Apéndice 2. El Placebo
De Mienciclo E-books
GENERALMENTE se denomina placebo a cualquier preparado farmacéutico que carece de principios activos, es decir, que además de ser inofensivo, no causa ningún efecto, ni favorable ni desfavorable, por lo que se puede hablar de un placebo como de un falso medicamento.
Se emplean como placebos sustancias de las que se ha comprobado que son inofensivas para el organismo, como el agua destilada, la miga de pan, el polvo del almidón, etc., y su utilización normal es la del estudio de la acción que puede tener cualquier tipo de medicamento, entendiendo como acción de un medicamento el mecanismo mediante el cual aquél desarrolla sus propiedades curativas, dando lugar a la respuesta del organismo que apreciamos con nuestros sentidos, y que constituye el efecto del medicamento.
Es frecuente que la acción de un fármaco se ignore, porque ante una misma dosis, varía el resultado según el estado orgánico o psicológico del paciente en ese momento. Ya Hipócrates, varios siglos antes de Jesucristo, demostró que, según el temperamento de cada persona en particular, las defensas naturales del organismo podían conducir a la curación, haciéndose patente la tremenda influencia que posee la psicología de un individuo para contrarrestar e incluso vencer enfermedades meramente somáticas.
Cuando se emplea el placebo para determinar, mediante un adecuado contraste, el alcance de las propiedades curativas de un preparado farmacéutico, existe una condición indispensable para el éxito de los experimentos, y es que el paciente no sepa que el fármaco que se le suministra es inocuo. A esto se le llama «experiencia a ciegas»; y es aún mejor que no lo sepan ni siquiera el médico ni el personal de su equipo. Para conseguir este requisito, lo más fácil es poner un nombre convencional — previamente acordado por personas que no sean el médico ni el paciente— al medicamento verdadero, y otro diferente al placebo o medicamento falso. A este último, si ninguna de las personas que participan en la experiencia sabe cuál de los dos preparados es el auténtico, se le llama «experiencia a ciegas doble». El experimento descrito a continuación es un ejemplo de ello.
En el mes de noviembre de 1972 fueron entregados a un médico, por personas ajenas a la investigación, dos tipos de comprimidos masticables con nombres falsos: unos eran placebos y los otros estaban compuestos por un medicamento llamado Pal-midrol, del que se quería comprobar las propiedades curativas. Este medicamento se había creado para combatir enfermedades de tipo respiratorio. Los nombres que se pusieron a los dos tipos de comprimidos fueron los de PAL-1 y PAL-2.
El experimento se realizó en 30 obreros de edades comprendidas entre los dieciocho y los sesenta y seis años, trabajadores de una fábrica textil situada en un lugar muy húmedo y en la que, a consecuencia de esto, se producían numerosas bajas por enfermedades como gripe, sinusitis y demás afecciones respiratorias. Se escogieron pacientes que presentasen antecedentes de las enfermedades a las que atacaba el medicamento sobre el que iba a investigar. Se les dividió en dos grupos de 15 pacientes cada uno; a los del primer grupo se les suministró diariamente cuatro comprimidos de PAL-1, y a los del segundo grupo de PAL-2 durante los diez primeros días de los dos meses de iniciación del tratamiento (por supuesto sin conocer si lo que tomaban era el placebo o el medicamento). En los últimos meses cada sujeto tomó solamente un comprimido diario.
Los que ingirieron PAL-1 —que más tarde se supo que era el fármaco auténtico— mejoraron notablemente y sólo produjeron dos faltas al trabajo durante los siguientes meses. Los que tomaron PAL-2 —que era el placebo— produjeron seis faltas.
