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Alexander Fleming (Versión para imprimir)

De Mienciclo E-books

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Hay tres momentos especialmente importantes en la vida de Alexander Fleming; tres momentos en los que se nos presenta con toda la profunda sencillez de su alma grande y generosa:

El momento en que, rodeado, como era habitual en él, de cajitas y frascos amontonados en perfecto desorden y en los que proseguían sus misteriosos procesos biológicos innumerables cultivos, de muchos de los cuales ya casi se había olvidado, pero sin que se decidiera a desprenderse de ellos, observó, como sin darle importancia, un fenómeno extraño y exclamó sencillamente: «esto es curioso». su sorprendida extrañeza significaba, pura y llanamente, que había descubierto la penicilina y su facultad de disolver las colonias de estafilococos. fue en 1928.

El otro momento importante fue en 1940, cuando leyó en The Lancet que un equipo de químicos de la Universidad de Oxford había conseguido sintetizar la penicilina, «su» penicilina. No se sintió ofendido; al contrario: le faltó tiempo para ir a felicitar a Florey y Chain, los dos científicos que habían hecho realidad el sueño de Fleming, a quien, por lo demás, creían ya muerto. Al verlo entrar, Florey y Chain quedaron doblemente sorprendidos: Fleming estaba vivo y, además, se limitó a decirles algo que no ocultaba el menor atisbo de fatua superioridad: «Ustedes han conseguido algo de mi sustancia». Por eso tampoco se sintió rebajado cuando en 1945 compartió con Florey y Chain el Premio Nobel de Medicina.

El tercer momento nos presenta al Fleming hombre, al Fleming afectivo y tímido, al Fleming de alma grande y generosa de que hablábamos al principio. La muerte de su compañera entrañable durante tantos años, aquella Sarah Marion con la que se casó casi furtivamente en 1915, le dejó la soledad prendida en el corazón. Resulta angustioso verle como incapacitado para llenar esa soledad con el afecto, con la atracción, con el amor que sentía hacia su discípula y colaboradora Amalia Coutsouris-Voureka, la inteligente y sabia bióloga griega que ha prolongado su obra y su nombre. hay momentos en que el lector no puede reprimir las ganas de gritarle: «decídete ya de una vez». y cuando se decide, al filo ya de una despedida que podría ser la última, lo hace con tan acongojada timidez que el «sí» de amalia resbaló casi por aquella alma solitaria. desde entonces, su vida se iluminó de nuevo y su muerte tuvo la placidez de un sueño que se aposentó en su corazón un día del mes de marzo de 1955.

Así era Fleming que consumió gran parte de su vida perdido en un modesto laboratorio, y que, cuando le llegó la fama, aceptó los honores con la suprema naturalidad de un profesional empeñado en dar la batalla a la enfermedad y en ganarla.


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Contenido

Introducción

A. Fleming y A. Coutsouris-Voureka saliendo de la iglesia ortodoxa de Santa Sofa, en Londres (abril 1953).
A. Fleming y A. Coutsouris-Voureka saliendo de la iglesia ortodoxa de Santa Sofa, en Londres (abril 1953).


AL hablar de Escocia, no podemos evitar el recuerdo del traje típico, de los lagos, de los legendarios fantasmas de sus castillos, del carácter callado y retraído de sus habitantes, de su tacañería que ha dado pie a tantos chistes de escoceses, y, finalmente, del whisky, verdadera joya de sus destilerías.

Escocia, una región con personalidad?

Pero Escocia no es solamente un cúmulo de tradiciones más o menos pintorescas y llamativas, sino el habitat de un pueblo robusto y valeroso, forjado en el transcurso de los siglos por diversas razas y entremezcladas culturas. Los primeros habitantes de Escocia fueron los celtas, llegados de Irlanda y del País de Gales, que en la antigüedad fueron conocidos con el nombre de caledonios u hombres de la selva y que buscaron refugio en las montañas o Highlands después de la conquista romana. A los primitivos habitantes se unieron, en sucesivas migraciones, anglos, teutones, escandinavos y flamencos. Fueron convertidos al cristianismo por San Colombano y durante mucho tiempo mantuvieron estrechas relaciones con Francia. A partir del siglo XI, Escocia se constituyó en reino, y sus habitantes tuvieron que vivir en guardia contra la codicia de su vecina Inglaterra.

Aparte de esto, en Escocia se pueden distinguir tres zonas, perfectamente diferenciadas: Las llamadas tierras altas (Highlands), de paisajes bellísimos, con ríos y lagos de origen glaciar; las tierras bajas (Lowlands), formadas por llanuras arcillosas donde el mar forma golfos y estuarios, y, finalmente, la zona de mesetas del Sur (Uplands), que constituyen en su extremo inferior los Borders o frontera, estupendo paraje con abundantes colinas, ríos, páramos y una costa de acantilados.

Durante muchos siglos, ingleses y escoceses mantuvieron una constante lucha por conservar cada uno su independencia. Aunque hubo momentos en que ambos pueblos formaron una sola monarquía, la unión definitiva no se produjo hasta 1707, fecha en que, siendo reina de Inglaterra Ana Estuardo, se firma el «Acta de Unión», por la que los dos países se constituyen en un solo Estado: la Gran Bretaña.


... aun después de su unión con Inglaterra

A pesar de esta unión política, mejor o peor aceptada, los escoceses se han esforzado siempre por acentuar sus características nacionales frente a las tentativas de absorción por parte de Inglaterra. Incluso en las luchas religiosas del siglo XVI, después de abandonar el catolicismo, los escoceses asumieron con obstinación las doctrinas presbiterianas y se opusieron a que en su país fueran introducidos los ritos y jerarquías de la Iglesia oficial de Inglaterra. En este sentido se dio una completa unanimidad entre nobles, burgueses y campesinos. El pacto o convenant que firmaron entonces, ha permanecido vigente hasta el siglo XIX. Es más, todavía hoy al escocés no le gusta que le confundan con los ingleses, ya que sólo se considera un componente más de la Gran Bretaña.

El escocés es celoso conservador de sus viejas costumbres y se siente orgulloso de sus paisajes y de sus grandes ciudades: Edimburgo, la más bella y llena de historia, con su castillo que se eleva sobre los jardines de Princess Street. Y Glasgow, ciudad de contrastes, con hermosos monumentos como su catedral del siglo XII, los edificios de estilo victonano y sus muchos jardines.

Paisajes, islas, ciudades y costumbres apasionan al escocés de tal forma, que cuando tras una ausencia, retorna a Escocia, presiente la proximidad de la frontera y siente un especial placer respirando a pleno pulmón los aires de «su» tierra.

Los Fleming viven de la madre tierra

Parece que en Escocia siempre hubo un Hugh Fleming enraizado en una granja. Por lo demás, el apellido Fleming es tan corriente en la vieja y pintoresca Escocia como puedan ser el Pérez y el García en la no menos vieja y hazañosa tierra de Castilla. Algunos historiadores nos dicen que el apellido Fleming fue otorgado a los granjeros y tejedores flamencos que, huyendo de las persecuciones religiosas, encontraron refugio en la presbiteriana Escocia. Por otra parte, sabemos que Hugh Fleming, abuelo de nuestro protagonista, nació en la granja familiar de Low Ploughland, en el condado de Lanark, en 1773, y contrajo matrimonio con Mary Craig, hija de un granjero vecino de las Tierras Altas.

El padre de Alexander Fleming también fue granjero, como su abuelo y su bisabuelo. Poseía una granja alquilada de ochocientos acres en el condado de Loudon, conocida con el nombre de «Lo-chfield Farm». La granja se hallaba situada en una colina tan aislada, que para encontrar algún vecino, había que recorrer casi dos kilómetros. Por lo demás, las tierras eran pobres y el clima no permitía otros cultivos que la avena y los forrajes. La economía familiar descansaba en la cría de carneros y vacas. Sin embargo, el lugar era ameno con su sorprendente paisaje de verdes colinas y corrientes de agua y riachuelos serpenteando alegremente por todas partes.

Para comprender las precarias condiciones en que vivían estas familias de modestos terratenientes, veamos lo que dice André Maurois en su biografía de Fleming: «La pobreza se unía a la rigidez de las costumbres para formar hombres duros y valerosos. Procedía de la poca fecundidad de la tierra, de la carencia de medios de comunicación, del duro clima.

Las granjas no podían alimentar más que a una sola familia; los segundones partían, primero, a la Universidad, donde vivían con frugalidad extrema, a veces, alimentándose de harina de avena que se llevaban en un saco a la espalda; después, a Inglaterra, donde muchos de ellos alcanzaban éxito brillante, gracias a su ardor en el trabajo. Sus infancias austeras y cortas de dinero los habían hecho ahorradores. En Inglaterra, su avaricia era motivo de chanzas, así como su lenguaje salpicado de vocablos celtas, donde las erres rodaban con un ruido de guijarros en un torrente. A los ingleses les divertía la falta de ironía que padecían (según ellos) aquellos inmigrantes nórdicos. Se necesitaban (decían) horas enteras para que la cabeza de un escocés comprendiera una broma.»

Una familia numerosa

Alexander Fleming, a quien sus padres y hermanos llamaban cariñosamente Alec, nació el 5 de agosto de 1881. Era el séptimo hijo de Hugh Fleming y el tercero de su segunda esposa Grace Morton, con la que se había casado a los sesenta años. Los cuatro hijos supervivientes del primer matrimonio se llamaban: Jane, Hugh, Tom y Mary. De la segunda esposa nacieron Grace, John, Alexander y Robert, dos años menor que Alec. Como ocurre frecuentemente entre los descendientes de familias numerosas, los hermanos estuvieron siempre muy unidos y se ayudaron mutuamente a desempeñar su papel en la sociedad. En Escocia era tradicional que el primogénito heredase la granja y ayudase a sus hermanos menores a cursar una carrera u obtener un empleo.

Como el padre no tardaría en desaparecer, ya que, según Maurois, los miembros más jóvenes del «clan» Fleming «sólo conservaron de su padre la imagen de un anciano de cabellos grises, muy bondadoso, siempre enfermo y sentado en una silla», la responsabilidad de mantener a la familia unida recayó en Grace, mujer de carácter excepcional que supo mantener el ambiente de fraternal compañerismo entre todos los miembros de la casa.

Al morir el padre, Hugh hijo ya dirigía los trabajos de la granja y Tom cursaba Medicina en la Universidad de Glasgow.

En general, todos los Fleming eran rubios y tenían los ojos azules. Pero, además, Alec era un niño de corta estatura, fornido de cuerpo, con una sonrisa simpática y una mirada franca que miraba cara a cara, y una frente ancha y despejada, heredada de su madre.

En contacto permanente con la naturaleza

Los hermanos Fleming disfrutan en aquellos campos donde se cultiva principalmente avena y forrajes. Ven nacer carneros y colaboran en las faenas campesinas. Los tres más pequeños, John, Alec y Robert, andan siempre juntos. Las colinas que rodean la granja, los ríos, el Glen Water y el Loch Burn, son los puntos predilectos de sus correrías de muchachos sanos y alegres.

Aquellos ríos son muy trucheros, y los niños son verdaderos maestros en la pesca de esta sabrosa especie. Los Fleming también eran muy aficionados a la caza. Tenían un perro viejo que les acompañaba en estas correrías, pero no disponían de escopeta. El perro, que sabía bien su trabajo, se encargaba de localizar el conejo, y Robert gritaba: «Alee, mete la mano por un lado, yo lo haré por el otro, y el que coja las patas traseras será el dueño de la pieza.»

A veces, la caza era más azarosa, pues tenían que atrapar las piezas por sorpresa o a la carrera. Los pequeños Fleming eran muy duchos en toda clase de tretas. Cuando tenían suerte, regresaban felices a la granja con el conejo atrapado. Aunque en las colinas también abundaban las perdices y otras aves, no se permitían tocarlas, porque estaban sujetas a los derechos de caza que percibía el conde de Loudoum. Lo más que se permitían era coger de vez en cuando algunos huevos de chorlito que luego vendían a un comerciante ambulante.

El clima de aquellos parajes era duro; los niños Fleming soportaban su rigor, sacando partido de las situaciones adversas que los intensos fríos traían consigo: otra aventura apasionante para los muchachos de la granja. Una noche, como tantas otras noches, cayó una gran nevada; la granja y sus alrededores aparecieron completamente cubiertos de nieve. Todo había cambiado; «Lochfield Farm» era ahora una bonita estampa nevada que maravillaba a los niños; John, Alec y Bob estaban siempre deseosos de salir de la monotonía, de que alguna novedad diera otro interés a sus vidas. Para ellos todo era juego; no así para los hermanos mayores que se sentían preocupados por la suerte que habría corrido el ganado.

Aquella mañana, como tantas otras mañanas, se dio el grito de alerta y comenzó la operación de rescate; los corderos enterrados en la nieve eran difíciles de localizar, y los niños andaban una y otra vez por aquellas extensiones nevadas, buscando sin parar:

—¿Has encontrado algo, Bob?

—Los pies se me hunden en la nieve, tengo las manos heladas y apenas veo lo que hay a tres palmos de mis ojos; la blancura me deslumbra y todo me parece igual.

—Busca de nuevo, algo habrá que nos ayude a encontrar los corderos. Oye, ¿qué es esa mancha amarilla?

Alec y Robert corren hacia ella, apartan rápidamente la nieve y… allí estaba el cordero, aterido y medio muerto.

Lo que producía aquella mancha amarillenta era la respiración del animal. Los niños observaron y supieron dar con la clave del misterio de aquella extraña coloración en el paisaje blanquísimo de las landas escocesas.

La vida de todos se centraba en la actividad de la granja, con sus mil tareas grandes y pequeñas que los niños observaban siempre con los ojos bien abiertos.

La casa solitaria entre colinas; los amaneceres, llenos de músicas distintas; los atardeceres, tan ricos en colores; el bullicio de la granja; los juegos de los más pequeños; el trabajo de los mayores y las diarias aventuras con el ganado constituyen la sencilla historia de esta familia campesina.

Subsistir era lo importante, como lo es en todo medio rural donde nada hay seguro porque todo depende de la voluntad de Dios, que reparte agua y granizo, sol y niebla. Así esperaban todos el logro de las cosechas, abundantes o escasas.

Los hermanos Fleming crecían y vivían en torno al calor de un padre anciano y de una madre valiente. Y el paisaje, los olores, los ruidos, pero sobre todo el trabajo, fueron formando en ellos los hombres que serían más tarde. El aburrimiento era para ellos una palabra sin sentido, porque cada minuto tenía su quehacer y también su compensación.

Jane, Hugh, Tom, Mary, John, Alexander, Grace y Robert esperaban ilusionados la aventura de cada día que amanecía. Las primeras lecciones las aprendieron en aquellas tierras que no eran, ni más nimenos, que su primera escuela, las inmensas hojas de un libro a todo color: la Naturaleza.

Alec, como le llamaban en casa, juega, ayuda y aprende. Aprender de todo y de todos es lo importante. Presta atención a cuanto le rodea. Los árboles, ríos y pájaros son para él una continua lección ilustrada con color, calor y vida. Truchas, conejos, ardillas, chorlitos y urogallos son tan familiares para él que no necesita cromos ni láminas para saber sus características. Lo mismo ocurría con los cultivos y el ganado. Todo lo conoció en su tamaño exacto.

Mirar y esperar: dos virtudes para el mañana

En el pequeño pero variado mundo de la granja familiar comenzó a cultivar algo que, más tarde, sería de gran utilidad para él: la observación. En el campo nada se improvisa, todo tiene su tiempo, su momento oportuno. Arar la tierra, abonarla, sembrarla, arrancar las malas hierbas, regar y, al fin, la recolección. El grano almacenado es un trofeo que ha costado muchos sudores.

Alec aprendió a mirar y a esperar. Mirar y esperar serían de gran importancia para él después, cuando pasados los años, otro mundo de pequeño tamaño, pero también vivo, se presentó ante sus ojos y le planteó la pregunta constante: ¿por qué? Una pregunta que, con el tiempo, tendría una esperanzadora respuesta.

El campo formó al Fleming que dirá algún día: «el hombre del campo trabaja más duramente, pero lleva una vida de hombre». Palabras muy parecidas a las que dijo también, casi al mismo tiempo, el papa Juan XXIII, otro gran enamorado de la vida campesina.

La primera escuela, un largo caminar

A los cinco años, Alec va a la escuela; para ello tiene que descender al valle y cruzar un río por una pasarela sin barandillas. Esto es sencillo de decir, pintoresco para ser leído, pero duro para hacerlo todos los días, porque no siempre era primavera.

El frío era muy intenso en los largos inviernos de las landas y el camino de la escuela, que en el buen tiempo es casi un juego, se convierte en un verdadero sacrificio para los niños. Mamá Fleming ve las narices coloradas de sus hijos cuando vuelven de la escuela, toca sus manos que están heladas y piensa cómo luchar contra el frío con los pocos medios de que dispone.

Una mañana cualquiera los chicos desayunan y, cargados con sus libros, van a emprender un nuevo pequeño viaje a la escuela. Antes de que salgan, su madre les dice:

—Alec, Bob, tomad estas patatas cocidas. Mantienen mucho tiempo el calor y con ellas tendréis calientes las manos.

Efectivamente, el descubrimiento resultó práctico, pues les permitía llegar al colegio con las manos calientes y alimentarse luego. Además, podían coger con más facilidad los lápices y pasar mejor las hojas de los libros porque sus dedos no estaban agarrotados por el frío, como ocurría anteriormente.

Así vieron pasar John, Alec y Bob las estaciones del año, mientras Hugh dirigía la granja y Tom estudiaba en Glasgow su carrera de Medicina.

Dos maestras hay en los primeros recuerdos de los pequeños Fleming: Marion Stirling y Marta Aird. Ellas les enseñaban jugando y aprovechando siempre la gran lección que continuamente ofrecía la Naturaleza. Eran maestras amigas que, cuando el tiempo era bueno, bajaban con los niños al río y, ese día, el río era una lección viva. Con ellas aprendieron a leer, a escribir; aprendieron geografía, historia y aritmética.

Leer le parece siempre al niño casi un milagro; con la escritura ya va sintiéndose importante. Alec Fleming era un nombre en los cuadernos y en el encerado de la clase, primero con letra insegura, casi dibujada. Este es mi nombre, pensaría orgulloso de su primera hazaña. Después empezaría a comprender lo que era Escocia, mucho más al norte de su casa. Y ante él desfilarían los nombres de reyes y de batallas. Como cualquier niño vio ampliado su mundo y tuvo deseos de saber más: la importancia de los ríos, cómo se han formado los lagos, por qué llueve y nieva y los granizos destrozan las cosechas. Supo calcular los kilos de avena que se recolectaban en la granja, los precios en el mercado, las ganancias y las pérdidas. Poco a poco iba comprendiendo las cosas que formaban parte de su vida cotidiana.

Nueva escuela, mayores sacrificios

Hay que cambiar de escuela porque uno va creciendo y hay que aprender más. Es preciso ir a Darvel, el pueblo más próximo. Un paso importante, pero algo quedaba atrás: los tiempos felices de su primera escuela que nunca olvidó, porque fue para él algo entrañable, familiar y querido, donde el juego y el deber estaban unidos de tal forma, que no se sabía dónde acababa uno y empezaba el otro.

Por todo ello, quizás Alec recordaría con nostalgia aquel primer camino que tenía que andar para llegar a la escuela donde le esperaban, siempre sonrientes y amigas, las señoritas Marion y Marta.

La segunda escuela distaba de la granja más de siete kilómetros y, por tanto, la caminata era más larga. Pero lo que no variaba era el espíritu alegre y dinámico. Alec andaba rápido, más bien corría. Esta forma de andar corriendo le proporcionó un día un encontronazo con un condiscípulo menor que él llamado Jackson que daría a su nariz una forma ligeramente aplastada. Jackson corría en una dirección, Alec en otra, y el resultado fue que su nariz quedó aplastada en la frente de su condiscípulo, produciéndose la ruptura del cartílago. Ningún cirujano le vio ni recibió ninguna clase de atención. En lo sucesivo cambió algo su aspecto y tenía un cierto aire de boxeador.

A la tercera escuela tampoco se llegaba fácilmente

Han pasado unos años y, a los doce, Alec tiene que cambiar de escuela de nuevo. Ahora la ciudad se llama Kilmarnoch (en el condado de Ayr). Había un ferrocarril en construcción, pero Alec tiene que recorrer todos los lunes, los diez kilómetros que separan la granja de la última estación.

Un esfuerzo más para Alec no tiene demasiada importancia; él mismo comentó: «Esto me mantenía en buena forma y me hizo mucho bien». Hasta entonces, Alec no había sido nunca el primero, pero sí un discípulo aprovechado y agradecido tanto a los sacrificios que hacía su familia, como a la atención que le prestaban su profesores. Con respecto a la educación impartida en la academia de Kilmarnock, escribe: «Había cincuenta o sesenta alumnos por clase; por consiguiente, poca atención individual. No obstante, trabajábamos bien. El doctor Dickie, el headmaster, estaba considerado como un pionero de la enseñanza de las ciencias. Se estudiaban dos materias por año, sobre todo teóricamente: química mineral, magnetismo y electricidad, calor, luz, sonido y fisiología.»

El espíritu animoso y el saber estar en buena forma física le ayudaron a ser un estupendo deportista y un alumno disciplinado. Dominó la natación, el waterpolo y el tiro. Y, aunque parezca sorprendente, todo esto le ayudará, pasados los años, para entrar en un equipo científico, lo que sería definitivo en su futura vida de investigador.

Pero aún hubo otras escuelas más: la granja y la familia

Esta ha sido la pequeña historia de un niño y tres escuelas, en las que comenzó y siguió su aprendizaje. De estos años de formación diría más tarde el propio Fleming:

Mi mayor suerte consistió en ser educado como miembro de una familia numerosa en una granja de las landas. no teníamos dinero para gastar, pero tampoco teníamos gastos. teníamos que inventar nuestras diversiones, pero era fácil. ¿no poseíamos los animales de la granja, los peces y los pájaros ?

Sobre todo, aprendíamos inconscientemente mil cosas que los habitantes de la ciudad ignorarán toda su vida.

Y así fue; Alec y sus hermanos tuvieron un hermoso libro a su alcance, el mejor. André Maurois, el célebre escritor francés, que es autor de una magnífica biografía del científico escocés, nos dice: «Los muchachos de las ciudades estudian en los libros; el libro de los pequeños Fleming era un libro vivo.»


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Introducción

LONDRES, capital del Reino Unido, nació y creció en torno a la llamada City, núcleo que fue y sigue siendo no sólo el eje de la ciudad sino de todo el imperio inglés, o de lo que queda de él. A esta ciudad acudían constantemente gentes del campo atraídas por las posibilidades de mejorar su situación.

Poco a poco fueron aumentando los comercios, crecieron los negocios y se multiplicaron las fábricas. Inglaterra controlaba la economía de gran parte del mundo, y su Imperio llegó a estar formado por una multitud de naciones situadas en los cinco continentes.

Por la época a que nos estamos refiriendo, finales del siglo XIX, en Inglaterra reinaba Victoria, emparentada con casi todas las familias reales de Europa. Su largo reinado es conocido como la «época victoriana». Murió en 1901.

En esta ciudad populosa un hombre camina impaciente, de un lado para otro, en la estación de ferrocarril. Es Thomas Fleming, médico oculista, que espera a sus hermanos procedentes de Escocia. Hay ansiedad en su mirada. En torno a él, el gentío de la estación se mueve nervioso; idas y venidas, mozos cargados de equipajes, voceadores de periódicos. Esa vida multicolor y ruidosa de las estaciones. El tren, silbando, hace su entrada. Revuelo en los andenes, pasos precipitados, la humareda de la máquina, los vagones que pasan rápidos y … recortados en el marco de la ventanilla, tres rostros sonrientes: John, Alec y Mary.

Parte del clan fleming, trasplantado a londres

Entre los cuatro hermanos se producen las escenas de alegría y abrazos, y la emoción de siempre. Todos juntos, comentando las incidencias del viaje, emprenden el camino hacia la casa del hermano mayor. En el trayecto los recién llegados miran sorprendidos la belleza de los edificios, las dimensiones de las calles y el ajetreo de las gentes. Alec, el más pequeño, abre desmesuradamente los ojos para abarcar aquel panorama ciudadano que tanto contrastaba con la tranquilidad de la campiña escocesa.

Llegan a la casa. En la puerta hay un rótulo: «Thomas Fleming. Oculista.»

Los Fleming han llegado a su nueva casa, y hay cansancio y también esperanza en sus ojos. Los de Alec empiezan a observar, a través de la ventana, el panorama de tejados, los humos y los ruidos tan distintos de los del campo. Allá abajo, el ferrocarril subterráneo hacía retemblar la casa.

Tom tenía ya previsto el quehacer de sus hermanos: John trabajaría en su fábrica de lentes, y Alec. se matricularía en la Escuela Politécnica.

A la mañana siguiente John y Alec, deseosos de conocer la ciudad, dan su primer paseo en la jardinera del bus tirado por caballos. Regent Street y Bloomsbury Square les llenan de admiración; por sus ojos, demasiado acostumbrados a las bellezas naturales de las landas, se asoma la extrañeza que todo aquello les produce.

¿Qué decir de su sorpresa al visitar el Museo Británico? Las salas les iban ofreciendo sus maravillas: la leona herida, del arte asirio, y los gigantescos toros alados. Todo lo admiraban silenciosamente, procurando evitar gritos de sorpresa, como si no quisieran turbar la majestuosidad solemne de los sacerdotes y reyes asirios que, rígidos, parecían mirarles sin verles. Contemplan fascinados los bajorrelieves del Partenón ateniense, traídos por lord Esgin en 1819. Su mármol blanco y pulido parecía que había sido esculpido recientemente. Y frente a los centauros, sus mentes iban construyendo fantásticas historias de tiempos remotos en que los dioses se confundían con los hombres y vivían sus debilidades y grandezas.

Buen alumno en un buen colegio

El Instituto Politécnico viene a ser algo así como una Universidad de tarde, donde los temas más variados son tratados diariamente. En el Politécnico no sólo se atiende a la formación intelectual de quienes frecuentan sus aulas, sino que también se procura atender al aspecto físico y artístico de sus alumnos, mediante los deportes, audiciones musicales y sesiones cinematográficas. Acontecimientos importantes, como la proyección de la primera película de los hermanos Lumiére, tras la que se llevó a cabo en París, son allí frecuentes.

Londres había empezado a mostrarles sus tesoros.

Robert llegó un año más tarde, y Alec se sintió feliz. Ambos comenzaron sus correrías por la ciudad. Asistían a las clases del Instituto Politécnico, donde estudiaban la especialidad comercial, que, a pesar de su nombre, abarcaba casi todas las asignaturas formativas, exceptuando latín y griego.

Durante el primer curso Alec había avanzado tanto que llegó a ser el primero y más joven de la clase superior. El esfuerzo de tantos años en las escuelas de Escocia comenzaba a dar sus frutos. Sus compañeros, que al principio habían sonreido un poco a lo perdonavidas ante aquel alumno que hablaba con un provinciano tono escocés, aprendieron a respetarle.

El ambiente de la casa de Tom era agradable. Cada uno tenía su quehacer y Mary cuidaba de todos. Sabían combinar el estudio con el juego y organizaban interesantes concursos de ciencias, geografía e historia. Cada uno ponía un penique en el centro de la mesa y el que ganaba se llevaba el montón de monedas.

Alec era inteligente y seguía cultivando sus dotes de observador tan largamente practicadas en el campo.


El primer empleo

Tom tenía muchos amigos, y alguien le habló de que la compañía de navegación «American Line» necesitaba gente preparada. Inmediatamente propuso a Alec para el empleo. Este se dirigió obediente a su futuro posible trabajo y trazó con seguridad y exactitud el itinerario de las rutas comerciales que le propusieron: con una línea, pasando por Suez, llegó a la India y Australia; con otra rodeó Africa y con una tercera el continente americano. Hizo unas señales que correspondían a las colonias británicas y oyó que le decían: «El empleo es suyo, señor Fleming. Sueldo, dos peniques y medio a la hora.»

«Algo es algo», pensaba en voz alta Alec al volver a casa.

Todos estaban encajados en la vida de Londres, pero Escocia y la granja familiar eran una llamada siempre tentadora. En cuanto podían, marchaban rumbo a las landas y allí eran de nuevo felices cogiendo nidos, cazando conejos a mano y pescando truchas, como en los viejos tiempos. El contacto con el campo les resultaba agradable, y disfrutaban estando juntos. La casa se llenaba de voces, y la madre era dichosa teniendo a su lado a todos los hijos.

Londres de nuevo, y cambio de casa. Tom y sus hermanos se trasladan a York Street. Los días pasan. Mary se va a casar y sus hermanos le preparan una pequeña fiesta: vestidos con el típico Kilt, tararean la marcha nupcial.


Alec enseña Londres a Grace y Robert

En la casa hacía falta una mujer y llega Grace, la otra hermana. Alec, buen conocedor de la ciudad, hace de guía turístico. Visitan South Kensington y los Museos de Historia Natural y Ciencias. No olvidan el Albert Hall, importante sala de conciertos que la reina Victoria había inaugurado hacía ya años.

A Alec le encantaban los museos; los de Historia Natural y Ciencias los conocía como su propia casa. La naturaleza viva que había contemplado en Escocia estaba allí, inmóvil, pero rica en detalles y colorido. Con verdadero entusiasmo explicaba a su hermana los principales descubrimientos realizados dentro del campo de la Física y la Química.

Londres es una ciudad fascinante; cada barrio tiene su particular encanto y sería difícil elegir un rincón predilecto. Aún quedan por recorrer lugares maravillosos. Algún día, Alec llevará a Bob al Museo de la Guerra, para que vea armas, banderas, maquetas de batallas y hasta el esqueleto de «Marengo», el caballo favorito de Napoleón.

También visitarán la Torre de Londres, donde hace muchos años se torturó y decapitó a gente importante como Ana Bolena (esposa de Enrique VIII) y Tomás Moro (canciller del mismo rey). Ahora, la tremebunda Torre guarda las joyas de la Corona, bajo la mirada vigilante de unos guardianes ataviados con antiquísimos uniformes de vivos colores.

¿Y el puerto? Resulta forzoso incluirlo en un paseo turístico. A Alec le entusiasma. Es el más grande del mundo, cien kilómetros de Támesis, desde el puente de Londres al mar. El río, cansado de tierra y de ciudades, corre —como todos los ríos— para llegar a su obligada cita con el mar.

Todo lo verán los hermanos Fleming y, más que cualquier otra cosa, gustarán de andar por las calles; caminar entre la gente siempre es interesante, se oyen cosas fantásticas y se cruza uno con personas en cuya mirada se reflejan o se mezclan el temor y la esperanza.


Dos Fleming voluntarios para la guerra

Año de 1899. Fin de un siglo. La era gloriosa de la vieja reina Victoria está llegando a su fin. Los ministros Disraeli y Gladstone realizan reformas económicas. Pero en las colonias no todo marcha bien. Londres no ve con buenos ojos la influencia de los boers (colonos holandeses), que en 1852 habían fundado en el Transvaal la República Sudafricana Independiente.

Los ricos yacimientos de oro que allí se descubren hacen que Gran Bretaña desee adueñarse de este territorio, y en 1877 lo convierte en colonia suya. Ya en 1880-81, los colonos boers se sublevan y derrotan a los ingleses. Ahora, al cabo de diez años, una nueva sublevación parece amenazar con una guerra. Al principio no se le da importancia, pero los ingleses movilizan sus fuerzas y se disponen a sofocar la sublevación.

Piden voluntarios y John, Alec y Robert se alistan en el «London Scottish», regimiento de escoceses. Pero los voluntarios resultan demasiados y los Fleming no pueden ir a Africa. Sobran voluntarios.

Para mantener la perfecta forma física de los soldados, el deporte es lo mejor y ahí tenemos a los tres hermanos formando parte de un equipo de waterpolo y disputando numerosos encuentros.

Alec, observador siempre, se fija en los fallos del equipo contrario y ataca con fuerza por el lado más débil. Es un excelente delantero y obtiene importantes triunfos. Los «hinchas» del «London Scottish» aplauden sus tantos y el equipo de waterpolo llega a ser campeón.

Los hermanos Fleming siguen unidos en la vida tranquila de la casa, en el trabajo y en los deportes.

Peculiar acceso a una carrera superior

Tom es ya un oculista importante y empieza a pensar en la posibilidad de que Alec deje su trabajo en la «American Line» y estudie medicina. Y, como contestando a estos deseos sólo pensados, llega la posibilidad de realizarlos, en forma de providencial herencia: el tío John, un viejo solterón que explotaba una rica granja, ha muerto y lega su fortuna a la unida y admirable familia Fleming. A Alec le corresponderán doscientas cincuenta libras.

Alec no había hecho estudios secundarios, pero en Gran Bretaña existían unas Escuelas de Medicina donde podían ingresar, tras unos exámenes, los alumnos que no tenían el bachillerato.

Entusiasmado con la idea, Alec se preparó a conciencia, y, no sólo aprobó el examen, sino que obtuvo el número uno de todo el Reino Unido. El pequeño escocés de ojos azules empezaba con éxito, pero sin orgullo su largo camino hacia la gloria.

Habían pasado cinco años desde que llegó a Londres. Cualquier otro muchacho hubiera considerado perdido el tiempo dedicado a los estudios comerciales y el trabajo en la empresa naviera; pero Alec no, porque siempre estaba dispuesto a aprender cosas nuevas. Hablando de estos años dice:

No aprendí nada universitario, pero adquirí un conocimiento general de las cosas reales. me proporcionó una gran ventaja sobre los otros estudiantes, ingresados en la escuela de medicina al salir de la escuela y sin haber dejado nunca los libros por la otra escuela de la vida.


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Introducción

Howard Florey.
Howard Florey.


FLEMING camina a buen paso hacia la meta, aun cuando todavía le falta mucho camino por recorrer. Tiene buenos cimientos: la formación adquirida en las escuelas de Escocia; su siempre creciente espíritu de observación; una memoria notable y un excepcional saber quedarse con lo esencial de las cosas, olvidando lo demás. No es, pues, de extrañar el ritmo rapidísimo de sus avances en el campo de la Medicina.

Con su flamante certificado del Instituto Politécnico, exigido para el ingreso en la Escuela de Medicina, se le presenta la duda: ¿Qué Escuela eligiré?


Una conversación intrascendente decide el destino de Fleming

El deporte fue importante en su vida; en esta ocasión, Fleming se dejó guiar por algo relacionado con él. Recordó que una vez jugó un partido de waterpolo contra el equipo del Hospital de Santa María y ésto le ayudó a decidirse.

Fleming alterna los estudios con el ejercicio deportivo. Y en el Hospital de Santa María el deporte tiene gran importancia. Dos médicos comentan un día la situación actual del equipo de waterpolo del hospital:

—Desde que comenzó el campeonato, el Shooting Club del Santa María va de mal en peor.

—Es cierto y no me lo explico después de haber ganado varios años seguidos la copa interhospitales.

—Haría falta reforzar el equipo. ¿Conoces a algún buen tirador?

—Sí, uno bajito, es escocés y se llama Fleming.

El doctor Freeman, uno de los interlocutores, se interesó por el estudiante escocés y pensó en él como en su nuevo fichaje. Salió a su encuentro y le habló con entusiasmo de Wright y del laboratorio, del equipo de investigadores y de las experiencias apasionantes que se llevaban a cabo.

Alec, que era tímido por naturaleza, no acababa de comprender el interés que Freeman se tomaba por él, pero prometió pensar el asunto.

En el distrito londinense de Paddigton, muy cerca de Hyde Park, está el Hospital de Santa María. Allí, el Doctor Wright, a quien presentaremos con detalle más adelante, había creado el Departamento de Inoculación. Wright será una figura importante en la vida de Fleming, y el laboratorio su segunda casa, el escenario de sus esfuerzos y también de sus triunfos.

En octubre de 1901, a lo 20 años, Alejandro Fleming entra en el Hospital, sigue sus estudios allí y prepara el ingreso en la Universidad.

Su capacidad de trabajo es enorme, y decide tomar parte en los exámenes convocados para la concesión de una beca.

Tuvo, en los estudios, un importante rival llamado Pannett, el cual, aún con una cultura superior a la de Fleming, hubo de conformarse siempre con el segundo puesto, ya que el primero era invariablemente para aquel muchacho escocés tan poco hablador y que parecía conseguir sus triunfos sin aparente esfuerzo.


Brillantes resultados de un estudiante que no parece estudiar

El mismo Pannett escribe sobre este particular: «No recuerdo gran cosa respecto a sus estudios de anatomía y de fisiología, pero sí que nunca parecía trabajar. Y, sin embargo, debía hacerlo, ya que era uno de los estudiantes más distinguidos. Yo no participaba en las actividades de los equipos de natación y tiro, de manera que nunca vi a Fleming entregándose a estos ejercicios, y lo siento, porque los testigos afirman que en ellos revelaba su naturaleza. Sobresalía en todos los deportes, aunque en ninguno de ellos fue un campeón, pero se hacía en seguida con los principios fundamentales y las habilidades, y alcanzaba sin esfuerzo aparente una media muy superior a la corriente.

«Sé que se complacía en crear dificultades para vencerlas. Por ejemplo, proponía una partida de golf con un solo club. En deporte su método era idéntico al de sus estudios: extraer lo esencial, concentrar sobre este punto sus esfuerzos y, gracias a ellos, vencer con facilidad. Parecía que no se esforzara, y uno hubiera podido sentirse inclinado a creer que era un simple aficionado. Esto hubiera sido un gran error. El era mucho más serio y capaz que un aficionado, incluso brillante; utilizaba una especie de elegancia y de modestia para disimular cualquier esfuerzo.

«No recuerdo haberle oído hablar nunca de filosofía, de historia, de literatura. Me sorprendió más adelante descubrir que leía a los poetas y, naturalmente, al escocés Burns más que a ningún otro. El no lo decía. Ni siquiera los tratados científicos parecía tomarse en serio; tenía el aspecto de hojearlos distraídamente. A pesar de ello, durante nuestros años de estudios, concurrí contra él a numerosos premios; siempre me clasifiqué segundo.»

A pesar de que se le tenía por muy reservado y tímido, también figuró en la compañía de teatro de la Escuela, representando con facilidad. Maurois dice que «en cierta ocasión representó un papel de mujer, el de Fabriquette, en el Rocket, de Pinero: una francesa, viuda a título temporal, a la que hizo más seductora de lo que esta persona sin principios se merecía. El segundo papel de mujer lo desempeñó C. M. Wilson (más tarde lord Moran y médico de Winston Churchill)».

Si en las landas escocesas observó cuanto le rodeaba, en Londres aplicó sus ojos y su mente a profesores, compañeros y libros, y procuraba hacer de todo aquello una lección más. Casi con precisión matemática, presentía los temas importantes que, con toda seguridad, serían segura materia de examen.

Para sus compañeros era un misterio el carácter de Fleming, que parecía no esforzarse demasiado en sus estudios y que aún tenía tiempo para dedicarse a los deportes o para intervenir en alguna obra de teatro.

Sencillamente, Fleming empleaba el cerebro para todo. Su constante será hacer de todo un juego más. El espíritu del deportista animó invariablemente toda su vida, y nunca fue un estudiante fatigado y triste.

A cada materia dedicaba su tiempo y sin precipitación, pero con seguridad, avanzaba en los conocimientos científicos. Sabía trabajar y esperar como hacen los hombres del campo. El tenía mucho de campesino, y la espera no le costaba trabajo. Había esperado toda su vida.


Un rasgo que le define

En principio Fleming pensó dedicarse a la cirugía. Mientras practicaba como interno en el Hospital de Santa María, aprendiendo a abrir abscesos, pasar sondas, curar heridas, extraer dientes sin anestesia local y atender a las parturientas, pensó que era una buena solución para ganarse la vida. Incluso se matriculó en un curso de cirugía que le costó cinco libras, cantidad respetable para un muchacho que no andaba sobrado de dinero. Sin embargo, no tardaría en descubrir su repugnancia física a operar en el cuerpo vivo; pero como buen escocés, no se resignó a perder el dinero de la inscripción. Veamos lo que dice:

Yo seguía deplorando aquellas cinco libras gastadas en vano. me preguntaba si no debía intentar pasar el examen final. yo sabía mi patología, pero no poseía ningún conocimiento de cirugía práctica ni tiempo para adquirirlos. sin embargo, este nuevo derecho de inscripción sólo costaba, como el otro, cinco libras. decidí probar suerte.

Y la suerte le acompañó. Aunque la aprobación le produjera sorpresa, ya que era consciente de que había realizado el curso a desgana, a lo largo de toda su vida se vanaglorió mucho de haber obtenido el título de F.R.C.S. (Fellow Royal College of Surgeons). A tono de esto escribe Maurois: «Su carrera parecía dirigida por una serie de curiosos accidentes. Había estudiado medicina porque su hermano mayor era médico; había ingresado en Saint Mary’s, donde iba a pasar toda su vida, a causa del waterpolo; había llegado a ser F.R.C.S. por correr tras cinco libras esterlinas: iba a escoger la bacteriología, a la cual debería su gloria, por una razón tan extraña como las anteriores, y secundaria.»

Todos los estudiantes de Santa María recuerdan la noble emulación entre Pannett y Fleming para repartirse las primeras medallas. Ambos eran notables, pero Fleming consiguió triunfar siempre de su noble y brillante contendiente por su eficacia y realismo. En su palmarés de estudiante figuraron los primeros premios de biología, anatomía, fisiología, histología, farmacia, patología, clínica, etc.


Fleming se incorpora al laboratorio

Estamos en 1906: Fleming obtiene su diploma, es ya doctor y entra a formar parte del equipo del «lab», que es como llaman familiarmente al laboratorio de Inoculación.

En torno a la figura un tanto paternal de Wright, se movían aquellos hombres de ciencia.

El laboratorio no era un lugar imponente, más bien reinaba la mayor sencillez. Había simplemente una incubadora, un autoclave, probetas, tubos de vidrio y un microscopio.

Los médicos que allí trabajaban no dejaban el ejercicio de la medicina, siguiendo los consejos de Wright, porque «el que se dedique a la investigación debe continuar viendo enfermos con objeto de seguir con los pies en la tierra». Una cosa es la teoría y otra la práctica, y los enfermos son otro libro vivo.


