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Apéndice 1. La Decadencia de la Pintura Española. De Velázquez A Picasso Pasando Por Goya

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

NO es extraño que cuando Goya se plantó en Madrid a los treinta años, buscase con ahínco las huellas de Velázquez en palacios y conventos, ya que museos no había, pues el pintor sevillano seguía siendo el punto de referencia de la mejor pintura española. Su arte personal y genuino, al igual que le sucedería a Goya, no encontró a su muerte continuadores. Lo velazqueño se había evaporado en sus sucesores de la llamada escuela de Madrid, y Velázquez permanecía siendo único en su espléndida obra.

Para comprender estos baches que frecuentemente observamos en la pintura española, conviene tener en cuenta lo que dice Ortega: «No tiene sentido construir la historia del arte español, como lo tiene en la historia del arte italiano, describiendo su tranquila evolución. La pintura española no ha tenido propiamente una evolución porque en su normalidad no ha vivido de sí misma, sino de empollones forasteros. El argumento metódico y dramático de nuestra historia pictórica parece, pues, que debe ser más bien éste: ¿Cómo de un pueblo mal dotado para la pintura —mal dotados los artistas y mal dotado el público— han podido surgir unos cuantos pintores prodigiosos? Desde su primera página, una historia de la pintura española debe ir informada por este pensamiento. Lo menos importante que con ese reconocimiento de nuestro infortunio artístico obtenemos es quedar ajustados a la verdad de los hechos. Lo más importante consiste en estas cuatro cosas. Primera: sólo de este modo somos justos con las pocas figuras excepcionales que por su parte y con su peso justifican una historia del arte español. Segunda: aparte injusticia y justicia, sólo así se logra entender estas inverosímiles apariciones que son nuestros grandes pintores. Tercera: sólo así se pueden definir sus virtudes y calidades. Cuarta: sólo así se ven con claridad sus defectos y limitaciones.»


El barroco en españa, un movimiento original

No obstante lo que dice Ortega, y que debe ser tenido en cuenta al hablar de decadencias y crisis, existe en la pintura española un momento espléndido en el que los artistas se interrelacionan y forman lo que se ha llamado la escuela española. Este momento coincide con la formidable explosión del barroco, que adquiere singular importancia en nuestro país. De una manera o de otra, todo el arte posterior español ha estado influido por esta corriente dinámica generada por el movimiento religiosopolítico de la Reforma y Contrarreforma. El arqueólogo francés Male sostiene que «es en España, principalmente, donde el arte aparece como una función religiosa», y Bréhier, tras afirmar que «es en la España de Felipe II y Felipe III donde hay que ir a buscar la renovación del arte cristiano», añade: «Es este ambiente —que en lo religioso y social creara Iñigo de Loyola y su Compañía de Jesús— el que explica el carácter de la pintura española de esa época; de la antigua tradición conserva el realismo, implacable a veces, que brota del genio mismo de la raza; pero, además, encuentra, para expresar el fervor religioso, el amor divino, el éxtasis, acentos de una fuerza verdaderamente nuevas.»

El barroco nació en Italia, pero en España alcanzó expresiones peculiares y vigorosas que le distinguen del italiano. Algunos historiadores y críticos afirman que la pintura española encontró su expresión en el barroco, manifestándose, tanto en la pintura religiosa como en la realista, con un ímpetu que no volvería a identificarse con ninguno de los estilos que ha recibido de fuera.

Los tratadistas del arte distinguen en el barroco español cuatro centros de producción importantes: Toledo con el Greco a la cabeza; Valencia con Ribalta y Ribera; Sevilla con Zurbarán, Velázquez y Murillo; Madrid con Velázquez y sus sucesores hasta llegar a Goya. Pero, como dice Juan de la Encina, «debe tenerse en cuenta que esos pintores van de un lugar a otro. Ribera pasa de Valencia a Nápoles, donde produce unauna parte considerable de su obra y allí muere; transcurre la primera juventud de Velázquez en Sevilla, donde nace, el resto de su vida, fuera de sus dos viajes a Italia y los que hizo por sus funciones de aposentador real, en Madrid y ahí murió; Zurbarán residió también en Madrid y parece que allí acabó su vida. ¿Hubo, efectivamente, una escuela pictórica española del barroco? Si se atiende a los caracteres generales de este estilo, es innegable que los pintores de la época forman una especie de unidad general o escuela. Mas si, por otro lado, nos atenemos al carácter peculiar de la obra de cada uno de ellos, a sus caracteres individuales, parece como si el concepto de escuela se desvaneciera. Son personalidades muy señeras, firmemente contorneadas; poco se influyeron las unas en las otras».

Doménico theotocópuli «el greco»

' (1540-1614), sin duda el más grande de los pintores extranjeros que vivió en España y se identificó con su espiritualidad religiosa, nació en Candía (Creta) y murió en Toledo. Se formó entre los pintores de iconos bizantinos y luego se trasladó a Venecia. Parece que trabajó en el taller de Tiziano, pero no está demostrado. Se supone que llegó a España en 1576 atraído por la decoración de El Escorial.

