Apéndice 2. Copérnico
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DESDE el siglo II hasta el siglo XV no hay ningún avance importante en astronomía. En general, los descubrimientos científicos en el período griego habían llegado a un grado tal que se hacía necesario un gran cambio en las relaciones económicas para que el desarrollo de las ciencias pudiera superar el estancamiento en que se encontraban durante la Edad Media.
Este cambio paulatino comienza a producirse con la importancia que, tanto económica como política, iban adquiriendo las ciudades comerciales —Hamburgo, Venecia, etc.—, en detrimento de la sociedad rural y las relaciones de producción feudales.
Los mercaderes, con un poder económico en auge, dejan de tener que rendir cuentas a los poderes políticos, y van adquiriendo también mayor independencia en las formas de pensar. La filosofía dominante se hace cada vez más flexible y se va recuperando la confianza en la razón humana. En las artes plásticas se vuelve la mirada a los clásicos griegos y se ensalza la belleza pagana del cuerpo humano. En resumen, en torno al hombre gira la ideología de la época.
La riqueza acumulada como consecuencia de las actividades comerciales fue, en parte, invertida en las actividades artesanales, las cuales, y gracias a su independencia económica, cobran gran vigor, perfeccionando las técnicas y elaborando otras nuevas que permitirían la creación de aparatos más precisos, tan necesarios para la astronomía y la ciencia en general.
En esta situación, en la culminación del Renacimiento, es donde debemos enmarcar la revolución científica que va tomando cuerpo.
En astronomía, las teorías de Aristarco, arrinconadas en el desprecio y la ignorancia durante dieciséis siglos, están en las mejores condiciones de ser admitidas. Copérnico y Kepler serán los hombres que den con los fundamentos geométricos de dichas teorías, y tiempo después Newton explicará sus justificaciones mecánicas.
Nicolás Copérnico nace en Torun (Polonia) en 1473. A los diez años muere su padre y se encarga de su educación su tío, Lucas Watzenrode, obispo de Warnia. Preparado desde su infancia para la carrera eclesiástica, inicia su formación en la Universidad de Cracovia. Marcha después a Italia, y en Bolonia, Padua y Ferrara estudia derecho, teología, astronomía, matemáticas, filosofía y medicina.
En Bolonia vive en casa de Doménico María Navora, catedrático de astronomía, quien haría despertar en el joven el interés por esta ciencia, ejerciendo en él la influencia de su magisterio.
El universo geocéntrico ya no respondía a las observaciones del momento y se hacía necesario introducir constantes correcciones al ya de por sí complicado sistema de Tolomeo. Había que simplificarlo y Copérnico emprendió esta tarea basándose en la hipótesis de considerar al Sol en el centro del Universo.
En 1503, Copérnico regresa a su país y es nombrado canónigo de Warnia. Allí ejerció como secretario y médico de cabecera de su tío, así como de los obispos posteriores. Actuó también como administrador de los bienes del cabildo y, en alguna ocasión, de diplomático.
Escribe en 1507 un pequeño resumen de sus teorías bajo el título de Comentariolus, sin intención de publicarlo, simplemente para regalarlo a algunos amigos. De hecho, fue la preparación de su gran obra De revolutionibus orbium coelestium, concluida en 1530. Sin embargo, no se atreve a editarla como él mismo nos relata por «temor a la mofa a que me expongo por la novedad de mi teoría, difícil de comprender».
Copérnico sabía que encontraría bastantes enemigos, y, preveyendo las objecciones que formularían teólogos y científicos, contestó «a priori» algunas de ellas.
Respecto a las posibles objeciones científicas, explicaba que el movimiento siempre es relativo y, por tanto, el que nosotros veamos desplazarse el Sol puede significar que éste se mueve o bien que sea la Tierra la que se desplaza. Si es la Tierra la que se mueve, arrastrará la atmósfera en su movimiento y, por tanto, no tendremos ningún viento a causa de dicho desplazamiento, mientras que los cuerpos seguirán cayendo verticalmente al ser arrastrados a su vez por la atmósfera (cien años después este enunciado, simplemente intruitivo, sería demostrado por Galileo).
Al dar la Tierra en un año una vuelta completa alrededor del Sol, evidentemente adquiere una velocidad impresionante, y los enemigos de la teoría heliocéntrica, planteaban que, obligatoriamente, la Tierra debería desintegrarse. Copérnico contestaba que más impresionante sería la velocidad de las estrellas al dar en un solo día una vuelta completa alrededor de la Tierra y no se desintegran.
Como no pudo apreciar paralaje en las estrellas, al igual que Aristarco, indicaba que era debido a la gran distancia que nos separa de ellas.