El enemigo número uno: la enfermedad

¿Qué hacían en el «lab» Fleming y sus compañeros, bajo la hábil batuta de Wright? Buscar soluciones eficaces contra las terribles enfermedades infecciosas que durante siglos devastaban a la humanidad. Ya un historiador griego llamado Tucídides cuenta los estragos terribles de la peste en Atenas:

«…Unos fenecían desatendidos, otros solícitamente cuidados. No se halló, puede decirse, remedio alguno, pues lo que a uno beneficiaba, perjudicaba a otro; ni hubo naturaleza, robusta o débil, que se viera libre del mal, sino que la enfermedad hacía presa indistintamente en todos, fuera cual fuese su régimen de vida. Lo más terrible de la dolencia era el decaimiento al sentirse enfermos …, si por temor no querían acercarse unos a otros, morían abandonados, y no pocas familias se extinguieron por falta de asistencia; y si se acercaban, perecían sobre todo los que, mostrándose valientes, sin preocupación por sí mismos, visitaban a sus amigos cuando hasta los parientes, vencidos por el exceso del mal, acababan por cansarse de los lamentos de los moribundos. Los que habían superado la enfermedad eran quienes más compadecían al moribundo y al enfermo, porque la habían experimentado y tenían confianza, dado que la epidemia no atacaba por segunda vez mortalmente a la misma persona.»

La enfermedad ha sido el azote de la humanidad y la historia es testigo de la larga lucha que la medicina ha librado contra ella. Los hombres del «lab» así lo entendieron y batallaban día a día contra un enemigo que no presentaba un frente fácilmente visible, claro y vulnerable. Su labor era otra forma de heroísmo, no demasiado conocido ni reconocido por quienes vivían al otro lado de las paredes del hospital; un heroísmo anónimo, callado, cuyo éxito, clavar la bandera de la victoria, sí que era un bien importante y definitivo para todos los hombres.

En el «lab» había una sola preocupación: salvar las vidas humanas que perecían víctimas de enfermedades infecciosas.

El ambiente que se respiraba era cordial y de verdadera colaboración. Caracteres bien distintos como los de Wright y Fleming se conjugaban armoniosamente en su trabajo. El primero, por su cultura, lanzaba teorías muy particulares; hablaba y hablaba con gran erudición. Fleming escuchaba atentamente sin interrumpir, después decía sencillamente: «Eso no saldrá, patrón», y aquello no salía.

Fleming sentía un gran respeto por Wright y éste, a pesar de su indeclinable seriedad y autoridad, le apreciaba.


La importancia de trabajar en equipo

Los doctores Fleming, Noon y Colebrock participaban en los campeonatos de tiro formando parte del equipo del Santa María. Alternaban su lucha contra la enfermedad y la muerte, con el deporte que daba agilidad a sus miembros y claridad a sus mentes. La estampa del tan repetido investigador distraído y abstraído se convertía ahora en otra muy distinta y contradictoria: el hombre dinámico, interesado por los records deportivos, pero incansable y paciente ante el microscopio.

Fleming, hombre modesto, estaba convencido de que la labor eficaz de un equipo era imprescindible para alcanzar metas científicas ambiciosas. Por eso su método era el trabajo en equipo. Si en su familia colaboraban todos para salir a flote, en el laboratorio trabajaba en equipo, y su distracción favorita era el deporte en equipo. Es que así se conjugan y unen los esfuerzos de todos y se obtienen resultados sorprendentes que una persona sola no puede conseguir.

Con esta idea de equipo que todos, y Fleming de manera especial, tenían, era curioso observar aquellas tertulias celebradas en la biblioteca del «lab» donde se formaba también un equipo con las personalidades que allí llegaban; las charlas abarcaban temas muy diversos pero flotaba en el ambiente la característica común que hermanaba a todos en un singular y verdadero equipo.

«el dilema del doctor»

Uno de los más asiduos a esta tertulia era el famoso y paradójico dramaturgo irlandés Bernard Shaw, quien se sentía muy atraído por los experimentos e investigaciones que se llevaban a cabo en el Departamento de Inoculaciones del Hospital Santa María. Parece que una noche, mientras tomaban el té en la biblioteca del laboratorio, se presentó la cuestión de admitir un nuevo paciente. No olvidemos que Wright era entonces una de las personalidades más deslumbrantes de Londres y uno de los médicos más solicitados por la gente rica. El doctor Freeman dijo:

—Tenemos demasiados pacientes a nuestro cuidado.

—¿Y qué sucedería si más gente de la que ustedes pueden atender les solicitara asistencia? —preguntó Bernard Shaw.

—Nos veríamos forzados a preguntarnos cuál de las dos vidas era la más preciosa.

La respuesta del doctor Freeman provocó una cierta inquietud en el dramaturgo, quien llevándose el índice a la nariz, exclamó:

—¡Oh…! Aquí huelo el drama… aquí huelo un drama…

Y, efectivamente, el autor de Pigmalión se puso a desentrañar los problemas de conciencia que se le podían presentar a un científico humanista del talante de Wright y escribió El dilema del doctor, en donde aparecía el «patrón» del Santa María enfrentado con sus propias teorías.

Veamos una escena en la que el protagonista que encarna a Wright, sir Colenso Ridgeon, dialoga con un médico viejo y escéptico, sir Patrick:

Sir Patrick: ¿Qué ha hallado usted?

Ridgeon: He hallado que la inoculación, que debía curar, a veces mata.

Sir Patrick: Yo se lo hubiera podido explicar. Yo mismo he ensayado esas inoculaciones modernas. He matado a individuos con ellas; a otros los he curado; sin embargo, he preferido renunciar, porque no sé nunca cuál de los dos resultados voy a obtener.

Ridgeon: (Alargándole un folleto) Cuando disponga de una hora libre, lea esto y comprenderá el porqué.

Sir Patrick: ¡Oh! ¡Al diablo sus papeles! ¡De qué se trata en realidad? (Mira el texto) ¿Opsonina? ¿Qué demonios es la opsonina?

Ridgeon: La opsonina es la sustancia con la cual se untan los gérmenes patógenos para que los glóbulos blancos los absorban.

Sir Patrick: Esto no es una novedad… Los glóbulos blincos como ese tipo… ¡Ah! ¡Cómo se llama…? Metchnicoff… los denomina…

Ridgeon: Fagocitos.

Sir Patric: Eso es, fagocitos… Pues bien, había oído esa teoría mucho antes de que usted estuviera de moda. Y, además, no siempre se tragan los gérmenes.

Ridgeon: Se los tragan si se los unta con opsonina.

Sir Patrick: Muy bonito.

Ridgeon: No tan bonito. De hecho, lo que sucede es esto: los fagocitos se niegan a tragar los microbios si éstos no están untados. El paciente fabrica el unto necesario; pero lo que yo he descubierto es que este unto, que yo llamo opsonina, es producido por el organismo en cantidades variables, unas veces más, otras menos, siguiendo un ritmo. La inoculación acentúa la tendencia, positiva o negativa, del momento. Si se inocula en período negativo, se mata; si se inocula en período positivo, se cura.

Sir Patrick: ¿Y, cómo, por favor, sabe usted si su enfermo se encuentra en período positivo o negativo?

Ridgeon: Envíe usted una gota de sangre a mi laboratorio, y en un cuarto de hora le diré cuál es su índice opsónico.»

La escena transcripta refleja perfectamente la actitud de las dos corrientes de la medicina que disputaban a la sazón: la escuela tradicional y conservadora, con su enorme carga de escepticismo, encarnada en sir Patrick, y la nueva corriente representada por Wright con su equipo de investigadores de laboratorio.


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Introducción

«NO son los vestíbulos de mármol los que proporcionan la grandeza intelectual, sino el alma y el cerebro del investigador», escribió Fleming pensando, sin duda, en la modestia del Hospital de Santa María y en la grandeza del hombre que dirigía esta institución.

Saint Mary’s había sido fundado en 1854 en una zona suburbial de Londres, en el distrito de Paddington. Por el mismo Fleming sabemos que en Londres existían doce escuelas similares a la del Hospital Santa María, y que ésta no era la mejor ni la más antigua. El doctor Carmalt Jones describe el Hospital como un lugar bastante triste y sin ningún atractivo estético, y de la Escuela de Medicina dice que era peor y de aspecto más sórdido. En cambio, pondera la enseñanza que allí se impartía.


Una rica personalidad

Pero lo verdaderamente excepcional de Saint Mary’s era el departamento de Inoculación, del que era alma y cerebro sir Almroth Wright, genial, brillante y hasta estrambótico como pocos. Su discípulo Freeman lo describe así: «A primera vista aparecía como una masa casi informe, con una cabeza, pies y manos enormes. Le faltaba muy poco —decía su amigo Willie Bulloch— para ser acromegálico. Sus movimientos eran lentos y estudiados. Era un hombre alto que tenía espaldas encorvadas de investigador, siempre inclinado sobre la mesa. En resumen: el antiatleta… Usaba lentes, por encima de los cuales subían unas fuertes cejas. Estas cejas se movían con mucha rapidez, de arriba abajo, cuando se sentía divertido o malicioso. Casi podía hablar con sus cejas.»

Pues este hombre era un gran clínico que atendía a su numerosa y opulenta clientela para poder costear los gastos del Departamento de Inoculación, donde se comportaba como un sacerdote de la investigación y exigía de sus discípulos un espíritu de sacerdocio y entrega abnegada. «No pagamos a la gente por investigar —decía—; es necesario que trabajen al margen de esto». Por eso estimulaba a sus ayudantes a ejercer la medicina y conservar su clientela. El Departamento sólo pagaba cien libras al año, lo cual resultaba absolutamente insuficiente para vivir de tan corto estipendio. Por lo demás, aunque Wright solía decir que el Departamento era una república, Freeman escribe que «reinaba como un padre severo y afectuoso». Para los pacientes era muy afable y cariñoso, pero con sus colegas y ayudantes se mostraba frecuentemente irritable y soberbio. Incluso, podía mostrarse feroz con algún rival. Comentando una de sus polémicas con un cirujano, dice Bernard Shaw: «No solamente le ha cortado la cabeza, sino que la ha alzado muy alto para que el mundo entero pudiera comprobar que no contenía cerebro alguno.»

De este hombre culto, brillante, genial, que amaba la poesía hasta el extremo de poder recitar doscientos cincuenta mil versos de memoria, diría su discípulo Alexander Fleming: «No es frecuente gozar del privilegio de trabajar al lado de un maestro, pero el Destino arregló esto para mí.»


Fleming encuentra su sitio

Casi parece un milagro que el circunspecto y comedido Fleming pudiera encajar y abrirse camino en un ambiente tan exuberantemente verbal y polémico como el que rodeaba al «viejo» Wright, como llamaban al gran bacteriólogo sus ayudantes y discípulos. La clave de que no sólo encajara, sino de que en muchas ocasiones se impusieran sus juicios y de que terminara ganándose el respeto del «maestro» y la confianza de sus compañeros, todos ellos más habladores y teorizantes que él, nos la da de nuevo Freeman: «Era capaz de ser más elocuentemente silencioso que ningún otro hombre que yo haya conocido. No se entregaba jamás. En momentos de enfado, me ocurrió llegar a decirle que era totalmente idiota, o cualquier otro epíteto insultante. Como respuesta, Fleming se contentaba con sonreírme a lo Gioconda, de una manera apenas perceptible, y yo sabía que él era quien había ganado el encuentro.»

En el «lab» Fleming era un ayudante más del avasallador Wright, a quien Maurois define como señor feudal y dueño absoluto en las reuniones que tenía con sus ayudantes y discípulos. Dominante y profuso en sus exposiciones dialécticas, más que facilitar el diálogo, imponía el monólogo, un monólogo lleno de encanto y de referencias intelectuales, pero no por eso menos apabullante. «Si algún personaje —escribe Maurois—, como Balfour, visitaba el laboratorio, Wright era el único que discutía con él, o a veces Freeman. Fleming casi nunca decíanada. Al principio se sintió maravillado por el ardor de aquella imaginación y por los conocimientos universales de Wright. No obstante, poseía el don, precioso y embarazoso, de ir recto al punto vulnerable. Muy pronto se dio cuenta de que los relampagueantes parlamentos del patrón no siempre estaban construidos sobre premisas irrefutables. Cuando el té de medianoche se convertía en una orgía metafísica, él escuchaba mucho tiempo en silencio, y después, con una sola palabra, echaba abajo, sin ruido, un sistema laboriosamente construido: Why?, decía, con un fingido candor.»


Trayectoria de un organizador

El «viejo» Almroth Wright era un ardoroso luchador que difícilmente se dejaba ganar la partida. Había nacido en 1861 y se había desarrollado en un ambiente intelectual y universitario. Su padre era un ministro presbiteriano y su madre era hija de un catedrático sueco de química orgánica. En su niñez y juventud tuvo preceptores particulares. Su madre, dama distinguida y muy culta, confesaría que jamás había conseguido que su hijo hiciera lo que no quería. Sin embargo, fue un estudiante extraordinario durante toda su vida. Siempre estaba tan ávido de aprender que a los sesenta años estudió el ruso y a los ochenta comenzó el aprendizaje del esquimal.

Su primera pasión fue la literatura. Siendo ya estudiante de medicina, sintió profundas dudas y consultó con su profesor de literatura la posibilidad de cambiar la medicina por las letras, y Edmund Dowden le respondió: «Si yo fuera usted, continuaría la medicina; es la más bella introducción posible a la vida, y si usted recibe después talentos de escritor, su experiencia le proporcionará preciosos fondos de conocimientos.»

El consejo de Dowden resultó precioso, pues Wright descolló en la medicina y en la literatura. Pero antes de ser uno de los médicos más famosos de Londres y de entregarse apasionadamente a la investigación, viajó por el continente, visitó laboratorios y entabló amistad con investigadores franceses y alemanes. Esto le permitió comprobar que la medicina estaba cambiando. Los laboratorios empezaban a hacer posible una verdadera ciencia de investigaciones humanas. Y para comenzar sus investigaciones, cruzó el charco y se marchó a la lejana Sidney, en Australia. En 1891 regresó a Inglaterra convencido y seguro de lo que quería. Después de trabajar en diversos empleos, aceptó la cátedra de patología en la Escuela de Medicina del Ejército, instalada en Netley.


Milicia e investigación

Inmediatamente se dedicó a preparar un equipo de hombres jóvenes para desarrollar la investigación experimental. Pero su temperamento dominante y extravagante chocaría con las rigideces disciplinarias del ejército. Se cuenta que, en cierta ocasión, durante una revista, sacó de la formación al sargento del laboratorio, cogido por el cuello de la guerrera, para «hacer trabajos serios».

Wright fue uno de los pioneros de las investigaciones bacteriológicas y también de los primeros en entregarse a la investigación dentro del campo de las enfermedades infecciosas. Con gran lucidez previó que en el futuro el diagnóstico de las enfermedades infecciosas se haría por métodos exactos y no auscultando al enfermo. Siguiendo las experiencias de Widal y Gruber, a partir de 1895 se consagró a estudiar la inmunización contra el tifus. Parece que fue el bacteriólogo ruso Haffkine, que trabajaba en el Instituto Pasteur, quien le sugirió la posibilidad de prevenir la enfermedad por medio de una vacuna preventiva. «Chantemesse y Widal —escribe Maurois— habían demostrado que se podían vacunar animales contra el tifus por medio de gérmenes muertos por el calor. Wright imaginó una técnica sencilla para medir el poder bactericida de la sangre. Ella le permitió constatar que la sangre, después de inoculada, puede matar de diez a cincuenta veces más microbios y conservar este poder durante meses. Observó que, con frecuencia, después de la inoculación, aparece una fase negativa durante la cual la sangre pierde su poder y que va acompañada de malestar y de fiebre; después de lo cual sigue un período positivo. En resumen, hizo un trabajo de precisión, y, seguro de sus resultados, aconsejó al Ministerio de la Guerra que vacunara a todos los soldados que partían para servir más allá de los mares. El fue el primero que en 1898 empleó en el hombre vacunas antitíficas. Pfeiffer y Kolle, en Alemania, lo consiguieron casi al mismo tiempo.»


Investigación en equipo

Cansado de bregar con los militares, sin que le hicieran mucho caso, Wright dimitió de su cátedra en Netley, para aceptar en 1902 el cargo de profesor de patología en el Hospital de Santa María. Su enseñanza en este centro abarcaba la anatomía patológica, la histología y la bacteriología. Pero muy pronto creó el Departamento de Inoculación y se fue descargando de las demás disciplinas para entregarse por entero al estudio de la inmunización, cuyo servicio dirigió durante cuarenta y cinco años.

Empezó en Saint Mary’s sus investigaciones con el único discípulo que le había acompañado de Netley, el capitán Douglas; pero no tardó en verse rodeado por un equipo brillante de investigadores atraídos por su deslumbrante personalidad: Stuart Douglas, Leonard Noon, Bernard Spilsbury y John Freeman, a quien Wright llamaba su «hijo en ciencia». Posteriormente, se fueron uniendo Fleming, Matthews, Carmalt Jones y Leonard Colebrook.

Si todos estos hombres, cada uno de ellos inteligente y original a su manera, formaron en torno a Wright una hermandad tan poderosa y leal, es porque todos ellos comulgaban en la misma pasión científica. Así vemos que en el laboratorio del Hospital de Santa María no existe horario de trabajo. Frecuentemente, Wright y sus discípulos permanecían hasta las tres y las cuatro de la madrugada haciendo sus comprobaciones y experimentos.


Cómo se complementan dos personalidades contrapuestas

Quizá los dos temperamentos más opuestos de aquel equipo que funcionaba como una hermandad fueran Fleming y Wright. El primero era frío, hermético y rigurosamente analítico, de tal manera que no se dejaba deslumhrar por teorías más o menos sugestivas. El segundo era profuso y exuberante. Le gustaba hacer frases, inventar palabras con raíces griegas, ilustrar la ciencia con bellas metáforas poéticas y divagar en todos los temas imaginables. Uno de sus biógrafos dice que los silencios de Fleming actuaban como un desafío en Wright quien ensayó todas las formas de provocación verbal sin que «el pequeño escocés» se inmutara.

Por lo demás, Wright apreciaba a su imperturbable discípulo por la perfección y meticulosidad de su trabajo y la seriedad de sus juicios. El profesor Pannet nos dice a este respecto: «Nunca le ha gustado hablar, pero si se decide a emitir un juicio, puede usted estar seguro de que éste será altamente inteligente. La agudeza y la clarividencia de Fleming son indudables.»

Otro de los aspectos en que coinciden sus compañeros de equipo es que Fleming poseía un virtuosismo técnico extraordinario, superior incluso al de Wright. Dicen que el vidrio se plegaba a sus exigencias y daba gusto verle moldear la materia y construir los aparatos más complicados.

No siempre coincidía con Wright y estaba muy lejos de asumir las teorías e hipótesis de su maestro. En algunas ocasiones incluso se permitió discrepar en presencia del soberbio maestro, pero nunca manifestó sus dudas fuera del ámbito del laboratorio, ya que sabía que Wright tenía muchos enemigos en el mundo científico.


La importancia de los detalles

«Las cualidades esenciales del joven investigador —escribe Maurois— eran un poder de observación gracias al cual ningún detalle importante se le escapaba, una percepción penetrante de las causas implicadas por tal efecto constatado, y un arte para desbrozar todo problema y descubrir en él sus principales líneas. El las empleó generosamente en defensa del índice opsónico, combatido por todos lados. Se decía que eran necesarias miles de sumas para establecer una estimación correcta y que, incluso si el método había resultado exacto, hubiera resultado impracticable. “No —respondía Fleming—; un bacteriólogo experimentado y que trabaje inteligentemente no tiene que contar tantas células como un principiante”. Entre sus manos todo se volvía fácil. Dos ejemplos, escogidos en el laboratorio mismo, parecieron justificar la confianza del equipo en este método famoso y discutido.»

Uno de los ejemplos expuestos se refiere a John Wells, del mismo equipo de investigadores. Se hallaba con permiso en el campo y escribió a Wright diciéndole que no podía incorporarse a sus actividades por hallarse con la influenza. Como a los dos meses siguiera con lo que él creía la gripe, se presentó al servicio deprimido y febril. Fleming le tomó unas muestras de sangre y días después le entregó a Freeman dos láminas de vidrio.

—¿Hace usted el favor de contar estos dos films?, le dijo.

Las láminas habían sido marcadas con las letras A y B sin ninguna explicación.

—La sangre B posee dos veces más efectividad sobre el microbio considerado que la sangre A, respondió Freeman después de hacer la cuenta.

—Es lo mismo que yo encontré —dijo Fleming—; B es el incontrolado; A, la sangre de Wells. El microbio es el del muermo… John Wells tiene el muermo… ¿Recuerda usted aquella joven cuyo poney murió de él…? Wells manejó un cultivo y, sin duda, no tomó precauciones… El poney debía padecer de muermo y John Wells se ha contagiado…

Efectivamente, seis semanas después moría el investigador de una enfermedad que todavía era incurable.

El otro ejemplo corrió a cargo del doctor May, un robusto irlandés que parecía vender salud. Todos los miembros del equipo se extraían sangre para alimentar la reserva de sangre normal. Pero alguien observó alguna anomalía en la reserva de sangre, y se comparó el índice opsónico de la mezcla con el de cada uno de los donantes. Entonces May hizo observar que el promedio de su sangre era muy diferente al de cualquiera de sus compañeros. Ante esto, Wright le dijo:

—No tomaremos más sangre de usted, porque no es normal.

No obstante, May siguió examinando su índice opsónico. Cuando constató que cada vez se alejaba más de la normalidad, se lo dijo a Wright y éste le respondió:

—Escuche, May, es preciso que abandone el laboratorio. Usted padece alguna forma desconocida de tuberculosis.

May se echó a reír, ya que se sentía completamente sano, pero abandonó el laboratorio y aceptó un empleo de médico en Africa del Sur. No pocos médicos y científicos pusieron en tela de juicio la cordura de Wright por emitir un diagnóstico a base del discutido índice opsónico, pero dos meses después aparecieron en sus esputos los bacilos de Koch, lo que demostraba que las teorías de Wright eran eficaces por más que supusieran para los médicos e investigadores, y muy especialmente para los de su equipo, un trabajo abrumador. Fleming podría decir las innumerables horas que pasó en el laboratorio para confirmar las teorías de su maestro.


La inmunología antes de pasteur hasta Fleming

Se llama inmunología a la parte de la medicina que estudia la inmunidad, y se define esta última como el resultado de la creación de defensas por parte del organismo frente a una enfermedad infecciosa, cuyos principios generales conviene conocer para comprender lo que representa la inmunidad en la historia de la medicina.

Enfermedad infecciosa es aquella en la que un germen externo —cualquier microbio nocivo— contamina un organismo produciéndole la infección. Los agentes infecciosos se encuentran en cualquier lugar y están constantemente en contacto con las personas, animales y plantas, penetrando en ellas, por causas accidentales la mayoría de las veces, a través de la piel, por alguna herida, por las mucosas, etc. Cuando se produce la fijación y reproducción del microorganismo nocivo en el cuerpo humano, animal o vegetal, se origina la infección, que puede ser de dos tipos: «latente», cuando no provoca alteraciones en la salud y «virulenta», cuando va acompañada de trastornos graves —fiebres, inflamaciones, esplenomegalias, etc.— a consecuencia de las reacciones defensivas del organismo; en estos casos dichas reacciones dan lugar a la enfermedad infecciosa.

El agente nocivo segrega unas sustancias llamadas antígenos (una variedad de ellos son las toxinas, por ejemplo), por medio de los cuales ataca al organismo que invaden, produciendo éste a su vez otras sustancias llamadas anticuerpos (como las antitoxinas), formados a partir de la hemoglobina de la sangre, que son su defensa ante el invasor.

Con estas bases se puede pasar ya al estudio de la inmunidad, que se clasifica en dos tipos: «inmunidad natural o innata» e «inmunidad adquirida», que a su vez puede ser «activa» o «pasiva».

La inmunidad natural se puede definir como «aquella que existe espontáneamente, sin enfermedad anterior de igual naturaleza, y sin vacunación artificial». Es decir, que es la que posee un individuo desde su nacimiento, transmitida por su madre bien cuando está dentro de ella, o bien en la leche que le suministra durante los primeros meses. Una variedad de este tipo de inmunidad es la «inmunidad natural de especie». Es un hecho comprobado que ciertas enfermedades que padecen algunos animales, no las pueden contraer otros de diferente especie.

El segundo tipo de inmunidad es la «inmunidad adquirida» que, como se ha dicho, puede ser activa o pasiva.

La «inmunidad adquirida activa» es la obtenida, por un lado, a consecuencia de haber padecido una enfermedad por la penetración de gérmenes contra los que el organismo desarrolló anticuerpos; y por otro, la que se adquiere como consecuencia de haber introducido en el organismo que se quiere inmunizar, ciertas sustancias protectoras y defensivas, como son las vacunas, que consisten en la inoculación a dicho sujeto de los gérmenes causantes de la infección que se quiere combatir, pero con escasa virulencia, para que el organismo desarrolle unos anticuerpos más fuertes que los antígenos que contiene la vacuna. Estas pueden aplicarse antes de que estalle la enfermedad, como la «vacuna antirrábica», o cuando ya existe la infección, como la «vacuna antitosferina».

Durante muchos siglos la inmunidad adquirida contra una enfermedad se obtenía como consecuencia de haberla pasado —este es el caso aún hoy del sarampión—; pero a partir de finales del siglo XIX, se logra provocar las primeras infecciones atenuadas por medios artificiales, para que el organismo pudiera vencer así sin dificultad la enfermedad, y por consiguiente, inmunizarse.

Ya en 1546 el italiano Hieronimus Fracastorius, llamado más tarde el «Pasteur del Renacimiento», investigó sobre el tifus dando una descripción bastante perfecta de esta enfermedad, de la que dijo que sólo era contagiosa por contacto y no a distancia, como se creía. Antiguamente, a esta infección se la llamaba «tabardillo» y se confundía a veces con el sarampión y otras con la peste. Más tarde se descubre que el tifus es transmitido por los piojos, hecho que confirma en 1909 el investigador Nicolle, en el Instituto Pasteur de Túnez. El hombre es el que porta los gérmenes de la enfermedad y el piojo el que los transmite.

La vacunación normal contra el tifus se hace con virus atenuados, aunque los métodos para conseguirlo varían. En el Instituto Pasteur, de Marruecos, se utiliza un cobayo infectado con el virus deltifus. Se le tritura el bazo y se le añade bilis de buey estéril, que atenúa los gérmenes de la enfermedad. En el de Túnez emplean el cerebro de un ratón tífico, y sustituyen la bilis por yema de huevo que, al secarse, envuelve a los virus impidiéndoles actuar con toda su fuerza.

Otra vacuna importante es la «vacuna antivariólica», que descubrió el médico inglés, Edward Jenner, en 1776. La viruela es una enfermedad conocida ya en China antes de la Era Cristiana, que se extiende por Europa en la Edad Media y llega a América en el siglo XVI.

Jenner observó que las pústulas de las vacas contienen un virus atenuado, que, inoculado al hombre, le inmuniza contra la viruela. Preparó la primera vacuna antivariólica con las pústulas de las manos de una ordeñadora. El descubrimiento fue muy importante, ya que en aquella época la mortalidad infantil por viruela alcanzaba cotas muy altas, hasta el punto que por aquellos años se decía que «un hijo sólo pertenece a su madre cuando ha pasado la viruela». Actualmente, en la mayoría de los países es obligatorio vacunarse contra esta enfermedad a partir de los dos meses de edad.

Otra vacuna cuyo descubrimiento supuso un gran avance en la historia de la medicina es la «vacuna antirrábica». En 1780, el investigador Valli, de Pisa, mezcló saliva de perro rabioso con jugo gástrico y se lo inyectó a su criada, que había sido mordida por un perro atacado de esta enfermedad. El experimento fue un éxito y la mujer se salvó. En el año 1879, el científico Duboué, de Francia, deja sentado que el virus de la rabia se propaga por los nervios, y no por la sangre como se creía hasta entonces. Es a finales del siglo XIX cuando, gracias a los experimentos de Pasteur, se consigue una vacuna antirrábica realmente efectiva, por medio de la que se logra la inmunidad después de haber sido contraída la enfermedad. La primera vacuna antirrábica administrada a una persona se inoculó por mano de Vulpian, ayudante de Pasteur, que en julio de 1885 se la inyectó a un niño que había recibido 14 mordeduras de un perro rabioso. El niño se salvó y, conocida la experiencia, el zar de Rusia envió a Pasteur 19 campesinos atacados por la rabia, de los que se salvaron 15, después de haber sido vacunados. Ante este éxito, el zar concede a Pasteur 100.000 francos para la construcción del Instituto Pasteur de París.

En este mismo año de 1885 se extendió una epidemia de cólera por la costa levantina española; el científico español Ferrán comenzó una serie de investigaciones para hallar un método eficaz de combatir la enfermedad. Se empeñó en la ardua tarea de la obtención de la «vacuna anticolérica», a pesar de la oposición que encontró y del esfuerzo que le costó abrirse camino con sus teorías.

Observó que cobayas inyectados con una pequeña dosis de bacilos coléricos, al serles inyectada una dosis mortal, no morían, dejando sentado con esto las bases de la vacuna anticolérica. Al pasar la vacuna al hombre, utilizó cultivos de bacilos vivos, con los que se prolonga el estado inmunitario, que en este caso tiene una duración de uno a dos años.

Otra dolencia que hacía verdaderos estragos es la poliomielitis, descrita ya por Jakob von Heine en 1840. Ataca sobre todo a los niños; sus síntomas son fiebres, dolores de cabeza, trastornos intestinales, etc. Afecta a las células de la médula espinal, produciendo deformaciones en los huesos y en los músculos.

Dos científicos, Landsteiner y Propper, consiguieron en 1908 aislar el virus de la poliomielitis; machacaron la médula espinal de un niño muerto de polio y se la inocularon a un mono, aunque sin obtener buenos resultados. Durante el año 1949, los investigadores del grupo Enders descubrieron que el tejido renal es un excelente medio de cultivo in vitro para la obtención de grandes cantidades de virus para la vacunación. Anteriormente se utilizaban como medio de cultivo los tejidos nerviosos del hombre o del mono, pero, como observaron Propper y Landsteiner, no eran eficaces. Para atenuar el virus, los investigadores del grupo Enders hicieron una serie de inoculaciones sucesivas a diversos animales: ratones, conejos, pollos, perdiendo así el microbio parte de su virulencia y quedando apto para su inoculación. La vacuna más empleada hoy contra la polio es la vacuna de Sabin, que se administra por vía oral. La poliomielitis queda así prácticamente vencida.

Además de estas vacunas citadas muy sucintamente, existen otras muchas utilizadas con el fin de combatir numerosas enfermedades que antes suponían un peligro constante para la humanidad.

Las vacunas constituyen la forma de «inmunidad adquirida activa»; pero, como se ha visto anteriormente, existe también la «inmunidad adquirida pasiva», que es la que se consigue por medio de los sueros. Estos se obtienen inoculando a un animal la enfermedad que se quiere combatir. Su organismo produce entonces anticuerpos, que a continuación se inyectan a la persona que se desea inmunizar. El suero se consigue a partir de un componente de la sangre llamado plasma sanguíneo. El animal más empleado para su obtención es el caballo. Cuando la sangre extraída del animal enfermo se coagula, queda liberado el plasma cargado de anticuerpos, que es lo que constituye el suero y, a su vez, lo que se inyecta al paciente para inmunizarle.

Se aprecia así claramente la diferencia entre los sueros y las vacunas; éstas últimas hacen que el organismo a inmunizar segregue los anticuerpos, mientras que los sueros los contienen ya desarrollados por un animal vivo. Por otro lado, mientras que la vacuna se usa como método de prevención, el suero se utiliza cuando la enfermedad está ya incubada.

Uno de los sueros más conocidos es el «suero antidiftérico». Los anticuerpos que contiene la sangre de un caballo previamente inoculado, constituyen la base de la inmunización para la difteria. Este tipo de suero pierde su actividad con el tiempo, debiendo ser empleado antes de que pase un año de su extracción.

Otro suero que se administra de forma análoga es el «suero antitetánico». El tétanos es una enfermedad contraída a causa de heridas y contusiones. La lucha contra el virus que lo produce debe ser precoz, porque cuanto antes se detenga su acción, menores serán los estragos que ocasione. Después de inyectarle el suero a la persona enferma, se la puede vacunar también, pues de esta forma queda doblemente inmunizada.

Existen infinidad de sueros más, como los sueros «antiinfecciosos», que se obtienen por la inoculación a animales de gérmenes que pueden estar atenuados o no, de modo que produzcan antígenos y provoquen en el animal la formación de anticuerpos. Entre estos sueros se encuentran los «sueros antiponzoñosos», que se emplean contra la mordedura de víboras, cobras y reptiles similares.

También son efectivos los «sueros antipestosos», el «suero antitóxico», que sólo actúa contra las toxinas bacterianas, etc. Aunque hoy ya no son de gran utilidad por la aparición de los antibióticos, en algunos casos más eficaces. Con todo aún queda mucho por conseguir.


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Introducción

Ernst Boris chain.
Ernst Boris chain.


AUNQUE el equipo de investigadores del Saint Mary’s hacía mucho ruido por sus rápidas curaciones y su acierto en el diagnóstico de las enfermedades infecciosas, la desbordante personalidad de su jefe apenas si permitía apreciar la originalidad de sus ayudantes y colaboradores. Sin embargo, Fleming, el modesto y obstinado escocés, ya empezaba a sobresalir. El mismo Wright que, como todos los jefes de fila, tendía a hacer suyas las iniciativas de sus colaboradores, se vio obligado a mencionar en sus comunicaciones el nombre de Fleming. Así, vemos que en uno de sus informes decía lo siguiente: « Mi colega, el doctor Alexander Fleming, ha logrado, en el tratado a que esto sirve de prefacio, una admirable exposición de los resultados obtenidos en el servicio de vacunoterapia de Saint Mary’s Hospital…»

En el «lab» había comenzado una nueva etapa. En el informe mencionado se habla ya de vacunoterapia como un paso más en el dominio de las enfermedades. Siguiendo el camino de Jenner y Pasteur, Wright se había propuesto pasar de la vacunación preventiva a la vacunación terapéutica. El nuevo campo en el que trabajaban él y sus colaboradores se llamaba inmunología. Su objetivo ya no era prevenir, sino proporcionar a la sangre los medios para defenderse de los procesos patológicos.

Saint Mary’s se había convertido en un foco de atención científica. La modestia inicial de sus instalaciones estaba siendo superada. Las dos salas del hospital y los seis o siete ayudantes de Wright eran insuficientes para atender a los enfermos que acudían atraídos por la fama de sus curaciones. Además, en el hospital siempre había algunos investigadores extranjeros que acudían a estudiar las autovacunas y el índice opsónico.

El hospital había sido ampliado en 1907, con un ala nueva, pero la dirección del centro carecía de fondos para equiparla. En vista de ello decidió ofrecérsela a Wright, quien recurrió a sus admiradores y poderosos amigos para que ejercitasen su papel de filántropos. Entre los que contribuyeron a reunir la cantidad necesaria, figuran personalidades tan relevantes como lord Iveagh, Balfour, lord Fletcher Moulton, sir Max Bonn, y otros muchos. Además, el laboratorio«Parke, Davis ú Co.» estableció un compromiso con el Servicio de Inoculación para el suministro de vacunas, sueros, opsoninas y antitoxinas. Con este sistema quedó prácticamente asegurado el servicio en el aspecto económico.

En 1909, el Servicio de Inoculación adquiere carácter oficial. Balfour, que a la sazón era presidente, de la Cámara de los Comunes, propuso su constitución. No obstante, el Servicio conservaba su independencia.

Perfil del médico investigador

En aquellos años de trabajo intenso y silencioso, Fleming vivió enteramente dedicado a su trabajo. Por las mañanas atendía a los enfermos de las salas. Por la tarde se celebraba una consulta en la que se analizaban los casos considerados sin esperanza por otros médicos. Después comenzaba el trabajo de laboratorio, así como la extracción de sangre, la preparación de muestras y el etiquetado de las pruebas. Después de la cena, se continuaba con el examen de las muestras.

Pese al trabajo agotador repetido a diario, Fleming seguía preparándose para efectuar sus últimos exámenes médicos, los cuales realizó en 1808 en la Universidad de Londres, consiguiendo otra medalla de oro.

Por entonces, el Saint Mary’s convocó un concurso y Fleming presentó un trabajo titulado: Sobre las infecciones bacterianas agudas, que también fue galardonado con la famosa Cheadle medal (medalla de oro). Con este motivo escribió un artículo de fondo en la Gaceta de Saint Mary’s el que luego sería famoso cirujano Zachary Cope, en el que leemos estas proféticas palabras: «Mr. Fleming, que ha obtenido recientemente la medalla de oro y que parece haber conquistado sin el menor esfuerzo el título de F.R.C.S., es uno de los discípulos más entusiastas de sir Almroth Wright, y creemos que el porvenir le reserva grandes distinciones.»

En este trabajo aparece ya un Fleming maduro y decidido a enfrentarse con lo que va a ser su lucha principal en los años siguientes: las infecciones, que eran entonces el mayor azote para la humanidad. Su excepcional biógrafo, André Maurois, escribe al respecto: «Estas tesis de Fleming sobre las infecciones bacterianas y los medios de combatirlas, constituyen como una prefiguración de lo que iba a ser la investigación proseguida por él durante toda su vida. Hacía el inventario del arsenal de que disponía la Medicina para luchar contra las bacterias: cirugía, si el foco de infección es accesible; antisépticos; medidas generales para aumentar las fuerzas del paciente; empleo de productos que poseen una acción sobre determinadas bacterias (quinina en la malaria, mercurio contra la sífilis, etc.); métodos para aumentar la exudación de la linfa sanguínea en los tejidos infectados, y, naturalmente, sueros y vacunas.»


Experimentan en la propia carne

Por entonces Fleming estaba tan convencido de la vacunoterapia de su maestro Wright, que no dudó en someterse a una prueba harto peligrosa. Los enemigos de Wright se burlaban de la vacunoterapia y aducían un argumento aparentemente abrumador. Se preguntaban: ¿Qué ventajas hay en añadir microbios muertos a un organismo que lucha contra microbios vivos? Como demostración de sus tesis presentaban la endocarditis infecciosa, que vierte sin cesar microbios en la sangre, y afirmaban que, si eran ciertas las teorías de Wright, esto debía servir de vacunación general. Pero estaba demostrado que la sangre no producía anticuerpos.

Fleming, siempre concienzudo, se propuso hacer la prueba en sí mismo. Necesitaba comprobar que la vía intravenosa no era la adecuada para inyectar una vacuna, y un sábado se hizo inocular en una vena ciento cincuenta millones de estafilococos muertos. Al día siguiente tuvo dolor de cabeza, le apareció la fiebre y sintió náuseas. Los síntomas hacían suponer que se produciría una resistencia sanguínea como ocurría en las mismas condiciones con una inyección hipodérmica, pero el efecto fue nulo. De aquí dedujo que tanto Wright como él se hallaban en lo cierto. Su rasgo había sido valeroso y arriesgado, pero la demostración confirmaba que se hallaba en el buen camino.


Atento a las novedades terapéuticas

Saint Mary’s era un foco de atracción científica mundial. Los más famosos investigadores pasaron por allí y compartieron las tertulias cientificoliterarias de Wright. En 1909 fue a Londres el doctor Ehrlich (1854-1915), famoso fisiólogo alemán que acaba de descubrir un sistema de curación eficaz contra la sífilis. Con él llevó una dosis de «salvar-san», conocido también con el nombre de «606», y la puso a disposición de los ayudantes de Wright. El tratamiento no era fácil de aplicar, porque se oxidaba con mucha rapidez al entrar en contacto con el aire, pero Fleming se convirtió en un maestro. Hay que tener presente que en aquella época eran muy pocos los médicos que sabían inyectar en las venas.

Existe un testimonio del doctor G. W. B. James de singular importancia para conocer al Fleming de aquellos años entregado a sus tareas clínicas.

«Le recuerdo muy bien, de pie al lado del lecho, en blusa blanca, instalando un recipiente lleno de líquido amarillo, introduciendo hábilmente una aguja en una vena del brazo y haciendo pasar el líquido directamente a la corriente sanguínea. Es menester darse cuenta de que, para un estudiante de aquel tiempo, las inyecciones intravenosas eran algo nuevo y extraño. Por eso, esta imagen de Fleming ha conservado siempre para mí un valor dramático. A la sensacional imagen del tratamiento iba a añadirse pronto la rapidez de la acción beneficiosa del «606», tan distinta de la lentitud del tratamiento mercurial que observábamos en los demás servicios del hospital.

» Recuerdo haber tenido la audacia de interrogar a Flem y de preguntarle qué era aquel líquido amarillo. Sus modales eran rudos; me miró con sus ojos azules y lanzó bruscamente:

» —Dioxi-diamina-arsenobenzol-dehildro-clorado.

» Me quedé tan enterado como antes. Después me dijo:

» —¿Qué desea usted?

» —Pues bien, señor, mirar…

» —¿Qué cree usted que es esto? —preguntó Fleming señalando al enfermo, que presentaba horribles lesiones sifilíticas.

» Mi compañero y yo respondimos:

» —Sífilis.

» —¿Qué le darían ustedes? —dijo—. ¿Mercurio? Pues ahora verán. Este producto es mucho más rápido.»


El «tono Fleming»

El mismo James traza este retrato de Fleming: «Cuando le conocía mejor, supe que su laconismo helado no implicaba ninguna intención hostil y que era sólo el «tono Fleming». Además, en seguida demostró toda ausencia de antipatía, llevándonos, a mi amigo y a mí, a su laboratorio, cerca de la escalera, y contándonos toda la historia del salvarsán, dando pruebas de unos conocimientos que nos parecieron enciclopédicos. Sólo nos llevaba cuatro años, pero a esa edad es mucho. Tuvimos la impresión de haber descubierto un Flem desconocido y, todavía hoy, al reflexionar sobre ello, pienso que se mostró muy simpático con aquellos dos jóvenes ávidos de saber. Al despedirse nos dijo: «Vengan mañana a ver a este hombre.» Volvimos. Todo aparecía limpio. Nos quedamos estupefactos y él gozó de nuestra extrañeza.

