Apéndice 2. Arquitectura Moderna y Revolución Soviética
De Mienciclo E-books
TRAS la revolución de 1917, la construcción, en Rusia, se paraliza; al mismo tiempo, el tema de la arquitectura se plantea en forma de viva polémica. Lo que preocupa a los arquitectos rusos es cómo deber ser, en efecto, la arquitectura para que sea fiel expresión, claro exponente de la nueva sociedad que se está construyendo.
Había una serie de movimientos de vanguardia que habían nacido antes de la guerra; movimientos, por cierto, que tenían un claro matiz individualista; los nuevos dirigentes, por el contrario, tenían un enfoque claramente colectivista de la realidad. Concretamente un grupo, el «Proletcult», de esas ideas sobre el colectivismo, busca un arte nuevo que sea del proletariado en contraposición a la burguesía; proyecto que llevaba en sí una cierta dosis de artificiosidad.
Se da también un enfrentamiento entre dos aspectos de la arquitectura: el técnico y el ideológico; la técnica llevaría a la utilidad inmediata; lo ideológico se referiría a los símbolos que el arte sugiere.
En Rusia, sin embargo, el movimiento moderno va a limitar la arquitectura a una simple utilidad; el aspecto ideológico del materialismo marxista tiene un puesto importante en las nuevas concepciones; se obstaculizará, por eso mismo, el entendimiento de las aportaciones que llegan de Europa.
En la corriente principal de la vanguardia rusa, el llamado «constructivismo», se enfrentan los dos conceptos, el de técnica y el de idología: la arquitectura se dirigirá, básicamente, hacia la utilidad material. Un ejemplo de ello será el proyecto de Tatlin de 1919 para el monumento de la Tercera Internacional.
La asociación de arquitectos rusos ASNOVA, constituida en 1923, trata de resolver el conflicto entre técnica e ideología de una forma más armónica y flexible. Otro grupo, SASS, en 1925, se limita a un rígido funcionalismo; por último, otro grupo, VOPRA, intenta destacar los valores formales. El conflicto que hemos apuntado entre técnica e idologia es admitido por lo teóricos rusos que es muy difícil de resolver y que es una cuestión lenta, para la que se necesita tiempo. Lenin, en 1920, lo expondrá claramente: «Es imposible para nosotros resolver el problema de la cultura proletaria sin una clara comprensión y un conocimiento exacto de la cultura que ha sido creada en el curso de la historia humana. Sólo haciendo referencia a ésta es posible determinar una cultura proletaria». Sin embargo, el problema con que se enfrenta el movimiento moderno en la Unión Soviética es cómo debe integrarse en el arte la herencia cultural en cuanto al pasado y las direcciones del arte moderno en cuanto al presente. Frente a estas tendencias del presente, los pensadores soviéticos adoptan una postura negativa; así, Kamenev escribe en 1919: «El gobierno de los trabajadores debe acabar decididamente con el crédito que se ha concedido, hasta ahora, a toda clase de futuristas, cubistas, imaginistas y otros parecidos contorsionistas. Estos no son artistas proletarios y su arte no es el nuestro. Son producto de la corrupción y de la degeneración burguesa».
El rechazo del arte moderno viene dado por el espíritu que alienta en la mentalidad de los revolucionarios que están construyendo el nuevo Estado de partir de cero, rompiendo, en todos los sentidos, con un pasado burgués, también en lo artístico y lo cultural.
Como resultado de todas estas contradicciones, se llega a un eclecticismo, que supone la utilización de distintas formas expresivas según las conveniencias de cada obra arquitectónica concreta.
De todos los estilos arquitectónicos que proporciona la historia, los artistas soviéticos se fijan en el clasicismo, en el que se simbolizan las virtudes de la antigüedad clásica; la arquitectura soviética se orienta, en efecto —en sus monumentos, en sus edificios públicos— hacia el neoclasicismo.
El llamado estilo soviético se va imponiendo entre los años 1928 y 1932. En estos años, los contactos con Europa se realizan sin dificultades. Así, en 1928, M. Lubimov, presidente de la Unión de cooperativas, hace posible que el encargo de construir una nueva central ¿le la organización se haga a Le Corbusier; en 1931, el Gobierno ruso invita a los representantes del movimiento para que participen en el concurso para el Palacio de los Sovierts. Estos contactos quedarán neutralizados por una serie de factores como el primer plan quinquenal, que comienza en 1928, con la planificación urbanística del comité central de partido (1931) y posteriormente con el segundo plan quinquenal.
La libertad de la vanguardia rusa se limita en 1930 cuando las asociaciones libres de arquitectura son confederadas y en 1932 se disuelven, incorporándose sus miembros a una federación estatal que se encarga de la construcción en todo el país. El citado concurso para el Palacio de los Soviets, en 1933, se resuelve con el triunfo de los tradicionalis-tas Jofan, Schouko y Helfreich. Expresión de este período es la Universidad de Moscú o las estaciones del metro de la misma ciudad que se recubre con decoraciones anacrónicas.
Al mismo tiempo, el régimen procede a la planificación urbanística. En 1935 es aprobado el plan regulador de Moscú, que se fija cuidadosamente en la parcelación o en las zonas verdes. Ejemplo de este trazado es el eje monumental de veinte kilómetros que une la Plaza Roja con las colinas de Lenin.
En conjunto podemos decir que la actividad creadora de los arquitectos, su libertad expresiva está muy mermada por las orientaciones estatales: se ha dicho repetidas veces —pero no por repetido deja de ser una gran verdad— que el arte requiere una gran libertad expresiva; diríamos más, que el arte es básicamente una manifestación de libertad. Cuando, por las causas que sean, esta libertad falta, la belleza, personalidad y originalidad de la obra se ven profundamente recortadas.
Por otro lado, se planteaba el problema de que algunos arquitectos era antiguos supervivientes del régimen zarista que tenían lógicamente sus propias técnicas ya empleadas en el pasado. Un ejemplo de ello es el arquitecto A. V. Schoussev, que había realizado una serie de edificios como la estación de ferrocarril de Kazan, en 1913, que en 1926 construye el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja y posteriormente el teatro Meyerhold en Moscú en 1932; con el edificio del Comisariado de Agricultura se aproxima un poco a las tendencias del movimiento moderno; en 1941 obtendrá, del Instituto Marx-Engels-Lenin, el Premio Stalin.
A modo de resumen, podemos decir que el movimiento moderno —con su libertad expresiva y su multifQrme orientación estética— estuvo, de alguna forma, presente en la revolución soviética. Sin embargo, una orientación demasiado rígida de lo que debía ser el arte, ahogó una serie de tendencias que se integraron en la vanguardia rusa.
Con la muerte de Stalin los debates del Comité Central del Partido Comunista Soviético y del Consejo de Ministros, expresan nuevas tendencias hacia la simplicidad, prescindiendo de recargar el estilo y la decoración: «En los trabajos de muchos arquitectos y organizaciones proyectistas —se escribirá entonces— ha tenido amplia difusión el aspecto exterior de la arquitectura que se complace en lo superfluo, lo cual no corresponde a la línea del Partido y del Gobierno en la cuestión de la construcción arquitectónica».