Adolf Hitler (Versión para imprimir)
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La inmensa mayoría de las muchas páginas que se han escrito sobre Hitler y el nacionalsocialismo alemán de los años treinta y de la Segunda Guerra Mundial se han consumido en largas exposiciones sobre el ceremonial y pomposos despliegues de las concentraciones y desfiles de las SA y de las SS, de las juventudes hitlerianas y de los jerarcas del partido, de la heroica, casi milagrosa, recuperación económica y el rearme semiclandestino de la Alemania humillada tras su derrota en la primera gran guerra y a pesar de la difícil coyuntura internacional a raíz del «crac» de 1929, sobre la sistemática persecución de los judíos y de otras minorías raciales y sobre los horrores de los campos de concentración y de exterminio, sobre los nazis que se dispersaron por el mundo, especialmente por Latinoamérica, y sobre los que quedaron atrapados en Alemania y pasaron por el banquillo de Nürenberg, etc., etc.
De todo eso se ha escrito ampliamente y a fe que bien merecía la pena conocerlo como primer paso para lamentarlo y para evitar que se repitan situaciones similares, al menos por esos mismos caminos.
Pero nada de todo ello tendría sentido si no se conoce a fondo la personalidad obsesiva y resentida, elemental y complicada, de un hitler que, como todos los personajes sobresalientes, se ha repartido a partes iguales las filias y las fobias de sus contemporáneos y que todavía es punto de referencia para más de uno. a este propósito no estará de más recordar lo que, en un momento tan crítico como el verano de 1939, decían de hitler el embajador de España en berlín, almirante marqués de magaz, y el agregado militar, vizconde de Rocamora: en sus informes a Madrid le calificaban de «carácter lunático».
Solo así, conociéndole a fondo, se tendrá la suficiente perspectiva como para entender e interpretar la lógica trayectoria de un austríaco que, potenciando el pangermanismo, quiso adueñarse del mundo. nadie puede negar que la trayectoria humana y política de hitler es de una lógica aplastante y de una coherencia a prueba de cualquier análisis sociopolítico, partiendo de unas premisas que se dan por buenas en la práctica a que nos tienen acostumbrados los hombres públicos en todas las partes del mundo.
Piénsese, por ejemplo, en la habilidad con que supo captar, encauzar e impulsar el sentimiento de frustración, de impotencia y de rabia del pueblo alemán tras las humillaciones a que fue sometido por el tratado de versalles. Piénsese también en la habilidad con que supo jugar la carta de la «legalidad» en su avasalladora ascensión hacia el poder absoluto, dictatorial, por la pendiente de la violencia. piénsese, finalmente, en la habilidad con que supo torear —valga la expresión tan gráfica para nosotros— a las democracias occidentales hasta llevarlas, siempre dentro de la «legalidad», a su propio terreno, el de la amenaza controlada y arropada por fervientes peroratas en favor de la paz mientras se preparaba para la guerra.
Así las cosas, ¿quién se habría resignado a vencer la tentación de imponer a los demás la propia superioridad tenazmente conseguida y conscientemente asumida? los hechos vinieron a demostrar que fue un error, un inmenso error. pero que nadie venga a negar que no había lógica en todo eso, a no ser que tengamos que admitir que lo que falló y sigue fallando es la lógica de las reglas del juego político, que los medios no justifican el fin, sobre todo si el fin tampoco es bueno. en todo caso, que nadie se rasgue las vestiduras y vea si puede tirar la primera piedra...
Introducción
PESE a que sobre Hitler está todo dicho y son innumerables los escritos a él dedicados, no podemos dar comienzo a esta historia sin antes haber realizado una incursión por su complicada personalidad, a la que ha tratado de atribuirse todo tipo de significados y matices.
Estas opiniones han ido desde considerarle dotado de un carisma especial, hasta simplemente como un símbolo de Alemania y de su deseo de dominar a Europa, pasando por la versión de que era un poseso o una marioneta cuyos hilos movía el capitalismo alemán.
Lo cierto es que fue un ser que, lo mismo que el movimiento nazi al que representaba, apareció en el momento justo, cuando en Alemania todas las circunstancias se presentaban a favor de aquel tipo de convulsión.
Adolfo Hitler, físicamente, era un ejemplar más bien bastante ordinario e impersonal, en el que lo único digno de destacar eran los ojos, sumamente expresivos, que comunicaban a todo su rostro la movilidad necesaria para hacerlo cambiar constantemente de aspecto.
Un orador efectista
Su facultad más acusada para convencer a las multitudes radicaba en la oratoria, que dominaba en un sentido totalmente práctico, pese a que su voz no era precisamente muy agradable. Consideraba infinitamente más efectiva la palabra hablada que la escrita y así lo proclama en el prefacio de «Mein Kampf»:
«Yo sé que los partidarios conquistados por medio de la palabra escrita son menos que los conquistados merced a la palabra hablada y que el triunfo de todos los grandes movimientos habidos en el mundo ha sido obra de grandes oradores y no de grandes escritores.»
Poseía Hitler una habilidad especial para adivinar los pensamientos y las más escondidas pasiones de su auditorio. Explotaba su propio resentimiento para hacer aflorar el ajeno y reflejar a continuación en sus palabras todo lo que quienes le escuchaban llevaban muy dentro sin haber podido expresarlo en mucho tiempo. Esto suponía un conocimiento sicológico de las masas tan agudo que ha llegado a decirse de Hitler que tenía poderes de médium o hechicero, para lograr unos tan satisfactorios resultados colectivos.
Sin embargo, esta facilidad para conseguir casi hipnotizar a su auditorio debió llegar a alcanzarla después de un profundo análisis y una atenta observación de la naturaleza de las masas, puesto que ya en «Mein Kampf» da toda una serie de normas ai respecto:
«… Hoy me enorgullezco de haber descubierto los medios que nos permitieron, no sólo hacer ineficaz la propaganda de nuestros adversarios, sino, además, apabullar con sus propias palabras a quienes la concibieron. Al cabo de dos años, yo era maestro de ese arte.
«Cada vez que yo hablaba, procuraba tener de antemano una idea clara de la forma y carácter probables de los argumentos que habíamos de afrontar durante la discusión para hacerlos añicos en mi propio discurso de apertura; la cosa consistía en mencionar de una vez la suma máxima de argumentos contrarios, probando su inconsistencia.»
Y algo más adelante especifica:
«El orador, guiado de continuo de su propio auditorio, lo cual le permite enmendar su arenga, y conducido por la observación del semblante de sus oyentes, puede en todo momento saber hasta qué punto logran éstos seguir con inteligencia sus argumentos y comprobar si sus palabras producen el efecto deseado, al paso que el escritor no, tiene ningún contacto con los lectores. De aquí que no pueda preparar sus frases con el fin de dirigirse a una muchedumbre sentada enfrente de sus ojos…
«Supongamos que un orador observa que su auditorio no le comprende; pues aclarará sus conceptos en una forma tan sencilla y elemental que nadie dejará de interpretarle; si advierte que sus oyentes son incapaces de seguir el hilo de su discurso, pues reconstruye lenta y cuidadosamente sus ideas para que las entienda hasta el menos inteligente; y, también, cuando notare que el público no da pruebas de convencerse del acierto de sus argumentos, podrá repetir éstos una y otra vez, ilustrarlos con nuevos ejemplos y replicar a las mudas objeciones de la concurrencia; y así proseguirá hasta que el último reducto de la oposición le manifieste con su conducta y con sus expresiones que ha capitulado al fin ante los razonamientos reunidos para demostrar el caso.»
En otro apartado del libro dice, abarcando a un tiempo el tenia de la oratoria y el de la propaganda:
«Un gran teórico resulta rara vez un gran caudillo. Es muy probable que un agitador posea esta cualidad en grado muchísimo mayor, novedad ésta que resultará seguramente poco grata a aquellos cuya contribución a un asunto cualquiera es de naturaleza simplemente científica. Un agitador capaz de transmitir una idea a las muchedumbres es un sicólogo, aun cuando sólo se trate de un demagogo. Siempre resultará mejor como caudillo que el teórico retraído, que nada sabe acerca de los hombres. Porque el hecho de ejercer la dirección exige capacidad para conmover a la multitud. El talento para engendrar ideas nada tiene que ver con la aptitud para la dirección. Así, la reunión de las cualidades del teórico, del organizador y del caudillo en un solo hombre, constituye el fenómeno más raro que se puede registrar en este planeta; en él consiste la grandeza.»
Otra de las más destacadas facetas de Hitler era el dar la sensación de seguridad y la capacidad de transmitir esta sensación a quienes le rodeaban. Asimismo, daba la impresión de poseer conocimientos acerca de todo y de dominar siempre las situaciones. Lo cierto es que disfrutaba de una memoria fabulosa, don que explotaba hasta el máximo, sorprendiendo a cuantos le escuchaban. También estaba de su parte la capacidad que tenía de captar mucho antes que sus adversarios todas las posibilidades de éxito colectivo del pueblo alemán con respecto al Tratado de Versalles, y la actitud reacia que las potencias occidentales mantenían hacía la guerra. Y, ayudado por sus dotes de cómico, hizo una dilatada representación de toda su vida, enmascarando con una capa de legalidad todo aquello que era ilegal. Tanto en la política como en la diplomacia jugó continuamente la baza de la sorpresa, que le reportó múltiples triunfos.
Se ha podido comprobar a lo largo de la vida de Hitler que había un detalle principal en sus actuaciones, que nunca descuidaba, y éste era atender en primer término a los factores sicológicos del país, del enemigo, del pueblo, etc. De este modo llegó a la fórmula, realmente efectiva, de combinar la propaganda con el terror, mezclando los vistosos espectáculos con las demostraciones de fuerza, la amenaza de la Gestapo y las S.S., los campos de concentración y cualquier otro método representativo del poderío nazi. Y realizó todo ello sin vacilaciones, pues carecía de escrúpulos que le pudieran llevar a ellas. Era un oportunista, siempre dispuesto a utilizar todo tipo de bajezas, engaños y disimulos para conseguir una ventaja. No escuchaba ningún consejo; desconfiaba de todos, y su forma de actuar solía ser la consecuencia de un frío análisis.
El secreto de la propaganda
En «Mein Kampf» podemos también encontrar algunas directrices acerca de lo que debía ser la propaganda:
«El primer deber de la propaganda estriba en conquistar hombres para la organización; el de la organización, en conquistar hombres para proseguir la propaganda. El segundo deber de la propaganda es el de derribar la situación existente, por medio de la nueva doctrina; el de la organización, luchar por la conquista del poder, a fin de asegurar desde él el éxito final de la doctrina.»
Y en otro apartado dice:
«La propaganda de la guerra era el medio de alcanzar un fin; tratábase de una lucha por la vida de la nación alemana y, por tanto, la propaganda sólo podía fundarse en principios que fuesen útiles a este objeto. Las armas más crueles resultan humanitarias si consiguen provocar una rápida victoria, y constituyeron sin duda alguna el único método que ayudó a la nación a lograr la dignidad de la libertad…
«..Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel intectual a la capacidad receptiva del menos inteligente de los individuos a quienes se desea vaya dirigida. De esta suerte, es menester que la elevación mental sea tanto menor cuanto más grande la muchedumbre que deba conquistar. Si se trata, como acontece con la propaganda destinada a llevar adelante una guerra, de reunir a toda nación en torno a determinado círculo de influencias, jamás se podrá poner suficiente cuidado en evitar un nivel excesivamente alto de intelectualidad.
«La capacidad receptiva de las multitudes es sumamente limitada y su comprensión escasa; por otra parte, tienen ellas una gran facilidad para el olvido. Así las cosas, fuerza será que toda propaganda, para que sea eficaz, se limite a muy pocos puntos, presentándolos en forma de gritos de combate hasta que el último hombre haya interpretado el significado de cada uno. Si se sacrificara este principio al deseo de presentar la propaganda bajo múltiples aspectos, ésta perdería su fuerza. Además, se debilitará y acabará perdiendo su eficacia.»
Todo el patriotismo de Hitler no es otra cosa que una manifestación de sus ansias de poder, de su ambición desmesurada, del placer supremo que experimentaba dirigiendo y ordenando, y de la satisfacción insuperable que suponía para él cada paso que se encaminaba a la expansión de este poderío. Deseo del poder que precisaba para desquitarse de sus años de frustración, en los que incubó un odio universal que más tarde se manifestó en su total indiferencia hacía la muerte, la vida y el dolor ajenos.
En cuestiones de religión, Hitler era materialista y racionalista, y si creía en el Destino y la Providencia, era solamente en virtud de lo que pudieran significar con respecto a su propio poder, ya que estaba totalmente convencido de su propia inspiración divina, de que era un hombre con una misión específica que provenía directamente de la Providencia y de que poseía una magia infalible. El creó su propio mito y fue quien más vehementemente creyó en él.
Radicalización del racismo
En cuanto a la teoría de la purificación de la raza, la crueldad de Hitler no conoció fronteras y, además, contagió de su entusiasmo en este sentido a sus subalternos, principalmente a Himmler, que era el encargado de llevar a cabo las operaciones. Si bien el odio y la persecución principales iban dirigidos contra los judíos, el comportamiento de los nazis con todo tipo de prisioneros se manifestó en forma despiadada y totalmente falta de humanidad.
Con respecto a los polacos, Hitler declaró en uno de sus discursos que era un pueblo nacido especialmente para los trabajos duros, que no debían tener otro amo que los alemanes y que no se les podía permitir que elevasen su nivel de vida, pues de esta forma dejarían de ser la mano de obra de Alemania. Hablando de los checos, indicó que había que expulsar fuera del país, recurriendo a todo tipo de métodos, a la mitad de la población, y añadió que los elementos que contrarrestaban la germanización planificada debían recibir un trato duro y ser eliminados.
En 1944 había en Alemania alrededor de 4.800.000 trabajadores extranjeros que habían sido transportados allí, después de ser literalmente cazados, como si de esclavos se tratase. Perseguían y capturaban tanto a hombres como a mujeres y niños, los metían en vagones de ganado y los trasladaban a los lugares de trabajo, situados a cientos de kilómetros de sus hogares. Muchos de ellos morían por el camino, a causa de las inmundas condiciones; los que llegaban vivos al destino que les había sido asignado eran alojados en campamentos carentes de lo más elemental. La alimentación era escasa, por lo que, entre unas cosas y otras, padecían frecuentes epidemias y, a menudo, se les maltrataba de palabra y obra.
Se sabe que de cinco millones de soldados rusos capturados por los alemanes, un millón desapareció y otros dos murieron en cautividad. Por ejemplo, en el año 1941 fueron hechos prisioneros casi cuatro millones de rusos, y se dejó morir de frío y hambre a gran parte de ellos intencionadamente. Los planes para el futuro implicaban que los alemanes se trasladasen, como colonos, a los territorios conquistados y que la población aborigen fuese exterminada o muriera de hambre, para dejar su puesto a los conquistadores.
Himmler, el fiel eco del Führer, arengaba a sus S.S. con discursos en los que se trataban los mismos temas de igual forma. Les hablaba de que la decencia, la honradez y la lealtad debían reservarlas exclusivamente para los de su propia raza. Los demás no importaban lo más mínimo, pues el único valor que podían reportarles era en concepto de esclavos. No tenía ningún interés el que muriesen miles de mujeres rusas cavando zanjas antitanques. Lo que interesaba realmente era que las zanjas quedasen terminadas a tiempo. El realizar la tarea de eliminar a unos cuantos cientos de personas indefensas no era más que una forma de endurecerse.
Y cuando, finalmente, se dispuso la eliminación en masa de la población judía, todas estas prácticas anteriores ya habían conseguido endurecerles lo suficiente.
Nuevamente acudimos a «Mein Kampf» para recoger algunas de las ideas de Hitler sobre los judíos y sobre la necesidad de depurar la raza para convertirla en una especie de ejército espartano:
«Si en la lucha por los derechos humanos una raza sucumbe, es porque no ha pesado en la balanza del destino lo suficiente como para continuar subsistiendo en el mundo terrenal. Porque esto es lo que hace la Providencia al decretar la muerte del hombre que no se halla preparado o es incapaz de bregar por su propia subsistencia.
«Para que se desarrollase una cultura superior fue necesario que existiesen individuos de inferior civilización, pues nadie, sino éstos, podía sustituir al elemento técnico sin el cual el progreso era inconcebible. En sus comienzos, la cultura humana dependió menos, por cierto, del animal doméstico que del empleo de material humano de inferior calidad.
«.. La mezcla de la sangre y el menoscabo del nivel racial que le es inherente constituyen la única y exclusiva razón del hundimiento de antiguas civilizaciones. No es la pérdida de una guerra lo que arruina a la humanidad, sino la pérdida de la capacidad de resistencia, que pertenece a la pureza de la sangre solamente.
«… Así, desde el momento en que el judío no poseyó jamás una cultura propia, las bases de su actividad intelectual fueron suministradas siempre por otros. En todos los períodos, su intelecto se ha desarrollado merced al contacto con las civilizaciones que le rodeaban. Jamás ha ocurrido de modo contrario.
«Es totalmente incorrecto señalar el hecho de que los judíos mantienen entre sí una estrecha solidaridad con el fin de luchar contra sus demás semejantes —o, mejor dicho, para despojarlos— y sacar en consecuencia que los anima cierto sentimiento de abnegación.
«… Para poder continuar subsistiendo como un parásito dentro de la nación, el judío necesita consagrarse a la tarea de negar su propia naturaleza íntima. Cuanto más inteligente sea individualmente el judío, tanto más afortunado será en su engaño, gracias al cual conseguirá que una parte considerable de la población llegue a creer seriamente que el judío es un legítimo francés, un legítimo inglés, un legítimo alemán o un legítimo italiano, a quien no separa de sus compatriotas otra diferencia que la de la religión.
«… El judío ahuyenta por la fuerza a todos sus competidores. Asistido de la voraz brutalidad en él innata, transforma el movimiento sindical en un instrumento de violencia. Todo aquel que posea talento suficiente como para resistir a las judaicas añagazas se verá dominado mediante la intimidación, por muy resuelto e inteligente que pueda ser. Estos métodos obtienen siempre un éxito incomparable.»
Por lo que hemos visto, no tuvo ningún empacho en adoptar dichos métodos, haciéndolos la base de su modo de actuar y ejecutándolos al pie de la letra, que él mismo escribió:
«La intimidación en talleres y fábricas, en las asambleas y en las manifestaciones en masa, siempre se ve coronada por el éxito mientras no tropiece con una fuerza de intimidación igualmente poderosa.»
Y continúa disertando acerca del problema racial:
«Es la prensa judía la que, en una campaña absolutamente fanática de calumnias, derriba todo lo que debiera mirarse como el sustentáculo de la independencia, de la civilización y de la autonomía de un país. Dicha prensa brama especialmente contra los hombres que se niegan a prosternarse ante la dominación judaica, o contra aquellos cuya capacidad intelectual aparece a los ojos del judío como una amenaza.
«… La pérdida de la pureza racial como una amenaza. El destino de una raza, cuyo retroceso en el concierto de la humanidad se opera en forma cada vez más alarmante, sin que puedan ya desterrarse sus consecuencias ni del cuerpo ni de la mente.»
Y, más tarde, fabrica unos programas de acción al respecto:
«Todo cruzamiento de razas provoca tarde o temprano la decadencia del producto híbrido, mientras el elemento superior del cruzamiento sobreviva en puridad racial. Cuando se ha bastardeado hasta el último vestigio de la unidad racial superior, es cuando desaparece para el producto híbrido el peligro de extinción. Es menester, sin embargo, crear el fundamento de un proceso natural, aunque lento, de regeneración, que excluya gradualmente la ponzoña racial; esto, por supuesto, en el caso que exista todavía una base de puridad y siempre que se hubiera logrado detener el proceso de la adulteración.
«… Es obligación del Estado nacional tratar de recobrar lo que ahora se pierde por todas partes. El Estado nacional debe conceder a la raza el principal papel en la vida general de la nación y velar porque ella se conserve pura. Debe declarar que los niños constituyen el patrimonio más precioso de la nación. Debe procurar que sólo engendren hijos los individuos sanos, porque el hecho de que personas enfermas o incapaces pongan hijos en el mundo es una desgracia, en tanto que el abstenerse de hacerlo es un acto altamente honroso. Por el contrario, la acción de privar al país de niños sanos ha de considerarse vituperable. El Estado pondrá al servicio de estos hechos aceptados todos los conocimientos médicos modernos. Declarará impropio para la reproducción a todo aquel que se halle evidentemente enfermo o padezca de incapacidad hereditaria, respaldando su actitud con la acción. Velará también porque la fertilidad de una mujer sana no tropiece con el obstáculo de la condenable economía de un régimen que transforma la bendición de los niños en un azote para sus padres.»
Y termina Hitler estas instrucciones haciendo hincapié en que se deberán prestar muchos más cuidados, atenciones y apoyo al desarrollo físico del individuo que al cultivo del espíritu.
De la teoría a la práctica
Como anteriormente dijimos, fue Himmler quien más fielmente recogió estas teorías de su Führer, llegando casi al extremo de hacerlas suyas. Aunque esta obra de purificación total no llegó a consumarse, con las S.S., la multiplicación de los campos de concentración y la creación de las «Escuadras de Exterminio», y en el año 1944 con el principal objetivo, es decir el exterminio de los judíos, estaba muy adelantada.
Pese al gran número de campos de concentración que se añadieron a los ya existentes, la cantidad de prisioneros que ingresaba era tan gigantesca que no había espacio material para todos, debido a lo cual morían por miles. En el transcurso de la guerra comenzaron a transportar allí un elevado número de judíos. Más tarde, decidieron utilizar a los prisioneros como mano de obra, y se acordó que a determinada clase de presos podía «matárseles a fuerza de trabajo». Otro de los destinos que se dio a los prisioneros fue el de servir de cobayas para todo tipo de experimentos médicos realizados por doctores de las S.S. Dachau fue uno de los principales centros dedicados a estas crueles experiencias, de las que los que sobrevivían quedaban inválidos para el resto de sus días. Las torturas y castigos en estos campos de concentración corrían a cargo de las unidades de la Calavera de las S.S.
Sin embargo, lo más terrorífico de todo eran los campos de exterminio. Solamente en los de Austria fueron asesinadas alrededor de dos millones de personas —judíos la mayor parte— entre los años 1941 y 1945. Rudolph Hess, que estaba al mando del campo de Auschwitz, en Polonia, cuenta que en 1941 ya existían varios campos de exterminio más: el de Treblinka, el de Belzek y el de Wolzek. Cuando visitó Treblinka para comprobar las condiciones de exterminio, el comandante de aquel campo le comunicó que en año y medio se había dado muerte a 80.000 prisioneros. Dicho comandante dirigía el ghetto de Varsovia, que estaba dedicado especialmente al exterminio de judíos, llevándolo a cabo por medio de gas monóxido. Hess se decidió por el ácido prúsico cristalizado, y más tarde perfeccionó las instalaciones de Auschwitz incorporándoles unas cámaras de gas donde cabían 2.000 personas a un tiempo. A pesar de todo esto, en 1944 se les amontonó el trabajo, de tal forma que las cámaras de gas no eran suficientes, pues había que eliminar a unos 300.000 judíos en el verano de aquel año y hubo que recurrir a fusilamientos en masa para que la operación fuese consumada en el tiempo previsto.
Las patrullas de exterminio invadían las ciudades, atacando a hombres, mujeres y niños salvajemente y obligándoles a cavar grandes fosas comunes a donde todos ellos iban a parar después de ser fusilados. Pero, más tarde, la organización de la Oficina Central en Berlín hizo posible el suministro de furgones-gasógeno destinados al exterminio en las mismas ciudades.
Jamás se podrá llegar a saber la cantidad exacta de judíos que perdieron la vida en los campos de exterminio. Después del famoso juicio de Eichman, donde se reveló toda suerte de atrocidades, se calculó una cifra aproximada de 4.500.000 muertos en aquella depuración monstruosa. Fruto de una mente anormal. Paradójicamente, esto no obstaculizó su camino hacía el poder.
Hitler y el amor
Por último, haremos un resumen de la vida amorosa de Hitler, que fue tan poco intensa como poco dilatada. Se han hecho conjeturas de todo tipo sobre el particular: desde que el Führer era impotente hasta que estaba enfermo de sífilis, pasando por que, torpe en su juventud, vivió un conato de amor que fue frustrado por alguna interferencia judía. Aunque estas versiones no pasan de ser hipotéticas, parece ser que todas ellas tienen algún fundamento, si bien la auténtica verdad no ha logrado ser descubierta.
El primer amor conocido de Adolfo Hitler fue su sobrina Geli Raubal, que vivió en su casa, acompañada de su madre y su hermana, desde 1925. Estaba constantemente con su tío, quien posteriormente recordaba este período como el más bello y feliz de su vida. Geli era veinte años menor que Hitler, y es muy poco probable que llegase a corresponderá. Es más, aunque en principio pudiese sentirse halagada por la atención que le prestaba su importante tío, debió llegar a hartarse de su tiranía, provocada por los celos, y de la falta de libertad para disponer de su vida. El 17 de septiembre de 1931, cuando Hitler se dirigía a Hamburgo, recibió a medio camino una llamada de Hess comunicándole que Geli se había suicidado poco después de que él partiera. También se desconoce el motivo del suicidio y las opiniones a este respecto están divididas. Pero fuese cual fuese la causa, Hitler recibió el golpe más duro de su vida. Según sus palabras, su joven sobrina fue la única mujer de la que estuvo enamorado y cada vez que hablaba de ella su vista se nublaba.
Eva Braun apareció después en la vida de Hitler, pero nunca llegó a ocupar el puesto que había dejado Geli. Trabajaba como dependienta en el estudio fotográfico de Hoffmann, donde Hitler la conoció. Después de regalarle un ramo de flores, la invitó a varias excursiones, sin más problemas. Era ella la que le perseguía, y en 1932, a los veintiún años, intentó suicidarse. Apenas hacía un año que había muerto Geli, y Hitler se sintió bastante afectado, porque cualquier tipo de escándalo significaba en aquellos momentos una amenaza a su carrera. Eva aprovechó la coyuntura y se fue a vivir a su casa, tratando, a partir de entonces, de permanecer separada de él lo menos posible. De todos modos no pasaba de ocupar un segundo plano. Al trasladarse a casa de Hitler, hubo de convivir con la madre de Geli, que no se sentía nada satisfecha con la situación y, tras una serie de discusiones y peleas, se marchó definitivamente en 1936, dejando a Eva Braun como dueña de la casa.
A Hitler no le gustaba que apareciese en público junto a él, por lo que Eva debía permanecer encerrada o apartada. Era una joven deportista sin la menor inquietud intelectual y tenía gustos más bien vulgares. Al igual que Geli, su libertad era limitada, si bien aprovechaba las ausencias del Führer para fumar y bailar, cosas que él condenaba. A veces estas ausencias duraban demasiado tiempo, y entonces Eva se desesperaba pensando que estaba con otras mujeres o que había decidido abandonarla. De modo que cuando empezó la guerra, aunque tampoco le veía con frecuencia, se sentía mucho más tranquila, debido a que Hitler ya no podía hacer vida de sociedad.
Con los años, Hitler llegó a sentir afecto por aquella mujer que le había probado su fidelidad durante tanto tiempo. Y en premio consintió en casarse con ella el día antes de su muerte, después de trece largos años de unas extrañas relaciones que solamente ellos podrían revelarnos de qué tipo fueron. El, en su testamento, las califica de «sincera amistad» y siempre que se les vio, bien paseando por la terraza, bien tomando el té o en las excursiones que organizaban con algunos amigos, daban también esa impresión de relaciones exentas de emociones fuertes.
Pese al exclusivismo que Hitler ejercía sobre Eva Braun y los celos que ella sufría en su ausencia, nada de interés ha aportado la vida de esta mujer, ni con respecto al Führer ni por separado. Se ha dicho que Eva Braun ha significado una gran decepción para los historiadores, y es muy posible, ya que es de los personajes históricos más impersonales y sin relieve que han existido.
Por otra parte, tampoco hubiera resultado muy lógico que una mujer inteligente y cultivada, con opiniones claras y propias sobre política, religión, arte, etc., soportase durante tanto tiempo los desatinos de un ente colérico y autoritario, engreído, pedante, desequilibrado, ambicioso y arribista, incapaz de amar a nadie, inestable y vengativo. Un hombre, en suma, cuya máxima aspiración en la vida había sido la de dominar el mundo por medio de la fuerza, la violencia y el terror.
Introducción
EL 30 de abril de 1945, diez días después de cumplir los cincuenta y seis años, moría en Berlín un hombre que llegó a creerse el elegido de la Providencia para marcar el destino de Europa y que personifica una etapa crucial en la historia del mundo y, específicamente, de Alemania: Adolfo Hitler.
En el interior de su bunker, situado en los jardines de la Cancillería del Reich, a unos 14 metros de profundidad, dedicó el día 29 a tomar sus últimas resoluciones.
Se decidió, tras unas relaciones de más de trece años, a contraer matrimonio con Eva Braun, figurando Goebbels y Bormann como testigos. Poco después se retiraba con su secretaria a otra habitación en la que dictó su testamento político y su última voluntad, que consistía en que su cadáver y el de su esposa fuesen quemados. En cuanto al testamento, era una especie de autodefensa, acusaciones, planes para el futuro nombrando como sucesores del Reich a Doenitz, Goebbels y Bormann, y un postrer ataque a los judíos a quienes hacía culpables de todas las catástrofes universales. También fueron en esta ocasión Goebbels y Bormann sus testigos en representación del partido. Representaban al ejército Krebs y Burgdorf.
Tras la firma de estos documentos, el Führer se retiró a descansar. Más tarde, el mismo día 29, se eligieron tres hombres a los que se encargó sacar del refugio subterráneo varias copias del testamento político de Hitler para hacerlas llegar al Cuartel General del Almirante Doenitz. También se envió un mensajero al general Keitel con una nota en la que Hitler exponía cáusticamente sus últimas quejas. Cuando partían hacía sus destinos los portadores de los diversos mensajes, llegó hasta los habitantes del bunker la noticia de la muerte de Mussolini cuyo fin compartió Clara Petacci, su amante. Ambos habían sido fusilados por los guerrilleros el dí¿a anterior, 28 de abril, junto al lago de Como; posteriormente, trasladaron sus cadáveres a Milán, en cuya Piazzale Loreto fueron colgados.
Hitler, más precavido, no quiso dejar nada al azar. Y continuó con los meticulosos preparativos para el suicidio. Mandó que matasen a su perra «Blondi»; reunió a todo su personal a lo largo del pasillo en la madrugada del 30, y fue dando la mano a cada uno, del primero al último, en silenciosa despedida. Todavía se ocupó, después, de enviar un telegrama a Doenitz ordenándole que procediese implacablemente contra los traidores. Entrada ya la mañana, recibió los últimos informes acerca de la situación de Berlín: los rusos se encontraban a muy pocos metros de la Cancillería.
Después de comer, fueron transportados al jardín unos bidones que contenían 200 litros de gasolina, mientras que Hitler en compañía de Eva volvía a despedirse de Goebbels, Bormann y todos cuantos quedaban en el bunker. Luego, los recién casados entraron en sus habitaciones, y al cabo de pocos minutos se oyó un disparo. Cuando abrieron la puerta, encontraron a Hitler sobre un sofá ensangrentado y con un tiro en el paladar. Junto a él yacía Eva Braun que al parecer había muerto envenenada.
Las órdenes que el Führer había detallado en su última voluntad fueron rigurosamente cumplidas. Unos hombres de las S.S. sacaron al jardín el cadáver de Hitler envuelto en una manta y lo pusieron en una especie de hondonada. A continuación, colocaron el de Eva a su lado. Después, los cinco bidones de gasolina fueron derramados sobre los cuerpos que, finalmente, fueron incinerados.
Cuando las llamas empezaron a elevarse, el bombardeo de los rusos se había hecho ensordecedor. Los últimos acompañantes del Führer le dedicaron unos minutos de silencio como saludo póstumo, y después se dirigieron al refugio subterráneo.
Allí, en el abandonado jardín, el fuego avivado por el aire consumía lentamente los cadáveres.
Un bohemio a la deriva
Pese a que, en su famosa Mein Kampf, Hitler desvirtúa consciente o insconcientemente las circunstancias de su vida, y especialmente de su infancia, alardeando de gran pobreza, carácter odioso de su padre y oposición absoluta de éste a su carrera de «artista», la realidad es que Adolfo tuvo acceso a una buena educación. Con once años, en 1900, entró en el Linz Realschule, que era un colegio secundario con especialidad en carreras técnicas y comerciales.
Nació Adolfo Hitler en una hospedería del poblado de Braunau, cerca de la frontera de Austria, el 20 de abril de 1889. Su padre, Alois Hitler, veintitrés años mayor que su madre, Clara Pölzl, había estado casado ya antes; sus anteriores mujeres, Anna Glass, la primera, y Franziska Matzelberger, la segunda, le habían dejado viudo, lo cual le permitió casarse con Clara a la que él, a su vez, dejó viuda en 1903. Al año siguiente de la muerte de su padre, Adolfo abandonó el Linz Realschule pasando a otra escuela en Steyr debido a que sus puntuaciones en el primer colegio eran en extremo deficientes, finalizando sus estudios a los dieciséis años con resultados un tanto mediocres, ya que ni el clásico certificado escolar pudo conseguir. Detalle que le tuvo un tanto traumatizado a lo largo de su vida, pues, mientras por una parte buscaba continuas autojustificaciones, por otra se jactaba de menospreciar a los caballeros avalados por diplomas y títulos universitarios.
Al abandonar Adolfo el colegio, su madre vendió la casa en que habían vivido hasta entonces, en Leonding, y se trasladó a un piso pequeño en Linz y más tarde, en 1907, a un suburbio también de Linz, Urfahr. Durante este tiempo, Hitler, totalmente ajeno a todo proyecto realista, se dedicó a soñar en compañía de un amigo, August Kubizek, y a vivir en casa a expensas de su madre.
En 1906, y como consecuencia de una visita que hizo a Viena a finales de la primavera, le acometieron unos irresistibles deseos de ingresar en la Academia de Bellas Artes de aquella ciudad. Y desde entonces hasta el otoño del año siguiente, sé dedicó a luchar por la consecución de sus deseos, para lo que, en primer lugar, hubo de vencer la resistencia de su madre. Y así, en octubre de 1907 marchó por segunda vez a Viena, henchido de esperanzas… que resultaron fallidas, pues no fue admitido al ser rechazada su prueba de dibujo.
Esta derrota supuso para él un duro golpe; pero, aunque fue aconsejado en el sentido de que probase en el campo de la arquitectura, no abandonó su primera idea y se quedó en Viena (de donde únicamente se movió para asistir en Linz a los funerales de su madre en diciembre de 1907) para intentarlo una segunda vez, que resultó tan negativa como la primera. Añadiendo a este fracaso la circunstancia de carecer de certificado de estudios superiores, lo que le impedía también el acceso a la Escuela de Arquitectura, Adolfo, lleno de desaliento, se perdió en la bruma vienesa, donde permaneció de 1909 a 1913. Acerca de esta insegura época de su juventud poco podemos decir, aparte de que en el transcurso de estos años se le terminó la pensión de huérfano que le quedara a la muerte de su madre, y que algunas veces recibía ayuda monetaria de su tía Johanna Pölzl.
Si analizamos sus propias impresiones sobre aquellos años en Viena, no llegaremos a ninguna conclusión, ya que, mientras que unas veces habla de ellos como de un período duro y lleno de privaciones, otras asegura que su posición había mejorado mucho en poco tiempo. Lo cierto, a juzgar por los testimonios que de aquella época existen, es que su situación era tan crítica que a finales de 1909 se vio obligado a dejar la habitación en que vivía, por no disponer del dinero que costaba su alquiler. Y anduvo varios días deambulando por los parques públicos, en cuyos bancos pasaba las noches, hasta que tuvo la suerte de encontrar una cama en un dormitorio público; y, algo más tarde, pudo mudarse a una residencia de varones en la Medelmannstrasse, cerca del Danubio, en compañía de un hombre, Reinhold Hanisch, a quien conociera en el anterior asilo y con el que se unió para buscar los distintos trabajos en que ambos anduvieron hasta llegar finalmente al acuerdo de que Hitler se dedicaría a pintar escenas vienesas y Hansich trataría de venderlas. De este modo sobrevivieron una temporada al final de la cual se separaron, ya que Adolfo, en un momento dado, opinó que su compañero de avatares le estafaba, por lo que le denunció. De resultas, Hanisch pasó una semana en la cárcel, y Adolfo se convirtió en su propio marchante.
Según el conjunto de opiniones de quienes le trataron en aquellos tiempos, Hitler, a sus veintiún años, era un tipo de rostro huesudo y famélico, con ojos saltones que su chupada faz, medio oculta por una barba negra, hacía más grandes. El pelo, grasiento y lacio, le caía sobre el cuello. Era apático e indolente; como, además, no poseía los vicios comunes, más que vivir parecía vegetar, pues el trabajo continuado no se avenía con su carácter. Sin embargo, a menudo salía de su apatía para discutir de política que, al parecer, era el único tema que le hacía vibrar hasta el punto de que algunas personas no le soportaban o bien se reían de él en sus propias barbas, mientras que a otras las impresionaba con semejante exaltación.
Pero todos coincidían en encontrar extraña esta mezcla de dispares sentimientos y manifestaciones en aquel ente desequilibrado que se apasionaba por el estudio o la realización de diversas cosas a la vez y las abandonaba todas sin llegar a coronar ninguna. Cada día se hacía más maniático y descontrolado en su trato con los demás, por lo que las contadas personas con quienes hizo amistad terminaron hartándose de él, de sus excentricidades y de sus manifestaciones totalmente lunáticas.
El pangermanismo antijudío
Hasta mediados del siglo XIX, el estado alemán que gozó de mayor prestigio político y poder real fue Austria. Su hegemonía fue ratificada oficialmente en 1815 al ser creada una nueva confederación de estados germánicos y a cuya cabeza figuró, seguida de Prusia. Debido a lo cual los austriacos se consideraban la raza principal en todos los órdenes. Pero cuando, poco más tarde, Prusia instauró un nuevo Imperio Alemán, dejó fuera a Austria a la que derrotó en Sadowa en 1866, fecha a partir de la cual fue Berlín la capital, y rápidamente ascendió al puesto preeminente que poco antes ocuparan Austria y su capital. De aquí se derivó el que los alemanes, autoconsiderados como la flor y nata por pertenecer al Imperio de los Habsburgo, viesen tambalearse su supremacía a causa de los movimientos de independencia que surgieron por parte de diversos pueblos por ellos dominados, tales como los italianos y los eslavos.
Hitler desaprobaba absolutamente todas cuantas concesiones hubieron de hacerse a raíz de este conflicto de nacionalidades que duró desde 1870 hasta principios del siglo XX. Lo cierto es que Hitler desaprobaba todo lo que no significase la supremacía de los alemanes que, según él, eran los únicos con derecho a regir la totalidad del Imperio. Para él, que reconocía como una de las leyes básicas de la naturaleza la diferencia entre los individuos, considerando anatema la sola idea de igualdad de los mismos, el extender esta idea de igualdad a las razas ya suponía un delito y una grave ofensa.
De entrada, desconfiaba de todos los hombres en general, al tiempo que los despreciaba. Odiaba y menospreciaba a las masas, sobre las que siempre se elevaba; se despegaba «milagrosamente» de las mismas no queriendo nada con ellas, fuese cual fuese su situación. No le inspiraban simpatía ni la clase proletaria ni los pobres ni los obreros ni sus movimientos, que era incapaz de comprender. Sin embargo, descubrió que estos movimientos eran instigados por unas doctrinas perniciosas que estaban entroncadas directamente con un pueblo en el que hasta entonces no había reparado. Y aquí comenzó su antisemitismo, sin ninguna originalidad por su parte, ya que todo cuanto habló y escribió por aquellos tiempos acerca del tema estaba totalmente basado en la propaganda antisemita que se venía lanzando en libelos y diarios de Viena desde antes de 1914.
Pero la postura ya está tomada, y la agresividad de Hitler contra los judíoa se torna cada vez más morbosa y obsesiva. Y todo este odio y esta persecución emergen de su distorsionada fantasía que en ningún momento ofrece un hecho real, una base auténtica donde cimentar sus interminables y desvaídas acusacions.
Así, pues, sus ideas políticas y todo cuanto de ellas se desprendió posteriormente no significaban en absoluto una gestación propia y personal sino, por el contrario, una versión más de las innumerables que, como política de «andar por casa», se manipulaban entre los radicales pangermanos cuya base principal radicaba en el antisemitismo.
