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Apéndice 1. Las Canarias Entre Castilla y América

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Contenido

Introducción

Cristóbal Colón.
Cristóbal Colón.


LAS Islas Canarias descritas por los geógrafos de la Roma imperial, habían caído en el olvido durante la Edad Media. Las líneas que les dedican algunos geógrafos musulmanes de los siglos X al XIII se limitan a copiar a los autores clásicos y a añadir datos fabulosos, puesto que el Islam medieval no conoció directamente las islas. El nuevo descubrimiento de las Canarias fue un paso más de la expansión europea de los siglos XIV y XV. Como otros momentos de tal expansión, se realizó a través de dos fases: una primera, en el siglo XIV, cuando las islas fueron exploradas sobre todo por marinos defMediterráneo; otra, segunda, desde fines de aquel siglo, en que la iniciativa pasa claramente a las marinas atlánticas de Castilla y Portugal.

La conquista

En 1344, después de las primeras exploraciones, el Papa Clemente VI constituyó a las Canarias en reino y otorgó la soberanía sobre él a Luis de la Cerda, un biznieto de Alfonso X de Castilla, que era miembro de la alta nobleza francesa. Luis, «Príncipe de Fortuna», no llegó a hacer efectivos sus derechos, que quedaron en suspenso aunque reclamados tanto por Castilla como por Portugal. Medio siglo más tarde, en 1402, Enrique III de Castilla investía con el señorío de las islas al noble normando Juan de Bethencourt, que conquistó las de Lanzarote, Fuerteventura y parte de El Hierro. Bethencourt fue el primer conquistador que se dio cuenta de lo difícil que era la empresa en las «islas mayores», y del escaso fruto económico inmediato que cabía esperar.

Unos años más tarde, en torno a 1420, se hicieron con el señorío los linajes sevillanos de Las Casas y, luego Peraza, los cuales completaron la conquista de El Hierro y realizaron la de la Gomera. La empresa canaria sería así, durante buena parte del siglo XV, tarea de aristócratas y navegantes hispalenses, hasta la intervención directa de la Corona en 1477. La relativa proximidad de los puertos de la Andalucía atlántica, con su pujanza marinera y mercantil y la integración de los asuntos canarios dentro del ámbito general de los intereses sevillanos, serían las razones de la atención que ciertos lintajes de la alta sociedad andaluza pusieron en las islas, manteniéndolas así unidas a los destinos de Castilla.

Portugal intentó poner el pie en ellas, sobre todo en la Gomera, múltiples veces, como parte de sus proyectos de navegación por la costa de Africa hacia el sur; pero nunca lo consiguió aunque muchos inmigrantes portugueses participarían en la repoblación de las islas, bajo la soberanía castellana, a fines de siglo. Durante la guerra luso-castellana de 1475 a 1479 Canarias fue, de nuevo, uno de los ámbitos de lucha entre ambos países al intentar los portugueses ocupar alguna posición en ellas y los castellanos obstaculizar o intervenir en el tráfico hacia Guinea, descubierta recientemente y fuente de oro y esclavos. Por estos motivos, entre otros, los reyes castellanos reclamaron entonces para la Corona el dominio inmediato de las «islas mayores», todavía sin conquistar (Gran Canaria, Tenerife y La Palma), aunque respetando la jurisdicción señorial sobre las cuatro islas ya conquistadas. En los tratados de paz firmados en Alcaçovas-Toledo, año 1479, Portugal renunciaba a cualquier intervención o derecho sobre las islas.

La conquista de las llamadas «islas mayores» no estuvo exenta de dificultades, debido a la pequeñez de las huestes empleadas, a su financiación y mantenimiento con cargo a fondos eclesiásticos de Cruzada, en el caso de Gran Canaria, o mediante la formación de compañías privadas, en los de La Palma y Tenerite. La Corona intervino como poder sancionador, al fijar las condiciones o «capitulaciones» de conquista, y en el posterior proceso de organización administrativa y social, pero muy poco en la actividad directa de conquista que, según su criterio, era empresa secundaria con respecto a otras en que se hallaba embarcada. Las huestes de la conquista canaria se parecen ya, por esto, a las de la conquista indiana.

