Apéndice 1. La Guerra de Maisi y la Condena de Hatuey
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Introducción
EXPLANADO queda lo que tuvimos entendido de la isla de Cuba, y de lo que en ella hallamos, y de las gentes que la moraban o habitaban; resta ya referir de la pasada que a ella hicimos los cristianos, puesto que yo no pasé con él, sino después, desde a cuatro o cinco meses en otro viaje. Partió, pues, Diego Velázquez con sus trescientos hombres de la villa de la Cabana, desta isla Española, en fin, a lo que creo, del año mil quinientos once, y creo que fue, si no me he olvidado, a desembarcar a un puerto llamado de Palmas, que era en la tierra o cerca della, donde reinaba el señor que dije haberse huido desta isla y llamarse Hatuey, y que había juntado a su gente y mostrádoles lo que amaban los cristianos como a señor propio, que era el oro, como pareció en el cap. 21. Sabida la llegada de los nuestros, y entendido que de su venida no podía resultarles sino la servidumbre y tormentos y perdición, que en esta Española habían ya muchos dellos visto y experimentado, acordaron de tomar el remedio, que la misma razón dicta en los hombres que deben tomar; y la naturaleza aun a los animales y a las cosas insensibles que no tienen conocimiento alguno enseña, que, contra lo que corrompe y deshace su ser, deban tomar, y éste es la defensión. Pusiéronse, pues, en defensa con sus barrigas desnudas y pocas y débiles armas, que eran los arcos y flechas, que poco más son que arcos de niños, donde no hay hierba ponzoñosa como allí no la hay, o no las tiran de cerca a cincuenta o sesenta pasos, lo que pocas veces se les ofrece hacer, sino de lejos, porque la mayor arma que ellos tienen es huir de los españoles, y así conviéneles siempre no pelear de cerca con ellos. Los españoles, los que alcanzaban, no era menester animallos ni mostralles lo que habían de hacer. Guarecioles mucho a los indios ser toda la provincia montes y por allí sierras, donde no podían servirse de los caballos, y porque luego que los indios hacen una vez cara con una gran grita, y son de los españoles lastimados con las espadas, y peor cuando de los arcabuces y alcanzados de los caballos, su remedio no está sino en huir y desparcirse por los montes donde se pueden esconder, así lo hicieron éstos, los cuales hecha cara en algunos pasos malos, esperando a los españoles algunas veces, y tiradas sus flechas sin fruto, porque ni mataron ni creo que hirieron jamás alguno, pasados en esto dos o tres meses, acordaron de se esconder. Siguiose luego, como siempre se suele seguir, andar los españoles a caballos por los montes, que llaman ellos ranchear, vocablo entre ellos muy famoso y entre ellos muy usado y celebrado, y dondequiera que hallaban manada de indios, luego como daban en ellos, mataban hombres y mujeres, y aun niños, a estocadas y cuchilladas, los que se les antojaba, y los demás ataban, y llevados ante Diego Velázquez, repartíaselos a uno tantos y a otro tantos, según él juzgaba, no por esclavos, sino para que le sirviesen perpetuamente como esclavos y aún peor que esclavos, sólo era que no les podía vender, al menos a la clara, que de secreto y con sus cambalaches hartas veces se ha en estas tierras usado. Estos indios así dados, llamaban piezas por común vocablo, diciendo: «yo no tengo sino tantas piezas y he menester para que me sirvan tantas», de la misma manera que si fuera ganado. Viendo el cacique Hatuey que pelear contra los españoles era en vano, como ya tenía larga experiencia en esta isla por sus pecados, acordó de ponerse en recaudo huyendo y escondiéndose por las breñas, con hartas angustias y hambres, como las suelen padecer los indios cuando de aquella manera andan, si pudiera escaparse. Y sabido de los indios que tomaban quién era (porque lo primero que se pregunta es por los señores y principales para despachanos, porque, aquéllos muertos, fácil cosa es a los demás sojuzgallos), dándose cuanta prisa y diligencia pudieron en andar tras él muchas cuadrillas para tomallo, por mandado de Diego Velázquez, anduvieron muchos días en esta demanda, y a cuantos indios tomaban a vida interrogaban con amenazas y tormentos, que dijesen del cacique Hatuey dónde estaba; ellos decían que no sabían, dellos, sufriendo los tormentos, negaban, dellos, finalmente, descubrieron por dónde andaba, y al cabo lo hallaron. El cual, preso, como a hombre que había cometido crimen lesae maiestatis, yéndose huyendo desta isla a aquella, por salvar la vida de muerte y persecución tan horrible, cruel y tiránica, siendo Rey y señor en su tierra sin ofender a nadie, despojado de su señorío, dignidad y estado, y de sus súbditos y vasallos, sentenciáronlo a que vivo lo quemasen. Y para que su injusta muerte la divina justicia no vengase sino que la olvidase, acaeció en ella una señalada y lamentable circunstancia: cuando lo querían quemar, estando atado al palo, un religioso de San Francisco le dijo como mejor pudo que muriese cristiano y se bautizase; respondió, que ¿para qué había de ser como los cristianos, que eran malos? Replicó el Padre, porque los que mueren cristianos van al cielo y allí están viendo siempre a Dios y holgándose; tornó a preguntar si iban al cielo cristianos, dijo el Padre que sí iban los que eran buenos, concluyó diciendo que no quería ir allá, pues ellos allá iban y estaban. Esto acaeció al tiempo que lo querían quemar, y así luego pusieron a la leña fuego y lo quemaron. Esta fue la justicia que hicieron de quien tanto contra los españoles tenía para destruillos y matallos como a injustísimos y crueles enemigos capitales, no por más de que huía de sus inícuas e inhumanas crueldades; y ésta fue también la honra que a Dios se dio, y la estima de su bienaventuranza que tiene para sus predestinados, que con su sangre redimió, que sembraron en aquel infiel, que pudiera quizá salvarse, lo que se llamaban y arreaban de llamarse cristianos. ¿Qué otra cosa fue decir que no quería ir al cielo, pues allá iban cristianos, sino argüir que no podía ser buen lugar pues a tantos malos hombres se les daba por eterna morada?
En esto paró el Hatuey, que, cuando supo que para pasar desta isla a aquélla los españoles se aparejaban, juntó a su gente para la avisar por qué causa les eran tan crueles y malos, conviene saber, por haber oro, que era el Dios que mucho amaban y adoraban. Bien parece que los conocía, y que con prudencia y buena razón de hombre temía venir a sus manos, y que no le podía venir dellos otra utilidad, otro bien, ni otro consuelo, al cabo, sino el que le vino.
Bartolomé de las Casas. «Historia de las Indias». Libro Tercero. Capítulo XXV. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid, 1961.