Apéndice 2. La Revolución Científico-Técnica del Siglo XIX. Una Nueva Mentalidad
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LA aparición del gran capitalismo, originado por el desarrollo de las formas capitalistas aparecidas en el Renacimiento, es motivado por toda una renovación de las fuentes de energía y un desarrollo magnífico en la industria que pasa a ser la característica fundamental del siglo XIX. Paralelamente, se produce un aumento de la población mundial que, a su vez, es producto del desarrollo capitalista que requiere, cada vez más, nueva mano de obra.
Asistimos en el siglo XIX, como consecuencia de esas condiciones, a la formación de una mentalidad nueva, una mentalidad esencialmente utilitaria. El hombre ya no trabaja para satisfacer sus propias necesidades únicamente, sino orientándose a cubrir las necesidades de una economía de masas.
De ahora en adelante, la ciencia se aplicará a la economía, transformándose en técnica.
Característico del siglo XIX es también el resurgir de la cultura, que hasta ahora ha estado en manos de una minoría privilegiada. Las nuevas exigencias de la sociedad hacen que, sobre todo a partir de mediados del siglo, comience a difundirse ampliamente entre las clases sociales bajas, al menos en sus aspectos más elementales. De esta forma, asistimos a una ampliación de la masa de estudiosos y a la lucha contra el analfabetismo.
La difusión de la cultura, que hasta entonces ha estado en manos de la Iglesia, es llevada ahora a cabo por el Estado que comienza a tomar las riendas del asunto. Además de la proliferación de las escuelas elementales, un papel fundamental en la cultura del siglo XIX lo juegan las universidades que se erigen en centro de las actividades científicas. Otro elemento difusor fue el de la proliferación de revistas y de prensa en general.
En medio de este auge cultural, se asiste a un importante desarrollo científico y tecnológico. El avance que experimenta en estos campos el siglo XIX supera con mucho todo el conjunto de conocimientos adquiridos por el hombre desde que existía sobre la Tierra.
Frente a la figura del filósofo del siglo XVIII surgen ahora la del inventor y la del científico que se convierten en seres admirados por la sociedad. Estos hombres, dada la nueva concepción de la ciencia, fundamentalmente utilitarista y práctica, a diferencia del alquimista medieval que experimenta en la soledad de un rincón de su laboratorio, trabajan en equipo y en relación con científicos de otros países, lo que viene a proporcionar a la ciencia del siglo XIX un rasgo de universalidad. El aumento desmesurado del volumen de conocimientos ocasiona la lógica especialización del trabajo. El hombre pierde así la visión de conjunto para fijarse exclusivamente en un determinado aspecto de la realidad.
El rápido progreso que experimenta el siglo XIX gracias al empuje de la investigación científica y tecnológica hace que entre la gente empiece a surgir una especie de fe ciega en la ciencia.
La ciencia del siglo XIX se mueve entre dos tendencias distintas, pero que a la vez se complementan: el Romanticismo y el Positivismo. Aquél va a abrir los ojos del hombre a los fenómenos de la Naturaleza, y le infundirá curiosidad para la comprobación experimental. Nuevas ciencias surgen y las ya existentes se revitalizan. La misma Historia sale robustecida del siglo con nombres como Champollion (1790-1832), ligado a la Egiptología, o Boucher de Perthes (1788-1868), a la naciente Prehistoria. Los también franceses Georges Cuvier y Geoffroy Saint-Hilaire crearon una nueva ciencia, la Paleontología, para estudiar los seres vivos del pasado geológico.
El francés Jean Lamarck (1744-1829), considerado como el primer evolucionista, elaboró una teoría biológica en la que sostiene que la evolución de ciertos órganos en los seres vivos resultaba afectada por la influencia directa del medio y que el uso o desuso de cualquier estructura podía conducir a su desarrollo o desaparición. Su obra Filosofía zoológica abriría las puertas a la Biología. Más tarde, ya en el siglo XIX, el naturalista inglés Darwin expone en El origen de las especies, publicado en 1859, que la lucha por la supervivencia origina una selección natural sobreviviendo sólo los más aptos, y escribe: «la Naturaleza selecciona a los que se adaptan mejor al medio y pueden sobrevivir y transmitir sus peculiaridades a sus descendientes».