» Desde entonces siempre nos recibió amablemente. Sus horas de permanencia parecían interminables. Si, como sucede alguna vez a los jóvenes, por la noche sentíamos sed, cuando todos los pubs u hoteles estaban cerrados, sabíamos que al lado de Fleming encontraríamos un vaso y una discusión. Sobre todo, aborrecía las grandes frases y ahogaba en seguida la menor tendencia a la vanidad o a la autosuficiencia. Hubiéramos deseado pasarnos horas contemplándole trabajar o divertirse, como hacía a veces, inventando objetos con tubos de vidrio. De aquel vidrio reblandecido a la llama podía sacar no sólo pipetas, sino también curiosos animales. No olvidamos nunca un gato que salió de repente del vidrio calentado al rojo vivo y que, una vez enfriado, nos miraba con unos ojos que parecían vivos. Después inventó toda una serie de animales más pequeños, que se asustaban del gato y escapaban.

» Seguimos siendo buenos amigos. Era muy fiel con la amistad. No era posible ofender a Flem. Cosas directas y duras que hubieran herido a otros muchos, ni siquiera le molestaban. No era suspicaz. Cuando más tarde me especialicé en psiquiatría, sostuvimos frecuentes discusiones. Sus ideas sobre la medicina eran materialistas. Las bacterias estaban allí o no estaban allí. Se le veía absolutamente resuelto a atenerse a los hechos visibles y mensurables. Recuerdo haber intentado hacerle comprender el papel del subconsciente. “¿De qué sirve hablar de pensamientos inconscientes? —dijo—. Eso no existe. Si uno está inconsciente, no piensa.”

» Cierto día, como se obstinara en esa actitud, le pregunté cuál era la porción visible de un iceberg en la superficie del mar; él me respondió que lo ignoraba. “Una octaba parte —le dije—; las otras son invisibles. He ahí el pensamiento inconsciente.” Flem me lanzó una mirada maliciosa. Resultaba imposible saber si uno le había convencido; le encantaba la discusión por la discusión y contradecía por el placer de contradecir. Su carácter le conducía a crearse un adversario intelectual, pero conservándole siempre como amigo. En su propio terreno era invencible. Su ciencia bacteriológica era monumental.»

El descubrimiento del salvarsán y los resultados casi fulminantes que se obtenían con él, parece que hicieron reflexionar mucho a Fleming con respecto al vasto campo que ofrecía la quimioterapia. No le ocurría lo mismo a Wright, que seguía convencido de que la medicina del futuro estaría a cargo de los inmunizadores. Incluso llegó a afirmar en el «Medical Research Club» que «la quimioterapia de las afecciones bacterianas humanas no sería jamás posible».

El salvarsán contribuyó mucho a que Fleming y su compañero Colebrook se convirtieran en médicos muy solicitados, ya que fueron los primeros en inyectar este tratamiento en Inglaterra. Como había que inyectar gran cantidad de líquido, Fleming inventó un aparato con dos frascos, una jeringa, dos tubos de goma y dos grifos con doble abertura tubular. Este sistema le permitía tratar a cuatro pacientes en el mismo tiempo que otro médico inyectaba a uno solo. Entre sus compañeros de los London Scottis, donde al parecer abundaban los contaminados de sífilis, se hizo tan popular que le apodaban el «Private 605».


Fleming fuera del laboratorio: vida de relación

Evidentemente, Fleming fue siempre un investigador preocupado y atento a las cuestiones del laboratorio, pero esto no le impidió relacionarse con otra clase de gente. Fuera de las relaciones del hospital se creó un ambiente propio muy de su gusto. Page, un médico australiano, le presentó a los Pegram. Estos vivían en Warwick Gardens y tenían una hija de doce años, Marjory Pegram, que escribe lo siguiente sobre el médico escocés: «Alec tenía entonces poco menos de treinta años. Era un joven serio y silencioso, de cabeza maciza, ojos hermosos, manos anchas y fuertes … Para mí era el compañero ideal. Poseía una sencillez de espíritu, gracias a la cual se divertía realmente con una niña. Inventaba juegos con un ardor puro de toda condescendencia. Jugábamos juntos partidas de golf excéntricas … Mis padres lo adoraban, y mi madre le hablaba como si hubiera tenido miedad. «Vamos, Alec, no digas tonterías», le decía ella cuando él lanzaba una de esas absurdas afirmaciones que se complacía en exponer para animar la conversación. Uno de sus golpes «favoritos», y que producía infaliblemente una reacción en mi madre, era la de decir, a propósito de una de sus curaciones milagrosas: «¡Oh!, yo no hice nada, de todas maneras se hubiera curado», o de responder, si se le preguntaba qué enfermedad padecía un enfermo que él había salvado: «¡Al diablo si lo sé.»

En casa de los Pegram conoció a un pariente pintor, Ronald Gray, que padecía una tuberculosis de rodilla y al que Fleming curó con un tratamiento vacunoterápico.

También con Marjory Pegram ensayó diversos tratamientos para curarle la crisis de asma que padecía, pero todo resultó vano. La misma Marjory dice que en su casa la llamaban el «conejo de Indias» de Alec, y añade: «Cierto día Alec me dijo que había descubierto un nuevo método para determinar a qué era sensible un asmático. Muy emocionada, presenté mi pierna, en la cual Alec hizo unos arañazos y depositó diversas sustancias, diciendo: «Huevos…, plumas…, crin de caballo…, algas…, pescado», y otras cosas. Después de lo cual, conteniendo nuestro aliento, esperamos que una de las excoraciones se inflamara. El resultado fue amarga mente desalentador, ya que sólo las algas produjeron una leve reacción, y ellas no podían ser, evidentemente, la causa de mi asma. Cuando volví a ver a Alec, me preguntó: «¿Duele esa pierna?» Yo respondí: «Mucho». «Ya lo sabía —dijo él alegremente—; lo hice todo al revés.»

La amistad con los Pegram, y especialmente con su pariente Ronald Gray, abrió a Fleming las puertas de un amplio círculo de artistas y escritores muy bien situados en la sociedad londinense. Fue Mrs. Richard Davis, mujer elegante y nuera de un famoso anticuario de Bond Street, quien le sacó de su voluntario ostracismo científico para ponerle en contacto con la dorada bohemia del «Chelsea Arts Club». Aunque este club sólo admitía a artistas como socios de número, sus nuevos amigos se las arreglaron para que Fleming figurara como tal por medio de una treta.

Como al club no podía pertenecer nadie que no fuera artista consagrado, Ronald Gray le pidió que pintara un cuadro para justificar su admisión. Fleming, que no se consideraba con ninguna cualidad pictórica, se resistió, pero el mismo Gray le puso ante un lienzo y le colocó el pincel en la mano para que pintara una escena campestre. El motivo elegido por el investigador fue una vaca que, al parecer, resultaba muy difícil de identificar con la raza bovina.

—Gracias —dijo Ronald Gray—. Es una obra maestra y exactamente lo que yo deseaba.

No mucho tiempo después, el mismo Gray llevó a Fleming a una exposición de pintura, donde figuraba su cuadro, colocado en un lugar preeminente, con el título Retrato de una vaca. Para sorpresa y regocijo suyo oyó a algunos críticos comentar la «sabia ingenuidad» del artista. También oyó a dos ancianas distinguidas comentar su obra con estas palabras: «Tiene usted razón —le decía una de ellas a la otra—; este arte nuevo debe significar alguna cosa, pero no consigo comprender qué.»

Para que la treta diera resultado, el cuadro debía ser vendido, por lo cual Fleming rogó a su amigo E. J. Storner que lo adquiriera por su cuenta. Pero como la «obra mestra» figuraba con un precio demasiado elevado y la comisión de la galería representaba un buen pellizco, se buscó otra argucia para que la venta no llegara a efectuarse. Según Maurois, el comité de la exposición se conformó con esta pequeña comedia, y Fleming fue elegido miembro a perpetuidad del «Chelsea Arts Club». Allí conoció a los mejores artistas de su tiempo y convivió feliz con ellos hasta el final de sus días. Su carácter serio y volcado a la investigación no le impedía participar en los bailes de disfraces que se celebraban anualmente. En uno de ellos se disfrazó de negro; en otro, el doctor Porteous y él acudieron disfrazados de muchachas.



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Introducción

SI en el organismo humano la pérdida del equilibrio provoca la enfermedad, en el gigantesco organismo sociopolítico la falta de equilibrio genera la más lamentable de las enfermedades: la guerra.

¿la guerra, un mal necesario?

Desde 1815, año en que el Congreso de Viena había conseguido cortar definitivamente las alas al imperialismo napoleónico, hasta 1870 en que el Imperio alemán consigue poner fuera de combate a Francia y a su emperador Napoleón III, en la batalla de Sedán, Europa había disfrutado de un relativo equilibrio. Pero la irrupción del imperialismo alemán en la pugna de codicias imperialistas va a desequilibrar el fiel de la balanza. Francia e Inglaterra, que poseen inmensos imperios coloniales, contemplan con recelo al creciente militarismo alemán y su política de alianzas en Centroeuropa. Por otra parte, el kaiser Guillermo II no oculta sus ambiciones expansionistas. Pronto se perfila una política de bloques que va a desencadenar una de las más terribles contiendas. En torno a Alemania se agrupan Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía. En el otro bando forman Francia, Inglaterra y Rusia. Alineadas ya las fuerzas bélicas, el 28 de junio de 1914 son asesinados en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando y su esposa, herederos de la corona austrohúngara. Austria declara la guerra a Servia, y Rusia sale en defensa de su aliada. El detonante ha estallado y la guerra se generaliza rápidamente. Alemania, como de costumbre, arrolla a la neutral Bélgica y penetra en Francia. Inglaterra salta al continente con su ejército y sus hombres de ciencia para ayudar a su aliada Francia.

Poco después de estallar la guerra, Wright fue nombrado coronel de sanidad militar y enviado a Boulogne-sur-Mer con la misión concreta de montar un laboratorio y un centro de investigaciones. Como colaboradores inmediatos se llevó con él al capitán Douglas, a Perry Morgan y a Fleming, que era teniente del Cuerpo Médico. Después se les unirían Colebrook y Freeman, que se hallaba en Rusia preparando vacunas contra el cólera.

El laboratorio formaba parte del hospital que el ejército inglés había instalado en las salas del casino de la famosa ciudad francesa. A los bacteriólogos los confinaron en un sótano hediondo por el que pasaban las alcantarillas. Pero Wright montó en cólera y consiguió que los instalaran en la sala de esgrima. Gracias al ingenio de Fleming y a su facilidad para inventar aparatos de cristal, muy pronto el laboratorio pudo rendir un eficaz servicio.


Un voluntario movilizado como médico

En otros capítulos hemos hecho referencia a la vinculación de los hermanos Fleming al regimiento de los escoceses de Londres. Prácticamente fue dado de baja en los London Scottish en el mes de abril de 1914 por impedirle sus trabajos en el hospital cumplir los períodos de instrucción militar.

Cuenta el doctor James que, un día de 1912, vio en lo alto de la escalinata del Santa María a un soldado vigoroso con el uniforme de los London Scottish. Era Fleming, que llegaba de un campo de entrenamiento. Al doctor James le sorprendió que un investigador tan famoso hiciera entrenamiento militar como un simple soldado, y escribe:

Yo no poseía entonces ninguna experiencia militar. la idea de compartir una tienda de campaña con otros cinco o seis me parecía repugnante me atreví a preguntarle cómo se las había arreglado para conservar su equipo inmaculado, su fusil y sus zapatos impecables, a pesar de la lluvia y el barro. el me lanzó una mirada azul, helada, un poco terrorífica, y respondió con su acostumbrado laconismo ¡un maldito trabajo!

Yo conservaba, de mis precedentes encuentros con fleming, una viva admiración por él. encontrar a mi héroe transformado en soldado me dio que pensar. no conformista, yo había sido educado en la idea de que hacer la guerra es un crimen; que uno no ingresa en el ejército más que cuando posee graves cosas que reprocharse; y que los oficiales se parecen todos, más o menos, a los caballeros inmorales de la guerra civil, adversarios de los puritanos. comprobar que uno de mis compañeros, mayor que yo, y de los más queridos, después de tener en su haber tantos trabajos interesantes, estaba dispuesto a jugarse la vida como soldado del rey, me condujo a revisar mis opiniones sobre la posibilidad de una guerra.

Para saber lo que Fleming pensaba del ejército y de la disciplina militar, tenemos que adelantar los acontecimientos y situarnos en 1949, cuando nuestro protagonista era ya famoso. Sus antiguos compañeros de la compañía H le invitaron a presidir una comida de camaradería de los London Scottish, en la que dijo lo siguiente:

Vuestras reuniones han sido presididas por coroneles, capitanes, sargentos y demás, pero es la primera vez que vuestro chairman es un humilde soldado de segunda clase. Yo siempre fui humilde en el regimiento; jamás discutí una orden de un sargento o de un cabo; respecto a los oficiales, no recuerdo haber recibido nunca una orden directa de ellos.

La humildad acarreaba grandes ventajas. no era necesario pensar, bastaba obedecer. el oficial sí que estaba obligado a pensar, ya que la mayoría de las veces no sabía en absoluto lo que era necesario hacer y, sin embargo, tenía que hacer algo o descargar¿s su responsabilidad en el sargento mayor. el sargento mayor tampoco lo sabía, pero como no podía responsabilizar a nadie, tenía que dar una orden inteligente o no. respecto a los sargentos, siempre estaban seguros de sí mismos, sobre todo cuando no sabían nada de un asunto...

Resulta una cosa maravillosa permanecer así en el último escalón, viendo a los otros subir y avanzar. lo hacen empleando sistemas diferentes, todos ellos muy interesantes de observar. cuando ingresé en la compañía h, su prestigio era de lo más bajo. en el regimiento se decía que no sabíamos tirar, que nuestro manejo de las armas era pésimo. al cabo de cinco años, los demás descubrieron que habíamos aprendido mucho. recuerdo cierto día de pentecostés, cuando la compañía f suponía que iba a vencer de antemano y en que la despreciable compañía h, despertando, ganó todos los premios. no estoy seguro de que la familia fleming no fuera la responsable. aquel día fuimos tres los hermanos que disparamos.

Pero Fleming solamente fue soldado de segunda en los London Scottish y, por cierto, con mucha satisfacción por su parte, ya que le permitía convivir y relacionarse con los paisanos escoceses que vivían en Londres. A Francia llegó con el grado de teniente y, no pasando mucho tiempo, ascendería a capitán. Pero su comportamiento no varió gran cosa de la teoría que expone más arriba. Siempre plácido y reflexivo, el mando no alteró su carácter. Un sargento técnico a sus órdenes lo describe de la siguiente manera: «Mi primera impresión del teniente Fleming fue la de un pequeño oficial que no decía nada de más, pero que hacía tranquila y perfectamente su trabajo. Cuando el capitán Douglas cayó enfermo, el entonces recién ascendido capitán Fleming nos mandó. El capitán Douglas, cuando discutía asuntos de servicio conmigo, bromeaba o juraba; el capitán Fleming, la primera vez que le llevé unos papeles para firmar, estaba inclinado sobre el microscopio. Esperé respetuosamente. Alzó la cabeza, y sin pedirme la menor explicación, firmó los vales. Con frecuencia me veía obligado a exponerle una situación; parecía no interesarse por ello, pero lo estaba mucho más de lo que yo creía. Lo tenía todo en cuenta, resolvía el problema en un instante, y concluía: “Muy bien, sargento: puede usted pagar eso”.»


Desconcertantes y trágicas comprobaciones

El paciente, callado y abrumador trabajo en el laboratorio de un hospital de sangre fue para el doctor Fleming una experiencia única. Las enfermedades infecciosas estaban a la orden del día. Los casos de septicemia, de tétanos y de gangrena se presentaban a diario. Las técnicas de la asepsia normal no servían allí, porque los heridos llegaban con las heridas infectadas. En un artículo aparecido en The Lancet, el 18 de septiembre de 1915, escribía Fleming:

En tiempo normal, las infecciones atacan a individuos que se han vuelto, por una razón u otra, menos resistentes. por el contrario, en las heridas de guerra, un individuo sano y fuerte se encuentra de pronto mecánicamente infectado por microbios cuya virulencia está atenuada, porque han vivido en condiciones poco favorables. sería, por consiguiente, natural que la fagocitosis fuera entonces más fácil. ¿por qué, en estas condiciones, las infecciones de las heridas de guerra son peores porque el proyectil ha causado una destrucción considerable de los tejidos. los tejidos muertos no sólo constituyen un buen medio de cultivo para los microbios, sino que impiden a los fagocitos sanos llegar hasta éstos.

Para contrarrestar estos efectos, Fleming aconsejaba a los cirujanos que limpiasen las heridas, en la medida de lo posible, de los tejidos afectos de necrosis. Por su parte, sometió todos los productos antisépticos a análisis, así como las diluciones empleadas en las curas de las heridas.

Recuerdo —escribe — que me habían recomendado que hiciera curas utilizando antisépticos: ácido fénico, ácido bórico o agua oxigenada. Yo ya veía que estos antisépticos no mataban todos los microbios, pero me decían que mataban algunos, y que los resultados eran mejores que si no se hubieran utilizado antisépticos. Yo no era entonces quién para criticar esta opinión.

Fleming dedujo pronto que si los antisépticos no daban el resultado apetecido era porque los modernos explosivos que se estaban empleando en aquella guerra desgarraban en profundidad, dejando muchos recovecos a donde no podían llegar las sustancias antisépticas. Para comprobarlo, pues no era hombre que soportaba las dudas, modeló en vidrio una herida artificial como tantas que había visto al natural. Después llenó el tubo con un suero que había sido infectado de materias fecales y lo metió en la incubadora. Al día siguiente el tubo aparecía invadido por los microbios. El aspecto que presentaba era turbio y maloliente. Para comprobar su experimento tiró el suero infecto y sometió el tubo a una operación de limpieza con una solución antiséptica muy fuerte. Luego volvió a llenarlo de suero no infectado y lo metió en la incubadora y el resultado fue el mismo que la primera vez. En tantas cuantas veces repitió la operación, con intervalos de tiempo variables, confirmó su sospecha de que por mucho que se desinfectara el tubo, siempre quedaban microbios en las anfractuosidades que representaban los pliegues y recovecos de una herida de guerra. No se podía desinfectar una herida de guerra con los antisépticos usuales.

—¿Qué podemos hacer…?, se preguntaba Fleming, angustiado por los miles de hombres jóvenes y vigorosos que morían en los hospitales de guerra a consecuencia de heridas infectadas.

La respuesta de Wright:

—Dejar actuar a las defensas naturales del cuerpo y ayudarlas, era la única solución en tanto no se contase con un medio más eficaz.

La experiencia de laboratorio demostraba que los leucocitos estaban capacitados para destruir las colonias bacterianas; por tanto, el mejor procedimiento para vencer las infecciones sería uno que estimulase la acción leucocitaria y provocase en las paredes de la herida la mayor exudación de linfa fresca. En una visita que le hizo el doctor James, que era médico de un batallón de primera línea, Fleming le expuso sus preocupaciones con palabras proféticas:

Lo que buscamos es una sustancia química que se pueda inyectar sin peligro en el sistema sanguíneo y que destruya los bacilos infectantes, como el salvarsán destruye las espiroquetas.


Reservado hasta para casarse

Al finalizar 1915, hizo un breve viaje a Inglaterra y contrajo matrimonio el 23 de diciembre. La cosa fue tan rápida y carente de publicidad que cuando habló de su esposa, entre sus compañeros del laboratorio de Boulogne, se echaron a reír. Nadie quería creer que el «pequeño Flem», a quien nadie conocía novia, se hubiera casado en tan breve tiempo. Para comprobarlo, exigieron que les enseñara una fotografía de la novia. Como Fleming no la llevaba encima tuvo que pedirla a Londres, pero tampoco aquella prueba les convenció.

Sin embargo, el hecho era completamente cierto. Su mujer se llamaba Sarah Marion McElroy y era enfermera propietaria de una de las clínicas más aristocráticas del corazón de Londres. Al parecer, era muy concienzuda y exigente en su profesión. Había nacido en Irlanda, en el condado de Mayo, y su padre era un rico granjero de la región. También pertenecía a una familia numerosa. Cuatro de las hermanas eran enfermeras y entre ellas Sarah y su hermana gemela Elizabeth. Sareen, como la llamaban en familia, hizo su carrera en el hospital de Dublin y había trabajado con el famoso cirujano sir Thornby Stoker. Por lo demás, amaba su profesión, tenía gran confianza en sí misma y le había acompañado el éxito en la clínica de la que era propietaria.


Encontrar «algo que mate los microbios»

Pero la guerra continuaba con creciente dureza, y Fleming tuvo que incorporarse al Hospital de Boulogne para seguir luchando contra las enfermedades infecciosas. Su obsesión era descubrir la sustancia que pusiera fin a tantas muertes prematuras. Todos sus biógrafos coinciden en que la experiencia de la guerra y el material recogido en ella de los procesos infecciosos serían fundamentales para sus posteriores ensayos y descubrimientos.

Wright seguía siendo un foco de atracción de primer orden. Más o menos, Boulogne se convirtió en lo que había sido Saint Mary’s. Raro era el día en que el «patrón» no tenía alguna visita de sabios, intelectuales o notables. Bernard Shaw cruzaba con frecuencia el Canal de la Mancha para polemizar y discutir con su paisano de lo divino y de lo humano.

En 1918 Fleming fue destinado al hospital especial de Wimereux. Se había creado este centro para el tratamiento de las fracturas de fémur con desgarros profundos y el estudio particular de la septicemia y de la gangrena gaseosa. El doctor Porteous, que le acompañó, escribe: «Me sentí orgulloso de ser enviado allí como bacteriólogo a las órdenes de Fleming, nombrado jefe del laboratorio. Habitábamos él y yo la misma pequeña cabaña; un barracón de madera nos servía de laboratorio. En las paredes habían colocado gráficos, imágenes de fagocitosis y algún que otro dibujo de la Vie parisienne. «Por entonces publicó en The Lancet un extenso trabajo sobre la metodología y los resultados de la transfusión de sangre.

Aquel año se produjo la gran epidemia de la llamada «gripe española». Los estragos fueron enormes. Entre la gripe y la gangrena gaseosa segaron multitud de vidas jóvenes. Fleming estudió el bacilo de Pfeiffer, considerado como el causante de la gripe. Tras comprobar que el referido bacilo se encontraba, con diferentes variantes, en todos los afectados por la gripe española, llegó a la conclusión de que no era más que un germen de infección secundaria.

La guerra terminó en noviembre de 1918, sin que Fleming encontrara el remedio contra las enfermedades infecciosas.

Rodeado de aquellas heridas infectadas —escribe —, de aquellos hombres que sufrían y morían y a quienes no podíamos ayudar, me sentía devorado por el deseo de dar por fin con algo que matara aquellos microbios, alguna cosa como el salvarsán...



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Introducción

Fleming es llevado en hombros por los estudiantes, al ser nombrado rector de la Universidad de Edimburgo.
Fleming es llevado en hombros por los estudiantes, al ser nombrado rector de la Universidad de Edimburgo.


EN enero de 1919, Alexander Fleming fue desmovilizado. En Londres le esperaba Sareen, una mujer rubia de mejillas sonrosadas y ojos de un gris azulado. ¿Cómo la había conocido?… Sus biógrafos no nos dicen nada de ello. Según Maurois, «se sintió atraída por aquel joven médico escocés, serio, silencioso, moderado; en una palabra, completamente distinto a ella. Tuvo el mérito de descubrir bajo tanta modestia y resefva un genio secreto a quien en seguida respetó. “Alec es un gran hombre —decía—, pero nadie lo sabe”».

El mismo Maurois sugiere que Sareen debió de animarle a declararse y a forjar el rápido proyecto de matrimonio, pues cuando, pasados los años, cayó gravemente enferma y se vio en trance de muerte, confesó a una amiga que Alec se volvería a casar, si bien «la que lo intente, sea quien sea, tendrá que pedírselo ella misma».

De vuelta en Londres, el Real Colegio de Cirujanos le invitó a pronunciar la conferencia en memoria del gran cirujano Hunter que todos los años se celebraba con gran solemnidad. Fleming habló sobre La acción de los antisépticos físicos y fisiológicos sobre una herida séptica. Con el conocimiento que le daba la experiencia, planteó el tema con el rigor y la claridad que eran proverbiales en él:

«Existieron durante la guerra dos escuelas para el tratamiento de las heridas: la escuela fisiológica, que concentraba su esfuerzo en ayudar a los agentes naturales de protección del cuerpo; y la escuela antiséptica, cuya finalidad consistía en matar los microbios en las heridas por medio de algún agente químico…» Y tras exponer que sir Almroth Wright y sus discípulos eran partidarios de aquella teoría, añadió: «¿Por qué? Porque la experiencia probaba que los antisépticos, excelentes para prevenir la infección, son impotentes para combatirla… Resulta muy difícil para el cirujano no dejarse tentar por la idea de que posee, en el antiséptico, una segunda cuerda para su arco; esto puede hacerle menos cuidadoso en el tratamiento quirúrgico de la herida. Si sabe que no tiene ninguna trinchera a retaguardia, en este caso, incluso entre los más concienzudos, la curugía ganará en calidad. ¿Por qué el cirujano ha de compartir el mérito con un antiséptico de utilidad más que dudosa?»


Compañera y colaboradora

Al licenciarse, era propósito de Fleming hacerse con una clientela y simultanear las actividades de investigador en Saint Mary’s con las actividades de un médico ya famoso. Pero Sareen, que había comprendido la verdadera pasión investigadora de su marido, vendió la clínica y convenció a su marido para que desistiera de ejercer la medicina privada y cultivase la ciencia pura. Esto significaba limitar su nivel de vida, ya que, aunque tenía medios propios, no eran suficientes para vivir sin economías. Por otra parte, el dinero que habían sacado de la venta de la clínica lo habían empleado en la compra de una finca campestre en Barton Mills, un pueblo vecino del que habitaban los Pegram.

Muy pronto la hermana gemela de Sareen, Elizabeth, viuda de un australiano, contrajo segundas nupcias con John Fleming. Parece que John era el más brillante y extrovertido de los Fleming, pues Roben se parecía mucho a Alec en lo retraído y hermético.

El campesino escocés que había sido Fleming encontró en la casa de campo, llamada «The Dhoon», el complemento de lo que siempre le había faltado en la gran ciudad. Las exigencias del laboratorio no le permitían gozar de las actividades campestres más que los fines de semana y las vacaciones de agosto, pero Sareen y él consiguieron en años de trabajo desbrozar la finca y convertirla en un pequeño paraíso con su jardín florido, su pequeño huerto, una viña y un plantel de melocotoneros.

Fueron años felices. El 18 de marzo de 1924 Sareen dio a luz un niño al que pusieron el nombre de Robert. Los amigos dicen que su padre le adoraba y que incluso abandonó los deportes para jugar con él. El pequeño Robert le acompañaba a todas partes. El doctor Gerard Wilcox cuenta lo siguiente: «Cierto día, en Dhoon, me llevó en barca con su pequeño, para una partida de pesca. De pronto atrapó un lucio. El niño, excitado, se puso en pie bruscamente y cayó al río. Fleming, que siguió sentado, repartió su atención entre el lucio, que luchaba desesperadamente, y yo, que pescaba al niño; pero ni por un momento soltó la caña…»

Su vida en el campo discurría pescando, nadando en el río, jugando con su hijo y cuidando el huerto y el jardín. A este respecto escribía: «Un jardinero no debe ser impaciente. Las flores necesitan tiempo para desarrollarse; si se intenta apresurar su crecimiento, se les hace más mal que bien. Se las puede proteger contra los elementos, se las puede dar de comer y de beber, pero no resulta difícil matarlas si se las proporciona demasiada comida o bebidas demasiado fuertes. Ellas responden a la simpatía; son capaces de soportar tratamientos extremadamente duros. En resumen, se parecen mucho a los seres humanos.»

En Londres los Fleming vivían en Danvers Street, en el mismo barrio de Chelsea donde se encontraba el «Arts Club». Sus vecinos y amigos eran artistas, los mismos que habían facilitado el ingreso de Fleming en el club a cuenta del inmortal Retrato de una vaca.


Fleming es promocionado

Mientras tanto, el prestigio de Fleming crecía en los ámbitos científicos. Pese a la autoridad absorbente de Wright, Fleming ya brillaba con luz propia. En su campo era una autoridad indiscutible. Sin embargo, no estaba exento de problemas y conflictos, y no porque él hiciera nada para despertar envidias y recelos. En 1921 Wright le nombró subdirector del servicio; Freeman, que era más antiguo y estaba convencido que sucedería a Wright, porque el «patrón» se lo había dicho muchas veces, se sintió herido y despechado. En cierta manera, tenía razón. Sus trabajos de investigador no eran menos concienzudos que los de Fleming. Se había especializado en las investigaciones sobre la alergia y había realizado trabajos notables sobre los pólenes. En lo que no tenía razón era en acusar a Fleming. Con el tiempo se convencería de ello, pero, mientras tanto menudearían los disgustos en el equipo del laboratorio.

Otro cualquiera que no poseyera su ecuanimidad y capacidad de concentración en el trabajo, hubiera resistido difícilmente la presión de las camarillas que se formaron a cuenta de los particularismos y caprichos del Viejo. Sin embargo, Wright seguía siendo el alma del hospital de Santa María, ya que la Escuela de Medicina no podía subsistir sin grandes subvenciones, y Wright se las arreglaba para que sus ricos e influyentes amigos contribuyesen al sostenimiento del hospital.

Una nota aparecida en los papeles de Fleming refleja claramente la situación del hospital: «Saint Mary’s pasa por un mal periodo en los años 1920. Estudiantes entonces reclutados por examen. Unica cosa exigida: ser hábil en la composición de las copias de concurso. La escuela no brilla ni por la calidad de los estudiantes ni por la del trabajo. El nuevo decano creó becas según los principios de la fundación Rhodes. Tuvimos así buenos atletas y la escuela mejoró.»

El nuevo decano nombrado era el doctor Wilson, que más adelante sería nombrado lord Moran, quien consiguió sacar el Saint Mary’s del bache producido por la guerra, reconstruir los edificios ruinosos por medio de donativos y devolver a la Escuela de Medicina todo su prestigio.


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Introducción

LA fraternal camaradería que reinaba en Saint Mary’s antes de que Wright designase a Fleming como su lugarteniente y sucesor, andaba bastante maltrecha. Aunque Wright había descargado en Fleming toda la responsabilidad administrativa, esto no le impedía que se dejase llevar por las camarillas y criticara las medidas adoptadas por su segundo. «¿Por qué existirá gente tan difícil, Craxton? », se lamentaba Fleming ante el secretario del servicio. Aunque él se esforzaba en conciliar a sus divididos compañeros, sin descontentar a su maestro, la cosa no resultaba fácil. Su tendencia a pasar inadvertido, desentiéndose de los conflictos personales o de las pasiones de las camarillas, resultaba casi imposible.

Su única defensa contra aquella situación de malestar era refugiarse en el laboratorio, un pequeño local instalado al lado de la escalera, con una ventana que daba a Praed Street, una calle en la que predominaban los prenderos.

Por entonces trabajaban con él en el pequeño laboratorio, el doctor Todd, un brillante investigador, y otro más joven, que acababa de entrar y sería uno de sus más entusiastas colaboradores: el doctor Allison. Veamos lo que dice éste de su convivencia con Fleming:

Lo «natural» deja de ser «casual»

«En 1922 entré en Saint Mary’s para trabajar en el laboratorio con Fleming. En seguida bromeó sobre mi meticulosa limpieza. Cada tarde yo ordenaba mi rincón y eliminaba lo que no podía servirme. Por su parte, conservaba sus cultivos hasta dos y tres semanas y, antes de tirarlos, los observaba con atención para ver si, por casualidad, se había producido algún fenómeno inesperado o interesante. Los hechos demostraron después que él tenía razón y que, si hubiera sido tan amante de la limpieza como yo, probablemente no habría encontrado nada nuevo.

«Algunos meses después de mi incorporación al servicio, estaba él cierta tarde escogiendo algunas cajas de Petri que se encontraban por allí desde hacía varios días; al mirar uno de aquellos cultivos, lo observó un buen rato, me lo enseñó y dijo: «Esto es interesante. » Yo miré. La gelosa aparecía cubierta de grandes colonias amarillas; pero el hecho sorprendente consistía en que existía un ancha zona sin organismos; otra más allá, en que los organismos se habían vuelto transparentes y vidriosos; y aún otra, intermedia entre los organismos vidriosos y aquellos cuyo pigmento estaba completamente desarrollado.

»”Sí, esto es interesante —repetía—; es menester proseguir esta investigación más a fondo”. Su primer cuidado consistió en colorear los organismos que pululaban. Encontró un gran coccus de color amarillo, no patógeno, que con toda seguridad, se había introducido por la ventana desde la calle.

»Su segundo experimento consistió en ensayar de nuevo el efecto del mucus nasal sobre el coccus, no ya en una caja de Petri, sino en un tubo. Preparó un cultivo de estos organismos y añadió mucus nasal. Su sorpresa —y la mía— fue grande al ver que aquel líquido que cubría de turbio y opaco innumerables microbios en suspensión, se volvió, en unos minutos, completamente claro; claro como ginebra, dijo él entonces. Inmediatamente después ensayó, en las mismas condiciones, el efecto de las lágrimas. Una sola gota de lágrima disolvía los organismos en unos segundos. Era sorprendente y emocionante.

»Después, mis lágrimas y las suyas fueron los principales materiales de nuestras observaciones durante cinco semanas. ¡Cuántos limones tuvimos que comprar para poder llorar tanto! Cortábamos un trocito de piel de limón, lo exprimíamos en nuestros ojos mirando el espejo del microscopio y después, con una pipeta Pasteur, cuya punta había sido redondeada a la llama, recogíamos las lágrimas para colocarlas en seguida en el tubo de ensayo. Con frecuencia obtuvo así hasta medio centímetro cúbico de lágrimas para nuestros experimentos.»


De las lágrimas a la lisozima

La necesidad de lágrimas que tenía el doctor Fleming para sus ensayos hizo que todos los visitantes del laboratorio fueran requeridos para que dejasen su óbolo en lágrimas. En algunos casos, las «llantinas» con la ayuda de la cascara de limón se pagaban a tres peniques. Como nota humorística, la gaceta de Saint Mary’s publicó una caricatura con unos niños que eran azotados por un especialista, mientras otro recogía las lágrimas en un recipiente, que decía: «Antisépticos». Sin embargo, se trataba de un experimento muy serio, que llevaría al descubrimiento de la lisozima. Tras muchos experimentos, Fleming demostró que la sustancia descubierta en las lágrimas poseía las propiedades de una enzima.

De esta sustancia capaz de disolver ciertos microbios escribe Fleming: «Poseía una potencia extraordinaria. Hasta entonces yo me había maravillado ante la acción, mucho más lenta, del antisuero, el cual, añadido a un caldo infectado y después de calentado al baño María, necesita un tiempo considerable para disolver los microbios de manera incompleta. Sin embargo, cuando estudiaba la nueva sustancia, coloqué en un tubo una espesa suspensión lechosa de bacterias, añadí una gota de lágrima y conservé el tubo en la palma de la mano durante unos segundos. El líquido se volvió completamente claro. Nunca había visto nada parecido.»

Ya hemos dicho que la nueva sustancia fue bautizada con el nombre de lisozima, pero esto no resultó tan fácil. El asunto fue discutido en la biblioteca alrededor de la mesa de té. El gran patrón actuó, como siempre, de gran pontífice. El crear nuevas palabras le entusiasmaba. Así que se puso a buscar entre las raíces griegas y dio con los dos elementos precisos: ya que la sustancia disolvía o Usaba ciertos microbios, se llamaría liso, y zima por ser una especie de enzima.


La comprobación transforma las hipótesis en teorías

Como su mundo estaba hecho de comprobaciones, inmediatamente se lanza a investigar las posibilidades de la lisozima. Su hipótesis es que se trataba de una sustancia muy genérica, que estaba presente en todos los cuerpos animales y vegetales; en efecto, encontró lisozima en las secreciones de la mucosa nasal, en el semen de todos los animales, en los huevos de un lucio, en la leche de una mujer, en un trozo de tallo, en las hojas, etc. De todos estos experimentos obtuvo la convicción de que la materia más rica en lisozimas es la clara de huevo. Personalmente comprobó que la clara de huevo diluida sesenta millones de veces su cantidad en agua seguía conservando un gran poder bactericida.

Profundizando en la cuestión y convencido de que la lisozima parecía ser un antiséptico natural que protegía la célula contra las invasiones microbianas, revisó todo lo que había aprendido de Wright y Metchnikoff. Ambos le habían enseñado a confiar en las defensas naturales del organismo. El investigador ruso había establecido la teoría de la fagocitosis, y Fleming comprobó que estas células contenían lisozima, por lo cual no era aventurado suponer que la lisozima era uno de los elementos que los leucocitos empleaban contra los microbios.

Incluso, en algunos aspectos, como los que se refieren a la piel y las mucosas, las investigaciones de Fleming demostraron que la tesis mecanicista de Metchnikoff debían ser modificadas. Afirmaba el investigador ruso: «La Naturaleza (para defender la piel y las mucosas) no utiliza antisépticos. Los fluidos que bañan la superficie de la boca y otras mucosas no son bactericidas, o muy poco. La Naturaleza elimina los microbios que expulsan en seguida las secreciones líquidas, por descamación epitelial. Ella ha escogido este medio mecánico, como los cirujanos que remplazan la antisepsia de la boca por un lavado con agua salada.» Y Fleming afirmaba: «De estos experimentos (de los que él había efectuado) se deduce claramente que esas secreciones y la mayoría de los tejidos poseen, en muy alto grado, el poder de destruir microbios.»

Aunque todavía seguía siendo el hombre culto y prudente que no se atrevía a salirse de los hechos, digamos lo opuesto de su maestro, Wright, capaz de teorizar brillantemente sobre cualquier nimiedad. Por entonces confió Fleming a su colega Ridley algo que nos deja entrever la profundidad de su pensamiento: «Cuando era joven, durante la guerra de 1914-18, el Viejo se ocupaba sobre todo del poder de matar bacterias que posee la sangre. Sin embargo, yo me daba cuenta de que todo lo que vive debe, en todas sus partes, poseer un mecanismo protector eficaz; de no ser así, ningún organismo viviente podría existir. Las bacterias lo invadirían y lo destruirían.»


Cómo y cuándo es eficaz un antibiótico

El problema ahora era averiguar contra qué microbios era eficaz la lisozima. Se trataba de establecer una base amplia para conocer su campo de aplicación. Fleming puso en práctica una metodología propia para este fin, hasta llegar a la conclusión de que la lisozima resultaba muy eficaz con los microbios inofensivos, pero no así con los gérmenes patógenos. De los resultados que obtuvo escribe Maurois: «Ensayó la acción de las lágrimas humanas sobre tres grupos de gérmenes. El primero se componía de ciento cuatro especies inofensivas, encontradas en el aire del laboratorio; el segundo comprendía ocho gérmenes patógenos para determinados animales, pero no para el hombre; el tercero estaba formado por gérmenes patógenos para el hombre. Los resultados fueron los que había previsto. La lisozima actuaba enérgicamente sobre el setenta y cinco por ciento del primer grupo, y sobre siete especies (de ocho) del segundo. Su acción era débil sobre el tercer grupo, pero no nula. Por consiguiente, si se conseguía aumentar la proporción de lisozima del organismo, quizá se lograría así detener el desarrollo de ciertos microbios peligrosos. Allí existía materia para una investigación.»


La ciencia oficial se desentiende

Convencido de que su hallazgo abría un amplio campo a la investigación, como se desmostraría más tarde, en diciembre de 1921 comunicó su descubrimiento al Medical Research Club. Los sesudos científicos escucharon la comunicación de Fleming como quien oye llover, con absoluta indiferencia, sin darle mayor importancia. Uno de los testigos de tan desdichada sesión, sir Henry Dale, escribiría más tarde: «Recuerdo perfectamente su interesante papel y cómo todos nosotros dijimos: «¡Oh! ¡Qué agradable! Es exactamente la clase de observación de naturalista que le complace a Fleming…»

Afectado por la indiferencia de sus ilustres colegas, pero no desmoralizado, en 1922 redactó una nueva comunicación para la Royal Society of Medicine. Esta vez fue Wright quien la leyó, pero tampoco la docta institución se conmovió.

Sostenido por su formidable voluntad y la de Allison, su colaborador, ambos siguieron estudiando las posibilidades de la lisozima durante cinco años más. Ensayaron fundamentalmente con la clara de huevo, en la que la lisozima aparecía doscientas veces más concentrada que la de las lágrimas. Aunque tanto Fleming como Allison intentaron la extracción de la lisozima pura, ninguno de los dos lo consiguió por carecer de conocimientos químicos. Fleming decía de sí mismo que hubiera sido suspendido en un examen elemental de química. Por otra parte, en aquel laboratorio no había ningún químico.

Fleming se tragó la indiferencia de sus colegas ante su descubrimiento, pero no sin decir: «Algún día oiremos hablar otra vez de la lisozima.» Y, efectivamente, la lisozima ha renacido y sigue siendo objeto de interés para los investigadores. Ya en 1930 el sabio belga Jules Bordet, en el Congreso Internacional de Microbiología, dedicó a Fleming cálidos elogios en relación con la lisozima. Pero andando el tiempo, esta sustancia tendría múltiples aplicaciones: los bacteriólogos la emplean para disolver las mucinas que recubren los microbios; los médicos saben que, añadida a la leche de vaca, reproduce la composición de la leche materna. También se emplea contra las afecciones intestinales y oculares. Y los rusos conservan el caviar con ella. En treinta años se han leído y comentado más de dos mil informes y comunicaciones sobre la lisozima en diversos congresos científicos.

No obstante, la verdadera importancia de la lisozima estaba en que sus efectos fueron la base del principio de la antibiosis.

Ese paso sería otra etapa que cubrir en este sprint de la Ciencia. Ciencia que comenzó en Grecia con las escuelas de los ociosos y va a crear en estos siglos los laboratorios, palabra que procede del latín y significa trabajo. Un trabajo incansable que no siempre termina en éxito, pero que es importante porque va creando los eslabones que llegan a formar una cadena larga y fuerte en torno al hombre, que lucha desesperadamente contra el dolor, la enfermedad y la muerte.



