Apéndice 1. Las grandes acumulaciones de la ciencia
De Mienciclo E-books
EN la segunda mitad del siglo XIX asistimos a un rápido proceso de activación en todos los campos de la ciencia. Y asistimos, de manera especial, a un claro movimiento integrador de todas las disciplinas del saber práctico, al que, naturalmente, no es ajena la medicina. Asistimos, en una palabra, a una de esas acumulaciones de la ciencia que, periódicamente, se producen coincidiendo con unas circunstancias sociológicas que favorecen la labor de conjunto de los hombres de ciencia, cuyo número crece en proporción a las facilidades que encuentran para la investigación y para el intercambio de sus hallazgos.
He aquí un somero análisis de las circunstancias que en determinados momentos de la historia dieron lugar a las más importantes acumulaciones de la ciencia.
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El punto de arranque
El afán de conocimiento de los hombres se remonta a los más lejanos tiempos. La búsqueda de solución a los problemas cotidianos lleva al hombre prehistórico al descubrimiento de técnicas rudimentarias —no superadas, sin embargo, por algunas sociedades primitivas actuales— como el tallar piedras para hacer armas o utensilios, el descubrimiento del fuego para cocer alimentos, fundir metales o fabricar vasijas, etc. Evidentemente, no hay en ese estadio una actitud cientificista, pero son los primeros pasos que posibilitarán su nacimiento.
Las más antiguas civilizaciones conocidas —la de los asirios-babilonios, la china, la de los pobladores de la cuenca del Ganges, la de los egipcios— han dejado claras muestras del grado de evolución que alcanzaron. Basta recordar algunos de lo monumentos egipcios (pirámides, templos de Luxor y Karnak entre otros) para constatarlo. Aparte del concepto ético-religioso que los motiva, de la organización social que implican y de su sentido estético, la ejecución requiere muchos otros conocimientos ya sistematizados como el cálculo aritmético, el cálculo de superficie de algunos volúmenes o el tan zarandeado problema de los medios que utilizaron para transportar enormes bloques de piedra hasta el desierto. Crearon también un sistema de escritura, midieron las crecidas del Nilo —lo que les permitió aprovecharlas para lograr una mayor producción—, estudiaron los movimientos del Sol y la Luna y establecieron un calendario que, con ciertas correcciones, sirvió alrededor de 4.000 años. Los conocimientos científicos del pueblo egipcio, en especial los astronómicos, están a un nivel sólo comparable al que los asirios lograron en matemáticas
El gran momento de Grecia
Hacia el año 600 a. de C. se abre otro de los grandes momentos de la historia de la humanidad: el de la cultura griega, del que todo Occidente es heredero. Durante un largo período que abarca alrededor de diez siglos, los griegos alcanzan un desarrollo integral de una perfección y armonía difícilmente superables. Aman la música, la poesía y la danza, sienten la naturaleza, crean el teatro, imaginan mitos, narran historias épicas, conciben un ideal de belleza, pero también gustan de la especulación intelectual rigurosa y allí florecen la ciencia y la filosofía.
Tales de Mileto (h. 547 a. de C.), filósofo, astrónomo, geómetra y mecánico, es el fundador de la matemática griega. Emplea un método racional para interpretar la naturaleza y se afirma que predijo el eclipse de sol del año 585 a. de C. con admirable precisión. Sus teoremas sobre la igualdad de los ángulos en la base de un triángulo isósceles, el de la suma de los ángulos interiores de un triángulo, se han incorporado a la geometría moderna.
Un personaje excepcional, Pitágoras de Samos (h. 580-h. 500 a. de C.), suma el conocimiento científico al artístico. Su teoría matemática sirve de base al estudio de la música, medio por los que todos los miembros de la hermandad por él creada, de tipo religioso, intentan alcanzar la purificación. Desde un punto de vista estrictamente científico, Pitágoras fue gran impulsor de la aritmética y la geometría. El teorema por él enunciado y demostrado sobre los triángulos rectángulos, al aplicarse al triángulo rectángulo isósceles de catetos iguales a la unidad, permitió descubrir los números irracionales, concepto del que parte Zenón de Elea (siglo V a. de C.) al rebatir la teoría pitagórica.
