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Apéndice 1. Las ideologías en el mundo: capitalis mo y socialismo

De Mienciclo E-books

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El desarrollo de las ideologías en el mundo no es un fenómeno ajeno a las condiciones sociales y materiales en las que el hombre vive. Cada período histórico está determinado por una serie de factores y elementos conflictivos que condicionan los planteamientos ideológicos a escala universal, si bien en cada país las ideologías se manifiestan de una manera peculiar en relación con su grado de desarrollo, sus tradiciones culturales y religiosas y su entorno geopolítico.

Se ha dicho con frecuencia que el siglo XIX es, por excelencia, el siglo de las utopías, por más que las utopías se hayan dado en todas las épocas y en las culturas más remotas, de tal manera que se puede decir que son consustanciales con el ansia de progreso del hombre. Sin embargo, en el siglo XIX se dan las condiciones ideales para que el hombre, a la vista del progreso ilimitado y las conquistas de la Revolución Francesa, formule una serie de teorías y proyectos liberadores que van a llegar hasta nuestros días con creciente dinamismo.

Prácticamente el mundo moderno se cuaja entre los siglos XVIII y XIX, en los que la ciencia y la técnica, liberadas de las estructuras feudales, van a dar un salto gigantesco en el desarrollo económico de algunos países, que serán los pioneros de la Revolución Industrial. Aunque en la primera fase el desarrollo industrial sea bastante limitado y se reduzca a algunas zonas europeas que comprenden Inglaterra, los Países Bajos y el norte de Francia, la fuerza dinámica de esta incipiente sociedad capitalista, muy pronto convulsionará el esclerotizado mundo del absolutismo feudal y resquebrajará sus cimientos. Con el ascenso de la burguesía y el desarrollo del capitalismo en revoluciones más o menos cruentas que sacuden a la mayoría de los países de Europa, se abren nuevas perspectivas. Parecía que, al fin, se había encontrado, como dice un sociólogo inglés, «el verdadero camino de la prosperidad y el progreso ilimitado». Pero este camino lleno de promesas, habría que recorrerlo a expensas de muchos sufrimientos humanos. La factura más importante en sufrimientos y miseria la pagarían los campesinos, que pasarían a formar el ejército industrial; es decir, lo que después se llamaría el proletariado, el hombre sin más riqueza que su fuerza de trabajo, sometido a la ley de la oferta y la demanda en la sociedad capitalista. El primero en desarrollar el concepto de revolución industrial fue Federico Engels en 1848, quien profundizaría con Marx en las contradicciones de la sociedad capitalista y se convertiría en uno de los grandes teóricos del socialismo científico.


Contenido

Reacción y revolución

Sería ingenuo suponer que un proceso tan complejo como la Revolución Industrial, el más profundo ocurrido a lo largo de toda la historia de la Humanidad, se impuso sin trabas ni dificultades. Si bien en las naciones más desarrolladas se daban las condiciones favorables para el cambio, como lo demostraron Inglaterra y Francia con sus revoluciones, en el resto de Europa, el feudalismo, unido a los sistemas absolutistas, opuso una tenaz resistencia a cualquier cambio que supusiera modificaciones en el sistema de poder. España y Rusia son dos brillantes ejemplos de oposición a los nuevos sistemas de producción basados en el liberalismo económico y la democracia política burguesa. Pero ambas sufrirán las consecuencias de las nuevas fuerzas surgidas de la Revolución francesa encarnadas por Napoleón Bonaparte.

