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Apéndice 1. Precedentes del psicoanálisis

De Mienciclo E-books

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La historia del psicoanálisis empieza con el primer hombre que intentó consolar a un semejante ejerciendo algún tipo de influencia psicológica sobre él. Esa era una de las funciones sociales asignadas por la colectividad al chamán o brujo entre los pueblos primitivos.

Podemos decir, por tanto, que el chamán es el más antiguo de los psicoanalistas conocidos. Y no se trata de ninguna exageración, como a primera vista pudiera parecer, pues los chamanes de ayer y de hoy siempre se han esforzado en interpretar los sueños de sus pacientes, lo que constituye un procedimiento típico del psicoanálisis.

No acaban ahí las semejanzas. El chamán, para llegar a serlo, tenía que revelar sus propios sueños a quienes estaban encargados de escogerlo (sistema que aún practican, entre otros, los bantúes africanos).

También tenía obligación de caer enfermo para ser curado por otro chamán, que al mismo tiempo se encargaba de aleccionarlo e instruirlo. Una vez dado de alta, el aspirante a chamán se convertía en ayudante de éste y pagaba por ello una determinada cantidad. El instructor decidía libremente cuándo su alumno estaba en condiciones de ejercer la profesión.

Todo ello se parece bastante al adiestramiento que hoy reciben los psicoanalistas. Nadie puede ingresar en un Instituto de Psicoanálisis sin haberse psicoanalizado previamente (pagando, por supuesto, el tratamiento).

Por lo general, a semejanza de lo que sucedía (o sucede) en las sociedades primitivas, esos centros prefieren candidatos ligeramente neuróticos, aunque susceptibles de curación, para que tengan una experiencia de primera mano.


Contenido

Las grandes culturas de la antigüedad

En Babilonia existía la institución de los assipu o brujos-sacerdotes especializados en la curación de las enfermedades mentales. Para ello recurrían a conjuros o hechizos, que a menudo devolvían la cordura a los clientes por simple sugestión. En la mayor parte de las grandes culturas de la antigüedad existían instituciones y procedimientos parecidos. Las enfermedades mentales solían atribuirse a posesión diabólica, por lo que a menudo se practicaban exorcismos para expulsar al demonio del cuerpo del paciente. Se trataba, en cierto modo, de una terapia psicoanalítica, pues los sacerdotes utilizaban exclusivamente la fuerza de la sugestión para curar a los enfermos. Los exorcismos siguieron practicándose hasta bien entrada la Edad Moderna y en realidad no han desaparecido de nuestra cultura, aunque son cada vez más raros.

Los egipcios fueron los primeros en definir la histeria, pero la atribuyeron a una mala posición del útero.

En la Biblia abundan las descripciones de enfermedades catatónicas y epilépticas, e incluso se menciona un caso de licantropía (o enfermedad mental por la que el hombre se cree convertido en lobo): el del rey Nabucodonosor, muerto en el 562 a. de C.

En lo tocante a las culturas orientales, los bonzos y lamas de la religión budista practicaban inequívocas técnicas de introspección, hipnosis y trance. Sus doctrinas han ejercido una notable influencia sobre algunas escuelas de psicoanálisis, especialmente la encabezada por Jung. Las técnicas de meditación budistas e hinduistas constituyen una forma de psicoterapia susceptible de aplicarse a los enfermos mentales y resultan de indudable utilidad para enfrentarse a las dificultades de la vida cotidiana.


Griegos y romanos

El psicoanálisis y, en general, la psiquiatría, deben mucho al famoso Hipócrates. Este descubrió, entre otras muchas cosas, que el cerebro es el órgano más importante del cuerpo. Los médicos de su escuela describieron por primera vez el síndrome depresivo de la melancolía, las fobias, los delirios causados por intoxicación orgánica y la llamada psicosis puerperal (o estado neurótico de carácter pasajero que a veces se apodera de las mujeres después del parto). Parece ser que también intuyeron el origen sexual de los síntomas histéricos, pues aconsejan el matrimonio como terapia para curarlos.

