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Apéndice 2. El jazz, de perseguido a embajador cultural

De Mienciclo E-books

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SI consultamos un diccionario, nos dirá que la palabra «jazz» es una voz criolla que significa acelerar, apresurar, darse prisa, la cual define un tipo de música de los negros de América, especialmente de baile, que se caracteriza por prevalecer en ella el ritmo, la frecuencia de las síncopas y el rápido paso de un tono a otro mediante improvisaciones y cadencias, todo ello unido a un original empleo de los instrumentos de percusión. Pero si en vez de consultar el diccionario, trasladamos la pregunta a Pete Fountain, uno de sus más geniales intérpretes modernos, nos dirá: «Es una sensación, es difícil de explicar. Se siente, eso es todo…. simplemente se proyecta, y creo que la gente siente cuando se produce… Cuando esto sucede allí fuera, la gente se reclina y puede estar hablando, pero se queda quieta durante un rato… Entonces se sabe que todo marcha bien… se sabe que uno los tiene y ellos lo tienen a uno. Es lo mismo. Se les vende parte de uno mismo, algo que está muy profundo… no, no se vende, se da…» Otro de sus grandes intérpretes, el legendario Fats Waller, respondió a una anciana que le preguntó qué era el jazz: «Señora, si usted todavía no lo sabe, ¡no se meta!» El consejo no podía ser más cuerdo, porque si uno se interesa por el jazz, el jazz se mete dentro de uno, porque el jazz forma parte de la cultura de la sangre y desencadena el ritmo emocionado de los cuerpos.


Contenido

La música de los esclavos

¿Cuándo comenzó esta música que se ha convertido en la manifestación más importante de la cultura norteamericana y que hoy apasiona a millones de corazones en todo el mundo y ha llegado a los lugares más remotos de la tierra? ¿Quién fue su inventor? ¿Dónde se escuchó por primera vez…? Todas estas preguntas son de difícil respuesta, pues ni el jazz fue inventado ni se tienen noticias concretas de su lugar de origen. Como toda manifestación colectiva, sus raíces se ramifican en complejas circunstancias históricas y culturas diversas. A este respecto dice Charles Boeckman: «El negro norteamericano ha realizado una gran contribución al tipo emocional, libre y fuertemente rítmico de música folklórica que se transformó en jazz. Como esclavos, trajeron de Africa un poderoso sentido de ritmo y danza. Una vez llegados al Nuevo Mundo absorbieron la tradición musical europea de la armonía y de la forma, y condensaron las ideas musicales africanas y europeas. El resultado fue un estilo musical afroamericano totalmente propio. Dado que el africano estaba acostumbrado a una escala musical diferente, trató de adaptar su oído musical a la escala europea agregando una nota de tipo blues que sonase profunda y obsesivamente.»

El jazz fue un fenómeno social que se incubó lentamente en las plantaciones de tabaco y algodón en las colonias del Sur. La danza y el ritmo formaban parte de sus costumbres tribales. En las aldeas negras el rito se centraba en la danza y todas sus comunicaciones acústicas estaban presididas por los rítmicos golpes de tambor. Los instrumentos caseros que usaban cuando se reunían, por la noche, alrededor de las cabañas, tras el agotador trabajo en las plantaciones, eran palanganas, huesos que hacían sonar entre los dedos, tablas de lavar y rústicos tamboriles fabricados por ellos. La mayor parte de los historiadores que han profundizado en las costumbres de los esclavos negros norteamericanos, dicen que el instrumento más importante que usaron éstos fue el banjo, un instrumento que los negros africanos habían copiado de la guitarra árabe.

Sin embargo, como los propietarios de esclavos no se mostraban tolerantes con las costumbres africanas de sus peones, la fuerte presión de la cultura blanca y las costumbres europeas se fueron imponiendo en los desarraigados negros cazadores en Africa. Con el tiempo entraron a formar parte de su repertorio musical las guitarras escocesas, los himnos y canciones de cuna ingleses y el rico repertorio del folklore de sus amos.