Lo sorprendente, sin duda alguna, fue la manera en que Hitler llevó a la práctica semejante movimiento de mases y su propio encumbramiento, no poseyendo más puntales que las mencionadas ideas. Ciertamente, en este sentido, demostró una gran psicología moviendo, como quien mueve una pieza de ajedrez, ingentes cantidades de aquella masa a la que tanto despreciaba. Pero también es cierto que la había estudiado, analizando y observado previamente hasta conocer al detalle sus puntos flacos como conjunto, hasta llegar a la conclusión de que para ella, la masa, lo más idóneo en todos los niveles era un régimen autoritario. Y tras observar, asimismo, el modo de actuar de los jefes de los partidos que más le interesaban, tales como Karl Lueger, del socialcnstianismo, y Georg von Scheenerer, del pangermano, empezó a fraguar en su mente la idea de un partido que fuese a la vez nacional y socialista.
El soldado Adolfo Hitler
Al trasladarse a Munich en 1913, estuvo alojado con la familia Popp que habitaba en un humilde barrio, donde Hitler volvió a su tipo de vida de siempre, es decir, a huir de un trabajo continuado y a dibujar desordenadamente con objeto de sacar algún dinero, sin preocuparse realmente ni mucho ni muy a fondo por la carrera de Arquitectura de que tanto hablaba y tanto le entusiasmaba.
En Munich, al decir de las personas que le trataron, continuó tan desequilibrado, excéntrico y exaltado por la política como lo fuera en Viena, ciudad que había abandonado entre 1912 y 1913. Es posible que tratase de eludir el servicio militar para no verse obligado a convivir con gentes de «razas inferiores». Cuando por fin la policía le localizó y le sometió al examen pre-militar, su estado de salud era tan precario que no le admitieron ni en servicio regular ni en auxiliar.
Con el asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo comenzó para Adolfo el período más memorable de su vida. Olvidó la alianza austro-alemana que hacía tiempo llevaba clavada como una cuestión personal, olvidó la poca atención que le prestaba la gente cuando hablaba acerca de «situaciones desesperadas» debidas a dicha alianza, y se lanzó a dar rienda suelta a su entusiasmo nacionalista al tiempo que intentaba evadirse de sus fracasos de resentido, sumergiéndose por completo en un estilo de vida mucho más a su medida.
Se alistó como voluntario y fue destinado al XVI regimiento bávaro de reserva de infantería que a su vez fue enviado a Lille como tropa de refuerzo de la VI división bávara del ejército del príncipe Ruperto de Baviera. El primer encuentro importante se desarrolló en Ypres; duró cuatro días con sus noches respectivas y, cuando el regimiento a que pertenecía Hitler fue retirado de la línea de fuego, no quedaban más que 600 hombres de los 3.500 que había antes de la lucha.
El cometido de Adolfo a lo largo de toda la guerra era el de enlace, es decir, estaba encargado de llevar al cuartel general los diversos mensajes de su compañía. En octubre de 1916 fue herido en una pierna, por lo que se le trasladó a Alemania (se encontraban en Bapaume por aquel entonces) por vez primera en los dos años que llevaba alistado.
Volvió de nuevo al frente en marzo de 1917 y fue ascendido a cabo de lanceros, justo a tiempo de intervenir en Arras y en un tercer combate en Ypres. Pasó el invierno en el frente de Aisne con su regimiento de siempre para, en la primavera del 18, tomar parte en la guerra ofensiva alemana. En octubre, su regimiento se hallaba de vuelta en Wrwick y Hitler rodeado por el enemigo en una colina. El mal trago pasado le afectó la vista y, cuando consiguió dar con el cuartel general de retaguardia, no podía ver nada. Momentáneamente ciego y atacado por un colapso, el 14 de octubre tuvo que ser trasladado, junto con otros heridos que formaban un convoy, al hospital militar de Passewalk, en la Pomerania. Y allí estaba cuando se firmó el armisticio del 11 de noviembre por el cual finalizaba la guerra.
En este mismo año de 1918 le condecoraron con la Cruz de Hierro de primera clase (después de haber recibido la de segunda clase en el 14), condecoración que ha dado paso a la más increíble serie de relatos en torno a la acción de guerra por la que recibió esta distinción, muy raramente concedida a un simple cabo. Lo cierto es que el hecho en cuestión no ha llegado a ser aclarado y que, después de haber aparecido gran profusión de versiones acerca del mismo, los documentos oficiales del regimiento al que pertenecía no reseñan nada al respecto.
Para completar la semblanza del Hitler soldado, añadiremos que también entre sus camaradas pasaba por ser un bicho raro. No compartía los intereses de los demás, se tomaba la guerra muy en serio y no participaba de los deseos de los otros de ver el fin de la lucha. Por el contrario, se encontraba como pez en el agua; aquel era su elemento y aquella era la experiencia que más satisfacción podía causarle.
Introducción
EL final de la guerra, una guerra que dejó sumamente debilitado al país, tanto más cuanto que duró años, produjo gran número de disturbios y cambios revolucionarios, principalmente por haber finalizado con una derrota. Los tratados de paz y la rendición provocaron encontradas reacciones entre los distintos grupos, agentes y partidos que, cada cual por su parte, trataba de encontrar a los principales causantes de tamaña humillación, señalando finalmente como tal al nuevo régimen republicano que estaba en el poder.
Así, pues, la República recién proclamada era la culpable de todos los males que afectaban al pueblo alemán. Esto mismo opinó irritado Hitler que, a la sazón, aún permanecía en el hospital de Pasewalk. Y es justamente en aquella coyuntura, rodeado por los cadáveres de todo cuanto hasta entonces le había sostenido, cuando resolvió dedicarse a la política, si bien todavía no había comenzado a planificarse.
Cuando dejó el hospital para volver a Munich, aún llevaba el uniforme y cobraba del Ejército. A finales de 1918 estuvo como guardián voluntario en un campo de prisioneros cerca de la frontera austriaca; pero dicho campo se cerró muy pronto, por haber sido repatriados los prisioneros que lo integraban, y Hitler hubo de regresar una vez más a Munich, y allí pasó los ajetreados días de abril y mayo de 1919, sin que tengamos constancia de su participación en los acontecimientos. Más tarde, y según su declaración al Comité de Investigación, estuvo encargado de juzgar y fusilar a los elementos que fueron denunciados cuando cayeron los comunistas. Después obtuvo un puesto en la oficina de prensa y luego acudió a un curso de instrucción política que se daba a la tropa, de resultas del cual fue nombrado oficial de instrucción, lo que le vino como anillo al dedo para poder dedicarse con todo su ardor a insuflar a sus hombres sus ideas antipacifistas, antisociales y antidemocráticas. El último cometido que por aquellos tiempos le asignó el ejército fue la investigación en Munich de una reunión de grupo del partido de obreros alemanes. Decimos el último, porque, al utilizarlo como pasarela de una a otra actividad, Hitler dejó en aquel punto su vida militar.
Un extraño socialismo nacionalista
El 7 de marzo de 1918 Anton Drexler, un cerrajero de Munich, con el propósito de crear un partido obrero de tendencias nacionalistas, formó el Comité Obrero Independiente que en enero de 1919 se fusionó con otro del mismo tipo dirigido por Karl Harrer, periodista, que quedó como presidente del nuevo partido de obreros alemanes. Pese a la fusión, el nuevo partido contaba con muy pocos afiliados y escasa organización, ya que la casi exclusiva actividad de sus miembros consistía en reunirse a discutir en torno a una mesa de cualquiera de las cervecerías a que eran asiduos, de la forma más deslavazada, sin un programa concreto.
Cuando Hitler asistió a uno de estos mítines el 12 de septiembre de 1919, celebrado en el sótano de una cervecería, se encontrarían reunidas unas 25 personas, y el ambiente no debía ofrecer un cariz muy interesante. A lo largo de la discusión del día, Hitler no pudo resistir las ganas de intervenir y, al final, Drexler le regaló un ejemplar de su autobiografía política. A partir de entonces fue invitado a las reuniones del Partido Obrero Alemán al que, tras un cierto tiempo de reflexión, terminó uniéndose. Una vez dentro del partido, se dedicó a fomentar sus ideas, en especial sobre la propaganda de masas, observando que se hallaban en un punto muerto y que la cantidad de afiliados no aumentaba. Poco a poco, el número de asistentes fue subiendo, y el 24 de febrero de 1920 fueron 2.000 personas las que se reunieron en la Hofbräuhaus. Tras esta pequeña victoria de Hitler, el periodista Harrer abandonó su puesto de directivo en el partido y poco tiempo después, en abril del mismo año, Adolfo dejó definitivamente el ejército para dedicarse por completo al partido, su control y su fortalecimiento.
Había por aquel entonces en Alemania gran número de partidos del mismo carácter nacionalsocialista que el Partido Obrero Alemán de Munich: en Baviera, en Augsburgo, en Austria, en Iglau. El austriaco había adoptado en 1918 la denominación del Partido Nacional Socialista de Obreros Alemanes, al tiempo que comenzó a usar como distintivo la cruz svástica. En 1920, y tras asistir en Salzburgo a un mitin de conjunto, el grupo de Munich adoptó el mismo título, existiendo desde entonces hasta 1923 un continuo contacto entre ambos grupos.
Pero a quien principalmente se arrimaba Hitler era al mayor Roehm que, con sus mismas ideas y motivaciones acerca de la necesidad de atraerse a las masas, pertenecía antes que él al Partido Obrero. Era miembro del Estado Mayor, ejercía gran influencia en el Freikorps y le contrariaba en alto grado el veto al ejército de inmiscuirse en política. Pese a la desconfianza que sus superiores mostraban hacía sus actividades, Roehm contaba con las suficientes simpatías como para mantener su posición sin temor. Y esta posición de Roehm, sin ningún género de dudas, repercutió igualmente en la posición de Hitler y en su libertad para actuar.
En 1923, Hitler no era más que un politicucho de vía estrecha que no había sobresalido para nada en el panorama nacional. Pero continuaba firme siempre en sus intenciones de alcanzar un fin mediante la propaganda de masas. Y día a día buscaba y experimentaba los medios para conseguirlo. Llegó a hacer un arte de su oratoria, que siempre prefirió a la palabra escrita, y, poco a poco, la perfeccionó hasta límites insospechados, llegando en este sentido a un dominio de carácter emotivo que iba de lo histriónico a lo hipnótico. Pero la propaganda masiva no era únicamente oral, sino que se ayudaba de otros elementos. Se adoptó una bandera con la svástica negra en un círculo blanco, y el fondo en rojo; se dispusieron por todas partes grandes carteles rojos y se inventaron un saludo y un uniforme. Hubo profusión de mítines y paralelamente se crearon unas fuerzas nazis, basadas en el terror, cuyo objetivo consistía en provocar disturbios y disolver las reuniones formadas por partidos de distinta tendencia. Todas estas formas de violencia las desarrollaba Hitler descaradamente, utilizándolas como método publicitario para atraer sobre su persona la atención pública.
El programa del partido era nacionalista y antisemita, constaba de una serie de 25 puntos que se adoptaron en febrero de 1920, y sus principales ideas eran: todos los alemanes debían unirse en una sola Alemania; los tratados de Saint-Germain y Versalles debían de ser anulados; los judíos llegados al país después de 1914 tenían que ser expulsados y todos, en general, excluidos de la ciudadanía alemana; toda entrada injustificada de dinero se debía de anular; los beneficios de guerra quedarían confiscados, encargándose el Estado de todos los monopolios y recibiendo parte de las ganancias de las grandes industrias; serían colectivizados los grandes almacenes repartiéndose sus beneficios entre los pequeños comerciantes, quienes detentarían todas las preferencias en cuanto a los artículos públicos; se prohibiría especular con la venta de terrenos al tiempo que se expropiarían, sin indemnización, los necesarios para proyectos nacionales.
Camino hacia el liderazgo
Si bien Drexler y otros directivos del partido siempre se atuvieron a este programa y lo consideraron la base de su doctrina, Hitler solamente lo tuvo en cuenta en tanto le convenía, pues era su principal apoyo. No tenía otra meta que la de utilizarlo como trampolín en beneficio propio. Así, pues, no es extraño que llegase un momento en que los componentes principales del partido, al ver que la concepción original de su programa se desvirtuaba hasta semejantes extremos, no estuviesen de acuerdo con estos métodos. Harrer, como ya hemos dicho, debió ser el primero en darse cuenta y abrió camino a la desbandada renunciando a la presidencia.
Los demás miembros del Comité, literalmente avasallados por Hitler, trataron de recobrar la dirección del partido aprovechando un viaje del avasallador a Berlín; más, en cuanto éste estuvo de vuelta en Munich, abortó la maniobra al ofrecer inmediatamente su renuncia. El Comité, que estaba en inferioridad de condiciones con respecto a él, quedó en una posición nada agradable, pues no sólo no pudo aceptar esta renuncia sino que tuvo que otorgarle, además, plenos poderes junto con su propia renuncia.
La realidad era que jamás había pasado por la mente de Hitler la idea de encuadrar las adhesiones al partido en un determinado grupo o tendencia. Por el contrario, allí tenían cabida todos los resentidos, los descontentos y los disconformes, es decir, todos los dispuestos a luchar por un ideal y un fin, el suyo, el de Adolfo Hitler, aunque sin ellos mismos saberlo. Así pudo reunirse gente tan heterogénea como Goering, Goebbels, Hess, Rosenberg, Roehm, Eckart o Feder, de quien se cuenta que en principio causó tal impresión en Hitler que éste recortó su largo bigote y lo dejó en la forma que todos conocen, imitando el de aquél.
Es posible que, en el comienzo, quienes más influyeran en él fuesen Rosenberg y Eckart. El primero era arquitecto y por tanto nada tiene de extraño que le causara una gran admiración alguien en posesión de la carrera por la que había suspirado parte de su vida. Eckart era periodista y dramaturgo, aparte de gran bebedor de cerveza, y terminó convirtiéndose en el editor del «Observador Racista», el semanario del partido, convertido en diario por Gertrudis Von Seidlitz, una dama propietaria de acciones de una fábrica de papel finlandesa, y Putzi Hanfstaengl, hijo de papá-editor-acaudalado. Porque Hitler, en su indiscriminada discriminación, a veces incluso hacía vida de sociedad, tratando con familias de las más encumbradas y siendo bien recibido por ellas, pese a su comportamiento siempre excéntrico y a menudo fuera de tono.
En general, se encontraba más a gusto con los compañeros que, como él, procedían de estratos más humildes, tales como Hoffman, Max Amann, Christian Weber o Ulrich Graf.
En otro grupo formaban los de dudosa reputación, tales como Roehm, al que se tachaba de homosexual; Herman Esser, «El canalla», un chulo que se jactaba de ello; o el violento antisemita Streicher que disfrutaba con las aberraciones sexuales y llevaba siempre un látigo desafiante.
El fenómeno del nazismo fue algo que sólo pudo desarrollarse en el ambiente cargado de inseguridad, desorden y anarquía en que se vio sumergida Alemania con la derrota del 18. Con el paso del tiempo las cosas seguían igual y, en algunos aspectos, empeorando. La República continuaba siendo el enemigo común, y los gobiernos secundarios apoyaban descaradamente la parcialidad general que se manifestaba en contra.
En abril de 1921 los aliados fijaron la suma a pagar por Alemania, en concepto de indemnizaciones de guerra, en 132.000 millones de marcos oro; en octubre fue anulado por la Liga de las Naciones el plebiscito que acababa de celebrarse en la Alta Silesia. Añádase a esto que el marco se estaba devaluando a velocidades vertiginosas, lo que constituía un factor más, y muy importante, para el descontento y la preocupación generales.
La situación desembocó en un intento de asesinato de Scheiclemann, el instaurador de la República. Y el 24 de junio de 1922 mataron a tiros a Walter Rathenau. A raíz de este asesinato, el gobierno de Wirth aprobó una ley especial para defender la República y penar al terrorismo. Pero hubo de suspenderse su aplicación ante el clamor levantado por las derechas de Baviera, a causa de lo cual clamó a continuación el Gobierno de Berlín. Entonces, el descontento de Baviera armó tanto revuelo que Roehm, el doctor Pittinger y Poehner planearon un golpe de Estado, para el que también se contaba con Hitler, contra ambos gobiernos, el de Berlín y el de Munich. Pero ni estos planes cuajaron ni los ánimos se calmaron, por lo que en noviembre de 1922 el conde Lerchenfeld tuvo que renunciar a su puesto de jefe de Gobierno. Lo ocupó Von Knilling, mientras las organizaciones de derechas se aliaban para llevar a cabo la «unión de sociedades patrióticas», y los extremistas se dispersaban para formar una nueva liga racial alemana. El enlace entre ésta y las fuerzas antirrepublicanas del Sur lo constituyó Ludendorff, el nacionalista dictatorial de la guerra, que en el tiempo que nos ocupa vivía retirado en Ludwigshohe.
En todas estas agitaciones y descontentos contra la República, a que hemos aludido, tuvo parte activa Hitler, que, además, se mostró dispuesto a intervenir en el frustrado golpe de Estado organizado por Pittinger. Y a todo esto, el Gobierno de Baviera no movía un dedo, aunque las actuaciones de Hitler le irritasen con frecuencia. Y es que las opiniones de las autoridades se encontraban divididas en lo que a la política a seguir con los nazis se refería. Más que divididas podemos aventurar que se encontraban desconcertadas. Hitler siguió molestando, y el Gobierno haciéndole llamadas al orden. A finales de aquel año trasladaron a Roehm a las órdenes del general Von Lossow en el Estado Mayor de la G. O. C.
Una nueva contingencia vino a fustigar al pueblo alemán: Poincaré, en nombre del Gobierno francés, al ver que las negociaciones con Alemania acerca de los pagos de indemnización de guerra llegaban a un punto muerto tras una solicitud de moratoria por parte de los alemanes, convencido de que el país deudor podía pagar, pero nq quería, pretextó la existencia de una informalidad alemana en las entregas de madera y, movilizando sus tropas, las hizo ocupar en fecha 11 de marzo de 1923 el distrito del Ruhr, considerado el centro industrial de Alemania. Tras la pérdida de la Alta Silesia, la ocupación del Ruhr «dio la puntilla» al marco alemán, de lo que se sucedió la catástrofe económica. Sin embargo, esta ocupación, aun con sospechosas promesas de apoyar un movimiento independiente en el Rin, lo que consiguió fue que el pueblo alemán se uniera de forma admirable.
Hitler se dedicó entonces a denunciar violentamente el sistema corrompido, que estaba en manos de los judíos, y sus ataques y acusaciones encontraron eco en la miseria y en la desesperación generales, debido a que la verdadera hecatombe alemana la provocó la inflación. Con objeto de que todo el pueblo le escuchase, el hasta hacía poco agitador de cervecerías reunió a 5.000 nazis de choque para realizar un desfile en Munich en enero de 1923. Esta manifestación fue prohibida por las autoridades, Hitler se revolvió y, al ver que no eran escuchadas sus peticiones, se puso a disparatar profiriendo amenazas. El Gobierno bávaro reaccionó prohibiendo 12 mítines consecutivos que el revolucionario tenía anunciados para después de la demostración de fuerza. Sin embargo, finalmente, gracias a la intervención de Roehm y Von Epp ante el general Von Lossow, la prohibición fue levantada y el acto público se pudo celebrar.
Armas para un golpe de estado
Hitler continuó con sus mítines y sus discursos en los que atacaba mucho más duramente a la República alemana que a los franceses ocupantes del Ruhr. Pero no llegó a conseguir que los periódicos le dedicasen unas líneas.
Mas los nazis no descansaban en su labor de atraer hacía sus actividades la atención pública. Y con este motivo amenazaron con disolver las manifestaciones del primero de mayo (que eran celebradas tradicionalmente por los socialistas y las uniones obreras de Munich) si el Gobierno de Baviera no atendía las peticiones nazis de que se prohibiese dicho desfile. Cuando Hitler se presentó ante el general Von Lossow para conminarle a que le entregase las armas almacenadas en los cuarteles, bajo pretexto de un probable golpe de Estado comunista, Lossow, fríamente se negó y, además, le comunicó que el ejército abriría fuego contra el primero que provocase desórdenes en las calles, perteneciese al partido que perteneciese. El comandante de la policía del Estado, coronel Seisser, respondió con las mismas o similares palabras, por lo que Hitler quedó en una difícil y desairada situación, ya que, habiendo girado órdenes de emergencia a las brigadas de choque que ya comenzaban a llegar a Munich, para reunirse ansiosas de participar en el tan deseado golpe de Estado, era demasiado tarde para recoger velas. Así que siguieron adelante, confiando en su fuerza, en la gente y las armas aportadas por Strasser y Himmler y, sobre todo, en el puesto aventajado de Roehm, que, abusando de su situación, se dirigió con una escolta de fuerzas de asalto a los cuarteles y, valiéndose de una artimaña, entró en los mismos, apoderándose a continuación de todas las armas que se le antojaron.
Pero el golpe de audacia de Hitler y de Roehm esta vez fue tan gigantesco que no llegó a cuajar. Hitler esperaba la consigna que había acordado con Roehm, pero ésta no llegaba, por lo que su nerviosismo crecía por momentos. Lo que había sucedido era que el general Von Lossow cogió «in fraganti» a Roehm y en aquellos instantes se encontraba muy irritado haciéndole reconvenciones, al tiempo que le recordaba sus deberes de soldado. De modo que cuando la llamada al orden llegó al campo de desfiles, iba acompañado de una fuerza armada de tropa y policía que formó un cordón en torno a los escuadrones de choque. Llevaba un ultimátum en el que se exigía la devolución inmediata de las armas y se advertía que, de no obedecer, Hitler sería considerado como responsable. Aquella misma tarde las armas fueron devueltas a los cuarteles. Hitler se había rendido momentáneamente y aprovechó para desaparecer del plano político una temporada, así como Roehm, que abandonó la ciudad en mayo para no volver hasta septiembre. Pese a todo, aquel montaje no tuvo ninguna consecuencia. Unicamente se inició un juicio contra Hitler, pero repentinamente cesaron las investigaciones y la cosa se diluyó. Por su parte, Roehm dirigió una carta al general Von Danner quejándose de Von Lossow, y renunciando a su puesto cuando recibió la comunicación de que iba a ser trasladado a Bayreuth. También con él la actitud de las autoridades de Baviera fue complaciente, ya que Lossow consiguió que se revocase la baja de Roehm y éste, a su vez, retiró su renuncia. Después fue puesto bajo el mando de Lossow. De lo que se deduce que el peor delito cometido por el «tándem» de rebeldes fue el de la indiscreción de adelantarse a los acontecimientos y no esperar a circunstancias más favorables e idóneas.
Con la ocupación del Ruhr por los franceses continuaba la caída en picado del marco alemán, y los avatares derivados de esta situación hicieron desaparecer el sentimiento de unidad alemana que se había manifestado en principio. Se desencadenaron motines y huelgas en gran cantidad de distritos obreros, se asaltaron trenes en busca de comida y por todas partes reinaba el desorden. En agosto, alentado por el caótico panorama político del país, Hitler volvió a las andadas, y el 2 de septiembre, con motivo del Día de Alemania, se celebró, en Nurenberg, una gigantesca manifestación en la que tomaron parte todo tipo de asociaciones patrióticas. Hitler desfiló al lado de Ludendorff, que aún mantenía un gran prestigio dentro del ejército pese a su nulidad absoluta en el campo de la política; circunstancia ésta que, bien manipulada por Hitler, vendría a unirse al apoyo de su causa.
Cuando, el día 26 de septiembre de 1923, el Gobierno del Reich suspendió la campaña de resistencia pasiva en el Ruhr y levantó la prohibición que pesaba sobre las entregas a Francia y Bélgica en concepto de reparaciones, la situación hizo crisis, y los nacionalistas aprovecharon para atacar una vez más al Gobierno. Hitler reunió a sus hombres (los dirigentes del Kampfbund) y les expuso sus puntos de vista; a continuación alentó a sus unidades de choque para que estuviesen listas, y organizó una serie de catorce mítines en Munich. El Gobierno de Baviera proclamó entonces el estado de alarma y nombró comisario del Gobierno a Gustav von Kahr, al que confirió poderes dictatoriales. Este político contaba con sólidos apoyos de particulares y monárquicos por ser un hombre de la derecha muy conocido en Baviera; valiéndose de su privilegiada situación, prohibió los catorce mítines programados por Hitler. Este, que insistía en la revolución, siguió provocando a unos y otros hasta que consiguió una oposición casi total entre Munich y Berlín. El diario nazi Observador Racista había hecho groseras advertencias sobre el general Seeckt, sobre Stresemann y sobre Gessler, a consecuencia de lo cual el ministro de la Defensa exigió la supresión de dicho periódico, así como el arresto de los capitanes Heiss y Ehrardt y del teniente Rossbach. Ante la negativa de Kahr a obedecer, el ministro, ignorando a la autoridad bávara, conminó al general Von Lossow a que llevase a cabo sus órdenes. Pero éste, convencido por Kahr, tampoco quiso obedecer. Por lo que el 20 de octubre el Gobierno berlinés destituyó a Lossow y nombró en su puesto al general Kress von Kressenstein. Pero Kahr, interviniendo, anunció que Lossow continuaría en su puesto y se hizo, por parte de los oficiales y de la tropa, con un juramento de lealtad a su Gobierno. Poco más tarde rechazó una apelación del presidente Ebert, pidió la renuncia del Gobierno del Reich y ordenó a las fuerzas armadas que le secundaban, que se concentrasen en las fronteras bávara y turingia, lo que supuso una situación ideal para Hitler, ya que el poder quedó concentrado en Baviera y en manos de Kahr, Lossow y el coronel Seisser.
El Gobierno de Berlín, mientras tanto, había logrado dominar la amenaza de una revolución comunista, sofocó en Hamburgo un levantamiento rojo y ordenó disolver, en Sajonia y Turingia, los dos gobiernos hostiles, tratando de evitar que los conspiradores bávaros interviniesen fuera de sus propias fronteras. Kahr y Lossow no dejaron de impresionarse y, como no deseaban verse implicados en una empresa abocada al fracaso, se llenaron de precauciones negándose a acelerar acontecimientos. Hitler, por su parte, no podía permitirse indecisiones, pues había metido los perros en el monte y no tenía posibilidad de volverse atrás. Llegó a la conclusión de que el único medio de conseguir que Kahr y Lossow hicieran su voluntad era ponerlos ante un acto consumado, no fuera a ser que intentasen por su cuenta un golpe sin incluirle a él.
Fracaso del primer intento
Dos planes se habían trazado a este respecto. El primero consistía en aprovechar la presencia de Kahr, Lossow, Seisser y el príncipe heredero Ruperto en el desfile del 4 de noviembre para celebrar el Día de los Difuntos. Las unidades de choque los rodearían, pistola en mano, momentos antes del desfile, con objeto de hacerles ver la conveniencia de unirse y encabezar la revolución que Hitler proclamaría a renglón seguido. El segundo plan se basaba en concentrar en el Fröttmaninger Heat, durante la noche del 10 de noviembre, todas las fuerzas de la Liga de Defensa con objeto de marchar sobre Munich a la mañana siguiente y apoderarse de todas las posiciones clave, obligando a Kahr, Lossow y Seisser a actuar presionados por tan gran ostentación de fuerzas. Sin embargo, temiendo alguna reacción inesperada por parte de Kahr, Hitler adelantó repentinamente la fecha del 11 al 8.
Por todo lo anteriormente dicho, la reunión de la noche del 8 de noviembre se vio muy concurrida, pues en ella tomaron parte todos aquellos que influían en la política y en la sociedad de Munich; Hitler se situó en segundo plano tomando una actitud indiferente. Kahr empezó a hablar, y veinte minutos después de haber tomado la palabra, la asamblea quedó extrañamente sorprendida al ver aparecer a Goering acompañado de 25 «camisas marrones» armados. En medio del alboroto que siguió a esta súbita e inesperada aparición, Hitler saltó a una silla y disparó un tiro hacia lo alto. A continuación bajó de la silla y se dirigió hacia la plataforma. Una vez allí, gritó: «La Revolución Nacional ha comenzado.» Y a continuación añadió que tanto el Gobierno de Baviera como el del Reich habían sido abolidos y se había formado un Gobierno Nacional provisional. Que los cuarteles habían sido ocupados; que se dirigían hacia la ciudad tropas y policía portando el emblema de la svástica. Y que nadie podía abandonar la sala, pues estaba ocupada por 600 hombres armados.
Muchos de los ocupantes de la misma se enfurecieron ante la afrenta de que estaban siendo objeto, pero ninguno podía asegurar si lo que decía Hitler era cierto o no. Verdaderamente, había fuera 600 hombres de las S.A. armados, y en el vestíbulo habían colocado una ametralladora.
Mientras Goering se encargaba de mantener el orden en la sala, Hitler, atacado por su típica excitación histérica, se llevó a otra habitación a Kahr, Lossow y Seisser comunicándoles que había formado un nuevo gobierno con Ludendorff (al que había ido a buscar Sheubner-Richter y que aún no sabía nada de lo sucedido). Los tres funcionarios estaban menos impresionados de lo que era de esperar. Pero sí se sentían muy molestos y no acababan de dar una respuesta satisfactoria a Hitler. Así que éste, comprobando que la cosa estaba en punto muerto, dejó la habitación y se dirigió a la sala para comunicar que aquellos tres hombres estaban decididos a unírsele para constituir un nuevo Gobierno alemán, del que a continuación distribuyó los principales puestos. Pese a que su discurso fue una bravuconada, dio resultado. Los ocupantes de la sala, convencidos de que se había llegado a un acuerdo total, prorrumpieron en gritos de aprobación que sorprendieron profundamente a los tres hombres que aún se encontraban bajo vigilancia en la habitación contigua. En el momento en que Hitler volvía junto a ellos, apareció el general Ludendorff realmente contrariado por semejante sorpresa, y más aún por la distribución de puestos en la que Hitler se había reservado el de dictador de Alemania. Sin embargo, se contuvo, dirigió unas palabras a los tres funcionarios y con su sola presencia consiguió que se decidiesen a colaborar.
Entonces, aparentando gran armonía, regresaron a la sala donde todos les aclamaron subidos a las sillas. A continuación, cada uno pronunció un breve discurso, se juraron fidelidad y estrecháronse las manos. El acto finalizó con el «Deutschlandüber Alies» entonado por todos los asistentes.
Nada más finalizada tan tierna escena reconciliatoria, llamaron a Hitler para que acudiese a poner orden en una reyerta producida en la ocupación de los cuarteles de ingenieros por las unidades de choque del «Bund Oberland». Salió el revolucionario de la sala sin preocuparse de tomar las precauciones debidas y, en cuanto desapareció, el público se lanzó a las puertas y Kahr, Lossow y Seisser, por su parte, se evaporaron discretamente y no volvió a vérseles aquella noche.
Hitler se reunió a medianoche con Roehm (que había ocupado las oficinas del alto mando en el ministerio de la Guerra), Ludendorff, Kriebel y Weber para sostener un consejo de guerra, pues, aunque contaban con gran número de fuerzas, incrementadas por los refuerzos que continuaron llegando toda la noche, las principales de éstas se encontraban al otro lado del río. Y a medida que pasaba el tiempo, les iba desorientando más la ausencia de noticias por parte de Lossow y Kahr, que no contestaron a los mensajes que les fueron enviados. Y lo más raro era que tampoco volvían los mensajeros. Ignorantes de lo que pudiese ocurrir, y no queriendo reconocerse víctimas de un engaño, dejaron que la noche transcurriera sin ocupar ninguna de las posiciones clave. Ya por la mañana, entre las seis y las siete, despacharon a Poehner junto con el mayor Huhnlein para que ocupasen la comandancia de policía, y allí fueron detenidos.
Cuando Lossow regresó del mitin, fue recibido por el teniente general Von Danner, quien le desengañó acerca de todo el montaje en que acababa de tomar parte. Por si esto no fuera suficiente, Seeckt, desde Berlín, aseguró que, si el ejército de Baviera no reprimía la situación, lo haría él mismo. La disciplina terminó imponiéndose y se despacharon órdenes desde los cuarteles de infantería para que enviasen refuerzos de las guarniciones vecinas. El intento de rebelión había abortado.
En la madrugada del 9 de noviembre, Hitler, Ludendorff y los demás regresaron a la Bügerbräu y dejaron a Roehm resistiendo en el ministerio de la Guerra. Lundendorff, muy seguro de que el ejército nunca abriría fuego contra una figura legendaria de la guerra mundial como era él, persuadió a Hitler, cuya idea era la de retroceder hasta Rosenhein para reunir allí sus fuerzas y volver a tomar la ciudad, de que debían iniciar la ofensiva marchando sobre el cuartel general de Lossow, con objeto de dominar la situación. Estaba convencido de que, tanto los oficiales como los soldados, al verle, le obedecerían a él en lugar de a Lossow.
A todo esto, Roehm y sus fuerzas habían sido rodeados en el centro de la ciudad por tropas del ejército regular, sin poder hacer otra cosa que esperar a pie firme el curso de los acontecimientos.
Alrededor de las once de la mañana del 9 de noviembre de 1923, una columna, compuesta de unos 13.000 hombres, a cuya cabeza ondeaban las banderas de la svástica y de la Liga de Defensa, se dirigía hacia el centro de la ciudad. En las primeras filas formaban Hitler, Ludendorff, Scheubner-Richter, el doctor Weber, Kriebel, Feder y Ulrich Graf, armados la mayoría. La columna desfiló cantando desde la plaza Mariana hacia la del Odeón, donde Roehm se hallaba cercado. La calle que comunicaba ambas plazas era muy estrecha y al final de la misma se encontraba atravesada la policía, armada de carabinas, para impedir el paso a la columna de tropas de choque que era numéricamente superior. Sin embargo, esta superioridad no pudo hacerse valer debido a la estrechez de la calle. Al llegar al final de la misma, Ulrich Graf se adelantó, al tiempo que gritaba al oficial de policía: «No disparen; aquí llegan Ludendorff y Hitler.» Pero aunque nunca ha llegado a saberse quién abrió el fuego, a continuación sonó un disparo, seguido de un tiroteo que debió durar alrededor de un minuto. Scheubner-Richter, que marchaba del brazo de Hitler, cayó al suelo, arrastrándole en su caída. Cuando terminó el tiroteo, todo era confusión en ambos bandos. En el suelo yacían tres policías y 16 nazis. Weber lloraba, histéricamente, contra la pared; Goering fue llevado a una casa cercana en muy mal estado, y Hitler, en cuanto consiguió ponerse de pie, con el hombro dislocado, salió corriendo hacia un taxi que le tenía preparado Schultz. El único que conservó la serenidad hasta el final fue Ludendorff, que, acompañado por su ayudante, el mayor Steeck, avanzó, imperturbable y desafiante, atravesando el cordón de policía, hasta la plaza del Odeón. Nadie le siguió, porque aquellos líderes teorizantes habían perdido la serenidad en el momento crítico. Las consecuencias de esta desbandada de líderes fueron que Roehm se vio obligado a capitular y fue detenido bajo custodia.
Goering fue trasladado por su esposa al otro lado de la frontera, y el 11 de noviembre fue detenido Hitler.
Unos meses de reflexión
Toda la osadía con que fue pensada, iniciada y puesta en práctica esta rebelión, se vino abajo ante unos cuantos tiros. Pero lo cierto es que estaba abocada al fracaso desde el punto y hora en que se cometieron unos errores tácticos verdaderamente increíbles.
Sin embargo, lo auténticamente increíble fue la habilidad política verbal con que Hitler supo dar la vuelta a los hechos hasta el extremo de presentar como una victoria el resonante fracaso que había presidido. Una vez más, estuvo a su favor la confusa situación en que vegetaba la política de Alemania, en general, y la de Baviera en particular.
El juicio, en el que Hitler fue acusado de conspirar, se celebró en Munich y comenzó el 26 de febrero de 1924; durante veinticuatro días, el conspirador fue el centro y eje del asunto, lo que aprovechó hasta el máximo, luciendo su oratoria y tergiversando la de los demás bajo la benevolente mirada de sus jueces. Le acompañaban en el banquillo, acusados asimismo de alta traición, todos los dirigentes que le habían seguido en la desbaratada rebelión, siendo la figura más sobresaliente Ludendorff, pese a lo cual necesitó muy poco tiempo para lograr atraer toda la atención sobre su persona. Hitler tomó la batuta del grupo y, en lugar de defenderse, asumió toda la responsabilidad del acto, mediante el cual se había intentado derrocar a la República. Acusó violentamente a los testigos de cargo, Lossow, Kahr y Seisser, de haber sido los culpables del fracaso. De este modo hacía una llamada a la opinión nacionalista y ponía al fiscal en un aprieto, mientras gran parte del público presente en la sala le aplaudía. Tanto Kahr como Seisser, sorprendidos por tan inesperado estilo de autodefensa, se encontraron incapaces de hacerle frente. Por el contrario, el general Von Lossow, irritado ante tanta palabrería, no se encontraba dispuesto a soportar un ataque tan descarado e infamante contra su reputación. Así, pues, cuando le tocó hablar, trató a Hitler con todo el desprecio que, como oficial de casta, sentía hacia un agitador sin clase, sin formación e histérico que, sin haber pasado de ser un simple cabo, se permitía el lujo de dictar al ejército la política que había de seguir. Le acusó de ambición y señaló que en sus discursos siempre trataba el mismo tema. Más tarde, el fiscal, siguiendo la línea de Lossow, le atacó en el mismo sentido. Pero a Hitler aún le quedaban reservas y, sin apearse de su táctica de envolver materialmente a los demás con palabras, llegó a conseguir que, en un momento dado, Lossow perdiera los estribos, y terminó avasallando al tribunal en pleno. Su último alegato lo hizo esmerándose en evitar recriminaciones y renovando la vieja oferta de alianza con el ejército, acerca del cual dijo unas cosas muy bonitas y pronunció unas conmovedoras palabras salpicadas de frases emotivas...
El veredicto del jurado, a pesar de las pruebas aludidas, fue tan benévolo como a lo largo de todo el juicio lo habían sido sus componentes: Ludendorff fue absuelto y Hitler condenado a la pena mínima de cinco años de cárcel, en contra de las objeciones que presentó el agente del ministerio público y a pesar de los intentos que la policía hizo por deportarle. Y el «affaire» no quedó aquí. No sólo la pena había sido mínima, sino que, además, a los nueve meses de haber sido pronunciada la misma, Hitler era puesto en libertad. Por supuesto, volvió a dedicarse inmediatamente a sus actividades en contra de la República, al tiempo que iba creando una de las mayores leyendas, como propaganda del nazismo, aprovechando este fracaso del 8-9 noviembre.
Introducción
HITLER pasó su condena, en compañía de unos 40 nacionalsocialistas, en el pueblo de Landsberg, en una prisión bastante cómoda donde podía recibir visitas y pasear a sus anchas por el jardín; tenía una gran celda soleada, mantenía una dilatada correspondencia, disponía de libros y periódicos y seguía ostentando su puesto privilegiado como líder del partido. Emil Maurice le servía de secretario, puesto que pasó algo después a Rudolf Hess, que dejó Austria voluntariamente para volver a reunirse con su ídolo y compartir con él los meses de prisión. Allí, en la cárcel, es donde vio la luz primera Mein Kampf («Mi lucha»), libro que Hitler dictó a sus colaboradores-secretarios Hess y Maurice, y que desilusionó bastante, puesto que no ofrece casi ningún dato autobiográfico y es, en cambio, un alarde de pedantería y ampulosidad que nada aporta como obra política ni como tratado nazi. Simplemente refleja las ideas fijas de su autor, de las que, a través de su vida, podemos comprobar que no se apeó, siguiendo siempre la línea que se marcara en un principio.