En la conquista de Gran Canaria se produjeron, además, disputas y turbulencias entre los castellanos, que preludian o se asemejan a otras ocurridas años más tarde en América. La primera capitulación para la empresa se estableció en 1477 con el obispo de Lanzarote, Juan de Frías, y con el capitán Juan Rejón, empleándose, como se ha dicho ya, dinero de procedencia eclesiástica. Rejón estableció en junio de 1478 el «real de Las Palmas», que sería la primera ciudad española en la isla, pero hubo de aceptar la presencia de un gobernador nombrado por los reyes, Pedro de Algaba. Las disputas entre ambos paralizaron la conquista por más de un año. En agosto de 1479 Rejón preparó otra hueste, financiada por Frías y por un marino y mercader genovés naturalizado en Cádiz, Pedro Fernández Cabrón. Se logró formar una tropa de 400 hombres. Unos meses después, ya en 1480, llegaba a la isla Pedro de Vera como nuevo gobernador real, capitán general, corregidor y alcaide, al frente de otra hueste también financiada por Fernández y por la misma Corona a través del contador mayor Alfonso de Quintanilla. Pedro de Vera, como primera providencia, depuso a Rejón, quien había mandado ejecutar unos meses atrás a Algaba. Desde aquel momento, mezclando la fuerza con una astucia nada admirable, Vera venció a los canarios, divididos en la obediencia a dos reyes o «guanartemes» —los de Telde y Gáldar—, entre 1481 y 1483. En abril de este último año la conquista había concluido.

Las de La Palma y Tenerife, que tardaron todavía un decenio en producirse, fueron emprendidas por uno de los capitanes que habían intervenido en la de Gran Canaria, llamado Alonso Fernández de Lugo. En junio de 1492 capituló con la Corona la conquista y consiguió que varios mercaderes genoveses financiasen la expedición a La Palma. Entre septiembre de aquel año y mayo de 1493, Lugo ocupó toda la isla, apoyándose en las parcialidades o «bandos» de los indígenas palmeros ya cristianizados.

Tenerife fue la última isla que se conquistó. Lugo contó en esta ocasión con nuevos socios financieros, también genoveses. La hueste formada en diciembre de 1493 era muy fuerte: 150 jinetes y 1.500 infantes embarcados en 30 navíos; pero la isla era también la más difícil de ocupar. Se apeló al procedimiento ya clásico de buscar el apoyo y alianza de los llamados «bandos de paz», ya en vías de cristianización (los de Anaga, Güímar, Abona y Adeje), para emplear todo el esfuerzo frente a los «de guerra», que dominaban el norte de la isla (Tegueste, Tacoronte, Taoro, Icod y Daute); pero los castellanos sufrieron un desastre en Acentejo, en mayo de 1494, y los supervivientes hubieron de reembarcar hacia Gran Canaria. Año y medio después, Lugo conseguía poner de nuevo el pie en la isla, y esta vez no se dejó sorprender. Derrotó a los guanches que le hacían frente en Agüere, junto al lugar donde se fundaría la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, y, unos días más tarde, en Acentejo, cerca del sitio donde habían sufrido el desastre. En mayo de 1496 los reyes o «menceyes» de los bandos insumisos capitulaban definitivamente.


Indígenas y europeos

Aquellas conquistas, como antes las de las islas llamadas «menores», pusieron a los castellanos en contacto con poblaciones indígenas que no guardaban semejanza alguna ni con los infieles islámicos ni con los esclavos negros africanos a los que estaban acostumbrados a tratar y conocer desde hacía siglos. Se produjo necesariamente un proceso de aculturación de nuevo tipo, que en algunos aspectos anticipa al indiano o se desarrolla paralelmente al ocurrido en La Española y Cuba, islas del Caribe que no en vano se conocieron a veces, por aquellos años, como «las Canarias de allende». Pero el fenómeno de aculturación canario tiene muchas peculiaridades que no se darán en América, aunque haya servido como banco de prueba, a veces, para las colonizaciones indianas.

