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Apéndice 1. El Testamento

De Mienciclo E-books

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Introducción

Detalle del cuadro de Dumesnil que representa
Detalle del cuadro de Dumesnil que representa


EL mismo día en que expiró Cristina, Azzolino se hizo cargo del testamento, así como de las cartas, legajos, papeles y toda clase de correspondencia escrita que había sostenido la reina. Y casi inmediatamente al suceso, mientras Az-zolino se hacía cargo de todos los preparativos, daba las órdenes oportunas y guardaba celosamente toda suerte de documentos, los enviados del reino de Suecia reclamaban su parte y su puesto en las exequias y en los bienes de la recién fallecida reina, pues, como decimos, esta actividad empezaba a las pocas horas del fallecimiento.

Se diría que Cristina de Suecia tomaba de nuevo relieve; que su perfil yacente despertaba y cobraba interés de nuevo a los ojos de sus contemporáneos. No es que hubiera muerto en el olvido, pero se notaba un desmesurado interés por parte tanto del cuerpo de embajadores acreditados en Roma como de las autoridades eclesiásticas del Vaticano.

Así, la corte sueca reclamó el cadáver de Cristina; deseo al que se negó rotundamente Azzolino, que por haber leído el testamento, sabía ya cuál era la última voluntad de Cristina. Pero he aquí que también el Papa, Inocencio XI, se negaba al traslado de los restos a Suecia y a las insinuaciones de Azzolino que afirmaba cumplir la última voluntad de la reina, al aconsejar y ordenar, incluso, que no se hiciera duelo por la muerte de la ex reina. Azzolino trataba de rodear de silencio el suceso y ya toda Europa estaba pendiente del último desenlace, tras la muerte de la reina que había abdicado y que se había convertido al catolicismo.

Los restos de Cristina eran objeto de disputa, por desagradable que pudiera parecer. La corona sueca, porque pensaba que la reina convertida era una imagen que no convenía en absoluto a la religión protestante de Suecia. Inocencio XI, justo por todo lo contrario: porque el ejemplo que había dado Cristina era propicio para celebrar suntuosos funerales, que volvieran a poner en pie la historia de la conversión, como un ejemplo para los soberanos cuyos estados aún se debatían entre las ideas protestantes y las católicas. Y en medio de ellos, Azzolino, dispuesto a cumplir su última voluntad: ser enterrada sin ninguna clase de lujo o boato, en la Iglesia de San Esteban. Casi es innecesario decir que el Papa salió victorioso en estas discusiones soberanas.

Quizá, más que estos detalles, lo que especialmente inquietaba a la corte sueca fuera el testamento de Cristina. Sobre este punto sí que se organizó una terrible polémica que tuvo como protagonistas a Azzolino y a la corona de Suecia.

Allí se afirmaba que Cristina ya había hecho testamento en Suecia, después de la abdicación. En una de las cláusulas afirmaba el carácter irrevocable de dicho documento. Con estos argumentos, el soberano sueco no daba por válido el testamento que Azzolino decía tener en su poder. Temía el soberano sueco ser víctima de alguna extravagancia de Cristina o de alguna insensatez de última hora. Sin embargo, se equivocaba y se equivocaba de buena fe, pues todo cuanto decía era cierto, tan cierto como lo que afirmaba Azzolino sobre el testamento que tenía en su poder y de cuya validez y autenticidad se dudaba.

Lo que no sabían, ni uno ni otro, es que los dos testamentos, salvo escasas diferencias de redacción, eran casi idénticos. Las mismas personas eran favorecidas, iguales los herederos, y totalmente exacto el reparto que Cristina hacía de sus bienes entre todos cuantos le habían sido fieles en su vida, tanto cuando fue reina como cuando dejó de serlo. Si todos hubieran sabido esto, los ánimos habrían estado más tranquilos durante los días en que el cadáver de Cristina estuvo expuesto y durante la semana siguiente, es decir, durante los funerales.