Deterioro del partido
A todo esto, el partido se iba disolviendo a causa de los continuos embates, tales como la prohibición del Observador Racista y la desaparición, por huida o encarcelamiento provocados por el fracaso del 9 de noviembre, de los dirigentes. Scheubner-Richter y Dietrich Eckart murieron; Goering se quedó en el extranjero hasta 1927, y los escasos dirigentes que quedaban libres tardaron poco tiempo en tirarse los trastos a la cabeza y separarse. Rosenberg, en quien Hitler había delegado el mando mientras durase su ausencia, en seguida empezó a tener dificultades con los miembros más rudos del partido, tales como Julius Streicher y Hermann Esser, que se aliaron para atacarle, a él y a Ludendorff, Poehner y Strasser. Estos le pidieron que echase del partido a Esser y a Streicher, pero no sólo no hizo nada, sino que procuró que ellos tampoco lo hiciesen y que las cosas quedasen así, ya que era justamente lo que le convenía en tanto no se viera libre para poder hacerse cargo de todo directamente él mismo. Más tarde Roehm, Rosenberg, Strasser y Ludendorff se presentaron a las elecciones nacionales y provinciales de 1924, a lo que se oponía Hitler, pretextando que esto constituía un peligro para la independencia del movimiento, cuando la realidad era que, al no ser ciudadano alemán, quedaba automáticamente fuera. Pese a esta oposición, apoyada naturalmente por Streicher y Esser, alcanzaron Ludendorff, Rosenberg y Strasser un pequeño triunfo en las mencionadas elecciones. En agosto del mismo año se celebró en Weimar un congreso de todos los partidos nacionalistas. Ludendorff y Strasser deseaban unirse al grupo que encabezaban Albert von Graefe y Graf Ernst zu Reventlow al norte de Alemania, cuyas ideas nacionalistas, racistas y antisemitas eran las mismas que las de los nazis del sur. Entonces Streicher y Essen, siempre haciéndole el juego a Hitler, organizaron un partido rival en total y franca oposición con el bloque de Strasser en Baviera. Mientras tanto, Roehm, que quedó en libertad el mismo día del juicio en el que se le consideró convicto de alta traición, se había dedicado nuevamente a reunir a las fuerzas de choque y, gracias a su energía y entusiasmo, consiguió un notable éxito. Sin embargo, esto no hacía más que inquietar a Hitler en su prisión, dado el desacuerdo que existía entre ambos acerca del carácter que las unidades de choque tenían, pues en tanto que él opinaba que su función principal era de tipo político, Roehm la consideraba de orden militar, específica y totalmente independiente de la política. Al año de haber sido encarcelado Hitler, los desacuerdos y peleas dentro del partido habían tomado tales dimensiones que hacían presagiar el fin del mismo. Pero, como ya hemos dicho, el líder, en lugar de intentar evitarlas, más bien las fomentó deliberadamente, con objeto, por un lado, de dejar de atraer la atención (las actividades de Roehm, por ejemplo, hacían recaer sobre él las miradas comprometiéndole), y, por otro, de lograr una desunión que le permitiese encontrarse sin competidores al dejar su prisión. Todos, Rosenberg, Strasser, Ludendorff y Roehm, se quejaban del cariz que iban adquiriendo las cosas dentro del partido y sobre todo en su relación con el jefe, y llegó un punto en que Rosenberg, dándose cuenta de lo que ocurría, renunció a su puesto de líder suplente.
El 20 de diciembre se recibía en Landsberg un telegrama enviado por el ministerio público que ordenaba la libertad condicional de Hitler y Kriebel.
Las desavenencias en el seno del partido continuaron con la vuelta del jefe supremo, si cabe más agudizadas. Aconsejado por Poehner, lo primero que hizo al verse libre fue ir a visitar al doctor Heinrich Held, jefe del Gobierno bávaro, que a la vez era líder del partido católico, y hacer las paces con su gobierno, lo que acabó de comportarle la enemistad de Ludendorff y los demás líderes nacionalistas, todos ellos de ideas anticlericales. Por otra parte, Roehm le propuso una dirección política y otra militar, a la que Hitler se negó rotundamente, asegurando que prefería renunciar a las fuerzas de vanguardia si no iban a ser las cosas como él quería. Así, como a consecuencia de esta entrevista, Roehm renunció por escrito al día siguiente a la dirección de las fuerzas de choque y de las de vanguardia, resolución que poco después apareció en una escueta noticia que salió en el periódico del partido. Al tiempo que Roehm, dejó el partido Bruckner. Poco después, Poehner sufrió un accidente de tráfico, en el que perdió la vida. A todo esto, Goering continuaba en el extranjero. Kriebel se retiró a Shanghai. Rosenberg continuaba alejado, y tanto Eckart como Scheubner-Richter habían muerto también. No quedaban, pues, muchos partidarios con quienes trabajar por la reorganización del partido; pero tampoco existían oponentes que quisieran enfrentársele para disputarle el mando.
Echando raíces en la semiclandestinidad
El 27 de febrero de 1925, Hitler organizó un mitin de masas, en el que reunió a los pocos incondicionales que le quedaban: Esser, Streicher, Amann, Feder, Frick, Buttmann y Dintner, y pronunció un discurso de dos horas de duración. Al final del mismo fue clamorosamente vitoreado, lo que demostraba que no había perdido su facilidad de palabra. Los diferentes líderes se estrecharon la mano en la tribuna, y con este acto público quedó consumada la reconciliación.
Sin embargo, con la reconstrucción del partido nazi no bastaba para conseguir las metas que Hitler se había marcado: el control absoluto del partido con expulsión de aquellos que no aceptasen incondicionalmente su jefatura y la integración del partido en el campo de la política alemana. El desarrollo de los acontecimientos fue extremadamente lento. Era como si partiesen de cero. Además, los tiempos por que atravesaban no eran ya tan propicios. Por un lado, en el momento que algunas de las exaltadas frases de los discursos llegaron a oídos de las autoridades, se le prohibió hablar en público en el estado de Baviera, prohibición que duró hasta 1928, y hasta 1927 en los demás estados alemanes, que tomaron la misma medida. Por otro lado, lo que vino a obstaculizar sus planes fue la indiscutible mejoría que había experimentado el país mientras Hitler estuvo encarcelado: en el verano de 1924 se terminó con la inflación, gracias a que el doctor Schacht fue nombrado comisario especial para la revalorización de la moneda alemana y triunfó en su cometido. En febrero del mismo año se consiguió dominar el peligro que amenazaba a la República tanto de parte de la extrema derecha como de la extrema izquierda, y se levantó la ley marcial. Se llegó a un arreglo con las potencias aliadas, mediante el plan Dawes, seguido de la evacuación del Ruhr. Se firmó el Pacto de Locarno, garantizando la inviolabilidad de las fronteras de Alemania con Francia y de Alemania con Bélgica. Se consiguió la retirada de las tropas aliadas de la región desmilitarizada del Rin, y el 8 de septiembre de 1926 Alemania entró en la Sociedad de las Naciones por unánime voto de la asamblea de la Liga.
A la muerte del presidente Ebert, el 28 de febrero de 1925, triunfó en las elecciones el mariscal de campo Von Hindenburg, cuya elección, en contra de los deseos de los nazis, sirvió para reanimar la República.
Por aquel entonces, Hitler también tuvo problemas para conseguir fondos, pues corría una época en que no era nada fácil encontrar dinero. Sus principales fuentes de ingresos personales fueron, a partir de 1925, los derechos de su libro y lo que recibía por los artículos que redactaba para los periódicos. Más tarde se dedicó a escribir artículos para la prensa nazi, exigiendo a los periódicos unas sumas tan elevadas que llegaron a provocar protestas contra él en los círculos del partido. Además, nadie logró enterarse nunca de las cifras que recibía personalmente de los fondos del partido; aunque parece ser que de 1925 a 1928 vivió con cierta estrechez, pero no demasiada, pues, poco después de salir de la cárcel, pudo permitirse una larga estancia en Berchtesgaden y en los Alpes bávaros, lugares por los que sentía especial atracción y donde, según sus propias palabras, se daba una buena vida.
En 1928 en ique parece ser que se encontraba mejor en el aspecto monetario, alquiló una villa en la Obersalzberg, que más tarde compró. Y allí se llevó a vivir a su hermana de padre, Angela Raubal, que llegó desde Viena para hacerse cargo de la casa, con sus dos hijas, la mayor de las cuales, de veinte años, causó un enorme impacto en su medio tío. En 1929 alquiló un piso de nueve habitaciones en una de las calles más lujosas de Munich; y también allí tuvieron su lugar las tres mujeres. Con alguna anterioridad, había comprado un soberbio «Mercedes», que aseguró haber financiado con un préstamo bancario. Pero lo curioso es que, aunque le encantaba la velocidad, no lo conducía él sino un chófer, al que, naturalmente, debía pagar un sueldo. Y, por último, también contaba con una secretaria privada, lo que suponía un sueldo más.
Uno de los hombres que más trabajaban en el campo de la política era Gregor Strasser, que se movía por el norte de Alemania y la zona del Rin, consiguiendo partidarios donde los nazis nunca lograron penetrar. A finales de 1920 se unió al nacionalsocialismo, convirtiéndose en el líder local de la Baja Baviera. Más joven que Hitler, había ganado la Cruz de Hierro de primera clase en la guerra, terminando su servicio con el grado de teniente. Orador de facultades, era de carácter independiente, por lo que no estaba muy dispuesto a someterse a la autoridad ilimitada de Hitler. No se presentó a la reunión del 27 de febrero, y a los quince días Hitler logró persuadirle de que reanudase su trabajo dentro del partido, y le ofreció la jefatura nazi en la Alemania del Norte, un puesto que le fue útil en extremo, ya que con la ayuda de su hermano Otto se dedicó a reclutar partidarios en aquella zona y formó una organización que pronto se empezó a manifestar como partido independiente, si bien reconocía la jefatura de Hitler.
Gregor viajaba continuamente y hablaba en público muy a menudo. Una de sus ideas era fortalecer la organización nombrando líderes de distrito, con los que gustaba cambiar impresiones. Fundó dos periódicos, uno de los cuales editaba su hermano Otto. Para que se hiciera cargo del otro, los Strasser contrataron a un joven llamado Pablo José Goebbels, que no tardó en demostrar un gran talento.
La discordia entre Hitler y Strasser explotó con motivo de la cuestión de las antiguas casas alemanas y su posible expropiación. Los Strasser se pronunciaron a favor de la clase trabajadora en contra de los príncipes, mientras que Hitler (que recibía 1.500 marcos mensuales de la duquesa de Sajonia Anhalt), apoyando los intereses de los ex soberanos, denunció la cuestión como maniobra de los judíos. Pese a todo, la junta de Hannover aceptó el programa de los Strasser y acordó sustituir con éste los 25 puntos del programa adoptado en 1920. El 14 de febrero de 1926, Hitler convocó, por su parte, una conferencia en Bamberg, al sur de Alemania, a la que acudieron Goebbels y Gregor Strasser como representantes de su partido.
El combate dialéctico duró todo un día, y el triunfo de Hitler, que se perfilaba desde un principio, empezó a hacerse patente cuando Goebbels, uno de los más acérrimos partidarios de Strasser hasta aquel momento, se levantó para declarar que después de oír a Hitler, había llegado a la conclusión de que ellos estaban en un error, y por tanto aceptaba su posición de jefe y se pasaba a sus filas. Strasser se había quedado solo, pero Hitler no deseaba que se fuera del partido, y utilizó todo su poder de persuasión para intentar que se quedase. Lo consiguió, y de este modo pudo dominar a su rival más peligroso. El programa de Strasser quedó anulado, dióse paso a una tregua y no se alteró la unidad del partido.
Y en mayo del mismo año, Hitler convocó a los miembros del partido a una nueva reunión, consecuencia de la anterior conferencia. En dicha reunión se resolvió que, a partir de entonces, la sede principal del movimiento tendría su residencia en Munich y su base principal sería la Organización de los Trabajadores Nacionalsocialistas alemanes, con derecho a elegir su propia jefatura, que automáticamente pasaría a ser la jefatura de todo el partido. Y, además, se declararon inmutables los 25 puntos del programa de febrero de 1920. Con estas y otras innovaciones, tales como la creación del Uschla o tribunal del partido, en julio de 1926, Hitler se sintió lo bastante fuerte como para organizar una concentración de masas en Weimar, donde tenía permiso para hablar. Desfilaron 5.000 hombres bajo la mirada de Hitler, que, de pie en su «Mercedes», saludaba por primera vez con el brazo extendido; y se repartieron 10.000 ejemplares del Observador Racista por todo el país.
Selección de colaboradores
Los siguientes trabajos de nuestro hombre dentro del partido fueron, entre otros, enviar a Goebbels —que ya era uno de sus hombres de confianza— al Berlín rojo, para que se encargase de insuflar nueva vida a la organización, que no era nada floreciente en aquella parte. Después, y ante los conflictos que se suscitaban con los S.A., Hitler decidió reformarlos y depurar sus jefaturas. En Munich, los S.A. acaparaban la atención, a causa de las tendencias homosexuales del teniente Edmund Heines y sus muchachos. Hitler halló un nuevo comandante en el capitán Pfeffer von Salomon; pero al cabo de un tiempo pudo comprobar que éste, al igual que Roehm, también mantenía la opinión de que la jefatura militar no debía subordinarse a la política. De momento, Hitler hubo de transigir hasta que, tiempo más tarde, dio con la fórmula de las S.S. («camisas negras»). Pero la verdadera realización de sus deseos llegó posteriormente, en 1929, cuando encontró exactamente el tipo que necesitaba en Heinrich Himmler.
Sin embargo, debido principalmente a cuanto ya apuntamos con anterioridad respecto a los triunfos alcanzados por la República, a finales de 1928, Hitler no pasaba de ser un politicucho de tercera o cuarta categoría, muy poco conocido fuera del sur. Aunque aquellos fueron unos años inseguros, él basaba su esperanza y su oportunidad en una nueva inflación, que adivinaba al observar los débiles puntos de apoyo que sustentaban la momentánea prosperidad conseguida. En el mes de septiembre de 1928 organizó en Munich una reunión de líderes del partido, y el discurso consiguiente lo encaminó a atacar y desvalorizar los triunfos que Stresemann había logrado en la política exterior, aunque también reconoció las dificultades contra las que habrían de luchar. De esta forma, Hitler conseguía concentrar en torno a su persona gran cantidad de individuos, mostrando su principal cualidad de líder al ser capaz de evitar que sus fuerzas se escindiesen.
El 3 de octubre de 1929 murió el canciller Stresemann, después de dedicarse durante seis años a intentar conseguir sacar a Alemania del marasmo. El 13 de marzo de 1930, el presidente Hindenburg firmó la legislación para llevar a cabo el Plan Young, que formaba parte de las negociaciones y acuerdos realizados por Stresemann antes de su muerte.
Con este motivo se desató una violentísima campaña con objeto de derrocar al Gobierno y acabar con la odiada República. El que llevaba la batuta de la agitación era un tal Alfred Hugenberg, nacionalista alemán de sesenta y tres años, fanático, ambicioso, prepotente, desaprensivo y con amplios recursos. Consiguió aliarse con diversos elementos, formando un gran conjunto al que lo único que faltaba era el apoyo de las masas; justamente lo que tenía o podía conseguir Hitler. Costó bastante trabajo convencer a este último para que llegase a un acuerdo con el primero, pero acabó accediendo ante las ventajas que le fueron ofrecidas. Juntos ya los dos hombres, en septiembre de 1929 publicaron un proyecto de ley «contra la esclavización del pueblo alemán», con objeto de que el plan Young no se llevase a efecto. Sin embargo, y pese a que hasta el último instante tuvieron la esperanza de que Hindenburg no firmase, éste se negó a traicionar su deber constitucional, y el 13 de marzo, como ya dijimos, las leyes relativas al Plan Young quedaron firmadas, lo que supuso una derrota para Hugenberg, así como para su ley de libertad. Pero no para Hitler, que, gracias a las posibilidades materiales de su «socio» y a las extensas propagandas realizadas mientras duró la campaña, había alcanzado en este tiempo una gran publicidad, atrayendo la atención de gentes muy influyentes, con las que se puso en contacto. Uno de los principales magnates que conoció por aquellas fechas fue Emil Kirdorf. Con su apoyo y con el de hombres que, como él, disponían de grandes cantidades de dinero para invertir en actividades políticas de corte nacionalista, Hitler pudo dar mayor impulso a su partido y despertar más fácilmente el interés general. Con tan importante ayuda monetaria mandó reconstruir el Barlow Palace, un viejo edificio de Munich; cuando estuvo terminado, lo rebautizó con el nombre de La Casa Parda, y allí quedó alojado oficialmente el partido. También había una habitación para Geli Raubal.
La absoluta carencia de escrúpulos de Hitler empezaba a manifestarse. Después de transformar aquel fracaso conjunto en un triunfo y en una ventaja política particular para él y su partido, rompió súbitamente la alianza con Hugenberg y los nacionalistas, atacándolos a continuación.
Por aquel entonces, y a través de Hess, Hitler conoció a Walther Darré, un experto agrícola que acababa de escribir un libro sobre los campesinos, y le nombró consejero agrícola del partido. Se publicó un programa para los campesinos, proponiendo prestar ayuda económica a la población agrícola. Este fue un método más de los nazis para conseguir partidarios. Luego le tocó el turno a la industria, lo que entrañó muchas más dificultades.
A finales de junio de 1930, Hitler ordenó a Goebbels que expulsase del partido a Otto Strasser y sus seguidores, después de haber mantenido con él una serie de conversaciones que quedaron interrumpidas.
Los nazis utilizaron todo tipo de trucos propagandísticos para llamar la atención y obtener votos en la campaña electoral que siguió a la desintegración del partido. Se dirigió especialmente a la clase media, y Hitler hizo hincapié en su procedencia de la misma; se mostró radical y antisemita, pero, al mismo tiempo, aparecía socialmente «respetable».
La fuerza de las armas y de los votos
Aprovechando el descontento, el temor, el resentimiento y la inseguridad generales, sus discursos iban cargados de odio y agresividad contra sus enemigos, que él hacía comunes. Estos despreciaban a los nazis, subvalorando su estilo de pregoneros, sin darse cuenta de que la psicología de las masas respondía unánimemente a este tipo de estímulos. Resultado: los nazis alcanzaron un gran éxito electoral; Hitler se convirtió automáticamente en un líder de importancia; los periodistas extranjeros se apresuraron a entrevistarle, y todo el mundo, en general, se preguntaba cómo iban a emplear los nazis el recién conseguido éxito. Pero Hitler no se sentía demasiado inclinado a comunicar sus verdaderas intenciones, ya que, mientras por una parte predicaba la violencia para conseguir prosélitos, por otra le convenía la legalidad. Además existían el problema latente del ejército, y el del papel que se debía asignar a las S.A., problemas que en el fondo no dejaban de estar vinculados.
En vista de que las relaciones entre los nazis y los militares no habían sido favorables desde la dimisión de Roehm, Hitler organizó una campaña cuyo objetivo era atraerse la opinión del ejército. Pero para acercarse a este campo debía mantener un perfecto equilibrio en su constante juego con la legalidad y la violencia, cada una de cuyas caras debía presentar ante unos y otros. Y las S.A., con sus constantes actos revolucionarios, constituían un peligro para este equilibrio laboriosamente elaborado de apariencias. Sin embargo, incluso en este sentido se supo aprovechar la más mínima ocasión para ofrecer de esta organización un aspecto mítico y aun diríamos romántico, cuando en 1930, y en el curso de una de aquellas luchas entre facciones, cayó muerto el joven líder Horst Wessel. Rápidamente, y con suma habilidad, Goebbels le transformó en el prototipo ideal de nazi martirizado y caído en pro de la causa, haciendo de su poema el himno de las S.A. Pero la organización, debido en parte al tipo de gente que la componía, seguía dando problemas. Un poco antes de las elecciones de septiembre de 1930, se amotinaron, destrozando las oficinas centrales del partido, en Berlín, por cuestiones relativas a sus pagas. Hitler intervino personalmente, ya que Goebbels se vio impotente para dominar la situación y, finalmente, consiguió restaurar su autoridad, nombrándose a sí mismo Jefe Supremo de las S.A. y destituyendo a Von Pfeffer. Después encaminó sus esfuerzos a convencer a Roehm (que a la sazón se encontraba en el ejército boliviano como oficial) de que regresase a Alemania para tomar a su cargo la organización de las S.A., esfuerzos que se vieron coronados en enero de 1931, en que Ernst Roehm tomó posesión de su nuevo cargo.
A todo esto, el año anterior, es decir, 1930, había terminado con un balance realmente positivo para los nazis. Habían obtenido una cantidad de votos que superaba los seis millones, lo que se traducía en una representación de 107 diputados en el Reichstag. Con esta nueva victoria ondeó la bandera de la svástica en la Casa Parda.
Durante los años 1931 y 1932 la dirección del partido se repartió entre Hitler, Roehm, Strasser, Goebbels, Goering y Frick. Roehm se hacía imprescindible por su gran talento como organizador y por sus contactos con el ejército, de modo que las S.S. creadas por Himmler quedaron bajo su jurisdicción, si bien conservando su uniforme negro y su calavera como emblema. Goering, adornado de cualidades tales como gran distinción, encanto personal y simpatía, fue designado por Hitler como enlace político; es decir, una especie de diplomático o «relaciones públicas». El doctor Wilhelm Frick era un funcionario que había protegido a los nazis de la policía de Munich en el período de 1919 a 1923, convencido por las doctrinas nacionalsocialistas, y prestó a Hitler buenos servicios como administrador. Entre Strasser y Goebbels, juntos en el mismo lado, existía una notoria enemistad desde que el segundo abandonara al primero en 1926 en la reunión de Bambarg. Los dos desempeñaron en el partido altos cometidos. Goebbels era «Gauleiter» de Berlín y director de Propaganda, y Strasser, jefe de la Organización Política.
No cabe duda de que el mantenimiento de una organización tan eficiente debió costar mucho dinero, pero a tal respecto no se posee una evidencia concreta, si bien se sabe que una buena parte de estos ingresos provenían del propio partido. También se sabe que uno de sus principales apoyos lo recibían los nazis de un poderoso grupo de empresarios del carbón y el acero de la zona del Rin, aparte de Kirdrof, la figura más relevante de la industria carbonífera en el Ruhr, de quien ya hemos hablado. Estaban, además, Albert Voegler y Fritz Thyssen, Friedrich Springorum y Ernst Buskuhl, de importantes compañías de acero y minas; banqueros como Stein Schroeder, Fr. Reinhrad, Otto Christian Fischer y muchos más, nombres todos ellos pertenecientes al campo de la industria y las finanzas. Este empeño de Hitler por relacionarse con todo tipo de magnates y contactar con el mundo de las finanzas le reportó grandes beneficios monetarios, aunque no por ello consintió en dejarse manejar por aquellos capitalistas en ninguna ocasión.
No acababa de quedar muy claro el que el Gobierno alemán no adoptase medidas efectivas para aplastar la organización del partido nazi, organismo que, oculto tras la denominación de partido, no era sino una amenaza constante para el Estado, integrado por una serie de oportunistas que únicamente buscaban poder y riquezas. Se ha dicho que el procurador general del Reich, doctor Rempner, era un nazi camuflado que se aprovechaba del puesto que le había sido asignado para evitar cualquier medida en contra del nazismo. Pero esta razón es a todas luces insuficiente. Lo cierto es que la tesitura totalmente inestable por la que atravesaba el Gobierno, y todos los problemas internos y externos que la balanceaban peligrosamente sin descanso, no le permitían tomar decisiones susceptibles de desembocar en mayores problemas. Y, por su parte, Hitler mantenía su política de «seudolegalidad», y esperaba pacientemente el fruto de sus métodos de catástrofe.
A lo largo de 1930, el partido nazi no sólo era el segundo en importancia, sino que además empezaba a acaparar las simpatías más o menos disimuladas del ejército. En las elecciones de septiembre de 1930 obtuvieron gran cantidad de votos junto con el otro partido extremista, es decir, el de los comunistas. Impresionado por semejantes éxitos en las elecciones, el general Schleicher, un extraño militar que se ocupaba más de la política que de las cuestiones militares, empezó a pensar en la posibilidad de atraerse a Hitler en lugar de tenerlo en contra. Y para iniciar esta aproximación anuló la prohibición que se había hecho al ejército de reclutar soldados entre los nazis y de emplear en arsenales de Intendencia a los nacionalsocialistas. A cambio, Hitler subrayó su alianza con la política de legalidad, prohibiendo, en orden del 20 de febrero de 1931, que las S.A. tomasen parte en reyertas callejeras.
Por la vía de la «legalidad»
Sucedió a Bruening, en la Cancillería, Von Papen, quien, al igual que su antecesor, tenía su mayor autoridad en el recurso de emplear las facultades de emergencia; el poder político de la nación lo detentaba el grupo de hombres que se movían en torno al presidente de la República: Von Schleicher, Meissner. Y de pronto Hitler tuvo la idea de convencer a estos hombres para que se le uniesen y le nombrasen canciller con derechos de presidente, es decir, pudiendo utilizar las facultades de emergencia. Pese a que esto supusiera una pretensión exagerada por parte de Hitler, la verdad era que contaba con un número de votos a favor que el Gobierno hubiera querido para sí. Y, por otra parte, la violencia de las S.A. suponía una amenaza y constituía una posibilidad de revolución. Por todo ello, Schleicher tuvo en consideración a Hitler y se movió a su favor hasta que el 30 de enero de 1932 se logró el triunfo de este juego: Hindenburg nombró su canciller a Adolfo Hitler con plena legalidad.
Pero hasta cubrir esta primera etapa, las cosas sufrieron un desarrollo que a los ojos de Hitler resultaba bastante lento. Sus contactos con la camarilla del Gobierno dieron comienzo con una entrevista que Roehm le preparó con Schleicher. Después, éste convenció al presidente y al canciller para que le recibiesen. La entrevista con Bruening tuvo lugar en casa de Treviranus, y Hitler fue acompañado de Goering, al que hizo venir expresamente de Suecia, donde se hallaba junto a su agonizante esposa.
Parece ser que Hitler no estuvo muy a tono, pues lo que se le pedía era que apoyase la reelección de Hindenburg como presidente y, en lugar de dar cualquier tipo de respuesta, lo que hizo fue salirse por la tangente soltando un dilatado monólogo con el que no logró impresionar a nadie, por lo que la reunión finalizó sin que se llegase a tomar ninguna determinación. El 10 de octubre se llevó a efecto la entrevista con el presidente, y Hitler, siguiendo la misma línea que adoptase en la anterior, intentó impresionar a Hindenburg con su facilidad de palabra, y lo único que consiguió fue aburrirle y cansarle. Poco tiempo después de esta entrevista, Hitler tomó parte en un desfile de la oposición nacionalista de derechas, entre cuyos dirigentes se encontraba Hugenberg (a quien Bruening también había entrevistado y, lo mismo que Hitler, se había negado a comprometerse). Al final de la misma se presentaron los Cascos de Acero en mucho mayor número que las S.A., por lo que Hitler, que iba acumulando irritación desde el principio al verse postergado a un segundo plano de interés, terminó de enfurecerse, leyó precipitadamente su discurso y salió disparado antes de que los Cascos de Acero llegaran a desfilar, con lo que el frente unido de la oposición nacional quedó desunido antes de consumar su unión. Y el 17 de octubre, el irritable jefe de los nazis marchó a Brunswick, a una «cura de vanidad», porque allí, y durante seis horas, estuvieron desfilando en formación de saludo más de 100.000 S.A. y S.S., que le aclamaban enardecidos.
El invierno de 1931-1932 fue verdaderamente desmoralizador para Alemania, y las medidas del Gobierno con respecto al pueblo no eran lo más apropiado para reanimarlo. Por lo que Schleicher, observando las victorias que los nazis seguían cosechando, se convencía cada día más de que era preciso atraerse a su líder, y tal actividaa desplegó al respecto que incluso llegó a medio convencer a Groener. Bruening, el blanco de los continuados ataques de Hitler, también era partidario de seguir negociando con él. Para asegurarse su puesto, necesitaba la reelección de Hindenburg, y para esto se precisaba una gran mayoría de votos, que era justamente lo que tenían los nazis.
De modo que se llamó a Hitler, y el mes de enero de 1932 se celebraron múltiples entrevistas. El 6, acompañado de Roehm, Hitler vio a Groener; el 7, a Schleicher y a Bruening. Y el 10 se renovaron las entrevistas. En todas ellas se le hicieron las mismas proposiciones que en la ocasión anterior, y él pidió unos días para pensarlo. Al mismo tiempo, como hicieran en la ocasión precedente, se entrevistaron asimismo con Hugenberg, que respondió con una rotunda negativa. Hitler, al final del plazo, también se negó, pero intentando mediante ciertas maniobras que Bruening dejase su puesto libre. Este, por su parte, al comprobar que no era posible un arreglo con Hitler, se dedicó en cuerpo y alma a la campaña electoral.
Durante un mes aproximadamente estuvo Hitler dudando. Pero el 22 de febrero, en una reunión nazi en el Sport-Palast de Berlín, fue anunciada por Goebbels la candidatura del líder.
Ya estaba todo organizado para la campaña electoral, y uno de los mayores problemas con que se encontraba Goebbels era la falta de dinero. Sin embargo, al cabo de un mes este problema había sido superado. Parece ser que ayudó mucho a ello una visita que Hitler hizo el 27 de enero a Düsseldorf, la capital alemana de la industria del acero, para hablar al Club de Industriales. Y con su consabida habilidad verbal, se apuntó un nuevo triunfo que le valió el apoyo monetario de aquellos potentados de la industria:
La actividad desplegada por los nazis en la reñida campaña electoral fue de grandes proporciones. Hasta el más escondido pueblo enviaban a los mejores oradores de que disponía el partido, con objeto de ganar el mayor número posible de votos. Se grabaron discursos en discos, se hicieron películas de Hitler y Goebbels, se llenaron de carteles los muros de las ciudades, se gastaron enormes sumas en propaganda y se organizaron numerosos mítines de masas donde Hitler, Goebbels y Gregor Strasser se dirigieron a la multitud exaltándola con su oratoria vibrante y acalorada.
A pesar de todo, el resultado final fue un fracaso, pues los nazis quedaron muy por debajo de Hindenburg. Sin embargo, todavía no estaba todo perdido, ya que éste último, pese a los 18 millones y medio de votos, había quedado por debajo de la mayoría absoluta necesaria, por lo que se tenía que celebrar una nueva elección. Nuevamente Hitler se puso en acción, desplazándose de un sitio a otro, unas veces en avión y otras en tren, para arengar personalmente a las masas. Gracias a este movimiento continuo consiguió aumentar los votos a su favor, restándolos a sus rivales, si bien el presidente volvió a alcanzar la mayoría sin necesidad de moverse. Y el Gobierno, una vez fortalecido gracias a las elecciones, decidió aprovechar su ventaja para actuar contra las S.A. sobre las que pesaban múltiples y variadas sospechas en relación con ciertos proyectos de una toma del poder por parte de los nazis. Copias al respecto habían sido encontradas en las oficinas centrales nazis por la policía prusiana. Ante semejante descubrimiento, los gobiernos estatales presentaron un ultimátum a Groener: O el Gobierno del Reich actuaba contra las S.A. o ellos mismos tomarían sus propias medidas. El día 14 se promulgó un decreto de disolución de las S.A. y de las S.S. i Hitler, siguiendo una política de «legalidad», hizo valer su autoridad, conminando a estas organizaciones a obedecer. Así, pues, los «camisas pardas» desaparecieron rápidamente de las calles, pero seguían subsistiendo como miembros ordinarios del partido, por lo que su organización continuaba latente.
A continuación, y con objeto de conseguir los votos de Prusia, el más grande de los Estados alemanes, Hitler volvió a poner en marcha la máquina de propaganda nazi. Siguió asistiendo y tomando la palabra en actos celebrados por toda Alemania hasta el 24 de abril, fecha de las elecciones prusianas, en las que los nazis obtuvieron un elevado número de votos, lo que les convirtió en el partido más fuerte de la Dieta, pero no lo suficiente para formar Gobierno en Prusia, ni aun contando con el apoyo de los nacionalistas. De modo que, a pesar de todo, la situación de los nazis se hallaba en un punto muerto. Pero, mientras tanto, el general Schleicher continuaba pensando en la posibilidad de admitir a los nazis por la puerta falsa. Aún antes de las elecciones estuvo en contacto con Roehm, y su idea por aquel entonces era poner a las S.A. bajo el mando del ejército, constituyendo el tipo de milicia que Roehm había deseado siempre. Todo esto había sido acordado a espaldas de Hitler, el cual no tenía la menor noticia de cuanto se tramaba. Cuando Groener propuso que se hiciera una última advertencia al líder nazi con respecto a las S.A., Schleicher mantuvo que había que provocar una oposición por parte del ejército y, sin que Groener lo supiese, fue a visitar al presidente. Como si él fuese totalmente ajeno a estos arreglos, comunicó a Hitler que estaba en completo desacuerdo con la disolución de sus fuerzas. Y después, astutamente, supo convencer a Hindenburg para que amonestase severamente a Groener en una carta donde decía que la orden de disolución de las S.A. había sido una resolución unilateral. Schleicher, enteramente en la sombra, había urdido la dimisión de Groener y la iba a conseguir. Al haberse hecho pública la carta al mismo tiempo de recibirla su destinatario, se siguieron una serie de murmuraciones contra Groener, justamente el único de los jefes del ejército que siempre se mostró íntegro y leal. Las injurias y los ataques arreciaron hasta tal punto que el propio Schleicher, en quien confiaba mucho más de lo que merecía, le comunicó que el ejército había perdido su confianza en él, y que, por lo tanto, debía dimitir. El único que se mantuvo lealmente al lado de Groener fue Bruening, a quien tardaría poco en suceder lo mismo.
El 12 de mayo se produjeron enormes alborotos en el Reichstag, cuya Cámara hubo de desalojar la policía, y al día siguiente, ante la alegría de los nazis, Groener dimitió. Como ya hemos indicado, el siguiente en la lista negra de Schleicher era Bruening. Una vez que había conseguido todo lo que de él podía sacar, ya no sólo no lo necesitaba, sino que le resultaba un estorbo. Un verdadero obstáculo para llegar a un acuerdo con los nazis, ya que éstos estaban totalmente en su contra y le tomaban como blanco de todos sus ataques. Además, no había alcanzado una mayoría lo suficientemente fuerte en el Reichstag, no había logrado coronar su deseo de restablecer la prosperidad en Alemania, y se había atraído diversos enemigos con notorio ascendiente sobre Hindenburg, el hombre de quien dependía el canciller. Como tenía por costumbre en los últimos hechos, Scheleicher fue quien se encargó de dar el golpe de gracia y nuevamente utilizó el tópico de que ya el ejército no tenía confianza ninguna en Bruening. Era preciso alguien más fuerte, y su candidato era Von Papen, que, además de ser bien visto por la derecha y el ejército, alcanzaría el apoyo popular, lo que suponía una buena combinación. Ajeno totalmente a la maniobra, Bruening, mientras tanto, continuaba haciendo ofertas a los nazis para llegar a un acuerdo. Gregor Strasser le apoyaba, y el mismo Goebbels se mostró interesado en el asunto. Pero Schleicher no cejaba en su empeño y, con objeto de que los planes de Bruening no llegasen a buen término, hizo ofertas mucho más atrayentes, tales como la caída de Bruening, la anulación de las prohibiciones contra las S.A. y las S.S. y nuevas elecciones para el Reichstag. El 8 de mayo celebró una reunión con Hitler, en la que se resolvió que el jefe nazi se alejase una temporadita de Berlín, con objeto de evitar sospechas; y como lo único que se le pedía, a cambio de las ventajas mencionadas anteriormente, era que los nazis mantuviesen una postura de neutralidad hacia el nuevo Gabinete formado por Von Papen, Hitler poco perdía comprometiéndose a cosa tan leve.
Strasser aún intentaba reanimar una coalición con el Centro y con Bruening, pero la traicionera confabulación de Schleicher tenía de su lado la fuerza, y el 30 de mayo, ante la demanda de dimisión que el presidente le hizo, Bruening se vio obligado a presentar su renuncia, con lo que el gobierno democrático de Alemania se acercaba a su fin.
Introducción
CUANDO esto sucedió, Hitler se encontraba en Oldenburg para tomar parte en las elecciones. Y el 29 de mayo obtuvo un nuevo triunfo, que proporcionaba a los nazis una definida mayoría de representantes en la Dieta estatal.
Von Papen era un hombre agradable, entroncado con los magnates de las industrias francesa y alemana, que disfrutaba de extensos conocimientos y relaciones. Miembro nominal del partido del Centro, y propietario de un buen puñado de acciones de Germania, el periódico de dicha organización, siempre había tenido evidentes ambiciones políticas, si bien no la ocasión de llevarlas a la práctica. Schleicher le había subestimado a priori, pensando que sería un instrumento maleable en sus manos; pero se equivocó y sufrió una merecida decepción. De entrada, Von Papen supo captarse totalmente la voluntad del presidente, que, a su edad, fue seducido total y fácilmente por las continuas adulaciones de su canciller, con el que entabló unas relaciones como con ningún otro miembro del gobierno las tuviera antes.
En el país se desató una tempestad de injurias contra el nuevo Gobierno, que había sido impuesto de forma tan arbitraria. El partido del Centro se le opuso encarnizadamente, irritado ante la injusticia cometida con Bruening. Hugenberg se hallaba furioso por el fracaso de sus pretensiones, y a estas alturas Hitler experimentaba una gran indiferencia hacia este panorama general y no se sentía en absoluto comprometido por su desvaída promesa de apoyo. Y la política alemana de mayo de 1932 a principios de 1933 se preguntaba si este arreglo temporal tendría posibilidades de transformarse en coalición permanente; las dos partes, cada una movida por sus respectivos intereses, se hallaban dispuestas a considerarlo. Pero Von Papen fracasó en sus gestiones para lograr el apoyo de los nazis, pues tanto él como Schleicher creyeron que podrían conseguirlo a un precio menor del que pedía Hitler. Dejaron pasar el tiempo, con la esperanza de que Hitler se viese obligado a disminuir sus pretensiones, impelido por los continuados fracasos de los nazis. Pero Hitler se mantuvo firme. Otra vez, punto muerto, y, mientras todos esperaban las nuevas elecciones, se suscitaron rupturas en los dos bandos. En el del Gobierno, la de Schleicher y Von Papen. Y en el de los nazis, la de Hitler y Gregor Strasser.
Los más fuertes: nazis y comunistas
Cuando las elecciones tuvieron efecto, de nuevo los nazis parecieron ostentar la mayoría. Von Papen disolvió el Reichstag y fijó nuevas elecciones para finales de julio. Con esta dilación, las sospechas asaltaron a los nazis, que también hubieron de ver cómo se aplazaba la derogación de las prohibiciones en contra de las S.A. y S.S. A causa de todo lo cual las relaciones entre Hitler y Von Papen se hicieron sumamente tirantes. Por fin, la dichosa prohibición se levantó, y en las siguientes semanas la violencia y el crimen asolaron las calles de las principales ciudades alemanas. Lógicamente, las luchas más violentas se desarrollaron entre nazis y comunistas.
El 20 de julio, aprovechando el pretexto del complot de Altona para acusar al Gobierno prusiano de no hacer frente a los comunistas con la suficiente firmeza, Von Papen utilizó los poderes de emergencia del presidente y depuso a los ministros prusianos de sus cargos. A continuación, se nombró él mismo comisario del Reich en Prusia, sin oposición por parte de los socialdemócratas ni de los sindicatos. Ello sólo supuso un duro golpe para los que continuaban fieles a la República de Weimar, que no pudieron hacer otra cosa que ofrecer una resistencia pasiva. Los más beneficiados fueron los partidos extremos, el nazi y el comunista, que en las siguientes elecciones, el último de julio, aumentaron sus votos. Sin embargo, la superioridad de los nazis, ayudados por sus intensas campañas y sensacionalistas propagandas, sobrepasó en tal medida a todos sus competidores, que de la noche a la mañana quedaron convertidos en el principal partido de Alemania. Hitler, con sus casi 14 millones de votos, su millón de afiliados al partido y sus ejércitos privados de S.A. y S.S., era el líder más poderoso de Alemania, y por consiguiente, se consideraba en su posición lo suficientemente fuerte como para aspirar a muchas cosas. Enardecidos por el resultado de la campaña electoral, las S.A. comenzaron a desmandarse. Los incidentes y bombazos se registraron a diario, principalmente en las provincias de la Prusia Oriental. Estos desmanes tuvieron su culminación en el asesinato de Potempa: cinco nazis patearon a un comunista llamado Pieztrzuch con tal saña que lo dejaron muerto. Y esta escena se desarrolló ante los ojos de la madre del asesinado. Aquel mismo día, el Gobierno de Papen decretó la pena de muerte para los delitos cometidos en choques políticos de los que resultasen personas muertas.
Mientras tanto, Hitler no se movía en ningún sentido, pero continuaba con la idea fija de obtener todo el poder, negándose totalmente a admitir sólo una parte del mismo. El 5 de agosto se entrevistó con Schleicher y le hizo patentes sus demandas: Hitler quería para sí la Cancillería; el puesto de ministro de Propaganda y Educación Popular, para Goebbels; los puestos de ministro de Justicia y otros varios, tanto en el Reich como en Prusia, para otros nazis. Y luego demandaba, asimismo, un Proyecto de Capacitación, que le confiriese poderes para gobernar por decreto. Si la Cámara no aproba-a este decreto al ser presentado en el Reichstag, debería ser disuelta. La contestación de Schleicher a esta serie de «sugerencias» no se conoce a ciencia cierta, pero debió ser muy satisfactoria, y a Hitler le agradó hasta el punto de querer que se colocase una placa en los muros de la casa en conmemoración de tan histórico día.
Legalidad y coaliciones
Sin embargo, mientras él descansaba en Berchtesgaden, los actos violentos cometidos por las S.A. y los métodos agresivos seguidos en múltiples ocasiones por el partido llevaron a la opinión pública a dudar de la capacidad de los nazis para hacerse cargo de un gobierno. A la opinión pública se unieron en la duda los círculos industriales y los de negocios. Cuando todo esto le fue comunicado a Hitler, abandonó las montañas y se dirigió a Berlín para abordar de frente el problema.