Ante todo, la misma pequeñez física de las islas y su situación mucho más cercana a la península ibérica: sólo seis días de viaje, por término medio, desde Cádiz. Las relaciones son mucho más estrechas y continuas desde el primer momento, y se efectúa una colonización de poblamiento completa. En segundo lugar, los indígenas supervivientes fueron capaces de aceptar una europeización total, y su propia etnia —cromagnón o beréber— igual o muy semejante a la de los inmigrantes, permitió una fusión biológica plena entre todos ellos en un plazo breve. Pero todo esto fue el resultado final cuando, ya en el siglo XVI, Canarias es una tierra castellana, una provincia más de la Monarquía Hispánica, la última escala europea en el camino hacia América. ¿Qué ocurrió hasta entonces? Contestar a esta pregunta puede tener interés porque en la formación de la nueva sociedad se mezclaron elementos y prácticas de tradición medieval con otros forzosamente originales.

La población indígena no era homogénea en las diversas islas, ni en su nivel cultural ni tampoco en sus formas de organización. Por paradójico que pueda parecer, no dominaban los antiguos canarios los conocimientos náuticos necesarios para comunicarse regularmente entre sí, de modo que el mismo concepto unitario del archipiélago como entidad geo-histórica no existió hasta la llegada de los europeos, que lo introdujeron. Antes, las islas eran «un mundo dividido y diverso» (Morales Padrón): «mahos» de Lanzarote y Fuerteventura, canarios, «guanches» de Tenerife, gomeros, palmeros y herreños vivían cada cual por su lado, e incluso divididos entre sí dentro de cada isla en varios reinos o «bandos», que fueron dos en gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, cuatro en la Gomera, nueve en Tenerife y hasta trece en La Palma. Sólo El Hierro parece no haber conocido esta división interna.

El número de sus habitantes es un enigma. La cifra de ochenta a cien mil, supuesta por diversos autores, es sencillamente inaceptable si se pone en relación con las capacidades productivas de una economía neolítica y con la extensión y características de las islas, incluso como óptimas. Seguramente en las dos mejor dotadas, Gran Canaria y Tenerife, la respectiva población no superaría en mucho los diez mil individuos, sobre todo después de las depredaciones y esclavizaciones del siglo XV. Las conquistas y la introducción de ciertas epidemias —el «moquillo», las «modorras»— que alteraron el equilibrio biológico de la población, llevarían a una reducción aún mayor en el número de indígenas. Hacia 1500 no habría más de siete mil en todas las islas y no siempre en la de su origen, pues, por ejemplo, grupos de grancanarios y gomeros habían participado junto con los castellanos en la conquista de Tenerife.

El choque con la etnia y cultura europeas renacentistas representadas por los castellanos tenía que resultar forzosamente destructor para los indígenas, que vivían en un mundo cultural prehistórico. Sus actividades económicas eran algo más ricas y complejas en Gran Canaria y Tenerife, especialmente en la primera de ambas islas donde los misioneros mallorquines del siglo XIV habían tenido tiempo para difundir algunos progresos: se conoce la agricultura cerealista (cebada), el molino de mano, algunos frutales (higuera, palmito), ciertas formas rudimentarias de pesca costera y, sobre todo, como en las demás islas, una ganadería menor de ovejas, cabras y cerdos que aseguraba una parte notable de la subsistencia y el vestido. En cambio, no debía haber un aprovechamiento intenso de los grandes recursos forestales existentes en La Palma, que era la isla culturalmente más atrasada, Tenerife y Gran Canaria. A niveles plenamente neolíticos, se practicaban técnicas artesanas del textil y tinte y se conocía la cerámica cocida al sol.

