Apéndice 1. La ética protestante y el espíritu del protestantismo
De Mienciclo E-books
¿QUÉ relación existe entre ética religiosa y situación de intereses? El materialismo histórico postula que la primera es una mera «función» de la segunda. Se ha señalado que la evolución sociocultural de los pueblos se genera por una serie de revoluciones tecnológicas correspondientes a innovaciones prodigiosas en el aparato productivo —las tres más grandes revoluciones tecnológicas serían, hasta nuestros días, la mercantil, la industrial y la termonuclear—. Estas innovaciones, al activar las sociedades donde maduran por primera vez, provocan su expansión bajo la forma de un proceso civilizador, en cuyo curso no sólo esas sociedades sino también todas las que caen bajo su influencia, transitan de una a otra etapa evolutiva. Cada etapa corresponde a una formación económico-social, es decir, a una combinación específica de modos de producción con ciertas formas de ordenación de la vida social y contenidos ideológicos correspondientes.
Si, por el contrario, la naturaleza específica de una religión no constituye una simple «función» del estrato social que aparece como su depositario, ni representa su «ideología», ni es un mero «reflejo» de la situación de intereses materiales o ideales, habrá de concluir que, «por incisivo que haya sido el efecto de las influencias sociales, económicas y políticamente determinadas, sobre una ética religiosa, ésta recibe primordialmente su impronta de fuentes religiosas y, ante todo, del contenido de su enunciación y su promesa». Es decir, que el tipo de religión ejerce una influencia bastante penetrante sobre la conducta de estratos muy heterogéneos.
Cuando los puritanos abandonaron Inglaterra y llegaron a América, se convirtieron en puritanos «yanquis»; cuando los irlandeses-escoceses (Scotch-Irish) y los alemanes del Palatinado se aposentaron en el otro lado del Atlántico, se conviertieron en perfectos frontiersmen. Y asimismo «cuando John Locke salió de la máquina transformadora norteamericana, su nombre fue Andrew Carnegie y John D. Rockefeller».
El arquetipo del hombre que, partiendo con las manos vacías llega a hacer una fortuna descomunal, así como el american way of life, ha sido pintado y descrito hasta la saciedad por la literatura, el periodismo, el cine. Tomemos, por ejemplo, los dos nombres de la ingeniosa frase transcripta. Andrew Carnegie (1835-1919), nacido en Escocia, tenía apenas doce años cuando su padre desembarcó en Nueva York y marchó a Pittsburg. Dos años más tarde ganaba su primer dinero —un dólar veinte centavos a la semana— en una fábrica de algodón. Poco después ingresó al servicio de la Pennsylvania Railroad donde la viveza de su inteligencia y su honradez le valieron para rápidos ascensos en su empleo. Antes de cumplir treinta años ya ganaba 50.000 dólares anuales. La empresa ferroviaria le hizo vincularse con el hierro y el acero, y muy pronto organizó y compró algunas sociedades de fabricación de rieles y locomotoras, se instaló en Nueva York, aplicó el procedimiento Bessmer a su planta de acero de Pensilvania, compró yacimientos de minerales de hierro y carbón y no tardó en disponer de una flota propia de transporte en los grandes lagos, un puerto en Erie y algunas líneas ferroviarias, creando así el primer gran trust «vertical». Gracias a su capacidad empresarial, la producción siderúrgica en los Estados Unidos superó, en 1890, a la de Inglaterra y Alemania juntas. A fines de siglo, las acerías de Carnegie producían al año un total, entonces enorme, de tres millones de toneladas de acero, con un beneficio neto de cuarenta millones de dólares.
Hacia 1859 el descubrimiento de capas petrolíferas en Pensilvania occidental provocó un verdadero escándalo; proliferaron decenas de pequeñas compañías, creadas de la noche a la mañana sobre la base de la propiedad del suelo, con escasa fortuna las más. En ese momento aparece un joven negociante de Cleveland, John D. Rockefeller (1839-1937), que se había dado cuenta de la enorme demanda que con los nuevos inventos iba a tener aquel producto y compró una tras otra las pequeñas refinerías locales, agrupándolas en una sola empresa. Gracias a unas importantes rebajas obtenidas de las redes ferroviarias del New York y del Erie, Rockefeller obtuvo el monopolio petrolero de Cleveland. Poco a poco se hizo también amo de las refinerías de Pittsburg, Filadelfia y Nueva York. Organizó un ejemplar circuito de ventas y absorbió también las compañías especializadas en el transporte por «pipeline». De modo que llegó a controlar en el país el monopolio de la refinería y el transporte petrolero. En 1882 la Standard Oil, creada por él en Ohio, emergía del caos anterior como uno de los grandes trust. Disuelta a raíz de una sentencia del Tribunal Supremo de ese Estado, dictada en virtud de la primera legislación antimonopolio, buscó un régimen jurídico más propicio y la reconstruyó en Nueva Jersey, desde donde continuó su ascensión.
