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Apéndice 1. Las Grandes Exploraciones

De Mienciclo E-books

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EL hombre ha sido explorador en todas las épocas; desde que aparece sobre la Tierra se dedica a buscar territorios fértiles, cursos de agua, salidas al mar. Las migraciones de los pueblos nómadas o las conquistas de los grandes imperios tienen mucho de exploración de tierras desconocidas que, poco a poco, se fueron incorporando al llamado «mundo civilizado». Sorprende conocer, por ejemplo, el «Periplo de Hannon», un general cartaginés que con 30.000 colonos recorrió las costas de Africa Occidental hasta más allá del río Senegal, con el fin de fundar colonias en las orillas del Atlántico. La hazaña se anticipó en mil novecientos años a la que realizarían los marinos portugueses en el siglo XV a costa de muchos sacrificios y veintiocho años de difícil navegación.

Los viajes de este tipo, tanto por las rutas asiáticas como por las costas africanas, son numerosos en la Antigüedad, pero no se puede hablar de exploraciones hasta la Edad Media. En este momento, el auge que estaba tomando el comercio en todo el Mediterráneo, y el conocimiento de importantes imperios en las estepas asiáticas, llevan muchos viajeros hacia Oriente con el fin de conocer los pueblos allí establecidos y ensanchar las rutas comerciales. En 1425, el papa envía a dos monjes ilustres, Giovanni Pian de Carpino y Guillermo de Robrugués, en busca de los tártaros, con la orden de llevar a este pueblo mensajes y regalos del Pontífice católico. Ambos logran sus objetivos y el primero llega incluso a entrevistarse con el Gran Khan, jefe supremo de las tribus tártaras.

Sin embargo, el gran hito en la exploración del camino de las Indias corresponde a Marco Polo, un joven veneciano que en 1271 inicia un fabuloso viaje hacia el interior de Asia. Hijo y sobrino de comerciantes, Marco Polo dejó Venecia cuando sólo tenía diecisiete años para acompañar a su padre y a su tío en la busca de mercancías orientales que pudieran ser vendidas en Europa, tales como especias, seda, colorantes… Visitó Turquía, Persia, Afganistán, Mongolia, China… En Cambalú (la actual Pekín y capital del imperio tártaro) se entrevistó con el Gran Khan, que pidió a Marco que le sirviera como embajador en varios países. Con esta misión, el veneciano recorrió Indochina, Indonesia, Ceilán, la India… Después de su regreso a Europa, participó en una contienda bélica y fue hecho prisionero por los genoveses; durante los meses de su cautiverio realizó el relato de todos sus viajes, en el que contaba con profusión de detalles la geografía de los lugares visitados, las costumbres de los pueblos que los habitan y las riquezas que encerraban sus llanuras, sus montes y sus ciudades. El relato, llamado El libro de las maravillas, aportó importantes conocimientos a la geografía de la época y despertó en muchos el deseo de explorar nuevas tierras y alcanzar los tesoros que se creía encerraban.

El mundo árabe tuvo también un viajero famoso, Ibn Batuta, un joven de gran cultura que, movido únicamente por el deseo de ampliar sus conocimientos, recorrió, en el siglo XIV, casi todos los territorios bajo influencia del Islam. Navegando por el Indico visitó Africa Oriental; llegó después a la India, a China y a la isla de Java. En otra de sus expediciones alcanzó Tombuctú, un importante centro cultural y comercial en el continente negro.

La necesidad que tenía Europa de las mercancías orientales hizo que se buscara con empeño una ruta marítima hacia las Indias que abaratara los elevados costes de los viajes por tierra. Este factor, unido a los avances en las técnicas de navegación, a un mejor conocimiento de la geografía terrestre y a la relativa estabilidad que conoce Europa, hacen del Renacimiento (siglos XV y XVI) la gran época de los descubrimientos y las exploraciones. España y Portugal van a ser la vanguardia de este afán viajero, que va a culminar con el descubrimiento del continente americano en 1492, por la expedición mandada por Cristóbal Colón y financiada por Castilla.

Aparte de la hazaña colombina —sobradamente conocida— hay que reseñar la expedición del portugués Vasco de Gama, que consigue llegar a la India por mar en 1498, después de un largo viaje por las costas africanas del Atlántico, el Cabo de Buena Esperanza y las riberas africanas del Indico, descubriendo así una importantísima vía comercial. Otro portugués, Fernando de Magallanes —esta vez al servicio de Castilla—, descubre en 1520 el estrecho que lleva su nombre, en el extremo sur de América. Doblando el continente por el Cabo de Hornos y navegando por el Pacífico, llega hasta las islas Marianas y Filipinas. En este archipiélago muere Magallanes en 1521; pero una de las naves de su expedición, al mando del español Juan Sebastián Elcano, continúa la travesía por el Indico hasta Africa, rebasa el Cabo de Buena Esperanza y alcanza Europa en 1522, consiguiendo así dar la primera vuelta al mundo.

El resto de los hombres que se destacan en este período al adentrarse en las rutas americanas, son más conquistadores que exploradores, por el carácter militar, de ocupación y dominio que tenían sus expediciones. De todas formas, completaron la tarea iniciada por descubridores como Colón, Magallanes o Elcano, ensanchando los límites del mundo conocido hasta extremos realmente insospechados en su época.