El testamento permaneció oculto y depositado en seguro lugar una vez fue leído públicamente a las partes interesadas. Fue después de la muerte de Azzolino, acaecida a los dos meses escasos de producirse la de Cristina, cuando se hizo público e incluso se editó en Italia. El testamento estaba escrito en italiano y de ahí la rapidez de su publicación, rapidez a la que contribuyó no poco la repentina muerte de Azzolino, del que se cuenta que murió mientras repasaba una a una todas las cartas que Cristina y él se habían cruzado. Un intento, logrado en parte, de destruir todas las pruebas que la posteridad podría haber utilizado. La verdad es que pese a la mucha documentación que se posee, son escasas y superficiales las noticias de las relaciones entre los dos personajes.

Reproducimos a continuación, como documento curioso, el testamento que tantas discusiones y polémicas levantó en su tiempo; un documento que fue rechazado por Suecia como apócrifo, hasta que su pública lectura a los interesados se llevó a cabo, comprendiendo entonces la igualdad que existía entre los dos testamentos, pese a la gran cantidad de tiempo que separaba la redacción de ambos. Se diría que en la muerte de Cristina volvía a repetirse la misma farsa de su llegada al mundo: confundir el espíritu de los que esperaban tanto el feliz suceso del nacimiento como el doloroso acto del fallecimiento.

He aquí el testamento «italiano» —el último— de la reina Cristina de Suecia:

CHRISTINA DEI GRATIA SUECORUM, GOTHORUM, VANDALORUMQUE REGINA1

En virtud de nuestro presente documento hacemos saber que:

Encontrándonos de nuevo atacada de una nueva indisposición que podría cortar nuestra vida, hemos querido, mientras que por la gracia de Dios podamos pensar libre y sanamente en la salvación de nuestra alma, disponer libremente de nuestros bienes.

Asimismo, y por el poder que Dios nos confiere, disponemos el presente testamento de la manera y forma siguientes:

Primeramente, como Dios Nuestro Señor nos ha llamado a la luz de la santa fe, que es aquella que profesa nuestra Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, y puesto que El nos ha concedido la gracia, no sólo de haberla abrazado, cosa que es agradable, sino también de haber perseverado en ella, a pesar de las contrariedades que el Maligno ha podido suscitar en nuestro espíritu, queremos acatar con entera resignación la voluntad divina y aceptamos morir en el seno de esta Iglesia, fuera de la cual no hay salvación.

Nos arrepentimos con la más sincera contrición de todos aquellos pecados que hayamos cometido, así como de las ofensas hechas a Dios Nuestro Señor, suplicando humildemente que nos conceda el perdón que esperamos de su misericordia infinita, de la cual hemos recibido innumerables bienes.

Damos gracias a Su Majestad Divina y suplicamos el perdón por los olvidos de nuestra ingratitud.

Encomendamos nuestra alma a Dios, creador y redentor nuestro y a la bienaventurada Virgen, que intercederá por nos, a nuestro santo ángel guardián, al arcángel San Miguel y a todos los santos del cielo, rogándoles que nos asistan en la hora de la muerte, a fin de que nuestra alma se haga digna y merecedora de la vida eterna.

Ordenamos que después de nuestra muerte, nuestro heredero haga celebrar veinte mil misas por el reposo eterno de nuestra alma.

Ordenamos que nuestro heredero designe tres capellanes y que cada uno de ellos diga una misa por día, a perpetuidad, por nuestro reposo eterno, y que se digan en la Basílica de San Pedro en Roma, bajo la advocación del patrono que juzgue oportuno nuestro heredero, a quien reservamos este derecho de elegir patrono, dejándole en libertad de destinar a limosnas y prebendas la cantidad de dinero que estime más oportuno.

Ordenamos que nuestro cuerpo sea amortajado de blanco e inhumado en la Iglesia de la Rotonda o cualquier otra, en Roma, a voluntad de nuestro heredero, sin exponer nuestro citado cuerpo en ningún lugar y declinando cualquier pompa fúnebre u otras vanidades.

El epitafio será simplemente una inscripción en piedra que diga así:


D. O. M. VIXIT CHRISTINA ANNOS LXIII

Ni más ni menos.

Ordenamos que nuestro heredero se haga cargo de las deudas cuando las hubiera y las pague.

Asimismo, ordenamos que él mismo dé al Papa reinante, como muestra de veneración y de la estima que por él sentimos, vicario de Cristo en la tierra, la estatua del «Salvador» de Bernini. Nuestro heredero mandará una copia de esta orden al emperador, al rey de España, al rey de Francia, y a todos los cardenales, así como el elector de Brandemburgo.

