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Apéndice 1. La Ciencia-Ficción, Un Género Literario en Manos de Científicos

De Mienciclo E-books

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Grabado de la edición original de De la Tierra a la Luna.
Grabado de la edición original de De la Tierra a la Luna.
LA crisis económica capitalista que se produjo en los Estados Unidos, en el año 1929, dio lugar al resquebrajamiento de los valores tradicionales de la sociedad burguesa. Esta crisis originó respuestas no sólo en el terreno económico, sino también en todas las manifestaciones de la cultura: el arte tiende entonces hacia un racionalismo que aparta de sí la emoción, como un intento de equilibrar una sociedad que se tambalea.

En este marco socio—económico surge la cienciaficción como un «deseo de rebasar la realidad presente en dirección al futuro». Para la ciencia-ficción, tal como se concibe actualmente, no sólo no existen estructuras sociales inmutables, ni poderes sociales eternos (se plantea incluso la desaparición total del poder), sino que, para ella, también el hombre ha de estar en constante evolución.

El término ciencia—ficción propiamente dicho había aparecido en el año 1926, cuando Hugo Gernsback crea la primera revista de este género y escribe una novela precursora: Ralph 124C 41: novela del año 2660, en la que el protagonista hace desaparecer un peligro que se cierne sobre la heroína a 5.000 kilómetros de distancia, y después de muerta, la resucita por medio de un extraño mecanismo de congelación y transfusión de sangre.

El estudioso Sam Moscowitz define así este género literario: «La ciencia-ficción es una rama de la fantasía identificable por el hecho de que facilita la deliberada suspensión de la incredulidad por parte de los lectores a través de una insistencia en crear una atmósfera de credibilidad científica hacia unas especulaciones imaginarias sobre la ciencia, el espacio, el tiempo, la sociología y la filosofía.»

Desde esta perspectiva de la ciencia-ficción como «especulación imaginaria» sobre la ciencia, la filosofía, etc., numerosos críticos la han valorado como sociológica. En realidad, la preocupación fundamental de la ciencia-ficción contemporánea, una vez superada la posibilidad de asombro ante los adelantos de la ciencia, se centra en el destino que aguarda a la humanidad si las grandes conquistas científico-técnicas y las estructuras sociales siguen, en el primer caso, siendo empleadas como hasta ahora, y, en el segundo, si estos esquemas sociales continúan propiciando la desigualdad entre los seres humanos. Esta incertidumbre hace que los relatos de este género encierren una fuerte dosis de mensaje, predicción o vaticinio, optimista o pesimista, sobre el futuro del mundo, con la característica específica de la generalización de los problemas; es decir, que si el héroe de la novela fracasa, arrastra tras de sí a toda la humanidad, y a la inversa, si se salva, todo el género humano saldrá victorioso. El porvenir aparece en la ciencia-ficción como una representación venidera en la que se puede agudizar o no la problemática del presente, que es en la mayoría de los casos, es criticado con dureza. «Por primera vez en un género novelesco, la visión del mundo del autor (o de un grupo que se expresa a través del autor) es capaz de enfrentarse rupturalmente con el propio universo (sociedad), prejuzgándolo a partir de los resultados, aún visibles, de unas contradicciones de.nuestra sociedad.»

Respecto a los antecedentes de la ciencia-ficción se ha hablado mucho. Después de numerosos estudios, se ha llegado a encontrar tres influencias fundamentales: la novela de terror romántica y la literatura fantástica —realmente Frankestein, creador de un hombre nuevo, con absoluta fe en la ciencia, parece sacado de una novela de ciencia-ficción y puede ser quizás el precursor del robot y del cyborg—, y, principalmente, la novela de anticipación científica del siglo XIX. La novela científica, madre, sin duda alguna, de la ciencia-ficción moderna, toma como núcleo cualquier especialidad de la ciencia y es una de las más altas expresiones del desarrollo que observaron las ciencias y la técnica después de la estabilización de la clase triunfadora de la revolución francesa: la burguesía. La técnica, en este caso, aparece como el descubrimiento salvador del hombre, como un medio para la obtención de su utopía optimista. De este modo, las máquinas se convierten en las auténticas protagonistas, como se puede constatar en la producción literaria de sus dos máximos exponentes: Julio Verne y Herbert Wells. Este interés por la ciencia y por la técnica, y la posibilidad de novelar y especular con el futuro constituyen las dos principales aportaciones de la novela de anticipación científica a la ciencia-ficción.

Pero tendría que llegar el crac económico del 29 para que la ciencia-ficción fuese configurándose como un género aparte, independiente de la literatura fantástica y científica, y adquiriendo una amplia difusión. Más tarde, en los años cuarenta, se forjan sus grandes autores al amparo del gran auge científico que trajo consigo la II Guerra Mundial.

Con respecto a los temas, el elemento humano va desplazando a las máquinas, aunque el héroe no se enfrenta nunca individualmente al mundo y pasa a ser un elemento más del universo, y la fundamentación en el experimento real de la primera época cede el paso a invenciones ficticias y realmente fantásticas, pero nunca desprovistas de una remota credibilidad científica.

