Apéndice 2. La Azarosa Busqueda del Salario Artistico
De Mienciclo E-books
A lo largo de la historia se observa un fenómeno que se ha repetido con frecuencia. Desde la antigüedad hasta nuestros días, científicos y artistas se trasladan de un lugar a otro por distintos motivos pero, en última instancia, por una causa común: su lugar de origen no permite o no satisface su desarrollo. Buscando el reconocimiento del que no gozan en su tierra, al encuentro de un trabajo, por problemas económicos o políticos, o, simplemente, atraídos por el esplendor de un gran centro cultural, hubo y hay hombres transhumantes que reciben un pago por su trabajo intelectual en tierras extranjeras. Paralelamente, otro fenómeno está muy unido a éste: hay ciudades o países que se transforman en centros que aparecen y desaparecen para dejar lugar a otros.
Atenas, por ejemplo, donde el arte era considerado como pura habilidad manual y el artista como vulgar artesano, era, sin embargo, un lugar de atracción. Pero el artista plástico estaba mal pagado, carecía de sede fija y llevaba la vida libre de los nómadas, ya que, en la mayor parte de los casos, eran extranjeros sin derechos en la ciudad que les daba trabajo. El Estado era el patrono al por mayor de las obras de arte, pues los costes de producción eran altos y las hacían inaccesibles los particulares. Entre los artistas había una dura competencia pues la ciudad era su única posibilidad de trabajo, ya que sólo en ella se construía y se decoraba. Mientras el poeta gozaba del más alto prestigio, el artista plástico era, a pesar del valor de su obra, un paria en esa sociedad. En el siglo I a. C., el artista plástico alcanzaría en Roma el nivel de prestigio que tenían los poetas y esa ciudad se transformará en un nuevo centro de actividades artísticas.
Ya sea despreciado o apreciado por su labor, desde la antigüedad se ve al artista acudir a los grandes centros urbanos, precisamente donde se construían las grandes obras y se disfrutaba de una privilegiada situación económica que favorecía el desarrollo de los gustos artísticos.
En la Edad Media, las ciudades perdieron su importancia y atracción. Cantores y juglares errantes iban de corte en corte y de la casa de un señor a la de otro para entretener a la aristocracia. Cuando no encontraban clientela en los altos círculos, se dirigían al pueblo humilde, en las esquinas, ferias y posadas. Los artistas plásticos, difícilmente separables de los artesanos, eran también gente errante que hallaba ocupación en monasterios y cortes. Italia y Bizancio eran los dos centros que proveían de arquitectos y demás artesanos-artistas a las ciudades más o menos cercanas. Provenían en su mayoría de talleres monacales, que eran las escuelas de arte de la época, y, además, aseguraban promociones de artistas para los señores y la Iglesia.
Hacia fines de la Edad Media renacieron las ciudades: se concentró la población, y florecieron las universidades. Entonces aparece un nuevo fenómeno que Hauser llama «proletariado intelectual». Ya no serán sólo los laicos quienes van a andar por los caminos al encuentro de un cliente, sino también una parte del clero. Escuelas y universidades se pueblan de jóvenes de nuevas capas sociales gracias a una mayor libertad y al deseo de la burguesía de mejorar socialmente. Pero ya no había puestos de trabajo para todos y aparecen los «vagantes», jóvenes de cierta cultura que, en su mayoría, no han terminado los estudios. Eran también vagabundos que cantaban en latín ante señores eclesiásticos.
En la Italia del Renacimiento el artista gozaría cada vez más de ciertos privilegios, y en muchas ciudades el florecimiento de las artes y ciencias se hizo cada vez más notorio. Los príncipes italianos y la Iglesia sabían apreciar el talento y no les faltaba riqueza para rodearse de objetos bellos. Las organizaciones gremiales italianas permitían al artista trasladarse de un lugar a otro, pero no ocurría lo mismo en los países del Norte, donde el artista estaba ligado a su ciudad. En la Península, terminado su trabajo con un cliente, se trasladaba y se ponía bajo la protección de otro con los mismos privilegios. Las ciudades que en cierta medida competían con las cortes, debían ofrecer a los artistas el mismo trato esmerado.