En el campo de las matemáticas, el francés Henri Poincaré trabaja en las ecuaciones diferenciales y trascendentales, en las integrales abelianas y el problema de las tres dimensiones. Se preocupa también de las relaciones entre los fenómenos eléctricos y los luminosos. El alemán Bernhard Riemann, creador de una geometría no euclidiana, propuso en 1854 un espacio de cuatro dimensiones, presintiendo ya la relatividad. Así, las matemáticas van abriendo grandes perspectivas a la física. Por este tiempo, se fija un horario medio, escogido a partir de un meridiano de origen (Greenwich).
Los laboratorios con sus telescopios y espectroscopios se multiplican. Fizeau señala la velocidad de la luz valiéndose de una rueda dentada y Léon Foucault demuestra la rotación de la Tierra alrededor de un eje. El físico alemán Kirchhoff explica que la luz resulta de vibraciones magnéticas y eléctricas combinadas. Los físicos Mayer y Joule, alemán e inglés, respectivamente, definen las leyes de la termodinámica, que aplicadas al estudio del gas conducen a la teoría cinética del inglés Maxwell y el austríaco Boltzmann; en el dominio práctico, la compresión y la licuefación y degradación de la energía. La industria química se convierte en científica y en 1863 se consigue la síntesis del acetileno, y después se logra la de la bencina, la naftalina y los cuerpos grasos.
M. Berthelot, químico francés, afirma la posibilidad de medir el calor desprendido en una reacción química. Así, aparece la termoquímica. Fabrica comercialmente el ozono y descubre el método para esterilizar el agua.
Sin duda, uno de los mayores éxitos del siglo XIX, sobre todo en su segunda mitad, es el progreso realizado en el terreno de la medicina y la cirugía. Los avances conseguidos por la Biología son fundamentales. A su mejora contribuyeron: el biólogo estoniano Karl Erns von Baer con sus estudios sobre embriogénesis, o desarrollo del embrión; Hugo von Mohl, que trabajó sobre el protoplasma; Gregor Mendel, botánico y biólogo austríaco, y su teoría sobre la transmisión de caracteres hereditarios, y August Weismann, alemán que aplicó las experiencias de Mendel a su teoría sobre transmisión por células generacionales. La medicina, que aún a mediados del siglo es puramente empírica, cobra nuevo impulso a la luz de la Biología. La cirugía, todavía muy primitiva, no conocía la asepsia —método para evitar la presencia y desarrollo de los gérmenes— ni los antisépticos. Con Claude Bernard, fisiólogo francés, la medicina llega a progresos decisivos. Descubrió la función glucógena del hígado, que domina toda la nutrición. Brown-Séquard estudió las secreciones internas en el cuerpo humano. Su discípulo, Bert, estudió las funciones sensitivas y los fenómenos de la respiración.
Con Louis Pasteur, químico y bacteriólogo francés, un nuevo y complejo mundo se incorpora a la ciencia médica. En 1857, presenta su teoría sobre la fermentación láctica y sobre la relación entre la putrefacción y la anaerobia, es decir, la vida sin aire, de la que ya había hablado el químico alemán Lie-big. Estudiando la enfermedad contraída por unos gusanos, descubrió unos corpúsculos que se transmitían por huevos: las bacterias. Pero, cuando Pasteur llegó verdaderamente a la cima del éxito fue en 1885 con la cura de la hidrofobia, vulgarmente llamada rabia.
El alemán Robert Koch (1843-1910), después de estudiar el carbunclo, enfermedad infecciosa del ganado lanar y vacuno, aisló el bacilo de la tuberculosis, se dedicó después al microbio del cólera, del paludismo, de la enfermedad del sueño y la lepra. Koch mismo acabó su vida consumido por la tuberculosis.
El tratamiento preventivo de las enfermedades infecciosas se generaliza. Con la sueroterapia del francés Ch. Richet tiene lugar un importante paso: se aplica el procedimiento a la difteria, cuyo bacilo es encontrado por Klebs en 1883. En 1894, el suizo Yersin y el japonés Kitasato descubren el bacilo de la peste.
La cirugía, con la antisepsia experimenta un gran progreso. Desde 1842, la difusión del éter proporciona a la cirugía una gran ayuda en la lucha contra el dolor.
