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Apéndice 1. Las Mujeres y la Ciencia

De Mienciclo E-books

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Introducción

EL mundo europeo de finales del siglo XVIII y principios del XIX conoció grandes transformaciones en diversos aspectos de la vida social, muchas de ellas enraizadas en las estructuras sociales desde mucho tiempo antes, y la sociedad se hizo liberal: esto es, dejó que se manifestasen las actitudes críticas de los enciclopedistas, permitió (a veces) la asociación de personas con fines políticos, y la prensa se convirtió no ya sólo en un importante medio de comunicación social, sino en un elemento de control o crítica del poder político. Todo varió un poco, y las universidades participaron en ese, proceso de revisión de estructuras. Se trataba de qué la nueva sociedad quería dejar abandonada en el camino su vieja piel teocrática y feudal.

Pero no por ello cambió la situación de la mujer. La sociedad se liberalizaba, pero no la familia, en cuyo seno la mujer seguiría cumpliendo sus funciones tradicionales, que consistían fundamentalmente en prepararse para las tareas domésticas y el gobierno de la casa. Es cierto que en los salones de esa época influyeron personalidades femeninas de muy diverso valor, por regla general personalidades literarias, pero aquellas tertulias nunca constituyeron centros importantes de saber y, en cualquier caso, los raros precedentes de mujeres dedicadas a alguna rama de la actividad científica, como Mme. du Châtelet, no hubiesen podido prosperar en aquel ambiente de literatos o de aficionados a las ciencias.

Una seria carrera científica, o de cualquier otro tipo, sólo podía llevarse a cabo en la universidad, y la reforma napoleónica de los estudios superiores excluyó de modo tajante a la mujer de cualquier tipo de educación universitaria. En realidad, la situación era aún más grave puesto que la sociedad sólo reconoció a la mujer el derecho de estudiar el bachillerato mucho más tarde y, aun así, las materias no eran las mismas que las estudiadas en el bachillerato masculino, ya que se trataba de dar a las jóvenes una educación general, y en modo alguno de prepararlas para su ingreso en alguna facultad.

Lo que respecta a las mujeres. —indicaba Napoleón al Consejo de Estado en marzo de 1806—, es difícil trazar para ellas un plan de educación. Esta debe comenzar y continuar según los ejemplos que encuentran en el hogar doméstico… Las jóvenes tienen el mismo objetivo al entrar en la vida, esto es, el matrimonio, y la educación pública produce casi siempre malas mujeres, frivolas, coquetas y ligeras… La educación común, tan beneficiosa para los hombres… y que les prepara para la vida importante, es una escuela de corrupción para las mujeres.

El resto de los políticos decimonónicos no fueron mucho más comprensibles que Napoleón en cuanto a la apreciación de las cualidades intelectuales de la mujer, pero hacia la mitad del siglo, los colegios que impartían los cursos de bachillerato comenzaron a abrir sus puertas a las jóvenes estudiantes de la sociedad burguesa.

Suiza fue el primer país europeo, durante el siglo XIX, que permitió el acceso de las mujeres a sus aulas universitarias, concediéndoles títulos equivalentes a los otorgados a los hombres, y ya durante la década de 1860-70 la Universidad de Zurich se aventuró a ello en contra de los espíritus tradicionales, partidarios de mantener a la universidad como coto cerrado para uso exclusivo de la sociedad masculina. La primera estudiante, proveniente de Rusia, se inscribió en la Facultad de Medicina de Zurich en 1864 y sólo gracias al tesón mostrado por las primeras mujeres universitarias europeas fue posible que la experiencia siguiese adelante. A partir de la década de los años 70, la mayor parte de las universidades de Europa permitieron la inscripción de mujeres en sus diversas ramas académicas y, en esos años, realizaron sus estudios las primeras mujeres que dedicarían su vida a las actividades científicas. Pero esta participación de las mujeres en los estudios superiores no se hizo más amplia hasta los primeros años del siglo XX, debido principalmente al peso que todavía ejercían las concepciones tradicionales y a que, en la mayoría de los casos, las universitarias solían escoger carreras literarias, quedando las científicas y técnicas casi al alcance exclusivo de los varones.

Con todo, la mujer consiguió a base de esfuerzo e inteligencia el derecho fundamental de toda persona a recibir aquel tipo de conocimientos para los que se encuentra capacitada; pero, una vez conquistada la universidad, tuvo que abrirse camino en un mundo científico hecho por y para los hombres. Aunque, según cifras estadísticas, cada vez son mayores las posibilidades de que una mujer pueda alcanzar la titulación en una carrera científica o técnica, el porcentaje sigue siendo muy bajo en relación con el de los hombres, y la mujer científica ha de enfrentarse con otras dificultades adicionales: las que se oponen a la progresión de su trabajo profesional.

El biólogo norteamericano James Dewey Watson, que compartió en 1962 el premio Nobel de Medicina con los ingleses Hugh D. Wilkins y Francis H. Compton Crick por sus investigaciones sobre virus bacteriales y genética molecular, reconoce, en su libro The double helix, no sólo la decisiva aportación de Rosalind Franklin para el conocimiento de la estructura del ácido desoxirribonucleico (ADN), sino que, además, subraya las dificultades que esta mujer de ciencia tuvo que vencer para ser aceptada en un mundo que todavía se mostraba hostil, a pesar del ejemplo vivo de María y de Irene Curie. Pero Rosalind Franklin no tuvo la suerte de ver cómo la Academia Sueca premiaba con el Nobel las investigaciones en las que tan decisivamente había colaborado.

Eso no obstante, sí ha habido otras mujeres que, en el terreno más específicamente científico, han incorporado su nombre a la lista de los Nobel. Además de María Curie (el de Física en 1903 y el de Química en 1911) y de su hija Irene (el de Química en 1935), otras tres mujeres figuran en la lista: Gerty T. Radnitz-Cori (el de medicina en 1947), María Goeppert Mayer (el de física en 1963) y el de Dorothy M. Crowfoot-Hodgkin (el de Química en 1964).

Mas para que la mujer pueda desarrollar plenamente sus trabajos científicos, no es suficiente su acceso a la graduación universitaria o a unos puestos de responsabilidad; necesita, además, un clima moral y social que no la haga sentirse discriminada a la hora de desplegar todas sus facultades intelectuales.