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LOS factores que contribuyen para que se lleve a cabo un descubrimiento tan importante como fue el de la penicilina, son muy numerosos. Se necesita gran cantidad de medios económicos —difíciles de consequir para financiar experimentos nuevos e inseguros— y sobre todo mucha paciencia. Fleming la poesía, y ademá, y además tenía una confianza tal en sus teorías que, a pesar de los muchos desengaños que sufrió, nunca desesperó y siempre estuvo seguro de la importancia de su decubrimiento.

Desde los primeros tiempos de la microbiología, la mayoría de los científicos tenían la esperanza de encontrar una sustancia con un amplio espectro microbiano que, además, respetase los tejidos sanos del organismo. El eminente científico Lister casi la descubre en 1871. Observó en un vaso de orina que contenía moho y bacterias, cierta sustancia que atacaba a éstas, pero abandonó las investigaciones. Respecto a esto, Fleming escribió:

«Es lástima que esta experiencia de 1871 no resultara decisiva. Lister tuvo idea de la penicilina, pero cultivó un moho inadecuado o bacterias inadecuadas, o las dos cosas. Si la suerte se hubiese mostrado amable con él, la historia de la medicina hubiera sido otra, y Lister habría visto en vida lo que siempre había buscado; un antiséptico no tóxico.»

Con estas ideas, Fleming se dedicó en un principio a estudiar los antisépticos, que era casi el único medio que se tenía entonces para combatir las infecciones. En colaboración con su ayudante Crac-dock, hizo experimentos con el mercurocromo, y llegó al convencimiento de que hay que emplearlo en tal cantidad que, además de matar las bacterias, destruye también los tejidos sanos del organismo que hay alrededor de ellas. Por aquellos años escribió:

«En este momento existen pocas probabilidades de destruir ciertas bacterias, aun resultando inofenterias en la corriente sanguínea, pero queda alguna esperanza de producir sustancias químicas capaces de destruir ciertas bacterias aun resultando inofensivas para otras de la misma familia.»

Continuó con sus investigaciones y, casi por casualidad, encontró un día una vieja caja olvidada en su desordenado laboratorio. Descubrió en ella un cultivo que contenía moho con bacterias disueltas y muertas a su alrededor. Como este moho con propiedades bactericidas era algo nunca visto por él, se dedicó a estudiarlo, y para ello introdujo en la caja diferentes gérmenes agentes de enfermedades conocidas. Al cabo de unos días, algunos de ellos aparecían muertos, precisamente aquéllos que provocan infecciones graves. Además, el misterioso moho había dejado intacto todo lo demás. Aunque, interesadísimo por el descubrimiento, no podía proseguir las investigaciones por falta de conocimientos sobre los hongos, y decidió llamar a un micólogo para que le aclarase qué tipo de moho era el que había encontrado. El estudioso requerido se equivocó, denominándolo penicillium rubrum, cuando en realidad, como más tarde se supo, el moho de Fleming era un penicillium notatum. Creyendo, pues, que se trataba de un penicillium rubrum, Fleming continuó las investigaciones y llegó a la conclusión de que se hallaba ante un fenómeno de antibiosis, que se produce cuando dos cuerpos vivos se unen íntimamente, y uno de ellos ejerce una acción sobre una porción del otro. Fleming pensó que la sustancia que más tarde llamó penicilina, practicaba este tipo de antibiosis.

Lógicamente, a continuación decidió comprobar si existía otra clase de hongos que segregasen la misma sustancia bactericida. Cuando observó que esto no era así, dedicó todo su tiempo, junto con Craddock, al estudio del penicillium notatum, para determinar en qué condiciones se desarrollaría mejor y conocer su grado de toxicidad. Respecto a esto último, observó que la penicilina sólo es tóxica en un grado mínimo, hecho que confirmaba lo que siempre había recalcado a Craddock sobre la toxicidad de los antisépticos:

«Fleming me repitió cien veces que el único antiséptico utilizable sería aquel que detuviese el crecimiento de los microbios sin destruir los tejidos. El día que se descubriese tal sustancia todo el tratamiento de las infecciones quedaría transformado.»

El primer experimento que se llevó a cabo con penicilina bruta en un hombre le tocó sufrirlo al joven Craddock. Tenía sinusitis y Fleming le lavó las fosas nasales con caldo del penicillium. La experiencia fue un éxito. La sustancia mató numerosos gérmenes dejando intactos los tejidos. Pero se le planteaba de nuevo otro problema: no conseguía aislar la penicilina; para ello necesitaba un químico, y el único que había en la sección del Centro de Investigaciones Saint Mary’s, donde trabajaba, era Frederick Riddley,

Comenzó entonces una larga etapa de desengaños. Fueron muchos los hombres que estuvieron empeñados en la tarea de aislar la penicilina; los primeros, Riddley y Craddock, se instalaron en un pequeño laboratorio y comenzaron las investigaciones. Como sabían que la penicilina con el calor desaparece, evaporaron el caldo del penicillium al vacio. En el fondo del recipiente que utilizaron apareció una masa oscura, que era penicilina con impurezas, y observaron que en menos de una semana perdía su poder. Abandonaron los trabajos y, al mismo tiempo, Fleming sufría la frialdad con que eran acogidas sus teorías sobre la penicilina en los congresos de microbiología a los que concurría. A pesar de todo, no abandonaba la idea de ver la penicilina pura y producida industrialmente, para su uso masivo. Así pues, al cabo de un tiempo volvió a recurrir a otros dos químicos, que fueron en esta ocasión, Lowel y Harold Raistrick, uno de los mejores de Inglaterra. Pero tampoco estos consiguieron su propósito, aunque se les reconoce el mérito de haber adelantado considerablemente los trabajos. Este avance consistió en que en lugar de cultivar el moho en caldo, lo cultivaron en medios sintéticos.

Sin desesperar, Fleming continuaba sus experimentos cuando podía. Una experiencia curiosa de esta época es la que se llevó a cabo en la persona del doctor Rogers: tenía que presentarse a un concurso de tiro y sufrió un ataque de conjuntivitis. Fleming le enjuagó los ojos con caldo de penicilina, y el doctor asistió, curado, al concurso de tiro.

Dos años más tarde, en 1935, aparecieron en medio de una gran expectación unos fármacos, no tóxicos, para combatir cierto tipo de enfermedades infecciosas: las sulfamidas. Fleming estaba a favor de ellas a pesar de la oposición de Almroth Wright, su maestro y jefe de servicio. Pero, al mismo tiempo, sabía que la penicilina, muy poco conocida, era cien veces más eficaz que las sulfamidas, que tienen un bajo espectro microbiano y, en caso de infecciones graves, no son demasiado activas.

La perseverancia de Fleming se hace patente en los escritos del doctor J. H. Laidlaw:

«Nunca he olvidado su entusiasmo tranquilo. Algún día —me dijo— se encontrará la manera de aislar el producto activo y de producirle en gran escala. Entonces lo veremos utilizado corrientemente contra las enfermedades originadas por organismos a los cuales destruye, como yo sé.»

A partir de aquí, se puede pasar ya a describir las experiencias del equipo, y en particular de los dos hombres que, al fin, consiguieron aislar la penicilina.

Howard Florey era un médico australiano que en 1925 conoció la existencia de los experimentos de Fleming y se dedicó a estudiarlos. Era profesor del Instituto de Oxford e invitó a E. B. Chain a colaborar con él.

Chain era un químico judeoalemán que en 1933 partió para Oxford huyendo de los nazis.

En el año 1939 los científicos tenían a su alcance más medios que los investigadores anteriores para extraer la penicilina. Uno de los nuevos métodos era la liofilización, que se basa en un principio muy simple: en el vacío un líquido congelado pasa directamente del estado sólido al estado gaseoso y viceversa; este fenómeno es la sublimación, de la que existen numerosos ejemplos en la naturaleza. Cuando un líquido está congelado, las sustancias sólidas que contiene no actúan unas sobre otras, y si después se las vaporiza por medio de la sublimación, mantienen su poder casi indefinidamente. A continuación se convierte el vapor en polvo, que en este caso era polvo de penicilina.

Uno de los grandes problemas que se habían encontrado contrado para aislar la penicilina era que, al poco tiempo de extraerla, perdía sus propiedades bactericidas. Esto quedaba resuelto con la liofilización. Después de una serie de procesos más, se consiguió extraer polvo de penicilina semipura. La dificultad estaba ahora en encontrar un método que no resultase demasiado complicado y costoso para fabricarla en grandes cantidades. Con este fin se pusieron a trabajar Chain y Heatley, un joven investigador sueco, llegando a la conclusión de que lo mejor y más práctico sería trabajar a baja temperatura, pues como es sabido, la penicilina con el calor desaparece, y liofilizar luego la disolución de agua y penicilina para obtenerla en polvo.

Todos los experimentos que se repitieron entonces para constatar la efectividad y no toxicidad de la penicilina, fueron un éxito.

Fleming, que no estaba enterado de ninguna de estas investigaciones, recibió una de las mayores alegrías de su vida al leer en una revista médica, que unos jóvenes científicos de Oxford habían encontrado el medio de aislar la penicilina.

Y he aquí como, después de tanto tiempo, Fleming y los hombres que habían contribuido con su esfuerzo al aislamiento de la penicilina, contemplaron cómo esta mágica sustancia se utilizaba para tratar casos de enfermedades hasta entonces incurables.



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Introducción

Llegada del fretro de Fleming catedral de San Pablo, de Londres.
Llegada del fretro de Fleming catedral de San Pablo, de Londres.


LA casualidad no surge de repente y de improviso. Hay como un estado de alerta en el investigador que la espera. Y la espera con paciencia porque su aparición no es brusca, sino que tiene un despertar lento y dificultoso. La historia es un proceso sin fin y el que se da cuenta del desarrollo de este proceso espera ansiosamente el momento oportuno para hacer el descubrimiento; ese momento puede presentarse de una manera anecdótica y casual cuya importancia es sólo visible y clara para quien la busca.

La casualidad en la investigación tiene sus precedentes. En el año 1871, Lister, en uno de sus experimentos, había observado que las bacterias quedaban inmóviles ante una masa afelpada que creyó era penicillium glaucum, pero pensó que sus experimentos no convencían y los abandonó. En 1877 Pasteur había observado que si se inyectaba el bacilo del ántrax con otros inofensivos no se producía infección. El mismo sabio francés decía: «Entre los seres inferiores, más aún que entre las grandes especies animales o vegetales, la vida quita la vida.» En 1889 el francés Villemin empleó por primera vez la palabra antibiosis. Y unos años después, el doctor Duchesne, de Lyon, titulaba su tesis doctoral: Contribución al estudio de la competencia vital entre los microorganismos. Antagonismo entre mohos y microbios.

Hay, por tanto, unos precedentes históricos y una idea fija: buscar una sustancia capaz de destruir los microbios malignps sin dañar las células sanas. Está dado el toque de alerta. Hay que esperar, algún día se unirán el trabajo y la casualidad, y el éxito se habrá logrado.

En aquel 1928 Fleming, siempre preocupado por los antisépticos, ensayaba un preparado de mercurocromo que mataba los estreptococos. La dificultad radicaba en que había que emplearlo en concentraciones que el cuerpo humano no podía resistir. Fleming estudiaba la posibilidad de inyectarlo en la sangre a dosis más débiles como auxiliar de los fagocitos.


La curiosidad y la sorpresa, aliadas de la ciencia

Por entonces el Consejo de Investigación Médica le pidió un estudio sobre los estafilococos para la gran obra System of Bacteriology, que estaba preparando. El profesor Melvin Pryce, entonces colaborador suyo, había estudiado recientemente las mutaciones de los estafilococos. Fleming quería citar su trabajo, pero como Pryce ya no trabajaba en el laboratorio, hubo de reconstruir por sí mismo el experimento estudiando el comportamiento de las numerosas colonias de estafilococos cultivadas sobre gelosa en cajas de Petri. Mientras las examinaba al microscopio, las cajas permanecían bastante tiempo destapadas, dando lugar a que pudieran contagiarse.

Uno de los días en que Pryce fue a ver a Fleming en su pequeño laboratorio, el escocés le recibió bromeando sobre el trabajo que le había impuesto al tener que reconstruir su experimento. Como siempre, estaba rodeado delas cajas de Petri en que se desarrollaban los cultivos. Mientras hablaban, mostró a su colega algunos de los cultivos en los que la gelosa aparecía manchada de moho.

—En cuanto se abre una caja de cultivo, se enfrenta uno con preocupaciones. Caen cosas del aire…

Una de las cajas que había cogido le hizo enmudecer en tanto la observaba… «Esto es curioso», dijo, mostrando a Pry ce lo que le había llamado la atención. Encima de la gelosa había crecido moho, como en las demás cajas, pero la que tenía en la mano ofrecía la particularidad de que las colonias de estafilococos se habían disuelto alrededor del moho, y lo que en otros cultivos eran masas opacas y amarillas allí parecían gotas de rocío.

Pryce apenas si le dio importancia, pues había visto en otras ocasiones disolverse las viejas colonias bacterianas a causa de ácidos nocivos. Pero viendo el interés que Fleming prestaba al fenómeno, le dijo:

—Así descubrió usted la lisozima.

Sin responder, Fleming siguió su operación de separar con un asa de platino una muestra del moho y colocarlo en un tubo de caldo.

Pryce diría después: «Lo que me sorprendió fue que no se redujera a observar, sino que actuara en seguida. Muchos observan un hecho, suponen su posible importancia, pero se contentan con extrañarse para después olvidarlo. Fleming no era así. Recuerdo otro incidente cuando trabajaba con él. Como uno de mis cultivos hubiera fracasado, me exhortó a aprovechar bien mis desgracias y mis errores. Esto era característico de su actitud hacia la vida.» El descubrimiento era muy interesante, tanto que Fleming abandonó la investigación que estaba realizando sobre los estafilococos para descubrir el apasionante misterio que encerraba aquel moho que disolvía las colonias de estafilococos.

El moho no es más que un hongo minúsculo, marrón y amarillo o negro, que crece en las cascaras de naranja, en los armarios húmedos o en los zapatos viejos. Flota en el aire y, cuando encuentra un medio favorable, germina, crece y llega a formar una masa afelpada.


Unos científicos necesitan de otros

Fleming hizo muchos experimentos con el moho; tomó varias bacterias y en el centro colocó moho y observó que no todas las bacterias eran afectadas de igual manera. El bacilo del tifus no era destruido, pero el de la difteria sí.

Había que dar otro paso importante: identificar el moho. Existen miles de variedades y no todos causaban el mismo efecto.

Para lograr esta identificación, se necesitaban unos conocimientos de química que Fleming no tenía. El hombre de ciencia, cuanto más profundiza en una materia más se da cuenta de la relación de una ciencia con otra. Así pues, Fleming tuvo que recurrir a otras personas para que le ayudaran a resolver su problema. El irlandés La Touche identificó el moho como penicillium rubrum, identificación que años más tarde rectificaría el americano Thom, demostrando que se trataba del penicillium notatum,

Fleming siguió trabajando con el moho. El laboratorio estaba lleno de cajas con cultivos, de probetas, tubos de ensayo, papeles repletos de fórmulas y datos. De aquel desorden aparente Fleming sabía sacar provecho. Ahí estaba el moho, casualmente encontrado. El conocía lo que antes se había investigado sobre el moho y seguía fiel a su idea de encontrar la sustancia mágica que aniquilara los microbios. La casualidad le había brindado el moho, pero ahora necesitaba algo más; algo ciertamente decisivo para que el prodigio científico llegar a ser una realidad.

Fleming tenía un joven ayudante, Stuart Craddock, dedicado a los estudios del mercurocromo, pero inmediatamente le ordenó que abandonara las pruebas sobre aquella sustancia para dedicarse enteramente a producir zumo de moho. Los primeros cultivos los hicieron en un caldo de carne a 37 grados. Pero después el micólogo La Touche les dijo «que el penicillium se sentiría más feliz a 20 grados». Las siembras se hacían en botellas planas de las que se emplean para la preparación de las vacunas, y quedaban en la estufa durante una semana. Esto les permitía obtener 200 ó 300 centímetros cúbicos del caldo que contenía la misteriosa sustancia.

Fleming, por su parte, estudiaba todos aquellos cultivos para descubrir en qué medios y circunstancias se podía obtener el máximo rendimiento del principio activo.

La primera prueba, sin duda, y la más importante, era la de la toxicidad del misterioso zumo, ya que era la más difícil que tenían que superar los antisépticos. Sin embargo, el penicillium la superó en animales de prueba magistralmente. Fleming sentía una inmensa alegría; su colaborador, Craddock, no menos entusiasta que él, nos dice: «Allí estaba por fin el antiséptico de sus sueños, una sustancia que, incluso diluida, seguía siendo bactericida, bacteriostática y bacteriolítica, sin ninguna acción nociva sobre la sangre.»


El científico hace de conejillo de Indias

Los resultados eran tan positivos que el mismo Craddock, que padecía una sinusitis, se prestó a que Fleming le hiciera un lavado de senos con caldo de penicilina.

En las notas de Fleming sobre este primer ensayo terapéutico, podemos leer lo siguiente:

«9 de enero de 1929. Poder antiséptico del filtrado sobre el seno de Craddock:

1.° Análisis del seno sobre gelasa: cien estafilococos con miles de Pfeiffer alrededor. Después, un centímetro cúbico de filtrado en el seno derecho.

2.° Análisis tres horas después: una colonia de estafilococos y algunas colonias de Pfeiffer.

En las muestras, tantas bacterias como antes, pero casi todas fagocitadas.»

El resultado no podía ser más optimista, si tenemos en cuenta que la sustancia estaba muy diluida. Y lo mejor de todo es que respondía enteramente a lo que su descubridor esperaba de ella.

Un segundo ensayo terapéutico se practicó con una paciente del Saint Mary’s a la que había habido que amputar una pierna y se le había declarado una septicemia. La muerte en ese caso era inevitable. Fleming, que fue consultado, dijo a sus colegas con toda sencillez:

—En mi laboratorio ha sucedido algo muy curioso. En este momento poseo un cultivo de estafilococos que es absorbido por un moho.

Como la enferma estaba condenada, fue autorizado para que aplicase un apósito sobre la superficie de la amputación empapado con el misterioso «zumo». El resultado fue nulo, porque la concentración era demasiado débil.

Tal vez cansado de llamar caldo y zumo a la sustancia vertida por el moho, Fleming se decidió a bautizar su descubrimiento con el nombre de penicilina una palabra que, diría más tarde, era de formación absolutamente ortodoxa: «penicilina viene de penicillium, como digitalina de digital».


A punto de salvar la última barrera

Ahora había que conseguir extraer el principio activo. Ya sabemos que las nociones químicas de Fleming eran muy elementales. En el laboratorio no había ningún bioquímico, porque a Wright estos especialistas no le parecían «lo bastante humanistas para ser unos colegas deseables». Pero había un aficionado a la química, el joven doctor Frederick Ridley, que en 1926 había colaborado con Fleming en la purificación de la lisozima. Conociendo su habilidad y su honradez, le pidió que colaborara con Craddock en la extracción del principio activo de la penicilina.

Los dos jóvenes se entregaron con todo entusiasmo a la tarea. Establecieron su laboratorio en una especie de corredor con un fregadero en el que las enfermeras lavaban las palanganas, llenaban los caloríferos y conservaban las botellas de orina.

De la habilidad de su compañero nos dice Craddock: «Ridley poseía nociones de química sólidas y bastante avanzadas, pero respecto a los métodos de extracción, nos veíamos reducidos a los libros. Leímos una exposición del método clásico: utilizar como disolvente la acetona, el éter o el alcohol; evaporar el caldo en una atmósfera bastante fría, porque sabíamos que el calor destruíría la sustancia; operar en el vacío. Al comenzar, no sabíamos gran cosa; al terminar sabíamos un poco más; lo que hicimos fue aprender.»

Los dos jóvenes médicos se entregaron con mucho entusiasmo; pero, ante las dificultades en conseguir su objetivo, no tardarían en desanimarse. «Al principio —escribe Craddock— estábamos muy esperanzados; pero, semana tras semana, no obteníamos más que aquella masa viscosa que, además, no se conservaba. El producto concentrado conservaba su poder durante una semana. A los quince días se volvía ineficaz.»

Estuvieron muy cerca de alcanzar la meta, pero no lo consiguieron y con ello perdieron la gloria del descubrimiento. Por diversas razones, los dos renunciaron. Craddock porque acababa de casarse y encontró un buen empleo en un laboratorio comercial. Por lo que se refiere a Ridley, cayó enfermo de furunculosis y, después de realizar un crucero, al regreso se dedicó a la oftalmología. De esta manera, la extracción del principio activo quedaría para investigadores más tenaces. Y el caso es que estuvieron muy cerca de conseguirlo. Años más tarde, diría Craddock: «Entonces no podíamos saber que sólo quedaba por franquear una valla. Nos habíamos sentido descorazonados muchas veces. Cuando creíamos alcanzar la cosa, la colocábamos en la nevera y, al cabo de una semana, comenzaba a desvanecerse. Si un químico experimentado hubiera aparecido allí, creo que nos hubiera ayudado a franquear aquella última valla. En aquel caso hubiéremos publicado nuestro trabajo. Pero el experto no vino, y fue así como los ensayos de extracción fueron abandonados.»


De nuevo, la indiferencia

El 13 de febrero de 1929, Fleming presentó una comunicación en el Medical Research Club. La reacción de sus colegas fue similar a la que tuvieron con la lisozima. Ni siquiera hubo una pregunta curiosa que le animara. Sir Henry Dale, que se hallaba presente, hace este curioso comentario: «Era muy tímido y de una modestia excesiva en su presentación; era como si expusiera su descubrimiento a pesar suyo, alzando los hombros como para despreciar la importancia de lo que decía… Sin embargo, la elegancia y la belleza de sus observaciones produjeron gran impresión.»

También preparó una memoria para ser publicada en la Revista Británica de Patología Experimental Se trata de un trabajo muy completo y preciso en el que rinde justicia a los trabajos de Ridley para purificar la penicilina.

En el apartado ocho de la Memoria decía: «Se sugiere que puede ser un antiséptico eficaz para aplicaciones o inyecciones en zonas infectadas por microbios sensibles a la penicilina.» Esto no le agradó a Wright que, como sabemos, tenía muchos prejuicios contra los antisépticos. Haciendo uso de sus facultades de jefe de equipo, le pidió a Fleming que suprimiese el apartado, pero éste se mantuvo firme en la defensa de sus observaciones. La Memoria apareció íntegra en junio de 1929.

Craddock y Ridley ya habían abandonado el laboratorio; Fleming sigue en su trabajo, cuando un acontecimiento va a dar nuevo impulso a la flecha lanzada por Fleming. En 1929 ocurre en Australia una catástrofe: doce niños, que habían sido vacunados contra la difteria, mueren horas más tarde; las vacunas estaban contaminadas. Este desastre provocó gran pesar en el mundo entero: ¿era una casualidad más (aunque esta vez trágica) que el destino ponía en la vida de Fleming?


Otra vez el desaliento de los colaboradores

Este desastre hizo que el mejor químico de Inglaterra, Harold Raistrick, que enseñaba Bioquímica en la Escuela de Medicina e Higiene Tropicales, se interesara por los mohos. Fleming le ofreció muestras de sus experimentos y Raistrick fijó su atención en el penicillium. De nuevo hacía falta un equipo, y muy pronto se unieron a ellos Lowel y Clutterbuck (bacteriólogo y químico, respectivamente).

El nuevo equipo de expertos se pone a trabajar para obtener la extracción de la penicilina pura. En las condiciones en que se obtenía hasta entonces, no se podía emplear en los seres humanos.

Se emplean de nuevo los medios clásicos. Con el éter se consiguieron buenos resultados, pero, cuando se evaporaba, desaparecía también la penicilina.

Deciden cultivar la penicilina no en un caldo, como hasta entonces se había hecho, sino en otro medio que contenía sales y glucosa. Pasan los días, el trabajo es constante, se ensayan nuevos procedimientos…, y no se consigue.

Clutterbuck muere muy joven y Lowel se retira de la investigación para ocupar una plaza en el Colegio Real de Veterinarios.

Craddock, Ridley, Raistrick, Lowel y Clutterbuck: dos equipos de investigadores muy valiosos, pero que, por circunstancias muy distintas, no lograron conseguir su cometido. Era una empresa dura, a la que cada uno aportó su sabiduría y su experiencia.

Pero Fleming quería resultados, hechos convincentes. No sabía química y necesitaba ayuda. Estaba seguro de que el éxito llegaría, y una vez más había que esperar.

Habló de sus experimentos al profesor Comp-ton, director de los laboratorios de Salud Pública en Egipto. Compton le escuchó con interés, pero volvió a Alejandría y no se ocupó más del asunto.

La penicilina de Fleming quedaba en plena carretera, como haciendo autostop, en espera de que un nuevo equipo emprendiera la aventura de nuevo.


Las sulfamidas

Llegó el año 1931 y la duquesa de York, futura reina madre de Inglaterra, ponía la primera piedra para la construcción de una nueva Escuela de Medicina que, dos años más tarde, inauguraba el rey Jorge V. Disponía de amplios salones, buenos laboratorios y una biblioteca bien dotada. Quedaban atrás los tiempos de la investigación heróica en locales inadecuados y con medios insuficientes. Las investigaciones a todos los niveles proseguían. Los hombres de ciencia seguían en sus puestos luchando por la misma noble causa, la derrota de la enfermedad.

El eminente profesor Ehlich, gran amigo de Wright, había conseguido por entonces un producto de gran poder bactericida cuando trabajaba con colorantes (de nuevo había intervenido la casualidad en la ciencia).

La casa Bayer consiguió gran número de esos colorantes de Ehrlich y se los encomendó al profesor Domagk para que los ensayara con ratones. Resultó que un colorante rojo se pegaba fuertemente a la zona infectada, de manera que, al unirse con los microbios, los destruía.

Todo el equipo del doctor Domagk se llenó de entusiasmo. Se repitieron los experimentos, y las estadísticas demostraron que los casos de curación eran importantes. La enfermedad se empezaba a enfrentar con un poderoso rival, al que se dio el nombre de prontosil.

Este acontecimiento feliz parecía que iba a dar al traste con los avances realizados por Fleming y su penicilina. Pero en realidad no fue así; una vez más, las batallas en el campo de la lucha contra la enfermedad, ganadas por distintos caminos, iban a complementarse en una larga serie de escaramuzas que poco a poco dejaban al descubierto los puntos débiles de los gérmenes patógenos que acechaban contra nuestros organismo.

En el Instituto Pasteur de París, un notable cuadro de investigadores, dirigido por el sabio Ernest Fourneau, somete el prontosil a examen. Pronto descubren que este medicamento, tan activo en el organismo, no destruía los microbios en los tubos de ensayo. De aquí deducen que el producto sufría en el cuerpo una transformación y que un elemento, tóxico para las bacterias, se encontraba así desprendido. Del estudio sistemático de todos sus derivados y componentes, llegaron a la conclusión de que sólo una molécula, la sulfamida, era la parte activa del medicamento.

Resultó entonces que el prontosil, nuevo producto y como tal, patentado, curaba gracias a la molécula de sulfamida que contenía y ésta era ya una sustancia conocida y muy empleada en la fabricación de colorantes; el resultado fue el empleo de la tal molécula de sulfamida más que el prontosil. Prácticamente su fabricación fue fácil y se extendió su uso como remedio seguro por toda Inglaterra y Francia.


Fleming sigue en la brecha, ajeno al desaliento

No obstante, más tarde se fueron dando casos que hacían a las sulfamidas impotentes ante ciertos microbios.

Esto puede deberse a una de las dos causas siguientes: o los organismos más sensibles han sido eliminados por el medicamento, mientras los menos sensibles sobrevivían y, al reproducirse, engendraban generaciones de microbios resistentes; o bien, a causa de un tratamiento insuficiente, un microbio al principio vulnerable adquiere una mayor resistencia, opinó Fleming.


Eran tan grandes los deseos de encontrar un medicamento fuerte para acabar con tales enfermedades que el entusiasmo de haberlo encontrado y la facilidad de empleo hizo que los médicos lo recetaran masivamente.

A pesar de todo, se fue observando que Fleming tenía razón, y pronto se empezó a restringir su uso.

¿Qué ocurría? Una vez más se demostraba que el éxito depende de muchos factores y todos coincidentes. Fleming sabía que la penicilina pura no se había logrado todavía, pero sus resultados eran plenamente satisfactorios; no lo eran tanto los de las sulfamidas, pero éstas se obtenían puras. La sulfa-mida, aun con inconvenientes, existía: la penicilina, mucho más eficaz, no estaba a punto.

No se trataba de ninguna competencia y lucha personal entre médicos. El único afán e interés de estos hombres era salvar al género humano de unas calamidades que le afligían desde siglos. El mismo Fleming se interesó por el prontosil (recordemos que conocía hacía muchos años a Ehrlich) e hizo experimentos con las sulfamidas. Así explicó a Wright y otros cómo, si se provocaba con una vacuna la formación de anticuerpos, la sulfamida facilitaría aún más su acción sobre los leucocitos. Siguiendo la sugerencia de Fleming, se observó, efectivamente, que con la mezcla de sulfamidas y otros anticuerpos, todos los ratones con los que se experimentó se salvaban. Wright, que seguía creyendo en la eficacia de las vacunas, se sintió encantado con la idea de su colega. Fleming, a pesar de todo, tenía más fe en la penicilina.


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Introducción

UNA flecha ha sido lanzada por un hombre. Otros han colaborado en su trayectoria; la diana parece próxima a veces; otras, en cambio, se aleja. Pero la esperanza de los hombres que componen el equipo de tiro sigue firme, como su pulso. La flecha continúa su camino con fuerza, hacia la diana del éxito.


La esperanza brilla con intermitencias

Después de la colaboración del equipo de Craddock y Ridley, así como de la contribución prestada por Raistryck, Lowel y Clutterbuck, quedó el problema de la penicilina en suspenso y parecía que el descubrimiento de los efectos curativos de la sulfamida desanimaría a Fleming, que abandonaría su propósito. No sólo no lo abandonó, sino que insistió en sus comunicados a los medios científicos. En 1936 habló de la penicilina en el II Congreso Internacional de Microbiología. Una y otra vez insistía en que la cuestión era obtener la penicilina pura y crear unas condiciones de empleo adecuadas. Sus efectos y resultados estarían entonces plenamente garantizados.

Hay que pensar que un hombre como Fleming, tan poco dado a hablar, como buen escocés, cuando se decide a ello es que está firmemente convencido de lo que dice y entonces habla con fundamento. Sin embargo, en este Congreso, como en otros, no le hicieron caso, y en el coloquio que siguió a la intervención de Fleming, nadie hizo la más mínima pregunta. La acogida a todos sus esfuerzos no había podido ser más fría.

Pero Fleming sabía mucho de las cosas de la Naturaleza; recordaba que, en el campo, el éxito dependía del trabajo, de la lluvia, de los vientos, de la tierra, y que sólo hacía falta la concurrencia de todos estos elementos para obtener más tarde o más temprano el fruto, tan largamente deseado.


La indiferencia no le desanima

Cualquiera podría pensar que el ver pasar los años sin el reconocimiento a sus originales trabajos, producía en Fleming algún tipo de frustración, pero no es verdad. Tanto en el hogar como en el laboratorio era un hombre feliz. El doctor Craddock, que le conocía muy bien y le trataba con asiduidad, describe al Fleming maduro de la siguiente manera:

«El era, en su trabajo, una especie de dilettante. Algo que nada tenía de afín con el tipo de investigador que mes tras mes trabajara fatigosamente a través de centenares de cultivos, anotando sus pequeñas diferencias, y que, después de cinco años de labor meticulosa, producirá una tabla de clasificación de las variantes de un mismo organismo. Fleming prefería algo que fuera más espectacular y más excitante. La lisozima le encantó y la penicilina todavía más. Aquello era un mundo nuevo y a él le gustaba su sabor.

»En la vida cotidiana se orientaba hacia las cosas curiosas, interesantes. Recuerdo que yendo cierto día en coche conmigo, en el campo, se fijó en una carretilla de brazos de un tipo poco frecuente, construida por un herrero del pueblo para llevar pesados bidones de leche desde las granjas hasta la carretera, donde se cargaban en el camión de reparto. Me rogó que nos detuviéramos y dibujó un croquis del objeto cuya ingeniosidad había despertado su atención… Mi hijo, que contaba diez años, construyó con su Meccano una grúa de metal, y Fleming insistió en fotografiarla porque la encontraba muy bien concebida… Se sintió muy intrigado por las estufas de arcilla que aún se utilizaban en nuestras viejas granjas. Encienden un haz de leña. Cuando la arcilla está al rojo, se separa la ceniza y se introduce lo que se desee cocer. Todo lo hace el calor de las paredes. Fem elogió la sencillez del método y la economía de combustible.

»A1 emplear la palabra dilettante, no he tratado de insinuar que fuera como una mariposa que volara de una flor brillante a otra. Solamente quise decir que él escogía con cuidado para investigar un tema digno de su atención. Una vez escogido, se lanzaba sin la menor vacilación al meollo del problema, más rápido que cualquier otro hombre por mí conocido. Todo su trabajo era cuidadoso. Nada superfluo. Era prodigiosamente hábil. Se contaba en Saint Mary’s que en la época en que las transfusiones de sangre eran una novedad, cierto día en que un cirujano no conseguía encontrar la vena de un niño, hizo llamar a Fleming, quien, con toda facilidad, efectuó la transfusión en la vena yugular interna…

»Le gustaba trabajar en el laboratorio seis o siete horas al día, con seguridad; pero no era de los que trabajaban, sin más ni más, doce horas seguidas. Tu vo que hacerlo durante su juventud en tiempos del índice opsónico; por suerte, ahora ya no era necesario. No se entretenía y rendía más en seis horas que otros en doce. En verano adoraba su casa de campo, su jardín, y partía el viernes muy satisfecho. Sin embargo, también reemprendía feliz los lunes un trabajo que realizaba en el “lab”con cariño.»


Primer contacto con América

El III Congreso Internacional de Microbiología se celebró en agosto de 1939, en Nueva York. Fleming viajó a los Estados Unidos con su esposa. Allí le esperaban algunas satisfacciones.

Por aquellos años trabajaba el doctor René Dubos en el Instituto Rockeffeller de Nueva York, en el cultivo de bacterias que causaban enfermedades a los vegetales. Dubos descubrió un bacilo capaz de destruir los neumococos (microbio productor de la neumonía infecciosa), e incluso logró aislar la tal sustancia y la llamó tiritricina.

Estando Fleming en Nueva York, habló con Dubos del tema de la penicilina por el que éste estaba muy interesado. El profesor Dubos, muy ocupado con sus experimentos, no llegó a colaborar. Estaba obteniendo éxitos que serían unos eslabones más, aunque por otro camino, de la cadena de prodigios que durante años se venía elaborando en el mundo de la ciencia.

Fleming aprovechó su estancia en América para hablar con los científicos e ir conociendo los métodos y técnicas que se empleaban en aquel país.

Un médico joven, Roger Reid, que trabajaba en el Colegio de Agricultura de Pensilvania, se interesó tanto por las comunicaciones que Fleming había enviado a los Congresos, que decidió hacer sus tesis doctoral sobre el tema. Ello requería un equipo, un material y suponía unos gastos considerables. Reid solicitó de las autoridades del Colegio cien dólares para llevar a cabo algunos experimentos con el zumo de la penicilina en ratones infectados con neumococos y vacas atacadas de mamitis, pero le fue negado, y a un profesor que se ofreció a financiar la operación, le amenazaron con expulsarle.

Cuando parecía que un nuevo horizonte se abría para solucionar el problema con el que se encontraba Fleming, nuevas dificultades hacían más difícil el camino de la flecha hacia la diana.


Una colaboración decisiva

Pero si el hombre es ya físicamente un organismo muy complejo y perfectamente armónico, todo lo que al hombre le rodea forma también un inmenso organismo en el que, si falla una pequeña partícula, se produce la catástrofe. Esto lo saben bien los médicos. Pequeñísimas partículas producen enfermedades que derrotan al ser humano.

El hombre es el ser que tiene que luchar con inteligencia contra toda clase de dificultades. Y dificultades graves encuentra ciertamente Fleming en su camino: desaliento en sus colaboradores, desgracias, falta de ayuda. Pero otros muchos sabios trabajaban en silencio por todos los rincones del mundo; la ciencia no tiene fronteras. El eminente doctor Howard Florey, australiano, profesor entonces en Oxford, conoce los trabajos de Fleming sobre la lisozima, los encuentra interesantes y encarga a su colaborador Roberts la misión de conseguir la lisozima pura. Roberts la obtiene en 1937.

Florey sigue adelante y consigue la colaboración de otro científico, E. B. Chain, nacido en Berlín, de padre ruso y madre alemana, y que trabajaba entonces en el Instituto Bioquímico. Chain es encargado por Florey de organizar la sección de Bioquímica en Oxford. Consiguen comprobar experimentalmente que la lisozima era una enzima, como decía Fleming. El equipo de Florey investiga, realiza experimentos y estudia detenidamente todo lo relativo a la lucha contra las bacterias y, en esta lucha, se interesan muy especialmente por la penicilina.

Este tipo de investigación requería unos gastos considerables; solicitan ayuda a la Fundación Roc-keffeller y presentan tres estudios distintos sobre los que investigar; algún tiempo después Florey anunció al equipo de investigadores que la Fundación les había concedido una subvención de cinco mil dólares.

Hasta ese momento todos los químicos habían llegado a la misma conclusión: la penicilina «desaparece» empleando el alcohol, el éter, etc. Florey y sus colegas comienzan sus trabajos preguntándose: ¿por qué?, ¿cuál es la causa de esta inestabilidad?

Partiendo de este punto y del hecho de que la penicilina debía ser una enzima, procedieron así: las enzimas en solución pierden su actividad concentradas por evaporación, pues las sustancias no activas quedan también concentradas y la destruyen. Ya desde 1935 se venía utilizando la liofilización con el plasma sanguíneo, para su conservación. La liofilización consiste en que las soluciones acuosas en el vacío pasan directamente del estado sólido al gaseoso. Pero las diferentes sustancias que se encuentran en la solución acuosa se congelan y entonces no actúan, por encontrarse en distinto estado. Si el agua es eliminada, las sustancias sólidas que forman el residuo seco conservan su actividad casi indefinidamente. Este era el camino a seguir para lograr la penicilina químicamente pura.

Con este método, los científicos de Oxford llegaron a logros interesantes. De momento se obtuvo un polvo oscuro que, además de la penicilina, contenía algunas impurezas, por lo que no se podía inyectar. Los experimentos anteriores con alcohol daban alguna pista. Florey y su equipo recurren a este método, pero naturalmente, la penicilina, por ser una enzima, se evaporaba. Sin embargo, se volvió a intentar con alcohol metílico, y he aquí que gran parte de las impurezas desaparecían. ¿Y si se recurría a desleír la solución con agua por medio de la liofilización? Se llevó a cabo la prueba y, eureka!, la penicilina estaba casi pura.

Se inician los experimentos con animales. La emoción es grande.

Chain pidió la colaboración del gran cirujano español José Trueta y de John Barnes, que trabajaba bajo su dirección. Este inyectó treinta gramos de penicilina ya concentrada en la vena de un ratón. Resultado: no se produjo ninguna reacción tóxica.

Fleming había conseguido que los mismos químicos comprobaran experimentalmente lo que él había anunciado hace años.

El equipo de Oxford seguía trabajando. Un nuevo miembro se incorpora, Heatley. El y Chain van a intentar un paso más.

Aun cuando ya se había conseguido la penicilina concentrada y se había comprobado su no toxicidad, todavía no se obtenía completamente pura.

Los hombres de Oxford prosiguen su camino. ¿Surgirán nuevos problemas? La flecha parecía estar a muy poca distancia de la diana.

Se prepara un gran experimento. El día señalado es el 15 de mayo de 1940.

Europa se desangra de nuevo en una terrible lucha y, como ocurrió en la primera guerra mundial, un grupo de hombres busca la bala mágica que da la vida en medio de tanto desastre, dolor y muerte.

En el laboratorio de Oxford está ya preparado el experimento definitivo. Hay tres grupos de ratones infectados; se establecen los correspondientes controles. Chain y Heatley pasan toda la noche observando con gran tensión nerviosa cómo los ratones inyectados con penicilina seguían con vida, mientras los no inyectados, que servían de control, morían víctimas de la infección.

Alegría inmensa, incontenible en los rostros de aquellos dos hombres. Por fin habían conseguido que en la batalla librada entre la enfermedad y la droga la victoria fuera la misma vida.

El 3 de septiembre, encontrándose en Nueva York, se enteró de que Alemania había atacado a Polonia, aliada de Inglaterra, y se dispuso a regresar a su país. Hizo el viaje en el Manhattan, con otro bacteriólogo, Allan W. Downie, de Liverpool. Este recordaría más tarde que Fleming era un conversador encantador cuando hablaba de los temas que le interesaban.

Al desembarcar en Inglaterra, se enteró de que había sido nombrado patologista de sector, mientras durara la guerra, en el cuartel general de Hare-field, en el Middlesex. Este cargo lo simultaneaba con el trabajo en Saint Mary’s y la cátedra en la Universidad. Su experiencia sobre las heridas de guerra y las infecciones le permitió aconsejar con sabiduría y eficacia a los médicos de los hospitales que carecían de nociones específicas sobre la medicina de guerra. Con su ayudante, el profesor New-comb, recorría frecuentemente los laboratorios de su sector.

Durante la guerra siguió viviendo en Chelsea, hasta que los bombardeos alemanes se lo desaconsejaron. En septiembre de 1940 el barrio fue bombardeado y la casa sufrió algunos desperfectos importantes, pero un segundo bombardeo dos meses después provocó daños mayores. Afortunadamente, cuando se produjo el bombardeo, Robert, su hijo, se hallaba en el colegio, y él y su esposa habían comido con unos amigos. Como la casa había que dado inhabitable, mientras la reparaban, se instalaron en la vivienda del profesor Pryce, en Rich-mansworth. En marzo de 1941 volvieron a su casa, pero sería para vivir apenas un mes en ella. Pues una noche, hacia las dos de la madrugada, se produjo una formidable explosión y vieron cómo puertas, ventanas y techos se desgarraban. Además de la familia Fleming, en la casa se hallaban Elizabeth, la hermana gemela de Sareen, y un hijo suyo.

