Apéndice 2. La Polémica Sobre la Ciencia Española
De Mienciclo E-books
EXISTE una ciencia española? ¿Qué ha aportado España a las diversas ramas del saber científico a lo largo de su historia? ¿Los intelectuales y científicos españoles han tenido la suficiente altura en sus conocimientos y aportaciones como para dejar una huella indeleble en el saber universal?
Estas preguntas y sus posibles respuestas originaron y originan una serie de trabajos y discusiones tendentes a clarificar cuál era y cuál es la situación real y la categoría de nuestros conocimientos científicos. La polémica no sólo se reduce a examinar las posibles aportaciones. Con el tiempo, los interesados en la misma analizan también las causas sociales y estructurales que pudieron imposibilitar el desarrollo de nuestro quehacer científico.
El origen de la polémica se encuentra sin duda en un artículo de Nicolás Masson de Morvilliers, titulado España y destinado a la sección de Geografía Moderna de la Enciclopedia Metódica. En aquel año de 1782, el autor del trabajo manifestaba sin escrúpulos de ninguna clase:
«Pero, ¿qué se debe a España? ¿Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, que ha hecho por Europa?... En España no existen ni matemáticos, ni físicos, ni astrónomos, ni naturalistas. Sin el auxilio de otras naciones no tienen nada de lo que se precisaría para hacer una silla... En todo es un niño que tiene necesidad de crecer todavía.»
La respuesta no se hizo esperar, el artículo es rápidamente contestado, defensores y detractores empiezan a publicar artículos en los que aparecen glosas e inventarios de nuestras aportaciones a la cultura universal. El primero en responder es el botánico español, residente en París, Antonio José Ca-banilles. La polémica está iniciada, todos se sienten en la obligación de decir algo, incluso el Gobierno a través del conde de Floridablanca encarga a Juan Pablo Forner un amplio trabajo en defensa de la tradición cultural y de la ciencia española. Frente a esta posición será Cañuelo quien, a través de la revista El Censor, dirija sus ataques contra el atraso de las instituciones, subrayando su feudalismo.
La discusión no ha hecho más que empezar, no se trata sólo de ver lo que se ha aportado, sino también de si era posible aportar algo, e incluso si era conveniente de acuerdo con nuestra idiosincrasia. No obstante, se inyectó en la España de entonces, como consecuencia de la polémica, una sabia muy positiva, que conllevó un gran florecimiento artístico y científico.
Con los comienzos del siglo XIX, la discusión pasa a segundo plano para sufrir un nuevo relanzamiento después de la guerra de la Independencia, si bien en un principio con un enfoque distinto, basado en la preocupación de atajar las causas, entre las que destaca el bajísimo nivel cultural de la población española. Es interesante a este respecto el plan de instrucción pública, presentado por el poeta Quintana ante las Cortes de Cádiz.
Con el avance del siglo y, sobre todo, con la aparición de unas nuevas condiciones sociales más fluidas, el saber científico va a recibir un fuerte empuje con la creación de academias y facultades. Entre las mismas destacan: la Escuela de Ingenieros, el Instituto Geológico y Minero, el Instituto Geográfico y Catastral y las Academias de Ciencias y Letras. Varios nombres van a destacar en el nuevo enfoque de la polémica, cuyo objeto central será analizar mejor la situación científica presente como base y programa de un mejor desarrollo que facilite las vocaciones y las investigaciones. Así, Antonio Ramón Zarco del Valle indicará en su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias las excelentes condiciones climáticas, geográficas y físicas en que se encuentra nuestra patria y que facilitarán enormemente el progreso de las ciencias. Otra visión esperanzadora nos la dará José de Echegaray en un discurso sobre la Historia de las matemáticas puras en nuestra España; en el mismo, aunque reconoce la falta de tradición española en las matemáticas y ciencias puras, reafirma su esperanza en recuperar el tiempo perdido para ponernos al mismo nivel científico de las naciones avanzadas.
Tan esperanzadoras palabras recibirán un tono más virulento en la segunda mitad del siglo. El artículo de Masson volverá a encenderse al mismo tiempo que avanzan las ideas republicanas. Dos hombres discutirán mano a mano, lo bueno, lo malo o lo poco de nuestros conocimientos científicos: Manuel de la Revilla y Marcelino Menéndez y Pe-layo. El primero, con un gran sentido autocrítico, analiza la decadencia científica que padece el país, señalando como causas más importantes: la intolerancia religiosa ejercida a través del rigurosísimo control de la Inquisición sobre toda obra científica que pudiese aportar novedades y el despotismo de determinadas épocas de nuestra historia. En el otro extremo, el señor Menéndez y Pelayo, quizá con un sentido excesivamente triunfalista, refuta las tesis de Revilla señalando la tradición y lucidez de nuestro quehacer científico, aparte de sus innumerables aportaciones.