La organización social y política y el mundo de las ideas y creencias se conoce mal, a través de cronistas españoles de los siglos XV y XVI. Se han subrayado a veces algunos paralelismos culturales con poblaciones amerindias, en especial con el Perú incaico, que no obedecen a fenómenos de difusionismo sino que son el resultado normal de unas bases organizativas semejantes en algunos aspectos. Así, restos de matriarcado y poliandria, división social, al menos en Gran Canaria, entre nobles y «rapados». Los primeros forman los consejos políticomilitares («sabor» grancanario, «tagoror» tinerfeño) de unas realezas de tipo mágico, que aseguran la fecundidad económica y están dobladas a veces por un sacerdocio sancionador del orden socioreligioso (son los «faycanes» grancanarios). Se practica el culto a diversas fuerzas divinales representadas en los astros, aunque con introducción de conceptos monoteístas en Gran Canaria, tal vez por obra de los misioneros del siglo XIV. Los sacrificios religiosos son de tipo pastoril y se presta una consideración especial marginada, por tabúes de este tipo, a los carniceros y otros oficios relacionados con el derramamiento de sangre animal. De los antiguos idiomas indígenas apenas subsistieron algunas decenas de palabras, topónimos muchas de ellas, pues los conquistadores «no sintieron la necesidad de redactar ninguna gramática» debido a la rapidísima extinción del mundo cultural indígena tras la conquista, y a la presencia, en épocas anteriores, de «lenguas» o intérpretes isleños que habían aprendido el idioma castellano al tiempo que la fe católica.

En la relación de exploradores y conquistadores con los indígenas se mezclan la ignorancia e incapacidad para respetar formas culturales que les son extrañas y la pugna entre dos estímulos que tanto son complementarios como contradictorios. Por una parte, el afán de conquista, lucro y poder, que lleva a depredar, esclavizar y sojuzgar. Por otra, la exigencia de evangelización con respecto a unas poblaciones que son paganas pero no «infieles» enemigas de la fe cristiana, como los musulmanes, de modo que es posible su incorporación a la Iglesia; para ello, es preciso respetar a sus personas, e incluso parte de su cultura, si aceptan pacíficamente la presencia de misioneros. La empresa canaria comenzó siendo, en el siglo XIV, obra de misioneros. El papel evangelizador de frailes y clérigos les llevó a veces a enfrentarse con los abusos de conquistadores y señores. Aquella tensión interna entre principios cristianos y prácticas feudo-señoriales fue el único factor que contribuyó a suavizar las condiciones de una aculturación hecha con total ausencia de experiencias anteriores aunque no cabe olvidar que ambos elementos, clérigos y guerreros, eran los grupos sociales dominantes en una Europa cuya presencia en las islas se justificaba ideológicamente por el derecho universal a evangelizar. En efecto, hay, en frase de García Gallo, «la carencia de personalidad jurídica de la población indígena ante los europeos»: al ser aquella pagana legítima según éstos, su conquista y colonización por un poder cristiano: el «requerimiento» que Juan Rejón hizo conocer a los grancanarios se fundamentaba en esta idea. Por lo demás, era lógico que la Iglesia adoptase cierta función protectora en una época en que toda consideración de los derechos humanos pasaba por una previa reflexión religiosa.

Sin este elemento atenuante, la suerte de las poblaciones indígenas habría sido todavía mucho peor. A los daños previos o simultáneos a las conquistas, a la ruptura inevitable de sus cuadros sociales y culturales, se habría añadido una esclavización general que, por el contrario, fue denunciada como abusiva en diversos momentos del siglo XV y prohibida tanto por la Santa Sede (1434, 1462) como por la Corona (1477, 1490, 1499). De todas maneras, «los abusos y tropelías que se cometieron contra los indígenas de las Islas Canarias fueron infinitos en número y crueldad, a espaldas de la acción tu telar de la Corona y violando las rígidas normas de conducta decretadas por los Reyes Católicos para estimular la convivencia y alentar la conversión» (Rumeu de Armas).

Hay en estas actitudes hacia el indígena canario elementos que se van a repetir en América pocos años después. Los factores epidémicos y la ruptura de los marcos de vida prehispánicos también influyeron en un rápido descenso de la población aborigen: «Hay que pensar —escribe Serra Ràfols— en una baja vertical de la natalidad indígena, incluso dentro de los núcleos, a veces importantes, que permanecieron después de la conquista agrupados y con alguna conciencia propia: el mero ambiente es hostil a la reproducción espontánea de nuevas generaciones al disolver las bases tradicionales de la familia indígena». Pero, aun así, hubo una diferencia sustancial con relación a muchas tierras americanas: los canarios supervivientes se integran cultural y biológicamente con las poblaciones europeas inmigrantes. A partir de 1510-1515, aproximadamente, la nueva sociedad canaria está constituida y no ha habido en ella fenómenos de desarraigo total de la antigua población, ya incorporada a ella, ni de coexistencia entre dos culturas distintas puesto que sólo hay una, la española, en la que vivían los habitantes de las islas, sea cual fuere su ascendencia étnica.


