Apéndice 1. La revolución burguesa, motor del cambio cultural del siglo XIX
De Mienciclo E-books
LA Revolución Francesa y el ciclo de guerras que provoca, en las que se encuentra comprometido todo el continente europeo, van a hacer inevitable la toma de conciencia de una serie de transformaciones, que han tenido lugar a finales del siglo XVIII en Inglaterra, y que comienzan a darse en ese momento en el resto de Europa. Este proceso, que se conoce como Revolución Burguesa, consiste en el paso de una economía agraria, dominada por los grandes terratenientes pertenecientes a la aristocracia hereditaria, a una economía capitalista, comercial e industrial basada en la producción y el intercambio del mercancías y en la que los trabajadores se limitan a vender su trabajo como una mercancía más, en términos fijados por un contrato.
Determinados elementos de este proceso van a ser vividos con una intensidad particular: la concentración de la población en las grandes ciudades, la aparición de las máquinas y de las grandes industrias, la importancia cada vez mayor del dinero. Una nueva clase, la. burguesía, ocupa el poder económico y también, cada vez más, el político. Como consecuencia de estos cambios, la sociedad rural se disuelve, y la nobleza y la Iglesia pierden gran parte de su poder.
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La nostalgia del pasado
En Alemania, donde este proceso sólo se da de modo muy limitado, el movimiento romántico va a presentarse en los años 1815-1820 como una reacción contra la nueva sociedad. Los pensadores de este momento van a idealizar la Edad Media como una época de profunda unidad social y religiosa en contraste con los violentos cambios que ellos presencian en su mundo. Este fenómeno también se da en Inglaterra, tal como se ve reflejado en las novelas de Walter Scott, en las que la Edad Media aparece como la época de los valores caballerescos que desaparecen en el mundo «materialista y mezquino» de la burguesía. Los románticos se sienten inadaptados al mundo en que viven: en Francia Musset describe un «mal del siglo» impreciso pero causado por la desaparición de los valores aristocráticos del pasado: «las armaduras y los bordados han caído a trozos».
La renovación de la sensibilidad artística
Esta nostalgia del pasado que sucede al optimismo del progreso de la Ilustración, forma parte de una ampliación de los horizontes de la sensibilidad artística. Las ruinas pasan a ser uno de los decorados favoritos del momento. La Naturaleza ya no se concibe, como en el siglo anterior, cual un jardín ordenado: se presta cada vez más atención a sus aspectos más salvajes, más impresionantes: las montañas, las tempestades. Estos temas no quedan aislados en la literatura y el arte pictórico, sino que, por uno de los nuevos medios que proporciona la técnica, la litografía, se difunden en estampas por miles de ejemplares.
El artista romántico descubre nuevas tierras: España, Africa del Norte, América (las novelas de Fenimore Cooper alcanzan una gran popularidad), y, sobre todo, el Oriente próximo a raíz de la lucha por la independencia de Grecia. Para los románticos, este descubrimiento de nuevos horizontes tienen el carácter de fuga de una realidad a la que se sienten radicalmente extraños. Más tarde, Baudelaire, romántico en muchos aspectos, hablará de ir «hasta el fondo de lo desconocido para encontrar algo nuevo». Otros se encierran en sí mismos, cultivan una poesía en que describen sus sentimientos y sobre todo, sus pasiones. Los aspectos no racionales de la persona pasan al primer plano.
Exaltación del individuo
En efecto, las nuevas relaciones sociales dan al individuo, liberado de las trabas que la sociedad feudal le imponían (gremios, etcétera), un papel muy importante. Las obras románticas se suman a esta exaltación de la persona. El héroe aparece como ideal: el hombre capaz de marcar a toda la sociedad con su huella. Para toda una generación, Napoleón aparece como modelo, y será el ideal de vida que se propongan personajes como Julien Sorel el protagonista de la novela Rojo y Negro, de Stendhal. El héroe a veces vive al margen de la sociedad y la desafía, como los bandidos de Schiller, o el pirata de Espronceda, etcétera. Algunos románticos no se conforman con diferenciarse exteriormente de esa sociedad a la que rechazan (por el traje, el peinado, la palidez) sino que pretenden vivir la vida de sus personajes: el poeta inglés Byron, después de personificar el «satanismo» (el hombre que se rebela contra el bien admitido por todos), muere luchando por la independencia de Grecia. Todos los románticos exigen el derecho de decidir el curso de sus vidas.