Debemos a la escuela hipocrática la primera clasificación sistemática de las enfermedades mentales y de los tipos psicológicos. Para esta última acuñaron la terminología, aún en boga, de personas coléricas, flemáticas, sanguíneas y melancólicas. Dato extremadamente significativo es que dichos médicos exigieran para el diagnóstico una historia personal de los pacientes y concedieran mucha importancia a las relaciones entre éstos y el doctor.

El filósofo latino Cicerón fue en cierto sentido el descubridor de la medicina psicosomática (que atribuye un origen psíquico a la mayor parte de las enfermedades). Aunque no era médico, defendió brillantemente la tesis de que la melancolía es una enfermedad mental y no orgánica, oponiéndose al diagnóstico hipocrático, que atribuía esta dolencia a la acumulación de bilis negras. También sostuvo que las enfermedades mentales son casi siempre voluntarias, idea que muchos siglos después recogería el psicoanálisis. «Sólo existe un método —escribía Cicerón— para curar las enfermedades del espíritu: explicar al paciente que dichas dolencias obedecen a un concepto equivocado y un acto de voluntad, y que se contraen porque parece natural hacerlo».


La Edad Media

Los filósofos escolásticos y los médicos árabes se preocuparon de las curas psiquiátricas durante los primeros siglos de la Edad Media. Posteriormente, al irse adulterando el primitivo ideal cristiano de la caridad, se esgrimieron causas sobrenaturales para explicar las enfermedades de la psique, asociándose éstas al problema de la salvación del alma, y la psicoterapia se limitó a los exorcismos, que, como ya sabemos, procedían de la demonología prehistórica.

Prototipo del psicoanálisis cristiano de la Alta Edad Media, son las Confesiones de San Agustín, en las que el autor analiza a fondo sus contenidos psíquicos partiendo de los primeros recuerdos infantiles. Hace más de quince siglos, San Agustín afirmaba ya explícitamente que los sufrimientos de carácter psicológico desaparecen con el conocimiento de sí mismo.

Los médicos árabes al-Razi (865-925) y Avicena (980-1037) se interesaron por los delirios psicóticos e intentaron curarlos con procedimientos que podrían parecer modernos. A propósito de Avicena, por ejemplo, se cuenta la siguiente anécdota: uno de sus pacientes creía ser una vaca y llegaba al extremo de mugir. Avicena le avisó de que iba a llegar un matarife para degollarle y le hizo atar de pies y manos. Luego, con la excusa de que estaba demasiado flaco y de que era preciso engordarlo, le mandó desatar. Sobra añadir que el enfermo no volvió a tener delirios.


La Edad Moderna

El humanista español Juan Luis Vives (1492-1540) elaboró sus teorías pedagógicas en torno al conocimiento de las emociones (a las que denominaba pasiones) y trazó una descripción muy precisa de éstas, clasificándolas en amor, odio, resentimiento, envidia, celos, esperanza, etc. Sus tesis se han incorporado a la moderna lógica de las emociones. Vives fue el primer representante de la ciencia que hoy llamamos psicodinámica.

En la Edad Media y en la Moderna menudeó ese vasto fenómeno de psicosis colectiva que es la brujería (psicosis tanto por lo que hace a los protagonistas del asunto como a quienes le atribuían un origen sobrenatural, ya fuera para adorar a la presunta bruja o para quemarla en la hoguera). Y hubo algunos médicos que, a pesar de las presiones ejercidas por la Iglesia, se negaron a aceptar las explicaciones demonológicas. Uno de los más famosos fue el holandés Johann Weyer (nacido en 1515), que durante toda su vida profesional se esforzó por demostrar que las brujas eran enfermas mentales. Tropezó, naturalmente, con la incomprensión de sus coetáneos y sus libros permanecieron en el anonimato hasta que la medicina del siglo XX descubrió en él a uno de los primeros psicoanalistas y psiquiatras de la historia.