Por medio del placebo y de repetidas experiencias, puede comprobarse, además de la capacidad terapéutica de un medicamento desconocido, qué medicinas empleadas durante cierto tiempo con buenos resultados, no son tan eficaces como se pensaba. La mayoría de las veces el efecto de un medicamento en un determinado paciente depende del estado general de su organismo, cuya curación está en función de su propia psicología. Por otro lado, la personalidad del médico es causante muchas veces de la desaparición de molestias en pacientes fácilmente sugestionables. Debido a esto, la utilización del placebo conduce con frecuencia a la desaparición de enfermedades nerviosas e incluso, en algunas ocasiones, a la curación de enfermedades de tipo orgánico.
Observemos, a continuación, los resultados de un estudio realizado con un tranquilizante llamado Bromazepan en 30 pacientes con afecciones nerviosas del tipo de ansiedad, stress, etc.
De las 30 personas, 13 eran hombres y 17 mujeres, de edades comprendidas entre los treinta y tres y los setenta y ocho años. La duración del tratamiento fue de cuatro semanas; 15 pacientes fueron tratados con Bromazepan y los restantes con un placebo. El desenlace del experimento dio resultados óptimos en diez de los pacientes tratados con el medicamento auténtico y en tres de los tratados con el placebo. Se obtuvieron resultados regulares en once casos de los que tomaron el placebo y en tres de los que tomaron el Bromazepan. Y el tratamiento sólo empeoró a un paciente que había ingerido el placebo y a dos que tomaron el medicamento.
Es patente la importancia de la misión que cumplen estos «falsos medicamentos» en el estudio y la investigación de las propiedades de fármacos posteriormente muy empleados, llegando incluso a veces, el placebo, a curar enfermedades de tipo psicológico, como se observa en el ejemplo anterior. Estos hechos son conocidos por los médicos e investigadores hace ya tiempo, pero sólo han sido objeto de estudio en los últimos años.
El empleo del placebo, aparte de los casos mencionados, sólo está permitido con ocasión de enfermedades para las que no haya ningún remedio seguro y cuando existe el convencimiento por parte del médico de que para la curación de un paciente la única solución es el empleo de algún placebo que, en estos casos, hace prácticamente las veces de amuleto. Su uso puede provocar también mejoría o curación al ser administrado a toxicómanos con el efecto simulado de la droga, si bien es verdad que estos casos no abundan y son más frecuentes experimentos como el que se describe a continuación.
Para determinar las propiedades terapéuticas del medicamento llamado Cromolín, empleado posteriormente como preventivo del asma, se seleccionaron 40 pacientes de cinco a diecisiete años, todos ellos de acuerdo en seguir las instrucciones hasta el final del experimento. La mayoría tenían a menudo síntomas de asma y necesitaban de medicación diariamente. La duración del tratamiento fue de nueve semanas, durante la primera de las cuales todos los pacientes usaron un inhalador con polvos de placebo que consistió en lactosa con sulfato sódico añadido para imitar el sabor ligeramente amargo del Cromolín. Luego siguió un período de ensayos de cuatro semanas, durante las que los pacientes inhalaron, unos, polvos de placebo, y otros de Cromolín, cuatro veces al día. No se sabía cuál de los dos preparados tomaban porque era una experiencia «a ciegas doble».
Durante las cuatro últimas semanas se inhaló el polvo no tomado antes, es decir, los que tomaban placebo tomaron Cromolín y viceversa.
Al final del tratamiento, los pacientes, ayudados por su padre o madre al ser en su mayoría niños, y de dos de los investigadores, decidieron cada uno independientemente de los otros, cuál de los dos períodos de la experimentación había sido más satisfactorio para ellos. En 34 de los 40 casos el Cromolín había sido más eficaz que el placebo, dos pacientes dieron su preferencia a este último y los cuatro restantes comentaron no encontrar diferencia alguna; es decir, que en 34 casos sobre un total de 40, el asma mejoró con el medicamento activo, esto es, con el Cromolín, del que quedaron establecidas las propiedades curativas y, gracias en parte a la utilización del placebo, quedó confirmado y listo para su uso corriente, aunque es necesario aclarar que se necesitan muchos experimentos de este tipo para poder poner un medicamento a disposición del consumidor.