Italia estaba dividida en numerosos Estados que se disputaban la supremacía, y en la mayoría de ellos gobernaban familias con pretensiones principescas. Además, en Roma, se formó alrededor del papa una verdadera corte que intentaba recrear el Gran Imperio. En este clima de grandeza y ambiciones se considera el arte y a la cultura como elementos de prestigio. Los grandes maestros serán llamados de una ciudad a otra (Florencia, Roma, Siena, Venecia, etc.), y muchos de ellos podrán tener una vida desahogada. Roma no es el Imperio, pero sí el centro de la cultura occidental, y lo será por largo tiempo. Poco a poco se fue convirtiendo en un lugar de cita de diplomáticos de todo el mundo cristiano. Y todo esto, mientras se mueve un mercado donde entran y salen sumas fabulosas.
Muchos artesanos acudían a Roma de todas partes de Italia atraídos por la demanda artística de la corte pontificia y la burguesía rica. Artistas como Masaccio, Donnatello, Fra Angélico, Mantegna, Rafael, Miguel Angel, se trasladaban de un lugar a otro o se quedaban en la gran ciudad. Sus servicios eran bien pagados, su labor admirada y contaban con la protección de los mecenas. En muchos casos, el artista gozaba de una gran libertad de creación que permitió grandes avances.
El prestigio incomparable del Renacimiento italiano deslumhró en el siglo XVI a todo el mundo occidental, y no sólo se producirían corrientes de pintores dentro de la Península, sino que fueron a converger allí artistas de otras tierras. Flamencos, franceses, alemanes, holandeses y españoles solían emprender su viaje a Roma, ambicionando ser llamados, muchos de ellos, el «Rafael flamenco» o el «Miguel Angel de los Países Bajos». El Greco, caso típico de artista errante, Velázquez, George De La Tour, Poussin, Claudio de Lorena, etc., fueron algunos de los que pasaron por aquella ciudad. Allí iba todo y de allí salía todo. No había pintor europeo que, directa o indirectamente, personalmente o por mediación de alguien, no hubiese recibido, asimilado y explotado las lecciones de la pintura italiana. Resulta notable que en ese contexto se desarrollasen escuelas características y eminentemente nacionales en Holanda y España.
En las ciencias también Italia dio la mayor cantidad de nombres: Cardano, Tartaglia, Bombelli, Galileo, Leonardo; otros, nacidos más alia de sus fronteras —como Copérnico—, llegarían de otras tierras para estudiar y desarrollar sus teorías. Las academias y la impresión de libros en grandes cantidades atraerían aún más a los científicos.
El siglo XVIII, desde la hegemonía de Luis XIV al imperialismo de Napoleón, es llamado por muchos el «siglo francés». En este intervalo, pese a los desórdenes políticos y económicos, Francia se mantuvo a la cabeza de Europa, la cual aceptó la supremacía de su lengua, su literatura, su arte, la etiqueta de su corte y sus costumbres en sociedad. Era muy frecuente que soberanos y embajadores extranjeros concurrieran a los talleres de los artistas franceses para encargarles obras, y también era común encontrar a estos artistas, franceses o formados en Francia, recorriendo y trabajando en el resto del continente. Los países más pobres en espíritus creadores intentaban atraer a estos artistas y a los italianos, y a ellos se debe, en gran medida, la formación de las diferentes escuelas europeas.
Pero no fue Francia el único gran centro. Inglaterra, en este siglo, vivió su edad de oro de la pintura. Tuvieron que ocurrir diversas circunstancias políticas, económicas y culturales, para que fuera posible tal floración artística. Después del Tratado de Utrech, era una realeza victoriosa y rica la que se preparaba, en seguimiento de tantas otras, a participar en las grandes fiestas del espíritu. A principios del siglo, pobre todavía en genios autóctonos, la Inglaterra de Guillermo III, de la reina Ana, de Jorge I y de Jorge II, se mostró muy acogedora con los artistas extranjeros, fundamentalmente italianos y franceses. El contexto cultural se mostró brillante: el poeta Young y los escritores Pope, Daniel Defoe, Fielding, Richardson, etc., el músico Haendel, el filósofo Berkeley, etc., se movían en los medios intelectuales y no tardaron en aparecer grandes figuras de la pintura inglesa: Reynolds, Hogarth y Gainsborough.