Uno de los técnicos de su laboratorio, Dan Stratford, que le acompañó al día siguiente para ayudarle a retirar los objetos más necesarios, escribe lo siguiente:

«Los daños en la calle parecían graves. En el piso mismo todo estaba cubierto de polvo y de cascotes caídos de los techos. El dormitorio todavía estaba peor… El techo agujereado, la ventana arrancada… Una escena espantosa… Le dije al profesor:

—Cuando la bomba estalló, debió ser terrible.

»E1 dijo que sí con la cabeza, y añadió sonriendo:

—Cuando vi que la ventana arrancada de cuajo avanzaba hacia mí, decidí salir del lecho.

»Nos llevamos muchas cosas al Instituto, donde le instalé un lecho en la cámara oscura. El compró un aparato de radio y se instaló allí, para pasar las noches, con aspecto muy satisfecho.»

Para la familia Fleming empezó una larga peregrinación. Primero vivieron con su hermano Roben Fleming, en Radlett. Más tarde el doctor Allison, que estaba movilizado, les ofreció su casa en Highgate. Como la casa tenía un jardín, los Fleming cultivaron las flores, pero también sembraron verduras y productos hortícolas para su alimentación.

Mientras duró la guerra, la mayoría de las noches Fleming se quedaba en el hospital. Eran muchos los médicos y estudiantes que se quedaban allí para atender las necesidades del servicio. Sus colegas dicen que este ambiente juvenil y dinámico complacía mucho al profesor. Incluso participaba en un servicio que a muchos les resultaba incómodo y desagradable, que era montar la vigilancia en los tejados durante los bombardeos, los brutales bombardeos nazis que destruyeron las tres cuartas partes de la capital británica.

El 24 de agosto de 1940, The Lancet, publicación en la que colaboraba Fleming, daba la noticia de que los doctores Florey, Chain y Heatley habían conseguido extraer la penicilina y habían realizado los primeros ensayos sobre animales. En la lista también figuraban los doctores Jennings, Abraham, Orr-Ewing, Sanders y Gardner, a quienes Florey había pedido que se unieran al equipo para estudiar con más rapidez y profundidad la prodigiosa sustancia.


En medio de las tinieblas brota de nuevo la luz de la esperanza

En el estudio bacteriológico efectuado por el doctor Gardner fueron confirmados los resultados descritos por Fleming y ampliados con nuevos microbios sobre los que actuaba la penicilina, entre otros, la gangrena gaseosa, tan temible en la guerra.

Fleming fue el primero de los sorprendidos por la noticia publicada por The Lancet, aunque también debió ser el más gozoso y feliz. Hasta aquel momento no había tenido referencias concretas de los trabajos del equipo.

Con respecto a la teoría del equipo, tan en boga en nuestro tiempo y tan eficaz en muchos casos, conviene hacer algunas matizaciones. Como dice el mismo Chain: «El trabajo de equipo es importante para desarrollar una idea ya concebida, pero yo no creo que un equipo haya producido nunca una idea nueva.» Y Fleming arguye con fina sutileza: «Para que nazca alguna cosa completamente nueva se requiere un acontecimiento. Newton vio caer la manzana, James Watt observó una olla hirviendo, Roentgen mezcló unas placas fotográficas. Y todos estos hombres sabían lo bastante para traducir a un lenguaje nuevo acontecimientos banales.» Efectivamente, hasta la casualidad necesita de hombres avisados y alerta que sepan interpretarla.

Lo primero que hizo Fleming fue plantarse en Oxford y visitar a Florey y Chain. Este último se sorprendió al ver al bacteriólogo escocés, porque le creía muerto. Así nos describe Chain el encuentro: «Se me apareció como un hombre a quien le costaba explicarse, pero que daba la impresión de un corazón ardiente, aunque hiciera lo posible por parecer frío y distante.»

«Ustedes han hecho algo de mi sustancia», fue el sencillo elogio de Fleming. Las grandes emociones no necesitan demasiadas palabras.

El penicillium fue, hasta entonces, una realidad dormida. Fleming había imaginado con certeza lo que sería su despertar. Y … allí estaba con todo su poder prodigioso. Las enfermedades infecciosas empezaban a ser derrotadas.

La guerra continuaba, dejando tras de sí una estela de exterminio. El récord de destrucción, presentido en la otra gran guerra, había sido logrado por los hombres que mataban a los hombres.

La ciencia había conseguido una victoria y en el horizonte ensangrentado de una Europa atrozmente herida, se abría paso con timidez, pero con fuerza, la luz de la esperanza. Aún harían falta nuevos esfuerzos. Aún caerían muchas víctimas ante los victoriosos enemigos, los bacilos.

Muchos esfuerzos había costado extraer la penicilina casi pura y, sin embargo, era preciso seguir luchando. Se sometió el moho a lavado y filtrajes, consiguiendo así un polvo amarillo (sal de bario) que contenía aproximadamente 500 unidades de penicilina por miligramo. Con grandes dificultades lograron evaporar el agua y obtuvieron ese polvo seco y amarillo que parecía harina de trigo. Por fin, allí estaba lo que tantas veces se le había volatilizado.

La penicilina es eficaz, pero...

Hasta entonces se habían hecho los experimentos utilizando animales (rantones preferentemente), pero llegó el día en que el protagonista sería un hombre.

Se trataba de un caso perdido, un guardia de Oxfor con una septicemia; los médicos que le trataban le habían desahuciado. Tenía todo el cuerpo cubierto de llagas supurantes, y la enfermedad le había llegado a los pulmones. ¿No era una prueba digna del poderoso antibactericida…? El 12 de febrero de 1941 se le inyectaron por vía intravenosa doscientos miligramos de penicilina. La reacción del agonizante fue súbita. Incluso las llagas dejaron de supurar. Mientras se le siguió inyectando penicilina a razón de cien miligramos cada tres horas, siguió la mejoría. Pero cuando hubo que suspender el tratamiento por falta de penicilina, los microbios volvieron a recuperar el terreno perdido, y el enfermo moría el 15 de marzo. Para Florey y sus colaboradores quedó demostrado que si hubieran tenido la cantidad de penicilina suficiente aquel hombre se hubiera salvado.

Pasó algún tiempo y otras tres personas, entre ellos un amigo de Fleming, fueron tratadas con penicilina y su eficacia quedó demostrada. Por tanto, se hacía necesaria la colaboración del Gobierno para industrializar el producto.

Los sabios de Oxford consideraban urgente la obtención masiva de penicilina para atender las necesidades de guerra. Nadie mejor que ellos sabían la importancia que podía tener la fabricación industrial del producto en un momento en que Inglaterra sufría los más devastadores bombardeos de todos los tiempos y sus ejércitos se preparaban para un combate global con la Alemania nazi. Pero ni el Gobierno de Su Graciosa Majestad, ni la industria química del Reino Unido prestaron atención a un proyecto de futuras posibilidades, abrumados, como se hallaban, por las necesidades cotidianas de la guerra.

En vista de ello, Florey y Heatley pensaron en la poderosa industria norteamericana, y en junio de 1941 se trasladaron a los Estados Unidos, vía Lisboa. Con ellos llevaban el penicillium muy protegido, para preservarle de los rigores del calor. Los amigos americanos de Florey se encargaron de facilitarle el camino hasta llegar al doctor Coghill, jefe de la sección de fermentación del Northern Regional Research Laboratory de Peoría (Illinois). Este laboratorio había sido creado para transformar los subproductos de la agricultura que ensuciaban los ríos en materias de fermentación utilizable. Los químicos del laboratorio estaban trabajando con los mohos del tipo penicillium chrysogenum para transformar los desperdicios. Como fuente de nitrógeno estaban empleando el «licor de remojo de maíz», del que existían grandes cantidades en la región.

Objetivo único: fabricación de penicilina a niveles industriales

Florey y Heatley expusieron a Coghill los resultados de sus largas investigaciones, así como todos los procedimientos de fabricación. A cambio de ello, no pidieron otra cosa que penicilina para continuar sus experimentos médicos.

Ninguno de los sabios que hasta entonces habían intervenido en la puesta a punto de la penicilina, empezando por su descubridor, había patentado su descubrimiento, lo cual honra a los que sólo pensaban en el beneficio que sus desvelos podían proporcionar a la Humanidad.

El equipo se incrementó con los norteamericanos, que se brindaron gustosos a la honrosa tarea de presentar un frente abierto contra la enfermedad.

Era preciso aumentar el cultivo del penicillium en los laboratorios de Peoria y para ello se utilizó el «licor de remojo de maíz». Los rendimientos fueron notablemente superiores.

Un melón podrido...

Anteriormente se había trabajado con planteles de moho procedentes de la espora que entró por la ventana del laboratorio de Fleming. Quizá hubiera un hongo mejor. Se dio la voz de alerta y llegaron hongos de los sitios más remotos. Ninguno de ellos dio resultado, pero la casualidad una vez más iba a jugar su papel en la ya larga aventura de la penicilina. Y una muchacha del laboratorio de Peoria, encargada de comprar todo lo que estuviera mohoso, encontró en el mercado un melón podrido y de este melón se extrajo un moho, penicillium chrisoge-num, del que proceden hoy la mayoría de planteles utilizados para la producción de la penicilina.

Mientras Heatley trabajaba en Peoria, Florey viajaba por el Canadá, buscando posibilidades para industrializar la elaboración de la penicilina.

La visita que Florey hizo a su amigo, el doctor A. N. Richards, que había sido nombrado por entonces presidente del Comité de Investigaciones Médicas, fue definitiva, ya que él podía hacer que el Gobierno norteamericano se interesase por la industrialización de la nueva droga, como así ocurrió.

Pero la producción de penicilina en cantidad tardó algún tiempo.

La firma «Charles Pfizar y Co.», que, aunque no se dedicaba propiamente a los productos farmacéuticos, sabía mucho de fermentaciones, acogió con interés el proyecto de la penicilina. Y un hombre de esta firma, John Smith, fue testigo de algunas curaciones prodigiosas.

Alguien, una mujer, declaró en 1943: «Estoy viva; sin embargo, estadísticamente estoy muerta.»


... y un equipo entusiasta hace posible el milagro

Los ingenieros, bacteriólogos, técnicos en fermentación y resto del personal de la firma «Charles Pfizer y Co.» trabajaban entusiasmados y siempre animados por lo que Smith les contaba de sus frecuentes visitas al hospital, donde con tanta eficacia se utilizaba la penicilina. Su frase más repetida era: «Han salvado ustedes otra vida.»

Se produjo la penicilina en grandes cantidades; su elaboración llevaba consigo extremados cuidados. En las espaciosas salas de los laboratorios podía leerse esta advertencia a los empleados:

«La penicilina debe ser absolutamente estéril. La contaminación de la penicilina puede causar muertes. ¿Hace usted todo lo posible? Los enfermos confían en su vigilancia para protegerlos.»

Así fue como Norteamérica contribuyó con su técnica formidable y la sólida preparación de sus científicos a la producción, en cantidades industriales, de la sorprendente droga que tantos males alivió a partir de entonces. Y la verdad es que mucha enfermedad y mucho dolor sufrían los hombres en aquellos tiempos, porque la guerra continuaba su trágico objetivo de destrucción y el mundo entero se sobrecogía ante las dramáticas estadísticas de los seres humanos que morían en los campos de batalla.



-

Introducción

FLOREY regresó a Inglaterra muy satisfecho de la buena acogida y colaboración que había encontrado entre sus colegas americanos. La producción industrial estaba en marcha y esperaba recibir muy pronto diez mil litros. Por otra parte, el equipo de Oxford, bajo la dirección de Chain, había conseguido mejorar los métodos de extracción. El doctor Sanders se encargaba de la fabricación del producto.

Esto les había permitido constituir una pequeña reserva para el momento en que se pudiera realizar un tratamiento completo. Los primeros beneficiados fueron unos pilotos de la Royal Air Force (RAF), que habían recibido quemaduras graves en la defensa de Londres. Casi al mismo tiempo, el equipo de Oxford envió una pequeña cantidad de penicilina al profesor Pulvertaft, famoso bacteriólogo que entonces era teniente coronel y se hallaba destinado en el ejército que luchaba en Egipto contra el mariscal Rommel.

De los resultados de este envío escribe el profesor Pulvertaft: «Teníamos entonces una cantidad enorme de heridos infectados: quemaduras espantosas, fracturas con estreptococos. Los periódicos técnicos nos decían que las sulfamidas terminaban con las infecciones. Mi experiencia me demostraba que lo mismo las sulfamidas que otros productos que recibíamos de América, no producían, en aquellos casos, ningún efecto. El último que ensayé fue la penicilina. Tenía muy poca. Algo así como diez mil unidades, quizá menos. El primer paciente tratado fue un joven neozelandés llamado Newton. Se encontraba en cama desde hacía seis meses, con fracturas complicadas en ambas piernas. El pus manchaba sus sábanas y el calor de El Cairo hacía su olor insoportable. No tenía más que la piel y los huesos; su temperatura era alta. Normalmente debía morir en breve plazo, cosa que entonces era el final de toda infección prolongada.

»Colocamos pequeñas sondas de goma en los senos de la pierna izquierda; inyectamos penicilina muy débil (unos cuantos centenares de unidades por centímetro cúbico), ya que poseíamos muy poca. Le puse tres inyecciones al día y observé los efectos al microscopio. Mi sorpresa fue grande, al comprobar que a partir de mi primer tratamiento encontraba estreptococos en el interior de los leucocitos. Fue un momento de gran emoción. Por residir en El Cairo, yo no sabía nada de cuanto se había hecho en Inglaterra, y aquello me parecía un milagro. En diez días, la pierna izquierda quedó curada y, al cabo de un mes, el joven se levantó. Me quedaba penicilina para tratar diez casos. De los diez, nueve sanaron. En el hospital estábamos todos convencidos de que una nueva terapéutica acababa de ser inventada. Hicimos incluso que nos mandaran de Inglaterra un plantel, para producir nosotros mismos la penicilina. Una especie de fábrica fue montada en la Ciudadela Vieja de El Cairo. Pero, claro, no poseíamos los medios necesarios para concentrar la sustancia…»


La prueba decisiva

En agosto de 1942 el mismo Fleming tendría oportunidad de comprobar el efecto de su querido penicillium en un caso dramático. El paciente era uno de los directores de la fábrica de productos de óptica de su hermano Robert Fleming. Había ingresado en Saint Mary’s con síntomas de meningitis en estado gravísimo. Fleming le trató primero con sulfamidas y, viendo que éstas no producían resultado, le trató con la penicilina impura que él poseía. En el enfermo se observó alguna mejoría, en vista de lo cual pidió a Florey por teléfono un poco de penicilina pura para probar con su amigo. Florey consintió a condición de que el paciente de Fleming figurase entre los casos estudiados por el equipo de Oxford.

Veamos lo que dice Fleming: «Me puse en contacto con Florey y él fue lo bastante bondadoso para darme toda la que tenía. La noche del 5 al 6 de agosto de 1942, el paciente unas veces deliraba y a ratos caía en estado comatoso; sufría, desde hacía diez días, un hipo incoercible. Por la tarde del día 6, se comenzó a ponerle inyecciones intramusculares de penicilina (quince mil unidades). A las veinticuatro horas, la mejoría era acusada. Su conocimiento era más claro; el hipo había desaparecido y el movimiento de contracción hacia la nuca parecía menos marcado. La temperatura descendió. Sin embargo, cuando el líquido raquídeo fue examinado, se comprobó que contenía poca o ninguna penicilina.

»Consulté a Florey por teléfono sobre la posibilidad de inyectar penicilina en el canal vertebral. Nunca lo había hecho, pero como el caso era desesperado y ya sabía que la penicilina era inofensiva para las células humanas, inyecté cinco mil unidades por punción lumbar. Unas horas más tarde, Florey me telefoneó que había inyectado penicilina en el canal vertebral de un gato y que el gato había muerto. Pero mi hombre no murió. La inyección no le causó ningún daño y se restableció rápidamente. El 28 de agosto se levantó; no presentaba ya ninguna huella de meningitis. El 9 de septiembre abandonó el hospital completamente curado.

»He ahí, pues, un hombre que parecía agonizando y que algunos días después de ser tratado con penicilina estaba fuera de peligro. Aquel caso no podía dejar de causar una profunda impresión.»


A cada cual lo suyo

La noticia de la prodigiosa curación se comentó mucho en los hospitales y clínicas y trascendió a la prensa. El primer periódico de gran difusión que se interesó por la sustancia mágica fue el Times. Su editorial titulado Penicillium fue un gran aldabonazo, ya que pedía a las autoridades que se tomasen medidas para que la penicilina pudiera producirse en grandes cantidades. Pero el artículo no mencionaba al descubridor del antibiótico ni al equipo de Oxford, que le había puesto a punto de ser utilizado. Esto atufó un tanto a sir Almroth Wright, quien escribió una carta al periódico que apareció el 31 de agosto.

La carta dirigida al director del Times decía así: «Muy señor mío: En su editorial de ayer sobre la penicilina, usted se abstuvo de colocar la corona de laurel que merece este descubrimiento. Yo desearía, con su permiso, completar su artículo, indicando que, en virtud del principio Palmam qui meruit ferat, debería ser atribuida al profesor Alexander Fleming, que forma parte de este laboratorio de investigaciones, ya que ha sido él quien ha descubierto la penicilina y también el primero en sugerir que esta sustancia podría recibir importantes aplicaciones en Medicina.»

El viejo se había portado. Aunque le costase trabajo admitir aquel triunfo de la quimioterapia, su lealtad a Fleming y su honradez intelectual se impusieron a los prejuicios. El aldabonazo dado por Wright repercutió en las más altas esferas. Y el modesto y silencioso Fleming, que parecía sentir vergüenza en recabar lo que le pertenecía, se vio colocado en el primer plano de la curiosidad general. Y bien lo merecía porque, como dice Maurois, entre 1940 y 1942 se había hablado muy poco de él y sus publicaciones habían sido tan olvidadas que hubo investigador que publicó, con la major buena fe, descubrimientos hechos por Fleming como si acabara de descubrirlos él.


Los organismos oficiales se ponen en marcha

Tanto Fleming como Florey y todos los que habían participado en poner la penicilina a punto consideraron que había llegado el momento de industrializar la producción de la penicilina. El doctor Allison escribe que en el mes de agosto de aquel 1942, Fleming le dijo: «Esto está lleno de promesas… Voy a ir a ver a sir Andrew Duncan, ministro de Abastecimientos. Es escocés y buen amigo mío. Ustedes, por su parte, presionen a la gente del Ministerio de Sanidad para que aconsejen la fabricación industrial de la penicilina. »

La visita a su paisano, el ministro de Abastecimientos, no pudo ser más fructífera. Impresionado por los informes que tenía, inmediatamente nombró un comité bajo la presidencia de sir Cecil Weir, director general de Suministros y hombre muy conocido por su capacidad de organización.

El 25 de septiembre de 1942, Cecil Weir convocó una reunión en Portland House a la que asistieron todos los que podían aportar algo sobre la penicilina y su fabricación masiva: Fleming, Florey, Rais-trick y su ayudante Arthur Mortimer, y representantes de todas las industrias químicas y farmacéuticas. Sir Cecil Weir planteó la necesidad de realizar un trabajo en común y concentrar todos los datos y experiencias que se tenían sobre el antibiótico para empezar inmediatamente la producción masiva. La sombra de la guerra, con sus muchedumbres de muertos y heridos, predispuso a todos los asistentes a cooperar en lo que era un servicio a la comunidad.

Dice Maurois que, al finalizar la reunión, Arthur Mortimer murmuró al oído de su jefe:

—Quizá no se haya dado usted cuenta, pero ésta será una reunión histórica, no sólo en los anales de la Medicina, sino probablemente en la historia del mundo. Por primera vez, todos aquellos que participarán en la producción de un remedio darán su ciencia y su trabajo sin ninguna reserva mental de beneficio o de ambición.

Y así fue. El Comité general de la penicilina fue presidido primero por Mortimer y después por sir Henry Dale. Varias firmas comenzaron a producirla rápidamente en Inglaterra y los Estados Unidos. En 1943 ya se podían entregar cantidades importantes al ejército.


Y también los intereses económicos

Según Mortimer, algunos fabricantes norteamericanos reclamaron sus derechos a percibir un canon por las técnicas aportadas en la industrialización. Y añade: «Nosotros respondimos que podían exigir los derechos que desearan por altos que fueran. Ellos se preguntaron —y nos preguntaron— por qué razón eramos tan generosos. La respuesta fue que, en el mismo momento en que nos reclamaran derechos, nosotros también los exigiríamos sobre toda la producción de penicilina, ya que la sustancia había sido descubierta en Inglaterra, y que su cuantía sería exactamente el doble de la que ellos exigían por la utilización de sus procedimientos. Después de esta conversación, ya no se volvió a hablar de derechos. Como es natural, después de finalizar la guerra, se establecieron patentes —que fueron respetadas— de los nuevos procedimientos. Por lo que se refiere a la penicilina misma, quedó libre de toda patente y de todo derecho.»

De la noche a la mañana la penicilina se había convertido en el remedio milagroso, en el curalotodo de los imbéciles. Su carencia de toxicidad la hacía apta para las mayores extravagancias. Su sencillo y honesto descubridor se hallaba abrumado al ver proliferar en el mercado jabones, cremas para la cara y toda suerte de productos de tocador con penicilina. Un día se quejó divertido a Mortimer:

—Me pregunto qué más van a inventar. No me sorprendería que alguien lanzara al mercado un lápiz de labios con penicilina.

A lo que su interlocutor respondió:

—Es muy posible, y la publicidad no resultará muy difícil: Bese como quiera, donde quiera y cuando quiera; usted se librará de cualquier consecuencia enojosa (excepto el matrimonio) si utiliza nuestro lápiz de labios rojo con penicilina.


Los hijos de la penicilina

La penicilina y sus derivados forman parte del grupo de los antibióticos, que son los fármacos más empleados contra las enfermedades infecciosas. Pero la utilización de los antibióticos no se limita a esto. Se emplean también para la conservación de alimentos y nutrición de los animales. Si se añaden, por ejemplo, unos gramos de algún antibiótico a una tonelada de pienso, los animales así alimentados, empleados por el hombre para la producción y el consumo de carne, crecerán y engordarán más rápidamente que los que hayan ingerido un pienso normal.

Los antibióticos pueden ser elaborados de dos formas: bien por el cultivo y posterior fermentación de ciertos hongos y microorganismos, o bien por síntesis en los laboratorios. Cuando son producidos por microorganismos, se les purifica y envasa estérilmente, quedando así listos para ser administrados. Y cuando son sintetizados, se obtienen por la unión de varios elementos simples que dan lugar a un cuerpo compuesto, esto es, el antibiótico.

Los antibióticos se clasifican con arreglo al número de microbios sobre los que pueden actuar. Según esto, pueden ser: antibióticos «mayores» y antibióticos «menores». Dentro de estos dos grandes grupos existe otra clasificación, que es la que los divide en «bacteriostáticos» y «bactericidas». Los bacteriostáticos interfieren la evolución biológica del organismo bacteriano e impiden su multiplicación. Los bactericidas matan las bacterias, siendo, por esto, más eficaces.

La primera penicilina que se obtuvo, la que descubrió Fleming en el hongo penicillium notatum forma parte del grupo de los antibióticos mayores, es decir, que posee un amplio espectro microbiano y ejerce su acción contra los neumococos, estreptococos, meningococos y gonococos, contra el bacilo de la difteria, etc. En un principio también eran atacados por la penicilina los estafilococos, pero, como ocurre a veces, los microbios desarrollaron sus propias defensas ante un enemigo desconocido, y produjeron una sustancia llamada «penicilinasa», que les hace resistentes a la penicilina, planteándose con esto un grave problema si se tiene en cuenta que los estafilococos son los agentes de, un elevado número de infecciones. Entre los antibióticos mayores se encuentra también: la «estreptomicina» (empleada contra la tuberculosis, meningitis, neumonía, heridas infectadas, etc.), la «tetraciclina» (que combate las afecciones urinarias, la gangrena, la sífilis, etc.), el «cloramfenicol» (empleado para combatir las fiebres tifoideas, las paratíficas, las fiebres de Malta, las disenterías, la hemofilia y la meningitis), y los derivados de la penicilina: la «ampi-cilina» y la «cefalosporina» (utilizadas en caso de resistencia a la penicilina primitiva).

Por otro lado, existen cuatro tipos de penicilinas aisladas de la penicilina natural denominados en Inglaterra como los tipos: I, II, III y IV, que corresponden a los tipos F, G, X y K de los Estados Unidos. Estas son las penicilinas sódicas, potásicas y cálcicas, que se eliminan con rapidez, y por ello se asocian a sustancias que retarden su eliminación.

Entre las primeras penicilinas se encuentra la penicilina G, que tiene el inconveniente de ser atacada por los ácidos del estómago. No puede ser administrada por vía oral, porque, al llegar al estómago, es destruida por la acidez del jugo gástrico. Esta penicilina es la que se toma como patrón para medir la actividad de las demás penicilinas.

En 1953, y después de diversas investigaciones, se obtiene otra penicilina, producida por el hongo penicillium cbrysogenum, que es la penicilina V — llamada así por ser cinco veces más activa que la penicilina G—, ante la cual los ácidos son impotentes. El descubrimiento de la penicilina V dio lugar a la búsqueda de otras penicilinas sintéticas o semisintéticas —en parte elaboradas por microorganismos y en parte sintetizadas—, que tienen la ventaja de poder ser administradas por diversas vías aparte de la intramuscular, de alcanzar mayores niveles de concentración en sangre, aumentándose con ello la capacidad de ampliar su acción a más tipos de bacterias y de resistir a la penicilinasa.

La concentración en sangre es la cantidad de medicamento administrado existente en un litro de sangre o¿eíi unidades por c.c. Unidad es la mínima cantidad de medicamento que, disuelta en 50 c.c. de caldo inhibe por completo el crecimiento de una bacteria específica al cabo de un tiempo determinado. Se ha de tener en cuenta que los antibióticos son tanto más activos cuanto más tiempo permanecen en el organismo.

Estos derivados semisintéticos se obtienen por hidrólisis de la primera penicilina. La hidrólisis consiste en la reacción química que produce la doble descomposición de una sustancia con el agua. Cuando se combina el agua con otra sustancia, ambas reaccionan al romperse su molécula, dando lugar a otras dos sustancias diferentes, que son un ácido y una base. Así, pues, a partir de la hidrólisis de la penicilina primitiva se obtuvo el ácido «6 aminopenicilánico», al que se añadieron ciertos elementos para extraer lo que se denominan penicilinas semisintéticas, que se dividen en tres tipos diferentes:

El primero es el de las «penicilinas resistentes a la penicilinasa», que actúan contra los estafilococos y son administradas para este tipo de bacterias, como la artritis, la peritonitis, los furúnculos, etc. Algunos de los derivados semisintéticos pertenecientes a este primer grupo no soportan las sustancias acidas y sólo pueden inyectarse. Otros, como la «oxacili-na» y la «cloxacilina» pueden ingerirse, ya que los ácidos del estómago no les afectan.

En segundo lugar se encuentran las «penicilinas resistentes a los ácidos». Como su mismo nombre indica, no pierden su poder bactericida en un medio ácido. Se emplean contra infecciones leves, como catarros y se administran por vía oral. Se diferencian de la penicilina V, también resistente a los ácidos, en que son más activas por alcanzar mayores niveles de concentración en sangre. Entre ellas se encuentran la «propicilina», la «feneticilina» y la «clorometocilina», que alcanzan una concentración sanguínea bastante elevada, por lo que su utilización parece prometedora.

El tercer tipo es el de las «penicilinas de amplio espectro». Actúan sobre una gran diversidad de microbios, y, por tanto, atacan más enfermedades. Como las anteriores, es decir, las citadas en primero y segundo lugar, son poco eficaces contra la mayoría de las bacterias, se recurre a la principal de las penicilinas, incluida en este tercer grupo, que es la «ampicilina». Es destruida por la penicilina, pero no le afectan los ácidos. Es muy útil contra las afecciones urinarias y se elimina por la bilis y por la orina.

Hay que tener en cuenta que se han estudiado más de 4.000 derivados de la penicilina y aún no se ha logrado el antibiótico que reúna todas las propiedades que tienen las diversas penicilinas por separado, que son:

Un espectro más amplio, es decir, que ataque a mayor diversidad de bacterias.

Estabilidad en un medio ácido, lo que significa que no pierda su capacidad bactericida al actuar en un medio de este tipo.

Resistencia a la penicilina, sustancia autodefensi-va de los estafilococos.

Y, por último, carencia de alergicidad. Frecuentemente surgen casos de personas a las que la penicilina les resulta tóxica. Esa toxicidad da lugar a la aparición de alergias en forma de fiebres, urticarias, asma y otros trastornos, que en algún caso pueden resultar mortales.

Con las penicilinas semisintéticas se ha logrado resolver por separado la mayoría de estos problemas, salvo el de la alergia, que es uno de los principales inconvenientes; con el agravante además de la posibilidad de que se produzca alergicidad cruzada entre todos los derivados, estando contraindicadas tanto las penicilinas clásicas como las nuevas (las semisintéticas), en pacientes alérgicos a este tipo de antibióticos. Estos enfermos pueden ser tratados con otros medicamentos similares, aunque, para subsanar este fenómeno, se han sintetizado penicilinas cuya molécula está asociada a antialérgicos.

Decía Paul Ehrlich que «debemos aprender a fabricar «balas mágicas» cuyo disparo —como en las viejas fábulas— no debe fallar, que sólo destruyan el agente patógeno contra el cual se dirijan, directamente, como un proyectil».

Los antibióticos son casi esas «balas mágicas» de las que hablaba el insigne científico, pero solamente cuando se emplean adecuadamente; en caso contrario se tornan destructores, pues, además de alcanzar su objetivo, producen lesiones en las partes sanas del organismo. La utilización indiscriminada de antibióticos y la automedicación pueden producir graves trastornos. De ahí la necesidad de vigilar las dosis administradas cuando se emplean antibióticos que puedan ser tóxicos. Un individuo que no tenga una resistencia natural a la penicilina y que la emplee en abundancia para cualquier pequeña infección, llegado el momento de haber contraído una grave, puede estar o bien sensibilizado a ella y reaccionar mediante algún tipo de alergia, o bien inmunizado frente a su efecto.


-

Introducción

DE pronto el hombre que hasta entonces había permanecido en la penumbra del laboratorio, a la sombra el gran teorizador y formidable paradojista sir Almroth Wright, se vio sumergido en una creciente marea de admiración. La prensa hablaba a diario de él y de los prodigios que operaba su milagrosa penicilina en los lejanos hospitales de campaña y entre las víctimas de los brutales bombardeos sobre la Gran Bretaña.

Por otra parte, la Royal Society, la más prestigiosa y antigua de las sociedades científicas de Inglaterra, le elegía miembro de la misma. Quizá se trataba del más alto honor para un científico inglés. La Royal Society había nacido en Oxford en 1660 y había tenido como presidente a Newton durante más de veinte años. Además, a ella pertenecía también su maestro Wright. Por cierto que, con motivo de esta elección, los médicos, investigadores y estudiantes de Saint Mary’s le hicieron un homenaje y le obsequiaron con una bandeja de plata, obra de un orfebre del siglo XVIII. El discurso corrió a cargo del cirujano Handfield Jones, quien dijo: «No existe ningún miembro de esta comunidad a quien ésta aprecie más que al profesor Fleming. El siempre ha estado inmerso en su espíritu, hasta el punto de descender a veces desde su alta eminencia para beber un vaso de cerveza en las Fuentes.»

Parece que Fleming se sentía aterrorizado de tener que responder al doctor Handfield en presencia de Wright, pero al final se levantó muy sereno para decir: «Yo he tenido en mi vida algunos pequeños éxitos que me han procurado gozo; pero puedo honradamente decir que éste es el momento más grande de mi vida, puesto que usted, mi maestro, mis colegas y mis estudiantes se han reunido para honrarme.» Tras confesar que le resultaba muy difícil hablar bajo la tensión emocional, añadió: «Yo podría decirles muchas cosas sobre los estafilococos, las espiroquetas e incluso sobre la penicilina, pero la situación resulta distinta cuando soy yo el tema de la discusión.»

Su satisfacción es evidente. En una carta que escribe a su amigo Ronald Grey, podemos leer: «El hospital entero se ha reunido y me ha ofrecido una hermosa bandeja de plata. Fue simpático. Resultó menos agradable tener que permanecer en el estrado y pronunciar un discurso. Espero no haber parecido ridículo; en estas materias no soy buen juez… Los periódicos continúan ocupándose de la penicilina. He recibido de América una petición de autógrafos y una felicitación del consejo municipal de Darvel, mi pueblo natal. El preboste (alcalde) oyó hablar de la penicilina en El Cairo. Del jueves en ocho días debo dirigirme por radio a los suecos. Por aquí, sin novedad. Continuamos, sencillamente.»


La penicilina salva vidas...

En otra carta que el 3 de julio de 1943 escribe al bacteriólogo Compton, que se halla dirigiendo un laboratorio en Alejandría, le dice que «en el transcurso de las dos últimas semanas hemos arrancado dos septicemias de las mandíbulas de la muerte; una gonorrea ha sido curada en veinticuatro horas y aplicaciones locales han conseguido asimismo curaciones notables». También le comunica que su hijo Roberts ya se encuentra en Saint Mary’s como estudiante, y espera que cuando vuelva a verle, «Hitler haya sido liquidado».

Mientras tanto, las demandas de penicilina crecían. Inglaterra se disponía a gastar tres millones de libras esterlinas para aumentar la producción. En mayo de 1943, el ejército norteamericano hacía un pedido de ciento veinte millones de unidades, y en 1944 el doctor Coghill presentaba un curioso informe ante la sociedad de químicos americanos en el que decía:

«Pocos temas han interesado tanto al mundo científico y al mundo profano como la penicilina. Desde hace dos años o más, ella ha desempeñado el papel de Cenicienta entre los micólogos, químicos e ingenieros de todos los países anglosajones. Producto de humildes mohos, que hasta entonces se había procurado destruir y no cultivar, de repente se ha vestido como por milagro de fábricas de veinte millones de dólares, se ha visto servida por centenares de criados y acogida por charangas innumerables. La penicilina deja en la oscuridad a sus hermanas, las sulfamidas. Hace dos años, aquellos de entre nosotros cuya misión consistía en organizar el baile, se despertaban a medianoche y se preguntaban si, al sonar las doce, aquella encantadora aparición iba a desaparecer, no dejando en sus manos más que un zapato de cristal: el esfuerzo desarrollado para construir todas aquellas fábricas. No obstante, sonaron las doce campanadas, y entonces las dos historias discrepan, ya que nuestra Cenicienta no huye y hace milagros.»


... la guerra las destruye

Aquel verano de 1944 fue verdaderamente terrorífico para Londres. Las V 1 y V 2, lanzadas desde las rampas continentales por los alemanes, reventaban los edificios y sembraban la muerte en las calles.

En Saint Mary’s, como en todos los edificios públicos, apenas sonaban las sirenas anunciando el bombardeo, un vigía subía al tejado para dar la alarma en caso de peligro. El primer toque indicaba «peligro inminente» y el segundo ordenaba «descender al refugio». Parece que a Fleming le encantaba subirse al tejado para observar la dirección de los bombardeos.

Pero si se encontraba en el laboratorio, su ensimismamiento era tal que ni siquiera se enteraba de las sirenas. Su secretaria, Helen Buckey, cuenta que un día sonó la sirena mientras le redactaba una carta. «Alcé la cabeza —prosigue— algo nerviosa. Después sonó el segundo aviso, y se oyó a lo lejos ulular aquella terrible cosa. El ruido se hizo cada vez más fuerte. De repente sonó la tercera alarma. El ruido se acercaba directo hacia nosotros. Por la ventana vi el proyectil. Gotas de sudor caían desde mi frente al bloc; apenas era capaz de sostener el lápiz. Yo miraba de reojo al profesor. Absorbido por las ideas que deseaba expresar, no se inmutaba. Por fin la cosa pasó por encima de nosotros, haciendo temblar el edificio. Al sonar el cuarto toque, que anunciaba «fin de la alarma», pareció salir de su meditación, y me dijo bruscamente: «Bájese usted.» No se había dado cuenta ni de los tres primeros toques de sirena ni del ruido de la bomba.»

En julio de 1944 apareció la lista de los nuevos títulos concedidos por el rey y entre los galardonados aparecía Alexander Fleming con el nombramiento de «Sir». Tampoco en esto tendría ya que envidiar a su maestro Wright. A su esposa le produjo gran alegría, pero Fleming apenas si la manifestó. Su comentario fue: «Casi siento no ser irlandés para disfrutar realmente de todo esto.»

La ceremonia de la investidura de caballero se celebró en un subterráneo del Palacio de Buckingham por razones de seguridad. Parece que la nueva «Lady» Fleming salió algo decepcionada. Esperaba algo más brillante. Fleming, en cambio, encontró la satisfacción en el pequeño homenaje que le hicieron sus camaradas del Saint Mary’s. Ante unas botellas de ginebra y cerveza, el viejo Wright aprovechó la ocasión para pronunciar un discurso virulento contra la quimioterapia. Fleming escuchó la salida de tono de su maestro con absoluta impasibilidad.

Cuando el colérico y atrabilario sir Almroth Wright desapareció, para regresar al campo, la velada se convirtió en una verdadera fiesta. En ella, el gran cirujano sir Zachary Cope, condiscípulo de Fleming, leyó un hermoso poema que, traducido, dice lo siguiente:

A ALEXANDER FLEMING, CABALLERO

Lograr un éxito sobresaliente
en la carrera elegida,
llegar a ser un F.R.S. de fama universal
con méritos muy claros;
ser alzado en pedestal
sin miedo a caer,
ser ensalzado por los comunes y los lores
y estar en boca de todos;
simplemente pasearse a placer
en el más alto nivel de la ciencia,
y soñar con esa meta de los americanos
de poner dinero en la propia cuenta corriente;
ser elevado por los escritores

y los poetas que cantan,
conseguir que nuestra graciosa majestad
nos otorgue el título de caballeros;
llegar a saber que aun estando en lo mejor de la vida
no se ha vivido en vano,
y que nadie ha hecho tanto en su tiempo
para aliviar el dolor;
imaginar estos castillos en el aire
es un sueño de nuestra juventud,
pero para tí (no hace falta explicarlo),
es mucho menos que la realidad.


A comienzos de 1945 era nombrado presidente de la Sociedad de Microbiología General. Con este motivo pronunció un importante discurso en el que dijo: «Ustedes ofrecieron esta presidencia a otros miembros más distinguidos que yo. Ellos tuvieron bastante fuerza de carácter para rechazarla; pero, fiel a la tradición escocesa de nunca negar nada, cuando me llegó el turno, acepté. Después me sentí feliz hasta el momento en que recibí una carta de su secretario, anunciándome que tendría que pronunciar el discurso inaugural…» Después afirmó que mientras él presidiese aquella sociedad «no sería una tribuna desde la cual sus miembros leyeran informes para hacerse publicidad».


Altruísmo y constancia: ideal del hombre de ciencia

Norteamérica le llamaba para rendirle homenaje. Durante los meses de junio, julio y agosto recorrió las principales ciudades de los Estados Unidos con esa triunfal algarabía que es peculiar de los norteamericanos. Visitó el laboratorio y las fábricas de Peoría que habían hecho posible la producción industrial de la penicilina. En el Waldorf de Nueva York los fabricantes de penicilina le rindieron un fastuoso homenaje «para honrar y agradecer a aquél a quien la Providencia escogió para descubrir y revelar al mundo la existencia y las propiedades del arma más poderosa que posee hoy el hombre para luchar contra la enfermedad…»

—¿Por qué no se las arregló usted para cobrar derechos, que le hubieran permitido, a usted y a los suyos, vivir como conviene al hombre que ha rendido tal servicio a la Humanidad? —le preguntó John Smith, el mayor fabricante de penicilina del mundo.

—Jamás pensé en ello —respondió Fleming.

La Universidad de Harward fue el punto culminante de su gira por los Estados Unidos. Allí se encontró con algunos colegas a los que había conocido en Boulogne en la guerra de 1914-1918. Más de seis mil personas asistían a la ceremonia en la que se le iba a conceder uno de los innumerables doctorados «honoris causa» que le concederían las principales universidades del mundo. La cerrada ovación con que fue saludado al levantarse a hablar le conmovió, pero no le impidió hablar en su tono tranquilo y coloquial:

«Me he propuesto contarles una historia en la cual el Destino desempeña un gran papel. Resulta maravilloso comprobar cuánta importancia cobra el azar en nuestras vidas. Decisiones que hemos tomado sin razones sólidas, o que tomaron otros, pueden tener una gran influencia sobre nuestra carrera. Quizá no somos más que peones colocados sobre el tablero de ajedrez de la vida, precisamente cuando creemos ingenuamente que decidimos sobre nuestra suerte… Consideremos mi propia carrera…» Relató con gran sencillez y humildad las peripecias de su infancia y juventud, que ya conocemos, así como la casualidad que le llevó a Londres, la pequeña herencia que le permitió estudiar y las circunstancias que le llevaron a Saint Mary’s y le pusieron frente a Wright, de quien dijo que era «uno de los grandes hombres de este mundo, cuyo inmenso trabajo de pionero no ha sido reconocido más que a medias».

«He intentado demostrarles —añadió en otro párrafo— que el azar puede ejercer en nuestras vidas una asombrosa influencia. Si me es permitido expresar una opinión a un joven investigador, le diría que no desdeñe nunca lo que parezca fuera de lo corriente. Puede suceder que el incidente no conduzca a nada; puede también suceder que sea la llave que abra la puerta al descubrimiento. Esto no quiere decir que debamos esperar, pasivos, que el azar intervenga. Debemos trabajar, trabajar duramente y conocer lo que tengamos entre manos. La frase, con frecuencia repetida, de Pasteur: “El azar sólo favorece a la inteligencia preparada”, es cierta, ya que la inteligencia no preparada no es capaz de ver la mano que la suerte le tiende. No existe, en suma, nada nuevo en mis consejos a los jóvenes: trabajar duro, trabajar bien; no empachéis vuestra inteligencia con precedentes y estad dispuestos a recibir la buena suerte que los dioses os envíen…»


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EL primer país que visitó en el continente fue Francia, y su visita fue acompañada de los máximos honores. Dice Maurois que la penicilina llegó a Francia, durante la guerra, a través de España y de Holanda, y añade: «A un sabio francés, Pénau, que se encontraba en 1942 en Madrid, un colega español le entregó un ejemplar del British Medical Journal, que contenía un artículo sobre curas extraordinarias, y una cepa de moho. También fue obtenida otra en Holanda. El ejército efectuó ensayos, pero el rendimiento era demasiado débil para que fuera posible una producción importante.»

