Antología de textos confucianos - I. El Filósofo Dijo
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YEU-TSÉ
(discípulo de Khung-tsé) dice: «Es raro que el que practica los deberes de la piedad filial y de la deferencia fraternal se complazca en rebelarse contra sus superiores; pero no ocurre jamás que el que no se complace en rebelarse contra sus superiores se complazca en suscitar disturbios en el imperio.
El hombre superior, o el sabio, aplica todas las fuerzas de su inteligencia al estudio de los principios fundamentales; pues cuando los principios fundamentales están bien establecidos, las reglas de conducta, los deberes morales se deducen naturalmente de ellos. La piedad filial, la deferencia fraternal de que hemos hablado, ¿no son el principio fundamental de la humanidad o de la benevolencia universal para con los hombres?»
Khung-tsé
dice: «Es menester que los niños tengan piedad filial en la casa paterna y deferencia fraternal fuera de ella. Es menester que estén atentos en sus acciones, que sean sinceros y verídicos en sus palabras con todos los hombres, a los que deben amor con toda la fuerza y la extensión de su afecto, apegándose particularmente a las personas virtuosas. Y si, después de haber cumplido bien sus deberes, les sobran fuerzas todavía, deben aplicarse a ornar su espíritu por el estudio y adquirir conocimiento y talentos».
Tsé-hia
(discípulo de Khung-tsé) dice: «Estar enamorado de la virtud de los sabios hasta el punto de renunciar por ella a todos los placeres mundanales; servir a nuestros padres cuando esté en nuestro poder hacerlo; abnegar nuestra persona en servicio de nuestro príncipe, y, en las relaciones que mantenemos con nuestros amigos, poner siempre una sinceridad y una fidelidad a toda prueba: aunque el que así obrase pudiera ser tenido por hombre desprovisto de instrucción, yo lo llamaría, ciertamente, hombre instruido».
Khung-tsé
dice: «Si el hombre superior no muestra gravedad en su conducta, no inspirará respeto, y, si estudia, sus conocimientos no serán sólidos. Observad constantemente la sinceridad y la fidelidad o buena fe; no contraigáis relaciones de amistad con personas inferiores a vosotros, moralmente y por sus conocimientos; si cometéis algunas faltas, no temáis corregiros».
Yeu-tsé
dice: «El que no promete sino lo que está conforme con la justicia, puede cumplir su palabra; aquel cuyo temor y respeto están conformes con las leyes de la cortesía, aleja de sí la vergüenza y el deshonor. Por la misma razón, si no perdemos al mismo tiempo las personas con quienes estamos unidos con estrechos lazos de parentesco, podemos convertirnos en jefe de familia».
Tsé-kung
dice: «¿Qué os parece del hombre pobre que no se envilece por una adulación servil, o del hombre rico que no se enorgullece de su riqueza?»
Khung-tsé
dice: Un hombre puede todavía ser estimable sin parecerse a ellos; pero no será jamás comparable con el hombre que halla contento en su pobreza, o que, siendo rico, se complace, a pesar de ello, en la práctica de las virtudes sociales».
Thu-kung
dice: «Se lee en el Libro de los Versos:
“Como el artista que talla y pule el marfil, como el que talla y pule las piedras preciosas”.
¿Este pasaje no alude a los hombres de que acabamos de hablar?»
Khung-tsé
respondió: «Sté (sobrenombre de Tsé-kung) comienza a poder citar en la conversación pasajes del Libro de los Versos; interroga los acontecimientos pasados para conocer el porvenir».
El filósofo dice: «Si se gobierna al pueblo según las leyes de una buena administración y se le mantiene en orden por el temor de los suplicios, será circunspecto en su conducta sin avergonzarse de sus malas acciones. Pero si se le gobierna según los principios de la virtud y se le mantiene en orden por las solas leyes de la urbanidad social (la cual no es sino la ley del cielo), sentirá vergüenza por una acción culpable, y adelantará por el camino de la virtud».
