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Apéndice 1. El Manierismo

De Mienciclo E-books

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PARA hablar del manierismo es necesario previamente tener bien claro el verdadero significado de esta palabra. Existe un juicio peyorativo en el fondo de este concepto que hace difícil llamar manieristas a grandes artistas de este período. Sólo separando totalmente «manierista» de «amanerado» se obtiene una categoría historicoartística que nos permite conocer una determinada época de la Historia del Arte. Según Vasari, crítico de arte que vivió en el siglo XVI, «maniera» es sinónimo de estilo, de personalidad artística, y hablaba de una «gran maniera» y por ella entendía algo positivo. Los manieristas tienen su fuente de inspiración en el Renacimiento y en los grandes artistas de este período, pero, a partir de esto, crean una nueva imagen, un nuevo arte en toda su dimensión, tal como lo fueron el Barroco, el Renacimiento, etc.

El Cinquecento —siglo XVI— no se puede tomar como algo homogéneo; en él conviven, aparecen y desaparecen diversos movimientos y escuelas de mayor o menor trascendencia. El manierismo prevalece entre 1520 y 1600, aunque ya en esta última fecha se confunde con tendencias barrocas. Importado de Italia, se extendió rápidamente por Europa, transformándose en una corriente pictórica continental: fue la forma particular en la que los logros artísticos del Renacimiento italiano encontraron difusión mundial.

En 1520 el Viejo Continente vivía una crisis que afectaba a todas sus esferas. En Italia, después de la pérdida de la supremacía económica, de la conmoción causada en la Iglesia por obra de la Reforma, de la invasión del país por franceses y españoles y del saqueo de Roma, predominaba un ambiente de catástrofe que pronto se extendió por todo Occidente.

La no existencia de equilibrio y estabilidad, elementos propios del Renacimiento, provocaron que el artista del siglo XVI se proyectase en una nueva problemática. El manierista había perdido lo que tenía el artista cortesano de la Edad Media y que, en muchos aspectos, todavía tenía el renacentista: una determinada posición social, la protección de un gremio, la relación con la Iglesia, etc. El nuevo artista va a ser individualista y ese individualismo, que le ofrecía infinitas posibilidades, le colocaba, a su vez, en un vacío de libertad en el que muchas veces estaba a punto de perderse. La crisis espiritual del siglo XVI empujó a los artistas hacia una nueva imagen del mundo, pero al mismo tiempo se encontraban indefensos ante el caos que les rodeaba.

En ellos se nos presenta por primera vez el artista moderno, con su escisión interna, su hambre de vida, su huida, del mundo, su rebeldía sin piedad y su exhibicionismo. Ya no se encontrarán vidas completas como la de un Leonardo: los manieristas viven atormentados y, a partir de entonces, aumentarán, entre los artistas, los excéntricos, los raros, los psicópatas. Rosso (1494-1540) termina en el suicidio; el Greco pasa el día con los postigos de las ventanas echadas, para ver en la penumbra lo que un renacentista no vería a plena luz; Parmigianino (1503-1540) se dedica, al final de su vida, a la alquimia, se vuelve melancólico y de aspecto lamentable; y Tasso, el poeta (1544-1595), muere en la locura.

El artista del Renacimiento se sentía seguro, pensaba que por su voluntad lograba lo que se proponía, hasta su salvación. La Reforma rompe con esta situación y el hombre se siente como un barco sin timón, con fuerzas externas a él que no puede controlar, y su voluntad es algo secundario. Este ser intenta definir de nuevo su papel en el universo destrozado por el cisma religioso y por las luchas políticas, a la par que ensanchado por la exploración marítima y los conocimientos científicos.

El manierismo se inició en Florencia con Andrea del Sarto (1486-1531) y sus discípulos. Alrededor de 1540, Miguel Angel terminaba su Juicio Final, en la Capilla Sixtina. Los pintores contemporáneos de Miguel Angel vieron en su gran mural una novísima «maniera» en el tratamiento de los difíciles escorzos y agrupamientos, y vieron todo lo que el arte de la pintura puede sacar de un cuerpo humano, no dejando de lado acto o movimiento alguno. «No ha querido pintar otra cosa que la proporcionada composición del cuerpo humano, y en diversas actitudes… y, al mismo tiempo, la representación de las pasiones y mostrar el camino de la gran “maniera” y de la pintura de desnudos» (Vasari).

Son esas diversas actitudes de los cuerpos las que, reforzadas en Miguel Angel por el estudio de la anatomía y de la teoría del dibujo, darán estímulo a los manieristas de la segunda mitad del siglo para imitarlas y superarlas con otras, cada vez más complicadas. No por casualidad se considera a Miguel Angel como el padre del manierismo: pensó escribir un tratado «sobre las diversas maneras de los movimientos humanos y apariencias», y fue él quien, ya viejo, dio a un contemporáneo el famoso consejo de que «la figura sea piramidal, sinuosa, multiplicada por uno, por dos o por tres», clave de la más atrevida regla del manierismo.

Entre los numerosos artistas tributarios de Miguel Angel se destacan Pontormo y El Bronzino. El primero se sintió fascinado por Miguel Angel, y su mejor producción fueron los retratos en los que, señala Berenson, «por primera vez la situación social se trasluce con tanta fuerza como individualidad». Parmiagianino, discípulo de Correggio, insistió en la búsqueda de la elegancia y la gracia, alargando sus figuras hasta las más extremadas consecuencias, como lo atestigua, por ejemplo, la Madonna del cuello largo, que anuncia con cuatro siglos de anticipación al moderno Modigliani. Tintoretto, el Veronés, Bassano, Pieter Brueghel el Viejo, Spranger, Cornelis van Haarlem… Son muchos nombres conocidos los que se pueden agregar a esta lista.