La estrecha relación de la ciencia-ficción con la ciencia la indica su propio nombre. Los temas de sus novelas evolucionan a la par. Esto se observa claramente en el caso del desarrollo de la física: una parte de ella rechaza la teoría newtoniana del tiempo absoluto, y a partir de aquí comienza a surgir la idea del movimiento en el tiempo y la probabilidad de trasladarse a través de él. A finales del siglo XIX, un científico presenta pruebas de que hay regiones en el universo en las que el tiempo se mueve en dirección contraria a la nuestra, y, a mediados del presente siglo, en este mismo sentido, un físico americano articula la «Teoría del Positrón», en la que se establece que el positrón es un electrón que se desplaza del ayer al hoy siguiendo una dirección en el tiempo opuesta a la que nosotros gozamos. Existen además numerosas teorías científicas sobre la posibilidad de viajar en el tiempo. Aprovechándose de esto, multitud de autores de ciencia-ficción tuvieron un pretexto para establecer unas bases casi científicas, en lo que se refiere a los viajes al pasado y al futuro de sus personajes, así como la posibilidad de éstos de detener el tiempo o adelantarlo. Uno de los grandes protagonistas de las novelas de ciencia-ficción es «la máquina del tiempo», cuyo creador, Herbert Wells, la concibió como «un extraño vehículo con asientos de bicicleta y varias palancas y esferas hechas de níquel, marfil y cristal de roca». Esta máquina ha ido perfeccionándose hasta alcanzar niveles técnicos fantásticos, como el obtenido en un cuento de un escritor ruso, en el cual un ingeniero idea uno de estos complicados artefactos en cuyo interior se meten por error sus hijos, siendo transportados a tiempos remotos. El ingeniero, en su desesperación, fabrica un imán potentísimo para atraer la máquina, hasta que lo consigue y ve aparecer a uno de sus hijos, adulto y vestido de guerrero romano.

Una vez apuntado este pequeño ejemplo de la íntima relación entre la ciencia-ficción y la ciencia, no resultará extraño encontrar entre los científicos los mejores autores de este género. Siendo la revolución científico-técnica el principal agente provocador del florecimiento y la difusión de la ciencia-ficción, es lógico que en ella hayan encontrado numerosos investigadores un cauce de expresión que el desarrollo científico de sus especialidades no les permite, a la vez que un medio más fácil para comunicar al resto de la humanidad una visión del mundo del futuro que ellos pueden intuir gracias a sus conocimientos. Pero, ¿no será también su necesidad inconsciente de desenmascarar el uso que los políticos hacen de sus descubrimientos? ¿No será un deseo urgente de prevenir al resto de los hombres de lo que puede ocurrir en el futuro si la ciencia sigue siendo empleada como hasta ahora? Norbert Weiner, fundador de la cibernética y autor de ciencia-ficción, proclama en 1946: «Os hemos dado un depósito infinito de poder y habéis hecho Hiroshima». En este mismo año aparece también el folleto El tiempo de los asesinos (en el que intervienen, entre otros, Aldous Huxley y Albert Camus), escrito contra sabios, militares y políticos, y que pedía un «proceso de Nuremberg para todos los técnicos de la destrucción».

La ciencia-ficción se opone a este uso de la ciencia, y así, el comunicado final del Primer Simposio Internacional sobre ciencia-ficción celebrado en Japón, en 1970, dice: «Estamos convencidos de que la literatura fantástica contribuirá a desarrollar cada vez una mayor comprensión mutua en nombre de la paz de todo el mundo, en interés del futuro, en interés del hombre, y la fuente de esta fe es para nosotros el humanismo».

Entre los científicos que comparten sus actividades de investigación con la literatura encontramos, además del ya citado Norbert Weiner, a Herbert Wells, que tanto contribuyó al nacimiento de la ciencia-ficción. A John Taine, excelente matemático cuyo verdadero nombre era Eric Temple Bell, autor de 16 novelas de ciencia-ficción, entre las que figuran La estrella de hierro, Gérmenes de vida, Le flot du temps, etc. Al ginecólogo J. B. S. Haldane, coautor, con Aldous Huxley, de la novela Mundos posibles, editada en 1927. A Ivan Efremov, paleontólogo, que alcanzó una notable perfección en su relato La nebulosa de Andrómeda, considerada como una obra maestra de la ciencia-ficción. Efremov es uno de los escritores soviéticos que más difusión han tenido en occidente y uno de los continuadores más fieles de la novela científica. Al físico atómico Leo Szilard, que escribió La voz de los delfines, narración cargada de ironía crítica. Al inglés Arthur C. Clarke, astrónomo y conocidísimo escritor 3ue desempeña en la actualidad el cargo de presiente de la Asociación Interplanetaria de Gran Bretaña. Entre sus obras destaca, en primer lugar, 2001, una odisea del espacio, y numerosas narraciones del espacio, como Las rojas arenas de Marte, Preludio al espacio, Islas en el ciélo, etc., que son consideradas como «novelas proféticas» en cuanto a la descripción de estaciones satélite en órbita alrededor de la Tierra, escritas antes del lanzamiento del primer cohete espacial. Como científicos-escritores aparecen también el antropólogo Chad Oliver, el físico Paul Anderson, el médico Kurt Steiner, y, sobre todo, el bioquímico Isaac Asimov, uno de los autores más universalmente conocidos,creador de novelas de aventuras galácticas basadas en argumentaciones casi científicas. Gracias a sus conocimientos en este terreno, Asimov hace verosímiles una serie de hechos que presiente se descubrirán en el futuro. En su novela Las estrellas gustan del polvo escribe lo siguiente: «Habla el capitán. Estamos preparados para nuestro primer salto. Saldremos temporalmente de la estructura espaciotiempo para entrar en el reino poco conocido del hiperespacio, donde el tiempo y la distancia no tienen significado.» Asimov habla del hiperespacio mucho antes de que los cosmólogos se pusieran a investigarlo e incluso antes de que hubiese algunos convencidos de su existencia.

Finalmente, la novela de ciencia-ficción se nos presenta como la auténtica literatura del siglo XXI, como la literatura de nuestro tiempo que es necesario conocer cuanto antes. El hombre necesita saber ya el porvenir de su sociedad y los autores de ciencia-ficción son los «profetas» que, seguramente, nos desvelarán el enigma.