Apéndice 1. Las Cruzadas y las Ordenes Militares
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Introducción
DURANTE tres siglos, del XI al XIII, millares de hombres participaron directa o indirectamente en las Cruzadas, alentados por diversos motivos, en lo que se puede considerar una de las aventuras más grandiosas y románticas de la Historia. Pero el significado de las Cruzadas supera largamente el estrictamente militar porque permite reflejar un momento importante de la historia europea —la Edad Media— y porque su desarrollo afectó al conjunto social de entonces, bien ejemplificado, tal vez, en una cuestión clave: antes de su iniciación, el centro de nuestra civilización estaba situado en Bizancio y en los países del califato árabe; cuando terminaron, la hegemonía de la civilización se había desplazado a Europa occidental. Los cuatro estamentos importantes de la Europa de entonces participaron activamente en las Cruzadas, con actitudes y objetivos distintos: el Papado, la nobleza, la nueva clase mercantil y el pueblo. Cuando en 1095 el papa Urbano II lanzó el llamamiento a la reconquista de los Santos Lugares, apuntó a tres elementos: a) era una nueva oportunidad de someter a los religiosos griegos disidentes a la autoridad latina, a partir del peligro que vivía Bizancio; b) solucionar las «guerras privadas» que impedían la paz social en Europa (de ahí la exhortación a todos los cristianos a imponer una tregua en sus luchas para concurrir a Jerusalem), y c) podía servir a la necesidad del Papado de afirmar su autoridad sobre todos los príncipes de Europa y lograr que fuese finalmente aceptado como soberano supremo de la cristiandad.
La etapa del feudalismo autoritario había creado en Europa una nobleza «desplazada», carente de tierras y poder, segundones laicos y religiosos ávidos de conquista y cuyas luchas intestinas contribuían a la inestabilidad social. Paralelamente, la cada vez mayor autoridad monárquica le quitaba posibilidad de reubicación en una sociedad que, en lo económico y en lo moral, comenzaba a dar los primeros signos de decadencia. Esta nobleza abrazó de inmediato el llamamiento de Urbano II: por encima de la religiosidad individual y colectiva veían en Oriente la posibilidad negada en Europa, de tener sus tierras y ejércitos, de poder dirigir batallas y palacios, de abandonar su «secundariedad» y consquistar la fama que les estaba impedida en el continente.
Por otro lado, esta misma nobleza atravesaba serios problemas económicos al no tener capacidad de adaptación a una serie de procesos que se estaban dando en el feudalismo: crecimiento demográfico, irrupción de las ciudades y en ellas de nuevas capas sociales, necesidad de una mayor producción agrícola impedida por las relaciones de producción y deficiencias para sufragar los gastos del protocolo real.
Las Cruzadas significaron también la irrupción de las ciudades y su incipiente mercantilismo en la economía de la época, particularmente de las italianas (Venecia, Génova, Amalfi, Pisa), que mantuvieron económicamente no sólo las expediciones, sino también las relaciones de los nuevos reinos en Oriente con Europa, e incrementaron el transporte de peregrinos y combatientes, dando nuevos impulsos a las tendencias al desarrollo del capitalismo.
Pero el fenómeno más interesante de las Cruzadas fue que por primera vez en la historia del mundo el pueblo respondió a la propaganda y el arrebato de un hombre también salido de él: Pedro el Ermitaño. Con su presencia, descalzo y montado en un asno, y su hablar a las multitudes en su lenguaje, logró el primer movimiento de agitación popular en Europa, que se transformó en un movimiento pasional desordenado e impulsivo y en el cual también se reflejaban las condiciones sociales en que vivían los campesinos, principales actores de las Cruzadas.
Pero estos antecedentes, que repercutieron profundamente en las Cruzadas, eran propios del siglo XI. Desde comienzos del siglo XII, la Cruzada en Europa deja de ser un impulso colectivo para transformarse en idea lejana a la que se apela cuando las conveniencias lo aconsejan; la espiritualidad de las masas es cada vez más ajena a la mística; los intereses políticos de los monarcas se prestan cada vez menos a secundar los deseos papales de prestigio, y los intereses comerciales y nobles se alejan de las tierras de Oriente. Las «Cruzadas Infantiles» de 1212, compuestas por jóvenes y adolescentes en su totalidad, se enmarcan en lo anterior y son el último destello de espiritualidad religiosa.
El desarrollo de las Cruzadas y las características de sus participantes contribuyeron también a la ruina del imperio de Bizancio. Así, no sólo se privó a la cristiandad, a la oriental en particular, de su baluarte más firme, sino que también se destruyó uno de los más importantes centros culturales de la época. En eso, tal vez sí, salió beneficiada Europa, ya que la caída de Bizancio hizo emigrar a gran parte de sus pensadores y artistas que llegarían a jugar un gran papel en el Renacimiento.
Las órdenes militares
Nacidas como consecuencia de las Cruzadas, las órdenes militares fueron instituciones características de la Edad Media europea. En su origen fueron organismos a la vez militaristas y religiosos porque las personas que las componían unieron a ciertos votos religiosos la obligación de tomar las armas para apoyar determinadas actitudes de los poderes cristianos europeos. Respondían, por un lado, a una necesidad sentimental de algunos nobles —particularmente los segundones— que deseaban participar de la vida religiosa sin por ello deponer las armas, y desde el punto de vista práctico, sólo ellas fueron capaces de contrarrestar el continuo déficit de combatientes en Tierra Santa.
