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Apéndice 2. La Actualidad de Kafka

De Mienciclo E-books

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EN la historia de la literatura, Kafka ocupa un lugar prominente entre los escritores que han marcado la sensibilidad del hombre contemporáneo. Con su perfil original e inconfundible, Kafka está en buena compañía, junto con Robert Musil (Un hombre sin atributos), Marcel Proust (En busca del tiempo perdido), James Joyce (Ulises), Thomas Mann (La montaña mágica), Hermann Hesse (El lobo estepario), Albert Camus (El extranjero) y Jean Paul Sartre (La náusea). Su obra ha demostrado tener vida propia al margen de las modas literarias y de los versátiles intereses que las promueven. Sí, Kafka es famoso, es actual, a pesar de que él no hizo el menor esfuerzo por conquistar un lugar prominente en la historia. A la salida de la adolescencia se propuso escribir libros capaces de abrir «anchas heridas en la conciencia», y lo consiguió, pero sólo por una íntima necesidad y nunca atraído por el perfume de los laureles. En él brilló por su ausencia el deseo de conquistar la gloria literaria mediante la impúdica exhibición de sus dolores y miserias personales, que habría preferido ocultar. Ya se sabe: sus libros nunca habrían llegado a la imprenta si Brod no hubiese sido tenaz. ¿Qué podía importarle la fama a un hombre dispuesto a entregar sus obras al fuego purificador? Kafka no quería dejar un legado desesperanzador, del que sólo podría nutrirse la desesperación.

Pero aquí, en nuestras manos, está el legado de Kafka, proyectando una pesada sombra que traspone los límites del siglo que ahora se aproxima a su fin. Su obra tiene el raro privilegio de ser objeto de la atención no sólo de los jóvenes y de las personas que leen exclusivamente por placer, sino también de pensadores cargados de erudición, que leen también por necesidad y que sólo están dispuestos a rumiar lo que verdaderamente vale la pena. En efecto: pensadores como Theodore W. Adorno, Walter Benjamín, Maurice Blanchot y Jorge Luis Borges han escrito varias páginas memorables sobre Kafka, en tanto que La metamorfosis y El proceso van pasando de mano en mano y de generación en generación, a veces en los pasillos de las escuelas. Sobre esta ancha base se cimenta su inmortalidad literaria. Y podemos predecir que algún día en todos los diccionarios encontraremos un adjetivo que se usa en la calle, pero que ellos se han negado a recoger. Nos referimos al adjetivo «kafkiano», derivado de su apellido… Nos vemos obligados a recurrir a este adjetivo dondequiera que la realidad se comporta de acuerdo con leyes semejantes a las que aniquilaron al protagonista de El proceso. Ante fenómenos «racionales» que dejan traslucir su irracionalidad, allí donde el encadenamiento de los hechos tiene implicaciones funestas, allí donde las riendas del comportamiento humano han caído en manos de un poder extraño que no tolera aproximaciones familiares, allí se aplica con toda naturalidad, como si saliese de las entrañas, ese adjetivo que —por razones, sin duda, kafkianas — no ha recibido todavía la bendición de la Academia.

¿Cómo es posible que un escritor tan singular y excéntrico haya alcanzado tanta fama, fuera incluso de los cenáculos literarios? El caso merece una reflexión. En algunas ocasiones, Kafka llegó a pensar que sus desahogos literarios —la expresión de su extrañamiento ante la realidad— eran el fruto maligno de una angustia particular, suya y de nadie más. Y este pensamiento le consoló muchas veces, al dejar abierta la posibilidad de que sus semejantes disfrutasen una vida alegre y despreocupada mientras él sufría. Algunos lectores de su obra se han aferrado a esa creencia que en algunas ocasiones consoló a Kafka, pero sin buscar consuelo en ella, sino mera seguridad, es decir, una confirmación de sus dogmas personales. Para eludir la desesperanza que producen las narraciones de Kafka, esos lectores se limitan a incluir su nombre en la larga lista de enfermos mentales que el oleaje histórico ha arrojado sobre la arena. Desde ese punto de vista, sus obras serían el producto natural de una mente enferma, y nada más. El propio Kafka no habría hecho demasiados esfuerzos para refutar semejante afirmación, al contrario… ¡Tantas veces se sintió enfermo y lo confesó! Aquí no corresponde entrar en la polémica, pero es preciso recordar a los polemistas presentes y futuros que Kafka, lejos de ser un simple bicho raro, se ha elevado a la categoría de hermano mayor del hombre contemporáneo: su extrañamiento es compartido por millones de personas, entre las que cabe contar no sólo neuróticos, sino también espíritus absolutamente lúcidos. El problema de Kafka —su extrañamiento ante la realidad y su concomitante miedo a la realidad— no puede ser, en consecuencia, un horrible patrimonio reservado a insectos como Gregorio Samsa… En rigor, el enfoque puramente psicológico del creador de La metamorfosis reclama un necesario complemento antropológico y filosófico.

