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Apéndice 2. La Universidad del Renacimiento y Específicamente la Italiana

De Mienciclo E-books

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Lápida conmemorativa dedicada a Nicolás Copérnico en la iglesia de San Juan de Toru.
Lápida conmemorativa dedicada a Nicolás Copérnico en la iglesia de San Juan de Toru.

A pesar de que a finales del siglo XV había 79 Universidades distribuidas por toda Europa, el Renacimiento encontró a éstas en un momento de decadencia que se mantendría hasta finales del siglo XVII, decadencia que el nuevo pensamiento humanista intentó modificar, y en parte pudo, pero que no llegó a alterar esencialmente.

La Universidad europea surge como entidad diferente a partir del siglo XII, cuando grupos de estudiantes y profesores se reunían en las ciudades para organizarse a sí mismos en corporaciones, en las que los privilegios corporativos incluían la jurisdicción sobre materias civiles y en ciertos casos criminales, la concesión de grados académicos y el derecho a enseñar en cualquier Universidad. En las dos primeras, que luego servirían de modelo a las demás, Bolonia era una corporación de estudiantes y París era sobre todo una de maestros.

Las principales Universidades se hallaban reconocidas como corporaciones por el Papa y funcionaban bajo jurisdicción del obispo local, a partir de que la Iglesia se consideraba responsable de la educación. El hecho de que tanto alumnos como profesores erraban de Universidad en Universidad respondía también a la necesidad del Papado de unificación del mundo cristiano en ese período medieval.

El aspecto más característico de la enseñanza en las Universidades medievales fue la escolástica, método basado en la autoridad; la aceptación de la fe cristiana; de las Sagradas Escrituras y de las obras de determinados clásicos (en particular Aristóteles); y en la «fuerza de la razón», de la que se partía de la base de que utilizándola correctamente llevaba al descubrimiento de cualquier verdad.

Mientras que las primeras Universidades habían surgido de manera espontánea a través de uniones de estudiantes y maestros, desde mediados del siglo XIII en adelante fueron fundadas de manera deliberada con el fin de ganarse el apoyo político de los intelectuales para fortalecer la cristiandad o para incrementar el prestigio regional o local, en lo que fue determinante la importancia que paulatinamente iban adquiriendo las ciencias. La Universidad de Nápoles fue fundada en 1224 por Federico II para rivalizar con la ciudad de Bolonia, dominada por los güelfos; y la de Toulouse fue creada en 1229 como parte de un plan tendente a reconquistar para la Iglesia las tierras del «midi» dominadas por herejes. Generalmente se acepta la fecha de la fundación de la Universidad de Praga, en 1348, por Carlos IV, como el comienzo de las Universidades con carácter nacional.

Ambos elementos jugaron en la decadencia universitaria. Por un lado, el empecinamiento de la Iglesia en la represión de los reformadores y herejes —con el desarrollo de la Inquisición—, y por otro, la competencia en las cortes locales también en el plano cultural que las llevó a ser las que acogieron en su seno las nuevas ideas y nuevos pensadores que, posteriormente, llegaban a las Universidades.

La estructura política de Italia imprimió al humanismo características propias en su desarrollo. En Náapoles, Mantua, Ferrara, Milán, Florencia y Venecia asumió un carácter cortesano, ya sea porque estuvo confinado a algunos miembros de la nobleza o porque atrajo a ella a los mejores pensadores y eruditos, a veces, incluso, en abierta oposición a la actitud del Papado.

Esto llevó a que durante bastante tiempo convivieran en las Universidades los antiguos métodos y concepciones con las nuevas ideas del Renacimiento. Policiano en Florencia, Beroaldo, Codro Urceo y Bombasio en Bolonia, Leonico Tomeo y Romolo Amaseo en Padua enseñaban junto a teólogos y juristas canónicos en nada afectados por las nuevas fórmulas intelectuales.

Y, finalmente, el apoyo de la nobleza a los pensadores e investigadores significó lo que hasta entonces —y con el mismo origen— se había dado sólo en las artes: la posibilidad de trabajar autónomamente en investigación, con una subvención monetaria insegura, pero holgada, y fuera de la rigidez y control científico-político-religioso vigente en las Universidades.

La contradicción latente entre uno y otro camino fue resuelta mediante las academias, que fueron las instituciones más importantes del Renacimiento (particularmente en Italia) y cuya decadencia coincidiría con el resurgimiento de las Universidades. Esquemáticamente, fueron creadas como forma de proporcionar a los humanistas oportunidades para la discusión y el intercambio con sus colegas eruditos y sus protectores, pero en su momento cumbre superaron ampliamente este fin.

La primera academia humanista en Italia fue fundada en Nápoles en 1455, en época de Alfonso V, y funcionó bajo la dirección de Antonio Panormita (1394-1471), creada con el fin de discutir toda clase de temas, en particular los relacionados con la antigüedad clásica.

En Florencia, desde que en 1459 Marsilio Ficino (1433-1499) fundó la Academia Florentina —con el apoyo sostenido de los Médicis—, la vida filosófico-cultural de la ciudad giró a su alrededor casi hasta fines del siglo XVI. Algo distinta fue la de Venecia, presidida por Aldo —cuya imprenta se convirtió en un centro difusor de textos griegos y latinos clásicos editados con gran precisión— que se centró particularmente en el helenismo y mantenía relaciones estrechas con instituciones similares del resto de Europa.