En el centro de Europa, unos 350 principados germanos daban al Viejo Continente otro punto de atracción cultural. Haendel, Bach, Haydn, Mozart, Glück, impusieron la música alemana. En la literatura aparecieron nombres como Kant, Schiller, Goethe, y la arquitectura germana alcanzó un gran nivel. Artistas italianos emprendieron su viaje hacia allí: Amigoni, Pellegrini, Caneletto y, sobre todo, los Tiépolo, que trabajarán en Wurtzburg.
También San Petersburgo va a ser en el XVIII un centro al que llegan y son llamados artistas de otros países, fundamentalmente, y como en los casos de Inglaterra y Alemania, franceses e italianos, para realizar la pintura de la corte. Con Felipe V se produce el acceso de los Borbones al poder y España aparece como otro de los grandes centros de ese siglo. Este monarca y sus sucesores hicieron que el país se abriera a las influencias extranjeras. La corte de Carlos III gozó de gran renombre con los artistas que venían de fuera. El veneciano Tiépolo y el alemán Mengs prepararon el terreno en que iba a descollar el genio de Goya.
A los sesenta y cinco años Juan Bautista Tiépolo, después de recorrer las distintas ciudades de Italia y Alemania con sus dos hijos, marchó a glorificar a la monarquía española en las paredes del Palacio Real de Madrid, ciudad donde terminaría su vida. Meses antes había llegado el alemán Rafael Mengs, su temible rival, quien también había estado ya en Roma y Dresde pintando en diversas cortes. A este último le nombró Carlos III su pintor de cámara, y gozó de un gran renombre y de una vida principesca.
Casos como los de los Tiépolo, Mengs, Amigoni (quien además de haber estado en Italia, Alemania y Madrid, también trabajó en los círculos ingleses) se repiten a lo largo de todo el siglo, y muchas figuras aparecían en una y otra corte sucesivamente.
En el siglo XIX París es la ciudad imán. Allí van los artistas en busca de prestigio o atraídos por su apogeo cultural. París es meta aun para los hombres ilustrados de la lejana América. Y fue en ese gran siglo cuando el arte se manifestó en Francia bajo sus expresiones más diversas: el Romanticismo, hijo directo de la Revolución; el Realismo, con sus pintores comprometidos con una realidad política, y el Impresionismo, un arte ciudadano. Paralelamente a estos movimientos está siempre presente lo académico, que contaba, salvo el breve período de la Comuna de París, con el gusto y el apoyo del Estado.
Durante el siglo XX aún seguirá como país de artistas plásticos y escritores. En el campo de la ciencia surgieron otros centros, como Estados Unidos, que se transformaron en lugares donde se ofrece al científico, gracias a su mayor desarrollo y riqueza, lo que los países de origen no pueden brindarle. Hispanoamérica es un mercado de cerebros, cuya emigración va dirigida en una gran proporción hacia Estados Unidos. Las razones políticas también están presentes en los desplazamientos de artistas y científicos a lo largo del siglo XX: la España de fines de la década de los treinta, la Alemania de Hitler, la América Latina de hoy hicieron emigrar a decenas de millares de hombres y mujeres, y entre ellos, científicos y artistas de primer orden.
El fenómeno de la trashumancia artística y científica subsiste en nuestros días con creciente vigor y mayor amplitud. Los hombres de hoy, como los de la Edad Media, necesitan un clima adecuado para satisfacer su permanente curiosidad y expectación. Su caldo de cultivo natural es la libertad, sin la cual todo tipo de ruptura resulta amenazadora. Por eso ocurre que los lugares que más traen a los grandes renovadores son aquellos en que la cultura y el arte no están sometidos a poderes coactivos.