El 3 de septiembre de 1945, salió de Londres en un avión que aterrizó en Le Bourget a las doce y cuarto. Allí estaba toda la plana mayor de la ciencia francesa y una amplia representación oficial. La Francia medio destruida que acababa de liberarse de la dominación nazi le colmó de honores; el general De Gaulle le nombró comendador de la Legión de Honor y le sentó a su mesa. La Academia de Medicina le nombró académico. En el discurso que pronunció dijo: «Me han acusado de haber inventado la penicilina. Ningún hombre hubiera podido inventar la penicilina, debido a que ella se produce desde tiempo inmemorial por la Naturaleza y por un cierto moho… No, no inventé la sustancia penicilina, sólo atraje hacia ella la atención de los hombres y le di un nombre.»

El profesor Debré, que le siguió muy de cerca mientras permaneció en Francia, resume sus impresiones en estas palabras: «Lo que resaltaba en Fleming era una extremada prudencia de espíritu. No podía decirse exactamente que fuera modesto. Tenía conciencia de su gloria y disfrutaba de ella. Pero lo que temía sobre todas las cosas era ir demasiado lejos en sus conclusiones. El limitaba la extensión de los fenómenos a lo que había visto. Cuando nosotros le mostramos los resultados obtenidos en Francia gracias a la penicilina, él comentó los fracasos más que los milagros. “Cuénteme otra vez —decía— ese caso de osteomielitis que no pudieron ustedes curar.” El prefería no perder el pie.»

Después viajó a Italia, Dinamarca y Noruega. En todas las partes fue recibido con los mismos honores, solemnes actos académicos y doctorados «honoris causa».

El 25 de octubre un telegrama de Estocolmo le anunciaba que la Academia de Medicina Sueca había concedido el Premio Nobel de aquel año a Fleming, Florey y Chain a partes iguales.

En el mes de noviembre viajaba a Bélgica. Allí le esperaban tres doctorados «honoris causa» concedidos por las universidades de Bruselas, Lovaina y Lieja. En el discurso que pronunció en la Universidad de Lovaina se refirió en sentido humorístico a los tres ingleses a quienes aquella universidad había galardonado con el mismo título, y dijo: «Yo esperaba que vendríamos aquí los tres a la vez. Yo hubiera podido escuchar entonces a un hombre de Estado, y a un general, ambos oradores, ambos conductores de hombres, ambos ídolos de su país y que merecen serlo, y ustedes hubieran esperado muy poco de mí, pobre investigador de laboratorio que, en bata blanca, juega con los microbios y tubos de ensayo. Pero esto no debía ser así. Winston Churchill ya ha venido y se ha marchado; Montgomery ha venido y se ha marchado. Sólo quedaba yo. Mi oficio es sencillo. Como ya he dicho, juego con los microbios. Este juego posee, naturalmente, sus reglas; lo interesante es saltárselas, demostrar que algunas de ellas son falsas y encontrar algo en que nadie haya pensado…»

El 6 de diciembre volaba a Estocolmo para recoger el codiciado Premio Nobel. Darvel, la pequeña ciudad escocesa donde asistió al colegio, le nombró ciudadano de honor, y allí se presentó con su mujer, su hijo Robert, su hermano Bob, su nuera y algunos otros familiares. De vuelta en Londres, le esperaba otro homenaje solemne y la entrega de la Medalla de Oro del Real Colegio de Cirujanos. Esta medalla es una de las más preciadas distinciones otorgadas a los científicos ingleses, y a la comida de homenaje asistieron miembros de la familia real, el primer ministro y otros grandes dignatarios.

No es de extrañar que le confesara a su amigo Roger Lee: «Siento no poder acostumbrarme a toda esta agitación, pero supongo que debo habituarme a ello. Por otra parte, el recuerdo resulta más agradable cuando todo ha terminado, pero en aquellos momentos no puedo desembarazarme de la sensación de ser como un conejo aterrorizado.

Al margen de esta ajetreada vida de homenajes y distinciones que le hacían viajar con frecuencia a los lugares más remotos, Fleming seguía siendo el profesor celoso de sus obligaciones y fiel a su laboratorio. Saint Mary’s seguía siendo su centro de gravedad. El problema de la sucesión de Wright, que tanto había envenenado años atrás la atmósfera, lo resolvió el Viejo retirándose en 1946. Parece que la. concesión del Premio Nobel a Fleming fue decisiva. En lo sucesivo sería el «principal» del Instituto, ya que el cargo de director había sido suprimido. Para más, dice Maurois, que antes de retirarse Wright, y aprovechando uno de los viajes de Fleming, nombró en todos los servicios jefes escogidos por él. Con este acto dictatorial remataba una larga historia de despotismo hacia un discípulo que le había honrado en público y en privado.

Cuando al año siguiente, el 30 de abril de 1947, desaparecía Wright tras una corta enfermedad, Fleming se sintió profundamente afectado. Era verdad que le había hecho sufrir con su intolerancia y despotismo, pero también le había guiado en los años de aprendizaje con su sabiduría y honradez científica. El doctor Philip H. Willcox establece el siguiente parangón entre los dos grandes hombres: «Fleming era un hombre con el cual era fácil entenderse. Siempre le encontré tranquilo y sin ninguna tensión nerviosa. Sereno y dócil, no se mantenía desligado del mundo exterior ni demasiado absorbido por su trabajo. En esto era más humano que sir Almroth Wright, quien daba la impresión de un cerebro gigantesco hundido por entero en el mundo de las bacterias, interesándose poco por los deportes y por cualquier otra distracción.»

El primero de octubre de 1946, ingresó en Saint Mary’s la doctora Amalia Coutdouris-Voureka. ¿Quién era esta mujer que no tardando mucho se convertiría en la segunda esposa de Fleming? Era hija de un médico que había estudiado en París y en Atenas. Estaba casada con el arquitecto Manoli Voureka, que era amigo y colega de su hermano, aunque cuando llegó a Londres, llevaba diez años separada de él. Durante la guerra ambos esposos habían colaborado activamente en la resistencia griega contra los ocupantes nazis y fueron encarce lados. Al terminar la guerra, se encontró completamente arruinada, ya que tanto su laboratorio como el estudio de arquitecto de su marido habían sido arrasados por los invasores. Entonces le ofrecieron una beca del British Council para ampliar estudios en Inglaterra y no dudó en someterse al breve examen que se requería para la concesión.

Aunque estaba especializada en bacteriología, la cárcel y el aislamiento de su país la habían privado de estar al tanto de los descubrimientos del doctor Fleming. Alivisatos, su profesor griego, fue el que le aconsejó que solicitara entrar a trabajar con el descubridor de la penicilina. Consultado Fleming, respondió que la aceptaría por seis meses. Más tarde Amalia contaría que Fleming la recibió en un pequeño despacho y le preguntó en qué deseaba trabajar. Ella respondió que «en los virus». Fleming respondió que en la sección de virus no había vacante y le preguntó si le interesaban las alergias. Como Amalia no hablaba bien el inglés, su respuesta parece que confundió a Fleming, quien pareció interpretar que no deseaba estudiar alergias, y con gesto bondadoso le preguntó si quería trabajar con él. Amalia aceptó en seguida.

En lo sucesivo se establecieron entre el sabio escocés y la investigadora griega relaciones muy cordiales. Amalia era consciente de que se sentía desamparada en un país extraño y de que Fleming deseaba protegerla. Incluso no tardando mucho, Fleming sugeriría un proyecto de trabajo conjunto con la doctora Voureka, Robert May y él para estudiar la graduación de la estreptomicina.

Cuenta Amalia que un día le oyó discutir con otro investigador los méritos respectivos de Koch y Pasteur. El otro investigador prefería a Koch, porque «Pasteur no efectuaba suficientes experimentos de control».

—Pasteur era un genio —respondió Fleming—. Observaba las cosas y, lo que es más, medía su valor y veía lo que ellas significaban. Un experimento de Pasteur era tan decisivo que valía por cien. La prueba está en que podía siempre repetirlo con éxito.

Y la doctora Voureka añade: «Yo pensaba que él también poseía en el más alto grado, como Pasteur, el arte de escoger el experimento crucial y de captar en seguida las consecuencias esenciales de una observación fortuita. El centelleo de sus ojos en aquel momento me demostró que lo sabía perfectamente. No obstante, yo me decía también que los dos hombres eran muy diferentes en sus actitudes respecto a sí mismos. Pasteur, consciente de su genio, se entregaba por entero a la investigación; interrumpirle era un crimen. Para Fleming, el mundo se extendía más allá de los límites del laboratorio. El nacimiento, en su jardín, de una nueva flor tenía para él tanto interés como el trabajo en curso. Todo era importante, y nada lo era demasiado. Sus ojos permanecían llenos del pasmo que la había proporcionado, cuando niño, la inmensidad de las llanuras, la belleza de las colinas, los valles y los ríos de Lochfield. Como el colegial de aquel tiempo lejano, él se sentía una parte ínfima de la Naturaleza. De ahí su negativa a colocarse en primera fila y su repugnancia hacia las frases altisonantes. Podría casi decirse que era un genio a pesar suyo y a regañadientes.»

Antes de que se cumpliesen los seis meses de duración de la beca de la doctora Voureka, el British Council envió un largo cuestionario para que fuera contestado por Fleming. El asunto parece que le produjo cierto regocijo. La doctora griega cuenta que entraba frecuentemente en su laboratorio para preguntarle: «¿Qué tengo que responder a esto? ¿Está segura de que domina este asunto? Yo no estoy tan convencido…» Bromeaba de una maneratan grave que ella no sabía si bromeaba o hablaba en serio. Sin embargo, el informe que envió fue tan elogioso que la beca le fue renovada.

Por entonces el doctor Fleming recibió una carta de un filántropo norteamericano de origen alsaciano, que deseaba demostrarle su agradecimiento «por medio de algo que sea más que palabras». El mecenas se llamaba Ben May y tenía gran interés en ayudarle y ayudar a los jóvenes investigadores. En su carta ofrecía crear una beca para un investigador y dejaba a Fleming la elección del beneficiario. Fleming propuso a la doctora Voureka sin consultar con ella. Y cuando todo estuvo resuelto, le dijo con la mayor naturalidad que rechazara la beca del British Council y aceptara la de Ben May.

A partir de entonces, Amalia se convirtió en amiga personal de los Fleming. Sareen la apreciaba mucho y la invitaba con frecuencia a su casa de Chelsea. Por otra parte, como Amalia hablaba correctamente tres idiomas y los Fleming recibían con frecuencia muchos visitantes extranjeros, ella les servía de intérprete.

En abril de 1948 Fleming viajó de nuevo a Francia para recibir nuevos honores, y en mayo viajó con su esposa a España. De organizar el viaje y las recepciones académicas se encargaron los doctores Bustinza, de Madrid, y Trías, de Barcelona. Su popularidad en nuestro país era enorme. Los enfermos curados por la penicilina se echaron a la calle para recibirle, y los diestros taurinos, que le consideraban una especie de mago que había venido a salvarlos de los riesgos de la cornadas infectadas y muchas veces mortales por esa causa, le hicieron objeto de homenajes y ofrendas destinadas a los grandes magnates y jefes de Estado. Pero dejémosle que sea él mismo quien cuenta sus impresiones en prosa ceñida y escueta:

Barcelona, 27 de mayo de 1948: «En el mercado de las flores, donde recorremos a pie unos trescientos metros. Reconocido. Muchos aplausos. Las floristas nos regalan rosas y claveles… En el Ayuntamiento, para ver la procesión del Santo Sacramento, alcalde y consejeros de etiqueta, corbata blanca. Balcón reservado para nosotros. Aclamaciones y vítores. Muy embarazoso. Después de la procesión, aclamado a todo lo largo del camino hasta el hotel. Impresión de ser Winston Churchill o la princesa Elizabeth. Nuevas experiencias. En nuestra habitación enormes ramos de flores… Cónsul general dice que está muy contento con mi visita; esto servirá mucho para mejorar las relaciones. Me parece que desempeño más un papel de embajador que de conferenciante médico… Vizconde Güell, mecenas (se parece a Eduardo VIII).»

29 de mayo: «Entrevista para un gran periódico. Hay que responder a preguntas como: «¿El suero de Bogomoletz es bueno? ¿Habrá otra guerra…? ¿Por qué la ciencia española está atrasada…?» Si fuera hablador, pronto tendría molestias. A las once salida a Montserrat. Comida servida por monjes silenciosos, excepto una voz que cantaba en latín. Prior me presenta a un anciano monje curado con penicilina (de septicemia)… Sherry, café, benedictine. Este benedictine hecho en el convento difiere ligeramente del corriente. Yo llevaba en mi bolsillo un cultivo de Penicillium, montado en medallón. Se lo di al prior. El se muestra contento y lo coloca en el tesoro del monasterio… Comida en un restaurante. El dueño se niega a cobrar. Aquí, en España, parece que yo sea un héroe.»

30 de mayo: «Corrida de toros. Fotografiado con los toreros. Al sentarme recibo ovación de todo el público de la plaza de toros. Histeria colectiva. Acostado a las tres de mañana…»

Sevilla: «Recepción por el alcalde. Un enjambre de hermosas muchachas danzan bailes andaluces con mucha gracia. Curiosos cantos roncos, de tipo oriental. Elegido presidente honorario de la Sociedad Médica de Sevilla. De etiqueta a las once y media de la mañana para la ceremonia de la Academia. Multitud God save the King. Discurso del presidente. Medalla de oro. Después se lee, en español, mi conferencia sobre la historia de la penicilina. Esto dura tres cuartos de hora, y yo me duermo (o casi)…»

Después de visitar Jerez y Córdoba, donde fue objeto de iguales demostraciones de cariño, fue a Madrid. La capital no quiso ser menos que la Ciudad Condal y le preparó un recibimiento espléndido. Fue condecorado con la gran cruz de Alfonso X El Sabio y nombrado doctor «honoris causa» por la Universidad de Madrid. La aristocracia le ofreció una comida en el Club de Golf. En sus notas dice que el duque de Alba «se mostró encantador y pretende haber comido en Oxford, pero se equivoca». En La Rosaleda del Retiro le fue ofrecida una comida al aire libre por el Ayuntamiento y en ella le fue presentada la reina María José de Italia, que había mostrado deseos de saludarle. Su amigo, el doctor Bustinza, tradujo al español el discurso que pronunció en la Universidad. Y en Toledo tuvo de anfitrión al doctor Gregorio Marañón. La nota en su diario dice: «Greco, Goya … En automóvil a la casa de Marañón. Vista sobre Toledo. Espléndida casa y encantadora familia. Almuerzo al aire libre. Muy agradable. Regalos del día: un cortapapeles (hoja de oro de Toledo; una muñeca; un enorme cigarro, libros, entre ellos los poemas de Scott…»

Cuando a su regreso, el doctor Hughes le preguntó cuál de todos sus doctorados le había producido mayor satisfacción, respondió con firmeza:

—Madrid… Me regalaron la toga y la birreta.

España, aquella España empobrecida por el hambre y las dificultades económicas, recibió al doctor Fleming como un benefactor de la humanidad y le colmó de regalos. Sin embargo, tanto ajetreo agravó la enfermedad de la señora Fleming. En Madrid tuvo que meterse en cama y ser atendida por una enfermera, mientras su marido cumplía los compromisos contraídos. El 14 de junio regresaron a Londres por avión, pero en lo sucesivo Sareen ya no levantó cabeza.

Por aquellos días sus convecinos de Chelsea, y muy especialmente sus amigos del Arts Club, del que seguía siendo socio asiduo, le nombraron ciudadano de honor. Durante el acto pronunció un discurso inteligente y sencillo, defendiendo el arte y los artistas: «El arte, en el sentido más amplio de los artistas, es una de las cosas realmente importantes. Los primeros ministros y los cancilleres del Sello ocupan un gran espacio en los periódicos; pero cuando abandonan el poder, casi todos caen en el olvido. Sólo el artista es inmortal.»

En 1949 se trasladó a Roma para ser investido miembro de la Academia Pontificia de Ciencias y ser recibido por el Papa en audiencia especial.

Sareen seguía empeorando, y esto parece que le hizo dudar en cumplir el compromiso de asistir a la inauguración de la Oklahoma Foundation de investigaciones médicas. Ya los Estados Unidos se le antojaban muy lejanos. Sin embargo, a última hora el sentido del deber le llevó a embarcarse en el Queen Elizabeth para complacer a los que habían hecho posible aquella institución dotada con los elementos más modernos para el investigador. El lugar no podía ser más suntuoso, y Fleming pronunció un discurso en consonancia, del que transcribimos seguidamente algunos de los párrafos más significativos:

«El investigador sufre las decepciones, los largos meses pasados en una dirección equivocada, los fracasos. Pero los fracasos son también útiles, porque, bien analizados, pueden conducir al éxito. Y para el investigador no existe alegría comparable a la de un descubrimiento, por pequeño que sea...

»Si un investigador acostumbrado a un laboratorio corriente es trasladado a un palacio de mármol, entonces de dos cosas sucederá una: él vencerá al palacio de mármol o el palacio de mármol le vencerá a él. Si el investigador gana, el palacio se convertirá en un taller y se parecerá a cualquier otro laboratorio; pero si el palacio gana, el investigador está perdido.

»Pensemos en el maravilloso trabajo que efectuó Pasteur, cuando era joven, en un granero de París, tan caluroso en estío que a mediodía no podía resistirse. Yo mismo vi el trabajo llevado a cabo, a principios de siglos, por Almroth Wright y su equipo en dos pequeñas salas de Saint Mary’s, trabajo que atraía hasta aquel laboratorio minúsculo a bacteriólogos de Nueva York, de Colorado, de California, de Oregon y de Canadá. Mi propio laboratorio ha sido descrito en un periódico americano como algo parecido a la “trastienda de una farmacia anacrónica”, pero yo no lo cambiaría por la más amplia y fastuosa de las instalaciones… Yo he visto investigadores reducidos a la impotencia por aparatos tan hermosos y complicados que se pasaban todo su tiempo jugando con tantos mecanismos ingeniosos. La máquina conquistaba al hombre y no el hombre a la máquina.»

Su fama había llegado tan lejos que hasta los indios kiowas le nombraron kiowa de honor. Dicen que en Oklahoma, una de las damas que más había contribuido a la Fundación le preguntó cómo explicaba su éxito, y Fleming respondió:

—Supongo que Dios quería que se conociera la penicilina; por eso creó a Alexander Fleming.

Tras visitar algunos laboratorios destinados a la investigación de antibióticos y conocer algunos nuevos productos como la aureomicina y la cloromicetina, regresó a Londres. Sareen había empeorado hasta el extremo de que a sus colegas del hospital les dijo que «ya no se recuperaría». Efectivamente, el 22 de noviembre de 1944 moriría sin que pudiera hacer nada por la mujer que había vivido con él treinta y cinco años, le había dado un hijo y había compartido los tiempos difíciles, animándole siempre a mantenerse fiel a su vocación de investigador.


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Introducción

Fleming es investido doctor honoris causa por la Universidad de Madrid (1948).
Fleming es investido doctor honoris causa por la Universidad de Madrid (1948).

FLEMING confesó a un amigo que su vida estaba rota. Y, efectivamente, los primeros días pareció que envejecía a marchas forzadas. Pero los trabajos del laboratorio no tardarían en devolverle su interés y vivacidad. Desde hacía algún tiempo, realizaba en el laboratorio estudios sobre la acción de la penicilina en el microbio proteus vulgaris, con la doctora Voureka, el doctor Hughes y el doctor Kramer. Su predilección por la doctora Amalia Voureka era ya evidente para muchos de los colegas del laboratorio. Pero la doctora griega era una mujer excepcional en muchos aspectos: poseía una gran inteligencia y un gran corazón, era una investigadora concienzuda y profesaba a Fleming la misma lealtad que él había profesado a Wright.

El filántropo americano Ben May, que costeaba la beca de la doctora Voureka, en septiembre de 1949 ofreció al Instituto dos nuevas máquinas que permitían manipular los microbios con aparatos invisibles a simple vista. Se trataba de un micromani-pulador y una microforma, ambos inventados por el sabio francés De Fonbrune. Con este motivo, Fleming envió a la doctora Voureka al Instituto Pasteur de París para que se hiciera cargo de los aparatos y aprendiera su manipulación. En una de las cartas cruzadas entre Ben May y Fleming, decía el primero: «El doctor De Fanbrune me ha dicho que la doctora Voureka es diferente a todas las mujeres científicas que él ha conocido; que ella es no sólo un científico, sino una gran persona y una personalidad…» Y en otra, que Amalia dirige a Ben May el 5 de noviembre de 1949, leemos: «Apreciado Mr. May: No sé si usted se ha enterado del fallecimiento de lady Fleming. Un hombre que tanto ha hecho por la humanidad no merecía, ni mucho menos, una tal pena. El es muy valiente y trabaja como de costumbre. Ayer llegó de Francia el utillaje. Me siento contentísima, porque sir Alexander está maravillado… Y, sobre todo, porque estas máquinas han llegado en un momento que le arrancan de sus preocupaciones.»

El ritmo de la vida del doctor Fleming siguió más o menos igual. En el laboratorio pasaba más horasue cuando vivía su mujer. Sus tardes seguían sieno para el Chelsea Arts Club. Su casa estaba atendida por Alice Marshall, una mujer que entró al servicio de los Fleming cuando Sareen cayó enferma. Elizabeth, la hermana gemela de Sareen y viuda de su hermano John Fleming, vivía en el piso de arriba y, generalmente, cuando se lo permitía su delicada salud, le acompañaba en las comidas. Su hijo Robert, que ya era interno de «Saint Mary’s», también le hizo compañía hasta 1951, en que partió para cumplir el servicio militar en ultramar. Pero, a pesar de todo, se sentía solo. Quizás uno de los años en que más viajó al extranjero fue en 1950.

En Londres, la preferida era Amalia. La doctora Voureka no sólo era una inteligentísima colaboradora en el laboratorio, sino que le ayudaba como intérprete y traductora y le acompañaba a muchas reuniones oficiales.

En diciembre de 1950, Fleming viajó a Estocolmo para asistir a una reunión del Instituto Nobel y ella se fue a pasar las vacaciones navideñas a Grecia. Allí le ofrecieron la jefatura del Laboratorio del Hospital Evangelismos, que era el más importante de la ciudad de Atenas y en el que ella había estudiado. Aunque la idea de aceptar la tentaba, tenía sus dudas, porque estaba muy encariñada con Fleming y «Saint Mary’s». Inmediatamente informó a su jefe de la propuesta. Fleming respondió:

«Querida doctora Voureka: Me he sentido feliz al recibir su carta y enterarme de sus aventuras. Felicitaciones sobre su nuevo Instituto de investigaciones. Yo sabía que usted encontraría un empleo, pero todo un Instituto es mucho mejor. Supongo que habrá recibido The Lancet. La han tratado bien. Le he enviado un ejemplar a Ben May para demostrarle que su dinero no ha sido inútil.

Su Bench, sin embargo, la espera. Sinceramente suyo, Alexander Fleming.»

Parece que esta carta, que tan bien ocultada los sentimientos de Fleming, decepcionó a la inteligente investigadora griega. No obstante, regresó a Londres, ya que su nombramiento dependía de la decisión de un organismo que debería reunirse más adelante.

Tras el regreso de Fleming de la India, donde había asistido a una conferencia de la UNESCO y viajado por el Pakistán, en junio de 1951 invitó a la doctora Voureka a pasar un fin de semana en Barton Mills. Amalia quedó encantada de la casa de campo de Fleming, donde la rusticidad y el arte formaban un conjunto armonioso. Incluso, mitad en serio, mitad en broma, le dijo que si algún día se retiraba solicitaría el cargo de lab boy (muchacho de laboratorio) y de cocinera.

Hallándose en Londres, la doctora Voureka recibió la comunicación de que había sido confirmado el nombramiento de jefe de laboratorio del Hospital Evangelismos de Atenas. No obstante, siguió trabajando en el laboratorio de «Saint Mary’s». En el mes de agosto Fleming la invitó a pasar una semana en el Dhoon, donde él pasaba invariablemente las vacaciones de agosto desde hacía muchos años. Ella le respondió que no podía, porque tenía entre manos unos experimentos. La respuesta no se hizo esperar: «Tráigame sus cultivos; trabajará usted en mi laboratorio.» Una vez allí, la invitó a pasar todo el mes, pero ella creyó que era un acto de cortesía y no aceptó. Algunos días más tarde, recibía una carta de Fleming en la que decía: «Nos sentimos todos desamparados desde que usted se fue. Usted nos animó a todos, y ahora no tengo a nadie que me ayude a cortar mis ortigas. A usted le pareció que el pequeño laboratorio le iba bien; por consiguiente, lo mejor que podría hacer sería reunir más cultivos y traerlos aquí…»

Tímido, poco expresivo y demasiado delicado para explayar sus sentimientos, la dejó marchar a Grecia sin mostrar de una manera clara sus sentimientos. En Atenas la bombardeó con cartas y telegramas afectuosos. Sus amigos y colegas dicen que la marcha de su amada alumna griega dejó a Fleming desamparado y ausente. Pero era demasiado tímido y delicado para mostrar lo que sentía. Para contrarrestar la nostalgia, viajó mucho y asistió a diversos congresos y reuniones internacionales en el extranjero. Hallándose en Suiza, en una conferencia de la Organización Mundial de Sanidad, se enteró que en el mes de octubre de 1952 se reuniría en Atenas la World’s Medical Association, y se hizo nombrar delegado de la UNESCO, «porque tenía intereses en Atenas».

El pretexto para volver a su amada discípula era muy propio de un hombre que anteponía el cumplimiento del deber a cualquier otra cosa. El 6 de octubre partió para Atenas. El avión sufrió un retraso de treinta y seis horas y llegó a las tres de la madrugada. Pero al abrirse la portezuela del avión, lo primero que vieron sus ojos fue a Amalia, que le esperaba rodeada de amigos y admiradores.

Fleming pasó un mes encantador en Grecia, siempre acompañado por su querida discípula. Pero sólo al final se atrevió a formular su deseo… Fue el 9 de noviembre. Comieron juntos en casa de ella. Al día siguiente Fleming partía. Y después de aquella comida melancólica, él murmuró algo entre dientes. Como ella no pareciera haberse enterado, volvió a decir:

—No me ha respondido usted.

—¿Ha preguntado algo?

—Le he preguntado que se case conmigo.

Ella pareció tan turbada que sólo pudo decir: «Sí».

Ambos concertaron evitar todo tipo de publicidad de su matrimonio. Se casarían discretamente sin alterar el ritmo de su trabajo y de sus obligaciones. Antes de contraer matrimonio, Fleming realizó un nuevo viaje triunfal a la India, de donde regresó cargado de preciosos regalos para su prometida.

El matrimonio civil se celebró el 9 de abril de 1953, a las once de la mañana, en el Ayuntamiento de Chelsea. A mediodía se celebró la ceremonia religiosa en la iglesia griega de Santa Sofía, con la presencia de algunos amigos y familiares. El 16 de abril partieron juntos hacia Cuba en un viaje eminentemente científico, para trasladarse luego a Estados Unidos.

De regreso en Londres, se instalaron en la casa que Amalia tenía en Danvers Street, y los dos reanudaron sus trabajos en el Instituto Wright-Fleming. El anciano investigador se sentía rejuvenecido. «Yo seré viejo —decía— cuando la vida se vuelva apagada.» Sin embargo, en el mes de octubre de 1953 trascenció que el doctor Fleming se hallaba enfermo. Se había comprometido a inaugurar las Jornadas Médicas de Niza con un discurso, pero dos días antes de la fecha fijada se despertó con gran fiebre. Un médico le inyectó penicilina y la fiebre descendió. Lady Fleming telefoneó a los organizadores de Niza que su marido no podía ir, y entonces acordaron que fuera ella.

En una carta que escribe Fleming a Mrs. Roger Lee leemos: «He sufrido un repentino ataque de neumonía que en otro tiempo hubiera sido peligroso. Temperatura alta durante doce días; después, con penicilina, nada. No obstante, los médicos han querido que me quedara en cama. Nada hubieran dicho los periódicos si no me hubiera comprometido a leer una conferencia en un Congreso en Niza… Esta enfermedad ha tenido dos resultados, que pueden ser buenos. Desde hace seis semanas he dejado de fumar; por el momento pienso que esto puede ser bueno para la salud, pero no para el humor. El otro es que, por fin, he podido comparar la diferencia entre lo que era una pulmonía cuando yo era estudiante y lo que es ahora, incluso en un hombre anciano.»

Estuvo quince días en cama, menos de lo que hubiera debido estar dadas la edad y la enfermedad que había padecido. Sin embargo, como ocurría siempre, se sentía espoleado por deberes que consideraba ineludibles. En este caso, fue tomar posesión del rectorado de la Universidad de Edimburgo, cargo para el que le habían elegido los mismos estudiantes.

Todos los testimonios indican que la pulmonía le había dejado rastros, por más que él se resistiera a reconocerlo. Su formidable memoria empezaba a fallar y en las ceremonias más solemnes y enfáticas, parecía distraído. A mediados de noviembre de 1954, hizo un viaje a Burdeos en el que, a juzgar por sus notas, disfrutó mucho con las solemnes recepciones y ceremonias universitarias celebradas en su honor.

Desde hacía tiempo deseaba descargarse las responsabilidades administrativas del Instituto, y a comienzos de 1955 presentó su dimisión de principal. En su discurso de renuncia dijo: «No me marcho; no abandono el hospital. Esto no es un adiós. Permaneceré aquí durante años. No crean que se han librado de mí.» Efectivamente, seguía conservando su laboratorio. Pero apenas habían transcurrido dos meses de su dimisión, cuando un día, durante una discusión, sintió un repentino malestar, seguido de vómitos y algo de fiebre. Le diagnosticaron gripe gástrica. Su mujer dice que, a partir de ese momento, cambió y mostraba un evidente agotamiento. No obstante, siguió yendo al laboratorio y realizando su trabajo, un trabajo que llevaban en común y que él tenía mucho interés en terminar para firmar la comunicación con su mujer.

Proyectaban por entonces un viaje, ya programado, que los llevaría a Grecia para seguir después a Estambul, Ankara y Beirut. Debían partir el 17 de marzo. El 5 de marzo escribía lady Fleming: «Alec ha pasado un mal invierno. Vivir en este Londres helado, sin sol, le ha hecho toser. Confío en que Grecia le devolverá su hermoso sol tostado.»

Mientras pasaban un fin de semana en el Dhoon, recibieron una llamada telefónica de Londres di-ciéndoles que su piso había sido robado, y regresaron inmediatamente. Allí se enteraron de que los ladrones habían sido sorprendidos por un vecino y tuvieron que deshacerse de la caja de caudales, pero se llevaron las joyas de Amalia, un aparato fotográfico y algunas otras chucherías. Lady Fleming declaró a un periodista que de todos los objetos robados tenía especial estima por un llavero valioso que le había regalado una amiga desaparecida. Después, uno de los ladrones le prometería, por teléfono, enviárselo.

El 11 de marzo era viernes. Dicen que aquel día se despertó muy alegre y decidido, como siempre, a cumplir todos sus compromisos. Entre éstos figuraba un almuerzo en el Hotel Savoy y una comida en casa de Douglas Fairbanks, hijo, a la que asistiría la viuda del presidente Roosevelt.

Al ver a Amalia, que abría el correo muy apresurada, le dijo:

—¿Esperas encontrar el llavero? Despídete de él.

Después se metió en el cuarto de baño para asearse, pero regresó muy pálido. Se quejaba de una sensación de náusea. Su mujer cogió el teléfono para llamar al médico, pero él trató de que no lo hiciera. El doctor John Hunter prometió estar allí dentro de una hora.

Hablaron de la conveniencia de llamar a casa de Douglas Fairbanks para suspender la comida, pero Fleming se opuso. Todavía pensaba que podía reponerse y acudir a la cita.

Como el malestar persistía, pidió agua caliente para tomar bicarbonato. Luego se levantó y anduvo un poco, pero tuvo que volverse a tumbar.

La señora Fleming salió de la habitación para vestirse. Mientras tanto el doctor Hunter volvió a llamar y el mismo Fleming cogió el teléfono. Llamaba para preguntar si la consulta era urgente, para dejar a sus otros pacientes y acudir en seguida.

—Ninguna urgencia —respondió el interesado— Visite primero a sus enfermos.

Amalia diría después que cuando entró en la habitación lo encontró tranquilo y sosegado. Parecía que el malestar había pasado. Incluso pensó que podía tratarse de una reacción tardía de la vacuna antitífica que le había inoculado el día anterior en prevención al viaje que iba a realizar a Oriente Medio, pero él rechazó la idea. Quizá ya sabía que se estaba muriendo cuando pidió a su mujer que le peinara para estar más presentable… Estaba helado y cubierto de sudor. Amalia volvió a asustarse cuando él dijo que no sabía por qué sentía aquel dolor en el pecho.

—¿Estás seguro que no es del corazón? —preguntó angustiada.

—No es el corazón; esto desciende por el esófago y va hacia el estómago…

Algo se había roto por dentro, pues casi seguidamente inclinó la cabeza hacia delante y así se quedó para la eternidad. Su muerte fue tan discreta como había sido su vida antes de que el mundo le abrumase por el descubrimiento de la penicilina.

Hoy sus restos descansan en una cripta de San Pablo, cerca de las tumbas de Nelson, el vencedor de Trafalgar, y Wellington, el vencedor de Napoleón en Waterloo. Una sencilla lápida con las letras A. F. señalan el lugar donde reposan las cenizas de uno de los grandes beneméritos de la Humanidad.


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CONEJILLO de Indias es el nombre que se da comúnmente al cobaya o cobayo, a pesar de que esta denominación está mal empleada, puesto que el cobaya no pertenece a la misma familia que los conejos.

El cobaya fue traído a Europa en el siglo XVI y es originario del Perú, donde era criado y domesticado por los indígenas para ofrecer sacrificios a sus dioses, que se mostrarían así más favorables.

El uso más corriente que se hace del cobaya es el de su utilización en laboratorios de experimentación. De las diversas razas que existen la más empleada por los investigadores es el «cobaya de pelo corto», del que hay diferentes tipos según el color de su pelaje: blanco, rojo, crema, amarillo, gris, negro y marrón. El hecho de que haya sido escogido este animal para su empleo en los laboratorios está en función de las diversas causas que facilitan su utilización:

En primer lugar, el cobaya es un animal sufrido, dócil y fácil de domesticar. Además, tiene la ventaja de ser un animal fundamentalmente pacífico, salvo cuando surgen peleas por razones de comida o poruna hembra. Para evitar cualquier roce entre los machos se pone a cada uno de ellos con varias hembras en cada alojamiento. La características más acentuada de los cobayas es la facilidad con que se asustan, manifestando su miedo por medio de chillidos agudos y carreras desenfrenadas.

La segunda causa que determina su utilización en los centros de investigación viene dada por la circunstancia de que el cobaya es un animal muy prolífico. En un laboratorio se pueden emplear diariamente cientos de animales, lo que hace imprescindible un alto nivel de reproducción, para la que ya son aptos a los tres meses los cobayas, aunque no son adultos hasta los cinco o seis, y no alcanzan su máximo desarrollo hasta los nueve. El período de gestación es largo, comparándolo con el de otros roedores; tiene una duración de dos meses y en algunas ocasiones más. La carnada es de tres a seis crías que nacen ya completamente formadas, y a las pocas horas de su nacimiento caminan con toda normalidad. La madre las alimenta sólo los primeros días, durante los que les va enseñando a defenderse y a procurarse el alimento por sus propios medios. El tiempo que necesitan las crías para valerse por sí mismas son tres semanas, al cabo de las cuales la madre ya puede aparearse de nuevo con el macho, y como consecuencia surge un enfriamiento progresivo en su relación con las crías.

La tercera causa que explica la utilización del cobaya es la simplicidad de su alojamiento y su desarrollo satisfactorio aun en medios que carecen de condiciones favorables para su crecimiento. Cuando son pocos, se les acomoda en una jaula, y cuando son más números, se les construye una especie de cerca, lo más amplia posible y con la suficiente altura como para que no la salten, donde se les instalan comederos y bebederos.

Su alimentación es sencilla y parecida a la del conejo, basada en un granulado con un complemento de heno o alfalfa. También se pueden alimentar de lechugas, zanahorias y frutas ricas en vitamina C, que les es muy necesaria. Las hembras en gestación necesitan, además de esto, pan mojado en leche y escurrido, del que se alimentan también las crías los primeros días para ayudar a la madre, que sólo tiene dos mamas. El cobaya tiene una forma peculiar de llevarse el alimento a la boca con las patas delanteras. Aunque bebe poco, es necesario que el agua sea renovada con frecuencia.

Una vez concluida la descripción de las características y costumbres del cobaya, es conveniente poner un ejemplo de su utilización práctica para comprender la eficacia de los servicios que prestan en los procesos experimentales que se llevan a cabo en una laboratorio. Un caso que se presta para este fin es el desarrollo de las investigaciones que culminaron con el descubrimiento de la vacuna contra la rabia.

La rabia es una enfermedad bastante extendida hasta el siglo XX, producida por un virus y contraída por las personas a causa de la mordedura de animales atacados por ella. Según se cuenta, el descubridor de la «vacuna antirrábica», Pasteur, se interesó por el estudio de esta enfermedad a consecuencia de la impresión que le causó el espectáculo de varias personas rabiosas que vio durante su niñez.

Uno de los primeros experimentos que realizó Pasteur fue extraer parte de la característica espuma babeante de la boca de un perro rabioso, para introducirla después en tubos de ensayo e intentar localizar así el virus que produce la enfermedad. Como los perros rabiosos no abundaban, inoculó la enfermedad a animales de laboratorio, para que sus estudios no se viesen interrumpidos constantemente.

En cierta ocasión llevó al laboratorio un perro atacado por la rabia y lo metió en una jaula junto con otros sanos, resultando mordidos algunos de ellos. Además, inyectó a unos cobayas la baba de los perros. A los pocos días, varios de los perros mordidos enfermaron, lo mismo que algunos cobayas, aunque se daba el caso de que no contraían la enfermedad todos los animales inyectados o mordidos. Para averiguar las causas de esto, Pasteur se dedicó a estudiar el cerebro y la médula espinal, centros nerviosos donde, como es sabido, se fija el virus de la rabia. A pesar de repetidos intentos, no lograba hallar la forma de introducir el virus directamente en el cerebro de los perros, y no la hubiese encontrado nunca si no hubiese acudido en su ayuda su colaborador Reux, que era médico y conocía la técnica de la trepanación. Ahora, por medio de ella, tenían la posibilidad de observar u operar sobre el cerebro vivo de los perros. Así pues, inocularon la rabia a un perro que murió a las pocas semanas; pero Pasteur y sus ayudantes, Roux y Chamberland, conocían ya un método eficaz para intro-. ducir la espantosa enfermedad en los cerebros de perros, cobayas y conejos. El virus de la rabia es tan pequeño que no era detectado ni siquiera por los microscopios más potentes. De todas formas, para mantenerlo vivo lo cultivaban en los cerebros de los cobayas y de los perros.

Los experimentos avanzaban lentamente, y el tiempo transcurría sin que pudieran encontrar nada efectivo contra el terrible germen. El éxito más importante que obtuvieron por aquella época fue la curación de un perro inoculado con la sustancia del cerebro de un cobaya rabioso. Días después introdujeron en el cerebro de ese mismo perro más virus, y no le pasó nada. Esto demostraba que el perro estaba inmunizado; a partir de ahí prosiguieron las investigaciones con la certeza de que había al menos una posibilidad de vencer la rabia. Es entonces cuando comenzó la recta final del proceso coronado con el descubrimiento de la vacuna antirrábica.

Cortaron una fina capa de médula espinal de un cobaya muerto de rabia y la pusieron a desecar durante 14 días, para comprobar si el virus se debilitaba. Inyectaron este tejido en cerebros de perros sanos y observaron que no les sucedía nada. A continuación fueron desecando los tejidos de médula espinal progresivamente durante menos días, para asegurarse de que era posible inmunizar a los animales, y comenzaron a inyectarles la materia desecada. El primer día inyectaron en los perros una dosis de virus muy debilitados, que habían estado desecándose durante 14 días. El segundo lo hicieron con una parte de médula con virus menos debilitados que los anteriores, pues habían estado desecándose durante 13 días. Y así sucesivamente, hasta que llegaron a inyectar en los perros materia que sólo había estado desecándose durante un día y que, en condiciones normales, los hubiera matado. Los síntomas de la enfermedad no aparecieron. Pero faltaba todavía el experimento decisivo que les llevaría a la seguridad de que los animales estaban inmunizados. Con este fin trepanaron los cráneos de cuatro perros, dos de los cuales habían sido vacunados y los otros dos no; introdujeron el virus en las cabezas de los cuatro y, al poco tiempo, los no vacunados morían, mientras que los tratados con la vacuna aparecían sanos y sin ningún indicio de la enfermedad.

Había sido descubierta la vacuna contra la rabia, y si el gran mérito es de Pasteur, es indudable también que en el descubrimiento colaboraron inestimablemente los cobayas, poniendo a disposición del hombre sus frágiles y prolíficos organismos.

Actualmente es insustituible la utilización de los cobayas en la investigación de las causas de enfermedades cuyo origen se desconoce, como el cáncer, las enfermedades del colágeno (proteína componente del pelo, la piel, etc.), entre las que se encuentran el lupus eritematoso diseminado, la esclerodermia, etc.; para estudios sobre la fibra lisa del útero del cobaya, que se utiliza para comparar los derivados de la oxitocina, sustancia que activa la contracción de la fibra lisa del útero femenino; para la experimentación y el estudio de enfermedades granulomatosas, como el linfogranuloma de Hopkins, etc.

Se puede decir que sobre el sacrificio del cobaya se edifica en gran medida el avance de la ciencia médica en nuestros días.