Los repobladores y la formación de la nueva sociedad

Se dio, por tanto, una importante colonización de poblamiento en las islas a raíz de la conquista. Colonización efectuada de acuerdo con formas jurídicas semejantes a las que habían servido para organizar las repoblaciones medievales en la Castilla de los siglos XI al XV. Las últimas, ocurridas en el reino de Granada, son contemporáneas de las canarias. En efecto, los conquistadores y muchos pobladores que acudieron a las «islas mayores» en los años inmediatos a su conquista recibieron lotes de tierra en propiedad, a condición de permanecer un tiempo mínimo, cinco años generalmente, y de avecindarse con su familia. Conocemos mejor las entregas de tierra o «datas» realizadas en Tenerife por Alonso Fernández de Lugo, pero las repoblaciones de Gran Canaria y La Palma fueron también similares y no muy distintas las realizadas en las islas sujetas a jurisdicción señorial.

El proceso repoblador motivó desde un principio diferencias sociales y económicas considerables entre los inmigrantes y reprodujo el modelo de organización social vigente en la Castilla de aquel tiempo, con las peculiaridades derivadas de la presencia y asimilación de indígenas, de la heterogénea procedencia de los inmigrantes y de la necesidad perentoria de poblar las islas, que obligaba a conceder buenas condiciones económicas y jurídicas a los colonos, al menos en los primeros tiempos. Además, al tratarse de una sociedad nueva, no se encuentran en ella los restos de un pasado o los diversos aspectos tradicionales respetados en sociedades castellanas de origen más remoto.

Hubo repobladores que acudieron como señores, no como colonos. Fueron los conquistadores más importantes, los normandos y andaluces de Lanzarote y Fuerteventura, los beneficiarios de las mejores y mayores «datas» en Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Ocuparon los puestos de gobierno y administración y, al autoestimarse nobles, contribuyeron a crear en las islas fenómenos señoriales semejantes en su forma, aunque menores por su importancia, a los de la Castilla del siglo XV; sobre todo cuando poseyeron capitales o enlazaron con grandes mercaderes dueños de ellos, italianos y flamencos en especial. Con su sola presencia, la colonización canaria se habría parecido mucho a la de amplias zonas de Indias.

Pero hubo también gran cantidad de colonos: los simples soldados de la conquista que se afincaron en las islas, y los repobladores posteriores. Todos ellos reciben tierras y bienes modestos o, en el peor de los casos, viven como asalariados o cultivadores. Son «la espina dorsal» de la repoblación, en frase del profesor Serra, la base de la europeización de Canarias, y los hay en todas las islas. Seguramente, los más numerosos procedían de Andalucía y Extremadura pero hubo también, en las islas mayores, gentes que procedían de las sujetas al dominio feudo-señorial y, sobre todo, bastantes portugueses, en especial en Tenerife y La Palma. Muchos de aquellos inmigrantes lusitanos eran artesanos o campesinos de modesta situación económica, muy solidarios entre sí, promotores de cultivos cerealistas o técnicos de los «ingenios» azucareros.

Acudieron otros grupos minoritarios, caracterizados por su situación religiosa o por su poder económico. En el primer caso estaban los judeoconversos, que no se vieron perjudicados por discriminación alguna, cuando se conocía su origen, y que se fundieron rápidamente con el resto de la población. En el segundo, los mercaderes procedentes de algunos grandes centros urbanos europeos, que capitalizan la puesta en explotación de las islas, en especial la azucarera, aplicando técnicas tomadas de la tradición medieval mediterránea, e integran así la economía canaria en los circuitos del incipiente capitalismo comercial. Sus miembros más poderosos o estables tienden a enlazar con la otra aristocracia, la surgida de la conquista: hay incluso, ya lo hemos indicado, algunos grandes mercaderes que ayudan con su dinero a que se realice.