El filósofo alemán Leibnitz (1646-1716) describió con toda claridad el concepto del inconsciente, aunque por supuesto sin utilizar esta palabra, al afirmar que existen procesos psíquicos tan débiles que no llegan a la conciencia. Hay —dijo— una infinidad de percepciones que pasan inadvertidas, porque la atención es selectiva y empuja a las regiones del sueño, a la semivigilia, cuanto excede a sus posibilidades de asimilación. De igual forma, dada la imposibilidad de mantener constantemente en el espíritu todos los pensamientos y sentimientos, confinamos en el inconsciente aquello que nos vemos obligados a olvidar. Y ese inconsciente, añadió, condiciona nuestros juicios y nuestra conducta del mismo modo que influyen en nosotros «la circulación de la sangre y los movimientos internos de las vísceras, aunque no los percibamos».

Ya en plena Edad Contemporánea, el filósofo francés Maine de Biran (1776-1824) desarrolló este mismo concepto y aportó numerosos ejemplos a propósito de la psicología normal y patológica en su Memoria sobre las cosas oscuras.


Mesmer y el hipnotismo

Precursor directo de Freud, y austríaco como él, fue Anton Friedrich (o Franz) Mesmer (1733-1815), descubridor del llamado magnetismo animal. En realidad, la terapéutica utilizada por este médico o farsante, que protagonizó famosos escándalos en el mundillo de la alta sociedad, era una simple modalidad de la hipnosis. Sus teorías, a las que se denominó mesmerismo, se hicieron muy populares. Mesmer es, en muchos aspectos, un personaje comparable a Freud, pero éste poseyó el genio de la teoría; mientras que aquél se limitó a aplicar de forma práctica e intuitiva una serie de métodos que varias décadas más tarde fueron aceptados por la medicina oficial. Mesmer, recurriendo a una puesta en escena francamente pintoresca, conseguía provocar en sus pacientes una crisis saludable, algo así como un estado de shock detenido en las fronteras del inconsciente. Y la curación se producía precisamente entonces, aprovechando la inhibición de la actividad racional.


Pinel

Por los mismos años vivió el médico francés Philippe Pinel (1745-1826), que clasificó las enfermedades mentales en cuatro grandes grupos: melancolías, manías sin delirios, manías con delirios y demencia o idiotez. Pinel era partidario de que los médicos vivieran entre los locos para familiarizarse con sus costumbres y personalidad, y atribuía las neurosis y psicosis a factores hereditarios, por una parte, y, por otra, a las consecuencias de una educación equivocada o a la vehemencia de determinadas pasiones, como la ira, el miedo, la tristeza, el odio, la alegría y la exaltación. También insistió en la necesidad de tratar a los locos como seres humanos, afirmando que muchas de las enfermedades mentales se debían a la presión del entorno social.


Reil

En 1803 apareció el primer tratado sistemático de psicoterapia, cuyo autor era el médico alemán Johann Christian Reil. Sostenía éste que as enfermedades mentales deben curarse aplicando únicamente métodos psíquicos. Reil señaló explícitamente el papel desempeñado por el sexo en el origen de la neurosis y psicosis, y no vaciló en prescribir relaciones sexuales para curar determinados desarreglos psíquicos. Fue asismismo el primer defensor de las llamadas terapia de ocupación, terapia musical y terapia teatral. Mediante esta última intentaba modificar los esquemas emotivos y de comportamiento de sus pacientes, obligándoles a asistir a una representación dramática. A lo largo de ella los enfermos se identificaban paulatinamente con la trama hasta convertirse en sujetos de un proceso de autoanálisis.


Moreau de Tours

Más o menos por la misma época, el médico francés J. Moreau de Tours (1804-1884) y varios colegas alemanes se interesaron por las energías irracionales depositadas en el fondo de la personalidad. Moreau inculcó en todos ellos la idea de que la clave para entender los procesos psíquicos de una persona reside en la introspección. Aunque no llegó a utilizar el término inconsciente, se acercó mucho a este concepto. Llamó a los sueños «psicopatología transitoria de las personas normales», comprendió que el enfermo mental «sueña despierto» y escribió que «delirio y sueños no sólo son análogos, sino absolutamente idénticos». También dijo que los psicópatas no viven en el mundo exterior, sino en su interioridad, y que en sus alucinaciones no ven ni sienten lo que la realidad les muestra, sino lo que desean ver y sentir. Estos conceptos anticipan la distinción freudiana entre procesos psicológicos primarios y secundarios.