Como intérprete de la Revolución en sus más moderados presupuestos políticos, Napoleón barrió lo que se ha llamado el ancien regime, dislocó los Estados feudales y quebrantó profundamente el absolutismo, asentado en el derecho divino de la realeza. Pero al mismo tiempo despertó el nacionalismo de los países invadidos y provocó una reacción en cadena que terminaría por socavar los cimientos de su efímera dominación europea. También en esta lucha contra el bonapartismo expansionista, en el que se mezclaban el viejo centralismo borbónico y las nuevas ideas de la revolución burguesa, fueron Rusia y España, quizá por ser también los países más atrasados y con una burguesía menos desarrollada, las que más contribuyeron a derribar al coloso de la burguesía francesa. Pero forzoso es reconocer que fue la liberal Inglaterra el dique principal contra el que se estrelló el militarismo surgido de la Revolución Francesa, no así de sus ideas, que siguieron germinando activamente en Europa y se diseminaron por los cinco continentes.

El país más afectado por la difusión de los Derechos Humanos y las nuevas ideas de soberanía y democracia, fue precisamente España, que perdería la mayor parte de su patrimonio colonial americano y sufriría internamente una sucesión de guerras civiles que se prolongarían a lo largo del siglo XIX y parte del XX. Los protagonistas ideológicos de estos conflictos se llamaban liberales y absolutistas.

La derrota del imperialismo napoleónico marca el ascenso estelar de Inglaterra y del liberalismo económico a escala mundial. Dueña de los mares, defendida estratégicamente en su insularidad, con una potencia industrial excepcional y unas instituciones democráticas bien cimentadas en la tradición y el progreso, se convirtió en un centro de atracción política para todos los que aspiraban al desarrollo de la revolución burguesa. Para todos los liberales y progresistas del mundo, Inglaterra se había convertido, mediado el siglo XIX, en la Meca del capitalismo y las finanzas. Los que en el pasado habían visto restringidas sus actividades por los derechos feudales o las regulaciones mercantilistas, se encontraron con el liberalismo económico, que santificaba la iniciativa privada como única fuente de progreso y desarrollo. Como dice uno de los expositores de las doctrinas económicas de Adan Smith, «se abría ante la nueva era ilustrada la perspectiva de conquistar el orden natural de la sociedad, dentro del cual el hombre económico podría realizar sus actividades libre de toda restricción. Esto le obligaría a alcanzar los mejores resultados posibles pues, según las leyes de la economía, la búsqueda del interés privado, de cualquier modo que no fuera criminal, sólo podía redundar en el bien de todos. Las intervenciones legislativas no eran necesarias — en realidad constituían un peligro—, pues ningún hombre puede, llevado por una mano invisible, buscar un fin que no forme parte de sus intenciones». De esta manera adquiría carta de derecho el famoso laisser-faire, laisser-passer (dejar hacer, dejar pasar).

Este sistema no tardaría en dar sus frutos envenenados. El abuso, la codicia y la aspiración del naciente capitalismo industrial a la acumulación de capital en el menor tiempo posible y por los procedimientos más rápidos, creó en la misma Inglaterra millones de personas depauperadas y miserables que se aglomeraban en los centros manufactureros mendigando un salario ínfimo por una jornada de trabajo agotadora. En el país industrial más rico del mundo, no faltaron voces airadas de protesta. Poetas como Blake, Byron y Shelley protestaron contra la miseria que subyacía en un sistema que estimulaba la codicia y la explotación del hombre por el hombre. Dickens, Gaskell y George Elliot describieron con las tintas más sombrías el brillante fulgor de la opulenta burguesía y las condiciones de intolerable explotación en que vivían los asalariados.


El sindicalismo como instrumento de lucha

Si las condiciones creadas por el capitalismo industrial eran pésimas para los asalariados, era forzoso que surgiera un instrumento que pusiera freno a la codicia de la burguesía liberal. Los trabajadores empezaron a organizarse en uniones gremiales clandestinas para defenderse de los abusos capitalistas. Con la ayuda de hombres como Robert Owen (1771-1858), un capitalista que sacrificó su fortuna en demostrar que el capitalismo podía transformarse en cooperativismo, y pequeños artesanos y comerciantes como John Gray (1799-1850) y Francis Bray (1809-95), en los que ya alumbraban ideas socialistas, el movimiento de las Trade Unions salió de la clandestinidad y fue reconocido legalmente en 1832.