Otorgamos a la marquesa Ottavia Capponi, aparte de la pensión a que tiene derecho, la cantidad de trece mil escudos romanos y a su pupila cien escudos anuales durante diez años, inclusive el décimo. A su hija Cristina, todavía menor de edad, otorgamos la provisión que ahora disfruta su tía, cuando ésta muera, provisión que le corresponderá hasta que se despose o entre en un convento.

Otorgamos a Poncia Giustiniani, en recompensa al celo y la diligencia que ha desplegado a nuestro servicio, una renta que vaya aumentando gradualmente hasta alcanzar el valor de la otorgada a la marquesa Ottavia Capponi.

Otorgamos al marqués Juan Matías del Monte todo aquello que nos había donado el fallecido marqués, su padre. Queremos que le sean pagados de una vez diez mil escudos romanos, aparte de la pensión otorgada a su hijo, el joven marqués.

Deseamos que nuestro heredero pague a M. San-tini, al conde D’Alibert, al abad Cappelano, al canónigo Stephano de Marcháis, al secretario sueco Galdelblad, a Rómulo, nuestro boticario, a don Francisco Camelli, al capitán Francisco Landini, a Pedro Antonio Bandiero, a Allesio Spalla y a su mujer Diodata y a su hija Alejandra, la provisión y dote que hemos otorgado a las personas que han estado a nuestro servicio.

Otorgamos al conde de Vasano, aparte de la provisión que disfruta de Santa Brígida, quinientos escudos por año.

Dejamos a la marquesa Capponi y a Poncia Giustiniani, ya citadas, vestidos y adornos que ahora tienen en custodia y que pueden tomar por completo.

Asimismo, otorgamos, aparte de las provisiones ya citadas, a Pedro Antonio Bandiero todo lo que se encuentre en nuestro laboratorio, ya sea oro, plata, cobre o hierro, así como cualquier otra cosa relativa a su profesión de alquimista, dispensándole de rendir cuentas.

Dispensamos asimismo a nuestro canónigo De Marcháis, administrador, de rendir cuentas sobre su administración, de la cual declaramos estar totalmente satisfecha.

Ordenamos a nuestros secretarios que consignen y entreguen a nuestro heredero todos aquellos escritos que conciernan a nuestros derechos, pretensiones e intereses particulares, y pecuniarios.

Dejamos a nuestro heredero universal todas las credenciales que poseemos sobre la corona sueca, sobre nuestros oficiales y cualesquiera persona, así como todos aquellos documentos que pueda encontrar entre nuestros papeles.

Queremos y deseamos que nuestro heredero satisfaga las leyes y demás disposiciones que hemos expuesto y hecho patentes en este documento, teniéndolo como letra obligatoria.

INSTITUIMOS como nuestro heredero universal, con las disposiciones y obligaciones antedichas, al señor cardenal Decio Azzolino, a quien, por sus cualidades incomparables, por sus méritos personales, y por los servicios generosamente prestados durante tantos años, creemos un deber otorgar esta demostración de afecto, estima y gratitud.

ES NUESTRO DESEO CONSTITUIR al Papa reinante como primer ejecutor y albacea de este testamento, en la confianza que tenga a bien la bondad de aceptar esta comisión.

Por último rogamos de todo corazón por la seguridad y protección del Papa, del emperador, del rey de España, del rey de Francia, por nuestro heredero, el cardenal Azzolino, y por todos nuestros domésticos, particularmente por nuestras pobres doncellas y mujeres.

Finalmente ORDENAMOS

Que éste sea nuestro testamento y nuestra última voluntad.

Que se presente escrito y legalizado con arreglo a las leyes de Derecho Civil.

Que sea anulado cualquier otro testamento cualquiera que sea aunque esté firmado por mí, con anterioridad a éste.

Que este testamento y su ejecución, se lleve a efecto de la forma más eficaz, sin romper ninguna de sus órdenes.

Damos fe de que nosotros mismos hemos firmado el presente documento y lo hemos hecho lacrar ante nuestra presencia con nuestro sello real.

