechar en beneficio de su poder aquella liberación. Por lo demás, en plena ebullición social, los príncipes deseaban imponer el derecho romano, al tiempo que los campesinos se aferraban a sus viejas costumbres. Basten estos ejemplos. Desde todo punto de vista, los príncipes veían con recelo el creciente poder de muchos campesinos prósperos, y todo indica que, bajo cuerda, fomentaron un enfrentamiento bélico, en la certeza de que la victoria —prácticamente segura— les permitiría consolidar su poder, liquidando toda oposición.
Lutero tomó partido por los príncipes y condenó a los campesinos mediante un escrito violentísimo: Contra las asesinas y ladronas bandas de campesinos. Por su parte, Müntzer hizo lo contrario, a pesar de que su amigo Pfeiffer trató de impedir que se lanzase al campo de batalla del lado de tales «bandas». Pfeiffer era más prudente que Münzter, pues éste creyó que había llegado «la hora» cuando los campesinos le pidieron que se pusiese al frente de ocho mil hombres armados que se habían concentrado en Frankenhausen. El no los había concentrado, pero allí estaban, sin duda por obra de Dios. ¡Le esperaban! ¿Cómo podría quedarse en su casa? Sin pensarlo dos veces, Thomas Müntzer salió de Mühlhausen con trescientos seguidores —el mismo número de hombres que el bíblico Gedeón había conducido a la victoria sobre los madianitas—, como si la lucha se fuera a plantear en un plano espiritual, a pesar de los cañones que el ejército de Felipe de Hesse arrastraba hacia el campo de batalla.
El 11 de mayo de 1525, Müntzer se puso al frente de la variopinta y desordenada hueste que se arremolinaba en Frankenhausen. Aquí se vivía en un clima de exaltación espiritual que su presencia incrementó hasta extremos indescriptibles. Ahora, a la vista de esa multitud, Müntzer confirmaba su idea de que había llegado el momento supremo, la hora del último combate entre las fuerzas del bien y las del mal. Sí, habría batalla, pues allí estaban también, muy cerca, las fuerzas del landgrave Felipe de Hesse. Seguro de contar con el apoyo de Dios, Müntzer proclamaba: «¡A ellos, a ellos! ¡Mientras el fuego arde! ¡Que la espada no se enfríe! ¡Golpead, golpead sobre el yunque de Nimrod! ¡Destruid su torre! Mientras sigan con vida (los impíos) nunca quitaréis el temor de los hombres. No puedo hablaros de Dios mientras ellos os dominen. ¡A ellos, a ellos, mientras haya luz! Dios va delante de vosotros.» Todos los campesinos de la región debían acudir —por las buenas o por las malas— a engrosar sus huestes libertarias, y también los mineros, todos los pobres de la tierra. Seguro de sí mismo, Müntzer le escribía al conde Manfeld —su gran enemigo— en estos términos: «Dime, malvado, saco de gusanos, ¿quién te ha hecho príncipe sobre el pueblo que Dios ha adquirido con su preciosa sangre? Por el gran poder de Dios estás condenado a la destrucción.» Tan convencido estaba Müntzer de que ese poder estaba de su parte que descuidó los preparativos estrictamente militares. Para su desgracia, un arcoiris apareció en el cielo el día en que las fuerzas mercenarias de Felipe de Hesse se presentaron con sus cañones. Su emblema personal, el emblema de sus huestes, era precisamente el arcoiris… Bajo esta luz, el fenómeno atmosférico cobraba el valor de una señal divina y Müntzer, completamente exaltado, llegó a decir que las balas de la artillería enemiga serían como copos de nieve. El mismo las recogería en su manto.
Y sucedió lo previsible. Las huestes de Thomas Müntzer entonaban un himno al Espíritu Santo en el preciso momento en que Felipe de Hesse daba la orden de disparar. Bastaron unos cuantos cañonazos para producir una desbandada, y luego entró en acción la caballería, que dio alcance y mató a no menos de cinco mil seguidores de Müntzer. Este logró huir y se refugió en Frankenhausen, donde poco después fue encontrado en un sótano, tras la incondicional rendición de la ciudad. Fue juzgado y torturado junto a su amigo Pfeiffer. Ambos fueron decapitados el 27 de mayo de 1525. Entonces, aunque para nada hubiese servido la espada de Müntzer, nació la leyenda del héroe, cuya evocación inspiraría a los anabaptistas de los años venideros.
En el conjunto de la guerra de los campesinos, la tragedia de Frankenhausen fue sólo un capítulo — en el que, por cierto, los campesinos de la región no se mostraron a la altura de sus disciplinados colegas del sur y del oeste—. Si allí murieron cinco mil hombres, en otros capítulos sangrientos murieron no menos de cien mil.