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GENERALMENTE se denomina placebo a cualquier preparado farmacéutico que carece de principios activos, es decir, que además de ser inofensivo, no causa ningún efecto, ni favorable ni desfavorable, por lo que se puede hablar de un placebo como de un falso medicamento.

Se emplean como placebos sustancias de las que se ha comprobado que son inofensivas para el organismo, como el agua destilada, la miga de pan, el polvo del almidón, etc., y su utilización normal es la del estudio de la acción que puede tener cualquier tipo de medicamento, entendiendo como acción de un medicamento el mecanismo mediante el cual aquél desarrolla sus propiedades curativas, dando lugar a la respuesta del organismo que apreciamos con nuestros sentidos, y que constituye el efecto del medicamento.

Es frecuente que la acción de un fármaco se ignore, porque ante una misma dosis, varía el resultado según el estado orgánico o psicológico del paciente en ese momento. Ya Hipócrates, varios siglos antes de Jesucristo, demostró que, según el temperamento de cada persona en particular, las defensas naturales del organismo podían conducir a la curación, haciéndose patente la tremenda influencia que posee la psicología de un individuo para contrarrestar e incluso vencer enfermedades meramente somáticas.

Cuando se emplea el placebo para determinar, mediante un adecuado contraste, el alcance de las propiedades curativas de un preparado farmacéutico, existe una condición indispensable para el éxito de los experimentos, y es que el paciente no sepa que el fármaco que se le suministra es inocuo. A esto se le llama «experiencia a ciegas»; y es aún mejor que no lo sepan ni siquiera el médico ni el personal de su equipo. Para conseguir este requisito, lo más fácil es poner un nombre convencional — previamente acordado por personas que no sean el médico ni el paciente— al medicamento verdadero, y otro diferente al placebo o medicamento falso. A este último, si ninguna de las personas que participan en la experiencia sabe cuál de los dos preparados es el auténtico, se le llama «experiencia a ciegas doble». El experimento descrito a continuación es un ejemplo de ello.

En el mes de noviembre de 1972 fueron entregados a un médico, por personas ajenas a la investigación, dos tipos de comprimidos masticables con nombres falsos: unos eran placebos y los otros estaban compuestos por un medicamento llamado Pal-midrol, del que se quería comprobar las propiedades curativas. Este medicamento se había creado para combatir enfermedades de tipo respiratorio. Los nombres que se pusieron a los dos tipos de comprimidos fueron los de PAL-1 y PAL-2.

El experimento se realizó en 30 obreros de edades comprendidas entre los dieciocho y los sesenta y seis años, trabajadores de una fábrica textil situada en un lugar muy húmedo y en la que, a consecuencia de esto, se producían numerosas bajas por enfermedades como gripe, sinusitis y demás afecciones respiratorias. Se escogieron pacientes que presentasen antecedentes de las enfermedades a las que atacaba el medicamento sobre el que iba a investigar. Se les dividió en dos grupos de 15 pacientes cada uno; a los del primer grupo se les suministró diariamente cuatro comprimidos de PAL-1, y a los del segundo grupo de PAL-2 durante los diez primeros días de los dos meses de iniciación del tratamiento (por supuesto sin conocer si lo que tomaban era el placebo o el medicamento). En los últimos meses cada sujeto tomó solamente un comprimido diario.

Los que ingirieron PAL-1 —que más tarde se supo que era el fármaco auténtico— mejoraron notablemente y sólo produjeron dos faltas al trabajo durante los siguientes meses. Los que tomaron PAL-2 —que era el placebo— produjeron seis faltas.

Por medio del placebo y de repetidas experiencias, puede comprobarse, además de la capacidad terapéutica de un medicamento desconocido, qué medicinas empleadas durante cierto tiempo con buenos resultados, no son tan eficaces como se pensaba. La mayoría de las veces el efecto de un medicamento en un determinado paciente depende del estado general de su organismo, cuya curación está en función de su propia psicología. Por otro lado, la personalidad del médico es causante muchas veces de la desaparición de molestias en pacientes fácilmente sugestionables. Debido a esto, la utilización del placebo conduce con frecuencia a la desaparición de enfermedades nerviosas e incluso, en algunas ocasiones, a la curación de enfermedades de tipo orgánico.

Observemos, a continuación, los resultados de un estudio realizado con un tranquilizante llamado Bromazepan en 30 pacientes con afecciones nerviosas del tipo de ansiedad, stress, etc.

De las 30 personas, 13 eran hombres y 17 mujeres, de edades comprendidas entre los treinta y tres y los setenta y ocho años. La duración del tratamiento fue de cuatro semanas; 15 pacientes fueron tratados con Bromazepan y los restantes con un placebo. El desenlace del experimento dio resultados óptimos en diez de los pacientes tratados con el medicamento auténtico y en tres de los tratados con el placebo. Se obtuvieron resultados regulares en once casos de los que tomaron el placebo y en tres de los que tomaron el Bromazepan. Y el tratamiento sólo empeoró a un paciente que había ingerido el placebo y a dos que tomaron el medicamento.

Es patente la importancia de la misión que cumplen estos «falsos medicamentos» en el estudio y la investigación de las propiedades de fármacos posteriormente muy empleados, llegando incluso a veces, el placebo, a curar enfermedades de tipo psicológico, como se observa en el ejemplo anterior. Estos hechos son conocidos por los médicos e investigadores hace ya tiempo, pero sólo han sido objeto de estudio en los últimos años.

El empleo del placebo, aparte de los casos mencionados, sólo está permitido con ocasión de enfermedades para las que no haya ningún remedio seguro y cuando existe el convencimiento por parte del médico de que para la curación de un paciente la única solución es el empleo de algún placebo que, en estos casos, hace prácticamente las veces de amuleto. Su uso puede provocar también mejoría o curación al ser administrado a toxicómanos con el efecto simulado de la droga, si bien es verdad que estos casos no abundan y son más frecuentes experimentos como el que se describe a continuación.

Para determinar las propiedades terapéuticas del medicamento llamado Cromolín, empleado posteriormente como preventivo del asma, se seleccionaron 40 pacientes de cinco a diecisiete años, todos ellos de acuerdo en seguir las instrucciones hasta el final del experimento. La mayoría tenían a menudo síntomas de asma y necesitaban de medicación diariamente. La duración del tratamiento fue de nueve semanas, durante la primera de las cuales todos los pacientes usaron un inhalador con polvos de placebo que consistió en lactosa con sulfato sódico añadido para imitar el sabor ligeramente amargo del Cromolín. Luego siguió un período de ensayos de cuatro semanas, durante las que los pacientes inhalaron, unos, polvos de placebo, y otros de Cromolín, cuatro veces al día. No se sabía cuál de los dos preparados tomaban porque era una experiencia «a ciegas doble».

Durante las cuatro últimas semanas se inhaló el polvo no tomado antes, es decir, los que tomaban placebo tomaron Cromolín y viceversa.

Al final del tratamiento, los pacientes, ayudados por su padre o madre al ser en su mayoría niños, y de dos de los investigadores, decidieron cada uno independientemente de los otros, cuál de los dos períodos de la experimentación había sido más satisfactorio para ellos. En 34 de los 40 casos el Cromolín había sido más eficaz que el placebo, dos pacientes dieron su preferencia a este último y los cuatro restantes comentaron no encontrar diferencia alguna; es decir, que en 34 casos sobre un total de 40, el asma mejoró con el medicamento activo, esto es, con el Cromolín, del que quedaron establecidas las propiedades curativas y, gracias en parte a la utilización del placebo, quedó confirmado y listo para su uso corriente, aunque es necesario aclarar que se necesitan muchos experimentos de este tipo para poder poner un medicamento a disposición del consumidor.


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LA industria farmacéutica se creó con el fin de producir masivamente los medicamentos necesarios para el tratamiento de las enfermedades del hombre. Ahora bien, a pesar de esto, en algunos países este objetivo ha ido perdiendo su característica humanitaria para convertirse con cierta frecuencia en un modo de obtención de beneficios económicos exagerados.

A partir de la aparición de las sulfamidas, las penicilinas y sus derivados han ido surgiendo a una velocidad vertiginosa multitud de específicos farmacéuticos que no siempre son verdaderamente útiles y eficaces. A propósito de esto, dice la doctora Torres Pons:

«Desde que se descubrió la penicilina hasta la actualidad, han sido aislados y sintetizados multitud de productos con actividad antibiótica, aunque muchos de ellos han tenido que ser rechazados por tóxicos e ineficaces. Sin embargo, esta gran proliferación de sustancias ha traído un confusionismo tal que hace que el uso de los antibióticos no siempre sea adecuado, unas veces por ser administrados en exceso y otras por ser injustificado su uso, y se puede decir que el 70 por ciento de las prescripciones médicas son erróneas.

Gran parte de estos específicos farmacéuticos, a veces, están compuestos por las mismas sustancias, aunque en sus envases figuran nombres diferentes. ¿Cuál es la finalidad de esto? La respuesta es muy sencilla: al aparecer lo que se supone que es un nuevo medicamento, puede aumentarse su precio, y así el laboratorio percibirá mayores beneficios, aunque, como se ha dicho, esto sólo ocurre en algunos países.

También por razones puramente económicas los laboratorios farmacéuticos inundan con la publicidad de sus productos los despachos de los médicos que son, al fin y al cabo, los que recetan los específicos a los pacientes, y pueden hacer que se consuma más de uno que de otro. Toda publicidad puede ser aceptable si se hace con el fin de mostrar las cualidades que posee un determinado producto, pero en el caso de los medicamentos se llega algunas veces a intentar demostrar propiedades curativas que no tienen realmente, o a ofrecer como exclusiva lo que ya existe en otros muchos productos anteriores. Se hace publicidad de fármacos que, aparte de ser algunas veces inútiles, otras, lo que ya es más grave, son nocivos para la salud. Así, un medicamento para curar el hígado puede dañar los riñones. Y como éste se pueden citar infinidad de ejemplos.

En relación con estos hechos, la doctora Torres Pons explica que «…a todos los sanitarios facultativos, pero muy especialmente a los médicos, llega constantemente propaganda de las distintas especialidades y formas farmacéuticas. La mayoría de las veces no se trata de descubrimientos recientes, sino que son las ya existentes, asociadas de modo distinto. Con ello no se consigue sino sumirnos aún más en la inmensa confusión que tal cantidad de nombres provoca. Es, pues, necesario que a la clase médica se le de una información actual y completa de todos los antibióticos que tiene a su alcance. Pero esta información no basta con que esté actualizada; debe ser, además, imparcial y desinteresada. Por tanto, es evidente que ella no puede proceder únicamente de la industria farmacéutica, pues aunque ésta puede reunir perfectamente las dos primeras cualidades, difícilmente será imparcial y desinteresada, ya que sirve, fundamentalmente a intereses privados.»

Para tener una idea aproximada de la cantidad de medicamentos existentes, basta con decir que en España, en siete años, han desaparecido 19.000 específicos y aparecido a su vez otros 10.000 nuevos. Francia sólo tiene 12.000 especialidades farmacéuticas, mientras hay quien afirma que España posee unas 33.000. El profesor Beraud asegura que «de las 12.000 medicinas contenidas en el catálogo de la industria farmacéutica francesa bastaría con 310».

La solución de estos problemas estaría en reducir el número de específicos farmacéuticos a los que en realidad fueran útiles, y no sobrecargar las farmacias con medicamentos de los que sobran más de las tres cuartas partes y cuya composición desconocen a veces los farmacéuticos. En relación con este hecho, el doctor Enrique García Martínez, de Sevilla, dice con respecto a España:

«Existe un terrible bosque de nombres raros y generalmente sin sentido, que más que orientar acerca de la composición y clasificación suelen desorientar, pues nada dicen, por ejemplo, los vocablos forte, débil, etc. Es, además, francamente temible por la exuberancia de sus mezclas, algunas no muy de acuerdo con los principios biofármacéuti-cos y farmacéuticos en general, hasta el punto de hacernos pensar sobre cómo hayan podido ser aceptados sus registros por la Dirección General de Sanidad, sobre todo los que se refieren al cloramfe-nicol, corticoides, piramidón, etc., entre otros.»

Para canalizar la producción de toda esta diversidad de medicamentos, a partir de la II Guerra Mundial (1939-1945), se han ido creando en los países más desarrollados, como Estados Unidos, grandes empresas filiales en países subdesarrolla-dos, que dependen de la empresa central metropolitana. El conjunto de todas ellas constituye una empresa multinacional, que, como es sabido, no sólo existen para los medicamentos, sino también para la producción de otros muchos bienes de consumo.

Las grandes multinacionales farmacéuticas que dominan la mayoría del mercado mundial están en Estados Unidos, Suiza y Alemania del Oeste. Sus filiales se reparten por todo el mundo, y tienen que pagar a la metrópoli un tanto por ciento o royalties de todos los específicos que se vendan en el país en que estén situadas. Aparte de esto, las filiales tienen la obligación de comprar las materias primas a la empresa metropolitana, con el consiguiente encarecimiento del producto, ya que esta materia prima se llega a pagar a veces hasta el doble de su valor. Hay que añadir, además, a la materia prima, para determinar el precio de venta al público de un medicamento, los gastos generales y la mano de obra.

Generalmente, en los países que albergan a las empresas filiales, de los beneficios obtenidos por la venta de específicos sólo una pequeña parte se destina a la investigación, tan necesaria para el avance hacia el logro de medicamentos más eficaces que los ya existentes. Sin embargo, de cada 100 pesetas, 20 se gastan en publicidad. Aunque bien es verdad, que en países como Alemania, Estados Unidos y otras grandes potencias, se emplea una gran cantidad de medios para la investigación, y son estos países los que consiguen fármacos nuevos y más activos.

El dinero que emplean los países civilizados en farmacia es incalculable: en Estados Unidos supera el que se destina a armamento, y en España, en 1970, seis productos antibióticos recaudaron más millones de pesetas que la empresa Coca-Cola S. A. Todo esto sería muy loable si sirviese para combatir las enfermedades; pero, a veces no es este el caso, pues, como ya se ha dicho, gran parte de los específicos son superfluos. Lo que, en definitiva, y salvo contadas excepciones, persiguen generalmente los laboratorios, sobre todo los que no destinan parte de sus beneficios a la investigación, es la obtención de beneficios sustanciosos.

Esta superabundancia de productos farmacéuticos entra en contradicción con la problemática de los pueblos subdesarrollados, que no necesitan tanto de medicinas como de una alimentación apropiada. Se intenta combatir las «enfermedades carenciales» propias de estos países con medicamentos, cuando se da la circunstancia de que lo que faltan, desgraciadamente, son alimentos.

Pero no sólo existe esta contradicción en los países atrasados. En las zonas desarrolladas, en las que las afecciones (infartos, insomnio, etc.) están producidas por el ritmo de vida, la contaminación y otras causas similares, el único remedio que se halla para contrarrestar las enfermedades, aunque lo cierto es que sólo se consigue acentuarlas aún más, es la ingestión de medicamentos de una manera exagerada e incontrolada, planteándose el problema de la automedicación. Normalmente, en los países con un alto nivel de vida se consumen medicamentos sin receta previa del médico, y no se tienen en cuenta que pueden ser muy perjudiciales; se está demostrando, por ejemplo, que la aparentemente inofensiva aspirina produce hemorragias intestinales.

De todos estos hechos se saca la conclusión de que la industria farmacéutica moderna, en algunos países, relega a un segundo plano su fin esencial, que es el ataque a las enfermedades y la investigación de nuevos preparados más eficaces; y que, como toda empresa mercantil, persigue, y ello es lógico, el aumento de sus beneficios.


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Apartir del siglo XIX, con el advenimiento de la industrialización, la sociedad dio un giro radical en todos sus aspectos. Se comenzó a fraguar una época en la que, ante problemas comunes, se darian respuestas colectivas.

Esto ha afectado notablemente a la sanidad, puesto que, siendo la enfermedad un problema mundial que incumbe a todos y cada uno de los países, se han ido creando una serie de organismos internacionales —de otra forma, la situación quedaría parcializada y sería poco efectiva— con el fin de plantear una lucha unitaria para combatirla.

La aparición de estos organismos pone de manifiesto la cooperación mundial, dejando a un lado ideologías, credos y religiones. Dos organizaciones que destacan con mucho sobre las demás por la labor que vienen desarrollando y el amplio consenso que encuentran, son la Cruz Roja y la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.).

La Cruz Roja surgió con una finalidad muy definida: el destierro, en la medida de lo posible, de los horrores de las guerras y la obtención de una progresiva humanización de la misma; y se creó como consecuencia de un hecho muy concreto: la visión que tuvo su fundador, Henri Dunant, de las atrocidades cometidas en la batalla de Solferino (1859). Como la tarea exigía esfuerzos superiores a los que pedía desarrollar un solo hombre, este suizo altruista recabó la ayuda de Moynier, Appia, Mau-noir y el general Dufeur, todos ellos compatriotas suyos, que confirieron a la Cruz Roja un carácter totalmente aconfesional, neutral y apolítico. Como Suiza es un país tradicionalmente neutral, se decidió que su sede central estaría en Ginebra. A continuación se inició la elaboración de unas bases o estatutos y se puso el máximo empeño en obtener la colaboración del mayor número posible de países. Para ello se celebró la primera de una serie de convenciones internacionales en Ginebra. En ella se consiguió la seguridad de asistencia médica a cualquier herido de guerra del ejército de tierra, hecho que nos hace intuir la pavorosa situación en que se encontrarían dichos heridos antes de la fundación de la Cruz Roja.

En la Convención celebrada años más tarde, en 1899, este acuerdo se extendió a los heridos del ejército del mar, y en la siguiente (1929) se obtuvo una promesa de mejora de trato a los prisioneros de guerra. La protección a la población civil (mujeres, niños y viejos) de los bombardeos y posibles ataques militares, quedó establecida en la Convención de 1949, que también consiguió la unanimidad por parte de todos los países integrantes respecto a la prescripción de las torturas de toda índole, de los crímenes —si es que ello es posible— y las atrocidades, de la captura de rehenes, de las deportaciones y trabajos forzados, de las represalias, las penas colectivas y las ejecuciones sin previo juicio.

De todas formas, esta labor filantrópica de la Cruz Roja queda desvirtuada en muchas guerras en las que siguen cometiéndose atrocidades inauditas, como el todavía reciente sitio del campo de Tal al Zaatar, en el Líbano, en el que permanecieron prisioneros varios millares de personas durante días, y a donde no tuvieron acceso los efectivos de la citada organización. El Líbano y otras zonas de la región siguen siendo escenario de idénticas atrocidades, como el caso tan reciente del empleo del gas de mostaza.

Por otra parte, como era obvio que la Cruz Roja no podía existir solamente para actuar con contiendas bélicas, se decidió que su actividad continuase en épocas de paz, durante las que trata de remediar, en la medida de sus fuerzas, las calamidades y catástrofes (huracanes, terremotos, inundaciones, etc.) que constantemente acontecen en el mundo, por medio de refuerzos y ayudas en víveres, medicamentos y personal especializado.

Pasando al terreno puramente organizativo, la Cruz Roja tiene un Comité Internacional que consta de 18 miembros, todos ellos ciudadanos suizos, debido a la neutralidad antes aludida, cuyo fin más inmediato es no suscitar recelos en ningún país respecto a la actuación de esta organización.

Al tiempo de su fundación se constituyeron, en los países asistentes a la Convención, Asambleas Nacionales de la Cruz Roja, que cumplen eficazmente su misión en estado de guerra y cuentan con unos presidentes (llamados «gobernadores») revocables cada dos años, que se ocupan de atender asuntos urgentes. Para coordinar todas las Asambleas Nacionales, en 1919 se creó la Liga de Sociedades de la Cruz Roja, que tiene su centro también en Ginebra. La Liga está administrada por un Comité Ejecutivo formado por delegados de más de 15 estados, elegidos por sus respectivos países. Su máxima representación es un Presidente, que cuenta con la colaboración de una Secretario General, que, a su vez, está al frente de una Secretaría.

Cada cuatro años se reúnen todas las partes integrantes de la Cruz Roja, es decir, el Comité Internacional, la Liga de Sociedades de la Cruz Roja, la Comisión Permanente (que consta de nueve miembros a los que se les adjudica la misión de resolver cualquier eventualidad), las Asambleas Nacionales y los representantes de los gobiernos que la componen. El conjunto de todos constituye la Cruz Roja Internacional y es la máxima autoridad. Se basa en unos estatutos, reglamentos y leyes, esboza las líneas de actuación a seguir y toma decisiones.

Como se da el hecho, reconocido por numerosos países, de que la Cruz Roja no pone en cuestión el régimen político del país en que se mueve en cada momento, es decir que no lo considera ni justo ni injusto, está en su programa para el futuro, la delimitación, en las guerras, de zonas neutrales donde los bandos enfrentados se comprometan a no usar las armas. Además, figura en sus planes la idea de inventar algún sistema de protección para los presos políticos en las guerras civiles, e implantar un régimen humanizado en los campos de concentración.

Vemos, pues, el estimable resultado de una organización que, mediante el establecimiento de la solidaridad internacional, intenta contrarrestar las situaciones de horror de las guerras, y hace, la mayoría de las veces, o al menos esa es su intención primera, que la asistencia sanitaria llegue a todos los heridos, víctimas inocentes de las disputas entre potencias.

En otro orden de cosas, la Organización Mundial de la Salud desarrolla una labor equiparable a la de la Cruz Roja. Fue fundada bastante más tarde, en 1946, como organismo dependiente de la Organización de las Naciones Unidas (O.N.U.), y estableció también su sede en Ginebra.

Su estructura interna está constituida por una Organización General, que actúa en todo el mundo, por unos organismos regionales, cuya actividad está coordinada por la sede central, y por un Secretariado permanente.

Su acción se concreta principalmente en el área de la sanidad, siendo su fin primordial «promover el desarrollo sanitario en el mundo (para lo que ha establecido unos reglamentos internacionales), y luchar contra la enfermedad mediante la creación de las condiciones de un estado de bienestar mental, físico y social para todos los seres humanos». Este objetivo abarca la investigación en todos los campos, desde el estudio del medio ambiente para su purificación, hasta la indagación de métodos más efectivos para la adecuada formación de médicos, enfermeras y todo tipo de personal técnico que hará más efectiva la aplicación de los recursos sanitarios.

Se advierte con esto que la Organización Mundial de la Salud lleva a cabo una labor de investigación fundamentalmente, actuación inteligente si consideramos que de esta forma se ataca el mal en su raíz misma, y de una manera muy especial en el terreno farmacológico, con el estudio de nuevos medicamentos; aparte de esto, también desarrolla investigaciones para elevar el nivel técnico y se dedica al estudio de estadísticas sanitarias a nivel mundial. Además, establece consultas a nivel regional como método de lucha contra las enfermedades infecciosas, construye centros para la formación del personal técnico necesario en los servicios de salud pública y establece una cooperación, en base de ayuda mutua, con los organismos sanitarios de cada país integrado en ella.

En la Asamblea Mundial de la Salud celebrada en Ginebra, en el año 1973, la Organización Mundial de la Salud, que persigue una constante renovación con miras a una mayor efectividad, se planteó, entre otras cuestiones, una aplicación más adecuada de los métodos sanitarios modernos, una información mínima, pero completa, al público (beneficiario de la sanidad) del funcionamiento de los servicios sanitarios por medio de revistas o folletos, donde tengan cabida también las críticas y sugerencias, y la introducción de nuevos sistemas didácticos para la forja de personal especializado, con intercambio de información y material de estudio entre todos los organismos e instituciones internacionales, punto en el que la labor de la O.M.S. sería esencialmente de coordinación.

En el año 1974 se celebró una serie de conferencias y estudios sobre la contaminación, especialmente en el área mediterránea, a las que concurrieron todos los países afectados, y de las que se sacaron planes para una futura actuación y conclusiones altamente interesantes para bajar el nivel de la contaminación.

El balance de las actividades de la Organización Mundial de la Salud es muy positivo, sobre todo en lo que se refiere a sus campañas de erradicación de enfermedades, como el paludismo, en cuya desaparición la O.M.S. tuvo una influencia decisiva.

Por último, se puede citar también otro importante foco de investigación médica, el Instituto Rockefeller, fundado en 1901, en New York, por John Davison Rockefeller, que se mueve exclusivamente en el área de la investigación científica médica, y actualmente ha llegado a ser uno de los primeros centros de su especialidad.,

A través de lo dicho se puede juzgar el papel que cumplen estos organismos sanitarios internacionales en la planificación médica mundial, y la importancia de la labor que realizan.


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FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1881 Alexander Fleming nace el 5 de agosto en Lochfield.
Comienzan los experimentos sobre la rabia.
Congreso Internacional de Medicina, en Londres.
Sublevación de los colonos boers, que derrotan a los ingleses cerca de Majuba Hill.
Fundación de la «Democratic Federation». Insurrección nacionalista en Egipto; intervención inglesa.
1882 Robert Koch: bacilo de la tuberculosis. Pasteur da a conocer a Koch sus postulados sobre la especificidad genética de las enfermedades infecciosas. Ocupación británica de Egipto, que pasa a ser protectorado inglés.
Italia ocupa la costa Mitrea.
Concordato entre Rusia y la Santa Sede. Muere el economista William S. Jevons.
1883 Robert Koch, comisionado por el Gobierno inglés, viaja a Egipto para estudiar el cólera.
Pasteur consigue un método que permite atenuar la virulencia de la rabia.
Grüger, presidente de la República independiente del Transvaal, en Sudáfrica.
Fundación de la «Fabian Society».
Muere en Londres Karl Marx.
Nace el economista John Maynard Keynes.
1884 Metchnikoff descubre la fagocitosis como actividad normal de las células amiboideas de la sangre y del tejido conjuntivo.
Congreso de Medicina, en Copenhague.
En el Convenio de Londres, Gran Bretaña ratifica el Estatuto de Autonomía de los boers. Crea el este el protectorado de Bechua-nalandia, y, al oeste, Suazilandia.
Wieser: Orígenes y leyes del valor económico.
1885 Pasteur realiza la primera intervención contra la rabia en una persona. Salisbury, premier inglés.
El Mahdi sudanés toma Khartum, pero, después, los ingleses recuperan la ciudad.
Fundación del Congreso Nacional Indio.
1886 Fleming comienza a ir a la escuela. Es rechazado un proyecto de ley para la Constitución de una autonomía en Irlanda. Explotación de las minas del Transvaal. Fundación de Johannesburgo. Jamaica pasa a ser colonia británica.
1887 Jaime Ferrán: vacuna antidiftérica. Louis Pasteur es elegido Secretario perpétuo de la Academia francesa de Ciencias.
L Aniversario de la reina Victoria.
Conferencia Imperial de Londres.
Randal Cremer funda la Conferencia Interparlamentaria para la paz.
Fundación de Federación de Mujeres Liberales.
Creación de la Bolsa del Trabajo en París
1888 Eljie Metchnikoff se asocia a Pasteur en sus investigaciones.
Inauguración del Instituto Pasteur en París.
Creación del Partido Laborista escocés.
Se celebra la Convención Internacional sobre el Canal de Suez.
Guillermo II, Emperador de Alemania.
Fundación de la Sociedad «Montecatini». Creación de la U.G.T. (socialista).
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Pasteur, en la Legión de Honor. Hansen: bacilo de la lepra. Wilhelm Roux funda la «mecánica del desarrollo » (Entwicklungsmechanik). Francis Y. Edgeworth: Física matemática. W. H. White: Autobiografía de Mark Rutherford.
William Morris funda una fábrica de alfombras.
S. Butler: Alps and sanctuaries.
J. Bizzozzero observa la importancia de las plaquetas en la coagulación. Muere Charles Robert Darwin. Edison lleva a cabo la instalación eléctrica (1 km2) en la ciudad de Nueva York. G. B. Shaw: La profesión de Cashel Byron. Thomas Hardy: Dos en una torre. Aparece la revista Domenica litteraria. Arturo Soria expone en El Progreso sus ideas sobre una Ciudad Lineal.
Santiago Ramón y Cajal gana la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia. H. Kronecker y S. Metlzner estudian el mecanismo muscular de la deglución. Nace José Ortega y Gasset. Stevenson: La isla del tesoro. Muere Richard Wagner. W. Morris: tela, con dibujos originales. Muere Edward Manet. Nace Walter Gropius.
Chr. Fr. Fritzsche y E. Klebs: descripción del gigantismo hipofisiario.
J. M. Charcot: Lecciones sobre las enfermedades del sistema nervioso. L. Knorr: antipirina.
Alfred Tennyson es nombrado lord. Webb: Historia del tradeunionismo. Muere en Praga Bedrich Smetana. Nace Max Beckmann. Monet: La playa de Monaco.
Cajal termina una monografía: Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones profilácticas. Walter Flemming: Substancia celular, núcleo y división de la célula. George Bernard Shaw pasa a ser crítico de arte en el The World. Nace Albam Berg. Alfreg Tennyson: Los idilios del rey. Muere Víctor Hugo.
Mac Munn descubre las histohematinas. Theodor Escherich descubre el germen de la infección cólica. R. H. Fitz describe anatomoclínicamente la apendicitis. Robert Louis Stevenson: El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Hardy: El alcalde de Casterbridge. George Gissing: Isabel Clarendom. Música de jazz en Nueva Orleans.
His y Forel formulan la hipótesis de la libre terminación de las fibras nerviosas. Richard Dedekind: Teoría de los números irracionales. Nietzsche: Sobre la genealogía de la moral. Thomas Hardy publica Los habitantes del país de los bosques. M. Lever construye cerca de Liverpool un grupo de seiscientas viviendas de estilo gótico. Nace en Londres Boris Karloff (actor).
Kast introduce el sulfonal en Terapéutica, y, juntamente con Baumann, el trionol y tetranol. Isaac Peral inventa el submarino. Nietzsche: Voluntad de poderío. Muere Matthew Arnold en Liverpool. Nace en Tremadoc (Gales) Th. E. Lawrence. Rimski-Korsakov: Sherezade. Nace Hans Arp. Aparece el Oxford English Dictionary.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1889 Hans Buchner descubre el poder bactericida de la sangre y la presencia en ésta de «alexinar». Santiago Ramón y Cajal publica Manual de Histología. Promulgación del Código Civil español. Carlos I, rey de Portugal. Proclamación de la República en Brasil. Somalia pasa a ser protectorado italiano. Japón, Monarquía Constitucional.
1890 R. Emmerich e I. Loew introducen en Terapéutica un extracto antibacteriano a partir de cultivos viejos del «bacilus pyeyaneus». Congreso de Medicina, en Berlín. Independencia de Luxemburgo. Guillermina, reina de Holanda. Confederación de las colonias australianas. Congreso panamericano en Washington. Alfred Marshall: Principios de Economía.
1891 Almroth Wright regresa a Inglaterra. Koch funda en Berlín un Instituto para enfermedades infecciosas. Se celebra en Londres un Congreso Internacional de Higiene y Demografía. Convención anglo-italiana sobre Etiopía. Leyes francesas regulando el trabajo de mujeres y niños en la industria. Encíclica Rerum Novarum, de León XIII. Terremoto en Japón.
1892 Fundación del Centro Biológico de Helgoland, en Alemania. Gladstone, premier inglés. Acuerdo militar franco-ruso. Insurrección en el Yemen contra los turcos. Congreso socialista en Génova. Fundación de la «General Electric Company».
1893 Fleming comienza a estudiar en la Academia de Kilmarnoch. Emil Behring: Suero antidiftérico. Guerra de España en Melilla. Ataque etíope a los italianos en Agordat. Escándalo del Canal de Panamá. Destronamiento de la reina de Hawai; los norteamericanos ocupan la isla.
1894 Cajal pronuncia la «Cronian Lecture» en la Royal Society de Londres; se le otorga el grado de doctor en Ciencias por la Universidad de Cambridge. Congreso de Medicina, en Roma. Archibald F. Primrase, lord Rosebery, es nombrado primer ministro británico. «Affaire Dreyfus» en Francia. Kypling publica El libro de la jungla. Reinstauración de los Juegos Olímpicos.
1895 Fleming llega a Londres.
Almroth Wright comienza a trabajar en
la inmunización.
Muere Louis Pasteur.
Nace Gerhard Domagk.
«Raid», de Jameson contra los bóers. «Grito del Baire», que inicia la guerra de independencia cubana. Muere en Londres Friedrich Engels. Escuela de Economía en Londres.
1896 Asiste a los cursos de la «Polytechnic School».
Robert Koch viaja por Africa del Sur y la India; estudia la fiebre bovina.
Guillermo II envía un telegrama de felicitación al presidente Krüger del Transvaal. W. Sombart: El socialismo y el movimiento social en el siglo XIX.
Olimpiada en Atenas.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Langley: reflejos axónicos. D. E. Felt inventa una calculadora. Henri Bergson: Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Nace Martin Heidegger. Stevenson: El señor de Ballantrae. J. K. Jerome: Tres hombres en un bote. Muere en Venecia Robert Browning. J. Conrad comienza La locura de Almayer. Nace en Londres Charles Chaplin.
Robert Koch: tuberculina. Altmann describe técnicas de tinción de las mitocondrias, estudia su distribución y postula que disfrutan de autonomías metabólica y genética. Aparece, en el Lippincott’s Monthly Magazine, El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde. Comienza la construcción del primer tramo de la Ciudad Lineal de Arturo Soria.
Waldeyer crea el término «neuronas». John Dewey publica Esbozos de una teoría de la Etica.
Herbert Spencer: Scientific, Political and Speculative Essays.
G. Bernard Shaw: La quinta esencia del ibsenismo.
Henry A. Jones: The Danaing Girl. C. Doyle: Las aventuras de Sherlock Holmes. Georges Gissing publica La calle de los muertos de hambre.
F. Landergren y R. Tigerstedt miden por primera vez la cantidad de sangre que atraviesa el riñon.
Sir William Osier publica Principio y práctica de Medicina.
George Bernard Shaw: Casas de viudos. Kipling: Canciones de cuartel. Muere Alfred Tennyson. Thomas Hardy: La bien amada. Anton Dvorak marcha a Nueva York.
H. Dressel: aspirina.
Ludolf von Krehl: Psicología patológica.
El 15 de agosto muere Jean-Martin Charcot. Ostwald demuestra que las enzimas son catalizadoras.
George Bernard Shaw escribe Fascinación, comedia en cuatro actos. George Gissing: Mujeres sin pareja. Muere el compositor Ferenc Erkel. Nace Joan Miró.
Emil Fischer demuestra la especificidad de los enzimas y la relación de llave-cerradura entre el enzima y su sustrato. Herbert Spencer sostiene una controversia con August Weismann sobre la evolución. George B. Shaw: Las armas y el hombre. Jones: El caso de la rebelde Susana. Muere Robert Louis Stevenson. Thomas Hardy: Pequeñas ironías de la vida. Moore: Esther Waters.
E. Baumann: yodotirina. Freud publica en colaboración con Brener Estudios sobre la histeria. Muere en Eastsbourne Thomas H. Huxley. Roentgen descubre los rayos X. Conrad publica La locura de Almayer. H. G. Wells: La máquina del tiempo. Thomas Hardy: judas el oscuro. Cadbury construye quinientas viviendas en Bournville, Birmingham.
Muere Emil Du Bois-Reymond. E. H. Starling: presión coloidosmótica del plasma.
G. Vassale y F. Generali descubren el nexo entre la paratiroidectomía y la tetania.
Gorge Bernard Shaw estrena la comedia El hombre del destierro. H. G. Wells: La isla del doctor Moreau. Jones: Michael and His Lost Angel. Congreso Internacional de editores en París.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1897 El doctor Duchesne, de Lyon, titula su tesis Contribución al estudio de la competencia vital entre los microorganismos. Antagonismo entre mohos y microbios. Penetración europea en China; conflicto entre rusos e ingleses por su predominio en la zona.
En la guerra greco-turca, Creta consigue la autonomía bajo soberanía turca.
1898 Nace en Adelaida Haward W. Florey. Jules Bordet demuestra que en la alexi-na existen dos fracciones: una termolá-bil, presente en la sangre antes de la inmunización, y otra termoestable, consecutiva de la adquisición de la inmunidad. Incidente de Fachoda, tras la retirada francesa, Inglaterra permanece en el Sudán. Rusia ocupa Port Arthur. Tratado de París; independencia de Cuba. La Banca alemana obtiene concesiones ferroviarias en Turquía. Levantamiento de los boxers en China.
1899 Paul Ehrlich pasa a dirigir el Instituto de Terapéutica experimental en Francfort del Meno.
Estalla la guerra con los bóers, en el Transvaal; Fleming se alista.
Acuerdo entre Francia e Inglaterra para la división del Sudán. Leopoldo II de Bélgica renuncia a la expansión por el Nilo. El Gobierno bóer niega derechos políticos a los buscadores de oro llegados a la Colonia.
1900 El 28 de mayo lord Roberts proclama la anexión del Estado Libre de Orange como colonia de la Corona. Tres días más tarde, se crea la Unión Sudafricana, con el general Bhota como presidente. Fundación del Partido Laborista inglés. Rusia ocupa Manchuria. Se endurece el levantamiento de los boxers. Kipling, corresponsal en la guerra de los
bóers.
Olimpiada en París.
1901 Fleming se presenta al «Senior College of Preceptors» y obtiene el número uno de todo el Reino Unido. Ingresa en el Saint Mary’s Hospital. Prepara su ingreso en la Universidad. Muere la reina Victoria, de Gran Bretaña; Eduardo VII, rey. Lord Salisbury, premier. Política de «Puerta Abierta» en China. Congreso Sionista. Tratado entre Francia y Marruecos.
1902 Aprueba el ingreso en la Universidad. Participa en el Concurso para la primerabeca de Ciencias Naturales y lo gana. A. Wright, profesor de Patología en el St. Mary. Creación del «Inoculation Department». Paz de Vereemiging; la república bóer del Transvaal pierde su independencia. A. S. Balfour, primer ministro inglés. Alianza entre Inglaterra y Japón. Werner Sombart: El capitalismo moderno.
1903 A. Wright descubre las opsoninas. John Freeman ingresa en el «lab». Lode: acción lírica de un coco grampo-sitivo en las colonias del micrococo te-trágeno. Congreso de Medicina, en Madrid. Eduardo VII de Inglaterra visita París. W. Churchill se manifiesta contrario al proteccionismo de Chamberlain. Independencia de Panamá. Lucha británica contra los somalíes.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
John Jacob Abel extrae una sustancia activa de la glándula suprarrenal. Buchner descubre que la fermentación alcohólica pueden provocarla los extractos de levadura exentos de célula. G. Bernard Shaw: Nunca puede saberse. Henry Arthur Jones: The Liars. H. G. Wells publica, en el Pearson’s Magazine, La guerra de los mundos. Congreso Internacional de editores, en Bruselas.
Golgi: aparato reticular.
Sigmund Freud publica Sobre el mecanismo psíquico del olvido.
María Curie descubre el radio.
Ramsay: criptón.
Herbert Spencer se traslada a Brighton.
R. Koldewey: excavaciones en Babilonia.
George Bernard Shaw: El perfecto Wagneriane (comentario crítico al Anillo de los Nibelungos).
Muere en Daresbury Lewis Carroll.
Ebenezer Howard: Tomorrow, a peasefulpath to read reform. Funda la «Garden city andtownplanning Association».
Nocard identifica los agentes causales de la peripneumonía de los bóvidos.
Bergmann: El tratamiento quirúrgico de las enfermedades del cerebro. Fundación del «Ruskin College» de Oxford.
George Bernard Shaw estrena la comedia César y Cleopatra. Muere Johann Strauss. Nace en Scarborough Charles Laughton. Congreso Internacional de Editores, en Londres.
H. Winterstein descubre la respiración del nervio en actividad.
Landsteiner: grupos sanguíneos.
Arthur Evans comienza sus investigaciones sobre la cultura minoica y cretense.
George Bernard Shaw representa ante un grupo de amigos la comedia Cándida. Walter Crane: Línea y forma. Asalto a una Misión en China, filme de Williamson.
Emil von Behring, Premio Nobel de Medicina. Dutton descubre el agente de la enfermedad del sueño. Hans Driesch: La regulación orgánica. Rudyard Kipling: Kim.
George Gissing: Nuestro amigo el charlatán. Benito Pérez Galdós: Electra. El pequeño doctor, filme de G. A. Smith. Congreso Internacional de Editores, en Leipzig.
Ronald Ross, Premio Nobel de Medicina. Bayliss y Starling: hormonas. Cushing: primera sutura nerviosa. Emil Fischer y Hofmeister demuestran que las proteínas son polipéptidos. George Bernard Shaw: La profesión de Mrs. Warren.
W. Somerset Maugham: Mrs. Craddock. Monet: Puente de Waterloo en Londres. H. Thoma: Cristo con la Magdalena.
N. R. Finzen, Premio Nobel de Medicina. Rosenbach: Médico contra bacteriólogo. Einthoven: electrocardiografía. Nenberg utiliza por vez primera la denominación de Bioquímico. G. Bernard Shaw: Hombre y superhombre. Joseph Conrad publica Tifón. Hugo Riemann: Sistema del ritmo y métrica musical. Muere Paul Gauguin.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1904 Robert Koch recorre el Africa Oriental Alemana con el fin de investigar la fiebre recurrente, la enfermedad del sueño, la fiebre de Tejas y la «fiebre de la costa». Guerra entre Rusia y Japón por el control de Manchuria y Corea; paz de Portsmounth. Fundación de la Fábrica «Rolls-Royce». Olimpiada en St. Luis (USA).
1905 Fleming asiste a partos durante un mes. Se inscribe para el primer examen de cirugía, que aprueba. Consigue el título de «Fellow Royal College of Surgeons». Henry Campbell-Bannerman es nombrado primer ministro inglés. Separación de la Iglesia y el Estado, en Francia.
Fundación de la «National Women’s Social and Political Union», en Inglaterra.
1905 Entra a formar parte del «Inoculation Department» con el equipo del profesor Almroth Wright. Nace Ernst Boris Chain. Conferencia de Algeciras. Matrimonio Alfonso XIII, Victoria Eugenia. Se crea en Italia la «Lipa Nacional para el Sufragio femenino». Terremoto de San Francisco.
1907 Se construye una nueva ala en el edificio del Hospital de Santa María, dedicada a Laboratorio. Entendimiento anglo-ruso sobre las respectivas zonas de influencia en el medio y extremo Oriente. Autonomía de Nueva Zelanda. Fundación de la Agencia «United Press».
1908 Fleming efectúa los últimos exámenes para médico en la Universidad de Londres. Consigue la medalla de oro. Herbert Asquith, premier inglés. Conferencia naval de Londres. Ley alemana por la que se admite a la mujer en organizaciones y mítines políticos. J. M. Keynes enseña en Cambridge.
1909 Publica en The Lancet un estudio sobre el acné. El «Inoculation Department» adquiere carácter oficial. Paul Ehrlich llega a Londres. El Parlamento inglés aprueba la Constitución de la Unión Sudafricana.
Se organiza en Francia la «Unión francaise pour le souffrage des femmes». «Semana trágica» de Barcelona.
1910 Muere en Baden-Baden de una enfermedad cardíaca Robert Koch. Comienza la quimioterapia con la aplicación del salvarsán a la sífilis. Muere Eduardo VII; Jorge V, rey. Proclamación de la República en Portugal. Japón se anexiona Corea. Huelga de mineros en Inglaterra. Violentos choques de las sufragistas inglesas con la policía.
1911 El doctor Porteus ingresa como junior en el «Inoculation Department» del St. Mary Hospital. «Parliament Act»; la Cámara de los lores pierde el derecho de veto, en lo referente a Hacienda. Guerra italo-turca. Acuerdo franco-alemán sobre el Congo. William Taussig: Principios de Economía.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
I. Paulov, Premio Nobel de Medicina. Cajal termina Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados. Boveri: cromosomas. Stolz aisla y sintetiza la adrenalina. George Bernard Shaw escribe La otra isla de John Bull (comedia). James Matthew Barrie: Peter Pan. John Galsworthy: Los fariseos de la isla. Nace en Bristol Gary Grant (actor).
R. Koch, Premio Nobel de Medicina. Schaudinn descubre el treponema de la sífilis. Harden y Young demuestran que la fermentación alcohólica requiere la presencia de fosfato y concentran el primer coenzima. G. Bernard Shaw escribe La comandante Bárbara. Oscar Wilde: De profundis. Herbert George Wells publica Kipps. Jacob Epstein llega a Londres. Combate naval, filme de Williamson.
Camillo Golgi y Santiago Ramón y Cajal, Premios Nobel de Medicina. Schmidtmann: Manual de Medicina forense. Ludolf Brauer emplea el pneumotórax para la paralización de los lóbulos pulmonares. George B. Shaw: El dilema del doctor. John Galsworthy: El propietario. B. Bartok estudia música en Budapest. Walter Sickert: La mujer en góndola. Congreso Internacional de Editores, en Milán.
Charles Laveran, Premio Nobel de Medicina. W. M. Fletcher y Fr. Hopkins demuestran que la acidificación del músculo es la consecuencia de un proceso metabólico anaerobio. Ernst Schweninger: El médico. Rudyard Kipling, premio Nobel de Literatura. James Joyce: Música de Cámara. John Gadsworthy: La casa de campo. Nace, en Dorking, Lawrence Olivier. Napoleón y la flota inglesa (filme inglés).
Eljia Metschmikoff y Paul Ehrlich, premios Nobel de Medicina.
A. Sturli emplea extractos de «aspergillus fu-migatus» para el tratamiento de la tuberculosis. R. Koch viaja al Japón y Estados Unidos.
Edward Gordon Craig: La máscara. Bennett: El cuento de las viejas. Nace Herbert von Karajan. Olimpiada en Londres. Congreso Internacional de Editores, en Madrid.
Theodor Kocher, premio Nobel de Medicina. K. Brodmann propone la división sistemática del córtex en campos o áreas. Ch. Nicolle descubre la forma de transmisión del tifus exantemático. Herbert George Wells publica Tono Bunyay. John Gadsworthy estrena el drama La caja de plata. Charles Chaplin marcha a París.
Albrecht Kossel, premio Nobel de Medicina. Braasch ensaya la pielografía ureteral para el examen radioscópico del tubo digestivo. Bertrand Russell publica en colaboración con Whitehead Principia mathematica. H. G. Wells: La historia de mister Polly. R. Vaugham Williams: Sinfonía del mar. Muere el pintor William Holman Hunt. Congreso Internacional de Editores, en Amsterdam.
Allvar Gullstrand, premio Nobel de Medicina. Muere Santiago Ramón y Cajal. A. Bethe descubre que el ácido láctico no es la sustancia determinante de la contracción muscular. D. H. Lawrence: El pavo real blanco. Chesterton: El candor del padre Brown. Fundación de la «Association of American Painters and Sculptors». Espartaco, filme de Pasquali.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1912 Comienzan las investigaciones bioquímicas sobre las vitaminas. Tratado naval anglo-francés. Asesinato de Canalejas en Madrid. Hundimiento del «Titanic», ante un iceberg. Arthut C. Pigou: Riqueza y bienestar. Olimpiada en Estocolmo.
1913 Emily Davison y Sylvia Pankhurst organizan manifestaciones en favor del derecho de la mujer al voto; miles de sufragistas son arrestadas. Aprobación del «Home Rule» irlandés en la Cámara de los Comunes. Tratado de Londres, que pone fin a la primera guerra Balcánica. Keynes: Moneda y finanzas indias.
1914 Fleming y todo el equipo del laboratorio marchan a Francia; en Boulognesur-mer trabajan todos curando heridos de la guerra. A. Wright es nombrado coronel. Austria declara la guerra a Servia; Alemania, a Rusia, Francia y Bélgica; Inglaterra, a Alemania y Austria; Austria, a Rusia; Servia y Montenegro, a Alemania; Francia, a Austria; Japón, a Alemania y Austria.
1915 Publica en The Lancet sus experiencias con los heridos. El 23 de diciembre contrae matrimonio con Sarah McElroy. Muere Paul Ehrlich. Italia declara la guerra a Austria y Turquía; Bulgaria, a Servia; Inglaterra, Francia, Rusia e Italia, a Bulgaria. Primeros empleos de la aviación. Keynes pasa a la Administración Pública.
1915 Arthur J. Balfour es nombrado ministro de Asuntos Esteriores de la Gran Bretaña. Lloyd George, premier inglés. Batalla de Jutlandia; hundimiento del «Queen Mary». Tirantez de relaciones entre Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica.
1917 Wagner von Jauregg obtiene el tratamiento de la sífilis terciaria mediante inoculación de la malaria. «Declaración Balfour» (Creación en Palestina de una sede nacional para los judíos). Turquía adopta el calendario gregoriano. Creación de Institutos para la Investigación en Economía, en la Universidad de Havard.
1918 Fleming es destinado al Hospital especial de Winereux. Se extiende por el mundo una grave epidemia de gripe. Elecciones generales en Gran Bretaña. Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Haití y Honduras declaran la guerra a Alemania. El Parlamento británico concede a las mujeres el derecho al voto.
1919 En enero, queda libre de sus obligaciones militares. Diserta en el Real Colegio de cirujanos sobre la acción de los antisépticos físicos y fisiológicos sobre una herida séptica. Conferencia de paz en Versalles. Fundación de la Sociedad de Naciones. Independencia de Afganistán. John Maynard Keynes: Las consecuencias económicas de la paz.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Alexis Carrel, premio Nobel de Medicina. B. Aschner descubre la conexión funcional entre la hipófisis y el hipotálamo. Ghom: «foco pulmonar primario». Hevesy y Paneth usan indicadores radiactivos. George Bernard Shaw publica en Londres Pygmalion. Muere Samuel Coleridge-Taylor. Duncan Grant: Bodegón. G. Kolbe: Danzarina (bronce).
Charles Richet, premio Nobel de Medicina. L. Camus y G. Roussy logran la producción experimental de la diabetes insípida. Muere Edwin Klebs. Willstátter y Stoll aislan la clorofila. G. B. Shaw escribe Androcles y el león. David H. Lawrence: Hijos y amantes. Chesterton: La época victoriana en Literatura. Edward Joseph Dent: Opera de Mozart. Congreso Internacional de Editores, en Budapest.
R. Báeány, premio Nobel de Medicina. E. C. Kendalla aisla la tiroxina. L. G. Cole comienza a explorar radiológicamente la vesícula biliar. Homenaje a Paul Ehrlich. James Joyce: Gente de Dublin. Chesterton: La prudencia del padre Brown. R. Vaughan Williams: London Symphony. W. Gropius: Fábrica «Fagus» en Alfeld. Haciendo por la vida, filme de Chaplin.
Ch. Fraipong: Paleontología experimental. Adolf Engler: La familia natural de las plantas. Einstein: teoría generalizada de la relatividad. Chamberlain: Ensayos de guerra. William Somerset Maugham publica Servidumbre humana. Gilbert Keith Chesterton: Historia. Manuel de Falla: El amor brujo. The Lamb, filme de Douglas Fairbanks.
Archibald Vivian Hill perfecciona el estudio térmico de la fisiología del músculo. Bertrand Russell tiene que abandonar el Trinity College por su postura pacifista. Chamberlain: Nuevos Ensayos de guerra. James Joyce publica Retrato del artista adolescente. J. Masefield: Soneto e historia. F. Ll. Wright: Hotel Imperial en Tokio. Carmen, filme de Charles Chaplin.
D’Herelles descubre los fagos (virus que intervienen en la genética bacteriana). Fritz Pregl: Microanálisis. McCollum muestra que la xeroftalmia de las ratas es debida a la carencia de vitamina A. George Bernard Shaw escribe La casa de las penas. W. Somerset Maugham: Nuestros mejores. Muere Augusto Rodin. Lehmbruck: Madre y niño.
Aparece la revista Helvetica Chimica Acta. Muere Georg Canter. Bertrand Russell: Mística y lógica. Chamberlain: Raza y nación. James Joyce publica Desterrados. Thomas Mann: Consideraciones de un impolítico. Anatole France: El pequeño Peter. Juan Gris: La escocesa (cubista). Nash: Construimos un nuevo mundo.
Jules Bordet, premio Nobel de Medicina. Adalbert Czerny publica El médico como pedagogo de los niños. Russell: Introducción a la Filosofía matemática. Whitehead: Principios del Conocimiento. William Somerset Maugham publica La luna y seis peniques. Se introduce el jazz en Londres. Walter Gropins, L. Feininger, Ittner y Marck fundan la «Bauhans» en Weimar.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1920 Se calculan en 20.000.000 los muertos en el mundo, a causa de la gripe de 1918. Acuerdo militar franco-belga. Paz de Tartu (Finlandia-URSS). Instauración del mandato británico en Palestina. Olimpiada en La Haya.
1921 Wright nombra a Fleming subdirector del servicio de Inoculación; John Freeman, más antiguo, se siente profundamente herido. Desastre de Annual (guerra de España en Marruecos). Irlanda, Estado Libre. Creación del Partido Comunista en España. Keynes: Tratado de probabilidad.
1922 Allison entra en el Laboratorio para trabajar con Fleming. Este envía a la Sociedad de Medicina un comunicado sobre sus investigaciones y descubrimiento de la lisozima. No se le hace demasiado caso. A. Bonar Law, premier inglés. Marcha sobre Roma de Mussolini. Tratado de Rapallo (germano-soviético). Fundación del periódico Dail Mail. Gilbert Keith Chesterton ingresa en la Iglesia Católica.
1923 Fórster, químico de Düsseldorf, que trabajaba en la búsqueda de colorantes derivados del benceno del alquitrán, elabora el prontosil. Stanley Baldwin, premier inglés. El general Primo de Rivera da un golpe militar en España. Ocupación francesa de la cuenca del Ruhr. Separación de Transjordania y Palestina. H. Pesch: Manual de Economía nacional.
1924 El 18 de marzo nace su hijo Robert. Presenta a la Royal Society un trabajo titulado A comparison of the activities of antiseptics on bacteria and on leucocytes. Rene Dubos marcha a Estados Unidos. R. Mac Donald, premier inglés. Proclamación de la República en Grecia. Ayuno-protesta de Gandhi. Violencia en los Estados Unidos («Ku-klux-klan»). Olimpiada en París.
1925 El doctor Howard W. Florey es enviado, bajo los auspicios de la Fundación Rockefeller, a Estados Unidos. Allí trabaja en varios laboratorios. Desembarco de tropas españolas en Alhucemas contra Abd-el-Krim. Organización de la Base naval británica en Sin-gapur. Conferencia de Locarno. Fundación de la «Chrysler Corporation».
1926 Ridley, un joven doctor, efectúa un trabajo de investigación en el Laboratorio de Wright; como quiera que sabía mucho de Química, Fleming le pide extraiga lisozima pura. Ridley lo intenta y no lo consigue. Conferencia Imperial de Londres. Golpe de Estado en Portugal. Pángalas, dictador en Grecia. Alemania es admitida en la Sociedad de Naciones. J. M. Keynes: El fin del «laissez faire».
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
August Krogh, premio Nobel de Medicina.
H. Braus y C. Elze: Anatomía humana.
J. Dewey: La reconstrucción en Filosofía.
Arthur Stanley Eddingtom publica Espacio, tiempo, gravitación.
George Bernard Shaw escribe Volviendo a Matusalén.
John Galsworthy: En el tribunal.
William Nicholson: Girasoles.