En Francia ocurrió algo similar. La revolución de 1830 permitió a los trabajadores franceses organizarse legalmente para la defensa de sus intereses. El incipiente movimiento sindicalista francés contaba con una gran tradición revolucionaria. La reacción clerical que siguió a la derrota napoleónica, impidió que las ideas revolucionarias se manifestaran, pero éstas se hallaban latentes. Hombres como el aristócrata Saint-Simon y François Fourier, fundador del movimiento cooperativista europeo, dieron un nuevo impulso a los estudios sociales y económicos, estableciendo los primeros postulados del socialismo (la palabra socialismo data de 1830). Al igual que los filántropos y radicales ingleses, estaban convencidos de que era posible la formulación de un nuevo sistema social que realizara los ideales de justicia y libertad.


Capitalismo y socialismo

Planteadas así las cosas, vamos a ver cómo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, las luchas sociales, políticas y económicas se polarizan en torno a estas dos ideas matrices. La forzada síntesis de este trabajo no permite detenerse ante la rica gama de matices y complejidades que desarrollan las dos ideologías predominantes en la sociedad industrial de nuestros días. Para una información más completa será forzoso recurrir a la historia de la sociología, ya que son las ciencias sociológicas el resultado de las luchas y polémicas que configuran la pugna entre ambas ideologías.

Ya hemos dicho que la palabra socialismo aparece en Francia hacia 1830. Los primeros teóricos del socialismo galo proyectan un socialismo difuso en el que predomina el espíritu colectivista. Estos socialistas que, posteriormente, serían clasificados como «socialistas utópicos», serían muy pronto desplazados por el joven Carlos Marx y su amigo Federico Engels con el famoso Manifiesto Comunista, aparecido en 1848, y su no menos famosa consigna: «¡Trabajadores de todos los países, uníos!» Este panfleto, escrito en un lenguaje brillante y mesiánico, establece ya un principio divergente entre socialismo y capitalismo. Su influencia resultará decisiva en las décadas siguientes.

Fruto maduro de la proliferación de los movimientos socialistas que se difunden por los países industrializados y en vías de industrialización, es el nacimiento de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Las diversas tentativas que empezaron a materializarse hacia 1850, culminaron, por fin, en el mes de septiembre de 1864. Sus principalos promotores fueron las Trade Unions inglesas, los trabajadores franceses y numerosos emigrantes y exiliados de otros países en Inglaterra. Entre los alemanes figuraba Carlos Marx. Bibal diría de este histórico acontecimiento, que «la Primera Internacional fue un niño nacido en los talleres de París y amamantado en Londres».

No vamos a entrar en los pormenores conflictivos de las Asociación Internacional de Trabajadores. Su primer Congreso se celebró en Ginebra en 1866 y el último en La Haya en 1872. En tan breve espacio de tiempo se habían configurado en el seno de la Internacional dos corrientes socialistas antípodas que han llegado hasta nuestros días. La primera acaudillada por Marx e inspirada en su socialismo autoritario; la segunda, orientada por el ruso Miguel Bakunin, de carácter libertario. En España ambas corrientes configuraron el movimiento anarcosindicalista (bakunista) y el Partido Socialista Obrero Español (marxista). De esta manera quedaba rota la unidad de los trabajadores.

En el trasfondo de la ruptura entre Marx y Bakunin aparece la guerra francoprusiana en 1870 entre Napoleón III y Bismarck, el «Canciller de Hierro». Bakunin se muestra contrario al imperialismo germano y escribe: «Así fue como comenzó la escisión en la Internacional, cuya causa fueron y son los alemanes. Se atrevieron a proponer a una sociedad, preeminentemente internacional, quisieron imponerlo hasta por la fuerza, su programa estrechamente burgués, político —nacional— exclusivamente alemán, pangermánico». Marx, por el contrario, escribía sobre la guerra: «Los franceses necesitan unas azotainas. Si los prusianos salen victoriosos, la centralización del poder será útil a la concentración de la clase obrera alemana. La preponderancia alemana, además, transportará el centro de gravedad del movimiento europeo de Francia a Alemania; y basta comparar solamente el movimiento en ambos países desde 1866 hasta ahora, para ver que la clase obrera alemana es superior a la francesa, tanto desde el punto de vista teórico como en el de la organización. La preponderancia, sobre el teatro del mundo, del proletariado alemán sobre el francés, sería al mismo tiempo la preponderancia de nuestra teoría sobre la de Proudhon».

