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Apéndice 2. Grupos y personalidades de la Revolución Francesa

De Mienciclo E-books

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COMO en todo proceso de cambios profundos, la Revolución francesa determinó el surgimiento de una pléyade de hombres cuyas actuaciones trascendieron junto con ella; y, al mismo tiempo, el propio proceso revolucionario estuvo influenciado por estas personalidades —y los grupos y sectores sociales a los que pertenecían—, lo que hace que en cualquier estudio de ese momento histórico deba también analizarse el papel jugado por estas individualidades.

Las personalidades

Robespierre
Robespierre

Aunque todos tuvieron la característica común del apasionamiento con que defendían sus posiciones dentro del proceso revolucionario, se diferenciaron en la concepción que tenían del cauce que debía darse a la acción de gobierno y los mecanismos de participación popular. De ese cúmulo de dirigentes que formó y mostró la Revolución francesa, cuatro de ellos —Danton, Mirabeau, Marat y Robespierre— pueden tomarse como ilustrativos de ese grupo social que rigió los destinos de Francia durante varios años.

Honoré Gabriel Mirabeau nació en 1749, descendiente de una de las más aristocráticas familias de Provenza. Su padre era el economista Victor Riqueti, conde de Mirabeau, y recibió una educación profundamente clerical y latina. Aunque nunca fue un revolucionario neto, llegó a ser despreciado por la nobleza, a la que asustaba con su carácter violento y con su vida que, para entonces, era considerada escandalosa.

Gran conocedor y estudioso de la historia, conocía profundamente los resortes y mecanismos de las monarquías constitucionales, sistema que él propugnaba. Elegido representante para los Estados Generales por Aix y Marsella, defendió en la Asamblea ese tipo de gobierno, situándose en minoría frente a los jacobinos y gran parte de los girondinos. Sus servicios a Luis XVI incluyeron el intento de llevarlo a una provincia para resguardarlo de la violencia parisina. Muerto en abril de 1791, no vivió las luchas por el poder que le sucedieron y pudo conservar así su imagen de fogoso orador y partidario del orden y la jerarquía, valores que consideraba fundamentales.

Jean Paul Marat nació en 1743, en el seno de una familia pequeño-burguesa, y sus estudios de medicina —que había iniciado en París— los concluyó en Londres, ciudad en la que tuvo un contacto directo con las luchas políticas inglesas por la libertad. Allí extrajo elementos que consideró esenciales: la importancia de los clubs y de la prensa; la teoría de que los demócratas deben desconfiar del poder ejecutivo aunque sea constitucional; y que la soberanía popular, según la enseñanza de Rousseau, nunca debía alinearse en la delegación de los representantes.

Desde 1776 se instaló como médico en París y allí escribió varias obras, entre ellas un Plan de legislación criminal. En el proceso de la revolución, su principal contribución está representada en «El Amigo del Pueblo» —periódico que fundó en 1790 y dirigió hasta su muerte—, desde el que se convirtió en un crítico demoledor y en el que lucharía por la salvación de la patria. Sus campañas le valieron arrestos, juicios y vida clandestina. Participó también en la sociedad de los jacobinos, de la que fue presidente hasta su asesinato, en julio de 1793.

Su último esfuerzo consistió en tratar de inspirar en las masas populares una conciencia de clase, en hacerles sentir que no serían más que el señuelo y el instrumento de los ricos, a menos que hicieran su propia revolución. Ningún otro revolucionario —salvo François Emile Babeuf, apodado Graco (1760-1797), cuya doctrina, denominada bobuvismo, se basaba en principios que luego recogería y profundizaría el marxismo, y acentuaba el papel a jugar por las masas populares, «los iguales», en el proceso revolucionario— puso tanto énfasis en acentuar las diferencias entre la clase social que dirigía la revolución y la que en realidad debería dirigirla para que triunfase.