Kafka no se eclipsará mientras se multipliquen los seres humanos que padecen extrañamiento y desesperanza. En un mundo feliz, sería rápidamente olvidado, pero a medida que acumulamos contradicciones sobre nuestra conciencia (cincuenta millones de personas mueren al año de hambre en un planeta de 2,8 millares de millones de habitantes entre los que se podrían repartir cuatro toneladas de explosivos por cabeza), a medida que saltan, hechas añicos, las creencias simples y dogmáticas, a medida que se relativiza la verdad y se empequeñece el lugar del hombre en un universo incomensurable, a medida que las pautas de la cultura se rompen ante la impotencia de los filósofos que deberían fundamentarlas o sustituirlas, se incrementa el número de seres humanos que, como él, se sienten extranjeros en un mundo extraño y sin la menor esperanza de redención. Por eso el adjetivo «kafkiano» anda de boca en boca. No menos que las reediciones de sus libros, este fenómeno —esta penetración de lo kafkiano en el ánimo colectivo— pone de manifiesto la universalidad de Kafka, en cuya obra los hombres del siglo XX pueden reconocerse como en un espejo, en el temible espejo de su veracidad. Y nada nos puede sorprender que ese espejo —capaz de poner un desvalido insecto en nuestro lugar— haya salido de las noches atormentadas de un hombre que no fue ni puramente judío, ni puramente checo o alemán, de un hombre que creció solo, sin el auxilio de ninguna religión, sin el amparo de ningún sistema filosófico coherente, sin la orientación de ninguna pauta cultural cerrada y autosuficiente. Y todas las personas que sientan vacilar el suelo bajo sus pies, pueden encontrarse con el pobre Josef K., andando entre sus verdugos.

Decía Milena Jesenská que Franz Kafka iba desnudo donde los demás van vestidos. Hoy, dado que muchos se ven obligados a ir como él, cabe desear que lo hagan a su manera, es decir, superando uno tras otro los embates de la desesperación y sin entregarse nunca a cualquier mentira en perjuicio de la verdad. Todas las obras literarias de Kafka inducen a la desesperación. Por eso él hubiera querido quemarlas («uno debe callar cuando no puede ayudar»). Sin embargo, aquí no podemos pasar por alto una evidencia que generalmente se soslaya o se ignora: el Kafka de carne y hueso que vivió en Praga no fue un simple desesperado, porque luchó tercamente contra su desesperación, no ensució la vida con mentiras ni acomodos, y logró amarla muchas veces. A diferencia de otros desesperados menos complejos y más débiles, Kafka no se acogió, para salvarse, a ninguna doctrina de uso colectivo y nunca permitió que su angustia se transformase en resentimiento contra el prójimo, ni contra la vida que tan duramente le ponía a prueba. En su caso, la íntima convicción de que el hombre es un ser desvalido nunca desembocó en el desprecio, ni siquiera en la indiferencia. No renunció al amor y por eso nunca sucumbió a los narcóticos del odio, nunca desvalorizó los sentimientos humanos nobles y, aún contra toda lógica, nunca dejó de luchar por su libertad, ni siquiera cuando la tuberculosis levantaba su guadaña. El hombre que renunciaba a la gloria literaria era el mismo que, a espaldas de sus jefes, asesoraba a obreros indefensos, o les pagaba buenos abogados de su bolsillo, para que éstos le derrotasen en perjuicio de la compañía de seguros que él representaba… Para encontrar a este Kafka es necesario recurrir a su biografía, a su diario, a sus cartas de amor, porque no se deja ver —salvo a trasluz, en muy contadas ocasiones— en sus narraciones literarias.

Gustav Janouch, que le conoció personalmente, nos ha dicho que Kafka era un hombre que sufría con paciencia, que era la encarnación de la bondad, la indulgencia y la lealtad, todo ello sin la menor afectación. Así, debe recordarse siempre que el hombre que escribió ficciones que inducen a la desesperación ayudó con palabras a sus semejantes. El testimonio de Janouch: «El doctor Franz Kafka vivo que yo conocí, era mucho más grande que sus libros salvados de la destrucción por su amigo el doctor Max Brod. El doctor Franz Kafka que yo podía visitar era tan grande y tan firme que, todavía hoy, en las difíciles curvas del camino de mi vida, puedo apoyarme en su sombra como en una verja de hierro sólidamente forjada (…). Mi doctor Kafka no era para mí una figura de la literatura de nuestro tiempo que, tarde o temprano, palidece, sino una vida humana que pervive, que sirve de ejemplo, una manifestación de la luz cuyo calor y claridad, cada vez más intensa ésta, me acompañaron durante todos estos años desde mi juventud hasta el apagamiento final que rápidamente se acerca, fiel como brújula infalible de la bondad y de la verdadera humanidad.» Hombres de ese género son siempre actuales y necesarios, y mucho más en épocas caracterizadas por la tendencia a transformar la desesperación en impulsos puramente autodestructivos.