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Apéndice 1. La Luna, el umbral del espacio

De Mienciclo E-books

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DESDE la época de las antiguas civilizaciones, el hombre ha mirado siempre con curiosidad y veneración a la Luna. Su luminosidad contrasta con la oscuridad de la noche, haciendo así su existencia aún más patente que la del astro diurno. Además, mientras el Sol aparece siempre con la misma forma, la Luna se agranda y empequeñece, desaparece y vuelve a aparecer en el firmamento. Para una mentalidad primitiva, con unas nociones religiosas muy apegadas a los fenómenos naturales, estos factores dan lugar fácilmente a mitos y leyendas emparentados con los hombres, por un lado, y con la divinidad, por otro.

Generalmente, y siempre en las antiguas culturas, la Luna ha sido el principio femenino de la Naturaleza, la esposa del Sol, la madre de los astros, la diosa de las mujeres y la protectora del alumbramiento de nuevas vidas. Dos razones pueden explicar este convencimiento. En primer lugar, el hecho de que el ciclo lunar de veintiocho días coincida con el ciclo menstrual de la mujer y en segundo, el rocío que cada mañana aparece sobre las plantas y que, según algunas civilizaciones, permite a éstas crecer, desarrollarse y defenderse del fuego abrasador del Sol que cae sobre ellas durante el día; si el rocío aparece con el alba es porque la Luna lo ha depositado en los cultivos durante la noche, dándoles la vida que el astro rey pretende cercenar durante el día.

Esta vinculación de nuestro satélite a las cuestiones agrícolas hace que en ciertos climas excesivamente calurosos en los que la acción del Sol puede ser devastadora, la Luna fuera, para sus primitivos habitantes, la deidad superior, a la que designaban con un nombre masculino, ocupando el primer puesto entre el resto de los dioses de la Naturaleza. Así, para ciertas tribus australianas la Luna era un dios creador de todo cuanto existe; en varias lenguas americanas la Luna es el varón y el Sol su compañera, colocada en un rango inferior; entre los hotentotes el astro de la noche es el señor de la vida y de la muerte, y en la antigua Babilonia se le daba un lugar preeminente entre los astros por considerar que en los orígenes del mundo la noche había precedido al día.

Entre los griegos la Luna, Selene, se asocia al nombre de Artemisa (Diana para los romanos) y su culto estaba especialmente extendido entre las mujeres, que la invocaban en el momento del parto, a pesar de que era también considerada como la diosa de la castidad. En la ciudad de Efeso se la invocaba en el momento de la caza, y esta acepción de protectora de los cazadores y señora de bosques y selvas se generalizó en las culturas griega y romana, conservando siempre su carácter femenino.

Para ciertos pueblos la Luna presentaba, además de su fase bienhechora, un aspecto de maldad que aterrorizaba al hombre primitivo. Si por un lado era la diosa de las cosechas y la dispensadora de la vida a los seres nuevos, por otro era la deidad de la noche, de la oscuridad, del frío y de los numerosos espíritus que, al finalizar el día, llenaban de temor al hombre y de los malos sueños que turbaban su descanso. Estas creencias llevaron a asimilar a la Luna con la brujería, con la diosa de los muertos y con el origen de muchas enfermedades.

La adoración y el miedo se mezclaban así en el culto de nuestros antepasados a la Luna, igual que a otros elementos y fenómenos de la naturaleza, origen de todas las dichas y desdichas de los hombres sometidos a ella, que buscaban afanosamente respuestas a todo aquello que aún no comprendían.

La respuesta que la ciencia dio a buena parte de estos fenómenos naturales y la elaboración de sistemas religiosos más abstractos, independientes de los acontecimientos físicos, acabaron con el culto reverencial del hombre a los astros del firmamento en las culturas más avanzadas. Sin embargo, la Luna siguió durante muchos siglos rodeada de un cierto hálito misterioso, asociado todavía a los temores de la noche, en la medida en que la superstición siguió mezclada con las doctrinas religiosas.

Entre los alquimistas la Luna se identificaba con la plata, y algunos afirmaban que se debía a la influencia de este satélite la formación de todos los metales en el seno de la Tierra, derivando la plata muy especialmente de la acción de los rayos lunares.

Al desaparecer las creencias legendarias, el interés de los habitantes de la Tierra por su más cercano astro pasó al terreno exclusivo de la ciencia. Desde que se dieron los primeros pasos en los viajes espaciales se esperaba con ansiedad el momento en que el hombre pisara el suelo lunar, como muestra de su decidida voluntad de traspasar los límites de la atmósfera terrestre y explorar nuevos mundos.

Conseguido este anhelo, ¿qué espera el hombre de hoy de su antigua diosa del firmamento? Parece claro que la Luna es sólo la primera etapa en la conquista del espacio y que la gran experiencia acumulada en el envío de naves espaciales a territorio lunar será la base de los viajes a otros planetas. Sin embargo, los esquemas generales del futuro de la astronáutica a corto y medio plazo no parecen pasar por el establecimiento de bases permanentes en nuestro satélite.

En opinión de los científicos, las naves automáticas son mucho más rentables que las tripuladas, porque las máquinas no comen, ni enferman, ni cometen fallos. Además, la instalación de grandes laboratorios espaciales se está organizando ya a través de estaciones en órbita, que no requieren ningún asentamiento en suelo firme ni para su funcionamiento ni para el relevo de los astronautas y científicos a bordo. Por último hay que consignar que el interés de los organismos espaciales se halla centrado en conseguir la fabricación de cohetes recuperables y de transbordadores especiales que abaraten los elevadísimos costos de los viajes por el espacio, permitiendo su utilización para varias veces consecutivas.

El salto hacia otros planetas está todavía lejano, ya que para su intento sería necesario el perfeccionamiento de motores nucleares para sustituir a los actuales motores químicos y alcanzar así mayores velocidades.

Es, pues, muy difícil adivinar qué derroteros tomará la astronáutica en el futuro, tan difícil como prever desde los primeros ensayos con aviones el desarrollo de los vuelos espaciales de hoy. Sin embargo, el alunizaje del Apolo XII ha mostrado la capacidad del hombre para visitar los cuerpos celestes que contemplamos desde nuestro planeta. La Luna es hoy, nada más y nada menos, que el umbral del espacio, la puerta de un mundo desconocido por el que el hombre está ya dispuesto a aventurarse.