El filósofo dice: «A la edad de quince años mi espíritu estaba continuamente ocupado en el estudio; a los treinta años ya me había detenido en principios sólidos y fijos; a los cuarenta años ya no sentía dudas ni vacilación; a los cincuenta, conocía la ley del cielo, es decir, la ley constitutiva que el cielo ha conferido a cada ser de la Naturaleza para cumplir regularmente su destino; a los sesenta, comprendía fácilmente las causas de los acontecimientos; a los setenta, satisfacía los deseos de mi corazón, pero sin pasar de la medida».
El filósofo dijo: «Observad atentamente las acciones de un hombre; ved cuáles son sus inclinaciones; examinad con atención cuáles son sus motivos de alegría. ¿Cómo podrá escapar a vuestras investigaciones? ¿Cómo podrá engañarnos por más tiempo?»
Tsé-kong
preguntó cuál era el hombre superior. El filósofo dijo: «Es aquel que pone primero en práctica sus palabras, y después habla de conformidad con sus acciones».
El filósofo dijo: «El hombre superior es el que tiene igual benevolencia con todos y carece de egoísmo y parcialidad. El hombre vulgar es el que no tiene sino sentimientos de egoísmo, sin disposición benévola para todos los hombres en general».
Tsé-chang
estudió con el fin de obtener las funciones de gobernador. El filósofo dijo: «Escuchad mucho, con el fin de disminuir vuestras dudas; estad atento a lo que decís, para no decir nada superfluo; de este modo raramente cometeréis faltas. Mirad mucho, para disminuir los peligros que pudiérais correr por no estar informados de lo que sucede. Velad atentamente por vuestras acciones, y raramente tendréis que arrepentiros. Si os sucede que raramente cometéis faltas en vuestras palabras, y si en vuestras acciones halláis raramente causa de arrepentimiento, ya poseéis el cargo a que aspiráis».
El filósofo dijo: «El hombre desprovisto de sinceridad y de fidelidad es un ser incomprensible para mí. Es un gran carro sin lanza, un carrito sin timón; ¿cómo podrá conducirse por el camino de la vida?»
El filósofo dijo: «El hombre superior no tiene querellas ni discusiones con nadie. Si le sucede tenerlas, es en cuanto sea menester para poner las cosas en su punto. Cede el lugar a su antagonista vencido, y sube a la sala; baja enseguida para beber una taza con él (en señal de paz). He aquí las únicas disputas del hombre superior».
Tsé-hia
planteó una cuestión de esta manera: «¡Qué agradable sonrisa tiene su boca fina y delicada!
¡Qué dulce y encantadora es su mirada! ¡Es menester que el fondo del cuadro esté preparado para pintar!» (Palabras del Libro de los Versos.)
¿Qué sentido tienen estas palabras?
El filósofo dijo: «Preparad primero el fondo del cuadro para aplicar a él enseguida los colores». Tséhia dijo: «¿Las leyes del ritual son, pues, secundarias?» El filósofo dijo: «¡Habéis comprendido mi pensamiento, oh Chang! Ahora comenzáis a comprender mis coloquios acerca de la poesía».
El filósofo dijo: «Yo puedo hablar de los ritos y de las ceremonias de la dinastía Hia, pero Ki es incapaz de comprender su sentido más oculto. Yo puedo hablar de los ritos y de las ceremonias de la dinastía Yn, pero Sung es incapaz de comprender su sentido más oculto: la ayuda de las leyes y de la opinión de los sabios no basta para conocer sus causas. Si bastasen, podríamos comprender su sentido más oculto.
El filósofo dijo: «En el gran sacrificio real llamado Ti, después que se ha efectuado la libación para pedir el descenso de los espíritus, yo ya no deseo seguir siendo espectador de la ceremonia».
Como alguien preguntase cuál era el sentido del gran sacrificio real, el filósofo dijo: «Yo no lo conozco. El que conociese tal sentido vería claro y manifiesto todo lo que hay bajo el cielo; no experimentaría ya más dificultades en conocerlo todo que en posar el dedo en la palma de su mano».
