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Apéndice 2. El Toro en el Arte Español

De Mienciclo E-books

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EL toro como símbolo es tan antiguo que se pierde en la prehistoria de la humanidad. Lo encontramos en la historia de todas las religiones e impregnando las más antiguas culturas. De la fuerza y sugestión del toro en el arte hablan las pinturas rupestres, la escultura primitiva y los mitos y leyendas que han llegado hasta nosotros. En todas las culturas primitivas el toro siempre es considerado como fuente de vitalidad y energía. En algunas religiones en las que el toro es sacrificado como víctima ritual, su sangre posee un valor mágico fecundador y purificador.


Creta

Los mitos del toro en la cultura mediterránea son tantos que solamente enumerarlos requeriría mucho espacio y tiempo. Como ejemplo veamos dos que se hallan muy presentes en la literatura occidental: el rapto de Europa y la leyenda del minotauro.

Europa, hija de Agenor y nieta de Poseidón y Libia, estaba un día jugando con sus amigas en la playa de Tiro. El dios Zeus la vio tan hermosa que se presentó en la playa en forma de toro blanco. Europa empezó a jugar con él y terminó subiéndose encima. Entonces Zeus emprendió una veloz carrera y se adentró en las aguas. Un bajorrelieve griego que se conserva en el Museo Nacional de Palermo nos presenta a la bella Europa aferrada a uno de los cuernos del toro. Al llegar a Creta, Zeus dio rienda suelta a su pasión amorosa, de la cual nacieron Minos, Radamanto y Sarpedón. Después Europa contrajo nupcias con el rey Asterio de Creta, quien adoptó a los hijos de Europa y Zeus.

Tras la muerte de Asterio, Minos se hizo con el trono de Creta. Una vez que venció a sus hermanos, pidió a Poseidón un toro para sacrificarlo en su honor. Poseidón hizo surgir del mar un toro blanco tan bello que Minos renunció a sacrificarlo y lo sustituyó por otro. Poseidón lo consideró un desaire e inspiró a Pasifae, esposa de Minos, una pasión incontenible por el toro. Para satisfacer sus deseos, Pasifae solicitó la ayuda de Dédalo, un griego ingenioso que vivía en Cnossos, el cual construyó una vaca de madera tan perfecta que llamó la atención del toro blanco. Pero dentro de la vaca estaba Pasifae, logrando de esta manera la unión con el toro. De este enlace nació el Minotauro, con cabeza de toro y cuerpo humano. Los cretenses lo encerraron en un laberinto construido por Dédalo. Su único entretenimiento era devorar las víctimas que el pueblo le ofrendaba. Entre éstas se contaban los catorce jóvenes atenienses de ambos sexos que Atenas pagaba a Minos como tributo. Por otra parte, Poseidón tomó el capricho de Pasifae por burla y enloqueció al toro blanco, el cual empezó a asolar Creta. Tan peligroso se hizo que Euristeo, rey de Tirinto, hijo de Estenelo y de Nikipa, nieto de Perseo y descendiente de Júpiter, encargó a Hércules, hijo de Zeus, la captura del furioso animal. Hércules cazó al toro con una red, lo cargó sobre sus espaldas y se lo llevó a Euristeo. Pero Hera lo puso en libertad y el toro atravesó la Argólida, cruzó el istmo de Corinto y llegó al Atica. En la llanura de Maratón produjo grandes estragos. Pero enterado el gran héroe Teseo, fue en busca del toro y lo paseó por Atenas cogido de los cuernos. Después lo sacrificó al dios Apolo en la Acrópolis.

No conforme con matar al toro padre, Teseo se presentó en Creta y también mató al Minotauro hijo. Para ello se introdujo en el laberinto con el ovillo que previamente le había dado Ariadna, hija de Minos, y fue soltando el hilo que le permitiría encontrar la salida.

La cultura táurica está presente en Egipto, Grecia y toda Asia Menor. Existe un fresco cretense que incluso revela las suertes de la oscura y antigua tauromaquia que se practicaba en la zona del Egeo. En Roma adquirieron gran importancia los juegos en los que el toro desempeñaba un papel de protagonista. El naturalista Plinio dice que Julio César era muy aficionado a estos espectáculos y fue el primero en autorizarlos. Otros historiadores sostienen que Julio César se aficionó a la tauromaquia en España, donde vio cómo se alanceaba a los toros. En los siglos XVI y XVII los detractores españoles de la fiesta brava emparentan el espectáculo taurino con las costumbres paganas y abominables de los romanos.


La península ibérica

El mito del toro y la cultura táurica en la península ibérica son tan antiguos y tantos los testimonios hallados en cuevas rupestres y excavaciones arqueológicas, que muchos especialistas consideran que su origen se remonta a la concepción taurina del hombre paleolítico, el cual veía en el toro un rival peligroso al que había que eliminar.

Históricamente, sin embargo, los orígenes del toreo a caballo se sitúan en los torneos de los árabes españoles. Uno de los primeros caballeros cristianos que intervienen en esta clase de corridas es el Cid Campeador. Tanto es así que sus proezas en las justas y torneos árabes estimulan a los caballeros cristianos a emular a los caballeros árabes en el peligroso deporte. A partir de entonces la nobleza castellana participa cada vez más en las corridas de toros. Los cronicones medievales hablan de las proezas taurinas de los Manrique de Lara, los Chacones, los Ceas, los duques de Maqueda, los de Mon-déjar, el marqués de Tendilla y el mismo emperador Carlos V.