La madurez lograda por las ciencias matemáticas y físiconaturales hizo posible la aplicación práctica de los principios y leyes descubiertas en los laboratorios. Los procedimientos mecánicos pudieron ser perfeccionados y difundidos de tal modo, que la máquina fue sustituyendo al hombre.
En el terreno de las comunicaciones, el siglo XIX supuso un gran avance. Desde 1850 hasta 1900, el ferrocarril experimenta un gran desarrollo. La construcción de las vías férreas movilizó enorme cantidad de capitales, creando poderosos organismos privados. Estimuló la industria metalúrgica, el raíl de acero sustituyó al de hierro, etc.
El velero jugó un brillante papel hasta finales del siglo. Hacia 1880, empieza a ser desbancado por el barco de vapor y de hélices, superándolo en velocidad y en capacidad de transporte.
Desde muy antiguo el hombre había soñado con volar, he ahí los intentos de Leonardo de Vinci. A finales del siglo XVIII, el hombre consiguió elevarse por los aires por medio de un globo lleno de gas. En un principio, el globo es llenado de aire caliente; más tarde, de hidrógeno y de gas de alumbrado. Los experimentos se cobran sus víctimas; en 1874, mueren dos miembros de un equipo, que pierden el conocimiento al alcanzar los 8.700 metros. Con los experimentos de los ingenieros franceses Dupuy de Löme y Giffard se da un gran impulso a la navegación naval y aérea. Un gran acontecimiento tiene lugar cuando Renard y Krebs idean un aparato volador accionado eléctricamente. En 1896, el alemán Zeppelin empieza a construir grandes dirigibles, y, en 1913, se terminó el Sachen con tres motores de 170 caballos cada uno. En 1877, despega el helicóptero de Forlanini, movido a vapor. Es el conde Clément Ader, con su Eolo, ingenioso aparato con motor a vapor, quien logra despegar del suelo unos centímetros; y en 1897, con su Avión N.° III, vuela a varios metros del suelo. El ingenio acaba siendo destruido por una ráfaga de aire. Hasta principios del siglo XX no tienen lugar nuevas hazañas. En 1903, los hermanos Wright, norteamericanos, vuelan a tres metros de altura recorriendo 260 metros con un motor de explosión muy ligero. Más tarde, el brasileño Santos-Dumont lo hace a seis metros recorriendo 220 metros. A partir de entonces, alentados por estos éxitos, las investigaciones en el campo de la aviación se aceleran: en 1908, Farman vuela un kilómetro, Wilbur Wright vuela en dos horas y media 124 kilómetros. En 1909, el francés Blériot atraviesa el Paso de Calais, etc., hasta que en 1914, a punto de estallar la guerra mundial, se sobrepasan los límites hasta ahora conseguidos, volando una distancia de 1.000 kilómetros durante trece horas, a la altura de 6.000 metros y a una velocidad de 200 km/h.
Ese fenómeno que actualmente conocemos con el nombre de electricidad, ha sido objeto en la antigüedad de las más fantásticas interpretaciones: los griegos y los romanos creían que los dioses lanzaban contra la tierra rayos y truenos cuando los hombres provocaban su cólera o por sus propias luchas llevadas a cabo en la bóveda celeste. En la mitología escandinava consta que el dios del trueno (Thor) echaba chispas con su martillo mientras corría sobre la Bóveda celeste en su carro arrastrado por machos cabríos. Sin embargo, ya en la propia Grecia intrigaron dos fenómenos, que si eran menos espectaculares que el relámpago, no eran menos inexplicables: la propiedad del ámbar de atraer objetos livianos si se frotaba con un paño de lana, y la de la piedra llamada de Magnesia, que atraía al hierro. El griego Tales de Mileto ya en el año 600 a. de C. observó que al frotar el ámbar con un paño de lana adquiría la propiedad de atraer fragmentos de papel o polvo. La palabra electricidad se tomó del vocablo griego elektron, ámbar. Tales creía que el ámbar poseía un principio de vida manifestado al frotarlo, por lo que llegó a ser objeto de veneración. Durante más de veinte siglos no se vio relación alguna entre el comportamiento del ámbar y el de otros cuerpos con propiedades eléctricas. Hacia 1600, sir William Gilbert, médico de la corte de la reina Isabel, llevó a cabo estudios sobre los fenómenos electrostáticos —electricidad en reposo— que recoge en su libro De Magnete, dedicado a los fenómenos magnéticos. El siguiente paso importante fue la invención de Von Guericke, físico alemán, en 1671, de una máquina consistente en una esfera de azufre, sobre la que al colocar una mano y al ser accionada cargaba por fricción el cuerpo del operador. Von Guericke observó también que podía obtenerse de su máquina una carga eléctrica, empleando un hilo de lino. Sin pretenderlo, había descubierto el fenómeno de la conducción eléctrica: vio que si se colocaba un cuerpo cargado cerca de un conductor descargado y de forma alargada, el extremo de éste más cercano al otro adquiere la carga opuesta a la de aquél y el otro extremo sí adquiere la misma carga.