Stanley Spencer: Cristo lleva la cruz.
Banting y Best aislan la insulina.
Jules Gonin realiza una operación de desprendimiento de retina.
Bertrand Russell: Análisis de la mente.
Ortega y Gasset: España invertebrada.
Rorschach: Psicodiagnóstico.
John Galsworthy: Se alquila.
William Somerset Maugham: El círculo.
Manuel de Falla ejecuta al piano Noches en los jardines de España en el Queen’Hall de Londres.
El Chico, filme de Charles Chaplin.
Archibald W. Hill y Otto Meyerhof, premios Nobel de Medicina.
Warburg y Negelein llevan a cabo las primeras mediciones de la eficiencia cuántica de la fotosíntesis.
Rudolf Carnap: El Espacio.
James Joyce: Ulises.
John Galsworthy: Solidaridad.
R. V. Williams: Pastoral (sinfonía).
F. Hodgkins: Retrato doble.
Frederic Poulsen: Grabado etrusco. La gloriosa aventura, filme de St. Blackton.
Frederick Banting y John R. Macleod, premios Nobel de Medicina.
Keilin redescubre las histohematinas y demuestra los cambios de su estado de oxidación durante la actividad respiratoria.
August Bier: Regeneración del hombre.
George Bernard Shaw publica en Nueva York Santa Juana, drama histórico en seis actos y un epílogo.
Joseph Conrad: El aventurero.
E. Mendelsohn: Buildings and sketches.
El peregrino, filme de Charles Chaplin.
Willem Einthoven, premio Nobel de Medicina.
Bayliss: Principios de Fisiología general.
Max Hartmann: Biología general.
La Universidad de Harvard invita a Whitehead a ocupar una cátedra de Filosofía.
Muere en Oxford Francis H. Bradley.
John Galsworthy: El mono blanco.
Margaret Kennedy: La ninfa constante.
Muere el compositor Charles Stanford.
H. G. Scheffaner publica un artículo en Architectural review sobre la obra de Gropius.
El ladrón de Bagdad, filme de D. Crisp.
Briggs y Haldane aportan importantes refinamientos a la teoría cinética enzimática.
José Ortega y Gasset publica La deshumanización del arte e ideas sobre la novela.
Thomas Hardy: Aspectos humanos.
W. Somerset Maugham: El veto pintado.
Alban Berg: Wozzeck (ópera).
Peter Behrens construye cerca de Northampton una villa formada por un bloque cuadrado.
La quimera del oro, filme de Chaplin.
Johannes Fibiger, premio Nobel de Medicina. Sumner cristaliza por vez primera un enzima, la ureasa, demostrando que es una proteína. Jansen y Donath aislan la vitamina B (tiamina) de la cáscara del arroz. Chesterton: La incredulidad del padre Brown. John Galsworthy: Evasión.
Sir John Barbirolli es nombrado director de la «British National Opera».
Ernst Lubitsch llega a los Estados Unidos.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1927 Fleming, tras muchas y pacientes investigaciones, sospecha que la acción de los fagocitos se debe, en parte, a la lisozima que contienen.
René Dubos se doctora en Medicina en la «Rutger University».
Conferencia Colonial británica. Coalición antifascista en el exilio.
Tropas estadounidenses en Nicaragua.
Camberra, capital de Australia. Congreso de la Población, en Ginebra.
Fundación de la «Vickers-Armstrong».
1928 La contaminación casual de un cultivo de estafilococos permite a Fleming observar que el crecimiento de un moho («penicillium notatum») llega a disolver las colonias bacterianas.
La inestabilidad de los extractos le impide seguir adelante en su investigación.
Pacto Briand-Kelleg (renuncia a la guerra como medio para resolver los conflictos).
Carmona, presidente de Portugal.
Tropas paraguayas atacan y destruyen, en el Chaco, el fortín «Vanguardia».
Fuad I de Egipto disuelve el Parlamento. Olimpiada en Amsterdam.
1929 El 13 de febrero presenta un comunicado en el «Medical Research Club».
Florey regresa a Inglaterra y conoce los descubrimientos de Fleming.
Mac Donald, premier inglés.
Quiebra la Bolsa de Nueva York.
Pactos lateranenses.
Doce niños, que habían sido vacunados contra la difteria, mueren horas más tarde; las vacunas estaban contaminadas.
1930 En la «Agricultural Experimental Station» de Pennsylvania College, Roger D. Reid se interesa por el moho descubierto por Fleming en Londres. Dimisión de Primo de Rivera.
Pacto de San Sebastián.
Crisis del café en Brasil.
Ch. S. Johnson publica El negro en la civilizaáón americana.
1931 Alexander Fleming, hablando ante el «Royal Dental Hospital» reafirma una vez más, su fe en la penicilina. Proclamación de la II República española. Unión Aduanera (Austria-Alemania).
Encíclica Quadragessimo anno, de Pío XI. Arango, dictador en Ecuador, es derrocado por un directorio militar.
1932 Explica el resultado de sus ensayos en el Journal de Pathologie et de Bactériologie.
Domagk administra dosis de prontosil por vía parenteral a ratones infectados por estreptococos hemolíticos.
El presidente francés Doumer es asesinado.
Salazar, presidente del Consejo en Portugal.
Inquietud política en España.
Creación del Banco Central Argentino.
W. Sombart: El futuro del capitalismo.
Olimpiada en Los Angeles.
1933 Se inaugura en Londres una nueva Escuela de Medicina.
Ernst Boris Chain se traslada a Inglaterra; empieza a trabajar en Londres, y, luego, en Cambridge.
En España, sublevación anarcosindicalista en Casas Viejas (Cádiz).
Fundación de la Falange por José Antonio.
Constitución portuguesa («Estado Novo»).
«Revolución de los Sargentos», en Cuba.
Aparece la revista Econométrica.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Julius Wagner von Jauregg, premio Nobel de Medicina.
Muller y Stadler demuestran la mutación artificial de los genes por los rayos X.
Windaus descubre que el ergosterol es el precursor de la vitamina D.
Chesterton: El secreto del padre Brown.
Thomas E. Lawrence: Rebelión en el desierto.
Weill: Royal Palace (ópera de jazz).
K. Hofer: Jazz band (expresionista).
Edward Burra: Terraza.
Nace en Connemara (Irlanda) Peter O Toole.
Charles Nicolle, premio Nobel de Medicina. Von Monakow publica Introducción biológica al estudio de la neurología.
Euler aísla el caroteno demostrando su actividad vitamínica D.
Eggleton descubre el fosfágono en el músculo.
Whitehead: Los fines de la educación.
George Bernard Shaw publica Guía del socialismo para la mujer inteligente.
Muere en Dorchester Thomas Hardy.
John Galsworthy: El canto del cisne.
Virginia Woolf: Orlando.
Weill: La ópera de tres ochavos.
El circo,
filme de Charles Chaplin.
Christiaan Eijkmann y Frederick G. Hopkins, premios Nobel de Medicina.
Se intensifican en todo el mundo los estudios e investigaciones sobre las vacunas.
Bertrand Russell: Matrimonio y moral.
Whitehead: Proceso y realidad.
Charles Morgan: Un retrato.
Fundación del Museo de Arte Moderno de Nueva York; se inagugura con obras de Cézanne, Gauguin, Seurat y Van Gogh.
St. Spencer: Campesina.
Dinamita,
filme de Cecil B. de Mille.
Karl Landsteinar, premio Nobel de Medicina. Vikton von Weizsácker: Enfermedad social y curación social.
Russell: La conquista de la felicidad.
Ortega: La rebelión de las masas.
Freud: El malestar de la cultura.
W. S. Maugham: Dulces y cerveza.
Fundación de la Orquesta Sinfónica de la British Corporation Broadcasting.
E. Owen Williams: Talleres de la Boot’s Company en Beeston.
La viuda provisional, filme de L. Olivier.
Otto H. Warburg, premio Nobel de Medicina. Butenand describe la androsterona.
Engelhardt descubre que la fosforilación va acoplada con la respiración.
Otto Neurath: Sociología empírica.
George Bernard Shaw publica su novela (escrita en 1819) Inmadurez.
John Galsworthy: La doncella.
Hash: Cinética (abstracto).
Billete amarillo, filme de Lawrence Olivier.
Charles Scott Sherrington y Edgar D. Adrian, premios Nobel de Medicina.
F. Kógl aísla la vitamina H.
H. Kayser: Manual de espectroscopia.
Warburg y Christian descubren la «fermento amarillo», una flavoproteína.
John Galsworthy, premio Nobel de Literatura. George Bernard Shaw escribe Aventuras de la negrita en busca de Dios.
Sir Thomas Beecham organiza la Orquesta Filarmónica de Londres.
Cornell y Ward: Casa en Grayswood.
Thomas H. Morgan, premio Nobel de Medicina.
Keilin aísla el citocromo c y reconstituye el transporte electrónico de preparados particulados de corazón.
Muere en Londres John Galsworthy. Sir Hugh Seymout Walpole: La fortaleza. B. Lubetkin y Tecton: grupo de viviendas, «Highpoint», en Londres.
Fundación de la School of American Ballet. Enrique VIII, filme de Alexander Korda.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1934 El doctor Holt, bioquímico, se siente interesado por las investigaciones de Fleming; acepta efectuar una tentativa de purificación de la penicilina. Pasa ésta a una solución de acetato, pero desaparece luego. Asalto del Palacio Borbón.
Muere Hindenburg; le sucede Adolf Hitler en la presidencia.
Entrevista Hitler-Mussolini en Venecia.
Tropas españolas ocupan Sidi Ifni.
«Larga marcha» de Mao Tse-Tung.
1935 Gerhard Dumagk comunica a la Royal Society los resultados de sus experiencias con el prontosil.
Howard W. Florey es nombrado profesor de Patología en el «Sir William Dunn Scholl», de Oxford.
Stanley Baldwin, premier inglés.
Hitler dicta las «leyes de Nürnberg».
Formación del Frente Popular en España.
Se firma la paz entre Bolivia y Paraguay.
John Maynard Keynes: Teoría general del empleo, del interés y de la moneda.
1936 II Congreso Internacional de Microbiología, en Londres.
Fleming describe su descubrimiento y su opinión acerca de la sustancia activa del «Penicillium».
Chain pasa a trabajar a Oxford.
Muere Jorge V; tras la renuncia de Eduardo VII, su hermano, Jorge VI, rey de Gran Bretaña. Guerra civil en Palestina.
Comienza la guerra civil española.
Botadura del «Queen Mary» (66.000 tm.). Olimpiada en Berlín.
1937 Howard W. Florey encarga a los profesores Roberts y Abraham que intenten obtener lisozima pura; éstos lo consiguen. Chamberlain, premier inglés.
Promulgación del «Acta Orgánica», en Brasil («Estado Novo»).
Guerra chino-japonesa; los japoneses ocupan Pekín y Shanghai.
Muere John Davison Rockefeller.
1938 René Dubos utiliza las propias bacterias del suelo para destruir las bacterias que producen enfermedades en los vegetales o en el suelo mismo; aísla un bacilo esporífero («bacillus brevis»), que destruye los neumococos. Huelga general en Francia.
Conferencia de Munich; el III Reich se anexiona el territorio de los sudetes.
El primer ministro japonés proclama la instauración de un «nuevo orden».
Leyes antisemitas en Italia.
1939 Fleming viaja a Estados Unidos. Rení Dubos consigue dos subproductos de la tirotricina, a los que llama «gramicidina» y «triocidina».
Waksman aísla la actinomicina del «actinomices antibiotium».
Termina la guerra civil española.
Comienza la segunda guerra mundial.
«Libro Blanco» de Gran Bretaña sobre Palestina.
Tropas italianas ocupan Albania.
Atentado frustrado contra Hitler.
A. Weber: Dinero, Banca, Bolsa.
1940 El equipo de Oxford lleva a cabo un experimento a base de penicilina con tres grupos de ratones infectados de estafilococos, estreptococos y clostridium Septicum, respectivamente; comprueban que los inyectados sanan. Winston Churchill, premier inglés.
La aviación alemana bombardea Rotterdam.
Capitulación de Holanda. Los alemanes entran en Bruselas. Ocupación de París.
La Luftwaffe bombardea intensamente Inglaterra (20.505 Tn).
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
George H. Whipple, George R. Minot y William P. Murphy, premios Nobel de Medicina. G. Ricker: Patología relacional.
Ernest Lawrence: ciclotrón.
Betrand Toynbee: Estudio de la historia.
Herbert George Wells publica Inntento de autobiografía.
Muere el compositor F. DElins.
Termina La Oxford History of Music (siete volúmenes desde 1929).
La patrulla perdida, filme de John Ford.
Hans Spemann, premio Nobel de Medicina. Rose descubre la treonina, el último de los aminoácidos esenciales identificados.
Stanley cristaliza, por vez primera, en virus, el del mosaico del tabaco.
Encyclopaedia Britannica (29 tomos).
Graham Greene: La habitación del sótano.
Thomas S. Eliot: Asesinato en la catedral.
R. Vaugham Williams: Sinfonía n.° 4.: 1 Mendelsohn y Chermayeff: Casa en Church Street, Chelsea.
Pygmalion (de G. B. Shaw), filme de Engel.
Henry H. Dale y Otto Loewi, premios Nobel de Medicina.
T. Casparsson: análisis microscópico de la célula, con rayos ultravioletas.
Philipp Fauth: Nuestra luna.
E. Stuart Bates: Inside out.
El 14 de julio muere en Londres Gilbert Keith Chesterton.
J. Piper: Pintura abstracta.
N. Peusner: Pioneers of modern movement from William Morris to Walter Gropius.
Sabotaje,
filme de Alfred Hitchcock.
Albert Szent-Gyorgi, premio Nobel de Medicina.
Krebs descubre el ciclo del ácido cítrico. W. H. Carothers descubre el nylon.
H. Focke inventa el helicóptero.
Jaspers: Descartes y la Filosofía.
A. J. Cronin: La cindadela.
Sir John Barbirolli es nombrado director de la Filarmónica de Nueva York.
N. Pevsner: An inquiry into industrial art in England.
Elephant-Boy,
filme de Flaberty y Korda.
Corneille Heymans, premio Nobel de Medicina.
Bernhard de Rudder: Meteorobiología humana.
Hill constata que las suspensiones de cloroplastos, exentos de células, desprenden oxígeno al ser expuestos a la luz en presencia de un aceptor electrónico.
George Bernard Shaw: Ginebra.
Graham Greene: La roca de Brighton.
W. Nicholson: Vasija de cristal y fruta.
Oskar Kokoschka llega a la Gran Bretaña.
Grant: Figura entre farolillos.
La cindadela,
filme de K. Vidor.
Gerhard Domagk, premio Nobel de Medicina.
Freud marcha a Londres y allí muere.
Paul Müller descubre el D.D.T.
Bertrand Russell enseña en la Uversidad de California.
Ortega y Gasset: Ensimismamiento y alteración.
Graham Greene: Agente confidencial. Thomas S.
Eliot: Reunión de familia.
James Joyce: La vela de Finnegan.
En Alemania, la radio divulga canciones militares («Wir fabren gegen Engeland», «Bamben auf Engeland», etc.).
Karl Landsteiner y Wiegner descubren el factor Rhesus en la sangre humana.
W. Goetsch: Investigaáón biológica sobre los insectos.
Beadle y Tatum deducen la relación de un genun enzima.
Graham Greene: El poder y la gloria.
Bertolt Brech: El proceso de Lúculo.
Fundación de «Juventudes Musicales». W. Nicholson: Lord y Lady Strafford.
H. Moore: La novia. Luz de gas, filme de Thorold Dickinson.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1941 El 11 de febrero el doctor Florey administra por primera vez penicilina a un hombre, en el «Radcliffe Infirmary», de Oxford. El enfermo, que se encontraba en fase preagónica, sanaba a las veinticuatro horas. La aviación alemana sobrevuela Oxford en su ruta hacia la destrucción de Conventry. Rudolf Hess vuela a Inglaterra (?). Entrevista Franco-Mussolini. «Carta del Atlántico» (Roosevelt-Churchill). Ataque japonés a Pearl Harbor.
1942 Fleming comprueba el efecto del «penicillium» en un enfermo gravísimo, con síntomas de meningitis, que queda completamente restablecido. Aparece un editorial en el Times, titulado Penicillium. Tratado de Cintra («Pacto Ibérico»). Tropas aliadas desembarcan en Marruecos y Argelia. Retirada de Rommel. Los japoneses se apoderan de Manila. Construcción de la autopista de Alaska. Colin Clark: La Economía de 1960.
1943 Urgoiti y Urioste aéslan del medio ambiente una serie de esporas del penicillium, investigando su posible poder bactericida frente a una colonia de estafilococos. Desembarco aliado en Sicilia.
Conferencia de Casablanca.
Caída de Mussolini.
Conferencia de Teherán.
Tito, jefe de las guerrillas yugoslavas.
Aparece un nuevo volcán en Méjico.
1944 Fleming es investido con el título de Sir; la ceremonia se celebra en los sótanos de Buckingham Palace. Gónzalez Juan, Suñer Pi y González publican, en la revista Medicina Clínica, Obtención de la penicilina y otras experiencias. Alemania lanza sobre Inglaterra, en junio, las primeras bombas volantes. Liberación de París, Bruselas y Amberes. Los ingleses, en Grecia. Contraofensiva alemana de Von Rundstedt en las Ardenas.
1945 Sir Alexander Fleming es nombrado presidente de la Sociedad de Microbiología General.
En verano recorre Estados Unidos; en Harvard es hombrado doctor. En septiembre llega a Francia; se le nombra comendador de la Legión de Honor.
El 25 de octubre recibe la noticia del Premio Nobel concedido a él, a Florey y Chain, por partes iguales. Viaja a Estocolmo.
Los laboristas suben al poder en Gran Bretaña; el socialista Attlee, primer ministro. Proclamación de la República de Indonesia. Ocupación soviético-americana de Corea. Los comunistas ocupan el norte de Vietnam; Gran Bretaña, el Sur. Comienza la guerra. El 26 de junio, representantes de 50 Estados firman la Carta de la ONU.
Numerosos exiliados por toda Europa. Nacionalización del Banco de Inglaterra.
1946 El 1 de octubre ingresa en el St. Mary’s Hospital la doctora Amalia Contdouris-Voureka. Fundación de la OMS y de la UNESCO. Boicot internacional contra España. Proclamación de la independencia Filipina. Muere John Maynard Keynes.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Howard Florey y Norman Heatley ante las dificultades por las que pasa Europa, se dirigen a los Estados Unidos, auspiciados por la Fundación Rockefeller.
El «National Regional Research Laboratory», en Peoría, comienza a fabricar penicilina.
Muere Virginia Woolf.
A. J. CRonin: Las llaves del reino.
Egk: Columbus (oratorio).
S. Giedion: Espacio, Tiempo y Arquitectura.
Bowden: Iglesia Católica en Addis Abeba.
Nash: Bombas sobre Berlín.
Waksman y Woodruff aislan la estreptotricina del «actinomices lavandulae».
Aitken inventa el cerebro electrónico.
Bloch y Rittenberg descubren que el acetato es el precursor del colesterol.
R. Carnap: Introducción a la Semántica.
Saroyan: Comedia humana.
Henry Moore: Roca roja y figura sentada (surrealista).
Graham Sutherland: Paisaje rojo.
J. Piper: Windson Castle.
Los que viven en el mar,
filme de D. Lean.
Dam y Daisy, premios Nobel de Medicina. P. González Juan inicia en Noviembre sus experiencias con la penicilina.
Ochoa demuestra que la relación P:o de la fosforilación oxidativa de los ácidos tricarbo-xílicos es de 3,0.
John Ernst Steinbeck trabaja como corresponsal de guerra del Herald Tribune, en Inglaterra.
R. Vaughan Williams: Sinfonía n.° 5.
Michael Ayrton: Mosca durmiendo (surrealista).
Triunfo en el desierto, filme de Roy Boulting.
Joseph Erlanger y Herbert S. Gasser, premios Nobel de Medicina.
Selman A. Waksman y A. Schatz descubren la estreptomicina del microorganismo «Streptomyces griseus».
E. Schródinger: ¿Qué es la vida?
William Somerset Maugham publica la novela titulada El filo de la navaja.
Se celebra una exposición de arte concreto en Basilea, con obras de Arp, Calder, Gabo, Kandinsky, Mondrian, H. Moore y otros.
Enrique V, filme de Lawrence Olivier.
B. M. Duggar descubre el tetraciclinas en el microorganismo «Streptomyces aureofaciens»; Brotzu encuentra el antibiótico cefalosporinas en el «Cephalosporiun acremonium».
Estados Unidos produce 12.000 kgs. de penicilina y 6.000 de estreptomicina.
J. Trueta realiza estudios acerca de la arquitectura fisiológica de los vasos renales.
Ernst Kretschmer: Psicologia médico.
Auge de los «comics» (historietas ilustradas para niños) en el mundo.
Benjamin Britten: Peter Grimes (ópera).
Muere Pietro Mascagni.
Prokofiev: Oda al fin de la guerra.
Nash: Eclipse de sol (surrealista).
H. Bloom: El tesoro escondido (simbolista).
St. Davis: Sólo para uso interno (abstracto).
El camino hacia las estrellas, filme de Asquith.
Breve encuentro, filme de David Lean.
Hermann J. Muller, premio Nobel de Medicina.
H. E. Sigerist: Civilización y enfermedad.
M. Delbrück, Luria y otros investigan sobre las diferentes clases de bacteriófagos.
El 13 de agosto muere en Londres Herbert George Wells.
Sir Thomas Beecham organiza la «Royal Philarmonic».
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1947 El 30 de abril muere Sir Almorth Wright.
Su fallecimiento afecta profundamente a Fleming.
La ONU recomienda la división de Palestina.
Proclamación de la Independencia india.
Gran Bretaña nacionaliza la aviación civil, las minas y el carbón.
Muere Henry Ford.
1948 Viaja de nuevo a Francia.
En mayo llega a España; visita Barcelona, Sevilla, Madrid y Toledo.
Por todas panes recibe homenajes y regalos.
Gran Bretaña renuncia a su mandato sobre Palestina; creación del Estado de Israel. Creación de la OEA.
Tropas soviético-americanas salen de Corea. Olimpiada en Londres.
1949 Se traslada a Roma para ser investido miembro de la Academia Pontificia.
Embarca en el «Queen Elizabeth» hacia Estados Unidos para asistir a la inauguración de la «Oklahoma Foundation». El 22 de noviembre muere Sarah.
Proclamación de la República del Eire. Devaluación de la libra esterlina.
Creación de la OTAN, en Washington.
Creación de la «Compañía Española de Penicilina» y de la «Industria Española de Antibióticos» para fabricar penicilina.
1950 Fleming viaja a Estocolmo para asistir a una reunión del Instituto Nobel.
Amalia viaja a Grecia; le ofrecen la jefatura del laboratorio del Hospital Evangelismos, de Atenas.
Inglaterra reconoce a la República Popular China. USA ensaya la bomba de hidrógeno.
La ONU envía a Corea un contingente militar al mando del general Mac Arthur.
Fundación del Consejo Mundial de la Paz.
1951 Asiste a una Conferencia de la UNESCO en la India.
Su hijo Robert hace el servicio militar.
En junio Sir Alexander Fleming invita a Amalia a pasar un fin de semana en Barton Mills.
Winston Churchill es nombrado primer ministro de la Gran Bretaña.
Tratado de paz USA-Japón.
El presidente Truman sustituye a Mac Arthur.
Comienzan las obras de construcción de la fábrica «Antibióticos, S. A.», en León.
1952 Mc Guire descubre la eritromicina en el «Streptomices erythreus».
El 6 de febrero muere Jorge VI; le sucede su hija, con el nombre de Isabel II.
Revolución en Bolivia.
Nueva Constitución en Uruguay.
Los holandeses abandonan Indonesia.
Comienza la actividad del «Mau Mau», en Kenia; detenciones en masa de la política británica.
Olimpiada en Helsinki.
1953 Fleming contrae matrimonio con Amalia el 9 de abril.
Viajan a Cuba y Estados Unidos.
En octubre, enferma; se le inyecta penicilina y mejora. Suspende su viaje a Niza, pero envía a su mujer.
Proclamación de la República en Egipto.
La URSS anuncia la posesión de la bomba H.
Tratado hispanonorteamericano; bases aero-navales USA, en España.
Muere Stalin.
Armisticio de Panmunjon; división de Corea.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Bernard Houssay, Carl F. Cori y Gerty Cori, premios Nobel de Medicina.
Burkbolder descubre el cloranfenicol en el microorganismo «streptomyces venezuelae».
Graham Greene: Diecinueve historias.
L. P. Hartley: Eustaquio y Hilda.
Roberto Gerhard: Dueña (ópera bufa).
H. Moore: Grupo en familia (bronce).
Odd man out, filme de C. Reed.
Paul Müller, premio Nobel de Medicina.
Se descubre la acción terapéutica de la cortisona en el reumatismo de las articulaciones.
Estados Unidos produce 62.000 kgs. de penicilina y 37.000 kgs. de estreptomicina.
Thomas Steams Eliot, premio Nobel de Literatura.
R. Vaughan Williams: Sinfonía n° 5.
Jerome Moross: Willy the weeper.
Hamlet,
filme de Lawrence Olivier.
Walter Rudolf Hess y Caetano de A. F. Egas Moniz, premios Nobel de Medicina.
H. T. Clarke: The Chermistry of Penicillin.
R. Kuhn: genética bioquímica.
A. Kelner descubre la reanimación de las bacterias con los rayos ultravioletas.
Graham Greene: El tercer hombre. George Orwell: 1984.
Exposición de Kokoschka en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Primer Congreso Internacional de Cine cultural, en Hamburgo.
Philip S. Hench, Edard C. Kendall y Tadeusz Reichstein, premios Novel de Medicina.
Hazen y Brown hallan la nistalina en el microorganismo «streptomices noursei».
B. Russell, premio Nobel de Literatura.
El 2 de noviembre muere, en Ayot St. Lawrence, George Bernard Shaw. George Barken: News of the world. Se establece en París un Centro de Documentación Internacional de Música. El Estado misterioso, filme inglés.
Max Theiler, premio Nobel de Medicina. Nikolas Tinbergen: La educación del instinto. H. Walther-Büel: Farmacopsiquiatría. V. von Weizsácker: El hombre enfermo. Estados Unidos produce 195.000 kgs. de penicilina y 160.000 de estreptomicina. Thomas S. Eliot: The cocktail Party.
Graham Greene: El fin de la aventura.
Benjamin Britten: Billy Budd (ópera).
Matthew: Festival Hall, en Londres.
Se crean en Londres el «National Film Theatre».
Selman Abraham Waksman, premio Nobel de Medicina.
A. Bethe: Fisiología general.
N. D. Zinder y J. Lederberg descubren el proceso de los bacteriófagos.
Muere en Nueva York John Dewey.
Samuel Beckett: Esperando a Godot.
W. Spengler y H. H. Rust: órgano electrónico
con toda clase de timbres.
Francis Bacon: Perro.
Barbara Hepworth: Estatua.
Los papeles de Pickwick, filme de Langley.
Fritz A. Lipmann y Hans Adolph Krebs, premios Nobel de Medicina.
D. Fraser y R. C. Williams observan con el microscopio electrónico la estructura de bacteriófagos (cabeza donde se contiene el ADN, envoltura, cola y pie).
Winston Churchill, premio Nobel de Literatura.
Muere Eugene Glastone O’Neill.
Benjamin Britten: Gloriana (ópera).
Muere la contralto Katheleen Ferrier. Jean Bazaine: Chicago (abstracto).
La ópera del mendigo, filme de Brook.
FLEMING Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1954 A mediados de noviembre hace un viaje
a Burdeos, donde es recibido con todos
los honores.
Tensión Iglesia Católica-Perón.
Sublevación armada en Argelia.
Capitulación francesa en Dien Bien Phu.
Luchas de guerrillas del movimiento griego
EOKA contra los proyectos de autonomía
de turcos e ingleses.
1955 Umezawa descubre la kanamicina en el
«Streptomices kanamyceticus».
El 11 de marzo cae gravemente enfermo; no le da importancia, pero poco
después, muere Alexander Fleming.
Anthony Eden, premier inglés.
Dimisión de Perón; Aramburu, presidente.
Conferencia afroasiática en Bandung.
Conferencia sobre automatismo en Londres.
L. R. Klein y A. S. Goldberger: El modelo
económico de los Estados Unidos.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
John F. Enders, Thomas H. Weller y Frede
rick C. Robbins, premios Nobel de Medicina.
P. Niehams: La terapia celular.
J. Salk: vacuna antipoliomelítica.
Se celebra en Londres un Congreso Interna
cional de Gerontología.
J. B. Priestley: El mago.
Muere Jacinto Benavente.
Lennox Berkeley: Nelson (ópera).
Williams Scott: Figura sentada.
Max Ernst: solitario (abstracto).
Señor en casa, filme de David Lean.
Hugo Theorell, premio Nobel de Medicina.
Richard Goldschmidt: Teoría genética.
Albert Frey-Wyssling: Estructura submicros
cópica del citoplasma.
H. Schelsky: Sociología de la sexualidad.

Muere José Ortega y Gasset.
Muere Thomas Mann.
Michael Tippett: The Midsummer Marriage
(ópera).
Lynn Chadwick: Tres figuras de pie.
Reg Butler: Fetiche (bronce).
Ricardo III, filme de Lawrence Olivier.