Otro elemento de gran importancia en la vida del negro fue la cultura religiosa que los colonos blancos le inculcaron. El africano era por naturaleza profundamente religioso y asimiló fácilmente el cristianismo, pero sin abandonar el recuerdo nostálgico de los dioses africanos y sus danzas y ritos religiosos. «Es difícil —escribe Boekman— para el afroamericano participar en un servicio religioso sin ritmo ni danza. En las reuniones de la iglesia protestante el baile no estaba permitido; pero los esclavos consiguieron burlar esta proscripción mediante un invento que consistía en el batido de palmas y el movimiento rítmico del cuerpo, aunque no era lo mismo que una danza. Esta manifestación tenía lugar cuando comenzaban a cantarse los himnos. Los esclavos se ponían de pie y empezaban a caminar en círculo arrastrando los pies. El batido de palmas establecía un ritmo que reemplazaba al de los tambores. Entonces la congregación entera comenzaba a desplazarse rítmicamente dentro del círculo, mientras sus voces se elevaban en un canto. Los escritores de la época que presenciaron el fenómeno describieron su fuerte efecto emocional e hipnótico. A veces los esclavos seguían cantando durante horas sin fin. A menudo los feligreses caían al suelo, presas de ataques extáticos de fervor religioso.»

En la liturgia de las iglesias protestantes de Inglaterra formaba parte la participación de los feligreses en el canto de las estrofas y los himnos religiosos. El predicador leía en voz alta una estrofa del libro de los himnos y los asistentes lo cantaban. Esta forma coral fue asimilada y enriquecida por los negros, terminando por ser una de las manifestaciones más expresivas del fervor religioso de las congregaciones protestantes negras. Los negros spirituals se desarrollaron y perfeccionaron en este ambiente de profunda emoción.

Entre los antecedentes del jazz, y que forman parte integrante del mismo, también se cuenta la canción de trabajo del esclavo negro. Un autor dice que estas canciones se desarrollaron entre los peones negros, los estibadores, los presos y los obreros portuarios y del ferrocarril. Si en la iglesia era un predicador el que marcaba la pauta, en el trabajo era un guía, pero respondía al mismo esquema de los himnos y salmos. El guía, muy estimado tanto por los trabajadores como por los amos de esclavos, cantaba una estrofa y el coro respondía con un murmullos de asentimiento o un grito al unísono. Veamos un ejemplo esquemático:

Guía: Tenemos que terminar con este trabajo pesado.

Trabajadores: ¡Oh..!

Guía: No nos importa ese sol tan fuerte.

Trabajadores: ¡Uh…!

Guía: El amo dice: «¡ Vamos!»

Trabajadores: ¡Oh…!

Guía: Se enoja si vamos despacio.

Trabajadores: ¡Uh…!


La historia del jazz comienza en Nueva Orleáns

Si los orígenes del jazz son complejos y remotos y sus elementos creativos van surgiendo en todas las comunidades negras norteamericanas, todos los historiadores y tratadistas de este tema coinciden en que es en Nueva Orleáns donde comienza su verdadera historia como espectáculo y conjunto musical.

Nueva Orleáns es la capital del Estado de Luisiana y se halla situada en las riberas del Mississippi. La colonia fue primero española y después francesa. La tradición cultural que recibieron allí los esclavos negros fue latina y católica. Sus costumbres eran más libres que las de los puritanos protestantes. Los habitantes de origen francoespañol coloreaban mucho sus fiestas populares y adoraban los desfiles y las charangas. El Mardi Gras, o martes de carnaval, se celebraba en Nueva Orleáns de manera espléndida, con disfraces, música y danzas. En este espectáculo pintoresco y lleno de colorido y alegría también participaban los esclavos negros con su peculiar sentido del ritmo. Además, en Nueva Orleáns existía un lugar destinado exclusivamente a los esclavos negros llamado Congo Square. Era un lugar donde podían reunirse los domingos y bailar y cantar a sus anchas todo lo que quisieran sin la vigilancia del amo. Los ritmos de Africa se mezclaban allí con los ritmos europeos. Sabiendo esto no resulta extraño que Nueva Orleáns se convirtiera en la tierra del jazz por excelencia y que haya sido la cuna de intérpretes tan notables como Louis Armstrong, King Oliver, Jelly Roll Morton, Al Hirt, Pete Fountain, y otros muchos. Por otra parte, la ciudad se siente tan identificada con el jazz y su acervo musical que, incluso, posee un museo, el único que existe en el mundo, que recoge la tradición del jazz y objetos e instrumentos famosos de sus mejores intérpretes.