En España el manierismo tuvo uno de sus más grandes exponentes en el Greco, frente al cual, como dice Hauser, «el manierismo no tiene nada comparable que ofrecer». También en el caso de Berruguete podemos hablar de un artista manierista. Sánchez Cotán, Luis Tristán y Alonso Sánchez Coello pueden agregarse a la lista, además de tres italianos que trabajaron en el Escorial: Lucas Cambiaso, Pellegrino Tibaldi y Federico Zuccari.

Entre las características intelectuales del manierismo pueden citarse:

1) Ya no sirven las formas de equilibrio sin tensión del arte clásico, pero los artistas se aferran desesperadamente a ellas. El sentido de inseguridad explica la naturaleza contradictoria de su relación con el arte clásico. Imitación y simultánea distorsión de los modelos clásicos. < /br>

2) Rompen la sencilla regularidad y armonía del arte clásico y sustituyen su normalidad suprapersonal por rasgos más sugestivos y subjetivos. < /br>

3) Es un arte intelectual, tiene su origen en una experiencia de cultura, la época anterior, y no de vida. Se resuelve por medio de la inteligencia. < /br>

4) Las dos corrientes contrapuestas del manierismo (espiritualismo místico del Greco y naturalismo panteísta de Brueghel) se encuentran generalmente en un mismo pintor y a veces mezcladas en una misma obra; es muchas veces la salida desesperada de un intento por poner de acuerdo la espiritualidad de la Edad Media con el realismo del Renacimiento. < /br>

Podemos encontrar entre los cuadros manieristas figuras representadas hasta la mitad de la pierna; exageración de deformaciones o frialdad extrema; «gotificación» (alargamiento) de las formas; disolución de la estructura renacentista del espacio y descomposición de la escena, que se representa en distintas partes espaciales como perspectivas soldadas sin que predomine ninguna, con escalas distintas entre ellas; temas accesorios aparecen a veces de modo dominante y el motivo aparentemente principal desvalorizado y relegado; figuras que se adaptan al espacio, posiciones anormales, cuerpos retorcidos y distorsionados, agitados, personajes de distintas épocas que nos hacen salir y entrar en el cuadro; ilusión provocada por la arquitectura pintada como fondo; realismo en los detalles e irrealismo, a veces, en el conjunto.

Hacia el fin del siglo, el barroco triunfará sobre el manierismo; la propaganda eclesiástica de la Contrarreforma gana en amplitud, y el catolicismo vuelve a ser de nuevo la religión popular. El barroco, un estilo de dirección espiritual más popular, más efectivo, más matizado nacionalmente, predominará sobre lo internacional y aristocrático del manierismo.

Nuestro tiempo, cuya problemática situación frente a sus antepasados es similar a la del manierismo respecto del clasicismo, empieza a comprender el modo de crear de este estilo. Hauser toma el manierismo no sólo como una escuela situada en el tiempo y en el espacio, sino también como algo posible en otras épocas; en particular habla de un manierismo en el siglo XX con sus desequilibrios, su lucha de opuestos, su caos, etc.

Se señaló anteriormente que para comprender el manierismo como un momento en la historia del Arte es necesario diferenciar «manierista» de amanerado. Aún hoy se utiliza el término manierista en forma peyorativa, para calificar así a pintores de todas las épocas, quienes, sin crear, pintan a la manera de los grandes maestros, fundamentalmente copiando a los clásicos. Es curioso que esta palabra, «maniera», que Vasari emplea como sinónimo de estilo, de personalidad artística, sea utilizada precisamente en un sentido totalmente opuesto: como falta de originalidad, de personalidad, de todo aporte creativo; como algo que no se puede llamar arte. Los mismos manieristas del Cinquecento criticaban a los hermanos Carracci y sus discípulos, que eran académicos, de «atenerse a la imitación de la naturaleza, sin enriquecerla con una idea».

Es verdad que no existe una expresión artística desprendida de la Historia, sin causas e influencias de expresiones pasadas, ya sea rechazándolas o aceptándolas, y es cierto también que el miedo a las influencias paraliza la creación. Lo fundamental es distinguir cuándo hay creatividad y cuándo es imitación. En muchos países en los cuales no se situaron provisionalmente las fuentes de la creación pictórica, se copiaba sin vigor la corriente internacional dominante, o bien, con la ilusión de preservar su originalidad, se rechazaba, para encerrarse en un provincianismo estéril.

Si a alguien se le puede atribuir la paternidad de ese «manierismo» sinónimo de «amaneramiento» es a Rafael. A partir de su arte se origina el academicismo que iba a estar siempre presente hasta ahora, oponiéndose a todo lo nuevo, a todo lo que significa cambio en la expresión artística. Esto no le quita méritos al gran renacentista que durante mucho tiempo ha pasado por ser el más perfecto de los pintores. «Rafael no es un creador de valores nuevos como Masaccio, Leonardo o Miguel Angel, citando sólo italianos; es un genio asimilador que absorbió tan bien las diferentes corrientes artísticas renacentistas y las supo unir tan en sus justas proporciones, que pareció enmarcar el espíritu mismo del Renacimiento, y lo representó en lo que tiene de más esencial: la fe en una armonía que preside tanto las acciones de los hombres como los movimientos de los astros» (Jacques Mesil). Muchos quisieron hacer lo mismo, pero el resultado fue todo lo contrario.