A todo esto, en los círculos gubernamentales, a Von Papen el éxito de Hitler le había impresionado mucho menos de lo que era de esperar, y, por tanto, no veía la razón en virtud de la cual tendría que dimitir a favor del líder nazi. Y a esto se unía que el propio presidente le otorgaba su favor, mientras que, por otra parte, el estrafalario jefe de los nazis no era santo de su devoción. Más bien le tenía una especie de aversión, acentuada por la violencia de que alardeaba semejante partido y por el incumplimiento de su promesa de apoyo al Gobierno. Por tanto, si Hitler quería entrar en negociaciones debía atenerse a las copdiciones que impusiera Von Papen, no al contrario. Así, pues, cuando el 13 de agosto se reunieron Schleicher y Von Papen con Hitler, la mayor oferta que le hicieron fue la de la Vicecancillería y el Ministerio prusiano del Interior para uno de sus lugartenientes, al tiempo que rechazaban su pretensión de detentar el poder total; el jefe nazi perdió entonces la calma y en un ataque de histeria se puso a proferir amenazas ante sus sorprendidos interlocutores. Tras discutir acaloradamente durante largo rato, salió de allí, colérico y desanimado, para dirigirse al apartamento de Goebbels, adonde le llamaron desde el Palacio presidencial, asegurándose de que no se decidiera nada hasta que el presidente hubiera hablado en él. Hitler se dirigió al Palacio; Hindenburg, que le esperaba, le recibió fríamente y, ante sus razonamientos y explicaciones acerca de por qué y cómo necesitaba hacerse con el poder, el presidente no experimentó la más mínima impresión y le respondió que la situación no era la más apropiada para transferir el poder a un partido indisciplinado, violento y escandaloso que, por si fuera poco lo anterior, además no contaba con la mayoría. Y a continuación aprovechó el momento para recordarle su promesa quebrantada y advertirle con respecto a la forma de mantener honradamente una oposición. Todo esto se supo en la calle y fue del dominio público mucho antes de que los nazis pudieran haber chado mano de su clásica y desbordada propaganda. Nada pudieron hacer para evitar la nefasta publicidad derivada de estos hechos reales, y la humillación que sufrió Hitler cara al mundo y a su propio partido fue absoluta.
La reacción del partido fue muy fuerte, ya que en el mismo figuraban numerosos representantes de las S.A., que siempre habían estado en contra de la «política de legalidad». Y ahora, a causa de la dichosa legalidad, se había experimentado un retroceso y se había sufrido una enorme humillación. Además, estaba el caso de Potempa: los cinco asesinos nazis, miembros todos de las S.A., habían sido condenados a muerte en agosto, lo que colocó a Hitler en una auténtica encrucijada. O, siguiendo en su línea de política de legalidad, se desentendía del caso, con lo cual admitía públicamente su incapacidad para defender a sus partidarios, lo que le atraería la desconfianza de las S.A., o se ponía al lado de los asesinos, burlándose de su propia política ante la opinión pública. Finalmente, se decidió por enviar a los asesinos un telegrama donde les decía que se sentía ligado a ellos y que se empeñaría en conseguir su liberación. A continuación, lanzó un manifiesto contra Von Papen. Poco después, Roehm fue a ver a los condenados para asegurarles que no serían ejecutados, y algunos días más tarde Hitler les comunicó en otro telegrama que las sentencias habían sido conmutadas por prisión perpetua.
Aunque parezca un contrasentido, Hitler seguía manteniendo lo que él consideraba política de legalidad, mientras que Von Papen dejaba pasar el tiempo con objeto de rendir a los nazis por cansancio. A lo largo de este tiempo, Hitler estableció contacto con el senado de Danzig, que ostentaba un estatuto independiente respaldado por la Sociedad de naciones; los contactos continuaron esporádicamente en verano y otoño.
Hitler, después de aproximar su partido al del Centro con objeto de controlar, unidos, una mayoría en el Reichstag, propuso presentar una moción conjunta destinada a conseguir la destitución del presidente y la convocatoria de unas nuevas elecciones. Von Papen no se dejó impresionar por esta combinación formada por centristas, nazis y nacionalistas, de la que había salido elegido Goering para la presidencia del Reichstag. Pensó que con disolver el Reichstag y consultar una vez más al país todo estaba solucionado. Las semanas siguientes se presentaron llenas de intrigas, y el canciller, previendo futuras dificultades, obtuvo con antelación un decreto del presidente para la disolución de la Cámara.
Cuando el 12 de septiembre se abrió la sesión ante numeroso público, Torgler, el diputado comunista, presentó un voto de censura al Gobierno como enmienda a la orden del día; como nadie hizo ninguna objeción, se pidió que la sesión fuera suspendida durante media hora, y en este receso se corrió la voz de que Von Papen había decidido disolver la Cámara. Por ello, en cuanto los diputados volvieron a tomar asiento en sus escaños, Goering, como presidente elegido por la mayoría, indicó que se iba a proceder a la votación de la propuesta comunista sobre el voto de censura. Von Papen se levantó para pedir la palabra, pero Goering aparentó no verle y, mirando para otra parte, comenzó la votación. El canciller, sumamente airado, colocó la carpeta roja que contenía el decreto de disolución en la mesa de Goering y, a continuación, él y los demás miembros del Gobierno abandonaron la Cámara. Goering continuaba sin prestar atención a nada que no fuera la votación, en la que la propuesta de los comunistas resultó aprobada por 513 votos a favor y 32 en contra. Goering se apresuró a declarar que el Gobierno había sido derrotado y después leyó el pliego que contenía la carpeta de encima de su mesa, añadiendo al final que era evidente la nulidad de su valor, ya que estaba firmada por un canciller depuesto.
Sin embargo, por el momento, el Gobierno llevaba las de ganar. Von Papen indicó que el decreto de disolución fue firmado y presentado a la mesa antes de producirse la votación, y, por tanto, el resultado de la propuesta comunista carecía de toda validez. Y así se disolvió el Parlamento a las pocas horas de haberse reunido.
Descalabros electorales
La quinta contienda electoral del año se aproximaba, y para los nazis esta campaña iba a ser la más dura. Las dificultades generales del partido se acentuaron por la falta de dinero, y los grandes potentados, confusos ante los acontecimientos, dejaron de prestar su apoyo.
Pese a la confianza que Hitler tenía en sí mismo y a las energías de que hacía gala para sostener la moral del partido, los nazis se hacían cargo de sus limitaciones en aquel momento, y no tenían grandes esperanzas en los resultados de la elección. En la misma se destacó un sentimiento general de indiferencia y, por primera vez desde 1930, los nazis perdieron votos; alrededor de unos dos millones. De todos modos seguían constituyendo el partido más importante de la Cámara. Sin embargo, el bajón que habían experimentado les hizo más notorio el destacado triunfo que consiguieron los comunistas.
En estas circunstancias, Von Papen pensó que Hitler ya estaba maduro para aceptar sus condiciones; pero el líder nazi, tras haber recibido una carta oficial del canciller, le contestó extensamente imponiendo él a su vez una serie de condiciones esenciales para entrar en cualquier tipo de negociación. Y continuó atacándole en cada ocasión que se le presentaba. Pero Von Papen aún se sentía con energía suficiente para lanzar al país a otra campaña electoral hasta conseguir que los nazis se rindieran. Debido a lo cual, transcurrió muy poco tiempo antes de que Schleicher llegase a considerarle como un obstáculo y a sentirse realmente irritado por la independencia con que obraba. Y así, de la misma manera que antes le había entregado el poder, ahora intrigó con objeto de que lo abandonase. Von Papen reaccionó muy elegantemente y, pese a que Hindenburg estaba totalmente en contra de todo aquel montaje, presentó su dimisión el 17 de noviembre. El 18, Hitler llegó a Berlín para entrevistarse el 19 con el presidente. Entrevista que tuvo una segunda parte el 21, y en la que Hindenburg dijo al jefe nazi que para contar con él en la formación de un nuevo Gabinete presidencial era necesario que obtuviese una mayoría en el Parlamento. Como lo que deseaba Hitler era ocupar el puesto de Von Papen con sus mismas atribuciones, y el presidente no estaba dispuesto a ello, las negociaciones se suspendieron por enésima vez, lo que supuso una nueva humillación para el partido nazi.
Pero Schleicher seguía planificando las cosas por su cuenta y su última idea consistía en tratar de incorporar a los nazis a un Gabinete en el que él mismo estaría al frente de la Cancillería. Se comunicó a Hitler esta oferta, y él la discutió con sus hombres. Strasser y Frick se manifestaron a favor de la participación, pero Goebbels y Goering se opusieron violentamente, por lo que la propuesta fue rechazada.
El 1 de diciembre Hindenburg recibió a Von Papen y a Schleicher. El primero habló de formar un Gobierno mejor programado que el que acababa de fracasar, prorrogar el Reichstag indefinidamente y estudiar una reforma de la Constitución. Schleicher aseguró que él podría obtener una mayoría parlamentaria, aun sin la adhesión de Hitler, pues confiaba en Gregor Strasser y en otros muchos diputados nazis. Hindenburg, sorprendido por las pretensiones de Schleicher, confió a Von Papen la tarea de organizar un nuevo Gobierno. Pero Schleicher no se conformó y, una vez más, echó mano de su recurso de última hora. Anunció que el ejército ya no confiaba en Von Papen, lo que constituía una amenaza de guerra civil. Ante este tipo de amenaza, Hindenburg se encontró impotente y retiró a Von Papen el cargo que le había confiado unas horas antes.
Después de haber intrigado sin descanso para obligar a dimitir sucesivamente a Groener, Bruening y Von Papen, Schleicher se encontraba ocupando un puesto para el que aún no había demostrado sus aptitudes. Ahora tenía que demostrar que era capaz de triunfar donde Von Papen no lo logró.
Al día siguiente de su nombramiento mandó llamar a Gregor Strasser y le ofreció los puestos de vicecanciller en el Gabinete y de ministro-presidente en el Gobierno del Estado prusiano. Después de la negativa de Hitler, pensó que una oferta tan atractiva bien podría ser aceptada por Strasser. Y, aun en el caso de que Hitler se opusiera, Gregor, por sí mismo, tenía suficientes partidarios.
El 3 de diciembre se efectuaron las elecciones de Turingia, y en ellas los nazis experimentaron un descenso de, aproximadamente, el 40 por 100, por lo que Strasser se inclinaba aún más a favor de la oferta de Schleicher. Pero Hitler le acusó de obrar contra él a espaldas suyas, lo que hizo que Strasser se encolerizara, pero no lo suficiente como para llevar la lucha adelante. Siempre careció de la energía necesaria para imponerse, aun cuando hubiese tenido muchos elementos a su favor. Cuando se separó de Hitler, le escribió una carta dimitiendo de todos sus cargos en el partido, y a los pocos días tomó el tren y se llevó a su familia a pasar unas vacaciones en Italia.
Al recuperar Hitler su confianza, hizo una reorganización en el partido y sometió a un pleno de los líderes una declaración en la que condenaba a Strasser en términos exageradamente duros. Algunos días después se organizó la Comisión Central del Partido, presidida por Hess.
Schleicher, a todo esto, no experimentó la menor contrariedad ante el rechazo de los nazis y continuó haciendo proposiciones a los demás jefes políticos. Sin embargo, su triunfalismo estaba totalmente exento de posibilidades, pues ni llegó a dominar la desconfianza del partido socialdemócrata, ni consiguió atraerse al partido del Centro, ni logró evitar la oposición de los magnates de la industria y el comercio. Parece ser que subestimó el conjunto de fuerzas que se oponían a su Gobierno, y de ahí nacía su optimismo.
La última jugada
Pero he aauí que el 4 de enero de 1933 sucedió algo que Schleicher jamás hubiese sospechado que pudiese ocurrir: Hitler y Von Papen mantuvieron una amigable entrevista en casa de Kurt von Schroeder. Tras limar asperezas, cargando a Schleicher con toda la responsabilidad, y después de hablar durante unas dos horas, ambos ex-rivales llegaron a un acuerdo cuya meta principal era derribar el Gobierno del enemigo común.
Con todo esto y una mejoría financiera (Schroeder formaba parte de un importante grupo de banqueros e industriales), las esperanzas políticas de los nazis volvieron a tomar color. Desplegaron todo el aparato de su campaña con objeto de ganar las elecciones del pequeño estado de Lippe, y, una vez alcanzada la victoria, la prensa nazi se ocupó de lanzarla a todos los vientos. Organizaron manifestaciones, hubo numerosos desfiles de las S.A. y varios discursos de Hitler.
Las intentonas de Schleicher por integrar un frente que reuniese a todos los partidos, menos a los extremistas, habían fracasado. A principios de enero se le presentó otra oportunidad de arreglo con el regreso a Berlín de Gregor Strasser. Pero tampoco esta vez tuvo suerte. Además, todos los líderes empezaron a estar en desacuerdo con él hasta que surgió una desbandada general, y el 21 de enero se unieron a los nazis. Von Papen y Hitler seguían trabajando en la consecución de sus planes y el obstáculo mayor consistía en la resistencia del presidente a nombrar canciller a Hitler. Resistencia que el 22 de enero fue vencida por el jefe nazi al conquistar la adhesión de Oskar von Hindenburg, el hijo del presidente, en una reunión integrada, aparte de ellos, por Von Papen, Meissner, Goering y Frick.
La crisis se aproximaba a pasos agigantados, mientras las negociaciones continuaban. Cabía la posibilidad de que Von Papen fuese nombrado de nuevo, y el 28 de enero, Schleicher, lleno de temores, visitó al presidente y le pidió autorización para disolver el Parlamento. Su situación había venido a ser la misma que la de Von Papen unos meses antes. Pero esta vez el presidente se negó a conceder la autorización, por lo que Schleicher no tuvo más remedio que dimitir. Y Von Papen recibió el encargo oficial, por parte de Hindenburg, de realizar las gestiones para la organización de un nuevo Gobierno.
Nuevamente intentó Schleicher echar mano de Hitler, pero éste, en tanto que la situación no se aclaraba, le dio una respuesta evasiva. Se habló de que Schleicher, con la ayuda del general Von Hammerstein —comandante en jefe del ejército—, iba a dar un golpe de Estado y, por si acaso, Hitler puso a sus S.A. bajo el mando de Helldorf, en estado de alerta; acordó con Wenke, un mayor nazi de la policía, que estuviesen preparados seis batallones de agentes; se enviaron mensajes de advertencia a Hindenburg y a Von Papen, y se arregló que el general Von Blomberg, a quien se había asignado el puesto de ministro de” Defensa, fuese llevado ante el presidente.
En la mañana del 30 de enero de 1933, Hitler fue invitado a ir a ver al presidente, y en la oficina de Meissner, que les servía de antesala, se encontró con los miembros de la nueva coalición. Todos juntos fueron introducidos a presencia de Hindenburg. Unas horas después, alrededor del mediodía, la muchedumbre que se había aglomerado para ver salir al caudillo, lanzó un unánime grito al verle aparecer. Hitler bajó presuroso las escaleras y se metió en su coche, que le llevó al Kaiserhof. Allí fue felicitado por todos los oficiales. ¡Por fin era canciller del Estado alemán!
Introducción
HITLER había llegado al poder gracias a las intrigas; gracias al apoyo que encontró en quienes tantas veces habían sido blanco de sus furiosos ataques; gracias a la enorme torpeza y escasa visión de sus enemigos políticos y gracias a la situación caótica de Alemania de la que supo sacar buen provecho en beneficio propio. Indudablemente, los mayores responsables fueron los gobernantes del momento, las derechas alemanas que, además de no haber conseguido formar un bloque con los demás partidos en defensa de la República, dieron a Hitler el mando de un Gobierno asociándose con él, cometiendo un craso error de imprevisión al esperar que iban a encontrar en el líder nazi una marioneta cuyos hilos ellos se encargarían de mover y confiando en que podrían domesticar y frenar a su partido en cuanto perteneciese al Gobierno. Así lo creían todos basándose en las condiciones aceptadas por Hitler, y así lo aseguraba Von Papen, convencido de que el poder estaba en sus manos. A este convencimiento le llevaba el ser el depositario de la confianza del presidente, el ostentar la Presidencia de Prusia, a la par que el control de la Administración y la Policía, lo que equivalía a decir el puesto clave del Ministerio, y el estar en posesión del derecho a asistir a cuantas reuniones se celebrasen con objeto de que el canciller informase al presidente. Además, los nazis no ocuparon más que tres puestos de los 11 del Gabinete: el del Ministerio del Interior y un Ministerio sin cartera, ambos asumidos por Goering. En todo esto se basaba Von Papen para creer que tenía la sartén por el mango, y todos estos argumentos fueron los que utilizó para vencer la resistencia que Hindenburg oponía al nombramiento de Hitler. Este jugó con la legalidad a unos niveles mucho más elevados cuando se encontró dentro del Gobierno, con la convicción absoluta de que para que una revolución llegase a buen término debía hacerse desde dentro y no desde fuera. Con la ley de su parte se sentía mucho más seguro.
El mismo 30 de enero, Hitler presidió la primera reunión del Gabinete, que aún tenía el compromiso de conseguir una mayoría parlamentaria buscando el apoyo del partido del Centro, cuyo líder era Monseñor Kass; en la reunión sugirió que, de fracasar las conversaciones, se celebrasen nuevas elecciones. Solamente Hugenberg, dándose cuenta del peligro que suponía el que Hitler desde el mismo Gobierno dirigiese una campaña electoral, formuló objeciones y se resistió en principio a colaborar en la maniobra. Pero finalmente, y ante una solemne promesa de Hitler de que la composición del Gobierno de coalición no sería alterada fuese el que fuese el resultado de las elecciones, accedió contrariado. Cuando al día siguiente Hitler se entrevistó con Kass, se dio buena traza para hacer fracasar las negociaciones, comunicando a sus colegas que no había la más mínima posibilidad de convenio y por tanto se debía disolver el Reichstag en el momento. Una vez más Hindenburg, también aconsejado por Von Papen, firmó el decreto de disolución del Parlamento.
Tanto Von Papen como Hugenberg habían caído en la trampa y, en consecuencia, las elecciones que se anunciaban iban a constituir la última ocasión de practicar el voto para los alemanes. La campaña electoral se organizó en todas las direcciones y de una forma un tanto autoritaria y oscura ya que Hitler se negó a hacer la más mínima aclaración sobre su programa de Gobierno. En sus discursos señalaba como principales errores del Régimen anterior las promesas y las ilusiones, y por tanto él no hacía promesas de ningún género. En esta campaña electoral, aparte de la oratoria, se utilizaban otros métodos nada ortodoxos, pero sí de acuerdo con su tónica general. Se interrumpían violentamente los mítines de otros partidos, se agredía a sus oradores, se suspendían sus periódicos y se rompían sus pertenencias. Murieron más de 50 personas y varios centenares resultaron heridas. Esto fue posible debido a que la autoridad policiaca estaba en manos de bandas de indeseables matones. Goering se deshizo de gran cantidad de oficiales de la policía para sustituirlos por líderes de las S.A. y S.S. Luego conminó al cuerpo policiaco a que ayudase a cualquier forma de propaganda nacional y persiguiese las actividades de las organizaciones «hostiles al Estado». También les ordenó evitar cualquier tipo de roce con las S.A., S.S. y Cascos de Acero. Les prometió su apoyo siempre que utilizasen sus armas contra comunistas, marxistas, etc., y advirtió que contase con su ira todo aquel que se abstuviese de actuar. Por último, estableció una policía auxiliar de 50.000 hombres reclutados en su mayor parte, entre las S.S. y las S.A., con lo que los ciudadanos pacíficos podían con razón echarse a temblar.
Objetivo preferente: anular a los comunistas
Una de las primeras previsiones de los nazis al subir al poder era deshacerse del «terror rojo», para lo cual habría que aprovechar la menor coyuntura. Y el 24 de febrero las oficinas centrales del Partido Comunista en Berlín fueron asaltadas por la policía, con el pretexto de haberse descubierto los planes de una revolución comunista. No se sabe si la coyuntura surgió o fue provocada, pues pese a la promesa de publicación de documentos que se habían recogido, dicha publicación jamás se llevó a efecto.
El 27 de febrero, por la noche, el edificio del Reichstag ardió misteriosamente, y la policía arrestó a un joven comunista llamado Van der Lubbe. Este, según Goering, no era más que un subalterno, un número en un complot comunista de enormes dimensiones, de una campaña de terrorismo que se iniciaría con el incendio de la noche del 27. Con este pretexto, tanto tiempo buscado por Goering, se arrestó a los cabecillas comunistas para celebrar un juicio por el incendio del Reichstag… Juicio que fue acompañado de toda la publicidad posible por parte de los nazis. Lo que no les sirvió de nada, puesto que el proceso constituyó un rotundo fracaso en lo que se refería a la relación entre Van del Lubbe y los otros acusados. Los cabecillas comunistas hubieron de ser liberados al final del juicio, y el pasaje terminó con la ejecución de Van der Lubbe. Fuese cual fuese la realidad intrínseca del «affaire», el caso es que, como siempre, el beneficiado fue Hitler y sus secuaces, lo que inclina a pensar que el incendio en cuestión fue planeado y realizado por los propios nazis. Al día siguiente del mismo, el presidente firmaba un decreto, promulgado por Hitler, para la protección del pueblo y del Estado como «medida defensiva contra los actos comunistas de violencia», que suspendía las garantías de libertad individual y que autorizaba al Gobierno del Reich a asumir plenos poderes en cualquier Estado federal si el caso lo requería. Además, se aumentaban las penas capitales para casos de conspiración contra los miembros del Gobierno y de trabajos forzados para castigar las violaciones del orden público
No obstante, dejaron para después de las elecciones la eliminación del Partido Comunista con objeto de que los votos de la clase obrera siguieran divididos entre los partidos socialdemócrata y comunista. Armados de los poderes que les confería el decreto a que hemos aludido, Hitler y Goering se hallaban en posición de acabar con quien se les antojara y, de momento, se dedicaron a intensificar las agresiones terroristas contra el ala izquierda, mientras seguían ordeñando la vaca del incendio del Reichstag, utilizándolo en su propaganda para acusar a los comunistas de preparar una gigantesca insurrección.
La campaña de los nazis, tan aparatosa como sus métodos, se desarrolló ampliamente a lo largo de aquellos días: mítines por todas partes, múltiples discursos, desfiles de antorchas, manifestaciones multitudinarias, la bandera de la svástica por todas partes, columnas de tropas de asalto inundando las calles, violencia y agresión permitidas por la policía. Todos los medios propangandísticos habían sido enfocados hacia la demostración de absoluta fuerza y poder. Y, sin embargo, las elecciones demostraron que el pueblo alemán aún se resistía a conceder a Hitler la mayoría de votos, aunque aumentó en cinco millones y medio su cifra anterior. Pero esto no suponía ningún peligro, ya que, de momento, con la ayuda de los nacionalistas, sus aliados, se alcanzó la pequeña mayoría necesaria, y más tarde, cuando hubiesen terminado con los comunistas, dispondrían los nazis de una patente mayoría sin que para ello fuese preciso contar con los nacionalistas...
La ley de plenos poderes
Desde mucho antes de entrar «legalmente» en el Gobierno, las aspiraciones de Hitler estaban enfocadas a la consecución del poder absoluto, y no tardó mucho tiempo en obtenerlo. Para ello contaba con la ley de Plenos Poderes. Decimos contaba porque, aun cuando para su aprobación era necesaria una mayoría de los dos tercios del Reichstag (debido a que dicha ley venía a modificar la Constitución), los nazis solucionaron rápidamente esta pequeña pega dejando fuera a los diputados comunistas. El Partido del Centro y el de los Nacionalistas no lograban verse libres de inquietudes ante este panorama, aunque les cerró un tanto la boca una cláusula de la nueva ley que aseguraba la intangibilidad de los derechos del presidente. El 2 de marzo, dos días antes de que el Reichstag se reuniese para examinar dicho proyecto, Hitler organizó una gran ceremonia en la iglesia de la Guarnición de Postdam con objeto de conciliar al presidente con el ejército y los nacionalistas. De paso daba a entender mediante este simbólico acto que el nuevo régimen heredaba las viejas tradiciones militares de Prusia y de la monarquía prusiana. Resultó una ceremonia muy brillante en la que todos se esforzaron por dar muestras de buena voluntad. Hitler lanzó un discurso lleno, como siempre, de sofismas, y la sucesión quedó establecida con la aquiescencia del presidente que, ante las solemnes promesas del jefe nazi, se tragó el anzuelo y le otorgó su confianza y su autorización.
Y a los dos días se reunió el Reichstag. Al entrar en la Cámara, los diputados observaron que tras la tribuna que ocupaba el Gabinete destacaba una gran bandera con la svástica; el edificio estaba rodeado por una sólida masa de hombres de las S.S., luciendo negras camisas, y en el interior se encontraban tropas de S.A. con sus camisas pardas.
Tras un discurso de apertura pronunciado por Hitler, se suspendió la sesión. Poco después de reanudarse la misma, consumió su turno Otto Wels, líder de los socialdemócratas. En una atmósfera de agresiva expectación por una parte, y de temor por otra, tuvo el valor de sugerir a Hitler y sus secuaces en sus propias barbas que su partido se opondría al proyecto presentado. En esta ocasión, Hitler no fue capaz de contener su ira ni sus histéricas reacciones. Se lanzó como un cohete a la tribuna, esquivando a Von Papen que hizo ademán de detenerle, y una vez allí enfrentóse a Wels llenándole de injurias y amenazas. Ante semejante panorama, monseñor Kass indicó que el partido del Centro votaría a favor del proyecto; y la mayoría siguió sus pasos, quizá porque temiesen su revancha. Y la ley de Plenos Poderes fue aprobada por 441 votos contra 94. Los nazis lo celebraron poniéndose en pie y cantando el «Horst Wessel» con los brazos extendidos. La independencia de Hitler, incluso con respecto al presidente y a la Constitución, quedó asegurada de este modo.
Pero todavía no se había convertido en el dictador de Alemania.
Hitler va situando sus peones
Para alcanzar su último peldaño, Hitler necesitaba tener bajo su control absoluto el total de las actividades de la nación, lo que habría de conseguir mediante el proceso de «coordinación». Y empezó en Baviera, deponiendo al Gobierno de Held y nombrando a muchos de sus nazis para los principales puestos. Luego se adoptaron las mismas medidas en otros muchos Estados. A finales de marzo, Hitler, en compañía de Frick, expidió una ley que disolvía todas las Dietas de los diversos Estados, y dispusieron su organización sin llevar a cabo elecciones y «con arreglo al número de votos que resultaron en las listas electorales de cada Estado Federal cuando las elecciones para el Reichstag alemán». Por supuesto, no contaba para nada lo referente al Partido Comunista. Fueron nombrados gobernadores del Reich en todos los Estados, con facultades para disolver las Dietas, aprobar leyes del Estado y nombrar y deponer los gobiernos locales y sus funcionarios. Naturalmente, todos estos nuevos gobernadores eran nazis. En Prusia se aprovechó esta nueva ley para hacer salir a Von Papen, que, hasta el momento, había tenido, al menos nominalmente, a Goering bajo sus órdenes. Este pasó a ser ministropresidente y Von Papen «pidió ser relevado», por lo que el puesto de comisario del Reich en Prusia fue abolido. El proceso de «coordinación» no se limitó a las instituciones gubernamentales: había que terminar con el marxismo y para ello atacar directamente al movimiento sindical alemán. A lo largo de marzo y abril, las S.A. se dedicaron a asaltar y saquear literalmente muchas oficinas de sindicatos locales. Sus líderes aún tenían la esperanza de ser reconocidos por el Gobierno, y los despistó aún más el tinglado que organizaron los nazis el Primero de Mayo, declarándolo día de fiesta nacional y concentrando una gigantesca multitud de trabajadores en Berlín, a los que Hitler dirigió la palabra. Sin embargo, al día siguiente, tropas de S.A. y S.S. ocuparon las oficinas de todos los sindicatos del país, encerraron en campos de concentración a gran cantidad de funcionarios sindicales, agredieron a otros y encarcelaron al resto. Y el final de la historia consistió en fundir a todos los sindicatos en un Frente Alemán del Trabajo, cuyo control adjudicó a Roben Ley, adversario y sustituto de Strasser. Tanto éste como Hitler, en sus respectivos discursos, ofrecieron grandes seguridades a los trabajadores. Pese a las cuales, apenas un mes más tarde, apareció una nueva ley poniendo fin a los contratos colectivos y nombrando un comisario de Trabajo, a las órdenes del Gobierno, encargado de regular las condiciones de la mano de obra.
Por su parte, también los socialdemócratas mantenían la esperanza de sobrevivir haciendo todo lo humanamente posible para evitar choques con los nazis, portándose lealmente y no dando ningún motivo que sirviese como pretexto; pero no les valió de nada, porque el 10 de mayo Goering ordenó la ocupación de sus oficinas y de sus periódicos, así como la confiscación de sus fondos. El 19 de junio, dicho partido eligió en Berlín un nuevo Comité de cuatro, y, tres días después, Frick ordenó su supresión definitiva acusándola de organización política enemiga del pueblo y del Estado. Y, con respecto al Partido Comunista, el 26 de mayo había sido promulgada una ley que confiscaba todos sus bienes… Los demás partidos acabaron por desaparecer igualmente, unos por autodisolución ante los impodera-bles y los otros disueltos por la fuerza. Incluso los nacionalistas, asociados de Hitler cuando a éste le convenía, se vieron obligados a desaparecer pese a la resistencia que Hugenberg opuso hasta el final; el 21 de julio las oficinas del partido en diversas ciudades fueron ocupadas por la policía.
Más tarde, la limpieza general se dirigió hacia los Cascos de Acero. Su líder, Seldte, había sido convencido por Hitler de que ingresara en el partido nacionalsocialista y se deshiciera de su segundo, Duesterberg. Se siguieron los incidentes entre S.A. y Cascos de Acero, encarcelamiento de los líderes de los segundos y absorción de éstos por los primeros, hasta que fueron definitivamente disueltos en 1935.
En pocas semanas, Hitler se había encargado de arrollar todos los obstáculos que pudieran haber entorpecido su marcha; acabó con los partidos; se hizo con la ley de Plenos Poderes, gracias a la cual no hubo de depender de nadie; persuadió a Seldte de que le entregase su organización; obligó a dimitir a Hugenberg, dando su puesto de ministro de Economía al doctor Schmitt y el de Abastecimientos y Agricultura a Darré; nombró a Goebbels ministro de Propaganda y Educación Política; convenció al doctor Luther, presidente del Reichsbank, para que dimitiera, adjudicando el puesto al doctor Schacht. Y en el verano de 1933, Hitler era dueño y señor de un Gobierno prácticamente independiente de cualquier otra autoridad.
Sin embargo, hemos de reconocer una vez más que fue un gran alienador de masas y supo atraer principalmente a la juventud alemana con el éxito que coronó sus demostraciones de fuerza.
Captación del ejército
Uno de los problemas latentes de la política de Hitler seguía siendo la oposición de las S.A., cuyo líder, Ernst Roehm, reclamaba para sus hombres una compensación a sus aspiraciones insatisfechas o una continuación de la revolución hasta verlas cumplidas. El 6 de agosto, en las afueras de Berlín, Roehm hizo desfilar a 80.000 componentes de las S.A. en manifestación de protesta ante un comunicado que pocos días antes había hecho Goering anunciando la disolución de la Policía auxiliar, compuesta de S.A. y S.S., por considerar innecesarios sus servicios.
Hitler, en numerosos discursos, aseguraba su lealtad al pacto contraído con los generales y el ejército, al tiempo que reconocía la deuda que con ellos tenía el movimiento nazi. Pese a lo cual, el problema de las S.A. subsistía. Deseaban una segunda revolución, pues en la primera sólo habían conseguido que se realizasen las aspiraciones de su líder, y éste, por su parte, una vez que los había utilizado, no tenía otra meta que deshacerse de ellos, si bien en principio echó mano de una política de conciliación para hacer frente al problema. Y con este objeto nombró a Roehm jefe del Estado Mayor de las S.A. el día 1 de diciembre, y poco después le envió una carta en la que le tuteaba y le hablaba en unos términos que parecían demostrar un gran cariño y amistad.
Así estaban las cosas, cuando Hitler y Von Blom-berg recibieron la confidencia de que era muy probable que el anciano presidente terminase sus días en un espacio de tiempo más bien corto, dados su edad y el estado de su salud. Por tanto, urgía resolver el problema de la sucesión.
El 11 de mayo de 1934 el propio Hindenburg firmó secretamente un testamento político en el que evidenciaba sus deseos de que se restaurase la monarquía. Pero ya Hitler había decidido que a su muerte él sería su único sucesor. Este era el principal motivo de su empeño en tener de su parte al ejército, y con este objeto hizo todo lo posible por negociar con los generales, para que las fuerzas armadas le prestasen juramento de fidelidad a él personalmente. El 11 de abril salió en un crucero del puerto de Kiel en compañía del general Von Blomberg y otros altos cargos del ejército para presenciar unas maniobras navales. Aprovechó la travesía para convencerles de que debían apoyarle en su pretensión de suceder a Hindenburg. A cambio, él pondría punto final a los planes de Roehm y mantendría la individualidad del ejército como única fuerza armada del Estado. Además, por otra parte, había hecho a los Gobiernos francés e inglés la oferta de una reducción de las S.A., oferta que fue renovada algo después; oferta que, al descubrirse, fue publicada en Praga como noticia extra, lo que hizo reverdecer la pugna entre Roehm y el ejército.
Las relaciones de Roehm eran malas incluso dentro del partido, ya que Goering, que fue nombrado general en agosto, se puso en su contra; reclutó una poderosa fuerza de policía que funcionaba bajo su propio control; nombró a Himmler (que ya era jefe de la Policía bávara y de las S.S.) jefe de la Gestapo prusiana. Ambos, de común acuerdo, opinaron que el primer obstáculo de que tenían que librarse era Roehm y, aunque tanto las S.S. como su jefe pertenecían aún a las S.A., no existían buenas relaciones entre ellos y rápidamente pusieron manos a la obra de hacerlos desaparecer, recogiendo pruebas de escándalo y quejas formuladas contra Roehm y los otros líderes de las S.A. Sólo le quedaban a Roehm en la jefatura del partido dos amigos, Hitler y Goebbels, que estaba de su parte en el asunto de la Segunda Revolución, pese a lo cual a última hora también le traicionó. Y Hitler se resistió mientras pudo, pero, apremiado por Himmler y Goering por una parte, y en la necesidad perentoria de pactar con el ejército para que apoyase sus aspiraciones de sucesión por otra, en junio decidió tomar enérgicas medidas contra Roehm y las S.A. El 4 de dicho mes le citó y conversó con él durante cinco horas, advirtiéndole que no intentase comenzar la Segunda Revolución y asegurándole que no era su intención disolver a las S.A. Pese a lo cual, a los pocos días, ordenó que se les diese licencia para todo el mes de julio y que se reincorporasen el 1 de agosto, quedándoles prohibido durante ese tiempo llevar uniforme y tomar parte en ningún tipo de manifestación.
En el mes de junio de 1934 se extendió todo tipo de rumores por Berlín, que se veía inmerso en una agobiante tensión. Hitler voló a Venecia el 14 de junio para entrevistarse con Mussolini y regresó de dicha entrevista con el ánimo muy bajo y una considerable irritación, ya que el italiano, en la cúpula de su fama, le había recibido ofreciéndole protección y dándole múltiples consejos.
Aquella fue para Hitler una época de muchas vacilaciones. Le preocupaban principalmente los problemas latentes de los últimos tiempos: el de la sucesión, el del ejército y el de las S.A.
El día antes de su viaje a Venecia se entrevistó con Gregor Strasser (con el que parece ser que a principio de año había vuelto a contactar) y le ofreció el Ministerio de Economía Nacional, pero Gregor le impuso demasiadas condiciones a cambio, por lo que no llegaron a un acuerdo. Este es otro de los detalles que inclinan a pensar en las dudas e indecisiones que asaltaron a Hitler durante aquel verano.
Una nueva preocupación vino a un tiempo a sumarse a las anteriores y ponerle sobre aviso. Pese al segundo plano a que, entre unas cosas y otras, habían relegado a Von Papen, éste continuaba disfrutando de toda la confianza del anciano Hinderburg, aparte de conservar todavía el título de vicecanciller. A la vista de los últimos acontecimientos, se le ocurrió dirigir una protesta pública a Hitler, respaldado por el presidente. En caso de que el aludido se negase a escucharla o pusiera dificultades, Von Papen esperaba de Hindenburg que pidiese la intervención del ejército si era necesario. Esta propuesta fue redactada por Edgar Jung en colaboración con varios miembros más de Acción Católica y fue presentada por Von Papen en un discurso que pronunció el 17 de junio en la Universidad de Marburgo. El tema principal tratado en la misma era el de la Segunda Revolución, acerca de la que se hacían múltiples y específicas alusiones. Inmediatamente, Goebbels tomó medidas con objeto de impedir la publicación del discurso de Von Papen y confiscó las versiones aparecidas en periódicos cuya salida no llegó a tiempo de detener. Sin embargo, algunos ejemplares lograron salir de Alemania subrepticiamente, con lo que el discurso en cuestión se divulgó por el extranjero. El 24 de junio, Von Papen se mostró en público, y le acogieron entusiásticas aclamaciones y estruendosos aplausos, lo que dejaba bien patente que gran parte de la nación veía sus pensamientos reflejados en el discurso del vicecanciller. Este había visitado a Hitler el 20 para pedirle la anulación de la orden en contra de su discurso, y en la violenta entrevista que mantuvieron le amenazó con su dimisión y la de otros miembros conservadores. Al día siguiente, 21, Hitler se trasladó a Neudeck para visitar al enfermizo presidente y a quien primero vio fue al general Von Blomberg, que le transmitió un mensaje conminatorio: Si el Gobierno no reducía la tensión general que dominaba en el país, el presidente declararía la ley marcial, entregando el poder al ejército. A continuación pasó Hitler a ver a Hindenburg, con el que sólo se le permitió estar unos breves instantes que sirvieron para confirmarle el mensaje de Von Blomberg. La problemática de la sucesión presidencial se había transformado en la del futuro Gobierno en pleno.
La noche de los «cuchillos largos»
Los preparativos para eliminar a las S.A. seguían adelante, y sus principales e implacables instigadores eran Himmler y Goering. También el ejército adoptaba sus medidas; las fuerzas armadas fueron puestas en estado de alerta por su comandante en jefe, general Von Fritsch. Por último, el 28 de junio, Roehm fue expulsado de la Liga de Oficiales Alemanes por estos mismos, y el 29, un artículo publicado en el «Observador Racista» aclaraba la posición del ejército. Firmaba el general Von Blomberg; Hitler, casualmente, no paró en Berlín aquellos días; y, en su ausencia, el mismo día 28, en que Roehm salió del seno de la Liga de Oficiales Alemanes, Goering y Himmler ordenaron a la policía y a las S.S. que estuvieran preparados. Mientras tanto, Roehm, totalmente ajeno a todo cuanto en contra de él se estaba preparando en Berlín, continuaba disfrutando en la playa de su licencia por enfermedad, y se preparaba para la conferencia de las S.A. del 30 de junio.
El día 29, encontrándose en Godesberg, Hitler tomó las últimas medidas, al tiempo que Goebbels, ya definitivamente de contra ae Roehm, lanzaba la noticia de que las S.A. habían recibido órdenes de presentarse en sus puestos específicos; a la par otras noticias alarmantes se unían a esta primera, unas hablando de la agitación que se observaba entre las S.A., y otras acerca de la urgente llamada que había sido hecha al eminente doctor Saverbruch para que fuese a ver al presidente. A las dos de la mañana, Hitler voló hacia Munich; cuando llegó, a las cuatro, la purga había comenzado. Un grupo de hombres, formado por figuras secundarias de los tiempos muniqueses de Hitler, que ahora ocupaban puestos importantes en el Reich, mandaron detener a los jefes locales de las S.A. con el pretexto de que pretendían dar un golpe de Estado de un momento a otro. Cuando fueron llevados a presencia de Hitler, éste, en un ataque de furia histérica, les arrancó personalmente las insignias y les llenó de injurias, acusándoles de traidores.
El día 30, de madrugada, una columna de carros blindados se dirigía a Viessee, el centro de la proyectada reunión de las S.A., que más bien resultó el centro de una encerrona organizada. Allí, en el hotel Hanselbauer, se encontraban durmiendo, totalmente ajenos a lo que se les venía encima, Roehm y Heines. De este último, que parece ser que dormía con uno de los jóvenes de Roehm, unos afirman que fue fusilado en la carretera a donde le sacaron a rastras, mientras que otras versiones sostienen que fue trasladado junto con Roehm a Munich, donde se le fusiló. Hitler tuvo el «detalle» de ordenar que se dejara un revólver en la celda de Roehm, el hombre a quien hacía poco más de medio año había dirigido una tierna carta de agradecimiento por sus servicios. Pero éste rechazó el regalo, diciendo que, si lo habían de asesinar, lo hiciera el mismo Adolfo Hitler. Y, según se ha sabido por un testimonio del juicio de Munich, murió bajo las balas de unos oficiales de las S.S.