En cambio, la Academia romana, fundada en 1461 por Pomponio Leto (1425-1498), se abocó especialmente a la investigación arqueológica, otro de los pilares renacentistas. En 1468 Paulo II la condeno a la clandestinidad por ver en ella una amenaza al espíritu cristiano, pero volvió a ser permitida por Sixto IV (1471-1484) e incluso, entonces, los principales funcionarios de la Curia pertenecían a ella. Fue la única Academia que llegó a tener protección papal, en tiempos de León X (1513-1521).

Por estas academias pasaron los más importantes hombres del Renacimiento y en ellas participaban aun con ideas contrapuestas, especialmente en Filosofía: neoepicúreos (Lorenzo Valla, crítico feroz de la escolástica), neoestoicos (Justo Lipsio, de origen flamenco), neoplatónicos (con centro en Florencia), neoaristotélicos (agrupados en la Academia de Padua), platónicos (Nicolás de Cusa, Ficino, Pico della Mirandola), lulistas, etc.

El fenómeno de las Academias no fue privativo de Italia, extendiéndose, con características diferentes, en Francia, Inglaterra y los Países Bajos. Los «colleges» fueron en un principio fundaciones de carácter caritativo, pero pronto se utilizaron para fines académicos. Durante los siglos XIV y XV los «colleges» se hicieron muy ricos y paulatinamente monopolizaron la enseñanza de las profesiones para los hijos de la nobleza alta.

En Inglaterra, a pesar del impulso humanista ejemplificado en la figura de su máximo exponente, sir Thomas More (1478-1535), las Universidades de Oxford y Cambridge seguían siendo un refugio de la escolástica —y lo fueron hasta la Reforma— y los «colleges»» suplieron algunas tozudeces académicas, como la negativa a estudiar griego por considerarlo herético. Las fundaciones del Christ’ College (1505), del St. John’s College (1507), Corpus Christi (1517) y Colegio Fox (1515) fueron ampliando la difusión del humanismo en Gran Bretaña. En 1518 comienzan a producirse los primeros mínimos cambios en la vida universitaria: ese año, Richard Crocke inauguró en Cambridge su cátedra de griego.

En los programas de estudio de estas nuevas escuelas se introdujeron algunas innovaciones, tales como el estudio del griego, hebreo y las lenguas modernas, y fueron de las primeras en introducir el estudio de la historia, las matemáticas modernas y algunas, incluso, las ciencias naturales. Hubo también experiencias en cuanto a métodos educativos, algunos de los cuales fueron precursores del seminario y el laboratorio. Hubo también «colleges» dedicados a la ilustración por la ilustración misma, como el Collége des Lecteurs Royaux, de París, y el Gresham College, de Londres.

En definitiva, se llegó a un punto intermedio en que las Academias y colegios privados se encargaban de la educación superior en general y de la discusión de temas específicos o prohibidos en las Universidades; y éstas formaban profesionales en Teología, Medicina y Derecho.

Esta situación dejó a esas 79 Universidades sin una participación activa en la creación y desarrollo de las ideas renacentistas, quedando en gran parte marginadas de las nuevas teorías que se desarrollaban en todos los campos, y quedando también al margen de la investigación técnica que, apoyada por los mecenas, se hacía fuera de los recintos académicos. Ello no impidió la entrada en las aulas de las ideas humanistas —incluso, como vimos, a través de catedráticos muy calificados—, pero como institución, la Universidad tuvo escasa participación en el proceso que se desarrollaba en la sociedad que le había dado vida.

Esta característica europea tuvo especial forma en Italia, ayudada por diversas circunstancias, pero particulamente dos: la fuerte presión de resistencia al cambio emanada del Papado, ya sea en forma directa o a través de los prelados encargados del manejo universitario, y el particular apoyo que tradicionalmente la nobleza italiana había dado a las artes y las ciencias, que, si bien gracias a ella pudieron desarrollarse, coadyuvó para el mantenimiento fuera de las Universidades de la «intelligentzia» cultural y técnica. Aunque esto es extensivo a casi todas las grandes ciudades italianas, el ejemplo más común e ilustrativo es el de Florencia, donde los Médicis —y más particulamente, en esa época, Lorenzo el Magnífico— dieron permanentemente entrada en la corte a los mejores representantes de cada rama del saber.

Ello llevó también a contradicciones y hechos en los que tampoco las Universidades tuvieron participación: la actitud de los intelectuales frente al Estado, actitud importante si se tiene en cuenta el deseo de la nobleza de utilizar a los humanistas con fines políticos. Así, mientras Jacopo Antiquario en Milán, Giovanni Pontano en Nápoles o Bartolomeo Scala en Florencia participaban activamente en la vida pública respaldando a la nobleza, la enseñanza humanista de Cola Monatano influyó directamente en el asesinato de Galeazzo María Sforza, duque de Milán, en 1476, tanto como el estudio de Bruto influyó a Pier Paolo Boscoli en su levantamiento contra los Médicis en 1513.