Francisco ribalta

' (1551 ó 1555-1628), unos dicen que nació en Solsona (Lérida) y otros en Castellón de la Plana. Fue discípulo de Juan de Juanes y estudió en Italia la pintura de Rafael, pero luego se sintió más atraído por Sebastián del Piombo y Correggio. Se supone que regresó a Valencia después de 1590. Algunos críticos dicen que introdujo en España el «tenebrismo naturalista», al estilo de Caravaggio, y otros que lo descubrió simultáneamente con el pintor italiano.

José de ribera «el españoleto»

' (1591-1652), nació en Játiva (Valencia) y murió en Nápoles. Está considerado el más grande de los pintores valencianos y uno de los más grandes de los españoles. La primera educación pictórica la recibió en la escuela de Ribalta. Muy joven se trasladó a Nápoles y fue protegido del del duque de Osuna, virrey del dominio español que tuvo por secretario a Quevedo. En Ribera se manifiesta una de las vetas más crudas y tremendistas de la pintura española. Mayer dice que el extremismo de Ribera deja chico al de Caravaggio, y Juan de la Encina añade que es un pintor de «sombras espesas, de fulgurantes luces, de horrores, de crueldades, de tipos de la más baja extracción». Fue un grabador excelente y dejó una gran obra, hoy esparcida por todos los museos de Europa y América.

La escuela valenciana, asentada por Ribalta, dio excelentes pintores, como Jerónimo Jacinto Espinoza (1600-1680), que cultivó el género religioso; Pablo Pontons, Esteban March y su hijo Miguel (1633-1650), seguidor de la escuela napolitana de Ribera; y Pedro Orrente, que trabajó en Valencia, Murcia, Córdoba, Sevilla y Toledo, donde murió en 1644. Por sus temas y el tratamiento de los mismos, se le llamó el Bassano español.

Francisco de de zurbarán

' (1598-1664), nació en Fuente de Cantos (Badajoz) y se supone que murió en Madrid. A los dieciséis años se trasladó a Sevilla, que era el foco más brillante y prolífico del barroco. Estudió con Pedro Díaz de Villanueva y parece que entabló amistad con Velázquez, con quien después se volvería a encontrar en Madrid. Por encargo de Felipe IV pintó Los trabajos de Hércules para el salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro, y luego fue nombrado pintor del rey. La mayoría de los críticos e historiadores coinciden en que Zurbarán no fue pintor de Corte ni pintor oficial, sino pintor de frailes iluminados o heroicos. El convento y la vida monástica son su verdadero centro de gravedad. Aunque contemporáneo y amigo de Velázquez, casi es su antípoda por el tratamiento y el fervor que pone en los temas religiosos.

Diego velázquez de silva

' (1599-1660), nació en Sevilla y murió en Madrid, y es para la mayoría de los críticos e historiadores la figura cimera de la pintura española, incluidos Goya y Picasso.

Mientras Velázquez se imponía en la escuela de Madrid, en la sevillana brillaba Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), nacido y muerto en Sevilla. Mucho se ha discutido al pintor que en su tiempo fue llamado el Rafael español. Aunque en la estimación crítica se le sitúa por debajo de Ribera, Zurbarán y Velázquez, no cabe duda que fue un gran pintor. Si de su paleta salieron composiciones blandas, de un idealismo dulzón, en sus mejores cuadros fluye la sensualidad y el realismo. Fue hombre muy religioso y tuvo dos hijos sacerdotes. En su tiempo fue el pintor más conocido y popular, y sus obras las más reproducidas en España y Europa. Hoy mismo, ¿quién no conoce multitud de reproducciones de sus Inmaculadas?

Prolongaciones de la escuela sevillana son los focos que surgen en Córdoba y Granada. Entre los granadinos figura Pedro de Moya (1610-1666), admirador de Van Dyck y que se fue a Londres a conocer al gran pintor y allí murió. Entre los cordobeses destacaban Juan Luis Zambrano, que murió en Sevilla a los cuarenta años de edad, y Antonio del Castillo (1616-1668), que está considerado como el pintor más importante de la escuela cordobesa.

El más singular de los pintores del barroco granadino fue sin duda Alonso Cano (1601-1667), que nació y murió en Granada. Además de pintor, fue arquitecto y escultor. Era violento, altanero y lunático, cualidades que no se perciben en su obra apacible y serena. Tuvo frecuentes tropiezos con la justicia y sus enemigos le acusaron de haber matado a su esposa. Aunque poseía grandes cualidades artísticas, no las desarrolló plenamente y, según sus adversarios, acostumbraba a «tomar su bien allí donde lo hallara»: Correggio, Veronés, Ribera y otros. En su obra se ve claro que predomina el escultor. Y como arquitecto y escultor está considerado como precursor del churriguerismo.

Si pasamos por alto a Velázquez, el coloso de la pintura del siglo XVII y el menos barroco de los pintores españoles, al desaparecer su genio en la escuela madrileña, lo que viene después es mediocridad, oficio y decadencia.

