Buscar por relevancia Buscar por título
Enviar este artículo por e- mail
cerrar

Añadir un comentario a este artículo
cerrar

Enlazar con este artículo
cerrar

Apéndice 1. Conejillos de Indias o Cobayas

De Mienciclo E-books

Share/Save/Bookmark

CONEJILLO de Indias es el nombre que se da comúnmente al cobaya o cobayo, a pesar de que esta denominación está mal empleada, puesto que el cobaya no pertenece a la misma familia que los conejos.

El cobaya fue traído a Europa en el siglo XVI y es originario del Perú, donde era criado y domesticado por los indígenas para ofrecer sacrificios a sus dioses, que se mostrarían así más favorables.

El uso más corriente que se hace del cobaya es el de su utilización en laboratorios de experimentación. De las diversas razas que existen la más empleada por los investigadores es el «cobaya de pelo corto», del que hay diferentes tipos según el color de su pelaje: blanco, rojo, crema, amarillo, gris, negro y marrón. El hecho de que haya sido escogido este animal para su empleo en los laboratorios está en función de las diversas causas que facilitan su utilización:

En primer lugar, el cobaya es un animal sufrido, dócil y fácil de domesticar. Además, tiene la ventaja de ser un animal fundamentalmente pacífico, salvo cuando surgen peleas por razones de comida o poruna hembra. Para evitar cualquier roce entre los machos se pone a cada uno de ellos con varias hembras en cada alojamiento. La características más acentuada de los cobayas es la facilidad con que se asustan, manifestando su miedo por medio de chillidos agudos y carreras desenfrenadas.

La segunda causa que determina su utilización en los centros de investigación viene dada por la circunstancia de que el cobaya es un animal muy prolífico. En un laboratorio se pueden emplear diariamente cientos de animales, lo que hace imprescindible un alto nivel de reproducción, para la que ya son aptos a los tres meses los cobayas, aunque no son adultos hasta los cinco o seis, y no alcanzan su máximo desarrollo hasta los nueve. El período de gestación es largo, comparándolo con el de otros roedores; tiene una duración de dos meses y en algunas ocasiones más. La carnada es de tres a seis crías que nacen ya completamente formadas, y a las pocas horas de su nacimiento caminan con toda normalidad. La madre las alimenta sólo los primeros días, durante los que les va enseñando a defenderse y a procurarse el alimento por sus propios medios. El tiempo que necesitan las crías para valerse por sí mismas son tres semanas, al cabo de las cuales la madre ya puede aparearse de nuevo con el macho, y como consecuencia surge un enfriamiento progresivo en su relación con las crías.

La tercera causa que explica la utilización del cobaya es la simplicidad de su alojamiento y su desarrollo satisfactorio aun en medios que carecen de condiciones favorables para su crecimiento. Cuando son pocos, se les acomoda en una jaula, y cuando son más números, se les construye una especie de cerca, lo más amplia posible y con la suficiente altura como para que no la salten, donde se les instalan comederos y bebederos.

Su alimentación es sencilla y parecida a la del conejo, basada en un granulado con un complemento de heno o alfalfa. También se pueden alimentar de lechugas, zanahorias y frutas ricas en vitamina C, que les es muy necesaria. Las hembras en gestación necesitan, además de esto, pan mojado en leche y escurrido, del que se alimentan también las crías los primeros días para ayudar a la madre, que sólo tiene dos mamas. El cobaya tiene una forma peculiar de llevarse el alimento a la boca con las patas delanteras. Aunque bebe poco, es necesario que el agua sea renovada con frecuencia.

Una vez concluida la descripción de las características y costumbres del cobaya, es conveniente poner un ejemplo de su utilización práctica para comprender la eficacia de los servicios que prestan en los procesos experimentales que se llevan a cabo en una laboratorio. Un caso que se presta para este fin es el desarrollo de las investigaciones que culminaron con el descubrimiento de la vacuna contra la rabia.

La rabia es una enfermedad bastante extendida hasta el siglo XX, producida por un virus y contraída por las personas a causa de la mordedura de animales atacados por ella. Según se cuenta, el descubridor de la «vacuna antirrábica», Pasteur, se interesó por el estudio de esta enfermedad a consecuencia de la impresión que le causó el espectáculo de varias personas rabiosas que vio durante su niñez.