Con todo, el toreo no empieza a ser popular y a convertirse en gran espectáculo hasta el siglo XVIII en que se va a producir la gran revolución del toreo de caballo a pie y en el que empezarán a construirse plazas permanentes para la celebración de la fiesta. Aunque muchos lugares españoles se disputan la primacía de la construcción de la primera plaza de toros, parece que la palma se la lleva la de Béjar, construida por la Cofradía de la Virgen del Castañar e inaugurada el 12 de septiembre de 1711, y la cual, según un cronista, se hizo con tal rapidez que «parece deberse atribuir a milagro de la Virgen». La segunda se construyó en Campofrío en 1718. Sevilla, que tenía dos plazas cuadrilongas de madera, construyó la de la Maestranza en 1761, según proyecto del arquitecto don Vicente San Martín. La de Zaragoza fue construida en 1764 por Pignatelli. La de Ronda, en la que hoy se celebran las corridas goyescas, fue levantada en 1785 para sustituir la que tenía de madera. Su estilo es neoclásico y fue construida por la Real Maestranza de Caballería. Fernando Villalón dice de este famoso coso en uno de sus romances:

Plaza de piedra de Ronda,
la de los toreros machos,
pide tu balconería una
Carmen cada palco,
un Romero cada toro,
un maestrante a caballo
y dos bandidos que pidan
la llave con sus retacos.
Plaza de toros de Ronda,
la de los toreros machos.

Sevilla y Ronda se disputarán en lo sucesivo los dos estilos del toreo clásico, bronco y sobrio el de Ronda, alegre y bullicioso el de Sevilla, y los dos estilos, que forman escuela y tradición, impulsarán el gran espectáculo hasta convertirlo en la llamada fiesta nacional.

Pero como hemos dicho anteriormente, en el siglo XVIII se produce la gran revolución del toreo. Hasta entonces el toreo había sido deporte y entretenimiento de nobles. Los plebeyos sólo intervenían en la corrida como peones para rematar a los toros de mala casta y ayudar a los señores en el lucimiento. Estos ayudantes eran conocidos con el nombre de chulos y se reclutaban, generalmente, entre matarifes y picaros de las ciudades, y ellos son los que van a revolucionar la fiesta. «Lo que llamamos corridas de toros —escribe Ortega y Ga-sset— apenas tiene que ver con la antigua tradición de las fiestas de toros en que actuaba la nobleza. Precisamente en esos últimos años del siglo XVII en que, según mi idea, el pueblo español se decide a vivir de su propia substancia, es cuando por vez primera nos tropezamos con alguna frecuencia en escritos y documentos con el vocablo “toreros” aplicado a ciertos hombres plebeyos, que en bandas de un profesionalismo todavía tenue recorren villas y aldeas. No era aquello aún la “corrida de toros”, en el sentido de un espectáculo rigurosamente conformado, sometido a reglas de arte y a normas de estética. La gestación fue lenta: duró medio siglo. Puede decirse que es en torno a 1740 cuando la fiesta cuajó como obra de arte. La lentitud del proceso y la causa de que poco antes de esa fecha la modelación artística del juego popular con los toros llegase a estar a punto, son temas que aquí sobran y me llevarían a largos desarrollos. Ello es que en la cuarta década del siglo aparecen las primeras “cuadrillas” organizadas, que reciben al toro del toril y, cumpliendo ritos ordenados y cada día más precisos, lo devuelven a los corrales muerto “en forma”. El efecto que esto produjo en España fue fulminante y avasallador.»

El furor tauromáquico se había desencadenado con tal fuerza que, en lo sucesivo arrollaría todos los impedimentos que se le opusieran. Pueblo y nobleza rivalizaban en halagar a los ídolos del toreo a pie. De entonces data el uso del capote, la muleta y la espada para matar. El primero que usó el estoque fue Francisco Romero, padre del genial Pedro Romero y de José, el preferido de la duquesa de Alba. A «Costillares» se le atribuye la invención del volapié.

«El Matadero sevillano —escribe César Jalón “Clarito”— es un centro madrugador de ensayo y forja de toreros. No pocos de los más eminentes darán en sus naves y corralones la primera mano a su aprendizaje. Por él patrulla la familia de “Costillares”. En su recinto “Pepe-Hillo” será idolatrado por matarifes y jiferos. Al calor de su escuela elemental habrá de edificarse, bajo sus primeros títulos de “Gimnasio taurino” y de “Preservadora”, la ”Escuela Oficial de Tauromaquia” del rey Fernando, preocupado por las desgracias de “Hülo”, de “Curro Guillen”, y de Manuel Parra...» La Escuela de Sevilla fue fundada por Fernando VII el 28 de mayo de 1830 y sólo duró cuatro años. Su primer director fue Jerónimo José Cándido, pero Pedro Romero protesta del nombramiento por considerarse con más derecho al cargo, y el rey rectifica su decisión el 24 de junio de 1830, designando a Romero director, con 12.000 reales de sueldo anual, y a Cándido su ayudante y sucesor, con 8.000 reales.

A partir del siglo XIX la fiesta taurina adquiere un pujante desarrollo y se convierte en el gran espectáculo nacional. Es historia y sigue haciendo historia, con sus consiguientes baches y crisis. Por su carácter dramático y las emociones contradictorias que despierta, además de ser un arte, penetra en todas las manifestaciones artísticas y culturales. Ahí están los grandes pintores, como Goya, Zuloaga, Solana y Picasso, fijando en líneas y colores la belleza y el riesgo de las suertes. O los poetas y literatos, y hasta los filósofos, intentando comprender el sentido trágico de esos hombres que perpetúan el juego de los toros. Quizá lo más bello que se ha escrito de ese destino trágico sea el «Llanto» de García Lorca a la muerte de Sánchez Mejías. Pero, en general, se puede decir que el tema táurico está presente en toda nuestra cultura y lo taurino ocupa un lugar sobresaliente en nuestras tradiciones literarias y artísticas.