De la derrota de Napoleón III en la batalla de Sedan surgió el poderoso Imperio alemán. Los franceses recibieron algo más que «unas azotainas», y la consecuencia de ello es que se produjo el levantamiento popular de la Commune de París (1871), una de las primeras tentativas revolucionarias de carácter socialista y de más amplio eco universal.


El capitalismo imperialista

Por lo que llevamos dicho de las dos fuerzas que desde hace más de un siglo polarizan el desarrollo político y económico del mundo, se deduce claramente que el capitalismo posee fuerzas insospechadas para alimentar el creciente progreso de la Humanidad y superar las crisis y contradicciones más agudas que genera el sistema. Sus fases y etapas son diversas, pero no nos corresponde a nosotros estudiarlas por separado. Bastará con decir que su capacidad de asimilación y transformación son formidables. Marx, el profeta de su destrucción, no pudo prever que buena parte de sus seguidores evolucionaran hacia formas de tolerancia y comprensión con el sistema, y algunos partidos socialistas se convirtieran en alternativas de poder dentro del mismo sistema.

El proceso de la revisión de los postulados marxistas se inició en Alemania viviendo todavía Marx. El principal instrumento marxista de acción revolucionaria, la lucha de clases, sería desvirtuado y negado en los países de capitalismo más desarrollado, como Inglaterra, Alemania y Escandinavia, al mismo tiempo que el internacionalismo de la clase obrera era sacrificado en aras de los intereses nacionales. El reformismo se imponía. A este respecto escribe Bernal: «En primer lugar, hubo personas bienintencionadas y con un sincero deseo de mejora social que se unieron al tren del socialismo, pero a las que faltaba por completo el saber o el sentido político necesarios para formar y dirigir un movimiento socialista eficaz. En particular, evitaban la idea de lucha de clases e imaginaban que todo lo necesario para alcanzar el socialismo era formular una imagen suficientemente atractiva de lo que sería éste. Entre éstos figuraron en Inglaterra los socialistas cristianos y los seguidores de Henry George, y en Alemania los socialistas «verdaderos» como Herr Eugen Duhring, del que se ocupó tan ampliamente Engels que puede pasar por representativo de esta tendencia».

El período comprendido entre la guerra franco-prusiana de 1870 y la Primera Guerra Mundial (1914-18), fue uno de los períodos más ricos y progresistas del capitalismo, pero lo fue a expensas del expansionismo imperialista de los países más industrializados de Occidente. Sin embargo, la lucha por la conquista de mercados y la explotación de las materias primas coloniales provocarían una de las mayores crisis de todos los tiempos y el triunfo del socialismo en Rusia (1917).

El hundimiento de la autocracia zarista y el triunfo de la revolución bolchevique sacudieron profundamente las estructuras capitalistas del mundo occidental. No vamos a hablar del asalto al Palacio de Invierno ni de la débil democracia instaurada por Kerensky, pero sí del puñado de hombres que con Lenin y Trotski a la cabeza se adueñaron del poder y establecieron la dictadura del proletariado en uno de los mayores imperios de la tierra. Aunque las previsiones de Marx fallaran y el triunfo del socialismo, en su expresión más radical, se diera en uno de los países menos industrializados de Europa, el hecho cierto es que el socialismo marxista, interpretado por un estratega genial como Lenin, se revelaba como una alternativa positiva del sistema capitalista imperante en Occidente. La estatificación y colectivización de los medios de producción, bajo una férrea dictadura política, transformaron la inmensa Rusia en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, en décadas de penuría y grandes privaciones, convirtieron un país de economía semifeudal y grandes masas de analfabetos, en una nación de avanzada tecnología y un alto nivel de culturización.