Uno de los primeros experimentos que realizó Pasteur fue extraer parte de la característica espuma babeante de la boca de un perro rabioso, para introducirla después en tubos de ensayo e intentar localizar así el virus que produce la enfermedad. Como los perros rabiosos no abundaban, inoculó la enfermedad a animales de laboratorio, para que sus estudios no se viesen interrumpidos constantemente.

En cierta ocasión llevó al laboratorio un perro atacado por la rabia y lo metió en una jaula junto con otros sanos, resultando mordidos algunos de ellos. Además, inyectó a unos cobayas la baba de los perros. A los pocos días, varios de los perros mordidos enfermaron, lo mismo que algunos cobayas, aunque se daba el caso de que no contraían la enfermedad todos los animales inyectados o mordidos. Para averiguar las causas de esto, Pasteur se dedicó a estudiar el cerebro y la médula espinal, centros nerviosos donde, como es sabido, se fija el virus de la rabia. A pesar de repetidos intentos, no lograba hallar la forma de introducir el virus directamente en el cerebro de los perros, y no la hubiese encontrado nunca si no hubiese acudido en su ayuda su colaborador Reux, que era médico y conocía la técnica de la trepanación. Ahora, por medio de ella, tenían la posibilidad de observar u operar sobre el cerebro vivo de los perros. Así pues, inocularon la rabia a un perro que murió a las pocas semanas; pero Pasteur y sus ayudantes, Roux y Chamberland, conocían ya un método eficaz para intro-. ducir la espantosa enfermedad en los cerebros de perros, cobayas y conejos. El virus de la rabia es tan pequeño que no era detectado ni siquiera por los microscopios más potentes. De todas formas, para mantenerlo vivo lo cultivaban en los cerebros de los cobayas y de los perros.

Los experimentos avanzaban lentamente, y el tiempo transcurría sin que pudieran encontrar nada efectivo contra el terrible germen. El éxito más importante que obtuvieron por aquella época fue la curación de un perro inoculado con la sustancia del cerebro de un cobaya rabioso. Días después introdujeron en el cerebro de ese mismo perro más virus, y no le pasó nada. Esto demostraba que el perro estaba inmunizado; a partir de ahí prosiguieron las investigaciones con la certeza de que había al menos una posibilidad de vencer la rabia. Es entonces cuando comenzó la recta final del proceso coronado con el descubrimiento de la vacuna antirrábica.

Cortaron una fina capa de médula espinal de un cobaya muerto de rabia y la pusieron a desecar durante 14 días, para comprobar si el virus se debilitaba. Inyectaron este tejido en cerebros de perros sanos y observaron que no les sucedía nada. A continuación fueron desecando los tejidos de médula espinal progresivamente durante menos días, para asegurarse de que era posible inmunizar a los animales, y comenzaron a inyectarles la materia desecada. El primer día inyectaron en los perros una dosis de virus muy debilitados, que habían estado desecándose durante 14 días. El segundo lo hicieron con una parte de médula con virus menos debilitados que los anteriores, pues habían estado desecándose durante 13 días. Y así sucesivamente, hasta que llegaron a inyectar en los perros materia que sólo había estado desecándose durante un día y que, en condiciones normales, los hubiera matado. Los síntomas de la enfermedad no aparecieron. Pero faltaba todavía el experimento decisivo que les llevaría a la seguridad de que los animales estaban inmunizados. Con este fin trepanaron los cráneos de cuatro perros, dos de los cuales habían sido vacunados y los otros dos no; introdujeron el virus en las cabezas de los cuatro y, al poco tiempo, los no vacunados morían, mientras que los tratados con la vacuna aparecían sanos y sin ningún indicio de la enfermedad.

Había sido descubierta la vacuna contra la rabia, y si el gran mérito es de Pasteur, es indudable también que en el descubrimiento colaboraron inestimablemente los cobayas, poniendo a disposición del hombre sus frágiles y prolíficos organismos.

Actualmente es insustituible la utilización de los cobayas en la investigación de las causas de enfermedades cuyo origen se desconoce, como el cáncer, las enfermedades del colágeno (proteína componente del pelo, la piel, etc.), entre las que se encuentran el lupus eritematoso diseminado, la esclerodermia, etc.; para estudios sobre la fibra lisa del útero del cobaya, que se utiliza para comparar los derivados de la oxitocina, sustancia que activa la contracción de la fibra lisa del útero femenino; para la experimentación y el estudio de enfermedades granulomatosas, como el linfogranuloma de Hopkins, etc.

Se puede decir que sobre el sacrificio del cobaya se edifica en gran medida el avance de la ciencia médica en nuestros días.