Los genoveses formaban el núcleo más importante de este grupo minoritario. Valencia, Granada y Málaga, Sevilla y Cádiz, Lisboa y Madeira habían sido sus etapas anteriores de colonización mercantil. Llegaron a Canarias, por tanto, con métodos de acción muy maduros y capitales fuertes. Los Riberol, Francisco Palmaro o Palomar y Jerónimo de Orerio en Gran Canaria, Mateo Viña, Bautista Ascanio, Cristóbal Ponte y Tomás Justiniano en Tenerife: tales son los nombres más destacados de inversores de capital, explotadores de ingenios azucareros y vecinos que se encuentran siempre entre las personas más ricas y con mejores tierras de las islas mayores. Algo más adelante llegarían también bretones y normandos, alemanes y flamencos interesados en el negocio de la caña de azúcar.

Hacia 1515, cuando concluye la etapa fundamental del proceso repoblador, las islas contarían con unos veinticinco mil habitantes, de los que la cuarta parte eran aún indígenas. Las islas estaban todavía muy lejos de alcanzar el techo demográfico que permitía su nueva situación social y económica, lo que explica que Tenerife, la más poblada, exporte cereales en los años de buena cosecha hasta mediados del siglo XVI. La Laguna y Las Palmas, que eran los principales centros urbanos, no superarían los tres mil habitantes cada una. Y, como consecuencia, la mano de obra era escasa, por lo que los contratos agrarios de aparcería, arrendamiento o censo resultaban especialmente favorables para los cultivadores en muchas ocasiones; los salarios y jornales eran algo más altos que en Castilla y se acudía con mayor frecuencia a la importación de esclavos negros o musulmanes.

La práctica de algunas actividades productivas acompaña y fundamenta la formación de la sociedad nueva. Las islas ofrecían diversos productos de recolección, como la «orchilla», forestales — madera abundante en Tenerife y La Palma— y pesqueros. La explotación agropecuaria fue, sin embargo, la base principal de los auténticos colonizadores: ganado menor, ovino y cabrío, abundante, trigo y cebada, parrales y huertas, etc. En todos aquellos aspectos destacó, en un principio, Tenerife por sus mejores condiciones de suelo y agua. Las islas pudieron así autoabastecerse de diversos productos básicos pero junto con ellos se cultivó en las mejores tierras la caña de azúcar.

El azúcar fue, en efecto, el principal producto de exportación hasta mediados del siglo XVI. Gracias a él se podía obtener en contrapartida las manufacturas y otros bienes que las islas necesitaban. El azúcar atrajo las inversiones de capital más importantes, estimuló las relaciones mercantiles y la construcción de puertos y varaderos. No fue, como tantas veces se ha dicho, un monocultivo, pero si no hubieran contado con él como baza fundamental para atraer riqueza y compensar su balanza comercial, es indudable que los canarios habrían vivido en una situación económica mucho más precaria. Como contrapartida, al basar en el azúcar el equilibrio de su comercio exterior, las islas entraron en el concierto económico del capitalismo comercial en la situación inevitable de tierras productoras de una materia prima con la que habían de cubrir sus necesidades de manufacturas procedentes de Andalucía, Italia y Flandes.

Pero tampoco cabe exagerar la importancia de este hecho, porque las islas contaron desde el primer momento con otros dos elementos de importancia sustancial en su estructura económica: el poblamiento rural y sus cultivos para el consumo interno, y la situación atlántica estratégica, en el cruce de nuevas y grandes rutas mercantiles y cerca de ricas pesquerías, lo que favoreció la vida portuaria, el comercio de tránsito y, en teoría al menos, la formación de burguesías mercantiles en el país. En resumen, su estructura económica permitió a Canarias unas posibilidades y les confirió unas peculiaridades desconocidas en las Indias españolas. No hubo tampoco en ellas aquellas fabulosas fuentes de enriquecimiento, aquellas minas de oro y plata que hicieron la fortuna y a la vez la desgracia de tantas tierras y hombres más allá del Océano. ¿Se puede afirmar que Canarias, plataforma y escala hacia América por tantos conceptos, y tan vinculada a la historia del Nuevo Muño en épocas posteriores, haya sido también un modelo para la colonización indiana a principios del siglo XVI? Parece, más bien, que no fue así. Las islas, ya entonces, eran más un «finis terrae» europeo, donde el Viejo Mundo se funde volcánicamente con el Atlántico, que no una primera tierra americana.