Después de las brillantes y valiosas expediciones del Renacimiento, decrece el interés por los descubrimientos geográficos en Europa, y, durante más de cien años, nadie se aventura a realizar arriesgados viajes. América y Asia proporcionaban ya suficientes riquezas y posibilidades comerciales como para que desapareciera la necesidad de abrir rutas nuevas. La situación no se altera hasta la segunda mitad del siglo XVIII. En este siglo y en el siguiente los nuevos descubrimientos en el campo de la ciencia y de las técnicas logran crear un espíritu de investigación que va a animar las nuevas expediciones hacia tierras todavía desconocidas. El deseo de lucro y los intereses comerciales que habían sido los móviles casi exclusivos de los viajes en la Edad Media y el Renacimiento, ni se abandonan ni se pierden de vista, pero la curiosidad desinteresada y el amor a la ciencia van a ocupar un lugar muy importante a partir de este momento.

Esta nueva época se abre con la exploración de Arabia por Nieburh, la primera expedición organizada con fines exclusivamente científicos. Financiada por el gobierno danés, estaba compuesta por filólogos, ingenieros, naturalistas y geógrafos, y no tenia más objetivo que estudiar la topografía, la flora, la fauna, la lengua y las costumbres de los lugares visitados. Se realizó en 1762.

Pero entre todos los exploradores del siglo XVIII destaca la figura del capitán Gook, un modesto dependiente de una tienda de York, enrolado después en el ejército británico y dedicado más tarde a la exploración de tierras y mares desconocidos. En sus numerosos viajes, Cook, aparte de realizar una nueva circunnavegación del globo en 1767, exploró Terranova y la Península del Labrador en América del Norte; Tahiti, Nueva Zelanda y la costa oriental de Australia en el hemisferio Sur. Descubrió Nueva Celedonia y las islas Norfolks en el Océano Pacífico. Recibió múltiples honores del gobierno inglés y el reconocimiento nacional por su tarea. Murió en un incidente con los nativos de Hawai —islas que también descubrió— en el curso de uno de sus viajes.

El siglo XIX es el siglo de Africa en la historia, de las grandes exploraciones. Es, por un lado, la época del colonialismo y de las grandes compañías comerciales dedicadas a la explotación de los recursos naturales de los nuevos territorios; pero es también la época de la formación de Asociaciones Geográficas —como la «African Association» inglesa y la «Societé Geografique» de París— que alientan y financian expediciones de carácter científico. Es, además, en este siglo cuando la geografía alcanza su nivel de ciencia, gracias a los trabajos de Hum-boldt.

Son muchos los viajeros que, poco a poco, van abriendo los caminos, africanos. Uno de los más destacados es el francés Rene Caille, el primer europeo que, en 1827, llegó a la ciudad prohibida de Tombuctú.

Otra expedición famosa fue la del misionero Richardson, acompañado de Overweg y Barth. Partieron de Trípoli en 1850 y enseguida descubrieron el oasis de Air, el punto más lejano al que llegaron las legiones romanas. Richardson murió en Sudán en 1851 y Overweg corrió la misma suerte en el Tchad poco después. Barth —vestido de árabe y bajo el nombre de Abd-el-Kerim— continuó la exploración en solitario, recorriendo todo el Sudán Occidental y llegando hasta Bornu (al SO del lago Tchad) en 1854.

Junto a la figura del doctor Livingstone, sin duda el más grande explorador de Africa, contrasta la de Stanley, aventurero nato que representa ya al blanco colonialista y racista, al servicio de los intereses de las grandes potencias. A pesar de todo, con Stanley culmina la tarea de explorar el continente africano, al descubrir en 1877 la ruta que atraviesa Africa por el río Congo, y abrir al mundo conocido la vasta región que se denominó después Congo belga (y actualmente Zaire), la más rica de toda Africa.

Abiertas las rutas del continente africano de norte a sur y de este a oeste, las únicas áreas que quedaban por explorar en la superficie del globo eran las polares, que por la dificultad de su clima y escasez de recursos no habían sido aún recorridas en su totalidad.

Las expediciones polares se caracterizan por ser exclusivamente científicas y se llevan a cabo principalmente durante los primeros años del siglo XX. El primer gran explorador polar es Nansen, un noruego que tenía tanto de técnico como de científico y de explorador. Nansen construyó en 1893 un navio especial, el Fram, capaz de resistir la presión del hielo que ocupa la mayor parte de los mares polares, y con él se adentró en la región del Polo Norte, invernando entre los hielos en 1896.

La empresa iniciada por Nansen culminó con el norteamericano Peary y el también noruego Amundsen. El primero llegó por fin al Polo Norte en 1909, del que tomó posesión en nombre de los Estados Unidos. El segundo recorrió los mares árticos en 1907 y consiguió atravesar por primera vez el estrecho de Bering. En vista de que Peary le había tomado la delantera en el descubrimiento del Polo Norte, Amundsen dirigió sus esfuerzos a la exploración del extremo opuesto de la Tierra, y en 1911 alcanzó el Polo Sur en una brillante expedición que costó noventa y nueve días de marcha por 3.000 kilómetros de tierras heladas.

A partir de estas dos fechas, se suceden los viajes a los casquetes polares, utilizando los más modernos adelantos de la técnica. Byrd realizó un vuelo en avión al Polo Norte en 1926 y el propio Amundsen otro en dirigible en el mismo año y al mismo lugar. Al intentar llevar a cabo una misión de rescate en avión —en busca del dirigible Italia, perdido en 1928— el gran explorador noruego desapareció a su vez para siempre.