Al margen de la enorme riqueza natural del país, ¿qué fue lo que posibilitó este descomunal desarrollo capitalista? ¿Cuáles fueron los fundamentos espirituales en que se asentó tal grandeza en sus orígenes?
El centenar de peregrinos que llegó a la costa de Virginia en el May Flower, un barquito de 180 toneladas, huía de la persecución religiosa europea, «del odiado papismo» algunos, y también del anglicanismo, al cual deseaban «purificar». Creían en el self governement, en los derechos absolutos del individuo y en el pacto social, que sólo tendría vigencia para el caso de «buen gobierno». Era un individualismo casi sin atenuantes. Todos eran criaturas de Dios, naturalmente, pero como no todos serían iguales, al llevar el principio de los derechos individuales a un grado absoluto —sin admitir trabas ni mayores limitaciones— el resultado pronto estuvo a la vista. El trabajo, el espíritu de ahorro, la limpieza en los negocios, la conducta «social» del individuo como miembro de su congregación, fueron los valores sustanciales, cuya aplicación llevó a los resultados conocidos: el triunfo de los más aptos, dentro de aquel contexto, y la acumulación de la riqueza en manos de aquellos más «aptos», sin admitir fiscalizaciones. Su exageración, o su caricatura, llevó a sacralizar al rico (como sinónimo de «triunfador») porque se veía en el éxito la gracia de Dios.
La ética típicamente burguesa fue compartida desde un principio por todas las sectas protestantes norteamericanas, cuyo «credo», en materia de negocios, se resumía en las siguientes normas con valor de apotegmas: 1. No «regatear» en las compraventas. 2. No comerciar con mercancías antes de haber pagado los gravámenes sobre éstas. 3. No cobrar intereses más elevados de lo que permite la ley del país. 4. No acumular fortuna inmobiliaria (refiriéndose a la transformación del capital de inversión en «riqueza consolidada»). 5. No pedir prestado sin estar seguro de la propia capacidad para saldar la deuda. 6. Desechar todo tipo de lujos.
La idea del premio divino al hombre que complace a los dioses por el ejercicio de una conducta determinada, ha sido una constante en el mundo entero. Sin embargo, las sectas protestantes identificaron esta idea con el tipo de conducta religiosa del capitalismo primitivo: el trabajo y la «honradez» constituyen la mejor conducta social y política.
Las sectas protestantes, en su organización, se asemejaron mucho a las órdenes monásticas. Para pertenecer a ellas —afiliarse— era necesario un período previo de prueba (noviciado); una vez superado ese requisito, el aceptado tenía ya un verdadero certificado de calificación moral y sobre todo de moral comercial ya que su crédito quedaba socialmente garantizado. La enorme importancia que tenía el hecho de ser admitido o de pertenecer a una secta religiosa se desprende incluso de los documentos de congregaciones cuáqueras y baptistas durante el siglo XVIII, en los cuales se destaca «el regocijo reiterado por el hecho de que los pecadores “hijos del mundo” desonfían uno de otro en los negocios, pero tienen confianza en la corrección religiosamente determinada del piadoso». En consecuencia, sólo conceden crédito y confían su dinero en los depósitos de los piadosos, y compran en los comercios de éstos, porque allí, y sólo allí, encuentran precios honrados y fijos. Como es sabido, los baptistas siempre han pretendido haber sido los primeros en elevar esta política de precios a categoría de principio; aunque los cuáqueros también reivindican este honor para sí.
Por el contrario, la expulsión de una secta por ofensas morales significó, económicamente, la pérdida de crédito y, socialmente, quedar desclasado. En Estados Unidos, al menos en su etapa de formación y comienzo del auge, clase y status social no tenían significado semejante. El dinero, y sólo el dinero, podía y puede comprar poder, pero no honor social, aunque, desde luego, constituya un medio para la adquisición de «prestigio social». La antigua tradición norteamericana respetaba más al hombre que había triunfado por su propio esfuerzo que a su heredero.
El orgullo social y el amor propio, el desprecio por el ocio y hasta la predestinación actuaban para convertir el camino hacia la riqueza en el camino de Dios. Es conocido aquel principio —entre otros— de B. Franklin respecto de la sacralidad del trabajo («Mientras más tu vecino escuche repiquetear tu martillo, mayor será tu crédito»), y muchas de las sectas actuaban contra los miembros «que viven sin una vocación o se muestran ociosos en su vocación». Todo ello implicaba, más que un cuerpo de doctrina, un sistema de principios para ser agradables a Dios, ya que —como se ha observado— lo importante no es la doctrina de una religión, sino la forma de conducta ética premiada. Y dicha conducta constituye el «ethos» específico de «cada uno» en el sentido sociológico de la palabra. En el caso del protestantismo y, concretamente, del puritanismo, esta conducta fue cierto modo de vida metódico, racional, el cual —bajo determinadas circunstancias— preparó el terreno para el «espíritu» del capitalismo moderno.