Todos los filósofos que conocemos como «presocráticos» han dado una interpretación acerca del origen del universo y de la organización de los cuerpos, interpretación que prefigura concepciones que hoy catalogaríamos como pertenecientes a la física, a la aritmética y a la geometría. El Ser Uno, homogéneo e inmóvil de Parménides (h. 540-h. 450 a. de C.) sólo difiere del concepto de Heráclito (h. 540-480 a. de C.), en cuanto a la movilidad. Leucipo (siglo V a. de C.), y Anaxágoras (h. 500-428 a. de C.), en cambio, oponen al Uno la multiplicidad, es decir, un mundo constituido por partículas infinitas y ordenado por la inteligencia. Siguiendo esta línea, Demócrito (siglo V a. de C.) enuncia su teoría atomista según la cual los átomos, animados por un movimiento casual, azaroso, al caer accidentalmente unos sobre otros, originan los cuerpos. Esta teoría está, por cierto, mucho más cercana al pensamiento moderno que las de las escuelas eleática o heracliteana.
También en otros campos del saber realizan los griegos valiosos aportes. Hipócrates (h. 460-h. 377 a. de C.) aborda sus estudios del cuerpo humano —estudios de anatomía, filología, cirugía, etc.— con un método racional de observación y análisis. Por otra parte, las narraciones históricas ya intentan mantener una objetividad, indispensable para el espíritu científico. La epopeya pierde prestigio, pues la investigación rigurosa rechaza un género en el que se mezcla leyenda y realidad, y prefiere la historia. Herodoto (h. 484-h. 420 a. de C.), Tucídides (h. 465-h. 395 a. de C.), Jenofonte (h. 427-h. 355 a. de C.), son los mejores representantes de ese nuevo criterio.
Pero hasta ahora, sólo hemos hecho referencia a los precursores de ese período de esplendor que se conoce como el siglo de Pericles (h. 495-429 a. de C.). Pericles convertirá a Atenas en la metrópoli del Egeo. Representantes de la época son Platón (428-348 a. de C.) y Aristóteles (384-322 a. de C.).
Platón funda la Academia, foco de estudio e investigación. Discípulo de Sócrates (470-399 a. de C.), amplía y perfecciona el método socrático y lo convierte en una disciplina intelectual eficiente. Platón es la síntesis de todas las ciencias: teólogo, metafísico, moralista, excelente escritor, se preocupa también por la geometría, la astronomía y las matemáticas, aunque su influencia es mucho mayor en el campo de la geometría que en el de la matemática, adaptada al modelo pitagórico. Platón muestra con claridad la concepción científica de su tiempo: ciencia y filosofía no pueden separarse. En gran parte de su obra, aun cuando trata sobre las ciencias, prima el espíritu filosófico que busca y adquiere nuevos conocimientos pero necesita indagar si responden a la verdad o son la esencia misma de la ciencia.
Aristóteles de Estagira es el mayor espíritu científico de la antigüedad. Inteligente y sagaz, su estructura mental prefiere observar e imaginar; el poeta, el creador de ficciones que había en Platón, deja paso al estudioso de mente lúcida, al observador riguroso y metódico, para quien la exactitud es lo esencial. El método aristotélico fundado en la razón no descuida apoyarse en una verdadera metafísica —por otra parte, no hacerlo hubiera sido inconcebible en su tiempo— y logra así sistematizar los conocimientos. Aristóteles estableció una clasificación general del saber de su época; deja de lado el filosófico y divide las ciencias en teoréticas, prácticas y poéticas. Son admirables sus obras sobre fenómenos celestes, zoología, botánica, física e incluso esboza los principios de psicología. Así como no se entiende a Aristóteles sin conocer a Platón, ambos no pueden aislarse de su enclave histórico para tener la real dimensión de su importancia.
El Renacimiento
Después de la eclosión del pensamiento en Grecia, muchos años habían de pasar hasta que se produzca otro momento de tal brillantez. Las invasiones de los bárbaros, la destrucción del Imperio Romano de Occidente, frenan el desarrollo científico. La preocupación de los monjes medievales son los temas sagrados y raramente se ocupan de la ciencia. En todo caso, es de señalar la valiosa aportación árabe. Pero son contribuciones aisladas dentro de un contexto poco interesado por el saber científico.
Hacia mediados del siglo XV se inicia otra etapa de acumulación en el desarrollo de las ciencias. A la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453, los intelectuales bizantinos, que habían sido los herederos del gran pasado griego enriquecido por el aporte de los pueblos orientales, buscan refugio en Italia. Se funda en Florencia, al amparo del mecenas Cosme de Médicis, una escuela griega de la que Marsiglio Ficino, Pico de la Mirándola, Policiano y Cavalcanti son las figuras más representativas.