En la organización administrativa de las Canarias se observa un claro predominio de los elementos tradicionales sobre los nuevos, y de los aspectos peculiares sobre los anticipos o precedentes de la colonización americana, En el plano de la soberanía estatal, las Canarias fueron desde el primer momento un reino más de los integrados en la Corona de Castilla; no se estableció diferencia alguna entre sus habitantes y el resto de los castellanos ni matices jurisdiccionales o administrativos semejantes a los de las Indias. En efecto, la alta administración del archipiélago quedó en manos del Consejo Real de Castilla y no hubo nunca virreyes sino oficiales gubernativos de raigambre medieval y castellana. Así, en Gran Canaria, existió capitán general en los años de la conquista; pero, desde el primer momento, estuvo acompañado por un gobernador real, cargo que permanecería en la isla posteriormente. En Tenerife y La Palma, el cargo de adelantado real, conferido a Lugo y que perduró como institución efectiva de gobierno durante el primer tercio del siglo XVI, otorgó al gobierno de ambas islas un tinte predominantemente militar y personal, frente al aspecto más civil e institucional de la gobernación grancanaria.

El régimen municipal fue el mismo que el de las ciudades castellanas. El llamado Fuero de Gran Ca naria es la misma carta municipal otorgada a diver sas localidades granadinas en los años finales del si glo XV. Las ordenanzas municipales de Las Palmas y La Laguna muestran, dentro de su normal originalidad, semejanzas e influencias de otras peninsulares, en especial las de Sevilla, cuyo municipio, como es bien sabido, sirvió de modelo organizativo a muchos otros. Y, en fin, los señoríos jurisdiccionales de Lanzarote, Fuerteventura, Gomera y Hierro en nada difieren de otros castellanos contemporáneos suyos.

La legislación general aplicada en las islas es la misma que en el resto de Castilla e idénticas las instituciones encargadas de aplicarla o promover su empleo en los diversos niveles: adelantados, gobernadores, pesquisidores, Audiencia, en Las Palmas, desde 1526. Por último, la organización hacendística sí que presenta rasgos originales desde un principio, al desgravar fiscalmente a los canarios con el fin de fomentar la población y no cargar con muchos impuestos a unas tierras de puesta en explotación: las tasas o almojarifazgos sobre el comercio exterior son la única renta real de cierta importancia.

Al igual que en el Reino de Granada, consiguió la Corona el ejercicio de patronato eclesiástico sobre las islas Canarias, como claro anticipo del futuro patronato indiano. La sede episcopal de Lanzarote se transfirió a Gran Canaria en cuanto terminó la conquista, y la diócesis se organizó según el modelo habitual en toda Castilla, con aspectos muy similares a los de las sedes que, por entonces, se establecían en el Reino de Granada. La Inquisición, dependiente en principio del tribunal sevillano, actuó desde principios del siglo XVI y, entre las órdenes religiosas, continuaron teniendo una presencia muy destacada los franciscanos, integrados también en su Custodia de Sevilla.

En definitiva, los conquistadores y colonos castellanos se hallaron en Canarias ante situaciones nuevas y en ambientes distintos a los que eran habituales para ellos. En este aspecto, la empresa canaria preludia a las americanas. Pero las soluciones dadas, las formas organizativas que se adoptaron, responden a los métodos y prácticas tradicionales, en gran medida y, en este sentido, las islas a comienzos del siglo XVI no fueron tanto el punto inicial del Nuevo Mundo como el enclave más extremo, en el espacio y en el tiempo, de la Castilla medieval.

De la obra de

M. A. Ladero Quesada: España en 1492, de la «Historia de América Latina» (vol. I), de Editorial Hernando.