Hitler, tanto en un discurso que pronunció el 13 de junio como en ocasiones posteriores, se confeccionó sus propias versiones como en un intento de autojustificación. Según él, Roehm había vuelto a ponerse en contacto con Schleicher, y ambos habían llegado a un acuerdo cuyos puntos principales eran que el régimen alemán del momento no podía apoyarse; que el ejército y las milicias nacionales debían fusionarse en un frente único; que el hombre más indicado para asumir tal responsabilidad era el jefe del Estado Mayor de las S.A., es decir Roehm; que Von Papen debía ser sustituido en su puesto de vicecanciller por el general Von Schleicher y que el Gobierno del Reich aún necesitaba algunas reformas más. Para poner en práctica este plan, se daría un golpe de Estado llevado a cabo por los guardias especiales del Estado Mayor S.A. Además, siempre según versión hitleriana, Gregor Strasser también participaba en la conspiración. Y para que ésta fuese completa y no careciese de ningún ingrediente, Schleicher y el general Von Bredow habían contactado con «una potencia extranjera».
El supuesto día destinado a asaltar la Cancillería de Berlín, Roehm dormía tranquilamente en el hotel de Wiessee, donde esperaba la llegada de Hitler para la reunión del 30. El líder de las S.A. de Berlín, Karl Ernest, fue detenido en Bremen en el mismo instante en que iba a tomar el barco que le llevaría a Madeira para pasar su luna de miel. Y la mayoría de los jefes de las S.A., en general se dirigían a Wissee para celebrar la conferencia.
Goering y Himmler dirigieron las ejecuciones de los líderes de las S.A. que tuvieron lugar en la Escuela de Cadetes de Lichterfelde, mientras la redada continuaba. En la villa de Schleicher, cuando sonó la campanilla, acudió él en persona a abrir y allí mismo lo mataron a tiros, y a continuación a su esposa, que había acudido a su lado. Al general Von Bredow lo asesinaron, también a tiros, aquella misma noche en la escalera de su casa. A los dos ayudantes de Von Papen lo mismo; a uno de ellos en una habitación de la Vicecancillería. A Gregor Strasser lo ejecutaron en la prisión Prinz Albrechstrasse. La oficina de Von Papen fue asaltada y arrasada y él confinado cuatro días en su casa, si bien no pudieron atacarle personalmente por contar con la protección especial del presidente más que por ser vicecanciller.
Cuando Hitler regresó a Munich, Goering y Himmler, Fritsch y varios oficiales de la policía le esperaban. Fue el primero en aparecer por la puerta, y una guardia de honor presentó armas. Descendió del avión y, sin despegar los labios, estrechó las manos de todos cuantos componían el grupo que le había ido a recibir al aeródromo. Después de pasar revista a la guardia de honor, se dirigió hacia su automóvil en compañía de Goering y Himmler, que le presentaron un arrugado papel con una lista de nombres. De vez en cuando llamaban su atención sobre algo determinado y murmuraban algunas palabras. Las tragicómicas reacciones de Hitler fueron observadas por todos los presentes.
Pero mientras él tomaba el té en los jardines de la Cancillería, las ejecuciones continuaban, aun fuera de Berlín. Y cuando, finalmente, cesaron los fusilamientos, se volvió a una normalidad mucho más segura, pues el ejército, plenamente satisfecho por los recientes acontecimientos, brindaba su fidelidad y adhesión al canciller, mientras Hindenburg le enviaba un mensaje en el que le hacía llegar su gratitud por haber logrado segar «la traición en su origen».
Las causas reales que dieron pie a la mencionada «traición» no pudieron ser más que el que Roehm discutiera con Schleicher y Strasser el programa a que Hitler había hecho alusión, y el que se hablase en el Estado Mayor de las S.A. de obligar a Hitler a que acaudillara la Segunda Revolución con objeto de convertir a las S.A. en eje del nuevo ejército alemán, causas que no indican precisamente una conjura, mucho menos teniendo en cuenta que Roehm nunca había ocultado lo que deseaba para su cuerpo de las S.A.
Jamás se llegó a saber el número exacto de víctimas resultantes de aquellos días, pues, al parecer, Goering ordenó quemar todos los documentos relativos a la «eliminatoria», si bien el Libro Blanco publicado en París indicaba un total de 401 víctimas, haciendo relación nominal de 116 de ellas.
Gran parte de los asesinados cayeron víctimas de los rencores y venganzas personales. Así, Kahr, que llevaba retirado de la política desde 1923, fue encontrado hecho pedazos en una charca cercana a Dachau; el padre Bernhard Stempfle, quien en otros tiempos revisase las pruebas de «Mein Kamph», fue fusilado en los bosques de Munich cuando «intentaba escapar». También fue asesinado un grupo de judíos en Silesia, con el único fin de servir de diversión a las S.S. de la localidad… La noche del 30 de junio, el crítico musical doctor Willi Schmidt fue fusilado por error en Munich. Las S.S. buscaban a alguien de igual nombre y cuando llamaron a la puerta del doctor Schmidt, éste se encontraba tocando el violoncello, en tanto que su esposa preparaba la cena y sus hijos jugaban. Se lo llevaron sin dar ninguna explicación. El cadáver fue devuelto a su esposa junto con la advertencia de que no abriese el ataúd bajo ninguna excusa; también le enviaron las S.S. una cantidad de dinero, al tiempo que lamentaban su error. La viuda rechazó el macabro donativo, y entonces el propio Himmler la telefoneó sugiriéndola que aceptase el dinero y que no se fuese de la lengua. Pero ella continuó negándose, y Hess en persona llamó e intervino para que se la concediese una pensión, asegurándola que la muerte de su esposo fue la colaboración de un mártir a una gran causa. Con la intención de que cosas como la que acabamos de describir no llegasen a saberse, Goebbels prohibió que los periódicos diesen noticias al respecto. Esta prohibición, naturalmente, produjo el efecto contrario al que se deseaba, y cundió el temor causado por los rumores y las exageraciones que de ellos se derivaban.
Así las cosas, hasta el 13 de julio no se animó Hitler a hacer acto de presencia ante el Reichstad para exponer su versión de lo ocurrido, en lo que, como decíamos anteriormente, cargaba a Roehm con toda la responsabilidad; y acusaba a su grupo de homosexualidad y corrupción y, asimismo, los acusaba de revolucionarios y de que habían intentado hacer realidad la Segunda Revolución con la única meta de lograr beneficios personales. Y terminó haciendo hincapié en el eterno problema Roehm-ejército, asegurando que él siempre había estado en contra de esta fusión, y de ahí su solemne promesa a Hindenburg de mantener el ejército distanciado de la política. Promesa, que a modo de colofón, repitió a los líderes militares. Estos, cuya única preocupación consistía en conservar su posición de privilegio, carecieron de la más elemental visión para darse cuenta de que la definitiva erradicación de los S.A. no iba a suponer absolutamente nada, pues la autonomía del ejército iba a ser amenazada por un peligro mucho mayor: las S.S. de Himmler, que en premio a su reciente actuación quedaron independizados de las S.A. y bajo las órdenes directas de Hitler.
Una vez que Hitler se hubo librado de las presiones que tanto de una parte como de otra había estado recibiendo, se dispuso a tratar el problema de la sucesión y enfocarlo a su gusto, puesto que ya nada se lo impedía. A la muerte de Hindenburg, todo quedó rápidamente solucionado sin que surgiera la más mínima complicación, gracias a la competente ayuda del general Von Blonberg, por lo que una hora más tarde del óbito fue anunciado que a partir de aquel momento la oficina del presidente y la de la Cancillería quedaban fusionadas, y Hitler convertido en jefe del Estado y comandante en jefe absoluto de todas las fuerzas armadas del país. La ley que sancionaba todas estas innovaciones fue refrendada por las firmas de varios representantes de los conservadores, entre los que se contaban Von Papen y Von Blonberg, que de este modo firmaban su propia derrota. Y en el mismo día se realizó el juramento de fidelidad del ejército alemán al Führer, juramento personal que dejaba a un lado a la Constitución y a la Patria.
El 7 de agosto, tras el fallecimiento del presidente, que fue enterrado con todos los honores correspondientes a un jefe de Estado, Hitler, que el día anterior había pronunciado un discurso necrológico en la Kroll Opera House, repitió su gesto simbólico de Potsdam en marzo del 33. Desde entonces al momento actual, 7 de agosto de 1934, Hitler se había dedicado a quemar etapas por conseguir sus deseos, que en algo más de un año se veían realizados: Hitler era ya el dictador de Alemania, con los títulos de Führer y canciller del Reich. Se autonombró sucesor de Hinderburg y a continuación quiso que el pueblo aprobase su decisión mediante un plebiscito. Se publicó el testamento político del fallecido presidente con las oportunas correcciones. Estas fueron tan perfectas que el testamento en cuestión quedó reducido a una especie de apología de Adolfo Hitler. Nadie dudó de la veracidad del mismo, pues fue su propio hijo, Oskar Hindenburg, el encargado de comunicar radiofónicamente a la nación la última voluntad del anciano mariscal de campo.
El día del plebiscito se obtuvo la aplastante mayoría del 95,7 por 100 de los votos del país.
Introducción
LA situación estratégica de Polonia la hacía mantenerse en constante zozobra, y sus dirigentes adoptaron una política de equilibrio entre Rusia y Alemania. Pero pronto Hitler se propuso desequilibrar esta balanza a su favor, haciendo continuas proposiciones a los polacos y tratando de demostrar que el oponerse a Rusia convenía tanto a Polonia como a Alemania. Goering, cumpliendo perfectamente su papel de intermediario, se metió a los polacos en el bolsillo y estrechó cada vez más los lazos de amistad entre ambos Gobiernos. Mientras tanto, Francia e Italia seguían esforzándose por llegar a un acuerdo con Alemania, y pensaron que la liquidación del problema del Sarre dejaría a Hitler en una disposición mucho más favorable para acoger sus propuestas, que continuaban siendo los deseos de un pacto, similar al de Locarno, con la Europa Oriental. Pero Hitler se encontró en un aprieto, debido a que el rearme alemán había llegado a un punto en que era muy difícil continuar ocultándolo. Como el Führer no deseaba comprometerse, admitió la idea de modificar el Pacto de Locarno invocando la necesidad de estar prevenidos contra ataques aéreos, pero soslayó una vez más la cuestión de los pactos con potencias orientales. Además, incitó al Gobierno inglés a que continuasen las conversaciones. Conversaciones que no se llegaron a efectuar debido a varias diferencias que surgieron en el ínterin entre ambas naciones. Y, súbitamente, el día 9 de marzo, Alemania hizo saber oficialmente a los Gobiernos extranjeros que ya existía una Fuerza Aérea alemana y, siete días más tarde, el 16, comunicó su intención de formar un ejército para tiempo de paz, de 36 divisiones con más de 550.000 hombres.
El juego de los pactos y las alianzas
Naturalmente, Hitler hizo estas notificaciones asegurando que Alemania se había visto obligada a ir en contra de sus ideas, adoptando semejantes medidas para defenderse de las amenazas bélicas de las demás naciones, que jamás pensaron en tomar en serio las propuestas de desarme. Era tal el resquemor colectivo que en los alemanes había creado el Tratado de Versalles, que toda la nación aclamó jubilosa las resoluciones tomadas por su Führer. Ahora sólo quedaba esperar las reacciones que esta temeridad podría provocar en el extranjero. En contra de cualquier previsión lógica, la reacción general fue muy poco enérgica. Inglaterra formuló una reclamación, pero preparó una entrevista entre sir John Simon y Hitler, y Francia apeló a la Sociedad de Naciones, al mismo tiempo que trabajaba por arbitrar una conciliación. Por fin, a finales de marzo, los representantes de Gran Bretaña, sir John Simon y mister Eden, pudieron visitar al Führer, el cual les recibió amablemente, si bien totalmente firme en su posición de negarse a considerar un pacto de ayuda mutua que incluyese a Rusia. Indicando, además, que Alemania estaba prestando un gran servicio a Europa protegiéndola del comunismo.
El 11 de abril se reunieron en Stresa los Gobiernos francés, inglés e italiano en una sesión extraordinaria del Consejo para condenar el comportamiento de Alemania; reiteraron su fidelidad al Tratado de Locarno y, por último, se manifestaron, una vez más, a favor de la independencia de Austria. Por su parte, en Ginebra, el Consejo de la Liga condenó públicamente la actuación de Alemania y creó un comité que se encargase de las medidas a tomar en el futuro contra cualquier nación que obrase paralelamente, haciendo peligrar la paz.
Ante esta reacción, ciertamente tardía, Hitler no experimentó la más mínima vacilación con respecto a sus propios métodos. El 21 de mayo pronunció ante el Reichstag un dilatado discurso en respuesta a las censuras de las potencias extranjeras. No se mostró agresivo, sino dolido, como siempre, por la desigualdad con que se trataba a Alemania. Aseguró que sus actos eran mal interpretados y, una vez más, ofreció seguridades de paz, apelando a la conciencia internacional y señalando la estupidez y el terror de la guerra. Y en esta línea continuó su discurso en el que, como de costumbre, gracias a su dominio de la oratoria, jugó con sus palabras y con las psicologías ajenas. Principalmente deseaba influir en la opinión inglesa, pues toda su vida se sintió atraído por una alianza con Gran Bretaña. La reacción de Inglaterra fue más rápida de lo que el mismo Hitler esperaba. Tras algunas conversaciones, de las que los ingleses no informaron a las otras naciones, y después de un viaje de Ribbentrop a Londres, se firmó entre Gran Bretaña y Alemania un pacto naval, que supuso un duro golpe para Francia e Italia, también potencias navales, a las que no se consultó para nada. Con esta prueba de evidente mala fe, Inglaterra se atrajo el resentimiento de sus otros socios europeos y acabó con la unión del frente de Stresa.
En Nürenberg se organizó una concentración del partido en el mes de septiembre. Allí Hitler pronunció varios discursos en los que se patentizaba la seguridad que tenía en sí mismo y en su ascendiente sobre el pueblo alemán. Hubo brillantes desfiles del ejército y palabras de elogio que el Führer le dedicó. Se convocó al Reichstag para una sesión especial en la que Hitler presentó las famosas leyes de Nürenberg en contra de los judíos, consistentes la primera en privar de la ciudadanía a todo alemán que tuviese ascendencia judía, y la segunda en la prohibición del matrimonio entre judíos y alemanes. Fueron aprobadas por unanimidad.
Mientras esto ocurría en Nürenberg, Mussolini, que desde el asesinato de Dolffuss se había unido a las potencias occidentales para condenar la decisión unilateral de rearme en Alemania, se dedicaba a trazar sus planes con respecto a Abisinia, que ya en marzo apeló a la Sociedad de Naciones. Súbitamente el Gobierno inglés, que al parecer se había propuesto mantener a la Liga en una continua sorpresa, pidió en Ginebra que Italia fuese sancionada. En octubre estallaron las hostilidades entre Italia y Abisinia, y, como Inglaterra seguía demandando la imposición de sanciones, se siguió la enemistad de Mussolini, la pérdida de prestigio de la Liga y la destrucción de un posible frente para la seguridad colectiva. La miopía de los ingleses no podía ser mayor, y fueron incapaces de comprender que de todo aquel trapicheo quien iba a salir beneficiado sería Hitler, que probablemente, observaría el desarrollo de las disputas esperando su fin para aprovecharse de las consecuencias que, efectivamente, fueron la desconfianza de los franceses hacia Inglaterra, el quebranto de la autoridad de la Sociedad de Naciones y el aislamiento de Mussolini, que se vio empujado a reanudar sus relaciones con Alemania. Ante semejantes escisiones y desacuerdos entre las naciones que podrían haber supuesto un freno para las ambiciones alemanas, Hitler se sentía satisfecho, pues, al debilitarse, cada vez le iban dejando más campo de acción. Entonces, hacia el otoño de 1935, surgió la idea del eje Roma-Berlín, que cristalizó en 1936.
El siguiente golpe que Hitler descargó contra el Tratado de Versalles y contra sus vecinos europeos fue la reocupación de la zona desmilitarizada del Rin en marzo de 1936, acción que venía preparando desde finales del año anterior. Como pretexto, utilizó el pacto franco-soviético que, según él, era un factor de «inseguridad legal en el Pacto de Locarno». Esta orden de avance fue una temeridad más de las muchas en que se arriesgó Hitler, debido a que el rearme estaba recién empezado, por lo que la mayoría de los reclutas eran novatos y el número de hombres, aún muy escaso. Sin embargo, la suerte seguía acompañándole, y nadie se opuso a su acción. Londres y París intercambiaron numerosas consultas y apelaron a la razón y a la calma, de modo que, aunque el comportamiento de Alemania fue condenado por todas las organizaciones internacionales, nadie avanzó salvo los alemanes. Al fin y al cabo, la zona del Rin era parte de Alemania. Y mientras los soldados eran recibidos con flores por la muchedumbre el 7 de marzo, Hitler reunía a los ministros extranjeros para hacerles nuevas ofertas de paz, aprovechando que acababa de restablecerse la igualdad de derechos. Luego pronunció en el Reichstag un discurso lleno de buenas intenciones, deseos de paz y comprensión, en el que justificaba las medidas que se había visto obligado a tomar empujado por la traición que Francia había hecho a Europa aliándose con el poder bolchevique. Finalmente juró que no cesaría en su empeño por lograr un auténtico acuerdo entre las naciones europeas.
Unos días después, convocó unas elecciones con objeto de sondear la opinión del pueblo acerca de su política, y en los discursos de aquellos días se autonombraba «forjador de la Paz». Los resultados de la votación dieron un 98 por 100 a favor. La reocupación de la zona del Rin había constituido un gran éxito.
El eje Roma-Berlín
Austria, cuya seguridad se apoyaba en la unión de Francia, Inglaterra e Italia, experimentó una gran zozobra ante el curso de los acontecimientos, ya que la desintegración de la Sociedad de Naciones pondría su independencia en inminente peligro. Y estos temores no tardaron mucho tiempo en tomar forma. El 13 de mayo de 1936, el vicecanciller austríaco, príncipe Starhemberg, enemigo declarado de los nazis, se vio obligado a dimitir, y Mussolini, amigo suyo hasta entonces, se limitó a interceder por su seguridad personal. Después, cuando al cabo de unas semanas, Schuschnigg, el canciller, le comunicó que el Gobierno de Viena estaba en tratos con Alemania, Mussolini, aunque reiteró su apoyo a la independencia austríaca, dio su aprobación a la firma del convenio. Esta, que se llevó a cabo el 11 de junio, se orientaba en teoría a hacer más fáciles las relaciones austroalemanas, si bien la realidad es que en el futuro este convenio fue utilizado por los alemanes para presionar continuamente al Gobierno austríaco y conseguir nuevas concesiones, con lo cual el convenio vino a representar una nueva fórmula «de legalidad» ideada por Hitler para hacerse con Austria por medios pacíficos. Y al mismo tiempo reanudaba su acercamiento a Italia, a la que el 4 de julio le habían sido retiradas las sanciones que la Sociedad de Naciones intentara imponerle. Unos días después estalló en España la guerra civil y Hitler aprovechó la coyuntura para sacar de ello las mayores ventajas. Tras recibir una carta personal del general Franco, llamó a Goering y a Blomberg y dio órdenes para que se le proporcionase ayuda. Durante tres años ésta consistió en abastecimientos militares, hombres en general, técnicos, expertos y la famosa Legión Cóndor de las fuerzas aéreas. Sin embargo, jamás esta ayuda alemana fue lo suficiente activa como para que gracias a ella pudiera Franco ganar la guerra. Ni tan siquiera se igualaba a la ayuda prestada por Mussolini. Sin embargo, las ventajas de todo tipo que Hitler obtuvo a cambio fueron totalmente desproporcionadas.
La nación que se veía más directamente afectada por esta serie de acontecimientos era Francia, debido a su situación geográfica. La guerra civil española influyó en muchos franceses, por su carácter ideológico, y esto provocó una desunión que forzosamente debilitaba su política exterior. También Mussolini, como ya hemos dicho, proporcionó a España su ayuda con el deseo de que Franco venciese. Por este motivo la pugna de Italia contra Francia e Inglaterra, que pedían la no intervención, se recrudeció y los esfuerzos de París y Londres para poner de su lado a Mussolini resultaron inútiles. La paridad de las políticas italiana y alemana con respecto a la guerra española fue uno de los fundamentos para la creación del eje Roma-Berlín, y puesto que el reciente Convenio austroalemán había eliminado el principal obstáculo que se interponía entre las dos potencias, el ministro italiano de Relaciones Exteriores, Ciano, fue invitado a visitar Alemania. Y a finales de septiembre, Hitler envió a su ministro de Justicia, Hans Frank, a Venecia para que se entrevistase con el Duce y le llevase de su parte una invitación personal para que visitase Alemania en compañía de Ciano. Mussolini no mostró mucho interés, pero al mes siguiente envió a su ministro a Alemania. El 24 de octubre, Ciano se entrevistó con Hitler, que le recibió con una amabilidad fuera de lo común, esforzándose continuamente por mostrarse amistoso y por agasajar a su huésped. En las conversaciones, como siempre, llevó la voz cantante y las encaminó rápidamente hacia el terreno que quería tratar: la creación de un frente común entre Italia y Alemania contra el bolchevismo y las potencias occidentales. Aunque nada se hizo público en el comunicado que se expidió al término de la visita de Ciano, los ministros de Relaciones Exteriores alemán e italiano habían firmado en Berlín un protocolo acerca de la cooperación germanoitalana en diversos asuntos.
El comunismo como pretexto
Una vez conseguida la alianza con Mussolini, Hitler se dispuso a entrar en negociaciones con Inglaterra con objeto de lograr una alianza que siempre deseó. Para intentar esta aproximación, envió a Ribbentrop como embajador a Londres. Los ingleses se mostraron sumamente precavidos ante la idea de un compromiso de cooperación con Alemania.
Hitler, cuyo argumento principal en los tratados con el Gobierno conservador inglés era el de constituir un frente común de Estados europeos en contra del comunismo, aprovechó el ejemplo de la guerra española, lo señaló como país asolado por el bolchevismo y lo utilizó en beneficio propio para demostrar a toda Europa su anticomunismo.
Ribbentrop, mientras tanto, se había dedicado a trabajar, independientemente del Ministerio de Relaciones Exteriores, en la consecución de un acuerdo con Japón. Este acuerdo era el Pacto Antikomintern, en la misma línea de lucha contra el comunismo, y lo tuvo a punto en noviembre. Inmediatamente voló de Londres a Berlín para la firma del mismo, firmándose también un protocolo secreto que apuntaba especialmente contra Rusia, con la que ninguna de ambas partes podría firmar tratados políticos. Para Hitler, estos tratados, tanto el firmado con Italia como el acordado con Japón, constituían la base de una futura alianza militar y suponían el comienzo de una serie de combinaciones políticas que no pensaba detener. Con todo esto, Hitler podía considerar un éxito su cuarto año de Gobierno. Y lo más favorable para él era que este éxito elevó su prestigio tanto dentro como fuera de Alemania. La economía mejoró y el país se había fortalecido notablemente. Sin embargo, el responsable de la recuperación económica, el doctor Schacht, tuvo que acabar dimitiendo ante la trayectoria de la política alemana, que se enfocaba en una sola dirección: la militarización y, con ella, el rearme, por lo que la economía se veía supeditada a este único objetivo. Así, pues, pese a su supremacía industrial y a su recuperación económica, el nivel de vida del pueblo siguió siendo el mismo. Pero el pueblo estaba convencido de la trascendencia de la misión alemana en el mundo y tenía un fuerte sentimiento nacionalista; por lo tanto se preparaba para la guerra, mientras su Führer se entretenía engañando al mundo con juegos de palabras, entre las que la que con más frecuencia se dejaba escuchar seguía siendo la palabra «PAZ».
Hasta que el eje Roma-Berlín quedó totalmente consolidado, hubo de transcurrir bastante tiempo, a lo largo del cual menudearon las visitas y conversaciones efectuadas por ambas partes, bajo la atenta mirada de Hitler, que seguía con una cierta inquietud los intentos de un nuevo acercamiento a Mussolini realizados por Francia e Inglaterra. Tras el «Convenio de caballeros», que acerca del Mediterráneo firmó Ciano con Gran Bretaña el 2 de enero de 1937, Goering fue enviado a Roma para que se entrevistase con el Duce. En las conversaciones mantenidas el 11 y el 23 de enero, cada uno de los dos intentó sonsacar al otro sus opiniones, especialmente en lo que se refería a Inglaterra; pero ambos se manifestaron reservados y suspicaces. La principal interferencia que aún existía en las relaciones germanoitalianas era la independencia de Austria, que una de las partes apoyaba y la otra deseaba romper. Goering, habiéndose mostrado demasiado claro en la primera entrevista, ante la reacción negativa que observó en el Duce, procuró en la segunda manifestarse menos comunicativo y tranquilizar a su interlocutor, asegurándole que cualquier acto, por parte de Alemania, encaminado a transformar la situación de Austria, sería previamente consultado a Roma. Sin embargo, los italianos no abandonaron su desconfianza y, aunque Hitler no dejó de presionarlos, en principio lo hizo con una cierta medida. Los acontecimientos actuaron en su favor, influyendo sobre Mussolini de tal forma que éste acabó por considerar ventajosa una alianza con Hitler. Finalmente se acordó un encuentro de los dos líderes en Alemania, y el 23 de septiembre el Duce salió de Italia para dirigirse a Munich, donde fue recibido por el Führer con un pomposo espectáculo preparado por las nazis a base de un impresionante desfile de las S.S. Una vez terminada esta primera parte de la representación, el italiano fue llevado rápidamente a Meklenburgo donde contempló unas maniobras del ejército que fueron una auténtica exhibición del poderío militar alemán. E inmediatamente después le trasladaron a Essen con objeto de que viese las fábricas Krupp y se hiciese una idea de los recursos industriales existentes. Por último, le condujeron a Maifeld, donde ante una multitud de cerca de un millón de personas, ambos dictadores dirigieron sus discursos al pueblo. Pero antes de que este acto de fin de fiesta hubiese llegado a su término, se desencadenó una gran tormenta que en breves minutos dio al traste con toda la solemnidad del momento y, a consecuencia del maremágnum que se organizó, Mussolini quedó abandonado y perdido entre la muchedumbre y hubo de volver solo a Berlín, completamente mojado. Sin embargo, este contratiempo no le afectó, y regresó a su país auténticamente fascinado por el poderío alemán, cuya demostración Hitler había organizado cuidadosamente con el exclusivo fin de impresionarle.
Ya en Roma, y tres semanas más tarde, el Duce recibió a Ribbentrop, que se trasladó a la capital italiana para convencerle de que firmase en nombre de su pueblo el Pacto Antikomintern que se había efectuado entre Japón y Alemania el año anterior. Ribbentrop, que acababa de fracasar en Inglaterra con la misma propuesta, no ocultó este hecho a Mussolini, y éste, sumamente complacido por la noticia, resolvióse a firmar. La operación quedó finalizada el 6 de noviembre y, además, en el mismo mes el Duce y Ribbentrop mantuvieron unas conversaciones bastante interesantes acerca de Austria, ya que la actitud italiana estaba experimentando un cambio muy positivo para Alemania, que de todas formas reiteró su promesa de no hacer nada al respecto sin que antes hubiese un cambio de pareceres. Ya Hitler, gracias a su alianza con Italia y a la explotación del conflicto entre ésta y las demás potencias occidentales, se iba abriendo camino en la Europa Central, y cuatro meses más tarde ordenó que las tropas alemanas se presentasen en el paso del Breñero, es decir, en la frontera austroitaliana.
Aunque los acuerdos con Italia le mantenían muy ocupado, Hitler no descuidó ni por un momento las relaciones con Polonia, que, si nunca llegó a confiar en las promesas alemanas, con la reocupación de la zona del Rin sintió tal recelo que intentó consolidar sus vínculos con Francia. Ante esta reacción por parte de los polacos, Hitler y Ribbentrop se apresuraron a renovar sus ofertas de seguridad, prometieron no actuar en Danzig sin un acuerdo previo con Polonia y, por último, insistieron en el común interés que unía a ambos países (Alemania y Polonia) contra la amenaza bolchevique. A finales de enero, cuando Goering regresó de Roma, fue enviado a Varsovia con objeto de terminar con las sospechas de los polacos. Gracias a su especial sentido de la diplomacia, que consistía en envolver al oponente y abrumarle con seguridades, lo consiguió y el 5 de noviembre se firmó en Berlín un tratado con Polonia. Como podemos comprobar, Hitler, poco a poco, iba ganando posiciones.
La guerra de España, mientras tanto, continuaba preocupando a las potencias occidentales, que seguían tratando de evitar la intervención, aunque sin conseguir nada al respecto, con lo que el prestigio francoinglés sufrió un considerable descenso. Todo ello entraba en los planes de Hitler para beneficiarse, como le beneficiaba asimismo la guerra española, y de ahí que su ayuda estuviese menos encaminada a que Franco lograse la victoria que a tratar de que la contienda se prolongase. Y jugando con todos estos factores dio un nuevo impulso a su lucha contra el bolchevismo, atacó violentamente a los judíos que, según él, eran quienes dirigían toda la maniobra comunista desde Moscú, señaló una vez más, como ejemplo, víctima a España y acusó de ceguera a los Gobiernos francés e inglés.
Guerra sí, guerra no
El 5 de noviembre de 1937 celebró Hitler en la Cancillería del Reich, una reunión secreta a la que sólo tuvo acceso un grupo muy reducido. Aunque respecto al significado de la mencionada reunión se han expuesto todo tipo de opiniones, lo más probable es que el motivo de Hitler para reunir a sus principales hombres de confianza fuese el de hacer un balance general de los años transcurridos en el poder y establecer, en adelante, un ritmo para el rearme y la expansión alemana. La militarización y el rearme de Alemania estaban en pleno auge, y el hombre de paz que había aparentado ser iba a manifestarse en su auténtica fase de hombre de guerra, si bien continuaba tratando de presentar otra imagen a los ojos del mundo, como lo demuestra su autonombramiento de «hombre del Destino».
Cuando Hitler terminó de hablar, surgió una viva polémica entre los componentes de la reunión debido a que algunos de ellos se alarmaron ante los planes que acababa de exponer el Führer. Los altos jefes del ejército, Von Blomberg y Fritsch, apoyados por el ministro de Relaciones Exteriores, Neurath, basaron su oposición en el poderío militar de Francia, en las fortificaciones alemanas, todavía incompletas, en el Oeste, en las, por el contrario, fuertes defensas checas y en la inseguridad de un estallido inmediato de conflicto entre las naciones occidentales. Hitler montó en cólera, pues no soportaba la más mínima oposición y menos cuando ésta se basaba en dudar de algo que él veía tan claro. En una entrevista que solicitó cuatro días después, Fritsch volvió a insistir en que Alemania no estaba preparada para afrontar una guerra; y con todo esto la irritación de Hitler llegó a tales límites que, cuando Neurath intentó verle con la misma intención de disuadirlo, se retiró repentinamente a Berchstesgaden, negándose a recibirlo. Todo aquel que no estuviese dispuesto a seguirle ciegamente, aquel que con sus dudas y su oposición pudiera frenarle, en una palabra, el que no creyese absolutamente en él, no podía permanecer a su lado. Había que alejarlo. Por eso nada tiene de extraño que, apenas transcurridos tres meses de la reunión del 5 de noviembre, precisamente Fritsch, Von Blomberg y Neurath fueran apartados de sus cargos.
Como ya dijimos anteriormente, también Schacht, el mago de las finanzas, se había retirado no sin cierta oposición por parte de Hitler, que no quería dejarlo marchar. Pero, tras la invasión de Goering en el campo de la economía y contrariado por sus absurdas actuaciones, Schacht renunció y, pese a la insistencia del Führer para que se quedara, volvió a presentar su dimisión, que fue finalmente aceptada el día 8 de diciembre de 1937. Continuó algún tiempo como ministro sin cartera y presidente del Reichsbank, pero fue Goering quien a partir de entonces hacía y deshacía a su antojo toda la planificación económica. Schacht fue sustituido en el Ministerio de Economía por Walther Funk, que ocupó el cargo en cierto modo como figura decorativa, ya que, además de limitársele previamente la mayoría de las facultades de que había disfrutado Schacht, quedaba totalmente subordinado a Goering, que ya para entonces había sido nombrado por Hitler plenipotenciario del Plan de los Cuatro Años.
A principios de 1938, y llevada a cabo una serie de sustituciones en diversos ámbitos, Hitler creyó llegada la hora de cambiar los dos organismos del Estado que hasta entonces se habían mantenido intocables en medio de la purga general: el de Relaciones Exteriores y el del Ejército, pilares ambos del conservadurismo y la aristocracia. Hitler siempre había sentido gran repulsa hacia esta clase y esperaba, impaciente, la ocasión de apartarla a un lado. Ya había sacado todo el partido posible tanto al ejército como a la otra institución. Ambas habían sido utilizadas en su momento, pero ya no eran necesarias.
Para sustituir a Neurath, ministro de Relaciones Exteriores, hacía tiempo que Hitler pensaba en Ribbentrop, hombre servicial que sentía una admiración sin límites por él y que le servía incondicionalmente.
Las relaciones con el Ejército, que en un principio fueron buenas, a medida que su ayuda iba siendo menos imprescindible se habían ido problematizando hasta llegar a un punto realmente crítico. Los generales no estaban de acuerdo con la mayor parte de las determinaciones tomadas por Hitler y lo peor de todo era que su representante, el general Von Blomberg, estaba totalmente sometido a los deseos del Führer, de modo que en sus intervenciones cerca de él muy poco se atrevía a hacer y exponer en favor del Ejército, que no tenía ninguna confianza en el mariscal de campo y que había puesto sus esperanzas en el general Von Fritsch. Sin embargo, en aquella ocasión fueron los dos, Blomberg y Fritsch, los que intentaron frenar la avalancha que era la política exterior de Hitler, quien no hizo el más mínimo caso de su opinión y mucho menos trató de disipar sus dudas al respecto. El poderío nazi estaba ya sólidamente establecido, y su jefe supremo no dependía de nadie, cosa que estaba dispuesto a demostrar muy pronto desligándose y desentendiéndose de toda la tradición militar alemana.
Las circunstancias vinieron a proporcionarle la ocasión de terminar definitivamente con las pretensiones del Alto Mando. Circunstancias que fueron hábilmente manejadas por Goering y Hitler. El general Von Blomberg deseaba contraer segundas nupcias con Erna Grühn, una señorita de oscuro pasado. Temiendo la reacción contraria que esto provocaría entre los oficiales debido a su rígida mentalidad, ingenuamente confió a Goering su problema. Este no sólo le animó, sino que además le ayudó y fue, con Hitler, testigo principal de la boda. Inmediatamente comenzaron a surgir complicaciones. En los archivos de la Policía aparecieron unos papeles en los que la esposa del mariscal de campo figuraba como prostituta y como modelo de fotografías pornográficas. Casualmente fue Goering quien informó a Hitler sobre el particular. Por su parte, toda la oficialidad del Ejército se manifestó contra el hombre que le arrojaba semejante baldón. Von Fritsch solicitó una entrevista con Hitler y le transmitió el ultimátum del Ejercito, que consistía en el deseo unánime de que Blomberg saliera del mismo. Hitler estuvo absolutamente de acuerdo.
Eliminado Blomberg, el sucesor lógico y evidente como ministro de la Guerra y comandante en jefe de todas las Fuerzas Armadas debía ser Fritsch, pero también para él había una trampa preparada. Goering y Himmler, también por aquellos días, habían «encontrado» otro legajo policiaco que acusaba a Von Fritsch de actos homosexuales; y, aunque bastante tiempo después, ante el tribunal de investigación, quedó demostrada la falsedad de esta acusación, que no era sino una burda maniobra, ya era demasiado tarde, y la maniobra en cuestión había dado el resultado que se perseguía.
El final de todo el montaje fue que el propio Hitler asumió los cargos que habían quedado vacantes, creó el O.K.W., alto mando independiente de las Fuerzas Armadas, que en realidad era como su Estado Mayor personal, y para jefe del mismo nombró al general Wilhelm Keitel, que pertenecía asimismo al tipo de hombres que nunca se le enfrentarían. En el puesto de Von Fritsch colocó al general Von Brauchitsch; a Goering le hizo mariscal de campo como premio de consolación, y ya que se estaba ocupando de revisar el Ejército, aprovechó la ocasión y «concedió» el retiro a 16 generales de los más antiguos al tiempo que trasladaba a otros 44.
Finalmente, y como ya tenía programado, relevó a Neurath de su cargo de ministro de Relaciones Exteriores, poniendo en su lugar a Ribbentrop.
De un solo golpe Hitler había destrozado las esperanzas de los conservadores, acaparando el control absoluto del Estado, al poseer el de la política exterior y el de las fuerzas armadas.
Planes sobre Austria
El paso siguiente sería Austria. La noche del 4 de febrero, Franz von Papen, que sólo siete días antes había tenido una entrevista amistosa personal con Hitler, recibió una llamada telefónica del secretario de Estado, Lammers, por medio de la cual le comunicaba que su misión en Viena había terminado.
Pese al convenio de julio de 1936, que figuraba como base sobre la que asentar las relaciones austroalemanas, Schuschnigg no estaba muy tranquilo, pues había en Austria un fuerte partido nazi que se proponía dar un golpe de fuerza. El partido en cuestión era clandestino, y cuando la policía austríaca descubrió, el 25 de enero de 1938, en una redada por las oficinas nazis, los preparativos para una insurrección en la primavera, se apeló a Hitler para que interviniese. Aunque no se sabe con certeza si Alemania tenía parte en las actuaciones de los nazis austríacos, no caba duda de que a Hitler le convenía que existiese.
Cuando Schuschnigg supo que Von Papen había sido relevado de su puesto, y dándose cuenta de la difícil situación en que había quedado Austria desde que se estableciera el eje Roma-Berlín, inmediatamente se planteó la idea de que tal vez una reunión personal con Hitler podría aportarle algunas ventajas. Von Papen, al saberlo, se ofreció como intermediario y, un día después de haber sido retirado, marchó apresuradamente a Berchstesgaden, donde a la sazón se encontraba Hitler, para hacerle la proposición personalmente. Esta interesó al Führer quien ordenó al hombre al que acababa de deponer que efectuase los trámites necesarios.
Una vez de vuelta en Viena, Von Papen aconsejó a Schuschnigg que se apresurase a aprovechar la oportunidad, que tal vez iba a ser la última, de llegar a un acuerdo con Hitler. Antes de acceder, Schuschnigg pidió que en el futuro las relaciones austroalemanas continuaran basándose en las cláusulas del Tratado de 1936 y, después de obtener una respuesta positiva al respecto, el 11 de febrero salió en tren hacia el Obersalzberg, en compañía de su secretario de Estado. Von Papen les esperaba en la frontera y se encargó de conducirlos ante Hitler, que se encontraba en el Berghof acompañado de algunos generales alemanes. Salió a recibirles a la escalinata e inmediatamente condujo al canciller austríaco a su despacho para mantener con él una conversación privada. Apenas acababan de sentarse cuando, ante el asombro de Schuschnigg, Hitler se puso a despotricar, atacando furiosamente la línea política seguida por Austria hasta el momento. Sin dejar hablar al canciller, fue subiendo el tono de voz, gritando, hasta terminar en una histérica excitación y en una serie de amenazas, todo ello únicamente basado en el hecho de que Schuschnigg había mandado construir fortificaciones en la frontera.
Por la tarde, Schuschnigg fue conducido a presencia de Ribbentrop y Von Papen. Estos le presentaron un escrito en el que se detallaban las exigencias de Hitler: el gobierno austríaco había de reconocer al nacionalsocialismo como perfectamente compatible con la fidelidad a Austria, siempre que los nazis se moviesen dentro de la Constitución austríaca. Se nombraría ministro del Interior al criptonazi Seyss-Inquart, al que se habría de dar el control de la Policía. Se promulgaría una amnistía para todos los nazis encarcelados, y los nazis que hubiesen sido destituidos de sus cargos volverían a ocuparlos. Habría un intercambio de oficiales de los ejércitos austríaco y alemán para asegurar unas firmes relaciones entre ambos; y, finalmente, se asimilaría el sistema económico de Austria al de Alemania.
Aquel era el ultimátum de Hitler, le hizo saber Ribbentrop. Schuschnigg trató por todos los medios de que se incluyeran algunos cambios en el escrito, pero solamente accedieron a afectuar unos pocos de escasa importancia. Y, cuando más tarde volvió a entrevistarse con Hitler, éste se mostró tan intransigente y agresivo como antes del almuerzo. Montó un juego psicológico con el general Keitel para intimidar a Schuchnigg y, finalmente, éste no encontró otra salida que firmar. Después de haberse visto obligado a soportar todas las pruebas de aquel día nefasto, su único anhelo era salir de allí y así lo hizo en cuanto pudo, rehusando la invitación del Führer para que se quedase a cenar. Al final de la jornada, Von Papen se sentía contento. Hitler estaba plenamente satisfecho.
