Apéndice 2. El arte del siglo XIX, una revolución permanente
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Neoclásicos y románticos
DESDE el punto de vista artístico, el siglo XIX fue tempestuoso, múltiple, una sucesión de artistas y tendencias contrapuestas. Los primeros grandes nombres fueron David, Ingres, Renault y Gérard. Con personalidades diferentes, estos artistas definieron la estética de los últimos años del siglo XVIII y de los primeros años del XIX. Se les llamó neoclásicos. Y el nombre era justo. Todos ellos estaban fascinados por la mitología clásica y eran grandes admiradores de los pintores del Renacimiento italiano. Inspirados en la mitología, discípulos tardíos de Leonardo da Vinci y de Correggio en lo que a la técnica se refiere, creían en la existencia de una belleza ideal y la buscaban encerrados en sus talleres. Para ellos, tal belleza, eterna por principio, se alcanzaba mediante estudios y reflexiones minuciosas, no en un arrebato pasional. Nunca se inspiraron en los acontecimientos de la calle, en los momentos de la vida cotidiana. Cuando no se inspiraban en los mitos, pintaban los grandes acontecimientos históricos del momento: David, autor de El juramento de los Horacios —la obra que acaso ejemplifique mejor los valores y las limitaciones del neoclasicismo—, pintó a Marat asesinado, a Napoleón coronando a Josefina. Y los pintó a la manera clásica. Todos ellos eran sombríos y exquisitos coloristas que delineaban finamente sus figuras.
El neoclasicismo fue el arte de las academias de pintura, el arte de los Salones Oficiales. Admirado y reconocido, consagrado, no tardó en amanerarse, en caer en una fría repetición de sí mismo. Pero, aun así, mantuvo su autoridad hasta muy avanzado el siglo, obstaculizando o condenando otras tendencias.
Poco a poco iba cobrando fuerza un movimiento claramente opuesto: el movimiento romántico, que se presentaba como alternativa liberadora. Si los neoclásicos buscaban la belleza ideal, los románticos buscaron la belleza en lo pasajero. Si aquellos eran sombríos y creían que la belleza era fruto de leyes inmutables, éstos valorizaron la pasión, la subjetividad del artista. «El sentimiento del artista es su ley», decía el romántico Caspar Friedrich. Y ya se sabe que los sentimientos son cambiantes… El romanticismo significaba mutación radical de la sensibilidad. La balsa de la Medusa, de Géricault, es un cuadro donde todo está en movimiento. A su lado, las obras neoclásicas parecen estáticas. La belleza romántica, que hablaba de sentimientos, no podía ser inmóvil.
El gran romántico Delacroix y quienes siguieron por su senda ya no buscaron sus temas en la antigüedad clásica sino en los libros de Goethe o Byron… Con el romanticismo, pues, cambiaban la actitud del artista y sus temas. En este sentido el romanticismo fue revolucionario. Pero no lo fue, en cambio, en lo que se refiere a la forma. Técnicamente, su pintura seguía siendo clásica en lo esencial. Manejaban el color y representaban el movimiento según procedimientos ya conocidos y probados, adaptándolos a sus exigencias. Por otra parte, los románticos tenían en común con los neoclásicos algo más: ellos también se dedicaban a pintar ideas. Valorizaban la naturaleza, cierto, pero la suya era una naturaleza transfigurada, idealizada.
El movimiento romántico alcanzó su apogeo entre 1820 y 1830. Después, sus sueños libertarios se fueron extinguiendo paulatinamente. No se olvide que ningún movimiento artístico desaparece de la noche a la mañana.
El realismo
Los movimientos artísticos libran batallas y se suceden, pero también conviven. Y mientras el neoclasicismo y el romanticismo luchaban y convivían, otro movimiento iba ganando terreno: El realismo.
Desde finales del siglo XVIII, muchos artistas — algunos excelentes, otros mediocres— se dedicaban a pintar escenas de la vida cotidiana, paisajes, retratos e ingenuas «naturalezas muertas». Pintaban del natural, tratando de reproducir fielmente la realidad. Vivían al margen de los dos grandes movimientos ya mencionados. Técnicamente eran tradicionales. Pero hay que decir que los de mayor calidad, precisamente por estar empeñados en reproducir la realidad, hicieron notables progresos. Piénsese, por ejemplo, en el gran paisajista John Constable o en Camille Corot.