Ampliación del público
Sin embargo, este artista que exalta al individuo aislado se va a ver en contacto con un público más amplio que en épocas anteriores. En efecto, la prensa se abarata, alcanza más amplias capas de lectores, y el folletín es uno de los medios de que se vale para atraerlos. Las obras más populares de la época, las de Dumas, o Los misterios de París de Sue, se publican por entregas en los periódicos. Son las primeras obras literarias de consumo masivo, que, como la novela policíaca, se convertirán en una verdadera industria en el siglo XX. Otras formas artísticas, como la caricatura, se ven también favorecidas por la generalización de la prensa. Así, en Francia, las obras de Daumier y de Gavarni retratan con una estética realista a las nuevas clases sociales de la ciudad, obreros y burgueses. Esta ampliación del público, si por un lado favorece la independencia del artista, que ya no se ve forzado a vivir de los encargos de la Iglesia y de los nobles, por otro aumenta su actitud de rechazo hacia el «gusto» de un público burgués que considera su obra como una mercancía más.
Las clases sociales en la literatura
La exaltación del individuo a que nos hemos referido anteriormente corresponde al papel que las nuevas condiciones económicas conceden a la iniciativa privada del empresario o del financiero burgués. Así, por ejemplo, los personajes de Balzac, como Rastignac o Nucingen, ascienden en la sociedad gracias a las oportunidades que ésta ofrece a personas suficientemente emprendedoras y faltas de prejuicios como para crearse una sólida posición en las finanzas y en la política. Sin embargo, para otras capas sociales, la situación es a la inversa; la sustitución del artesano por el obrero fabril y la aparición del maqumismo convierten el proceso de trabajo en algo cada vez menos individualizado, cada vez menos personal, y la concentración de habitantes en las grandes ciudades les hace convertirse en masas.
Por otra parte, estas masas al ser, como hemos visto, cada vez más consumidoras de literatura, tienden a pedir al escritor una representación de sus condiciones de vida. El grupo se dibuja de una manera cada vez más precisa en la novela. Hacia 1830, en las obras de Balzac y de Stendhal las clases sociales forman el marco dentro del cual destacan la ascensión o el fracaso del individuo, y al mismo tiempo describen con gran precisión las luchas entre la burguesía triunfante y la aristocracia. En 1842 Los misterios de París pretenden ofrecer una visión de todas las diferentes condiciones de vida que existen en la gran ciudad. Más tarde, Víctor Hugo publica dos obras cuyo título se refiere a una colectividad: Los miserables (1862) y Los trabajadores del mar.
Así vemos con claridad cómo la masa cobra cada vez más importancia dentro de la obra literaria. Este proceso culmina a finales del siglo XIX en las novelas de Emilio Zola, donde el protagonista es realmente una clase entera: por ejemplo, los mineros de Germinal o los ferroviarios de La bestia humana.
El nuevo mundo urbano
A medida que las sociedades precapitalistas van desapareciendo y que se afirma la nueva civilización, la sensibilidad literaria y artística varía radicalmente. Hemos visto cómo, de exaltar al individuo se ha llegado a tomar en consideración la existencia y el papel de la clase social. Del mismo modo, los primeros románticos huían de las ciudades hacia la naturaleza; hacia 1840-50 la ciudad pasa a ser considerada como fuente de poesía y los escritores, procedentes de medios sociales elevados, encuentran en ella la misma sensación de extrañeza que en las tierras extranjeras, que el exotismo les había hecho descubrir. Alejandro Dumas publica Los mohicanos de París, aludiendo a El último mobicano, de Fenimore Cooper. Poe y Baudelaire, con sus poemas, van a ilustrar el tema del hombre que pasea por la calle.
El compromiso político y social
El aislamiento que convencionalmente se considera típico de los románticos, desde los primeros momentos cede su lugar a un compromiso del artista con las luchas de su tiempo. En España los románticos como Espronceda y Larra luchan contra el absolutismo, y los dramas de la nueva escuela coinciden exactamente con el regreso de los exiliados liberales en 1834. El papel de los románticos es también importante en los movimientos de las nacionalidades que luchan por su independencia: así, Chopin en el caso de Polonia. La sublevación de Grecia entusiasma a toda Europa; hemos visto que Byron muere allí, y Delacroix pinta un cuadro sobre las matanzas de Quíos.
En los países en que la revolución industrial está más avanzada, los escritores toman conciencia de la indescriptible miseria que sufren los trabajadores de las nacientes fábricas. T. Hood publica El canto de la camisa sobre el trabajo de las costureras. Los primeros movimientos socialistas utópicos comparten ideas románticas sobre la Humanidad. También la condición de la mujer experimenta un cambio notable: George Sand se viste de hombre para mostrar su rechazo hacia el papel subordinado de la mujer. Víctor Hugo resume el compromiso político al concebir al poeta como «guía» de la Humanidad.
Frente a esto, otra tendencia de escritores y artistas, procedentes asimismo del movimiento romántico; consiste en exaltar la forma y la independencia del creador al margen de todo compromiso. Gran parte de la poesía de la segunda mitad del siglo XIX se situará en esta línea de «arte por el arte». En su exaltación del «yo», los románticos llegan a descubrir el papel del inconsciente en la persona, prestando gran atención a los sueños. Con esto aparecen como precursores de una de las líneas fundamentales de la cultura del siglo XX.