Si el protocolo firmado por Schuschnigg era cumplido a rajatabla, el problema austríaco quedaría automáticamente resuelto, pensaba Hitler. Y por ello quería esperar el desarrollo de los acontecimientos antes de tomar una determinación para solucionarlo por métodos violentos.
El día 16 de febrero, el Gobierno austríaco anunció una amnistía general para todos los nazis, y a la vez que una reorganización del gabinete, comunicaba el nombramiento de Seyss-Inquart como ministro del Interior. Este, tras un viaje a Berlín para recibir órdenes, empezó a actuar casi con total independencia del canciller, mientras que los nazis austríacos cada día se manifestaban más descaradamente. Las cosas estaban llegando a tal punto que pronto Schuschnigg se convenció de que, si no se decidía a actuar rápidamente, el Gobierno austríaco terminaría siendo un cero a la izquierda. Para ello sólo encontró un último y desesperado recurso: dado que el principal argumento que utilizó Hitler en sus conversaciones fue el de que la mayoría del pueblo austríaco estaba a favor de una unión con Alemania, decidió que el 13 de marzo se celebrase un plebiscito para que dicho pueblo manifestase si en realidad estaba a favor de dicha unión o prefería continuar siendo independiente y libre. Schuschnigg tomó esta decisión el día 8, y el 9 le llegó la noticia a Hitler, quien se encolerizó al ser cogido por sorpresa y no tener nada preparado por no habérsele ocurrido pensar en semejante eventualidad. Sólo había sido previsto un plan de acción militar contra Austria, y éste se refería al caso de que Otto de Habsburgo reclamase el trono. Sin embargo, la plana mayor dictó apresuradamente varias órdenes militares a las que Hitler dio su consentimiento el día 10, si bien aseguró que sólo invadiría Austria en el caso de que otras medidas no dieran resultado. Su mayor preocupación a este respecto era lo que pudiera opinar Mussolini, por lo que el mismo día envió al príncipe Felipe de Hesse con una carta que debía entregar en propia mano al Duce. Carta llena de sofismas y autojustificaciones, escrita con el propósito de mantenerlo de su parte, lo que consiguió fácilmente según le fue confirmado la noche del 11 en una llamada telefónica que el príncipe de Hesse le hizo desde Italia: Mussolini aceptaba el asunto de forma totalmente amistosa. Hitler respondió a esta reacción del Duce con las más fervientes palabras de agradecimiento y las más firmes promesas de ayuda y de reciprocidad.
Se dieron múltiples órdenes para que se llevase a cabo la «Operación Otto», y ya en la madrugada del 11 de marzo los tanques y camiones del ejército se dirigieron hacia el Sur mientras los aviones de bombardeo volaban hacia Baviera.
El teléfono despertó aquella mañana al canciller. Era Skubl, el jefe de Policía, que desde el otro extremo del hilo le comunicaba que los alemanes habían cerrado su frontera en Salzburgo y habían cortado asimismo las comunicaciones ferroviarias entre ambas naciones.
A las nueve y media, Seyss-Inquart y Glaise-Horstenau se personaron en la Cancillería para presentar a Schuschnigg el ultimátum de Hitler: suspensión del plebiscito ordenado y convocatoria de otro que lo sustituiría tres semanas más tarde. Después de una larga discusión, al final de la cual no se llegó a ningún acuerdo, Seyss-Inquart y Glaise-Horstenau se fueron para mantener una reunión con los dirigentes del partido nazi austríaco. Mientras tanto, el canciller se entrevistó con el presidente de la República, Miklas. Cuando los dos ministros regresaron a la Cancillería para entrevistarse nuevamente con Schuschnigg, éste les comunicó que él y Miklas habían llegado al acuerdo de demorar el plebiscito, como quería Hitler. Pero las exigencias alemanas no se habían detenido en este punto. Goering, que estuvo telefoneando casi todo el día desde Berlín a Viena, exigió a continuación la dimisión de Schuschnigg y, una vez que la hubo conseguido, quiso imponer el nombramiento de Seyss-Inquart, como canciller, a lo que el presidente Miklas se negó. Keppler, acompañado del general Muff, fue a visitarle y le presentó la lista de los ministros de Seyss-Inquart, al tiempo que amenazaba con la invasión si Miklas no accedía. Pero el presidente mantuvo su postura. Poco después, Goering habló por teléfono con Seyss-Inquart. Estaba furioso y ordenó todo tipo de disposiciones encaminadas a intimidar al reacio presidente, que, a pesar de todo, continuó oponiendo fuerte resistencia.
Así las cosas, Goering optó por una peregrina solución que acababa de ocurrírsele. Telefoneó a Muff y le dijo que, puesto que Schuschnigg había dimitido, Seyss-Inquart pasaba a ser el primer ministro en activo y, como tal, estaba autorizado, en nombre del Gobierno, a tomar cuantas medidas considerase necesarias. Cuando algo más tarde, Keppler telefoneó a Berlín para comunicar que las instrucciones recibidas se estaban llevando a cabo, Goering indicó que Seyss-Inquart debía enviar un telegrama a Berlín en el que, con el pretexto de mantener la paz con Austria, solicitase el envío de tropas alemanas. También dijo que Seyss-Inquart debía formar su Gobierno con los nombres de la lista enviada desde Berlín, y ordenó que se estableciese vigilancia en las fronteras con objeto de impedir que hubiese fugas. Al final, y con respecto al telegrama, añadió que era suficiente con que les contestasen que estaban de acuerdo. Y al cabo de una hora así lo hicieron. Los nazis del país se lanzaron a invadir todas las oficinas del Gobierno, mientras Keppler, Seyss-Inquart y Muff representaban los principales papeles en aquel caos. Y, ante la inminente amenaza de apoderarse del país por la fuerza, el presidente, totalmente coaccionado, acabó por claudicar: nombró a Seyss-Inquart canciller general, siempre con la esperanza de evitar males mayores. Pero cuando el general Muff, en nombre del nuevo canciller, solicitó de Berlín que las tropas alemanas no cruzaran la frontera, ya era demasiado tarde: el Führer estaba decidido a «liberar Austria» y él en persona cruzó la frontera, dirigiéndose a Linz, donde fue recibido en medio de aclamaciones. Allí le esperaban Seys-Inquart y Horstenau; también se encontraba Himmler, que venía de Viena, donde había estado dando órdenes a la Gestapo y a las S.S. en relación con las detenciones que debían practicarse y que solamente en Viena sumaron 76.000.
El Führer experimentó un gran placer al volver a su tierra natal; se dirigió a la muchedumbre asegurando en su discurso que la Providencia le había elegido para mayor gloria de su patria. Al día siguiente se trasladó a Leonding para hacer una visita a la tumba de sus padres y colocar en ella una corona. Después regresó a Linz, donde pasó la noche. Todavía no había tomado una determinación acerca del porvenir de Austria, pero terminó decidiéndose por la anexión, al parecer animado por la buena acogida que recibió en Linz. A la mañana siguiente, el secretario de Estado de Hitler, Stukart, voló hasta Viena para dar a conocer el proyecto del Führer al nuevo Gobierno austríaco. Cuando el día 13 Seyss-Inquart se presentó en Linz, ofreció a Hitler el texto de una ley que acababa de ser promulgada y que en su primer apartado declaraba que Austria era una provincia del Reich alemán. Aunque la multitud le esperaba el día 13, Hitler no llegó a Viena hasta el 14 y de bastante mal humor debido a algunos contratiempos. No permaneció en la ciudad más que una noche y a continuación regresó por aire a Munich. Pese a su malhumor, recibió una gran satisfacción contemplando la ingente muchedumbre que con entusiasmo le aclamaba en su paso triunfal.
El 18 de marzo, Hitler anunció la disolución del Reichstag y la celebración de unas nuevas elecciones el 10 de abril. En ellas pediría otros cuatro años de poder para consolidar las ganancias obtenidas hasta el momento. A continuación se dedicó a viajar por toda Alemania, dirigiendo y activando la campaña electoral.
Los resultados de las votaciones no pudieron ser más favorables: el 99 por 100 de los alemanes aprobaba todos los actos de Hitler; y en Austria fue superada esta cifra: allí se consiguió el 99,75 por 100.
Introducción
LA anexión de Austria a Alemania se había llevado a cabo de la forma más pacífica y cordial. El país estaba viviendo hacía mucho tiempo en un continuo estado de inseguridad, y aquel final supuso una especie de relajación que rompía con la tensión sufrida hasta entonces. Sin embargo, todos los que habían esperado algo de aquella unión no tardaron en decepcionarse totalmente. La legión austríaca sólo pensaba en conseguir empleos y tomar venganza; en Viena se cometieron algunos de los peores excesos antisemitas de los nazis, y en poco tiempo la ciudad quedó relegada a un segundo plano, a una ciudad de provincia cuyas tradiciones históricas se despreciaron olímpicamente.
Con respecto a las reacciones extranjeras, ya conocemos la de Mussolini. Por su parte, París y Londres recibieron la descarga de esta nueva sorpresa ofrecida por Alemania; Chamberlain, en Inglaterra, se mostró indignado; los franceses reafirmaron sus compromisos con Checoslovaquia; pero ni uno ni otro país se decidieron a hacer nada. Es más, la propuesta, por parte de Rusia, de que se celebrase una conferencia de varias potencias con objeto de impedir nuevas agresiones, fue rechazada.
Después de Austria, Checoslovaquia
Diez días después de ser conocidos los resultados del plebiscito sobre Austria, Hitler convocó al general Keitel y dio órdenes de que el Estado Mayor fuese haciendo los preparativos para nuevos planes de agresión. Estaba claro cuál iba a ser el siguiente paso. Hitler odiaba a los checos, aquellos seres inferiores que se atrevían a desafiar la supremacía de los alemanes. Además, el ejército checo era una fuerza de primera clase que poseía fabulosas fortificaciones y Hitler tenía que eliminar este obstáculo si quería avanzar hacia el Este. Por tanto, la anexión de Checoslovaquia era su próximo objetivo.
El pretexto que esta vez iba a utilizar para llevar a cabo sus planes era la situación de los alemanes de la República checa, que formaban una minoría de más de tres millones. Cuando los nazis subieron al poder, estos alemanes abrumaron al Gobierno de Praga con exigencias cada vez mayores, pidiendo una más amplia autonomía y una abierta propagación de las doctrinas nazis, cuyo partido en Checoslovaquia era subvencionado clandestinamente por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania. El jefe de este partido era Konrad Henlein. Con él, y con otros dirigentes de la minoría alemana, el Gobierno checo, consciente del peligro que le amenazaba dentro de sus propias fronteras, trató continuamente de llegar a un acuerdo satisfactorio. Este era el mar de fondo utilizado, ya que de lo que verdaderamente se trataba era de un enfrentamiento de Alemania y Checoslovaquia. Pero Hitler, dando al problema el matiz de querer ayudar a unos hermanos oprimidos, logró confundir a la opinión pública de otros países. Y mientras insistía en que para un mejoramiento de las relaciones germanochecas era indispensable que las demandas de la minoría alemana fueran atendidas, se entrevistaba con Konrad Henlein el 28 de marzo de 1938 en Berlín. La conversación, en la que también se hallaban presentes Hess y Ribbentrop, duró tres horas. A partir de aquel momento, Henlein debía considerarse como representante del Führer y su principal consigna sería encargarse de presentar al Gobierno checo tales exigencias que resultasen inaceptables. De este modo se creaba una tensión permanente que en su momento permitiría a los alemanes intervenir en defensa de los de su raza, si bien el auténtico objetivo de Hitler era la destrucción del Estado checo y la anexión de Bohemia-Moravia.
El 2 de mayo, Hitler marchó hacia Roma en visita oficial, acompañado de un voluminoso número de representantes de su partido. Hubo poco tiempo para conversaciones políticas, ya que el programa de recepciones, visitas y giras era sumamente apretado. Sin embargo, el día 7 de mayo, en un banquete oficial que se celebró en el Palazzo Venezia, Hitler aprovechó la ocasión para reafirmar las buenas relaciones de las potencias del eje y asegurar a Mussolini que no abrigaba pretensiones sobre el Tirol, punto éste que traía preocupados a los italianos.
Regresó Hitler encantado de Italia, y satisfecho de haber conseguido reasegurar la solidaridad entre ambos países. A estos motivos de contento se unió la buena noticia de que los preparativos que había ordenado contra Checoslovaquia se desarrollaban inmejorablemente.
Inesperadamente, el 28 de mayo organizó en la Cancillería del Reich una conferencia a la que asistieron, entre otros, Ribbentrop, Goering, el general Keitel, el general Beck y Brauchitsch. Allí, ante un mapa que se hallaba extendido sobre la mesa, Hitler indicó lleno de soberbia cómo iba a ser eliminado el enemigo que había tenido la osadía de humillarle ante el mundo entero. Decidió que Checoslovaquia sería aplastada en un próximo futuro, y añadió que la ejecución de este proyecto debería asegurarse como muy tarde para el 1 de oqtubre de 1938. Los tres meses siguientes los empleó Hitler para convencer a París y Londres de la insensatez de los checos, mientras continuaba preparándose para la intervención. Franceses e ingleses, siempre con miras a evitar la guerra, presionaron a los checos, que, ante esta reacción de sus propios amigos para que hiciesen todo tipo de concesiones a los alemanes de su país, cada vez se sentían más aislados.
Mientras tanto, Henlein y su partido seguían oponiendo toda clase de impedimentos a las intentonas que el Gobierno de Praga hacía con objeto de llegar a un acuerdo que los nazis no deseaban, ya que su única meta era hallar el motivo para una ruptura total. En Alemania continuaban los preparativos de agresión; pero el alto mando del ejército, ante el peligro de una guerra general, empezó a mostrarse reacio a los planes de Hitler. Estaba a la cabeza de la oposición el jefe del Estado Mayor, general Ludwig Beck, que no veía claras las ideas del Führer. Para discutir acerca del tema, Beck insistió a Brauchitsch y, presidida por éste, se celebró en Berlín una reunión de los jefes principales, de los que casi la totalidad apoyó el criterio del general Beck. Cuando Hitler tuvo conocimiento de esta reunión, descutió acaloradamente con Brauchitsch y a continuación convocó una conferencia de la que fueron excluidos los generales más antiguos. Pese a aquella precaución, la conferencia estuvo llena de choques entre los representantes del ejército y Hitler, que se irritó hasta el límite y lanzó toda suerte de improperios e insultos contra aquel «hatajo de inútiles». El resultado de todo esto quedó indefinido. Brauchitsch no quiso continuar; Beck dimitió, y Hitler se mantuvo en su posición, pues no estaba dispuesto a variar su política militar. Sin embargo, no le pasó desapercibido que la oposición no había quedado en absoluto convencida.
Se retrasa el «día X»
También por aquel entonces hubo una conspiración de la que formaban parte el doctor Schacht, y los generales Beck, Witafeben, Oster y Hoeppner, cuya idea era apoderarse de Hitler, en cuanto diera la orden de ataque contra Checoslovaquia, y hacerle comparecer ante un tribunal del pueblo. Más, para esto, necesitaban convencer a Brauchitsch y a Haider, y tener la seguridad de que Francia e Inglaterra apoyarían a los checos en el caso de un ataque por parte de Alemania. Pero las pruebas conseguidas acerca de la opinión de ambos países fueron tan inconsistentes que no convencieron ni a Haider ni a Brauchitsch, y la conspiración quedó en agua de borrajas.
Una nueva conferencia militar fue convocada el 9 de septiembre, en Nürenberg, por Hitler, que censuró agriamente la cautela del ejército y su indecisión. Acto seguido, propuso penetrar directamente hasta el centro de Checoslovaquia y dejar el ejército de dicho país a retaguardia. Fijó el «DÍA X» para el 30 de septiembre; y le precedería un levantamiento en el país de los sudetes. Las advertencias de París y Londres no hicieron el más mínimo impacto en el espíritu de Hitler, firmemente convencido de que ambos países deseaban evitar la guerra como fuese, y también de que en Europa no existía solidaridad verdadera.
El mundo entero esperaba el discurso de Hitler en la concentración de Nürenberg, y este fue pronunciado la última noche de dicha concentración. Si lo que esperaba el mundo eran emociones fuertes, no debió quedar defraudado, pues las palabras de Hitler fueron el ataque más brutal y agresivo que un país hacía a otro en tiempos de paz. No trató en ningún momento de ocultar la cólera y el rencor que le había producido la humillación de finales de mayo. Los alaridos de la muchedumbre rubricaban sus frases llenas de odio. Pero no se dejó llevar por él hasta el punto de comprometerse. De todas formas, el discurso fue la contraseña para el proyectado levantamiento del país de los sudetes, del que resultaron varias personas muertas a tiros. El Estado checo proclamó la ley marcial y logró dominar la situación antes del día 15. Esto fue utilizado como excusa por los dirigentes sudetes para exigir, en un ultimátum, la renovación de la orden de la ley marcial y la retirada de la policía. Como no recibieron respuesta, Henlein rompió toda relación con Praga, y, tras lanzar una proclama en la que se hablaba de que querían vivir como alemanes libres, se dirigió a Baviera con gran número de partidarios y creó un cuerpo libre de sudetes para organizar algaradas por la frontera.
Al día siguiente del discurso de Hitler en Nürenberg, el Gobierno francés había llegado a un punto de total indecisión con respecto a las determinaciones a tomar. Finalmente, recurrieron a Chamberlain para que él se encargase de llevar a cabo el mejor acuerdo posible con el Führer, y el primer ministro inglés en persona fue a visitar a Hitler, que le esperaba en Berghof el día 15 de septiembre, realizando, para tratar de una solución pacífica, el primer vuelo de su vida.
Después de tomar el té, pasaron al despacho acompañados únicamente del intérprete Paul Schmidt. El que habló primero fue Hitler, exponiendo una serie de hechos llenos de divagaciones, para terminar asegurando que había llegado al límite de su aguante con respecto al problema de los sudetes. Chamberlain quería saber exactamente qué era lo que se proponía hacer, pero él le respondió siempre lo mismo, dicho de distintas formas. En resumen, que estaba dispuesto a correr cualquier riesgo por terminar con aquella situación. En este punto, Chamberlain, irritado, dijo a Hitler que, si desde un principio estaba decidido a resolver el asunto por la fuerza, sin esperar a una discusión previa, debía haberle evitado el malgastar su tiempo en aquel viaje. Hitler cambió su actitud y le dejó entrever una posibilidad de negociaciones si el Gobierno británico, en principio, aceptaba la idea de la cesión. Chamberlain tenía que consultarlo y pidió que le diese la seguridad de no precipitarse antes de haber recibido una contestación. Hitler, que había señalado el «DÍA X» para muy pocos días después, accedió como quien hace una gran concesión. Chamberlain se lo creyó, y al día siguiente regresó a Londres.
Jamás pasó por la imaginación del Führer que el primer ministro inglés pudiera conseguir de los checos que se aviniesen a entregar voluntariamente a Alemania el país de los sudetes, por lo que continuó con sus preparativos políticos y militares. De modo que cuando, el 22 de septiembre, mister Chamberlain volvió a entrevistarse con él para comunicarle que los checos, tras un ultimátum francobritánico, habían aceptado transferir a Alemania los territorios sudetes de Checoslovaquia, Hitler recibió una de las sorpresas más grandes de su vida. Sin embargo, al cabo de unos segundos de silencio, le aseguró que, después de lo ocurrido los últimos días, ya no era posible aquella solución.
Se siguió entonces una larga discusión en la que Chamberlain, enojado, mostró su desconcierto. No entendía por qué Hitler opinaba que la situación en la última semana había experimentado tales cambios como para que ya no fuera posible la solución acordada en Berchtesgaden, ni Hitler se lo aclaró. Únicamente le habló acerca de las exigencias de los húngaros y los polacos, así como de lo traicioneros que eran los checos, para terminar sulfurándose y gritando que ehproblema debía quedar solucionado el 1 de octubre. Los checos habrían de retirarse inmediatamente de los distritos que tenían que ceder, dejando que fuesen ocupados por fuerzas germánicas, si querían evitar la guerra…
Las negociaciones llegaron a un punto muerto; Chamberlain tomó nota de las nuevas pretensiones de Hitler, sin comprometerse, y se retiró a su hotel.
Durante todo el día siguiente continuaron los intercambios de cartas y por la noche se reanudaron las discusiones. Las verdaderas intenciones de Hitler siempre habían sido el aplastamiento de Checoslovaquia, y la noticia de que los checos consentían en ceder el país de los sudetes le resultó tan inesperada que incluso, por unos momentos, llegó a dudar. Nunca tomó en serio esta posibilidad, y ahora se daba cuenta de que había buenas razones para aceptar el ofrecimiento de Chamberlain. Sin embargo, también vio claro en seguida que el principal deseo de las potencias occidentales era evitar la guerra, cuando habían llegado tan lejos en su papel de intermediarios. Así, pues, decidió seguir con sus planes adelante. Y, por tanto, en esta nueva conversación con Chamberlain, no sólo se negó a modificar sus exigencias, sino aue además marcó un nuevo límite de tiempo para la evacuación de los checos de territorio súdete. En aquel punto, Ribbentrop llegó con la noticia de que los checos se estaban movilizando y, entonces, Hitler declaró que aquello decidía el asunto. Pero Chamberlain, indignado, se negaba a admitir que la cosa terminase así, por lo que la discusión continuó acaloradamente hasta que el Führer, recobrando súbitamente su control, hizo al primer ministro británico una «concesión especial»: cambió la fecha de evacuación, que anteriormente había fijado en el 20 de septiembre, al 1.° de octubre. Nuevamente Hitler había sabido ganarse a Chamberlain. Se despidieron amistosamente, y el primer ministro británico regresó a Inglaterra. Sin embargo, y pese a sus conclusiones personales, el gabinete británico consideró inaceptables las condiciones de Hitler, y el 26 de septiembre Chamberlain dio a Francia la seguridad de que Gran Bretaña la apoyaría en el caso de verse arrastrada a una guerra con Alemania como consecuencia del cumplimiento de sus alianzas. Y, de este modo, en ambos países empezaron a activarse los preparativos militares.
Todavía el primer ministro británico intentó hacer un último llamamiento al Führer y le envió a Sir Horace Wilson con una carta personal, en la que le proponía nuevos arreglos. A estas alturas, Hitler había vuelto a encolerizarse, y cuando Wilson y el embajador inglés llegaron con la carta, le encontraron de pésimo humor. Con la lectura de la carta, en la que se decía que el Gobierno checo consideraba totalmente inaceptable la proposición, su irritación se hizo rayana en la histeria. Gritó que el 1 de octubre Checoslovaquia comprobaría de lo que era capaz, y añadió que le importaba un bledo si Francia y Gran Bretaña atacaban. Lo más que llegó a conceder Hitler a los representantes británicos fue negociar con los checos en torno a las condiciones ya expuestas y de la ocupación por los alemanes del país de los sudetes.
Antes de que Sir Horace Wilson se retirase, Hitler le invitó a que escuchase aquella noche su discurso en el Sport-Palast, si quería saber el sentimiento de Alemania.
Aquel discurso fue la más completa recopilación de imprecaciones que se habían escuchado nunca. Con su clásica y divagante retórica hizo un relato calumnioso con respecto al problema checo, inventando toda clase de inexactitudes sobre las que basarse para su próxima actuación. Era un problema de guerra o paz, descaradamente reducido al resentimiento personal de un solo hombre, que aquella noche pareció perder por completo su autodominio. Cuando finalmente se sentó, los nervios, la cólera y la exaltación le habían dejado totalmente agotado. Agotamiento que aún le duraba el día siguiente, cuando Wilson le visitó por segunda vez. No pudo sacar de él más que amenazas contra Checoslovaquia y, al retirarse, sir Horace Wilson estaba seguro de que las cumpliría.
A medida que avanzaba el tiempo, se veía menos claro lo que habría de ocurrir. Varios de los hombres del círculo de Hitler, entre ellos Goering, eran partidarios de que aceptase un arreglo; también lo era el ejército, que siempre había mantenido esta opinión. Ya Francia y Gran Bretaña aceleraban los preparativos para la guerra, y esta noticia no dejó de impresionar a Hitler, que no quería perder la vía de contacto con Londres y, por ello, como intentando justificar sus salidas de tono ante Wilson, escribió una carta dirigida a Chamberlain en la que defendía su actitud y contestaba a las objeciones expuestas por los checos. De todas formas, no indicaba en modo alguno que pensase rectificar su postura; sin embargo, el hecho de que se hubiese tomado la molestia de escribir animó a Chamberlain a intentar un último esfuerzo.
Al día siguiente respondió a esta carta. El encargado de entregar la respuesta a Hitler era Sir Neville Henderson. En ella, el primer ministro británico sugería la celebración de una conferencia internacional para tomar las medidas encaminadas a conceder al Führer sus reclamaciones. Momentos antes, Hitler había mantenido una entrevista con el embajador francés, François-Poncet, portador de un ofrecimiento que consistía en proponerle la ocupación de una parte del territorio súdete para el 1 de octubre, como él quería, y la ocupación del resto en distintas etapas dosificadas hasta el 10 del mismo mes. Sin embargo, al parecer fue un llamamiento del Gobierno inglés a Mussolini lo que dio la pauta decisiva. Ya que Mussolini, por su parte, envió al embajador italiano en Berlín, Attolico, a visitar a Hitler para que le transmitiese de su parte la seguridad de su apoyo, en cualquier caso; pero, de todas formas, le solicitaba que suspendiese durante veinticuatro horas la orden de movilización, con objeto de analizar las nuevas proposiciones de Francia e Inglaterra. La intervención de Mussolini fue lo que más impresionó a Hitler, que accedió a la petición de Attolico, aunque, antes de actuar en uno u otro sentido, quería consultar con el Duce. Este telefoneó nuevamente a su embajador y le dio instrucciones para que comunicase a Hitler que él apoyaba la sugerencia de Chamberlain de celebrar una conferencia de jefes de Gobierno, a la que Italia se uniría de buena gana. Hitler accedió con la condición de que Mussolini acudiese en persona, así como de que la conferencia se celebrase en Munich o Francfort. El Duce eligió Munich, y aquel mismo día se cursaron invitaciones a París y Londres. Al día siguiente, 29 de septiembre, Hitler se entrevistó muy temprano con Mussolini, y le expuso detalladamente sus planes con respecto a Checoslovaquia y sus temores con respecto a la conferencia.
La conferencia de Munich
Al parecer, fue Mussolini quien desempeñó el papel principal en la conferencia, ya que al hablar los idiomas de los demás, facultad de la que Hitler carecía, éste recurrió a él, aunque sin dejar en ningún momento de mantener su postura. La conferencia tuvo su base de discusión en un memorándum, elaborado por Neurath, Goering y Weizsácker, que había sido enviado el día anterior a Roma, y que Mussolini presentó como idea suya antes de que Ribbentrop tuviese tiempo de exponer su alternativa. La improvisación de la conferencia había sido tan atropellada que no tenía ninguna organización. Las delegaciones se sentaron formando círculo; los que no tenían sitio se alineaban junto a las paredes; las conversaciones se transformaban en discusiones individuales; todo el mundo entraba y salía continuamente con objeto de hacer borradores; y el «maremágnum» siguió su ruta hasta la mañana del día 30, en que se decidió que ingleses y franceses comunicasen a los checos lo que los alemanes iban a hacer en su país.
Ni siquiera en teoría variaba gran cosa el Acuerdo de Munich de las proposiciones que Hitler había hecho en la segunda visita de Chamberlain, en su famoso memorándum de Godesberg. El 1 de octubre las tropas alemanas penetraron en el país de los sudetes y, una vez dentro, obraron a su antojo. No hubo plebiscito, como se prometiera en un principio, para trazar las fronteras, y esta delimitación fue trazada arbitrariamente y siguiendo unas líneas de conveniencia estratégica, ya que dentro de Checoslovaquia quedaron bastantes alemanes y en la parte cedida a Alemania residía gran cantidad de checos. Once mil millas cuadradas de territorio perdió Checoslovaquia, además de su sistema de fortificaciones, sin olvidar la pérdida de industrias, que causó gran menoscabo a la nación. Y a esto hubo de añadirse el desbarajuste del sistema ferroviario de los checos. Benes, el presidente, se vio obligado a expatriarse.
En Alemania creció el prestigio de Hitler, produciendo gran satisfacción tanto el provecho conseguido tan fácilmente como el que se hubiese evitado la guerra. Austria y el país de los sudetes habían demostrado en pocos meses que la «política de legalidad» seguida por Hitler desde sus comienzos continuaba siendo un éxito. Exito que también en el exterior produjo profunda impresión, si bien en un sentido muy diferente, debido a las consecuencias que del mismo podrían derivarse. Mr. Churchill lo vio muy claro y en su discurso del 5 de octubre dijo, entre otras muchas cosas referentes al Acuerdo de Munich, que éste constituía un desastre de primera magnitud.
A pesar de todo, este triunfo tan gratuitamente logrado, no satisfizo las ambiciones de Hitler, ya que lo que él buscaba en realidad era aniquilar a Checoslovaquia y entrar en su capital como conquistador. Así, pues, consevaba la espina de haber resuelto el conflicto sólo parcialmente. Dejó, de momento, las cosas como estaban, pero sin renunciar a su propósito de intentar nuevos avances. Y el 21 de octubre, las fuerzas armadas recibieron órdenes de tomar medidas para la defensa de Alemania en primer lugar; y a continuación se les enumeraba una lista de preparativos con vistas a eliminar lo que quedaba de Checoslovaquia.
Por este motivo, todos los intentos que en adelante realizó Londres para apaciguar a Hitler resultaron inútiles, y sólo lograron enfurecerle hasta tal punto que en sus siguientes discursos atacó repetidamente a la Gran Bretaña y sus dirigentes.
La noche del 9 al 10 de noviembre se organizó en toda Alemania un cruel asalto contra la población judía, en represalia por el asesinato que un joven judío había cometido en la persona de un diplomático nazi. Las indignadas reacciones de Inglaterra y Estados Unidos, condenando estos atropellos, no se hicieron esperar. Y Hitler, cuyo odio a los judíos constituía su sentimiento más fuerte, se encolerizó aún más, y a partir de entonces vio a Londres como el centro de la conjura judía mundial, obstaculizando su camino; el resentimiento que almacenó contra este obstáculo le empujó a entablar relaciones diplomáticas con París, probablemente con la intención de separar a Francia de Inglaterra. El 6 de septiembre se firmó una declaración conjunta, entre Francia y Alemania, que garantizaba la frontera existente, y se convino la celebración de consultas varias entre ambos países.
Una vez atado este cabo, el Führer se volvió hacia Roma, enviando a Ribbentrop con un tratado de alianza militar de defensa entre Alemania, Italia y Japón, para que el Duce lo firmara. Pero Mussolini se mostró reacio, pues, aparte de no seducirle la idea de una alianza puramente militar, estaba bastante molesto a causa de la visita que Ribbentrop efectuó a París en diciembre y la consiguiente declaración germanofrancesa, justamente cuando Italia reclamaba Niza, Córcega y Túnez. Hitler, entonces, para llevarlo a su terreno, accedió a la organización de un arbitraje germano-italiano en la disputa fronteriza existente entre Eslovaquia y Hungría. Y con respecto a esta última, protegida de Mussolini, pareció inclinado a que se le concediesen las ciudades de Munkaes, Kassa y Ungvar. La indecisión del Duce fue vencida al cabo de dos meses.
Progresiva eliminación de fronteras
Después del acuerdo de Munich, las miras de Hitler apuntaban hacia un blanco bien definido: Checoslovaquia, Danzig y Memel, para lo que se propuso utilizar a Rutenia y a la población ucraniana. Con este propósito impuso una Rutenia autónoma, cuyos protectores serían los alemanes, y su capital, Chust, se convirtió en el centro del movimiento nacionalista ucraniano. Esto supuso una amenaza para Rusia y Polonia, que se unieron. A todo esto, la posición de Checoslovaquia se hacía cada vez más difícil e incómoda. Tras verse obligada a ceder a Polonia y Hungría 5.000 millas cuadradas más de territorio, tuvo también que otorgar casi total autonomía a Rutenia y Eslovaquia y seguir sometiéndose a las nunca satisfechas exigencias de Alemania. Los extremistas eslovacos, no contentos con esto, pedían una independencia completa, y los alemanes apoyaron esta petición, con objeto de tenerlos a su lado y que les hiciesen el juego que anteriormente les hicieran los sudetes. La oportunidad de Hitler se presentó cuando el Gobierno de Praga, harto de las intrigas que se desarrollaban a diario tanto en Rutenia como en Eslovaquia, obligó a dimitir a los Gobiernos de ambas provincias. La minoría alemana en Eslovaquia fue la que reaccionó contra estas dimisiones y, apoyada por Hitler, trabajó en pro de la declaración de independencia. El Führer se hizo visitar por Tiso, el presidente del Consejo eslovaco destituido, y le habló de la necesidad de que Eslovaquia proclamase su independencia. Estaba furioso y reprochaba la actitud de los eslovacos, que ahora parecían no desear independizarse, después de que él se había expuesto a la enemistad de Hungría impidiéndole ocupar Eslovaquia. Después de otras varias conversaciones con Ribbentrop, Kepler y algunos más, en el transcurso de las cuales se tuvieron noticias de que existían movimientos de tropas húngaras en las fronteras eslovacas, Tiso telefoneó a Bratislava para dar instrucciones de que se convocara al Parlamento eslovaco para la mañana siguiente, en que él regresaría. Una vez todos reunidos, Tiso leyó la proclama de independencia que Ribbentrop le entregara ya redactada. Karmade, el jefe de la minoría alemana, hizo advertencias acerca de que los alemanes podrían extender su ocupación hasta Bratislava, y de esta forma todas las tentativas de discusión con respecto a la proclama fueron abortadas. Así, pues, Eslovaquia tuvo que aceptar la independencia que la política hitleriana de legalidad le imponía.
Y, ahora, ya iba a tocarle a Checoslovaquia el turno definitivo. Hitler decidió invadirla el 12 de marzo. Hasta ese momento la prensa alemana se había encargado de organizar una campaña en contra del «imperio de terror» checo, con noticias queles proporcionaban los eslovacos para tal fin, las cuales lógicamente eran falseadas, pues se exageraban pequeños incidentes convirtiéndolos en auténticas monstruosidades. El Gobierno checo, viendo que las provocaciones iban en aumento y siendo consciente del significado de tales provocaciones, hizo un último intento por evitar la intervención alemana, y el día 13, el presidente Hacha y el ministro de Asuntos Exteriores, Chvalkovsky, partieron en tren hacia Berlín para entrevistarse con Hitler. Una vez allí, fueron recibidos con todos los honores y cuando, finalmente, el Führer llamó a su presencia al presidente Hacha, le acompañaban varios de sus hombres de confianza, entre los que figuraban Goering y el general Keitel. El presidente checo, que no tenía ninguna experiencia política y que ignoraba qué era exactamente lo que Hitler se proponía, hizo una torpe y humillante autodefensa para terminar rogando al Führer que reconociese a Checoslovaquia el derecho a gobernarse ella misma. Hitler, como era su costumbre, le respondió atacando y acusando a los checos de haber continuado en la línea del anterior Gobierno. Por este motivo, ya no tenía ninguna confianza en el Gobierno checo y había tomado medidas que no estaba dispuesto a revocar: a las seis de aquella misma mañana (eran cerca de las dos en aquel momento) el ejército alemán iban a invadir Checoslovaquia por tierra y aire. Los checos no tenían más que dos opciones: O se lanzaban al combate, con ocasión de la invasión alemana, lo que no les serviría de nada, pues serían aplastados por la fuerza; o bien permitían que las tropas alemanas penetrasen pacíficamente, lo que les traería más cuenta. El le había llamado a Berlín para comunicarle todo esto personalmente, pero no podía ni pensaba hacer más. Tal vez Hacha pudiese evitar lo peor, pero quedaba muy poco tiempo para decidirse. Así, pues, le aconsejó que se retirase a deliberar con Chvalkovsky, y a este efecto fueron conducidos ambos a otro salón donde se encontraban Ribbentrop y Goering, que en un momento de la discusión amenazó con bombardear Praga, lo que provocó un desmayo del anciano presidente. Reanimado mediante una inyección que le puso el médico de Hitler, Hacha telefoneó a Praga para indicar al Gobierno checo que ordenase no oponer resistencia al avance alemán. Después volvió a presencia de Hitler, que le recibió en su despacho con un proyecto de comunicado (que se redactó durante la ausencia de Hacha) listo para firmarse. Según aquel cínico y retorcido escrito, Hacha había solicitado ser recibido por el Führer y a continuación había puesto con confianza el destino del pueblo checo en sus manos. Naturalmente, en este «acto legal» no cabían las palabras invasión, amenaza, avance o fuerza…
Introducción
A las seis las tropas alemanas cruzaron la frontera. Los embajadores francés e inglés presentaron sus protestas, pero se les contestó que Alemania actuaba a petición del presidente Hacha.
La noche del 15 de marzo, Hitler llegó a Praga, y al día siguiente, en el castillo de Hradschin reafirmó los derechos que Alemania tenía sobre los territorios de Bohemia y Moravia, y dictó un decreto para establecer el Protectorado de los mencionados territorios, nombrando primer protector a Neurath.
El día 16, Eslovaquia fue puesta bajo protección alemana y, para que su independencia quedase garantizada, las tropas germánicas penetraron en el país. A Rutenia, que ya no podía rendir ningún servicio, la abandonaron en manos de los húngaros, que invadieron el país dominándolo y llegando al confín polaco, donde establecieron una frontera común entre Polonia y Hungría.
El día 18, Hitler se trasladó de Checoslovaquia a Viena, donde se redactó el Tratado de Protección de Eslovaquia por Alemania, concediéndose a esta última el derecho a mantener guarniciones en el territorio de la primera. La parte secreta del Tratado confería a Alemania amplios derechos sobre la explotación económica de su «protegida».
Un pasillo hacia Polonia
Nuevamente, la rápida y «legal» actuación de Hitler sorprendió al mundo. Roma fue uno de los lugares donde la impresión resultó más fuerte; tanto que ni el mensaje de «gracias a Italia por su apoyo», llevado por Felipe de Hesse, logró aplacar totalmente el resentimiento de Mussolini. Después de recibir nuevas seguridades por parte de Alemania de que el Mediterráneo y el Adriático pertenecían a Italia, y que los alemanes nunca interferirían en su campo, aunque en principio las acogió escéptica-mente, terminó por convencerse de que lo más positivo seria continuar al lado del ganador. Y una carta personal que Hitler le escribió con motivo del vigésimo aniversario del movimiento fascista terminó de suavizarle.
Donde mayor repercusión tuvo la última «hazaña» de Hitler fue en París y Londres. A partir de aquel momento, el Gobierno británico cambió su política. Pero Hitler, que acababa de dar su segundo gran paso, no había hecho más que empezar.
El rearme alemán llevaba un impulso cada vez más dinámico, y su finalidad no era otra que fortalecer las posibilidades de Alemania con respecto a la política exterior. Después de los últimos acontecimientos, el país que se sentía más amenazado por los futuros planes de Hitler era Polonia, debido a que mediante el famoso Tratado de Versalles había adquirido territorios cuya pérdida supuso para Alemania una auténtica y enconada herida. Para que Polonia tuviese una salida al mar, se separó Danzig de Alemania, convirtiéndose en una ciudad libre, donde los polacos disfrutaban de considerables privilegios. Además estaba el llamado pasillo polaco, que separaba a la Prusia oriental del resto del Reich.
Repetidas veces, desde 1919, los diversos gobiernos alemanes protestaron por la injusticia que suponían las fronteras orientales de Alemania, y la opinión pública tenía el mismo sentimiento. Sin embargo, los polacos se negaron a un reajuste. A pesar de que con la escalada de los nazis al poder aumentó visiblemente la influencia nazi en Danzig, el primer país con que Hitler firmó un tratado de no agresión fue Polonia. Parece ser que los principales motivos de esta actitud fueron la necesidad de tranquilizar a aquellos vecinos, que eran los principales aliados de Francia, y el formar un frente común contra el enemigo número uno de ambos, Rusia. Para llevar a cabo satisfactoriamente la alianza, todo dependía de la disposición que adoptasen los polacos con respecto al retorno de Danzig a Alemania. Por su parte, los polacos se encontraban en una situación extremadamente difícil, ya que no deseaban aliarse ni con Alemania ni con Rusia y, por tanto, su independencia respecto de ambas resultaba un tanto peligrosa, al quedar Polonia totalmente aislada ante la posibilidad de que sus dos vecinas llegasen a un acuerdo entre ellas. Sin embargo, como ya hemos dicho, la primera idea de Hitler fue llegar a un convenio germano-polaco contra Rusia. Este plan fue expuesto detalladamente por primera vez el 24 de octubre; Ribbentrop se lo dio a conocer al embajador polaco, Josef Lipski, a quien había invitado a comer aquel día. Le habló de un arreglo general de los problemas existentes entre ambos países y expuso, para que fuesen sometidas a estudio, proposiciones tales como la devolución al Reich de Danzig y la construcción de un ferrocarril y una carretera extraterritoriales que atravesaran el «pasillo polaco» uniendo la Prusia oriental con el resto de Alemania. A cambio, les otorgarían un puerto libre en Danzig, otro ferrocarril y otra carretera extraterritoriales, y además ampliarían este pacto y garantizarían las fronteras actuales con Polonia. La sugerencia alemana de una alianza contra Rusia no constituía una novedad, ya que en los últimos años Goering se la había hecho repetidas veces al coronel Beck, que hasta entonces la fue esquivando. Lo que se exponía por primera vez era la cuestión de Danzig, y esto dio un matiz diferente al problema que, ahora, parecía llevar implícito un cierto aspecto de inmediatez.