Las obras de estos afanosos pintores de la realidad encantaban a mucha gente. Al público burgués en general las escenas de la mitología clásica y los arrebatos románticos le resultaban incomprensibles, nada atractivos. Y prefería decorar sus casas con paisajes, con escenas de la vida cotidiana.
Cuando la estrella del romanticismo empezaba a decaer, el realismo cobró impulso y altura. Y esto ocurrió precisamente cuando la mentalidad positivista desplazó al idealismo romántico. Al hombre de la Revolución Industrial, que esperaba todo de la ciencia, que veía pasar trenes, le interesaba el hecho crudo, lo real despojado de toda forma de idealización. Y grandes artistas miraron entonces a la naturaleza cara a cara, abandonando para siempre la pintura de ideas. Les animaba la voluntad de mostrarla tal como es.
Courbet, animado por esta voluntad, ya no buscó en la mitología clásica sus temas ni tampoco en los libros de Goethe. Plantaba su caballete en cualquier parte, miraba y pintaba. Y basta contemplar su obra Los picapedreros para comprender hasta qué punto su actitud era nueva y revolucionaria. En 1855 el Salón Oficial de Pintura rechazó sus obras. A los directores del Salón les parecieron de pésimo gusto. ¡Era imposible colocarlas junto a las exquisitas composiciones neoclásicas y románticas! Se le acusó, entre otras cosas, de hacer propaganda socialista. Y estalló la polémica. Inmediatamente, Cour-, bet organizó una exposición por su cuenta, bajo el nombre de El realismo. Presentaba paisajes pintados a la intemperie y también obreros en pleno trabajo. En este sentido, era el suyo un realismo «comprometido», esto es, puesto al servicio de un proletariado creciente cuyas miserias aumentaban a medida que se desarrollaba la industria. Realmente, Courbet, que era amigo y admirador ferviente de Joseph Proudhon, hacía propaganda socialista…
El naturalismo
Junto al realismo comprometido de Courbet surgió el naturalismo: un realismo despojado de toda intención moral. El naturalismo fue formulado y defendido por Zola, por Flaubert, por los hermanos Goncourt, por Taine… Todos ellos pedían a gritos un arte amoral, capaz de captar la realidad en todos sus aspectos, en sus aspectos hermosos o feos, justos o injustos, nobles o innobles… Así entró en el mundo de la pintura el ajetreo de las calles, el colorido de las carreras de caballos, la agitación de los bailes, la animación de los cafés. Para pintar estos nuevos temas hacía falta una nueva manera de pintar. Una revolución artística, sólo comparable en magnitud y consecuencias con el Renacimiento, estaba a punto de estallar.
Naturalmente, los jurados del Salón Oficial hicieron todo lo posible para impedir el estallido. Se negaron en redondo a exponer las obras de los pintores vanguardistas. Pero pronto éstos se vieron favorecidos por una circunstancia inesperada.
Un gesto oportunista de Napoleón III abre las puertas de París al impresionismo
El emperador Napoleón III, tras diez años de practicar el despotismo, decidió abrir un poco la mano. Quería ganar partidarios y, como parte de su plan, autorizó la apertura de un salón de pintura paralelo: El Salón de los Rechazados. Así, sin disgustar demasiado a los pintores académicos que monopolizaban el Salón Oficial, se atraería —esto pensaba y deseaba— las simpatías de los jóvenes. En 1863, el año de la muerte de Delacroix, el Salón de los Rechazados abrió sus puertas. El escándalo fue imponente.
¡Nunca más el emperador se arriesgaría a repetir la experiencia! Entre otros cuadros sorprendentes, allí estaba el Almuerzo campestre de Eduard Manet. Este cuadro «ofendía al pudor», según declaró Napoléon III. En realidad, ese cuadro escandaloso anunciaba la gran revolución artística que iba a venir.
Cerca de Manet, atentos a sus enseñanzas había un grupo de jóvenes pintores unidos por una misma voluntad: Renoir, Sisley, Bazille, Cézanne, Monet, Pisarro, Degas… Todos estos pintores pasaban largas horas reunidos en el café Guerbois, a dos pasos del taller de Manet.
Muy lejos del café parisino que sería el epicentro del movimiento impresionista, Vincent van Gogh andaba buscando tranquilidad para su alma por los caminos del apostolado entre los humildes y de la pintura.