«No, Marat no está muerto. Colocadlo en el panteón o arrojadlo a la alcantarilla, qué importa, mañana renacerá. Renace en el hombre que no tiene trabajo, en la mujer que no tiene pan…; renace en los graneros de Rouen, renace en las cantinas de Lille; renace en el granero sin fuego, en el jergón sin mantas, en la desocupación, en el proletariado… Mientras existan miserables, existirá en el horizonte una imagen que puede convertirse en fantasma, y un fantasma que puede convertirse en Marat.» Las palabras de Victor Hugo —de su libro El 93— pueden resumir la imagen que la actividad y las ideas de Marat le granjearon en el curso de su participación en la Revolución francesa.

Maximilien Robespierre, el más famoso jefe de la democracia francesa, nacido en 1758, provenía igualmente del sector pequeño-burgués que tantos hombres dio a la Revolución, y fue educado por los oratorianos e inspirado en la filosofía de las luces y las letras latinas, aunque la influencia que él mismo señaló determinante en toda su vida fue la de Rousseau. Su trabajo como abogado lo tomaba como un sacerdocio y se preguntaba: «¿Hay profesión más sublime que aquella que os lleva a defender a los débiles, a los oprimidos?»

Ya desde antes de 1789 su posición política era clara: estaba contra el absolutismo, la aristocracia y el privilegio. Su carrera política comenzó como diputado del tercer estado en los Estados Generales, elegido por Artois. En la Asamblea Constituyente no se limitó a combatir los privilegios y la aristocracia, sino que también reclamaba la liberación del derecho de petición, el derecho a reunirse libremente, la elección de representantes honestos, y pedía la igualdad para los hombres de color.

Tuvo una influencia determinante sobre los jacobinos más radicalizados y, aunque fue jefe de una revolución sostenida por el pueblo y dirigida por la burguesía, comprendió la necesidad de apoyarse en las clases populares para la salvación de la República. Su ideal social era el de una sociedad de pequeños productores independientes, poseedores cada uno de su campo, su estudio o su taller, y en condiciones de alimentar a su familia sin tener que recurrir al trabajo asalariado. La justificación del régimen de terror que contribuyó a crear estaba en que no era lo mismo gobernar en tiempos de paz que de guerra, y en la necesidad de un Gobierno fuerte capaz de eliminar a todos los que conspiraban contra la Revolución.

El 28 de julio de 1794 Robespierre y sus amigos —entre quienes estaba Louis de Saint-Just (1767-1794), amigo y partidario firme de Robespierre, que le acompañó en todas sus ideas y luchas— fueron guillotinados, lo que significó el fin del gobierno revolucionario. Frente a la aristocracia, Robespierre, Saint-Just y los suyos fueron los combatientes de la revolución burguesa y de la independencia nacional; pero sus orígenes, su formación y su sensibilidad les llevaron a combatir desde una posición sumamente arriesgada, ya que trataban de conciliar los intereses de la burguesía dirigente y los de las clases populares, sin las cuales —sostenían ellos— la revolución no podía triunfar sobre la aristocracia y la coalición que se les oponía.

También de origen pequeño-burgués y educado por los religiosos del Oratorio, Georges Jacques Danton (1759-1794), se graduó en Derecho en 1786 y ejerció la profesión en París, en el Consejo del Rey. Cuatro años más tarde fundó una sociedad con el nombre de Club de los Cordeleros, en la que tuvo una actividad importante al igual que entre los jacobinos. Tribuno popular fogoso, dos veces participó en el gobierno: en agosto y septiembre de 1792, como ministro de Justicia, y entre abril y junio de 1793 como miembro del Comité de Salud Pública. Intentó limar las diferencias entre los partidos revolucionarios, pero su política conciliadora no tuvo éxito.

La carrera de Danton está llena de contradicciones: a fines de 1791, de acuerdo con Robespierre, se opuso en un primer momento a la guerra, pero cuando la corriente favorable a ésta se impuso, se unió a la mayoría. En el proceso contra el rey pensaba que era necesario salvarlo, pero votó por su muerte. La posición de Danton en el Comité de Salud Pública fue similar: cuando salió de él, en julio de 1793, contribuyó a incrementar su poder; intervino para salvarlo en septiembre de ese año, pero rehusó entrar en él cuando hubiera podido trabajar con Robespierre en la normalización y ordenamiento del terror.