Cincuenta años más tarde Stephen Gray descubrió que ciertas sustancias, particularmente la seda, no eran buenos conductores de electricidad. Vio, además, la posibilidad de cargar metales. En 1734, el francés Du Fay demostró que humedeciendo el hilo de conexión con la máquina eléctrica, los fenómenos eléctricos podrían ser propagados más lejos. Observó la existencia de dos clases de electricidad: la que llamó vítrea, producida por el vidrio, y la resinosa, producida por el ámbar y la lana. En 1747, Franklin, científico norteamericano, demostró que el rayo era un fenómeno eléctrico, y mediante una cometa logró conducir a tierra la electricidad de las nubes en un día de tormenta.
El italiano Luigi Galvani (1737-98) descubre el fenómeno de la generación de una nueva corriente eléctrica al poner en contacto la pata de una rana recién muerta y desollada con un objeto metálico. El científico danés Hans-Christian Oerstedt (1777-1851) sentó las bases del electromagnetismo. André Marie Ampere, físico y matemático francés, desarrolló estas experiencias en función de una aplicación social de la electricidad. Sus trabajos condujeron a la medida de la intensidad de la corriente eléctrica por medio de imanes. De él recibió su nombre la unidad de intensidad de corriente eléctrica, el amperio. Michael Faraday, químico y físico inglés, descubrió la inducción eléctrica, la electrólisis y la teoría de las líneas de fuerza en los campos electromagnéticos.
La aplicación de esta nueva fuente, que es la electricidad, posibilitó una serie de importantes inventos en el futuro, como el teléfono o el telégrafo, entre otros.
El teléfono nace en 1876 presentado a la vez por los americanos Elisha Gray y Graham Bell. El invento se basa en la propiedad de la electricidad de comunicar a los objetos las vibraciones registradas sobre una placa sonora y reproducirlas sobre otra placa que vibra al unísono. El inglés Hughes, con su micrófono, y Edison, con la bobina de inducción que amplifica las vibraciones, hicieron práctico el procedimiento. La primera central se abre en Newhaven, en 1878, la segunda en París en 1879.
El americano Samuel Morse ideó un sistema de telegrafía eléctrica basado en un conjunto de señales, código Morse, combinación de señales largas y cortas. Hacia 1835 Morse tenía preparado su modelo de telégrafo y en 1844 enviaría su primer mensaje oficial. La red telegráfica se traducía por el paso de 160.000 kilómetros de hilo en 1858 y seis millones en 1900. Desde 1860 el aparato de Hughes permite hacer una sola emisión por letra imprimiendo ésta directamente. Con el duplex de Stearns, se expiden simultáneamente dos telegramas en sentido inverso. El cuadruplex emite 7.000 palabras/hora. La línea telegráfica no se detiene ante el mar; los americanos sumergen un cable bajo el Hudson, en 1845. En 1851 el ingeniero inglés Crampton realiza la unión Dover-Calais. En 1853 son franqueados el Canal del Norte y el mar del Norte. Los hermanos Brott establecen una línea submarina en el Mediterráneo. El éxito definitivo se consigue en 1886 y a partir de entonces, se va tendiendo una red que en 1890 aicanza 125.000 kilómetros. Hacia finales del siglo XIX las telecomunicaciones internacionales mejoraron considerablemente con el invento de la telegrafía sin hilos, o radiotelegrafía, por el italiano Marconi.