Contemporáneos de Velázquez fueron el benedictino Juan Ricc (1595-1675), nacido en Madrid y muerto en Italia, y su hermano Francisco Ricc (1608-1685), hijos de italiano. El mejor de los dos y el más influido por la obra de Velázquez fue Juan.

Entre los ayudantes y discípulos del taller de Velázquez destacan su esclavo Pareja, a quien don Diego hizo uno de los mejores retratos, recientemente subastado en Londres por una cifra de millones astronómica, y su yerno Juan Bautista Martínez del Mazo (1612?-1667), quien más que crear copió a su suegro o lo imitó en composiciones propias. Su especialidad eran los paisajes decorativos. El esclavo Pareja, que también fue un imitador de su maestro, siguió trabajando en el taller de Mazo.

De los sucesores de Velázquez en la pintura cortesana y continuadores de la escuela de Madrid, los dos más notables son Juan Carreño de Miranda (1614-1685), nacido en Avilés de familia noble, y Claudio Coello (1642-1693), de ascendencia portuguesa. El primero es un excelente retratista que conserva algunas huellas velazquinas. Pero ambos se sintieron más influidos por Rubens y Van Dyck. Aunque tanto Carreño como Coello pintaron numerosos cuadros de temas religiosos, los dos están considerados por la crítica especializada como retratistas extraordinarios. Los dos fueron pintores de Cámara de Carlos II el Hechizado y reflejaron con pulcritud y verismo en retratos y composiciones lo que fue aquel rey entontecido por las milagrerías y las supersticiones.

Así como la dinastía de los Austrias españoles se agotaba en el decadente Carlos II, la gran pintura del barroco español se eclipsó con Carreño y Claudio Coello. Hasta la irrupción de Goya se produce un enorme vacío.

Entre los pintores menores de la escuela de Madrid figura Antonio Puga, un imitador de Velázquez; entre los pintores de bodegones y flores destaca Antonio Arellano (1614-1676); Antonio Coliantes (1599-1656) es un buen paisajista y realiza algunas composiciones de temas religiosos. Otros pintores posteriores a éstos siguen apegados al barroco, pero con escasa significación. Cabría citar entre ellos a juan Martínez Cabezalero, Mateo Cerezo, un burgalés discípulo de Carreño, José Antolínez, Juan Frías, etc. En la decoración fue famoso el andaluz Antonio Palomino (1653-1725), que decoró al fresco algunas iglesias de Salamanca, Valencia y Granada.

Durante el reinado del último Austria fue traído a España el pintor italiano Luca Giordano, quien decoró la cúpula de la iglesia del monasterio de El Escorial, el techo de la escalera principal del convento, el de la sacristía mayor de la catedral de Toledo, el de la llamada Casona, Museo de Reproducciones de Madrid, y grandes composiciones al óleo. Giordano vivió en España diez años.

Al morir Carlos II el Hechizado sin herederos se produjo la guerra de Sucesión (1701-1713), con la intervención de las potencias europeas que se disputaban el derecho al trono español, y, en la larga y cruenta guerra, la decadente cultura barroca sufrió una profunda crisis. La pintura, las letras y la política tendrían que ajustarse en lo sucesivo al gusto francés de los Borbones.


Después del barroco

Como ya hemos visto a través de la biografía de Goya, al llegar éste a Madrid no quedaba ni rastro de la gran escuela española. Mengs y Tiépolo, el primero con su esteticismo frío, y el segundo con su gran aliento decorador, eran los verdaderos inspiradores de la pintura oficial. En este ambiente extranjerizado el genial aragonés no sólo descubrió las raíces de la pintura española, sino que la renovó y generó nuevas corrientes en la pintura europea. Pero su obra singularísima no encontró continuadores, como ya veremos en otros capítulos. La pintura cortesana siguió los rumbos neoclásicos que triunfaban en Europa. Por otra parte, el romanticismo encarnó en la pintura histórica una pintura enfática y retórica de grandes lienzos. Es la hora de los Madrazo, los Fortuny, los Sorolla, los Casado del Alisal… Los artistas españoles deambulan y picotean en las diversas escuelas de la vanguardia europea sin fuerza y sin raigambre. El momento pictórico español de las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX no puede ser más paupérrimo. Por una parte, la pintura se dispersa en centros regionales, y Barcelona, Bilbao y Valencia alimentan sus propias escuelas, y por otra, desde Madrid se impone el cauce selectivo de las exposiciones nacionales. Madrid ha dejado de ser la meta de los grandes pintores. Los que no permanecen en sus núcleos regionales, se marchan a París, que es el centro y hervidero de la pintura moderna. Zuloaga, Picasso, Juan Gris, Miró y tantos otros van a París no sólo a aprender, sino también a enseñar y a formar escuela. La Escuela de París, formada por pintores españoles a la cabeza de los cuales figura Pablo Picasso, es sólo un dato a tener en cuenta. Por lo demás, hasta Picasso no se puede volver a hablar del genio de la pintura española. Pero aun siendo Picasso el artista más revolucionario y polifacético de la pintura moderna, cabría preguntarse si es por lo que tiene de español o por lo que tiene de cosmopolita.