En Roma, 1.° de marzo 1689

Cristina.


En el centro de la capilla de la Basílica de San Pedro, en Roma, se alza un soberbio catafalco, alrededor del cual numerosos candelabros de plata sostienen encendidas velas de cera. Sobre el catafalco ha sido colocado el ataúd real, en cuya preciosa madera se halla grabado el escudo de la casa real de Suecia. El luto es suntuoso en esta ocasión. La grandiosidad de la basílica presta su majestuoso escenario al acontecimiento. Cristina de Suecia reposa en el ataúd. Contra su voluntad, sus funerales se han desarrollado con gran boato. Por orden del Sumo Pontífice, Inocencio XI, Cristina dispondrá de exequias solemnes en San Pedro, en presencia del sacro colegio cardenalicio. Además de las exequias, su inhumación, también por orden papal, se hará con todo el ceremonial, en presencia del Pontífice, seguido de sus mayordomos, curia, prelados y oficiales de palacio.

En un principio, el cardenal Azzolino puso reparos a la decisión papal. Pero hubo de rendirse ante la evidencia, primero por autoridad, y segundo, porque no era deseo de Inocencio XI solamente; era una especie de tributo sentimental hacia la ex reina. Recordaba el Papa que cuando Cristina entró en Roma por vez primera, quedó maravillada ante la solemnidad de la Basílica de San Pedro. Alabó la grandeza del templo, la nobleza y la belleza de sus ornamentos, las magníficas pinturas, y sobre todo la ejemplar devoción y recogimiento con que eran oficiados los ritos divinos. Fue entonces cuando, según el Papa, Cristina eligió la basílica como su iglesia. No era, pues, traicionar su voluntad, sino ennoblecer uno de los sentimientos de la reina ofreciéndole este último tributo.

Ningún reparo pudo poner Azzolino a estos argumentos. El, por su parte, se había encargado de todos los preparativos y operaciones que acarrea la muerte de un personaje famoso. Entre otras cosas, embalsamar el cadáver, con el fin de dar tiempo a preparar las ceremonias. Téngase en cuenta que estos personajes habían de ser expuestos, primero en sus domicilios, más tarde en la iglesia donde se celebraran las exequias. En estas ceremonias, entre el velatorio y la inhumación, solían transcurrir cerca de diez días. Embalsamarlos era la primera medida.

Durante el tiempo que el cadáver de Cristina estuvo expuesto en su palacio, el cardenal Azzolino no se separó de él ni un solo instante. Veló noche y día. Alrededor del túmulo velaron también religiosos de la congregación de la Scala, carmelitas descalzos, así como los capellanes de Cristina.

Diez carrozas acompañaron a la comitiva mortuoria en su camino hacia la Iglesia de San Pedro. La carroza fúnebre iba escoltada por los «valets» de la reina, oficiales y gentilhombres. Un escuadrón de alabarderos portaba antorchas.

La multitud seguía de cerca el cortejo, apretándose en las puertas de la basílica. La marcha era lenta. La comitiva había descendido por Longara, Santo Espirito, Borgo Vecchio, el puente de San-tángelo, hasta llegar a la colosal iglesia. «Nada —según los testimonios de la época—es comparable a la magnificencia con que fue ornada la iglesia, con abundancia de crespones con grandes tapices negros. Una magnificencia verdaderamente real.»

Y sobre esta luctuosa decoración destacaba la pasamanería de los tapices, bordada en oro y plata y formando, en todos los centros de tapiz, el escudo real de Suecia, junto a los blasones pontificales del Vaticano.

El esplendor de esta decoración, así como el de la construcción del túmulo real, eran obra, según se decía, de Felue Delino, arquitecto al servicio de Cristina desde su llegada a Roma.

Un testigo presencial del día del entierro, y cuyo nombre ha quedado en el anonimato —no así su testimonio—, nos relata la gran comitiva que se formó para acompañar a Cristina a su última morada:

«El sacro colegio cardenalicio abría la marcha del cortejo. Sus eminencias vestían hábito violeta y capa del mismo color. Alrededor de la carroza fúnebre, los chambelanes y el séquito de la reina vestido de riguroso duelo.