La organización interna era muy similar en todas las órdenes. A su cabeza figuraba un gran maestre, asistido por el Consejo de la orden, que formaban escaso número de personas, y en ocasiones por el Capítulo General. Las órdenes llegaron a ser vastas organizaciones que abarcaban diferentes países, en cada uno de los cuales dividían sus posesiones en uno o varios prioratos. Sujetos a los priores había en ellos comendadores y bailíos con mando sobre distinto número de caballeros. La enorme masa de bienes y rentas de la orden derivaba hacia una sola mano, deducidos los gastos de sostenimiento de los diferentes oficios.
La abundancia de bienes —provenientes de donaciones de nobles y de conquistas— y la estabilidad militar provocaron paulatinamente una relajación en las costumbres; los caballeros dejaron de hacer los tres votos propios de los monjes y fueron autorizados a contraer matrimonio y vivir con holgura. Sólo los pocos clérigos de cada orden hubieron de mantener las primitivas obligaciones, aunque quedaron exentos de combatir.
La primera y más importante de las órdenes fue la del Hospital, fundada por Gerardo Tenque (luego canonizado), pero fue con su segundo maestre, Raimundo de Puy (1120-1160) cuando la orden alcanzó su definitivo carácter, codificando sus reglas. Su nombre provino del lugar de creación, un hospital de Tierra Santa fundado por los mercaderes de Amalfi para auxiliar a los peregrinos que visitaban los Santos Lugares. Tras la caída de San Juan de Acre en 1291, la orden tomó un carácter aún más militar: en 1306 se estableció en Rodas y dos siglos más tarde en Malta.
Casi simultáneamente nacía la orden del Templo, fundada por Hugo de Payens en 1118 en Jerusalén, que fue reconocida por el papa Honorio II nueve años más tarde. A fines del siglo XIII, los templarios contaban con 12 provincias en Occidente y cinco en Oriente y sus miembros llegaban a 20.000. Estos estaban divididos en caballeros, de origen noble; escuderos, plebeyos y clérigos, que actuaban como capellanes. Por la disputa entre Felipe IV de Francia y el papa Clemente V, la orden fue disuelta en 1312, sus bienes confiscados por el monarca francés y su maestre, Jacques de Molay, quemado por la justicia gala.
El apogeo de estas dos órdenes dio lugar al nacimiento de otras menores y de efímera duración. Caballeros de San Antonio (antonistas), nacida en 1095, asimilada a los canónigos regulares de San Agustín en 1297; Caballeros del Espíritu Santo, aprobada en 1199; Caballeros de San Lázaro de Jerusalén, creada en 1255 y desaparecida en 1831, aunque las características militares las tuvo sólo durante quince años.
La otra orden importante y demostrativa de la evolución que siguieron fue la de los Caballeros Teutónicos, reconocida por Roma en 1192. Tras una breve incursión por Oriente, su campo de acción se desplazó a las fronteras orientales del Imperio Germánico. Los caballeros de la orden eran casi todos miembros de la nobleza alemana, sin herencias por segundones, y esto explica su avidez de tierras y poderes. Entre 1230 y 1280 conquistaron Prusia, en 1309 conquistaron la Pomerania polaca —que era país cristiano— y durante casi tres siglos se dedicaron a ampliar las fronteras del Imperio y a conseguir tierras para sus miembros a expensas de los pueblos vecinos.
Ordenes militares españolas
Además de que las órdenes ya mencionadas tuvieron su reflejo en España, el fenómeno de su aparición en el siglo XII tuvo ciertas particularidades. Como condiciones generales fueron la adecuación de esas instituciones a la religiosidad de la época, el intenso influjo del movimiento cisterciense, el espíritu guerrero y caballero acentuado en España por la reconquista y la ejemplificación lograda de templarios y hospitalarios.
La más antigua e importante orden española fue la de Calatrava, fundada por fray Diego de Velázquez en 1158 durante la defensa de esa plaza y autorizada por el papa Alejandro III al año siguiente. En sus momentos de mayor esplendor llegó a contar con 350 villas y pueblos, en los que vivían más de 20.000 personas. Llegó a tener dotadas 350 encomiendas.
La orden de Alcántara fue fundada en 1166 y durante varios años estuvo subordinada a la de Calatrava, hasta que en 1383 el papa Lucio III le otorgó jurisdicción exenta. La orden de Monsfragüe también se fusionó con la de Calatrava en 1221.
La orden de Santiago fue fundada en 1170 por Pedro Fernández, a quien Fernando II de León le había encomendado la defensa de esa ciudad, recién conquistada: su misión era la defensa y expansión de la fe cristiana mediante la lucha contra los musulmanes. La orden tuvo un fulgurante crecimiento y las zonas de mayor densidad de posesiones, a fines del siglo XII, eran el sudeste de Galicia, el noroeste de Burgos, Asturias de Santillana, valle medio del Duero, obispado de Cuenca y numerosos puntos de la actual Extremadura.
El papel de las órdenes fue decayendo luego de la conquista de Andalucía, y durante los siglos XIV y XV hubo una ardua lucha política por controlar los maestrazgos por parte de la monarquía y grupos de nobles. Los Reyes Católicos lograron convertirse en administradores de los mayorazgos a fines del siglo XV: Santiago en 1493 y Calatrava en 1498.