Renacimiento y humanismo se manifiestan en una nueva conciencia que ilumina con luz diferente todos los terrenos. Al despertar intelectual que propone la vuelta a la antigüedad greco-latina, se une la necesidad de conocer al hombre y la naturaleza; los viajes de circunnavegación y el descubrimiento de América amplían el campo de interés para viajeros y estudiosos. Por otra parte, la aparición de la imprenta permite la difusión en cantidad de textos antiguos y modernos. En Italia, entre 1465 y 1471 se imprimen unos 12.000 volúmenes. En España, el cardenal Cisneros ordena la impresión de la Biblia Políglota, uno de los trabajos de mayor aliento de esta época.
El pensamiento científico conoce una evolución desmesurada. Se investiga en todas las ramas del saber. En física, Leonardo de Vinci (1450-1519) descubre la teoría del choque de los cuerpos, la de la acción capilar y la del plano inclinado. Inventó varias máquinas y dio impulso a la hidráulica.
Se estudia también la refracción de la luz; Fletcher explica la formación del arco iris. Artman descubre la inclinación de la brújula y Gilbert desarrolla los conocimientos sobre magnetismo.
Pero el gran revolucionario es Galileo (1564-1642). Su labor es tan vasta que escapa a los límites de este trabajo. Baste recordar que el descubrimiento del principio de la independencia de una fuerza y del movimiento anteriormente adquirido por el móvil al cual se aplica fue, desde los tiempos de Arquímedes, el mayor avance de los estudios del movimiento, y que las nociones que introdujo —inercia, campo constante de la fuerza de gravedad, aceleración— a la vez que la aplicación del rozamiento experimental a la física, son conceptos totalmente nuevos para su época. Además, si Kepler sistematiza el cambio decisivo que enunciara Copérnico respecto del sistema planetario, Galileo explicará en términos geométricos —la geometría es el nexo entre los sentidos y la razón— los fenómenos cinemáticos.
Este período prepara también el desarrollo de la química. Se abandona el ideal quimérico que alentaran los alquimistas de la Edad Media, se recuperan los conocimientos adquiridos mientras se buscaba la piedra filosofal, pero cambia el objetivo: aplicarlos a fines prácticos tal como la preparación de medicamentos. También entonces nace la Química Metalúrgica y Palissy encuentra nuevos procedimientos para la realización de la cerámica que mantendrán vigencia durante largo tiempo.
La matemática recibe considerable impulso; en álgebra se investiga la resolución de ecuaciones de tercero y cuarto grado, y en geometría se aplican nuevos métodos para el estudio de diversos problemas, en especial los de las superficies planas.
Los renacentistas descubren la naturaleza no sólo como paisaje, sino también como acontecer físico. Estudian la vida de las plantas y de los animales y se interesan por conocer las nuevas especies de las que traen noticias las expediciones científicas a América. Pero, el centro de atención es, sin duda, el conocimiento del cuerpo humano. Leonardo de Vinci y Miguel Angel investigan sobre cadáveres, perfeccionan los conocimientos anatómicos, que luego aplican al dibujo y a la escultura. Otros estudiosos descubren particularidades del cuerpo, de sus partes, del funcionamiento de algunos órganos (trabajos de Vesalio (1514-1564), Falopio (1523-1562), Eustaquio (1520-1574), Paré (1510-1590), Paracelso (1493-1541), Fernel (1506-1588), etc.) y se prepara el descubrimiento de la circulación de la sangre —Miguel Servet (1511-1553) y Harvey (1578-1657)— al conocer la circulación pulmonar.
El derecho, el estudio de las lenguas y la pedagogía reciben nuevo empuje. Montaigne (1533-1592), en sus Ensayos, sintetiza las ideas que guiaron a humanistas y científicos de su tiempo: «No es sólo un alma ni tampoco un cuerpo lo que debemos adiestrar, sino un hombre y no debemos dividirlo».
El siglo XIX
El enciclopedismo prepara las bases para el desarrollo científico posterior. Su obra, la Enciclopedia, es una síntesis de la cultura del siglo XVIII. Diderot (1713-1784), al retomar la idea original de Le Breton, que en principio sólo se propuso hacer la traducción y adaptar la Cyclopaedia Britannica de Chambres, amplía el objetivo inicial. Se plantea entonces hacer una obra informativa que permitiera manejar los conocimientos humanos según un ordenamiento alfabético pero, a la vez, resulta una muestra de la ideología de la época. Parten de una actitud crítica ante lo tradicional, rechazan todo dogmatismo para convertirse en observadores objetivos, abiertos a la duda metódica. Postulan su fe ciega en la razón y mantienen una mentalidad secular en el campo intelectual, animada por la idea de progreso. Allí están, en esencia, los principios que guiarán al pensamiento, tomando como modelos a Locke (1632-1704) en el ámbito filosófico y a Newton (1642-1727), en el estrictamente científico.