»Sabios, hombres de letras, seguían en gran silencio. A continuación, y ordenadamente, gran número de cofradías. Las del Sacramento, San Pedro, Agonizantes, Santa Egida, Santo Nombre de María, Angel de la Guarda, San Lorenzo, San Juan, Santa María del Trastevere, Santa Trinidad, San Dimas ...

»A continuación seguían las órdenes religiosas, abriendo paso los religiosos descalzos de San Agustín: Capuchinos, Santa María de la Redención, San Adriano, San Jerónimo, y muchas más que se haría imposible nombrar.

»Detrás de ellos seguían hermandades y órdenes menores, en número superior a los quinientos, portando blancas velas y con un orden admirable.

»En la plaza esperaba formada toda la guardia suiza, a caballo. También estaban los altos cargos vaticanos: maestros de ceremonia, mayordomos de Su Santidad, arzobispos vestidos de pontifical, y el papa. La formidable comitiva llegó a las puertas de la basílica. Los canónigos de San Pedro, como es habitual, dieron la absolución a la difunta Cristina, recitando las preces y oraciones rituales.

»A continuación —sigue el anónimo testigo—, el ataúd, de madera preciosa, fue colocado en una arqueta de ciprés, que a su vez fue colocada en una caja de plomo. Por último, una cuarta caja de madera noble lo cerró herméticamente. La reina fue inhumada en el lugar que tenía destinado en San Pedro.

»Fue enterrada con manto, cetro y corona, así como con diversas monedas de oro que llevaban su efigie. Así es como el cuerpo de Cristina de Suecia ha sido enterrado en la basílica de San Pedro para mayor gloria de esta reina que vivirá en las memorias venideras como ejemplo verdadero de religión, de piedad, de bondad, de rara virtud ...»

Un magnífico elogio para una magnífica mujer, aunque, desde nuestro punto de vista, exaltado quizá, demasiado transido seguramente por la emoción de aquellos momentos. Pero lo cierto es que la vida de Cristina, incluso la de sus últimos años, no fue una existencia ejemplar, como pretende el anónimo testigo, aunque tampoco fuera lo contrario.

Es impresionante, por otra parte, la expectación que despertó en la Ciudad Eterna la muerte de Cristina de Suecia. Resulta asombroso, si hemos de creer, aunque sólo sea levemente, en el relato testimonial que acabamos de leer. No se trataba de una muchedumbre que se apiña para ver y contemplar silenciosamente el paso de un cortejo fúnebre real. La presencia del papa, de la curia y las distintas cofradías y órdenes, hacen pensar en una asistencia corporativa de la ciudad.

Lo que hoy denominaríamos un entierro oficial con todos los honores.

Hay un dato curioso y que quizá explique esta expectación: Roma fue el refugio de tres mujeres históricas. Las tres, reinas. Y las tres enterradas en la Ciudad Eterna. Es una coincidencia, aunque no demasiado clara, ya que entre la estancia de cada una de ellas en la ciudad hubo bastante diferencia de tiempo.

La primera fue Catalina, reina de Bohemia, privada de su reino por la invasión turca. Al perder a su marido en las luchas contra el invasor, Catalina se refugió en Roma, bajo el amparo de Pablo II, muriendo en los tiempos de Sixto IV, el 15 de octubre de 1478.

Nueve años más tarde, Carlota, reina de Chipre, busca refugio en el Vaticano, muriendo bajo el pontificado de Inocencio VIII.

Cristina, reina de Suecia, por distintos motivos que las anteriores, también llegó a Roma en demanda de asilo, para refugiarse en la Iglesia católica. Inocencio XI la amparó y, como ya hemos visto, le procuró soberbia sepultura.

Ignorado final para esta mujer, que desde las brumas nórdicas buscó desesperadamente y con pasión el astro luminoso de la verdad: este es el enigma que nunca desvelaremos. Cristina, amante del juicio, de la reflexión, del estudio, perseguidora de su verdad, extremosa por su temperamento y prudente por su cultura, buscó el equilibrio perfecto entre pasión y razón, el fiel de la balanza que diera sentido a su mundo interior, turbulento unas veces y remansado otras. Provocó escándalo en unos y admiración en otros. Pero no sabemos si ella se escandalizó o se admiró de sí misma.