Es menester sacrificar a los antepasados como si estuvieran presentes; es menester adorar a los espíritus y a los genios como si estuvieran presentes. El filósofo dijo: «Yo no efectúo las ceremonias del sacrificio como si no fuera sacrificio».
Wang-sun-kia
preguntó lo que se entendía al decir que era mejor dirigir nuestros homenajes al genio de los cereales que al genio del hogar. El filósofo dijo: «No es eso; según esa suposición, el que ha cometido una falta contra el cielo no sabría a quién dirigir su oración».
El filósofo, hablando un día de música, con el Tai-sse, o intendente de la música del reino de Lu dijo: «En cuanto a la música, deb éis estar perfectamente instruido; cuando se compone una melodía, ¿no deben concurrir todas las notas a la obertura? Y al seguir adelante, ¿no debemos procurar que se produzcan la armonía, la claridad, la regularidad para completar el canto?».
El filósofo decía que el canto de música llamado Chao (compuesto por Chun) era perfectamente bello, y aun perfectamente propio para inspirar la virtud. Y también decía que el canto de música llamado Vu, guerrero, era perfectamente bello, pero nada propio para inspirar la virtud.
El filósofo dijo: «La humanidad, o sea, los sentimientos de benevolencia para los demás, es admirablemente practicada en los campos; el que, al escoger su residencia, no quiere habitar entre los que poseen también la humanidad o los sentimientos de benevolencia para los demás, ¿puede ser tenido por hombre dotado de inteligencia?».
El filósofo dijo: «Los que están desprovistos de humanidad no pueden mantenerse virtuosos mucho tiempo en la pobreza; ni pueden mantenerse virtuosos mucho tiempo en la abundancia y los placeres. Los que están llenos de humanidad, se complacen en hallar el reposo en las virtudes de la humanidad; y los que poseen la ciencia, hallan su provecho en la humanidad».
El filósofo dijo: «Solamente el hombre lleno de humanidad puede amar verdaderamente a los hombres, y odiarlos de manera conveniente».
El filósofo dice: «Si el pensamiento se dirige sinceramente hacia las virtudes de la humanidad, no cometeremos acciones viciosas».
El filósofo dice: «Las riquezas y los honores son objeto de deseo para los hombres; si no se los puede obtener por caminos honestos y rectos, es menester renunciar a ellos. La pobreza y una posición humilde o vil son objeto del odio y el desprecio de los hombres; si no se puede salir de ellas por caminos honestos y rectos, es necesario permanecer en ellas. Si el hombre superior abandona las virtudes de la humanidad, ¿cómo podría lograr que su reputación de sabiduría fuese perfecta? El hombre superior no debe ni un solo instante obrar contrariamente a las virtudes de la humanidad. En los momentos más apremiantes, como en los confusos, debe conformarse a ellas.»
El filósofo dijo: «No he visto aún a un hombre que amase como es menester a los hombres llenos de humanidad, que sintiese un odio conveniente hacia los viciosos y perversos. El que ama a los hombres llenos de humanidad, no pone nada por encima de ellos; el que odia a los hombres sin humanidad, practica la humanidad; no permite que los hombres sin humanidad se acerquen a él.
«¿Hay personas que puedan hacer uso un solo día de todas sus fuerzas para la práctica de las virtudes de la humanidad? [Si las ha habido] yo no he visto jamás que sus fuerzas no hayan sido uficientes [para realizar su propósito]; y, si las hay, yo no las he visto todavía.»
El filósofo dice: «El hombre superior está influido por la justicia; el hombre vulgar está influido por el amor al lucro».
El filósofo dice: «Cuando veáis a un sabio, reflexionad si tenéis las mismas virtudes que él. Cuando veáis a un perverso, concentraos en vosotros y examinad atentamente vuestra conducta».
El filósofo dice: «Cumpliendo vuestros deberes para con vuestros padres, no hagáis sino pocas observaciones si comprendéis que no están muy dispuestos a seguir vuestras amonestaciones; conservad los mismos respetos para ellos y no os opongáis a su voluntad; si recibís malos tratos de ellos, no murmuréis».