Hasta que la Guerra civil liberó a los negros, éstos no tenían dinero ni medios para adquirir los preciosos y codiciados instrumentos de metal. Pero una vez que abandonaron las plantaciones y pudieron instalarse en las ciudades como trabajadores siempre mal pagados, pudieron unir al banjo y a la armónica, que eran sus instrumentos de esclavos, las cornetas, trombones, tubas, clarinetes, violines, tambores y otros instrumentos que habían visto usar a los blancos. Naturalmente, los esclavos no tenían ningún aprendizaje musical. Como dice Boeckman, para él el instrumento era una extensión de su voz. «La idea de tocar igual que se canta —escribe— es muy importante para entender el jazz. Es una de las cosas que hacen que el jazz sea diferente de la música de especulación superior, una de las razones por las cuales los sonidos del jazz no pueden escribirse.» Y añade en otro párrafo: «Una vez que se familiarizó con su instrumento, el negro tocó la música que conocía: el tatareo y los cantos de los peones y los blues que habría oído alguna vez al pasar delante de la ventana de una cárcel. El ritmo de su música sacra, del batido de palmas, del golpeteo de los pies y de esos spirituals que invocaban a Dios en el cielo. No le estorbaba la disciplina de un aprendizaje musical europeo que puede restringir a otras personas. La improvisación, es decir, la invención de ideas musicales sobre la marcha, era una dote natural del negro. En Africa, sus antepasa dos habían compuesto ritmos de tambor, pasos de danza y cantos sin previa elaboración. En la época de la esclavitud había inventado las canciones de trabajo. En reuniones religiosas a menudo se había inspirado tanto que había compuesto spirituals en el momento y las palabras parecían brotar de sus labios. Cuando hacía música, la sacaba de la poesía de su alma. Entonces, ¿para qué cambiar ahora sólo porque cantase con una corneta o un trombón?»


El «vaudeville»

Al analizar, por brevemente que sea, la enorme aportación artística de los negros norteamericanos al país que los recibió como esclavos y todavía no los ha liberado como hombres, no se puede pasar por alto el «vaudeville», conocido en España como vodevil. Y es importante, porque si el jazz es la única música norteamericana absolutamente original, el «vaudeville» es la primera aportación norteamericana al teatro. Se trata de lo que en España se llama juguete cómico o zarzuela ligera, con música y bailes negros. Esta forma de espectáculo en la que se mezclaban la sátira, lo burlesco y la música, se desarrolló en los Estados Unidos entre 1840 y 1900. De esta combinación surgieron las comedias musicales. El «vaudeville» lo representan actores blancos pintados de negro, presentando a éste como una especie de bufón. Tiene importancia, porque es un antecedente del jazz y difundió la música negra fuera del ámbito de los esclavos del Sur.


La locura del jazz

La primera banda de jazz de la que se tiene noticia es la de Buddy Bolden, un cornetista de Nueva Orleáns hoy legendario. Fue en 1880 y estaba compuesta por un contrabajo, un trombón de pistones, un clarinete y una corneta en la banda. Otros aseguran que también tenían un violín y batería. El único que sabía música de este conjunto, era el trombonista Willy Cornish, el cual, cuando llegaba alguna melodía impresa a la ciudad, la tocaba para que los demás intérpretes la aprendieran de oído. Los que recuerdan a Buddy Bolden dicen que tocaba la corneta más potente de la historia y nunca perdió ninguna competición. En Nueva Orleáns fue la vedete del jazz en el período de 1890 a 1900, quizás uno de los períodos más interesantes de este tipo de música, ya que el jazz se estaba desprendiendo de las rigideces del ragtime para entrar de lleno en formas más flexibles y aptas para la improvisación.