Otros ingenios ideados durante este siglo XIX fueron el fonógrafo, que Edison presentó en 1877 para registrar y reproducir sonidos; la máquina de escribir, inventada en 1714 por Henry Mill, y perfeccionada a lo largo de todo el siglo XIX. Hacia 1867, otro americano, Latham Sholes, impresor, creó una máquina bastante perfeccionada, a pesar de sus muchos fallos, y en 1873 fue lanzada al mercado.
Otro invento que se perfecciona en el siglo XIX es la cámara de fotografiar o cámara oscura; aunque los experimentos y estudios realizados sobre ella se remontan a poco más de seiscientos setenta años, a cargo de Guillermo de Saint Clour, siendo progresivamente perfeccionada en siglos posteriores, locierto es que hasta el siglo XIX no entra en una etapa verdaderamente importante. Después del francés Niepce, que logra impresionar la primera fotografía, será el francés Daguerre quien en 1839 lanza un método práctico; empleó placas de cobre recubiertas con yoduro de plata, y expuestas en cámaras de madera. Se obtuvieron imágenes más perfectas aplicando el yoduro de plata sobre papel y posteriormente sobre placas. Las fotografías tenían que ser preparadas y reveladas inmediatamente después de la exposición, para lo cual el fotógrafo debía llevar una tienda y gran cantidad de productos químicos consigo. Simultáneamente, el físico y fisiólogo Henry Fox Talbot estudiaba en Inglaterra un procedimiento diferente al daguerrotipo y más parecido al actual. En 1840 inventó su procedimiento llamado calotipia, por el que primero obtenía el negativo del que después conseguía el positivo. El americano George Eastman (1854) lanzó un nuevo método consistente en aplicar la capa sensible sobre una cinta flexible de celuloide, de manera que los negativos podían almacenarse en rollos. A partir de entonces el fotógrafo dejaba el laboratorio en casa, y el equipo resultó más sencillo. Las fotografías sólo podían hacerse en blanco y negro, pero ya en 1861 se conocían los principios fundamentales de la fotografía en color.
En el siglo XIX, junto a los intentos por mejorar la máquina de vapor, el hombre aspiraba a encontrar un motor capaz de funcionar con un combustible líquido o una mezcla de aire y gas, para sus transportes de grandes distancias. Surge un primer motor de combustión interna en el que la inyección del líquido se verifica en el cilindro, originándose el autoencendido. La primera idea sobre el motor de explosión pertenece a Huyghens; el francés Etienne Lenoir construyó un motor al que hacía funcionar mediante la chispa producida por un acumulador y una bobina de autoinducción. En 1862 este motor fue colocado sobre un vehículo. Beau de Rochas idea poco después la compresión y el ciclo a cuatro tiempos, y en 1875 Siegfried Marcus piensa en la magneto para obtener la chispa. En 1876, Nikolaus Otto, de Alemania, introdujo un nuevo generador de potencia, de combustión interna, en el motor de compresión de cuatro tiempos; en 1879, George Selden, americano, solicitó la patente del automóvil de gasolina. Al inglés Lawson se atribuye el primer motor que quemó aceite. Hacia 1880 los vehículos a vapor alcanzan una nueva etapa de desarrollo; el conde Dion y el mecánico Boutin fabrican un vehículo a vapor para carreras en 1883; el motor de vapor salió favorecido cuando Léon Serpollet inventó su generador de fogonazo en 1888; hasta entonces los motores de vapor para automóviles eran de gran tamaño y muy pesados. En 1885, Gottlieb Daimler introdujo en Alemania un motor de gasolina de poco peso. Este mismo año, Benz fabricó un triciclo propulsado con motor de gasolina, y en 1886 un coche muy perfeccionado dispuesto para el cambio de velocidades. Desde entonces, empiezan a aparecer infinidad de tipos con carrocería. A partir de 1891 Fernand Forest crea el motor de cuatro cilindros, idea la bujía para el encendido y dota al carburante de inyector. Daimler adapta un motor de gas a una bicicleta, surgiendo así la motocicleta, Louis Renault inventa la marcha directa. Las carrocerías, la suspensión del motor, etc., mejorarán desde 1900, de manera que en 1914 el automóvil era capaz de alcanzar los 75 km/hora.