Se considera a Danton, fundamentalmente, como un pragmático realista, sin ninguna propensión a las ideas generales o a los sistemas: él actuaba y hablaba según las circunstancias, pero siempre en función de su objetivo, que era la salvación de la patria. El 25 de abril de 1794 Danton y varios de sus aliados —entre quienes estaba Camille Desmoulins, director de El viejo Cordelero, desde el que se atacaba al Comité de Salud Pública— fueron guillotinados.


Los grupos

Durante la Revolución Francesa se crearon numerosos clubs —y todos los líderes participaron en ellos—, la mayor parte de los cuales fueron efímeros, pero que representaban distintos grupos políticos y sociales. Esquemáticamente se pueden agrupar en tres tipos distintos: los contrarrevolucionarios, que propugnaban la vuelta al antiguo régimen; los republicanos, con sus alas liberal y radicalizada, y los liberales, que, como lo hacía Mirabeau, pretendían una monarquía constitucional.

Entre los primeros estaban el grupo de «La Vendée», que era dirigido por La Roche y que se alzó ante la muerte del rey, y los «Chouans», en la Bretaña, que defendían la monarquía y la religión.

El «Club de Amigos de la Constitución Monárquica», los «Monárquicos» y los «Imparciales» fueron algunas de las agrupaciones que compartían el pensamiento político de Mirabeau. Eran partidarios en mayor o menor grado de una monarquía constitucional.

Entre los republicanos, los más poderosos fueron los jacobinos, los girondinos, los cordeleros y los feudelenses. Alternativamente, unos u otros fueron perseguidos, según quien estuviese en el poder: los girondinos —moderados— y cordeleros —radicalizados—, con Robespierre; los hebertistas y montañeses —los más avanzados—, luego de la caída del Comité de Salud Pública. Las alternativas políticas crearon y disociaron varias veces a estos grupos: así, en una etapa nació el grupo de «los indulgentes», que pretendían crear un Comité de Clemencia durante la época del terror; a ellos se opusieron «los rabiosos», encabezados por Hebert, que propugnaban el incremento de los ajusticiamientos.

En ese conjunto formado por numerosos grupos hubo dos que se destacaron por su importancia en el proceso revolucionario: los jacobinos y los girondinos. El partido de los jacobinos fue el más importante y el que imprimió su sello a los acontecimientos que siguieron a 1789. Se llamó así porque sus reuniones se celebraban en el convento de los dominicos, llamados vulgarmente jacobinos por estar en la calle de Saint-Jacques, en París. Cuando se reunieron los Estados Generales, los jacobinos formaban el Club Bretón, luego llamado Sociedad de la Revolución. Al convocarse en París la Asamblea Nacional cambió de nombre denominándose Sociedad de Amigos de la Constitución. Rápidamente, esta Sociedad tuvo numerosas filiales en provincias, que dominaban, persuadían y gobernaban en cada «comunne», con las que mantenía correspondencia el comité directivo, que intentaba de esa forma mantener la unidad de la nación. De matiz burgués, adoptó cada vez un tono más radical. Robespierre, llamado «el incorruptible», fue el miembro más destacado de este partido. En noviembre de 1794 fue clausurado y prohibidas sus actividades.

La rapidez de los hechos hacía que el revolucionario de ayer se convirtiera en el reaccionario de mañana. Los feuillantes, disidentes moderados de los jacobinos, siguieron siendo lo que éstos habían sido en sus comienzos: monárquicos constitucionales. Los mismos que más tarde fueron llamados girondinos, fueron primero jacobinos, a quienes en 1791 se les llamó brissontinos, por el nombre de uno de sus jefes, Jacques Brissot.

El nombre del partido girondino proviene de haberse destacado en él los diputados de la Gironda, departamento del suroeste de Francia. Notables casi todos por su elocuencia, dominaron pronto la asamblea y fueron los más empeñados en que se proclamara la República. Después de los acontecimientos del 10 de agosto y de los asesinatos de septiembre, condenaron el régimen del terror e intentaron establecer la moderación. Fueron acusados de conspirar contra la unidad y llamados por algunos federalistas. El 31 de mayo de 1793 fueron arrestados la mayor parte de los diputados girondinos y muchos de ellos subieron al cadalso: Berginaud, Brissot, Sillerri, etcétera.