Apéndice 1. Enfrentamiento de las dos Españas
De Mienciclo E-books
EL concepto de las dos Españas, tan manoseado por nuestra historiografía moderna, alcanza su sentido más profundo en la incapacidad demostrada por los españoles para convivir en un sistema político abierto a la evolución. Nuestra tendencia a polarizar los conflictos dificulta la solución racional de los mismos e impide fórmulas de equilibrio. El hecho de que todo el siglo XIX y parte del XX sea una guerra civil declarada o encubierta, con su secuela de odios y represiones, es un ejemplo abrumador de esta pugna entre conservadores e innovadores, absolutistas y liberales, autoritarios y demócratas. Unos y otros rara vez conviven y las más de las veces dirimen sus conflictos a la greña, lo cual hace de España un país permanentemente inestable, fluctuando entre la dictadura y las tentativas revolucionarias.
En la divisoria que traza Américo Castro de las dos Españas, remontándose hasta los albores de nuestra historia, con los innovadores partidarios del pluralismo político y cultural están los cluniacienses del siglo XI, los cistercienses del XII, los judíos y los moros medievales, los renacentistas del siglo XV, los erasmistas del XVI, los afrancesados del XVIII, los krausistas del XIX y los europeizantes del XX con Ortega y Gasset a la cabeza.
La España cerrada y ajustada coactivamente tras la Reconquista y la expulsión de judíos y moros se estaba resquebrajando al empuje de los ideales surgidos de la Revolución francesa. En el siglo XIX hace crisis la «unidad espiritual» impuesta por los Reyes Católicos y el centralismo de inspiración borbónica. Como muy bien dice Sánchez Albornoz, si no tuvimos guerras religiosas en el siglo XVI, las hemos tenido en el siglo XX. Henry Kamen, sin embargo, llega más lejos al decir: «La pax hispánica de los Austrias fue una paz falsa, fue la imposición del orden sin preocuparse del mantenimiento de la justicia interna. Se proclamó una ideología, y se ignoraron los intereses de clases y provincias particulares. Si hubo una reconciliación de partidos, de conversos y cristianos viejos, de realistas y comuneros, de castellanos y catalanes, fue sólo aparente y no real». Para Menéndez Pidal, incluso la reconciliación fue aparente. Creía que jamás hubo una reconciliación, y que siempre persistió una pugna, a menudo callada, jamás suprimida, entre las dos Españas. La acción recíproca entre la España europea y africana, la España aislacionista y la internacionalista, la España liberal y la reaccionaria, provocó las tensiones que explican la disensión en la historia de España. Las dos Españas «siguieron el destino fatídico de los hijos de Edipo, que no consintieron reinar juntos y se hirieron mortalmente el uno al otro». Todo el siglo XIX es un duelo, a diferentes niveles, de esta pugna que desgarra las entrañas del país en actitudes inconciliables.
Para García Escudero las dos corrientes que fluyen en la polémica dialéctica «han alumbrado valores concretos, que han sido en la derecha el sentido religioso, el nacional y el de la autoridad, y, en la izquierda, la apertura intelectual, la libertad política y la justicia social y más todavía la intuición de la marcha de la historia, del signo de los tiempos. La España tradicional se ha vinculado a la conservación y a la continuidad; la otra a la innovación y a la aventura. La primera ha sabido gobernar y por esto sus etapas de dominio han sido grises, pero duraderas; la segunda ha sabido soñar y por esto sus períodos de mando han sido tan brillantes como fugaces; a menudo, catastróficos. Pero de todo necesitábamos. ¿Y acaso no era la intuición de eso lo que latía sordamente en lo más extremado del enfrentamiento de las dos Españas? Cuanto más furiosamente luchaban, ¿no era quizá cuando más profundamente querían convertir el abrazo mortal en abrazo fraternal, aunque no acertasen a hacer subir el deseo del corazón a los labios? Más todavía: ¿no era ese mismo conflicto el de tantos españoles, internamente desgarrados, simultáneamente atraídos por las dos Españas en pugna, cruentamente enfrentados consigo mismos?»
Todos los historiadores y pensadores coinciden en que este fenómeno de crispación que va a poner en peligro de desintegración a la vieja España, más encorsetada que unida, se deriva de la Revolución francesa y de los nuevos aires que soplan sobre Europa. Jesús Pabón dice al respecto: «Nuestro drama contemporáneo arranca de la Revolución francesa: todos los problemas de dos siglos se originan en la doble invasión de las armas y las ideas ajenas y vecinas.» Los Pirineos ya no son inexpugnables, y los Derechos del Hombre, proclamados por la Convención francesa, echan por tierra la moral y el doctrinarismo del despotismo ilustrado español.