Una nueva entrevista se celebró entre Ribbentrop y Lipski el 19 de noviembre, y a primeros de enero el coronel Beck se trasladó a Berchtesgaden para entrevistarse con Hitler. Las conversaciones se desarrollaron en un clima amistoso en el que el Führer se mostraba dispuesto a hacer promesas y concesiones; pero la respuesta de Beck, diplomáticamente adornada, fue una clara negativa.
Terminadas estas conversaciones, y pese a que Hitler le dio seguridades de que no se producirían «hechos consumados» en Danzig, Beck se encontró sumergido en una sensación de pesimismo. Aún no le convenía al Führer apremiar a Polonia, pues antes quería terminar con el asunto de Checoslovaquia. Sin embargo, el 24 de noviembre ordenó prepararse a las fuerzas armadas para la ocupación relámpago de Danzig.
Transcurrieron algunas semanas sin novedad, a continuación de las cuales se realizó la ocupación de Bohemia-Moravia y se estableció el protectorado de Alemania sobre Eslovaquia, lo que supuso una especie de amenaza para Polonia al establecerse guarniciones alemanas en la parte de Eslovaquia que lindaba con el sur de Polonia. A continuación, y tras la ocupación de Praga, Ribbentrop presentó un ultimátum a Lituania reclamando Memel, zona que Alemania había perdido por el Tratado de Versalles. Una semana más tarde, Hitler se presentó en Memel para celebrar su retorno al Reich.
El 23 de marzo se firmó un convenio entre Alemania y Rumania, cuyo ministro en Londres había visitado el 17 a lord Halifax para hablarle de un ultimátum alemán y de los temores de que su país fuese invadido por las tropas alemanas.
Pero Hitler seguía con sus miras puestas en Polonia, y el 21 de marzo Ribbentrop pidió nuevamente a Lipski que fuese a entrevistarse con él. Parece ser que la conversación entre ambos no tuvo un desarrollo muy favorable precisamente. El embajador polaco expuso sus quejas porque Alemania no había comunicado a Polonia lo que planeaba hacer con Eslovaquia, y Ribbentrop le respondió que si el asunto de Danzig y el del ferrocarril y la carretera extraterritoriales se solucionaban, Alemania a su vez solucionaría lo de Eslovaquia. Añadió que estas cuestiones no podían demorarse más y que habían llegado a un punto en que el Führer podía empezar a pensar que Polonia rechazaba su ofrecimiento, cosa nada conveniente, por lo que Lipski debía informar lo más rápidamente a Varsovia. El ofrecimiento de los alemanes a Polonia continuaba siendo el mismo, pero en caso de que no se pudiera llegar a un convenio pacífico, Hitler estaba dispuesto a presionar a dicha nación, ya que no entraba en sus cálculos esperar indefinidamente a que los polacos se decidiesen.
El 26 de marzo Lipski entregó a Ribbentrop la contestación a las proposiciones alemanas, y en ellas, si bien el Gobierno polaco se manifestaba inclinado a mantener conversaciones acerca de Danzig y de las vías de comunicación con Prusia oriental, rechazaba por inaceptables las exigencias expuestas. Cuando Lipski terminó de hablar, Ribbentrop adoptó una actitud intransigente y comenzó a lanzar amenazas. Al día siguiente continuaron la discusión. Ribbentrop repitió que la contestación polaca no era en absoluto satisfactoria; añadió que os polacos cometían atropellos todos los días contra la minoría alemana y que él ya no podía hacer nada por contener a la prensa de su país. Dándose cuenta de que ésta era la fórmula que Alemania utilizaba siempre para dar comienzo a un ataque, Beck contestó el día 28 al embajador alemán en Varsovia que el Gobierno polaco consideraría una agresión contra Polonia cualquier intento de los alemanes para alterar el orden en la ciudad libre de Danzig. No era éste el resultado que Hitler deseaba de aquellas negociaciones, aunque es muy probable que se lo esperase. Por ello, las amenazas de Ribbentrop parecían anunciar que a continuación Alemania se dedicaría a presionar a los polacos. Pero, en aquella ocasión, Hitler hubo de enfrentarse a una situación totalmente nueva para él. A Londres habían llegado diversos informes acerca de los preparativos alemanes para una acción contra Polonia y Danzig, y esta vez la reacción de Mr. Chamberlain fue muy distinta a la del año anterior cuando el Acuerdo de Munich. Advirtió claramente a Alemania de la decisión por parte de Inglaterra de apoyar al Gobierno polaco en caso de una agresión germana. Y el Gobierno francés se solidarizó con esta decisión. Hitler montó en cólera; soltó todo tipo de diatribas contra aquel gobierno que no quería limitarse a sus propios asuntos, y en su discurso del 1 de abril aseguró airadamente que nadie le iba a apartar de su camino. Y el 3 de abril dio nuevas órdenes a sus jefes militares para que estuviesen preparados para la «Operación Blanca», cuyo objetivo consistía en aplastar a las fuerzas armadas de Polonia, y cuya fecha fue fijada para el 1 de septiembre. Seguía diciendo que la política de Alemania para con Polonia era la de evitar dificultades.
El juego de pactos y alianzas
Con motivo de la invasión de Albania por los italianos el día 7 de abril, el presidente Roosevelt envió el 14 un mensaje, dirigido a Mussolini y a Hitler, en el que les preguntaba si estaban dispuestos a dar seguridades de no agresión a una larga lista de países. El día 28 de abril, en su discurso ante el Reichstag, Hitler daría su respuesta.
Por supuesto, el mencionado discurso lo comenzó Hitler, como todos, haciendo una extensa apología de su política exterior, cuyo punto arrancaba invariablemente del humillante tratado de Versalles. Era una especie de autojustificación que necesitaba para infundirse una indignación que iba «in crescendo» hasta terminar en una explosión airada, según la cual sus más inicuos actos de agresión no eran más que actos de justicia. Tal era, por ejemplo, el caso de Checoslovaquia. A continuación, habló de Gran Bretaña y del sentimiento de amistad que Alemania siempre tuviera hacia ella; pero este sentimiento había de basarse en una confianza mutua y la Gran Bretaña no había respondido últimamente a esta confianza y se había manifestado dispuesta a aceptar la guerra contra el Reich como algo inevitable, por lo que en aquel punto quedaba rota la alianza del tratado naval anglogermano de 1935 que Hitler en aquel discurso denunciaba formalmente. Siguió haciendo una parecida exposición de los hechos con respecto a Pollonia, también falseando la realidad y omitiendo los detalles que no le eran favorables, para terminar asimismo denunciando la ruptura del acuerdo germanopolaco de 1934, si bien no cerraba las puertas a la posibilidad de un nuevo acuerdo. Después atacó a los países democráticos, felicitó a Mussolini por la ocupación de Albania y puso de relieve la ayuda que las fuerzas alemanas y las italianas habían supuesto en la victoria de Franco. Cuando terminó con todas estas cuestiones, se encontraba lo suficientemente enardecido como para contestar al presidente Roosevelt. En esta esperada contestación hizo uso de todos los trucos imaginables de la oratoria, jugando con cada término y utilizando todas las formas del sarcasmo y la ironía. Entre otras cosas, dijo que las ideas pacifistas del señor Roosevelt no las apoyaba la historia de su propio país; que con respecto a solucionar todos los problemas en torno a una mesa de conferencias, no era así como se había resuelto el conflicto entre el Norte y el Sur, ni como se había llevado a cabo la liberación de Norteamérica. En relación al desarme por el que abogaba el presidente de los Estados Unidos, Hitler habló una vez más de las injusticias cometidas con Alemania. Y luego, al hacer mención de las seguridades que el señor Roosevelt le había pedido acerca de sus intenciones en Europa, dijo que, en el caso de que Alemania se le hubiera ocurrido preguntar sobre la política norteamericana en América del Centro y del Sur, le habrían respondido que se metiera en sus propios asuntos. De todas formas, el Gobierno alemán estaba dispuesto a dar seguridades a los Estados mencionados por el presidente, si ellos mismos eran los que las solicitaban.
El discurso fue un nuevo triunfo de Hitler y consiguió con éxito su objetivo. La demagogia de que estuvo salpicado llegó fácilmente al pueblo alemán, su destinatario que aplaudió entusiasmado a su líder. Por otra parte, Hitler evadió hábilmente la pregunta de Roosevelt, a la que no quiso responder claramente.
Después de aquel discurso, Hitler se sentó a esperar. El 5 de mayo el general Beck pronunció a su vez ante la Dieta polaca un discurso en contestación al del Führer, en el que desmentía la versión que éste había dado al tema de las negociaciones entre Polonia y Alemania, y en el que comunicaba una vez más la firme resolución polaca de no acceder a las exigencias alemanas. Pero Hitler no contestó y continuó en su posición de espera. Si bien esta actitud se debía tanto a la incertidumbre como al cálculo, lo cierto es que era la mejor táctica a seguir en aquellas circunstancias.
Ante esta tranquilidad momentánea, el Gobierno inglés, que se vio impelido a actuar empujado por la impresión de inmediatez, perdió esta sensación de urgencia y volvió nuevamente a pensar en la posibilidad de evitar la guerra. De acuerdo con Francia, se llegó a la conclusión de que solamente podría organizarse un frente efectivo contra Alemania contando con la Unión Soviética. Y empezaron las negociaciones, sin gran convicción por parte de nadie, ya que el gobierno de Chamberlain no deseaba realmente un acuerdo de este tipo; los rusos no confiaban gran cosa en la política occidental; y los propios polacos no querían la ayuda de un país del que desconfiaban tanto como del que éste pretendía defenderlos.
A todo esto, Alemania seguía presionando a Polonia; Danzig se remilitarizaba, mientras las S.S. y las S.A. locales estaban de entrenamiento continuo; y se sucedían los incidentes con objeto de provocar a los polacos. También se incrementaba la relación amistosa con los demás Estados de influencia alemana, con el fin de que Polonia quedase totalmente aislada. Visitaron Berlín los representantes húngaros, el príncipe Pablo de Yugoslavia, el primer ministro de Bulgaria; y posteriormente se firmaron pactos de no agresión con Lituania, Letonia y Estonia.
Y a continuación, la actividad alemana se dirigió a la consecución de la alianza militar con Italia, de la que tanto tiempo llevaba Mussolini desentendiéndose. Aunque él y Ciano tenían la convicción de que con la invasión de Albania quedaban totalmente independizados, lo cierto es que por el contrario habían quedado aún más ligados al eje RomaBerlín. El 6 de mayo, Ciano se entrevistó en Milán con Ribbentrop y, para tratar de conocer las intenciones de Hitler en el futuro, le presentó un memorándum del Duce que hacía hincapié en la necesidad que Italia tenía de un período pacífico de tres años por lo menos. Ribbentrop se mostró muy tranquilizador, y dándole seguridades tales como que también Alemania precisaba de una paz que durase no menos de cuatro o cinco años. Cuando Ciano telefoneó a Mussolini para informarle de que todo iba bien, el Duce, en un arranque súbito, ordenó a su yerno que notificase su decisión de firmar la alianza. Hitler, que hacía tiempo esperaba esta oportunidad, la aprovechó inmediatamente, aunque Ribbentrop hubiese deseado esperar a que Japón entrase también en el acuerdo. Pero el Führer opinaba que lo más positivo era redactar cuanto antes el tratado para su firma, pues estaba plenamente convencido de que la noticia de esta alianza influiría en la resolución inglesa y francesa de ayuda a los polacos. Una vez aceptado por los italianos el borrador de este acuerdo, que se llamó el Pacto de Acero, Ciano se trasladó a Berlín el 21 de mayo para el ceremonial de la firma, al que se rodeó de gran publicidad por orden de Hitler.
Aunque en dicho tratado se hablaba de la acción conjunta entre Alemania e Italia para conseguir el mantenimiento de la paz, la posibilidad de una guerra seguía constituyendo la principal preocupación de Mussolini, por lo que el 30 de mayo envió a Hitler un memorándum secreto por mediación del general Cavallero. En él recalcaba una vez más lo necesaria que era la paz en Italia durante un período de tiempo. Hitler contestó que más adelante se entrevistaría con él para tratar de estos asuntos, y así quedó la cosa. Lo que ignoraba Mussolini, y de haberlo sabido se hubiera sentido con razón alarmado, era que el día 23 de mayo Hitler reunió en su despacho de la Cancillería a los oficiales superiores de los ejércitos de tierra, mar y aire para indicarles el proceso a seguir en su objetivo de una expansión hacia el Este.
Durante el verano, Hitler continuó haciendo planes y preparativos. El rearme alemán en aquel punto había alcanzado unas considerables dimensiones, y el Führer se sentía seguro de su fuerza y de la organización de sus ejércitos. El 14 de junio, el general Blaskowitx dio las órdenes precisas para que el plan de ataque contra Polonia estuviese listo el 20 de agosto. El día 24 el ejército recibió órdenes de tomar intactos los puentes del Vístula; el 23 se celebró una reunión del Consejo de Defensa del Reich, presidida por Goering. El 27 de julio se redactó la orden para la ocupación de Danzig.
Mientras tanto, las negociaciones anglofrancesas con Rusia no parecían avanzar en ningún sentido. Y en Alemania, donde se conocían todos los pormenores, se empezó a acariciar el proyecto de un acuerdo ruso-alemán que echarían para atrás a las potencias occidentales en su ayuda a Polonia. Aunque Hitler había atacado durante veinte años el bolchevismo, y pese a que había hecho de Stalin su mayor enemigo, ahora convenía a su política olvidar todas esas cuestiones e intentar un acercamiento. Así, pues, durante todo el mes de junio se mantuvieron conversaciones entre ambos países. En julio se cruzaron varias visitas, y en agosto, Hitler, que deseaba una alianza con Rusia a toda costa, dirigió una carta a Stalin en la que le pedía que recibiese el 22 o el 23 a Ribbentrop, que se trasladaría a Moscú con plenos poderes para firmar un tratado a gusto de todos.
Ribentrop fue recibido en el Kremlin por Stalin y Molotov, con los que mantuvo unas extensas y amistosas conversaciones, al cabo de las cuales el acuerdo quedó firmado el 24 de agosto. Lleno de euforia fijó la fecha para la invasión de Polonia en el día 26. Sin embargo, y pese a la sorpresa que recibió todo el mundo con la noticia del acuerdo ruso-alemán, Londres mantuvo su postura de prestar ayuda a los polacos. Hitler hizo nuevos intentos de negociación con Gran Bretaña, siempre con unas proposiciones inaceptables para Polonia. Por otra parte, el 25 de agosto escribió una carta a Mussolini informándole a su manera y con bastante retraso de lo que estaba ocurriendo y de la inminencia de un conflicto germano-polaco. El Duce, sorprendido y un tanto fastidiado, le respondió que Italia prestaría a Alemania toda la ayuda política y económica que pudiese, pero que, debido a su falta de preparación bélica en aquellos momentos, únicamente podría intervenir si Alemania les proporcionaba los suministros militares y demás elementos precisos. (Ellos ya habían subrayado la necesidad que tenían de un período de paz de al menos tres años para reorganizarse.) Aunque Hitler, debido a su comportamiento con los italianos, debía esperarse aquella o parecida respuesta, se sintió sin duda confuso al recibir esta noticia a continuación de la de Londres. Y, muy a su pesar, tuvo que detener momentáneamente la invasión, apenas doce horas antes de la hora cero, para intentar un último intento de aproximación a Inglaterra. Esfuerzo que no dio ningún resultado pese a las idas y venidas de embajadores y representantes, y a los múltiples telegramas cruzados entre las distintas naciones. Se había llegado a un punto en que ya no había nada que hacer. El Alto Mando, preparado para atacar desde hacía más de una semana, apremiaba a Hitler para que se decidiese. Todo estaba a punto, incluso los «incidentes pretexto» de que se servirían para justificar el ataque. El día 31 de agosto se simuló un ataque a la estación de radio alemana, dirigida por Heydrich que para tal evento utilizó a varios criminales condenados, a los que se vistió con uniformes polacos y a continuación se les dejó muertos en los alrededores de la emisora, a donde después se llevó a diversos miembros de la prensa para que tomasen nota del incidente. Y el 1 de septiembre el ejército alemán atravesó la frontera polaca.
Se rompen las barreras
El mismo 1 de septiembre de 1939, Hitler pronunció un nuevo discurso ante el Reichstag. No fue éste de los más brillantes. Después de hacer una vez más una complicada y retorcida autodefensa, habló elogiosamente del convenio con Rusia; volvió a insistir en su deseo de un arreglo amistoso con Francia y aludió torpe y brevemente a Italia. Finalmente, y previendo que algo le pudiera ocurrir, anunció que, en caso de que él desapareciese, Goering le sucedería, y a éste Hess.
Cuando volvió del Reichstag se entrevistó otra vez con Dahlerus, un amigo sueco de Goering que estaba haciendo de intermediario entre Inglaterra y Alemania a lo largo de las últimas conversaciones entre ambos países. Aún esperaba evitar la intervención británica. Durante todo el 1 de septiembre varias ciudades polacas, entre las que se encontraba Varsovia, fueron cruelmente bombardeadas y, sin embargo, ni el Gobierno francés ni el británico se apresuraron a ayudar efectivamente a los polacos, por lo que Hitler estaba cada vez más convencido de que no intervendrían. Dahlerus les mantenía en contacto con Londres, mientras Mussolini continuaba haciendo esfuerzos por reunir a los gobiernos de Inglaterra, Francia y Alemania en Munich para una nueva entrevista. Pero los ingleses, que, al igual que los franceses, habían enviado una advertencia a Ribbentrop la misma tarde del 1 de septiembre en la que se mostraban decididos a acudir en auxilio de Polonia si Alemania no suspendía inmediatamente las hostilidades, no estaban dispuestos a aceptar la entrevista propuesta por Mussolini a no ser que Hitler retirase sus tropas del suelo polaco. Hitler, viendo claramente la irresolución que invadía tanto a franceses como a ingleses, no se detuvo, pues tenía la seguridad de que los polacos serían derrotados mucho antes de que sus aliados se decidiesen a intervenir.
Por su parte, el Gobierno británico llegó a una conclusión. En la mañana del 3 de septiembre Sir Neville Henderson entregó un ultimátum en la Wilhelmstrasse: Si antes de las once de la mañana Alemania no daba amplias seguridades de cesar su ataque a Polonia, a partir de dicha hora existiría un estado de guerra hacia ellos por parte de Inglaterra. Hitler recibió el ultimátum con cierta impasibilidad no exenta de sorpresa, y Ribbentrop sugirió que la respuesta francesa no se haría esperar. Pero el Führer se desentendió pronto de estas preocupaciones, francamente animado por los enormes avances de los alemanes en Polonia. Tanto era su interés que se trasladó al frente oriental para seguir de cerca los acontecimientos, situando su cuartel general en un tren especial cerca de Gogolin. El 18 se trasladó al casino-hotel en Zoppot y desde allí se dirigió el 19 a Danzig para hacer su entrada triunfal. Aunque el ejército polaco había sido aniquilado, a pesar de la valentía de sus hombres, por la superioridad numérica y técnica de los alemanes, todavía Varsovia y Modin se estaban resistiendo, con gran irritación por parte de Hitler que hubiese querido pronunciar un discurso en Varsovia y, después de haberlo aplazado, tuvo que terminar hablando en Danzig. Comenzó, como siempre, con la autojustificación de sus actos y a continuación acusó a Gran Bretaña de un odio inveterado contra Alemania. Los ingleses eran unos instigadores de guerras, ellos eran los que habían convencido a los polacos para que provocasen a Alemania, y contra ellos pronunció toda una larga serie de amenazas.
Aunque, desde el comienzo de la campaña, Ribbentrop había apremiado a Rusia para que penetrase en Polonia, los rusos se encontraron un tanto sorprendidos ante la rapidez del avance alemán. Por su parte, comenzaron la ocupación el 17 de septiembre, terminándola en pocos días y encontrándose con los alemanes en Brest-Litousk. Las tropas soviéticas llegaron en su avance hasta las fronteras de Hungría, pero Hitler no experimentó la menor alarma, ya que las relaciones entre ambos países continuaban siendo totalmente cordiales. Pese a lo cual, los rusos se mostraron partidarios de dar forma lo más rápidamente posible a aquel negocio. Con este objeto, el 27 de septiembre Ribbentrop se trasladó una vez más a Moscú, al Kremlin, donde Stalin tomó todas las iniciativas a lo largo de las entrevistas celebradas los días 27 y 28. La primera petición de Stalin consistió en que se abandonase la idea de crear un Estado polaco independiente, que podría ser causa de roces entre Alemania y Rusia; en lugar de esto, ambas potencias se repartirían Polonia. La segunda petición fue que Lituania fuera adjudicada a la zona rusa en lugar de a la alemana, a cambio de lo cual él cedería a los alemanes Lublin y parte de Varsovia, pese a que ambas estaban situadas al este de la línea de división. También se hallaba dispuesto a delimitar las fronteras de la Prusia Oriental en beneficio de Alemania, en cuanto Rusia penetrase en Lituania. Previamente, el 25 de septiembre, ya había dado a entender al embajador alemán su propósito de solucionar lo más rápidamente posible el problema de los países bálticos y, asimismo, que contaba con el apoyo del Gobierno alemán para llegar a un acuerdo con Letonia, Estonia y Lituania. El dirigente ruso estaba totalmente determinado a aprovechar al máximo las ventajas oue le ofrecía la nueva política de Hitler, y llevó adelante su juego con tal habilidad que la campaña alemana contra Polonia sirvió para reforzar mucho más la situación de Rusia en Europa que la de la propia Alemania.
Pese al elevado precio que Hitler tuvo que pagar por su pacto con Rusia, no hubo vacilaciones por su parte y autorizó a Ribbentrop para que firmara aceptando las peticiones de Stalin; acto que fue realizado por Ribbentrop antes de abandonar Moscú el día 29 de septiembre.
Una vez finalizado el asunto de Polonia y después que Rusia y Alemania se la hubieron repartido, ambos países, de común acuerdo, lanzaron un comunicado según el cual, tras el arreglo definitivo de los problemas que planteaba el Estado polaco, no tenía ningún objeto una guerra con otros países. Después de sus éxitos en el Este, el pueblo alemán deseaba la paz; también el Alto Mando del ejército ansiaba evitar una guerra. Y, por último, las noticias de paz que se extendieron por Berlín a la vuelta de Hitler de Polonia recibieron una entusiasta acogida por parte de Roma, que anhelaba la paz desde antes de su proclamación. Por ello, Mussolini aceptó en seguida la invitación que se hizo a Ciano para que se trasladase a Berlín al regreso de Moscú de Ribbentrop. Sin embargo, las conclusiones (muy acertadas) que sacó Ciano de su entrevista del 1 de octubre no coincidían con la impresión que Hitler estaba tratando de dar de cara al exterior. A Ciano le parecía entrever que todas las manifestaciones y ofertas de paz de Hitler no tenían otra finalidad que poner de su parte la opinión pública y demostrar al pueblo alemán que, en caso de que la guerra continuase, la culpa no era suya. Pero lo cierto es que sus verdaderas intenciones eran seguir adelante; el último triunfo le daba confianza y le hacía sentirse fuerte; la falta de actuación de las potencias occidentales en el asunto de Polonia ponía de manifiesto su debilidad, por lo que no merecía la pena tenerlas en cuenta. Y la victoria lograda le empujaba a la realización de nuevos intentos.
Todos los periódicos alemanes recogieron y se hicieron eco de la «oferta de paz de Hitler», oferta carente de todo valor, puesto que ni una vez se hacía en ella alusión a algo que significase una propuesta concreta. La respuesta de Chamberlain llegó el día 12 y la de Daladier el 10. Ambas se negaban a considerar una paz cuyos fundamentos eran poco menos que inexistentes. Hitler anunció el día 13 que Chamberlain había escogido la guerra; su responsabilidad quedaba a salvo, aunque cuatro días antes, el 9 de octubre, había redactado un memorándum dirigido a los jefes de sus fuerzas militares en el que les hablaba de un arreglo de cuentas definitivo con el Oeste. Memorándum que no debió sorprender a sus destinatarios, puesto que, ya a finales de septiembre, Hitler había hecho saber a tres de ellos y al general Keitel su propósito de atacar al Oeste. Esto no suponía un cambio en sus ideas, expuestas en «Mein Kámpf» de hacerse con el Este, como tampoco lo suponía el pacto con Rusia. Todo ello no significaba sino una demora en sus planes y una tranquilidad con respecto a la actuación de Oriente mientras él ajustaba cuentas con el Occidente. Ya le quedaría tiempo después para volverse nuevamente contra el Este.
Así pues, en el atoño de 1939, Hitler ya se encontraba totalmente determinado a lanzar un ataque contra el Oeste, pese a que sabía positivamente que el ejército se hallaba en franca oposición a estos planes.
Introducción
EL 10 de octubre reunió a los principales jefes y les hizo una serie de razonamientos con el fin de convencerles de su punto de vista. No lo consiguió, pero como ellos a su vez sabían que el Führer no iba a aceptar su oposición, expusieron gran cantidad de problemas de orden técnico con objeto de dar largas a la cuestión.
El 20 de noviembre Hitler volvió a convocar a los jefes principales de tierra, mar y aire a una nueva conferencia en la que dejó bien sentado que la momentánea demora en un ataque a Occidente no significaba en absoluto que hubiese abandonado sus planes. Una vez más les reprochó su falta de fe, haciéndoles ver a continuación la larga serie de triunfos conseguidos hasta entonces en contra de sus predicciones y temores. Señaló el hecho de que en aquella ocasión Alemania no se exponía a una guerra en dos frentes. Y por último les comunicó su resolución irrevocable de seguir adelante. Nadie le iba a detener. Lo único que pudieron hacer los generales, ayudados por Goering y gracias al mal tiempo, fue ir retrasando la fecha del ataque hasta muy empezado el año 1940.
Simple compás de espera
Mientras, en contra de su voluntad, duraron los aplazamientos, Hitler se dedicó a los problemas políticos que se le presentaban con respecto a sus relaciones con Italia, principalmente, y con Rusia. El Pacto de Acero, después de su cortísima duración, se mostraba cómo algo sumamente inestable. Mussolini, lleno de recelos y de desconfianza hacia sus aliados alemanes y el comportamiento de los mismos, cambiaba continuamente de opinión, inclinándose unas veces en favor y otras en contra. El 16 de diciembre, Ciano pronunció un largo discurso lleno de críticas, un tanto disimuladas, a Alemania, y algún tiempo después el Duce envió a Hitler una carta en la que se quejaba del pacto con Rusia, del asunto de Finlandia y además le comunicaba su oposición a una guerra contra Occidente, intentando presionarle para que abandonase estos planes.
En cuanto a Rusia, Hitler seguía interesado en mantener unas buenas relaciones, siempre con el pensamiento puesto en la tranquilidad que esto le supondría, no teniendo que ocuparse de un ataque por el Este mientras se dedicaba al Oeste. Así, cuando los rusos atacaron Finlandia, los alemanes les dejaron hacer y no movieron un dedo en su favor. Esta neutralidad por parte de Alemania no tenía otro objeto que fortalecer la alianza germanorusa, y para que ésta fuese completa, el 24 de octubre de 1939 y el 11 de febrero de 1940 se firmaron entre ambos países nuevos acuerdos económicos.
Con respecto a la parte de Polonia que había correspondido a Alemania en el reparto, la mitad occidental se anexionó al Reich, y el resto quedó bajo un Gobierno General dirigido por Hans Frank, un antiguo abogado del partido. Después del «discurso de la paz» del 7 de octubre, Himmler fue nombrado por Hitler jefe de una nueva organización (R.K.F.V.D.), cuyo primer objetivo consistía en llevar a cabo la deportación de polacos y judíos de las provincias alemanas anexionadas al Gobierno General, donde Frank los destinó a trabajos forzados y además tomó a su cargo el exterminio de la clase educada polaca como purga a la que se llamó «Acción Extraordinaria de Pacificación». La eliminación de los judíos y la dominación de las razas inferiores, tales como la eslava, por los arios, fueron misiones encomendadas a Himmler y a las S.S., cuya primera hazaña consistió en poner en funcionamiento la maquinaria policiaca del Gobierno General en Auschwitz, donde murieron alrededor de un millón de seres humanos entre hombres, mujeres y niños…
A finales de 1939, y debido al ataque a Finlandia efectuado por los rusos, se comenzó a extender la noticia de que Londres y París ayudarían a los finlandeses, noticia que alarmó a los alemanes al pensar en la posibilidad de que las tropas de los aliados fuesen enviadas a Finlandia a través de Noruega, y hasta que ocupasen este país. En caso de que esto ocurriera, no sólo dificultaría el tráfico sino que la guerra podría ser llevada al interior del Báltico, estorbando el paso de los barcos alemanes hacia el Atlántico y el mar del Norte. Entonces, el almirante Raeder, comandante en jefe de la marina alemana, que ya con anterioridad había tenido la idea de tratar de establecer bases en Noruega, aprovechó estas circunstancias para apoyar sus planes. Y además sugirió a Hitler una fórmula mediante la cual incluso podrían apoderarse de ella. El almirante había llegado a sugerir que con la ayuda de Alemania él sería capaz de organizar un golpe de Estado. Naturalmente, la idea gustó tanto a Hitler que recibió tres veces a Quislins en diciembre y ordenó que se le prestase ayuda.
Mientras tanto, en Londres, Mr. Churchill trataba de conseguir de la marina británica la autorización para que se colocasen minas en las aguas territoriales noruegas con objeto de dificultar el paso de los alemanes. El gabinete de ministros no accedió a esta petición; sin embargo, el día 17 de febrero un destructor británico se atravesó en el camino de un barco prisión alemán, navegando en aguas noruegas, y rescató a varios prisioneros ingleses, hecho que provocó las iras de Hitler que, inmediatamente, dispuso que se organizasen los planes para la ocupación de Noruega, planes que encargó al general Von Falkenhorst.
El 15 de marzo se firmó un armisticio que Finlandia había pedido a Rusia, con lo cual desapareció el peligro de un desembarco anglo-francés, peligro en el que se habían basado todos los preparativos alemanes. Pero ya Hitler se hallaba nuevamente embalado y no quiso detenerse. El 2 de abril, al serle notificado que todo estaba a punto, confirmó la fecha del 9 de abril para el comienzo de las hostilidades. Sin embargo, se mantuvo en silencio con respecto al exterior, por lo que los gobiernos extranjeros se confiaron, y, a la hora de actuar, la sorpresa fue una baza muy importante.
El 2 de marzo Hitler recibió al subsecretario de Estado norteamericano, Summer Welles, cuya misión al trasladarse a Alemania consistía en averiguar las intenciones del Führer y estudiar qué posibilidades habría de impedir que estallase la guerra.
Pero no consiguió más que perder el tiempo y recibir una fría acogida. Cuando Hitler emprendía un camino, había pocas posibilidades de hacérselo abandonar. De modo que Welles, con la esperanza de convencer fácilmente a los italianos para que no interviniesen, se trasladó a Roma, de vuelta de París y de Londres. Y entonces Hitler, sospechando sus intenciones, se decidió a contestar, en términos sumamente amistosos, la carta que Mussolini le había dirigido en enero. El 10 de marzo se presentó Ribbentrop en Roma para entregársela. Hitler jugaba con la psicología del Duce, que aceptó sus argumentos, pese a lo cual Ribbentrop no logró hacerle señalar una fecha, por lo que le invitó a una entrevista en el Breñero con el Führer. Y tras una breve resistencia y algunas dudas, Mussolini aceptó. La entrevista se realizó el 18 de marzo y en ella Hitler envolvió al Duce en su oratoria, de tal forma, que éste no pudo pronunciar palabra. Le explicó detalladamente la campaña de Polonia y también los preparativos que se estaban organizando en Alemania para el ataque al Oeste. Sin embargo, no le dijo ni una palabra acerca de sus intenciones con respecto a Noruega. Mussolini, subyugado una vez más, no encontró fuerza para oponerse. La influencia de Hitler sobre él había conseguido que tres meses más tarde Italia se uniese a la guerra.
Mientras tanto, el Gabinete británico al fin había dado autorización para que la Marina Real minase las aguas noruegas. Fuerzas francesas e inglesas se embarcaron, destinadas a ocupar los puertos noruegos elegidos por los alemanes. Entre los días 7 y 9 de abril se juntaron dos fuerzas navales en Noruega. Pese a que fue hundido un transporte alemán y ocurrieron algunos pequeños incidentes en aguas noruegas, la operación alemana siguió adelante, no encontrando apenas obstáculos gracias a la sorpresa. Rápidamente fueron capturadas varias ciudades, entre ellas Oslo, la capital. Tanto el rey como el Gobierno en pleno huyeron, y, al cabo de seis semanas, los aliados quedaron fuera de combate.
Finalizado el mes de abril, y con la confianza que le proporcionaba el resultado de la operación de Noruega, volvió sus ojos nuevamente hacia su principal objetivo: el Oeste. Y señaló la primera semana de mayo como fecha provisional para dar comienzo al ataque.
Contra Francia a través de Bélgica
Pese a la oposición del alto mando del ejército, el plan se llevó a cabo, pues había sido del agrado de Hitler, y el 10 de mayo el ejército alemán invadió los Países Bajos y Francia. Si bien el primer triunfo lo obtuvieron al arrollar las defensas de Holanda y Bélgica, es indiscutible que el punto clave de la operación fue marcado por el ataque a las Ardenas. Estas fueron rápidamente traspasadas por las fuerzas acorazadas de los alemanes, que el 12 de mayo atravesaron la frontera francesa y el 13 se encontraban en el Mosa. Iban respaldadas estas fuerzas por las aéreas, y en el momento de cruzar el frente francés, la confusión cundió entre los aliados. El ejército inglés y las mejores divisiones francesas se hallaban luchando en Bélgica cuando se dieron cuenta de que el raudo ataque alemán les cortaba por el sur; el 20 los alemanes llegaban a la desembocadura del Somme; pocos días después, el ejército belga capituló lo mismo que había hecho el holandés. El primer ejército francés y parte de las fuerzas británicas quedaron cercados por las fuerzas alemanas mandadas por Bock, en el norte, y las de Rundstedt, en el sur. Sin embargo, este plan fracasó gracias a la improvisada evacuación de Dunquerque llevada a cabo entre el 27 de mayo y el 14 de junio y en la que consiguieron salvarse por mar unos 340.000 soldados ingleses, ayudados por la circunstancia de que el 24 de mayo Guderian recibió la orden de detenerse con sus tanques, unas millas al sur de Dunquerque. Esta orden la dio Hitler en contra de la opinión de los principales jefes de sus ejércitos, que no lograron convencerle hasta cuarenta y ocho horas después para que diese la contraorden. ero ya los ingleses habían aprovechado el tiempo para reforzar sus defensas, por lo que pudieron mantener a distancia a los alemanes hasta dar por terminada la evacuación. Hitler no dio ninguna importancia a este fallo, pues los continuos éxitos alemanes le hacían sentirse totalmente triunfalista, y así se mostraba en las cartas que por aquellas fechas dirigió a Mussolini, en las que no se cansaba de hacer comentarios irónicos acerca de ingleses y franceses. Mussolini terminó contagiándose de su entusiasmo y señaló como fecha, para que Italia declarase la guerra, el 10 de junio. Esta decisión fue muy del agrado de Hitler aunque el pueblo alemán no mostró ningún entusiasmo ante semejante alianza.
El día 5 de junio el ejército alemán reemprendió la ofensiva en dirección sur. Los franceses, que habían perdido gran parte de sus fuerzas en Bélgica y sólo contaban con la ayuda de dos divisiones británicas, debían enfrentarse a un ejército alemán infinitamente superior en todos los sentidos. En once días se decidió la batalla: París fue ocupado por los alemanes el 14 de junio; Monsieur Reynaud dimitió el 16 y aquella misma noche, el mariscal Pétain formó un nuevo Gobierno francés, con objeto de negociar un armisticio. A continuación, y mientras las divisiones se dirigían con toda rapidez hacia el valle del Ródano, al Mediterráneo y a la frontera española, Hitler se trasladaba a Munich para discutir con el Duce las condiciones que habrían de imponerse a Francia para la paz.
Hitler, cuya idea principal seguía siendo la de la expansión hacia Oriente, aún pensaba que podría llegar a un acuerdo con Inglaterra, y sus últimas victorias le daban la seguridad de que, tarde o temprano, Gran Bretaña intentaría un acercamiento. Pensó asimismo que el tipo de condiciones que se ofrecieran a Francia para un armisticio podría influir considerablemente en los ingleses.
Pese a que el armisticio, por el cual las exigencias alemanas no fueron exageradas, se firmó sin dificultades ni objeciones, las esperadas noticias de Londres no llegaban. Por el contrario, el 18 de junio, Mr. Churchill hizo saber, en la Cámara de los Comunes, que el Gobierno había resuelto hacer frente a la lucha.
Hitler, que había estado retrasando su discurso ante el Reichstag, con objeto de dar tiempo a los ingleses para que se manifestasen en el sentido que él deseaba, lo pronunció por fin el 19 de julio, siendo en esta ocasión muy comedido e intentando un último y directo llamamiento. El Gobierno británico siguió sin darse por aludido, y casi el resto del año 1940 lo dedicó el Führer a los preparativos para un ataque a Inglaterra.
Sin embargo, cinco meses más tarde, cuando el mundo entero esperaba este ataque, la orden que dio Hitler fue la de la invasión de Rusia. Si bien esto constituyó una sorpresa general, lo cierto es que en el fondo de sus pensamientos, la idea de Hitler siempre había ido más encaminada en este sentido que en el de invadir Gran Bretaña, invasión de la que jamás llegó a estar totalmente convencido. De todas formas, antes de llegar a rechazar por completo la idea de la conquista de Inglaterra, se hicieron varios intentos de derrotarla por medio de las fuerzas aéreas, confiando en que la Luftwaffe venciese a la R.A.F. El día 7 de septiembre, 625 bombarderos escoltados por un número aproximadamente igual de cazas, atacaron en masa a la ciudad de Londres, en represalia por las incursiones de los ingleses sobre Berlín. El 15 de septiembre, la Luftwaffe se proponía dar un toque final a la zarandeada capital inglesa, pero ya la R.A.F. había tenido tiempo de recuperarse y terminó con los aluviones de bombarderos alemanes causándoles enormes pérdidas. Aunque los bombardeos continuaron hasta el invierno, la R.A.F. había demostrado que aún no estaban los alemanes en condiciones favorables para una invasión victoriosa. El 12 de octubre, los proyectos sobre Inglaterra se aplazaron por tiempo indefinido, y en enero de 1942 se abandonaron definitivamente.
Antes del comienzo de los bombardeos a Gran Bretaña, Hitler había ordenado los preparativos para el ataque a Rusia, cuya amistad ya empezaba a pesarle, viendo las ventajas que los rusos estaban sacando de ella. Por ejemplo, en junio de 1940, aprovechando que Alemania se encontraba enredada en la lucha con Francia, Rusia se anexionó los estados bálticos sin informar a su aliado y siguió haciendo presión sobre Rumania. Ya el 29 de julio el general Jodl comunicó al general Warlimont que Hitler había decidido comenzar los preparativos para la guerra contra Rusia. Warlimont se puso a trabajar en el proyecto y Hitler, mientras tanto, dio órdenes a otros cuerpos para un plan de campaña en contra de Rusia. Este plan le fue presentado por Halder el 5 de diciembre, y el 18 del mismo mes el Führer manifestaba su intención de efectuar la invasión.
