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Apéndice 1. Los poemas de Mathilde Wesen-donck

De Mienciclo E-books

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Contenido

EL ANGEL

En los días de mi infancia

Oí hablar de ángeles

Que cambian los deleites del cielo

Por la luz de nuestros Sol.

Y, donde haya un corazón

Que sufre oculto al mundo,

Y se desangra solo

Y se disuelve en lágrimas,

Sólo pidiendo a Dios

Que se lo lleve de aquí,

Entonces desciende el ángel

Y se lo lleva al cielo.

Sí, también para mi hubo un ángel.

Sobre sus alas relucientes

Mi espíritu, lejos del dolor,

Asciende a las alturas.


¡DETENTE!

Rugiente rueda del tiempo

Que mides la eternidad;

Esferas luminosas del espacio

Que circundais la Tierra;

Creación sin fin, ¡detente!

Basta de trastrocar, ¡déjame ser!

¡Detente, fuerza creadora,

Pensamiento, siempre en acción!

¡Retén el aliento, calma el afán,

Por un segundo guarda silencio!

Pulsos turgentes, ¡no palpiteis más!

Voluntad incansable, ¡descansa ya!

Para que yo, en dulce olvido

Disfrute de la plenitud

Cuando mis ojos se sumergen en unos ojos,

Mi alma se sumerge en un alma,

Mi ser se reencuentra en el otro,

Y la espera toca a su fin.

El labio enmudece fascinado,

Ya nada desea el corazón.

Entonces te conozco, ¡oh, Eterno!

Descifro tu enigma, ¡oh, Naturaleza!


EN EL INVERNADERO

Ramajes altos, arqueados,

Baldaquinos esmeralda,

Hijos de lejanas patrias,

¿Por qué os lamentáis?

En silencio inclináis las ramas,

Trazáis signos en el aire

Y, testigo de dolores,

exhaláis vuestro perfume.

Extendéis los brazos

En deseo anhelante,

Delirantes abrazáis

De la Nada, el vacío.

Ya lo sé, mi pobre planta,

Un mismo sino compartimos:

Aunque nos bañen la luz y el brillo,

¡Esta no es nuestra patria!

Y como el Sol alegre deja

Del día la vacía luz,

Quien sufre de verdad, se reviste

de silenciosa oscuridad.

Todo calla, un susurro resuena

Bajo la techumbre oscura

y gruesas gotas cuelgan

del borde verde de las hojas.



SUEÑOS

Dime, ¿qué sueños milagrosos son

Los que cautivan mi espíritu

Sin que se deshagan como espuma

En la vacía Nada?

Sueños, que a todas horas, día a día,

Florecen más y más hermosos

Y, con su mensaje de lo alto,

Infunden dicha en el ánimo.

Sueños, que como sublimes rayos

Horadan el alma

Para grabar allí una imagen eterna:

Olvido de todo, Unión con el Todo.

Sueños, que como Sol de primavera

Con su beso saca flores de entre nieves,

Para que el nuevo día despierten

Con gozo inefable.

Para que crezcan y florezcan

Y soñando, exhalen su perfume;

Marchiten, lentas, sobre tu pecho

Y luego bajen al sepulcro.


DOLORES

Sol, todas las tardes tus ojos

Enrojecen de tanto llorar

Porque, bañándote en el mar,

Te alcanza la temprana muerte.

Pero tu esplendor y gloria

Renacen del mundo tenebroso

Cuando al alba te despiertas

Cual héroe soberbio y triunfal.

¿Cómo he de lamentarme yo,

Cómo sentir el corazón tan pesado,

Si el mismo Sol ha de desesperar,

Si el mismo Sol ha de morir?

Sólo de la muerte nace vida,

Felicidad sólo nace del dolor.

Entonces te doy gracias, ¡oh, Naturaleza!

Por los dolores que me has deparado.