Carus y el inconsciente

El alemán Karl Gustav Carus (1789-1869) definió por primera vez el concepto de inconsciente, identificándolo con la fuerza vital creadora (algo muy parecido al eros de Freud y al es de Groddeck). Incluso llegó a afirmar que muchas de las ideas conscientes de la infancia caen en el olvido del inconsciente a medida que el niño va creciendo.


Otra vez la hipnosis

Mientras tanto, la hipnosis —que tanto interés iba a suscitar en Freud— ganaba nuevos valedores. El término fue inventado por James Braid en 1841 a partir del griego hypnos, que significa «sueño». La voz hipnosis designa una serie de estados somáticos y psicológicos análogos al sonambulismo, mientras se entiende por hipnotismo el conjunto de los fenómenos relacionados con la hipnosis, las técnicas que la provocan y las aplicaciones terapéuticas o sociales que de ella se derivan. A raíz de los experimentos de Mesmer, una verdadera legión de médicos y sabios se entregó a las prácticas de hipnotismo y al análisis de sus resultados. Incluso el Vaticano se creyó obligado a intervenir y condenó tales experiencias, calificándolas de «triquiñuelas reprobables, heréticas y escandalosas para las costumbres».

Fue, sin embargo, un oscuro profesor de universidad quien en 1866 dio el definitivo espaldarazo al hipnotismo científico fundando la llamada escuela de Nancy, a la que Freud peregrinó y que llegó a hacerse tan famosa como la escuela de la Salpetriere, campo de batalla donde resonaron los triunfos de Charcot. Nancy cultivaba el pequeño hipnotismo, que no conduce a una pérdida total de la conciencia, frente al gran hipnotismo practicado en la Salpetriere. Entre ambas escuelas hubo pugna y polémica.


El maestro de Freud: Charcot

Jean Martin Charcot (1825-1923) nació en París y llegó a ser el neurólogo más importante de su época. Sus estudios sobre la localizatión cerebral y la afasia aún no han sido mejorados. En 1862 se hizo cargo del hospital de la Salpetriere, que contaba a la sazón con 5.000 enfermos, entre ellos un grupo heterogéneo que no respondía a ninguna de las categorías tradicionales. Charcot los calificó de histéricos o neuróticos, dedicándoles una larga serie de observaciones clínicas que subrayaban el papel desempeñado por los factores psicológicos en los desórdenes mentales y en algunas enfermedades crónicas. Las técnicas terapéuticas utilizadas por Charcot suscitaron violentas críticas por parte de sus contemporáneos. En realidad, la importancia de este médico en la historia de la psiquiatría no se debe a sus teorías sobre la histeria (a la que consideraba una enfermedad orgánica del sistema nervioso), sino al hecho fortuito de haber preparado con sus experiencias hipnóticas el camino que luego recorrería Freud. Sabido es que éste profesaba una gran admiración hacia el neurólogo francés.


… Y Freud

Todos los nombres citados, y muchos que se quedan en el tintero, pueden considerarse adelantados al psicoanálisis. O lo que es igual: unos y otros contribuyeron a perfilar la idea de que los fenómenos conscientes esconden contenidos psíquicos situados fuera del campo de la consciencia subjetiva. El inconsciente no fue, por tanto, una invención absoluta de los psicoanalistas, lo cual en modo alguno les resta originalidad o importancia a los descubrimientos de Freud. Y ello porque, con anterioridad a él, nadie se había aplicado a la exploración sistemática y científica de esa vasta región de nuestra psique. El mérito histórico de la misma le pertenece por entero.