Copérnico no tuvo grandes problemas con las autoridades eclesiásticas católicas y discutió con ellas su teoría. Sin embargo, los protestantes comprendieron inmediatamente el peligro que representaba para el orden establecido. A este respecto, decía Martín Lutero en 1539: «Un nuevo astrólogo pretende probar que la Tierra se mueve y gira en redondo y no el firmamento o el Cielo, el Sol o la Luna… Este mentecato quiere trastornar todo el arte astronómico. Sin embargo, como lo indican las Sagradas Escrituras, Josué mandó detenerse al Sol y no a la Tierra.» En el mismo sentido, dice Juan Calvino: «¿Quién se atreve a sobreponer la autoridad de Copérnico a la de las Sagradas Escrituras?»
La edición de su obra también está salpicada de la incomprensión protestante, pero veamos antes un poco de historia.
En 1539, un joven profesor de astronomía de la Universidad de Wittemberg, Jerzy Joachin Retyk, impresionado por las teorías de Copérnico, viaja hasta Frombork para entrevistarse y estudiar con nuestro personaje. Entre ambos se establece una estrecha amistad y Retyk le induce a publicar su manuscrito. Dos años más tarde Retyk regresa a Wittemberg llevando consigo una parte del manuscrito, la relativa a trigonometría plana y esférica y, un año después, recibe la obra completa. En Wittemberg encuentra problemas para imprimirla y marcha a Nuremberg. Por fin, el 21 de marzo de 1543, sale de la imprenta de Juan Petrius De revolutionibus orbium coelestium.
El libro llevaba un prólogo en el que se afirmaba: «Hay que considerar la obra como un esquema matemático ficticio…, nunca una realidad.» En tanto que el prólogo carecía de firma, se podría suponer escrito por Copérnico; sin embargo, fue el editor Andrés Osiander, protestante, quien por su cuenta y sin recabar el permiso de Copérnico, introdujo dicho comentario. Las razones que tuvo Osiander pueden ser de censura o bien opiniones suyas. Como prueba de ello, Copérnico remitió en 1542, para la impresión conjunta con el libro, una dedicatoria al papa.
«Me doy cuenta con suficiente claridad, Santo Padre, de que habrá personas que al enterarse que en mis libros sobre las revoluciones de las esferas del universo atribuyo unos movimientos al globo terráqueo, pondrán el grito en el cielo y pedirán mi condena junto con mis convicciones (…). Para demostrar, tanto a los científicos como a los que no lo son, que no rehuyo la crítica de quien sea, he preferido dedicar este fruto de mi esforzada labor a Vuestra Sanidad en lugar de hacerlo a otra persona, y ello porque en este remoto rincón de la Tierra donde vivo se os considera como el más ilustre, tanto por vuestra dignidad jerárquica como por el amor que profesáis a todas las artes, sin exceptuar las matemáticas. Fácilmente, pues, podréis reprimir con vuestra autoridad y criterio los ataques de lenguas calumniadoras, aunque diga el refrán que no hay medicamento contra la mordedura de un falso acusador.»
Dos meses después de que su obra capital viera la luz, muere Nicolás Copérnico, y según carta de Tideman Giese a Retyk, «murió de un derrame cerebral que causó la parálisis del lado dereho, el 24 de mayo, habiendo perdido mucho antes la memoria y el conocimiento; su obra completa la vio tan solo el día de su muerte, al exhalar el último suspiro».
Ya vimos cómo la Iglesia Católica no tomó en un principio postura contra las teorías de Copérnico. Pero, a partir del Concilio de Trento, su actitud deja de ser flexible al respecto, y en 1616 la Sagrada Congregación del índice promulgó el siguiente decreto:
«Habiendo llegado a conocimiento de esta Congregación que la falsa doctrina de los pitagóricos, completamente contraria a las Sagradas Escrituras, sobre el movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol que proclama Nicolás Copérnico en De revolutionibus orbium coelestium y Didak de Stunica en Comentarios a Job, logró extenderse y ser aceptada por muchos, como lo prueba la carta de cierto padre carmelita titulada Carta del reverendísimo padre Pablo Antonio Foscarini, carmelita, acerca de la doctrina de los pitagóricos y de Copérnico sobre el movimiento de la tierra, la inmovilidad del sol y el nuevo sistema pitagórico del mundo, escrita en Nápoles y dirigida a Lázaro Scorriggio en 1615, en la que el mencionado padre intenta demostrar que la consabida doctrina sobre la inmovilidad del Sol en el centro del mundo y el movimiento de la Tierra responde a la verdad y es contraria a las Sagradas Escrituras.
»Considerando por esta razón que una doctrina de esta índole no debe desarrollarse en perjuicio de la verdad católica, se acuerda como imprescindible suspender las obras que se citan a continuación: De revolutionibus orbium coelestium, de Nicolás de Stunica, hasta que no se corrijan; se acuerda asimismo prohibir y condenar en absoluto los escritos del carmelita padre Pablo Antonio Foscarini, junto con todas las demás obras que enseñen lo mismo, lo que también por el presente decreto queda prohibido, condenado y proscrito.»