La bipolarización mundial: Este-Oeste

Desde la guerra de 1914 a nuestros días, la humanidad ha experimentado cambios tan profundos y se ha visto envuelta en confrontaciones tan graves que su simple enumeración requeriría un espacio del que no disponemos. El modelo general de cambio en los países capitalistas está determinado por las dos guerras mundiales (1914-18 y 1939-45) y por la gran depresión que medió entre ellas, que provocaron el triunfo del fascismo en Italia, la ascensión de Hitler al poder en Alemania y la Guerra Civil española (1936-39), en la que triunfó el general Franco con la ayuda de las potencias fascistas. En este período, las fluctuaciones económicas, las crisis políticas en diversas naciones, las guerras civiles o internacionales y la preparación de nuevas guerras, provocaron situaciones catastróficas. En los momentos de mayor auge del fascismo, con la mayor parte de Europa ocupada por las fuerzas hitlerianas y la mayor parte de las naciones del Extremo Oriente invadidas por el imperialismo japonés, aliado de Hitler y Mussolini, las democracias occidentales no dudaron en aliarse con la Unión Soviética para aniquilar la onda expansiva del totalitarismo fascista. El fenómeno tiene importancia, porque no debemos olvidar que el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán surgieron como último recurso para salvar el capitalismo de sus respectivos países. Sin embargo, las potencias democráticas de Occidente, con Inglaterra y los Estados Unidos a la cabeza, prefirieron la alianza con la Unión Soviética a la aceptación de las regresivas ideas nazis, aberrante mezcla de odio racial, glorificación de la guerra y acumulación de prejuicios nacionalistas.

Al finalizar la mayor contienda conocida, con un balance de muertes y destrucciones incalculables, el mundo quedó dividido en dos grandes zonas de influencia: Unión Soviética y Estados Unidos. Estos dos ejes de atracción y dominio se proyecta a escala universal. Nada escapa a su influencia y cualquier conflicto que surja en el último rincón de la Tierra entra en su órbita de intereses. Como ejemplo ahi están Corea, Vietnam, Cuba, Berlín occidental y los países africanos liberados del colonialismo directo de las grandes potencias europeas de anteguerra, pero no de los indirectos de la penetración política soviética y de la capacidad financiera norteamericana.

En este contexto no caben más que las ideologías que sirven a los intereses políticos, económicos y estratégicos de las grandes potencias dominantes que mantienen el equilibrio a base de sus respectivos «paraguas» atómicos y sus arsenales armamentistas. Sin embargo, cabe reseñar que mientras el capitalismo occidental permite las alternativas de poder en una gama de matices ideológicos que van desde la socialdemocracia al conservadurismo, sin olvidar la democracia cristiana con gran influencia en los países europeos, la Unión Soviética se muestra mucho más estricta en la concesión de libertades formales y en su órbita de influencia —las democracias populares— funciona el partido único, que no permite disidencias organizadas.

Karl Marx

Introducción - I. 1917: años después de una muerte casi inadvertida - II. La infancia - III. Los jóvenes hegelianos - IV. El «Rheinische Zeitung»: un polemista excepcional - V. Jenny y Karl se casan - VI. Friedrich Engels - VII. La gran opción - VIII. El Manifiesto - IX. Un optimismo injustificado - X. Otra polémica - XI. La Comuna de París - XII. Ultima etapa de la Internacional - XIII. Los últimos años de Marx - Apéndice 1. Las ideologías en el mundo: capitalis mo y socialismo - Apéndice 2. La revolución industrial y las distin tas teorías sobre el trabajo - Apéndice 3. El entorno humano de Marx-Engels

ISBN 978-84-9963-430-2