Ya Bacon (1561-1626) había sistematizado el método experimental. Newton, heredero de la concepción de Galileo (1564-1642), al igual que Bacon, introduce el aspecto matemático en su método empírico, dando preponderancia al álgebra. Para él, la ciencia «no es otra cosa que la exacta formulación matemática del proceso del mundo natural.»
La evolución de las ciencias —junto a las grandes invenciones— y la renovación de las ideas políticas posibilitan el advenimiento de la burguesía al poder, a partir de la Revolución francesa, y echan las bases, con la expansión industrial, del capitalismo moderno.
El proceso de industrialización, iniciado en Gran Bretaña, se extiende a los países de Europa y pasa a los Estados Unidos. Los progresos técnicos se aplican de inmediato a la industria textil y metalúrgica; la aparición de la primera máquina de hilar se perfecciona al inventarse la máquina hidráulica. La utilización del vapor, en los comienzos del siglo XIX, como fuerza motriz acelera el proceso. La fe en el progreso, legada por la Ilustración, es apuntalada por los grandes descubrimientos científicos y técnicos. Nacen la Sociología y la Psicología. Hay una renovación en la concepción de la Historia, tal como la plantea Von Ranke. Se da gran empuje al estudio de los orígenes del hombre, comenzados por Lamarck (1744-1829) y que Darwin (1809-1882) perfecciona, continuando la línea evolucionista. Se estudian la vida celular, el protoplasma y las leyes de la herencia (Mendel); comienzan la fisiología, la citología e histología. El genio de Lavoisier puso fundamentos a la Química moderna y Mendeleiev enuncia su célebre tabla periódica en la que clasifica los 92 elementos conocidos. Los esposos Curie, en 1898, aíslan el radium; la energía eléctrica comienza a tener múltiples aplicaciones prácticas; Roentgen, en 1895, descubre los rayos X; en 1895 se enuncia la teoría de los electrones; Planck, en 1900, formula la teoría de los quanta con la que abre paso a otra concepción de la energía de la materia y de todas las transiciones posibles de los niveles de energía en el interior de los átomos. La evolución técnica no es menos importante: Morse descubre el telégrafo; Reis, el teléfono (1861) perfeccionado por Bell. Hacia fin de siglo, la aparición de la telegrafía sin hilos iguala en importancia al cinematógrafo.
Es muy difícil establecer una línea divisoria neta entre la gran acumulación científica que se produce en el siglo XIX, y que se acelera hacia sus postrimerías, y la de nuestro siglo. En todo caso, esa aceleración puede extenderse hasta el primer decenio del siglo XX. Es cuando se produce una revolución del pensamiento científico con la teoría de la relatividad de Einstein, que echa abajo el criterio físico que regía desde Newton y da otra constitución del universo.
Las investigaciones atómicas, a partir de la teoría de Thomson en 1897, sufrieron muchas variaciones y se desarrollaron vertiginosamente.
Para no ocuparnos sino en las teorías que han revolucionado nuestro tiempo, haremos referencia a Freud, médico austríaco, creador del psicoanálisis, y a la teoría marxista de la historia, estudio científico de la sucesión discontinua de los diferentes modos de producción, basado en la lucha de clases.
Para terminar, limitémonos a citar los vínculos entre ciencia y técnica que se estrechan en la segunda mitad del siglo XX, manifiestos en las investigaciones espaciales y vuelos interplanetarios. La aparición del plástico, nacido del petróleo y sus derivados, ensancha el campo de la química actual y ha provocado un brusco cambio en la vida cotidiana. En Biología, la aplicación del microscopio electrónico profundiza los caminos de la investigación. La lingüística, convertida en ciencia, se preocupa del estudio riguroso del lenguaje, pero también de las relaciones entre lengua y sociedad, y contribuye a la investigación de los procesos mentales del ser humano.
La aparición del radar, de las armas atómicas, el desarrollo de la energía atómica y su aplicación a la industria, la sofisticación a que han llegado los motores de reacción, la aplicación de ciencia y técnica para ocupar el ocio —problema que generan las sociedades modernas—, empleando los medios de comunicación de masas, han transformado vertiginosamente la vida del hombre del siglo XX en estos últimos años.