Otra vez, la polémica no ha hecho más que empezar. Como consecuencia de ambos artículos, aparece toda una literatura defendiendo ambas tesis, es decir la existencia o no de una ciencia española. Los resultados de todo ello son positivos. En palabras de Ernesto y Enrique García Camarero: «Se va perfilando la necesidad de estudiar científicamente la historia de la ciencia... quedando claro que, si bien nunca han faltado cultivadores de la ciencia en los últimos siglos, la aportación española a la ciencia universal es muy reducida.» Conviene destacar, por otra parte, el artículo de don José del Perojo, aparecido en la Revista Contemporánea, el 15 de abril de 1877, con el título «La ciencia española bajo la Inquisición», donde analiza casi exhaustivamente no sólo el contenido de la polémica que nos ocupa, sino también las aportaciones nacionales y extranjeras a todas las ramas del saber, dejando entrever claramente el atraso en que nos encontrábamos.
Menéndez y Pelayo sigue siendo el gran defensor e historiador de nuestra ciencia y cultura. Su defensa, casi concebida como deber patriótico, le hace escribir otro polémico artículo en la España Moderna en 1894, con el título «Esplendor y decadencia de la cultura científica española»; interesa destacar el punto de vista personal con el que acaba su artículo: «Cuando tengamos una facultad de ciencias (basta con una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podremos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil.»
A toda esta problemática no es ajeno el estado de postración intelectual en que se encuentra la Universidad española de finales de siglo. La aparición de la Institución Libre de Enseñanza, creada en 1876 como universidad paralela por los catedráticos expulsados y dimitidos, por razones ideológicas, de las universidades oficiales, daría un nuevo impulso a la polémica, dada su preocupación por la formación de los jóvenes y futuros científicos.
Innumerables artículos sobre el tema siguen apareciendo en un intento de clarificar posturas. Tres de ellos merecen la pena ser reseñados: En primer lugar, la conferencia pronunciada en Madrid por José R. Carracido en el Ateneo, en 1896, con el título «Las condiciones de España para el cultivo de las ciencias», en donde se señala que: «si estuvimos postergados en la producción científica fue por efecto de condiciones accidentales, pero fundamentalmente en nada somos inferiores a los pueblos que forman hoy la vanguardia de la civilización.»
En segundo lugar, el discurso de ingreso en la Academia de don Santiago Ramón y Cajal, que bajo el título de «Deberes del Estado en relación con la producción científica» analiza las causas de nuestro atraso científico, sus orígenes físicos, históricos y morales y sus posibles remedios. Fundamentalmente, es partidario de una revolución científica desde arriba, es decir, que sea el gobierno quien trace un plan y la correspondiente ayuda económica para salir de la situación irremediable de crisis.Y, en tercer lugar, está el artículo de José Comas y Solá, publicado en La Vanguardia de Barcelona, el 28 de noviembre de 1899, con el título de «Nuestra decadencia», y en el que se critica nuestra anquilosada y rutinaria cultura científica, confiando en una reacción moral que la supere.
Así llegamos a los albores del presente siglo, cuyo genio iluminador en esta materia será don Santiago Ramón y Cajal. Su discurso de ingreso en la Academia no ha caído en saco roto y, mediante Real Decreto de 11 de enero de 1907, se crea bajo su presidencia la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que pretende ser la base de un nuevo resurgir científico nacional mediante las relaciones in situ con los principales focos de ciencia europeos.
Al amparo de la citada Junta surge una nueva generación de investigadores que, a pesar de los escasos medios con que contaban, supieron con su irrevocable dedicación y vocación profesional elevar nuestro nivel cultural en todos los órdenes.
Pero lo más importante no es esto; sino que gracias al nuevo ambiente surge un grupo de historiadores de la ciencia, cuyo principal artífice será Rey Pastor junto a Sánchez Pérez y Vera. Su magistral empeño se verá culminado con la creación de la Asociación de historiadores de la ciencia española en el año 1934.
Frente a la tesis unamuniana de «Que inventen ellos, para aprovecharnos nosotros», este innumerable grupo de jóvenes investigadores supo dar nivel internacional a sus nuevas aportaciones, elevando nuestro país a la categoría científica que merecía. Nadie mejor que el propio Rey Pastor para describirnos la situación de la época, en un artículo publicado en el año 1953: «En oposición a la España introvertida, que deseaba Unamuno, poblada de faquires acurrucados al sol y derviches hirsutos de báculo rascador, consagrados a meditar sobre el enigma de la muerte, surgió una generación vigorosa y optimista que trabajó con tesón hasta lograr el ingreso de España en la comunidad internacional de la ciencia.»
Será don José Ortega y Gasset uno de los grandes inspiradores de la nueva corriente. El resurgir científico, señalaba, es la única garantía de la supervivencia moral y material de España.
Así pues, el centro material de la polémica cambia de rumbo; la discusión no consiste ya en si hemos aportado algo o no al saber universal, sino en el planteamiento de las bases culturales y sociales sobre las que debe construirse la nueva tendencia y los métodos más útiles para alcanzarlo lo antes posible. En una cosa están todos de acuerdo, el progreso del país exige un avance científico inmediato, por lo que se impone una planificación urgente de acuerdo con las necesidades del mismo. Solo así podremos avanzar y cumplir el deseo de Angel Gani-vet: «Algún día vendrá el saber y, entonces, todo se andará.»
No queda entonces sino formularnos con E. García Camarero, la siguiente pregunta: ¿tendrá que esperar Europa y el mundo muchos siglos para que nos deba algo sustancial en materia científica, producida por españoles y en España?