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Apéndice 1. La Revolución Francesa. Los «Derechos Del Hombre» Sacuden America

De Mienciclo E-books

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LA influencia de la Revolución Francesa fue decisiva en el desarrollo del proceso independentista hispanoamericano; brindó pensamientos filosóficos y una línea de acción a los criollos que encabezarían años más tarde esa lucha y, sobre todo, sus ideas sobre libertades y derechos humanos fueron las que más entusiasmaron a quienes siguieron su ejemplo, como contrapartida al sistema que reinaba entonces en el continente.

Herederos del pensamiento de Descartes, que mostró la posibilidad de dominar la naturaleza por la ciencia, los filósofos del siglo XVIII expusieron brillantemente los principios de un orden nuevo, en oposición al autoritario y estático de la Iglesia y del Estado del siglo anterior. En todos los dominios científico-filosóficos, fue sustituido el principio de la autoridad y la tradición por el de la razón, en el campo económico, moral, político y social.

La libertad fue reivindicada en todos sus aspectos: las libertades individuales y las libertades económicas; las grandes obras de los filósofos del siglo XVIII fueron consagradas a esta cuestión. El problema de la igualdad fue más controvertido y ello explica en parte la decisiva influencia de Rousseau en Hispanoamérica: él fue quien introdujo en el pensamiento del siglo las ideas de igualdad, y no sólo reclamaba dicha igualdad para todos los ciudadanos, sino que además asignaba al Estado el papel de mantener un equilibrio social. Voltaire, en cambio, estimaba, en su Diccionario Filosófico, que la desigualdad era eterna y fatal; y Diderot se detenía en la distinción entre privilegios justos e injustos.

El hecho de que Rousseau centrase su atención en los problemas sociales le acercó más a la sensibilidad que reinaba en la América colonial española. La filosofía de Rousseau proporcionaba, además, los elementos que buscaban los jóvenes independentistas, ya que proponía una solución racional. La lucha por la independencia implicaba la fundación de nacionalidades, y en tal sentido el problema era superar la cuestión de suprimir las castas, ya que nadie podía pensar en forjar tal fundación, basada en la esclavitud y con parte de sus integrantes sometidos a servidumbre.

La difusión de las ideas de Rousseau no fue tarea sencilla en Hispanoamérica, porque su traducción al español —y su edición— estaba prohibida e incluso se penaba severamente a quienes poseían ejemplares en francés. En ello influyó no sólo la repulsa de las autoridades absolutistas a las ideas sustentadas por Rousseau, sino también la condena que merecía por parte de la Iglesia hispanoamericana, que juzgaba «heréticas» muchas de las afirmaciones del filósofo. Las primeras referencias que se tienen de la difusión del Contrato Social pertenecen a la última década del siglo XVII y están basadas en alusiones de eclesiásticos a la «seducción que sus ideas de la libertad, la independencia o la irreligión» producían entre los jóvenes; o a castigos de las autoridades —incluida la Inquisición— a quienes poseían ejemplares de su obra.

Pero además de las ideas de Rousseau y los demás filósofos enciclopedistas, lo que provocó un vuelco hacia esas concepciones en las colonias americanas fue el propio ejemplo de la Revolución Francesa. La irrupción del pueblo estableciendo un régimen más justo, destruyendo la monarquía, proclamando derechos tales como la libertad, igualdad y fraternidad, el ardor guerrero de los nuevos ejércitos revolucionarios, la separación entre la Iglesia y el Estado y una nueva filosofía económica que favorecía la revolución industrial, volcaron a los jóvenes ilustrados de Hispanoamérica hacia el estudio de las doctrinas que sustentaban tan significativo cambio de las estructuras sociales de un país.

El estatismo y rigidez de la sociedad colonial, aunque dificultaban la difusión de estas ideas, favorecían el entusiasmo que despertaban aun antes de que los proyectos independentistas fueran esbozados como tales. Así como las ideas de los ilustrados abrían nuevas perspectivas para los estudios científico-filosóficos, la imagen de los bruscos cambios sufridos por la sociedad francesa luego de la Revolución, tuvo la virtud de demostrar la posibilidad de alterar radicalmente una forma de vida que, en América, tenía que pasar inevitablemente por la independencia.

Al impacto que estas ideas suscitaron en América, se agregaron luego los propios hechos que protagonizaba la Revolución, especialmente la época de Robespierre, la actuación de los ejércitos franceses en Europa, la invasión de España y la forzada abdicación de sus reyes. Por un lado, se produjo también entre los criollos y seguidores de Rousseau la división entre moderados y revolucionarios —a semejanza de jacobinos y girondinos en Francia—, hecho que repercutiría luego en distintas concepciones sobre cómo impulsar la independencia y consolidar el poder. Por otro, se aprendió la necesidad de emplear la energía desde el gobierno para desarrollar los planes económicos, políticos y militares, sin entrar en negociaciones con las fuerzas vencidas.

Si la ocupación de España por los franceses sirvió en algunos casos como pretexto inmediato para obtener la independencia, las enseñanzas de la Revolución pueden apreciarse en muchos actos de los primeros gobiernos de los nuevos países latinoamericanos. Puede utilizarse como ejemplo que no hubo monarquías y sí repúblicas en toda Hispanoamérica; que las constituciones promulgadas en los primeros años de régimen presentaban invariablemente en sus preámbulos y en su articulado los temas de libertad, igualdad y derechos humanos; la abolición de la esclavitud y la servidumbre (aunque por el tipo de régimen económico ésta siguiese existiendo aún durante algunos años); la creación de ejércitos nacionales y voluntarios incluso bajo coacción, pero eliminando definitivamente los mercenarios como se utilizaban en Europa hasta el siglo XVIII; las proclamas de libertad económica y medidas efectivas que trataban de impulsarla; la preocupación por el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura; el envío de ejércitos con carácter de «liberadores» y no de conquistadores a las colonias más retrasadas en emanciparse; y la búsqueda de mecanismos de participación popular, más copiados de los que habían imperado en Francia que acordes con la realidad latinoamericana.

Como era lógico, a partir de esta independencia, los caminos siguieron rumbos distintos, dadas las abismales diferencias socioeconómicas entre Francia y los países latinoamericanos, y el desarrollo de ambas a lo largo del siglo pasado fue sumamente distinto. Perduraron, sin embargo, muchos de estos elementos y existió, además, la preocupación en varios países de formar a las nuevas generaciones en ellos, en parte como rechazo a la distinta concepción sociopolítica imperante en España, y en parte porque muchos de los principios de la Revolución Francesa —aunque en la práctica estuvieran lejos de cumplirse— siguieron siendo axiomas constituyentes de los nuevos países y reconocidos en sus cuerpos legales.

Durante casi un siglo después de haberse proclamado la independencia de los países hispanoamericanos, y a pesar de la poderosa influencia que en ese lapso ejerció en ellos Inglaterra, particularmente en el campo económico con su modelo, el librecambio, al punto tal de haberlos reducido casi a colonias, el pensamiento de los ilustrados franceses siguió no sólo vigente sino que además constituiría un «culto». Entre las muchas causas que influyeron en la consecución de la independencia americana, la Revolución Francesa tuvo la virtud no sólo de acelerar profundamente ese proceso, sino además de brindar un cuerpo de ideas y un ejemplo de acción que siguieron casi religiosamente quienes condujeron el proceso, cuerpo de ideas que empalmaba con lo que justamente negaba el régimen colonial: igualdad ante la ley, derechos humanos, abolición de privilegios, y un cuestionamiento de todo el mundo científico-religioso vigente hasta entonces.