Por otra parte, afirma Comellas: «En suma, la conciencia interna de España, fundida en prodigiosa unidad durante los dos primeros siglos de nuestra Edad Moderna, se había disociado a fines del XVII y sobre todo en el XVIII. El hecho histórico de la Revolución francesa obligó a los españoles a definirse, a tomar partido, y aquella disociación pasó a ser un fenómeno de actitudes’. Este fenómeno de actitudes define en gran manera todo lo que resta de historia de España.»
Ricardo de la Cierva, con su formidable capacidad de síntesis, aborda el latente conflicto español durante su última centuria, y dice lo siguiente: «Durante el XIX cambia el ritmo de la historia española. La política interior se hace obsesiva con su superficialidad; la exterior desaparece.» Comellas resume el caos: «Ciento treinta gobiernos, nueve constituciones, tres destronamientos, cinco guerras civiles, decenas de regímenes provisionales y un número casi inconcebible de revoluciones que provisionalmente podemos fijar en dos mil.» El cambio se concreta en la transfiguración de la sociedad y la vida española desde el antiguo régimen a otro que nos resistimos a llamar nuevo porque nace cansado; pero que, al menos cronológicamente, es el nuevo régimen. El antiguo régimen comportaba una seguridad ideológica total en sí mismo; por resquebrajada que la dejase a lo largo de todo el siglo anterior la crítica ilustrada. Del antiguo al nuevo régimen hay un tránsito: la revolución. Una revolución que es, ante todo, un proceso concreto: la francesa con sus coletazos y secuelas. Pero es, además, una transformación profunda, arrítmica, incompleta en España a uno y otro lado del Atlántico; una transformación que no acaba de realizarse en todo el siglo XIX (ni quizás en buena parte del XX) y que por eso trata de liberar su insatisfecha energía por las grietas de la historia en forma de frustraciones, de tragedias, de guerras civiles. Comellas intuye «la historia de ese tránsito gigante, en que millones de españoles cambian de alma» al margen de las preocupaciones, casi siempre mezquinas y simbólicas, de los gobiernos de turno.
Consideramos de la mayor importancia lo que sugiere Ricardo de la Cierva sobre la «tercera España», el pueblo liso y llano que participó visceralmente en las contiendas civiles sin hallarse expresamente representado en las ideologías aristrocratizantes o democratizantes de las dos Españas en litigio. A remolque de una o de otra, el pueblo hizo historia, pero la hizo como coro y víctima, sirviendo el juego de los grandes intereses que se disputaban el poder. Por una larga tradición el pueblo estaba acostumbrado a permanecer al margen de los problemas que no le afectaban directamente. De alguna manera, como dice Henry Kamen, había asimilado la ideología de la clase dominante. Más correcto sería decir que le había sido impuesta, pero lo cierto es que a lo largo de los dos siglos anteriores la nobleza castellana, con su enorme poder en las decisiones del Estado, consiguió que el pueblo aceptase su ideología como propia. Henry Kamen ilustra este fenómemo de la siguiente manera: «Cuando Francisco Guicciardini fue con una embajada en 1512, se fijó rápidamente en que el orgullo de la nobleza representaba un gran papel en el carácter de todo español corriente. En los siglos sucesivos la situación continuó siendo la misma. En tiempos de Felipe IV, el escritor Saavedra Fajardo observó que la distinción entre nobleza y gente común era menos marcada en España que en Alemania. Todavía en el siglo XIX, en el reinado de Isabel II, Balmes afirmaba que no había otro país en el mundo en donde las clases estuvieran más niveladas que en España, pues un hombre de la clase social más humilde podía detener en un camino al más alto magnate de su tierra. Esta familiaridad entre las clases significaba que los más inferiores aceptaban los ideales de sus superiores: la nobleza, la práctica de la caballería y el concepto de honor que surgía de ello, hallaron campo abonado en la imaginación de los campesinos y artesanos. A partir del siglo XVI, los comentaristas han sido virtualmente unánimes al considerar el creciente desdén que en España se sentía hacia las labores manuales, como resultado del infortunado anhelo de nobleza entre amplios sectores de la población. El concepto del honor dio origen a un punto de vista reaccionario, anticapitalista y antilaboral, que ciertamente no fue peculiar sólo en España; pero que en España alcanzó una influencia que en ninguna otra parte fue igualada. A esto hay que añadir el hecho de que las clases inferiores se identificaban con el espíritu de cruzada de la nobleza; también ellas eran herederas de la reconquista, habían sido cristianas antes de que los nuevos conversos, judíos y moriscos, adoptaron su fe. Por tanto, sin equívocos, vemos ahora cómo nace la distinción entre cristianos viejos y cristianos nuevos. No tiene nada de extraordinario que Sancho Panza, un hombre sencillo del pueblo, se considerara igual a cualquiera, por ser cristiano viejo, y apto incluso para la nobleza.»