Este pionero del jazz, nació en 1868 en Nueva Orleáns y conoció los festivales negros que sus hermanos organizaban los domingos en Congo Square donde los tambores africanos marcaban el ritmo musical. De niño fue limpiabotas y de mayor aprendió los oficios de barbero y tipógrafo. A los quince años se compró una corneta y aprendió a tocarla solo, pues nunca supo música. Boeckman dice, que «Buddy estaba tan solicitado que a veces tocaban seis o siete de sus bandas en diferentes lugares en la misma noche y él iba de una a otra animando el baile con su poderosa corneta. Algunos dueños de salas de baile no querían alquilar sus locales si no se contrataba a Buddy para tocar. Durante el día Buddy atendía una peluquería e imprimía unos panfletos de chismografía llamados El Grillo. Pero Buddy bebía demasiado y estaba muy solicitado por las mujeres. En 1907 se volvió loco cuando estaba tocando en un funeral. Los últimos 24 años de su vida estuvo internado en el hospital estatal de Luisiana. Murió en 1931 cuando las trompetas del jazz habían derribado todas las fronteras y su ritmo se imponía en todo el mundo.»


El jazz, música nacional de los Estados Unidos

Seguir paso a paso el ímpetu jazzístico que se apoderó de los Estados Unidos para llegar a Europa y difundirse por los cinco continentes, no es nuestro objetivo. Por lo demás, la historia de los «reyes» del jazz de nuestro tiempo es de sobra conocida.

El origen del jazz, como todas las obras de profunda encarnadura popular, no puede ser más modesto: nació en la esclavitud con un poderoso aliento de liberación. Pero su desarrollo no es menos singular. En Nueva Orleáns fue marginado a las salas de baile de concurrencia negra y cabaretuchos y tabernas de mala fama. En la década de los 20, el jazz irrumpe en Chicago y anima a los viajeros de los barcos fluviales. Las bandas de jazz tuvieron siempre sus mejores oportunidades en los establecimientos nocturnos, garitos, lugares prohibidos por la moral, pero muy concurridos por los honorables blancos en sus horas de diversión. El «rey» de esta época era King Oliver, el cual llevaba desde 1922 en su banda a Louis Armstrong. Simultáneamente al movimiento de Chicago, en 1917 se presenta en el café Reisenweber de Nueva York la original Dixieland Jasa Band, bajo la dirección del cornetista Nick LaRocca, y obtiene un éxito clamoroso. Su música revolucionaria se impuso fulminantemente a un público ávido de novedades. Había nacido la Era del Jazz. A partir de entonces, todos los establecimientos nocturnos debieron contratar bandas de jazz si querían atraer al público.

Si la música de jazz no siempre fue bien aceptada y no faltaron los que la tildaron de «baja» e «inde-corosa» por su gran libertad expresiva y el estilo peculiar de sus intérpretes, hoy, los mismos que siguen siendo partidarios de la segregación racial y niegan a los negros norteamericanos el disfrute de los derechos civiles, reconocen y se enorgullecen de esta gran aportación norteamericana a la cultura mundial.

Como dice Boeckman, el jazz es tan importante, para dar una imagen cultural de los Estados Unidos, que el Departamento de Estado auspicia giras mundiales de los intérpretes norteamericanos, y añade: «Artistas tan conocidos como Duke Ellington, Louis Armstrong, Dizzy Gillespie y Jack Tea-garden han expresado su personal estilo en todos lados, desde Sudáfrica hasta Moscú. Han actuado delante de reyes y reinas. En una de sus giras, Louis Armstrong fue recibido en audiencia por el Papa en el Vaticano. Cuando Benny Goodman y su orquesta actuaron en Rusia, en el verano de 1962, recibieron una ovación abrumadora. A su concierto en Moscú asistieron importantes miembros del gobierno soviético, entre ellos el primer ministro Nikita Jruschev. Nuestro trompetista y cantante de jazz Luis Armstrong ha sido tan apreciado en todo el mundo que se le ha apodado “Embajador Satch”. Realmente los músicos de jazz norteamericanos han sido embajadores de amistad que supieron superar las diferencias de lenguaje y costumbres y también de políticas, creando comprensión y relaciones amistosas allí donde los estadistas formales habían, a veces, fracasado.»