Meng-wu-pe
(primer ministro del reino de Lu) preguntó si Tsé-lu era humano. El filósofo dijo: «Lo ignoro». Meng-wu-pe repitió su pregunta y entonces el filósofo respondió: «Si se tratase de mandar las fuerzas de un reino de mil carros, Tsé-lu sería capaz de ello; pero yo ignoro cuál puede ser su humanidad».
—¿Y de Kieu qué debemos pensar?— El filósofo dijo: «¿Kieu? Si se tratase de una ciudad de mil casas, o de una familia de cien carros, él podría ser su gobernador; pero yo no sé cuál puede ser su humanidad».
—Y Chi (uno de los discípulos de Khung-tsé), ¿qué pensaremos de él?— El filósofo dijo: «Chi, ceñido con una faja oficial y ocupando un cargo en la corte, sería capaz, por su florida elocución, de introducir y despedir a los huéspedes; pero yo no sé cuál es su humanidad».
El filósofo dijo: «Al comienzo de mis relaciones con los hombres, yo escuchaba sus palabras y creía que se conformarían a ellas en sus acciones. Ahora, en mis relaciones con los hombres, yo escucho sus palabras, pero examino sus acciones; Tsai-yu ha obrado en mí ese cambio».
El filósofo dijo: «Todavía no he visto a un hombre que fuera inflexible en sus principios». Uno le respondió respetuosamente: ¿Y Ching-chang? El filósofo dijo: «Chang está entregado al placer, ¿cómo podría ser inflexible en sus principios?».
Tsé-kung
dijo: «Lo que yo no deseo que los hombres me hagan, deseo igualmente no hacerlo a los demás hombres». El filósofo dijo: «Sse, vos no habéis alcanzado todavía ese punto de perfección».
Tsé-chang
hizo una pregunta en estos términos: El mandarín Tsé-wen fue tres veces elevado a la categoría de primer ministro (ling-yin) sin manifestar alegría, y perdió tres veces aquel cargo sin mostrar pesar alguno. Como primer ministro saliente se impuso el deber de instruir en sus funciones al nuevo primer ministro. ¿Qué debemos pensar de aquella conducta? El filósofo dijo que fue recta y perfectamente honrosa. [El discípulo] preguntó: «¿Y aquella fue humanidad?] [El filósofo] respondió: «Yo no lo sé todavía: ¿para qué [en su conducta tan natural] hemos de querer hallar la gran virtud de la humanidad?»
Tsui-tsé
(magnate del reino de Thi) asesinó al príncipe de This, Chin-tven-tsé (igualmente gran dignatario, ta-fú, del Estado de Thsi), que poseía diez cuádrigas (o sea cuarenta caballos de guerra), se deshizo de ellas y se retiró a otro reino. Cuando hubo llegado allí, dijo: «Aquí también hay grandes como nuestro Tsui-tsé». Se alejó de allá y fue a otro reino. Y al llegar dijo otra vez: «Aquí también hay grandes como nuestro Tsui-tsé». Y se alejó también. ¿Qué debemos pensar de aquella conducta? El filósofo dijo: «El era puro —¿Y aquella fue humanidad?— El filósofo dijo: «Eso no lo sé todavía; ¿por qué (en aquella conducta tan natural) queréis hallar la gran virtud de la humanidad?».
El filósofo dijo: «Podemos aplicarnos al estudio con todas nuestras fuerzas, sin poder descubrir los verdaderos principios de la razón, la verdadera doctrina; podemos describir los principios verdaderos de la razón, sin poder situarnos en ellos de manera fija; podemos establecernos en ellos de manera fija, sin poder determinar su valor de una manera cierta, relativamente a los tiempos y a las circunstancias».
Las flores del ciruelo son agitadas
a un lado y a otro,
y yo pienso procurarles apoyo
¡cómo podría yo pensar en ti,
oh casa mía, de la que me hallo
tan alejado!
El filósofo dijo: «No debemos pensar jamás en la distancia, sea cual fuere, que nos separa (de la virtud).»
Textos sacados del libro Lung-Yu (Los Diálogos), recopilación del pensamiento y el magisterio de Confucio.