España en los planes de Hitler
El almirante Raeder expuso a Hitler, para su estudio, la posibilidad de hacerse con el Mediterráneo, el norte de Africa y el Oriente Medio como puntales para minar la posición de Inglaterra, y él se interesó por la idea, aunque con distinta finalidad. Por una parte, quería presionar sobre Gran Bretaña, impidiendo a sus barcos el paso por el Mediterráneo, con objeto de que se aviniese a un acuerdo. Pero lo que principalmente deseaba era defender de posibles desembarcos, bien ingleses o americanos, el noroeste de Africa y las islas del Atlántico. Para conseguirlo, Hitler tenía un plan en el que contaba a priori con sus distintos aliados, a cada uno de los cuales había asignado un papel: España habría de encargarse de la defensa del Mediterráneo occidental, Francia de la del Africa del noroeste y, por último, Italia de la del Mediterráneo oriental. Quería que tanto España como Francia entrasen en la guerra para tener ocupada a la Gran Bretaña mientras él atacaba en el Oriente. Sin embargo, no llegó a realizar estos planes, pues el general Franco esquivó la trampa en que había caído Mussolini de comprometerse demasiado por medio de una alianza con Alemania. Si bien en el mes de junio de 1940, cuando parecía que la contienda iba a terminar, se mostró inclinado a participar, al pasar el tiempo y comprobar que las cosas ni avanzaban ni se detenían, sus ánimos se enfriaron y se dedicó a poner dificultades a Hitler, exponiéndole tales condiciones para su cooperación (diversas reivindicaciones territoriales, exigencias de ayuda económica en considerables proporciones, provisión de equipo militar, cereales y petróleo…) que a éste le resultaron excesivas. En septiembre, Franco envió a Serrano Suñer a Berlín para que mantuviese conversaciones con Ribbentrop. Este trataba de esquivar las reivindicaciones y exigencias españolas, al tiempo que intentaba obtener una fecha concreta de la intervención de España, cosa que no consiguió, pues Serrano Suñer no pensaba comprometerse antes de que todas sus demandas fuesen satisfechas. Dado que Ribbentrop no lograba nada, el 17 de septiembre Hitler recibió al enviado español en la Cancillería del Reich, mostrándose incluso más amable y sereno que su ministro, y teniendo la cautela de no presionar a su interlocutor ni abrumarle con quejas. Eso sí, trató por todos los medios de impresionarle y hacerle patente el impresionante poder del III Reich. Por contraste, en una segunda entrevista se mostró totalmente infantil y nada solemne al exteriorizar su regocijo ante los presentes que le enviaba Franco. A continuación, Serrano Suñer marchó a Italia, llevándose una impresión un tanto confusa acerca del carácter alemán.
En resumen, no se había resuelto nada acerca de la guerra y Hitler se sentía pesimista con respecto a los españoles que estaban «más dispuestos a tomar que a dar», y que incluso, en el caso de obtener todo lo que pedían, se negaban a señalar una fecha determinada. El 4 de octubre se entrevistó en el Breñero con Mussolini, que se encontraba bastante ofendido por las relaciones alemanas con Francia. Pese a lo cual, Hitler estaba totalmente resuelto a salvar sus dificultades tanto con los franceses como con los españoles y para ello decidió hacer una visita personal a Franco en Hendaya y celebrar una reunión con los dirigentes de Francia. El 23 de octubre se reunieron Hitler y Franco. Era la primera vez que el Führer se tomaba la molestia de realizar un largo viaje con el único objeto de halagar a un gobernante con la esperanza de atraérselo. Confiaba en que su magnetismo personal y algunas vagas promesas para el futuro conseguirían vencer la resistencia del testarudo dirigente español. Le habló de la potencia de Alemania, de sus recientes victorias, de la posición desesperada de la Gran Bretaña, y a continuación le propuso llegar a un tratado por el que España se uniría a la guerra en enero del 41. Además, se tomaría Gibraltar, que «ipso facto» pasaría a manos españolas. Pero, ante la sorpresa y la irritación de Hitler, Franco no se impresionó lo más mínimo con sus palabras. En lugar de ello, continuó insistiendo en sus condiciones económicas y militares, insinuó que Alemania estaba incapacitada para proporcionárselas en las cantidades precisas y sugirió la idea de que el Gobierno y la flota británicos podrían seguir combatiendo desde el Canadá, apoyados por Norteamérica, incluso si Inglaterra era conquistada. Hitler, a punto de perder la calma, se levantó diciendo que no tenía sentido continuar aquellas conversaciones; sin embargo, al momento se sentó de nuevo y reemprendió sus esfuerzos por atraerse a Franco. Después de una conversación de nueve horas, Hitler tuvo que darse por vencido, pues ni él ni Ribbentrop pudieron lograr que el jefe del Estado español llegase a un compromiso.
Esta desagradable impresión fue en parte borrada al día siguiente por la favorable que le causó su entrevista con el mariscal Pétain llevada a cabo en Montoire. El mariscal se mostró decidido a colaborar y a ayudar en las disposiciones para la derrota de Inglaterra. Francia, a cambio, recibiría una recompensa por sus pérdidas territoriales en Africa.
A continuación de estas dos entrevistas, Hitler celebró una tercera con Mussolini, con motivo del ataque a Grecia por los italianos el día 28 de octubre. No sólo no le habían puesto en antecedentes, sino que obraron en contra de sus deseos y cálculos, y le pusieron en el compromiso de tener que prestarles su ayuda en los Balcanes. Esto, y la ocupación de Creta por la Gran Bretaña, terminó con los proyectos de una ofensiva alemana en el Mediterráneo Oriental, por lo que la acción se enfocó hacia el Mediterráneo Occidental.
Hitler, que aún creía en la intervención española, dio órdenes para la «Operación Felix», consistente en que las tropas alemanas se unieran a las españolas para apoderarse de Gibraltar. Mientras tanto, continuaban los preparativos para un ataque en el Este. Durante el mes de noviembre, Hitler se dedicó a apremiar a Franco, quien no varió de opinión, encontrando todo tipo de excusas para no comprometerse. El 7 de diciembre, Hitler envió al dirigente español, por medio del almirante Canaris, una proposición para que el 10 de enero los alemanes atravesaran la frontera con objeto de iniciar la acción contra los ingleses; pero Franco se negó rotundamente, pues, aparte de que la situación económica de España no era en aquellos momentos como para intervenir, no tenía ninguna confianza en los planes del Führer, quien no tuvo más remedio que reconocer su fracaso con los españoles. Y el 11 de diciembre comunicó que las condiciones políticas no permitían la realización de la «Operación Felix».
Inglaterra, con la ocupación de Creta y varias islas del mar Egeo, estaba consiguiendo una serie de triunfos que hicieron temer a Hitler una separación del imperio colonial francés, por lo que dio órdenes para la «Operación Atila», destinada a ocupar toda Francia si las circunstancias lo requerían. Laval, partidario del colaboracionismo, fue destituido el 13 de diciembre de su cargo y el mariscal Pétain no quiso trasladarse a París para recibir los restos del hijo de Napoleón, que Hitler había ordenado enviar desde Viena. El Führer se sentía realmente irritado al comprobar que las promesas de colaboración que obtuvo en Montoire estaban resultando un fracaso semejante al de Hendaya, aunque más indirectamente realizado.
Vuelta hacia el Este
Con el comienzo del nuevo año, Hitler realizó un último esfuerzo para convencer a Franco y el 6 de febrero le escribió una enérgica carta en la que le dirigía un apremiante llamamiento. Pero ni esta carta ni la intervención personal de Mussolini, que se entrevistó el 12 de febrero en Bordighera con él, consiguieron que Franco abandonase su actitud cortés y evasiva, tras la que se ocultaba la firme resolución de no comprometerse, que le valió la opinión, por parte de Hitler, de estar cometiendo un gran error.
Después de esta serie de entrevistas fracasadas, le vino una buena racha en la primavera de 1941. Los rusos, un tanto inquietos ante la cantidad de victorias alemanas en el Oeste, aprovecharon el verano de 1940, en el que Hitler se hallaba muy ocupado en otros asuntos, para hacerse con todos los territorios que les reconocía el convenio del 39. Ocuparon los estados de Estonia, Letonia y Lituania, anexionándoselos, y enviaron un ultimátum a Rumania reclamando la Besaravia y la Bucovina septentrional. Cuando Hitler quiso darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, no pudo hacer otra cosa que aconsejar a los rumanos que accediesen a las exigencias rusas; pero, a partir de aquel momento, se propuso que las cosas no pasaran del punto al que habían llegado, y también evitar cualquier tipo de circunstancia que sirviera a los rusos como pretexto para intervenir. En este sentido, los principales puntos de fricción los constituían los búlgaros y los húngaros, ambos vecinos de Rumania, que también se sintieron impulsados a hacer reclamaciones y pronto la pugna entre ellos se agudizó de tal forma que estuvieron a punto de declararse la guerra. Esto no convenía en absoluto a Hitler, puesto que Alemania se abastecía del petróleo rumano, y trató de intervenir en las relaciones de ambos para arreglarlas a su favor. Al no conseguirlo, ambas partes fueron convocadas en Viena por Ribbentrop para que se sometiesen a un acuerdo programado por el eje y, aunque ni Rumania ni Hungría querían acceder a semejante arreglo, se les hizo entrar por el aro con ventajas, naturalmente, para Rumania, que era donde el Führer tenía puesto su interés.
Todas estas maniobras alemanas empezaron a inquietar a los rusos, pero, sobre todo, produjeron una impresión sumamente negativa en los italianos. El interés de Mussolini en los Balcanes y el Danubio era conocido por Hitler que, temiendo una reacción del Duce que se adelantase a sus planes, se entrevistó el 7 de julio de 1940 con Ciano para convencerle de la necesidad de un aplazamiento en cualquier acción italiana contra Grecia y Yugoslavia. Aunque a Mussolini le contrarió bastante esta interferencia por parte de su aliado, de momento accedió, asegurándole que su ataque iba dirigido contra Egipto, aunque no disimuló sus intenciones de atacar a Grecia, si bien habló de ello como de una operación a largo plazo. Las relaciones entre Italia y Alemania parecían entonces mejores que nunca; hasta se firmó un nuevo Acuerdo Tripartito entre estas dos naciones y el Japón. En septiembre, Ciano volvió a Berlín para firmar el pacto y unos días después Hitler y Mussolini volvían a entrevistarse en el Brenero. La amistad de ambos dirigentes era, cara al exterior, de lo más estrecha, pero el Führer no dijo a su aliado ni una sola palabra acerca de sus preparativos para controlar Rumania.
Por ello, cuando a los pocos días llegaron hasta Mussolini las noticias del movimiento de tropas alemanas, el despecho que experimentó fue tal que, quince días después, ordenó un ataque contra Grecia sin ponerlo en conocimiento de Hitler hasta el último momento. Este paso dado por el Duce ponía en peligro todos los planes de su aliado alemán, cuyos ánimos no se encontraban muy elevados, precisamente, cuando recibió la misiva comunicándole su decisión. Sin embargo, ante el peligro de perder el único partidario que tenía en Europa, marchó a Italia con el propósito de hacer cambiar de idea al Duce, lo que no pudo lograr, ya que, cuando llegó a su destino, el ataque había comenzado varias horas antes. Ante lo irremediable, Hitler logró dominarse y ofreció todo su apoyo a Italia en aquella empresa.
Tanto las garantías a Rumania como el interés por Finlandia alarmaron de tal manera a los rusos que cuando el encargado alemán de negociar con Moscú se entrevistó con Molotov el 26 de septiembre para hablarle del Pacto Tripartito y darle seguridades sobre el mismo, el ruso le pidió una copia del acuerdo entre Alemania y Finlandia. Los alemanes accedieron, y Molotov, que no acababa de dejarse convencer, quiso informarse a fondo sobre el asunto de Rumania. Ribbentrop, siempre con la intención de tranquilizarle, propuso a Stalin que el ministro soviético de Asuntos Exteriores se trasladase a Alemania para una nueva entrevista. El 12 de septiembre, Molotov se encontraba en Berlín, donde, tras una nueva entrevista previa con Ribbentrop, fue recibido por Hitler. Este, queriendo impresionarle, se dedicó a hacer una divagación de altos vuelos acerca de los caminos y las directrices a seguir por las distintas naciones. Molotov le dejó hablar y al final de la perorata, haciendo caso omiso de las ampulosas lucubraciones con que intentaba envolverle, le soltó a bocajarro varias preguntas muy concretas sobre la cooperación germano-rusa. Quería respuestas precisas, no vaguedades. Con el pretexto de la amenaza de un ataque aéreo, Hitler dejó la cuestión para el día siguiente, en que tampoco consiguió nada, pues Molotov no se dejaba convencer fácilmente por sus barrocos y nada directos argumentos.
Al término de la inútil conversación, Hitler se encontraba tan enfurecido que aquella noche no asistió a la cena que Molotov dio en honor de sus huéspedes.
Más tarde, Ribbentrop quiso convencer al ministro ruso de que su país tomase parte en el Pacto Tripartito, en el cual se proponía, entre otras cosas, que Rusia se desinteresase de Europa, ofreciéndola a cambio algunas compensaciones en otra dirección. Pero Molotov se negó rotundamente a comprometerse. Y, quince días después de su visita, el Gobierno soviético envió una respuesta oficial al berlinés, en la que aceptaba el pacto sugerido a cambio de una serie de condiciones y reivindicaciones que los alemanes consideraron tan excesivas que ni se molestaron en contestar. Esto, además, sirvió de incentivo a Hitler para decidirse a realizar definitivamente su ataque contra el Este. Y empezó a hacer cálculos sobre los pretextos de que habría de servirse.
El 10 de diciembre Hitler pronunció un importante discurso en el que se reflejó todo su antiguo esplendor como maestro de la oratoria. Iba dirigido a los trabajadores y les hablaba de los enemigos de Alemania presentándolos como países eminentemente capitalistas que sólo buscaban explotar al obrero.
Días después pronunció otro, en Berlín, atacando nuevamente a Inglaterra, poniendo de manifiesto la mala voluntad de dicha nación, que había rechazado su amistad tantas veces como él se la había ofrecido. Finalmente, y volviendo a sus viejos tiempos antisemitas, habló acerca de la amenaza judía y la necesidad de terminar con ella.
La situación en que Mussolini le había puesto con su disparatada actuación tenía al Führer verdaderamente preocupado, pese a lo cual siguió prestándole su ayuda al tiempo que planificaba la línea a seguir en sus proyectos y tomaba medidas para salvar los obstáculos, para lo cual se puso en contacto con los gobernantes de Rumania, Bulgaria y Yugoslavia, cuya cooperación necesitaba. El acuerdo con Rumania, Hungría, Bulgaria y Finlandia fue relativamente fácil; pero el asunto de Yugoslavia era muy espinoso no solamente porque sus dirigentes se negaban a entrar en el Pacto Tripartito, sino porque, como ya hemos dicho, esta nación constituía uno de los principales objetivos de Mussolini.
El segundo socio del Pacto Tripartito con Alemania era Japón. En febrero, Ribbentrop invitó al embajador de dicho país a su finca de Fusdsl, donde mantuvieron una extensa conversación sobre la colaboración germanonipona, y a finales de marzo el ministro de Asuntos Exteriores japonés se trasladó a Berlín, donde celebró varias conversaciones con Hitler y Ribbentrop. Querían convencerle de que Japón entrase en guerra lo más rápidamente posible, pero no contra Rusia, sino contra Inglaterra. Ambos se esforzaron por hacerle comprender que un ataque a Singapur sería de una importancia vital, y le ocultaron los planes contra la Unión Soviética, hasta el extremo de que cuando, tres meses más tarde, se llevaron a la práctica, el Gobierno del Japón quedó sumamente sorprendido e irritado. Creyó que Matsuoka, el ministro, no había querido prevenirle de las intenciones de Alemania y lo destituyó. Después los japoneses decidieron tomar sus propias resoluciones y realizar sus planes sin ofrecer la más mínima información a Alemania.
El 28 de febrero las fuerzas alemanas atravesaban el Danubio con la aquiescencia de Rumania y Bulgaria, que, finalmente, se habían unido al Pacto Tripartito. En vista de que Yugoslavia se mantenía en su postura inicial, Hitler presionó al Gobierno, sobornándole con la promesa de Salónica. Después de firmarse el pacto, Hitler se sintió plenamente satisfecho por la colaboración de Yugoslavia; pero el 27 de marzo varios oficiales yugoslavos que estaban en contra de esta alianza dieron un golpe de Estado en la capital, Belgrado, con lo que los planes de Alemania quedaron totalmente trastornados. Esto provocó en Hitler una cólera tan extremada que decidió castigar cruelmente a la nación que había tenido la osadía de interponérsele.
El 6 de abril varias escuadrillas de bombarderos alemanes se dirigieron a la capital yugoslava para destruirla y estuvieron bombardeándola durante tres días seguidos, a consecuencia de lo cual murieron más de 17.000 personas. Al mismo tiempo, otras divisiones alemanas se encargaban de invadir Grecia. Todo fue consumado rápidamente: el 17 capituló el ejército yugoslavo y, unos días después, los griegos. Las fuerzas británicas que se encontraban en Grecia se vieron obligadas a evacuar; y el que salió perdiendo en todo el asunto fue Mussolini, que quedó humillado públicamente y hubo de conformarse con la parte que en el reparto quiso adjudicarle Hitler. Este, a continuación, organizó una campaña para defender el norte de Africa al frente de la cual puso a Rommel, que la llevó a cabo triunfalmente.
La situación en el Mediterráneo se había vuelto totalmente favorable a Alemania, por lo que, si ésta hubiese seguido atacando en dicha dirección, es muy posible que hubiera obtenido una resonante victoria contra los ingleses. Pero la terquedad de Hitler, que no tenía en cuenta más que sus planes respecto a Rusia, dio al traste con esta magnífica ocasión, y aunque Rommel y Raeder intentaban por todos los medios convencerle de que no la dejase escapar, se negó a seguir sus consejos y no fue posible hacerle cambiar de idea.
Los planes contra Rusia eran continuamente estudiados, analizados y discutidos. Hitler hacía callar a voces a todos cuantos trataban de hacerle ver las dificultades que entrañaba la operación. Estaba convencido de su superioridad y todos los preparativos los supervisaba personalmente planificándolos, detrás de su mesa, hasta en los menores detalles.
Introducción
TERMINADAS las operaciones en los Balcanes, el 30 de abril, Hitler dio como fecha del comienzo del ataque al Este el 20 de junio. Y en el intermedio que iba de una fecha a otra tuvo lugar uno de los incidentes más increíbles de toda la guerra. La tarde del 10 de mayo, Rudolf Hess se dirigió en un Messerchmidt hacia Escocia, donde tenía la intención de encontrarse con el duque de Hamilton, al que había tratado superficialmente en 1936. Su propósito era contactar, a través del duque, con los medios políticos de Londres para negociar una paz entre Inglaterra y Alemania. Hess, que en 1920 se encerró voluntariamente con Hitler en la prisión, era uno de sus más devotos partidarios y, relegado a un segundo plano en los últimos tiempos, sentía una frustración que no sabía cómo superar. En su fervor por el Führer no sabía qué hacer para reconquistar sus simpatías y pensando que el mayor deseo de su ídolo era concertar la paz con los británicos, para así luchar en un solo frente, se propuso ofrecerle este regalo, que pensaba conseguir para él. La idea la tuvo en 1940 y hasta aquel día de mayo no había podido ponerla en práctica. Tras de arrojarse en un paracaídas y ser detenido cerca de Escocia, logró ponerse al habla con el duque de Hamilton, quien comunicó a Churchill la disparatada y extraña noticia. Más tarde, totalmente dispuesto a llevar por su cuenta las mencionadas negociaciones, les habló de las condiciones y deseos de Alemania.
Pese a que pudo comprobarse la buena fe con que obraba, Hess, una vez que terminó de hacer su exposición, fue tratado como prisionero de guerra sin que los ingleses tomaran en serio sus proposiciones ni hicieran el menor intento de iniciar negociaciones con Alemania. Se mantuvo aislado a Rudolf Hess hasta el proceso de Nürenberg, en el que fue condenado a prisión perpetua, pena que actualmente cumple en la cárcel de Spandau.
La noticia sorprendió enormemente a Hitler, produciéndole tanta irritación como desconcierto. Tampoco él tomó en serio el acto de Hess, que le había dejado una extensa e incoherente carta; pero, pese a que pensó que había sido un acto de locura, le destituyó de sus cargos y ordenó que fuese fusilado en caso de que volviera a poner los pies en Alemania. En su entrevista de junio con Mussolini, el Führer habló sentidamente de Hess como de un amigo perdido. Pero, poco tiempo después, toda la historia quedaba en el olvido.
Aunque Hitler, haciendo su doble juego, esperaba hasta el último momento para quitarse la máscara, no pudo evitar que se extendieran los rumores de un próximo ataque a Rusia. Y, con objeto de seguir disimulando, ordenó que los intercambios con la Unión Soviética (en enero se había firmado otro tratado germano-ruso de comercio) continuasen su curso normal. Por su parte, los rusos, que hasta el final demostraron claramente que deseaban mantenerse en paz con Alemania, siguieron despachando puntualmente sus pedidos.
La campaña de rusia
Hitler seguía entrevistándose con aliados y «protegidos» para ultimar detalles. Pero continuaba sin informar a Mussolini, si bien el 15 de junio Ribbentrop se mostró algo más comunicativo con Ciano en las entrevistas que mantuvieron. Y el 21 de junio, justo el día anterior al de la fecha del ataque, Hitler se decidió, por fin, a informar al Duce, al que, por supuesto, la noticia cayó como una bomba, al mismo tiempo que los alemanes caían en avalanchas sobre las fronteras de Rusia.
Los comienzos de la invasión le fueron favorables, motivo éste que le confirmó más en su idea de que la conquista sería fácil y no duraría más de dos o tres meses. Las divisiones acorazadas alemanas habían llegado al Dnieper el 5 de julio y a Smolensko el 16. Sin embargo, los cálculos de Hitler, que se basaban en que las tropas alemanas acabarían con las rusas, cercándolas, no dio resultado; y pese a que iban ganando terreno y haciendo gran cantidad de prisioneros, siempre surgían más tropas soviéticas que iban arrastrando a los alemanes hacia el interior, donde seguían formándose nuevos ejércitos.
Y entonces comenzó a manifestarse la división de pareceres. Mientras los principales jefes del ejército, Bruchitsch, Halder, Guderian y Bock opinaban que la mejor forma de derrotar a los rusos era concentrar los esfuerzos de todos los ejércitos alemanes para empujarlos hacia Moscú, Hitler ordenó que parte de las fuerzas de Bock se dirigieran en ayuda de los ejércitos del Norte en su marcha sobre Leningrado y el resto fuera en misión de apoyo de los ejércitos del Sur que avanzaban por Ucrania. Todo el mes de agosto estuvieron detenidos los ejércitos del Centro cerca de Smolensko, mientras Brauchitsch intentaba hacer ver a Hitler que se necesitaba tiempo para reparar los tanques averiados, o conseguir otros nuevos, sin lo cual no podrían llevar a cabo sus órdenes. Las discusiones al respecto duraron hasta septiembre, y a aquellas alturas ya Hitler se inclinaba a abandonar su idea acerca de Leningrado. Sin embargo, continuaba manteniendo tenazmente su oposición a un avance contra Moscú, fascinado por la idea de un cerco monumental en Ucrania. Después de nuevas discusiones con el alto mando del ejército, accedió a que el grupo del centro colaborase con algunas de sus fuerzas al ataque de Leningrado, así como a que se preparase para una ofensiva contra Moscú; pero todo ello después de que hubiesen cumplido sus órdenes de cercar Ucrania. Así lo hicieron, en contra de su voluntad, y la operación, en la que más de 600.000 rusos cayeron prisioneros cerca de Kiev, fue un auténtico éxito. Mas el otoño se venía encima; las lluvias, en pocos días, transformaron aquellas regiones campesinas en dificultosos caminos enlodados por los que no se podía apenas transitar. Y lo peor era que esto sólo constituía el preludio. Pronto haría su aparición el invierno ruso, lo que no ofrecía muy buenas perspectivas en relación con el ataque a Moscú, que por parte del alto mando se hubiera llevado a cabo en agosto. Pero Hitler, detrás de su mesa, y siguiendo los movimientos a través de un mapa, se sentía totalmente eufórico a la vista del éxito logrado en el Sur, y dio entonces la orden de atacar Moscú. Los ejércitos del Centro reanudaron su avance el 2 de octubre. El 8 conquistó Orel; fueron hechos prisioneros otros 600.000 rusos. El 9, Otto Dietrich anunció triunfalmente que la guerra en el Este podía darse por terminada. Unos días más tarde, los alemanes se encontraban a unos 150 kms de Moscú. Pero los objetivos de Hitler en esta campaña no se manifestaron muy definidos, pues en lugar de dedicarse a atacar y tomar algún lugar clave, desperdició los esfuerzos de sus tropas en múltiples ataques dispersos que no sólo las separaban entre sí, sino que, al tiempo, se veían arrastradas hacia el interior de Rusia, donde les sorprendió el invierno sin haber logrado aún hacerse con Moscú ni con Leningrado.
Pese a todo, al otro lado de la barrera, Hitler mantenía su postura de vencedor, y no cesaba de planificar el futuro de Alemania, con las riquezas de Rusia a su disposición y con el pueblo soviético al servicio del alemán.
El 8 de noviembre Hitler pronunció su tradicional discurso en Munich, donde dio a entender que la nueva Alemania estaba convirtiéndose en una nueva Europa. Y a finales del mismo mes, con objeto de demostrar lo que era la comunidad europea, Hitler y Ribbentrop se encargaron de reunir en Berlín a los representantes de nueve países europeos con el fin de renovar el Pacto Anticomintern, por lo que, naturalmente, también estuvieron en el acto los representantes de Japón y Manchukuo. A juzgar por el comportamiento de los alemanes, el significado práctico del cacareado Nuevo Orden Europeo consistía en el sometimiento a Alemania de los demás países.
El general invierno
Y mientras tanto, los ejércitos alemanes seguían abriéndose paso camino de Moscú, sufriendo las consecuencias de un clima que, a pasos agigantados, se iba haciendo más y más inclemente. Como ya hemos dicho, Hitler, seguro de su victoria a corto plazo, no había querido proveer a sus tropas de equipos de invierno, y éste ya estaba encargándose de agotar cruelmente a los alemanes, que se veían obligados a luchar en una tierra extraña y en unas condiciones que las bajas temperaturas hacían totalmente desfavorables. Nada de esto le importaba a Hitler, bien resguardado en su refugio La cueva del lobo. El ejército de Kluge realizó el 2 de diciembre un sobrehumano esfuerzo para cruzar las defensas rusas en el oeste de Moscú y algunos destacamentos lograron llegar a las afueras de la capital, pero fueron rechazados. Y el 6, los rusos, con un centenar de divisiones de refresco que sumieron en gran confusión a las tropas alemanas, realizaron una magnífica contraofensiva a lo largo de todo el frente central, eliminando la grave amenaza que existía contra su capital. El gran efecto teatral, en el que Hitler había puesto tantas esperanzas, había fracasado.
Por si esto fuera poco, el 7 de diciembre los japoneses atacaron a la flota norteamericana en Pearl Harbor, noticia que cogió desprevenido a Hitler, pues sus aliados, siguiendo su ejemplo, se guardaron de comunicarle su decisión con anterioridad. Lejos de enfurecerse ante esta nueva complicación, el Führer se mostró encantado con ella y acto seguido, ignorando todo sobre el poder norteamericano, declaró la guerra a Estados Unidos.
El 11 de diciembre Hitler pronunció un discurso abundante en ataques a América y, principalmente, a Roosevelt. Al final del mismo, comunicó que Alemania había firmado un nuevo acuerdo con Italia y Japón en el que las tres potencias se comprometían a no tratar por separado con Norteamérica ni con Inglaterra.
A pesar de todo esto, las preocupaciones del Führer a lo largo del invierno de 1941–42 estuvieron mucho más localizadas en Rusia que en ninguna otra parte. Después de la contraofensiva de los rusos el 6 de diciembre, y en contra de todas las predicciones, Hitler consiguió que las líneas alemanas se mantuvieran firmes, negándose rotundamente a cualquier petición de retirada. Y la orden se llevó a cabo de forma drástica: cualquier jefe u oficial que desobedecía, o bien era destituido o bien se le formaba consejo de guerra. Así, pues, además de las vicisitudes y calamidades que sufrió el ejército alemán a lo largo de aquel crudo invierno, también tuvo que enfrentarse a una serie de humillaciones. Guderian y Von Rundstedt fueron relevados del mando y el general Hoeppner apartado del ejército, condenado a no volver a ponerse el uniforme y despojado de sus condecoraciones.
La situación a que los alemanes habían llégado en el frente oriental aquel invierno convenció a Hitler de que no podía confiar en la pericia del alto mando, por lo que decidió que, en adelante, tanto la dirección de las operaciones como la totalidad de la estrategia en aquella guerra quedarían exclusivamente bajo su supervisión y dirección. El 7 de diciembre, Brauchitsch presentó su dimisión, que Hitler aceptó diez días más tarde, a continuáción de lo cual él mismo se hizo cargo del mando supremo del ejército; a partir de entonces se mostró aún mucho más reacio a aceptar consejos que se desviasen lo más mínimo de sus propias ideas.
Con objeto de fortalecer tanto al pueblo como al ejército, Hitler pronunció tres importantes discursos en los primeros meses de 1942, en los que ponía de relieve la confianza que tenía en sí mismo y la fe que ellos debían tener en su capacidad directiva. Pero su comportamiento no ofrecía muchas garantías.
No obstante, en febrero de 1942, llevó a efecto una resolución bastante acertada: nombró ministro de Armamentos y Municiones al joven arquitecto Albert Speer, hombre capaz y honrado a su tiempo, que demostró rápidamente sus excelentes facultades, por lo que en seguida se convirtió en el jefe supremo de toda la producción alemana de guerra; y gracias a él esta producción experimentó un notable incremento en los años 1942 y 1943.
Entre el hielo y la arena
En este tiempo Hitler se dedicó a pedir más hombres a los Estados satélites y «protegidos» para cubrir las pérdidas alemanas. También se animó a solicitar tropas italianas y con esta misión se trasladó Goering a Roma en febrero de 1942. Algo después, en abril del mismo año, Mussolini y Ciano partieron hacia Salzburgo, donde permanecieron dos días con Hitler, que había manifestado el deseo de entrevistarse con el Duce para disipar sus dudas y devolverle su confianza en el eje. Uno de los puntos que se discutieron en aquellas conversaciones fue la doble operación que en el verano de 1942 Hitler pensaba llevar a cabo: la conquista de Malta (Operación Hércules) y reemprender la ofensiva contra Egipto y Suez (Operación Aida). Ambas tuvieron un buen comienzo: fue invadido Egipto y Rommel conquistó Tobruck; un mes más tarde, a finales de junio, el Africa Korps se encontraba a 65 millas de Alejandría, y entonces Hitler se manifestó contrario a continuar con el plan, es decir, a realizar el ataque contra Malta, asegurando que ya no era necesaria su conquista, puesto que Rommel estaba a punto de ocupar Egipto. De este modo, y con la idea de que la isla se rindiera por hambre, Hitler dio tiempo a que los ingleses pudieran concentrar sus fuerzas en Egipto y reforzasen Malta. Con el otoño, el Africa Korps continuaba en el mismo sitio que alcanzó en junio, y Malta sin conquistar.
Pese a que en septiembre aseguró a Rommel que le prestaría todo el apoyo necesario, lo cierto es que Hitler nunca mostró gran interés ni por Africa ni por el Mediterráneo. Como tampoco poseía grandes conocimientos de lo que significaba el poder marítimo, cuando la lucha hubo de realizarse en ese medio, es decir, cuando tuvo lugar la batalla del Atlántico, seguro de su superioridad porque en 1942 los submarinos alemanes habían alcanzado considerables victorias, sufrió uno de sus más apoteósicos reveses.
Hay que añadir otro gran error en sus previsiones. Temiendo un desembarco angloamericano y siendo excesivamente largas las líneas de las costas a proteger, tras no pocas meditaciones acerca de por qué punto podrían atacarle, llegó a la conclusión de que habría de ser por Noruega. Y allí fueron enviados todo tipo de refuerzos en grandes cantidades para la defensa de la costa. Y mientras toda la flota alemana permanecía concentrada en aquel lugar montando una guardia contra nada, las escuadras aliadas desembarcaban un ejército al noroeste de Africa en medio de la mayor tranquilidad. Por otra parte, el poder aéreo de los rusos había alcanzado tales dimensiones que ya la aviación alemana no pudo hacer nada para impedir que las ciudades industriales de Alemania fueran continuamente bombardeadas.
Antes de esto, en el mes de julio del 42, Hitler había trasladado su cuartel general a Winica, en Ucrania, para poder seguir más de cerca los movimientos de sus ejércitos que avanzaban rápidamente, parte de ellos hacia el Este en dirección a Stalingrado y el resto hacia el Cáucaso y los campos de petróleo en las cercanías de Maikop. Nuevamente Hitler estaba cometiendo la torpeza de no limitarse a un objetivo concreto, pues, al dividir sus fuerzas en estas dos alas, debilitaba a ambas. Pero esto no fue todo. Cuando ya el ejército del Este estaba a punto de hacerse con Stalingrado, recibió la orden de desviarse hacia el Sur para prestar ayuda a la campaña de avance hacia el Cáucaso. Cuando el ejército retornó al Norte, ya habían tenido tiempo los rusos de prepararse para la defensa de Stalingrado, por lo que la batalla por esta ciudad fue larga y encarnizada. Cuando Haider comunicó a Hitler lo desesperado de la situación, éste reaccionó como siempre, acusando de cobardía al Estado Mayor y negándose testarudamente a creer ningún informe que hablase de la superioridad de las fuerzas rusas. Y cuando a finales de septiembre Halder insistió en que debía interrumpir el ataque, Hitler lo destituyó.
Cosas similares sucedieron en lo que al asunto del Cáucaso se refería. La competente resistencia rusa detuvo el avance de los alemanes; al recibir la noticia, Hitler montó en cólera y envió a Jodl para que se enterase de lo que estaba ocurriendo. Pero aún fue mayor su irritación cuando Jold volvió y se puso de parte del mariscal de campo, List, defendiéndole. El Führer no quiso estrecharle la mano en varios meses y, a finales de enero de 1943, comentó que iba a ser destituido y que su puesto lo ocuparía el general Paulus. Casualmente, éste se rendía a los rusos en Stalingrado, justo un día más tarde.
De pronto, el soberbio «Amo de Europa» se encontró con que tanto Stalingrado como el Cáucaso y el norte de Africa habían rechazado de plano sus ofensivas. Y, a continuación, los acontecimientos comenzaron a tomar un nuevo giro, desfavorable para el Führer. El 23 de octubre de 1942 el general Montgomery, al mando de su ejército, atacó las líneas alemanas de El-Alamein, hasta desembocar en el desierto que quedaba a retaguardia. El 7 de noviembre desembarcaron en las costas de Marruecos y Argel las tropas inglesas y norteamericanas, que en pocos días ocuparon toda el Africa francesa del norte hasta Túnez. En noviembre, los ejércitos rusos dirigidos por los generales Rokossovsky, Vatutin y Eremenko consiguieron copar en breve tiempo a 22 divisiones alemanas entre el Volga y el Don. Hitler, a partir de aquellos momentos, hubo de mantenerse a la defensiva. Y, sin embargo, todavía parecía no darse cuenta del alcance de las últimas operaciones. El 8 de noviembre se trasladó a Munich, donde pronunció su tradicional discurso, que seguía componiéndose de sarcasmos y bravatas, como siempre.
Ante el nuevo cariz que tomaron los acontecimientos, a Hitler sólo se le ocurrió una «solución»: Los alemanes tenían que resistir. Habló con Rommel y le ordenó que no cediese un solo palmo de terreno en El-Alamein. Cuando el jefe del Africa Korps hizo saber al Führer que Africa estaba perdida y que lo más sensato sería sacar de allí a sus hombres y mandarlos a luchar a Italia, Hitler montó en cólera y le hizo saber que los generales de la campaña de Rusia que le habían hecho parecidas propuestas habían sido fusilados por cobardes. Pese a todo, el avance de los aliados ya no se podía detener.
Con un retraso de varios años, Hitler decidió de pronto ocuparse del Mediterráneo y envió tropas a Túnez para defender Bizerta y evitar que los aliados pudiesen navegar libremente por aquella zona.
Mientras Mussolini intentaba desesperadamente convencer a Hitler de que negociase con Rusia, éste obligaba a sus ejércitos en Stalingrado a luchar hasta el final, sin importarle los miles de vidas que condenaba, pues a aquellas alturas, y por mucho ardor que pusiesen en el asedio, ya no había salvación posible.
Con el final de la batalla de Stalingrado, los rusos demostraron a los alemanes que ya no tenían nada que hacer. Y poco después, a mediados del 43, comenzaron su contraofensiva en masa, no dejando a Alemania otra opción que la de defender sus propias posiciones.
Al terminar el invierno, a pesar de los retrocesos efectuados por las líneas alemanas, aún se encontraban éstas muy adentradas en el territorio ruso y a Hitler se le presentaba un problema con Italia: a principios de 1943 hubo varias sustituciones en el Gobierno y en los altos mandos italianos; Mussolini se encontraba enfermo; el pueblo italiano estaba harto de la guerra y de los alemanes que lo habían llevado a ella; y Ciano pasó de ministro de Asuntos Exteriores a embajador en el Vaticano, lo que hizo sospechar a los alemanes que pretendía negociar la paz por su cuenta.
El desmoronamiento de Italia
Contemplando el panorama, Hitler comprobó que era necesario hacer algo para reanimar a su aliado y en febrero envió a Ribbentrop a Roma con una carta personal para el Duce. En ella le decía que era preciso continuar la guerra del Este hasta acabar con los rusos. A continuación de la visita de Ribbentrop, el Führer, presto siempre a agradar a Mussolini, dio permiso a los obreros italianos para que volviesen a su país. Pero a pesar de esto, y de que seguía recibiendo cartas de Hitler, el dictador italiano no experimentó el menor entusiasmo. Se sentía viejo, acabado y sin energías; en Milán y Turín se sucedían las huelgas y todo se conjuraba para indicar que el régimen se estaba tambaleando peligrosamente. Mussolini, asustado, insistió una vez más al Führer para que firmase una paz con Rusia. Y éste le contestó que debían entrevistarse inmediatamente en Salzburgo, donde se encontraron a mediados de abril. Pese a los firmes propósitos que el Duce se hizo de enfrentarse esta vez a Hitler, regresó a Roma sin haberse atrevido a rebatir ni uno solo de sus acostumbrados monólogos, y con la misma sensación de derrota que le venía poseyendo durante los últimos tiempos. Y tenía motivos para sentir esta desesperación: el 7 de mayo los aliados se hicieron con Túnez y Bizerta, y todas las fuerzas que el eje había enviado a Africa cayeron prisioneras. El siguiente ataque se produjo en Sicilia el 10 de julio, y pocos días después Hitler mantuvo una nueva entrevista con Mussolini, esta vez en Feltre, y tampoco en esta ocasión tuvo valor el Duce de cortar al Führer para exponer sus propias opiniones. Pero, si bien en el estado de ánimo en que Mussolini se encontraba era muy difícil hacerle reaccionar, los italianos ya no quisieron soportar más y la disconformidad con la alianza alemana se manifestó violentamente. El 24 de julio se reunió el Gran Consejo Fascista, y Mussolini, como consecuencia de la famosa «Orden del día Grandi», hubo de escuchar todo tipo de reproches y críticas en contra de sus actuaciones. El 25, el rey le destituyó y quedó arrestado. Se formó un Gobierno no fascista presidido por el mariscal Badoglio, y los funcionarios del anterior régimen fueron obligados a dejar sus puestos.
Cuando estas noticias llegaron a saberse en Alemania, Hitler, fuertemente contrariado, reunió en su cuartel general a los principales dirigentes nazis, además de algunos militares como Rommel y Doenitz, para celebrar una conferencia. En ella Hitler llegó a la conclusión de que, aunque el nuevo Gobierno italiano aseguraba seguir leal al eje, lo que pretendía era ganar tiempo para llegar a un acuerdo con los aliados. Y preparó varios planes encaminados a rescatar a Mussolini, ocupar Roma, restablecer el régimen fascista, ocupar Italia militarmente y destruir la flota italiana.
A continuación se discutió acerca de la fecha en que debería llevarse a cabo la acción. Mientras Hitler, Goebbels y Goering pensaban en una actuación inmediata, Rommel y los otros militares eran partidarios de esperar un tiempo prudencial. De momento no quedó nada fijado, y los aplazamientos sucesivos que se fueron haciendo les reportaron una gran ventaja, pues se aprovechó este tiempo para reforzar el ejército alemán en Italia.
Sin embargo, y pese a que Hitler sospechaba desde el principio el juego que los italianos estaban llevando a cabo, cuando el 8 de septiembre se anunció el armisticio de Italia con los aliados, la noticia sorprendió a los alemanes. El general Kesselring se encontraba al mando de sus fuerzas en el sur de Italia, esperando órdenes, y lo único que tuvieron tiempo de enviarle sus superiores fue una especie de contraseña.
Al tiempo que se publicaba el armisticio, ejércitos aliados desembarcaban en Italia y se dispusieron a avanzar hacia el norte. Por suerte, desembarcaron mucho más al sur de lo que Kesselring se imaginaba, circunstancia ésta que le ayudó a contenerlos. Hitler le permitió entonces que combatiese en la Línea de Invierno, de modo que dos tercios de Italia quedaban en poder de los alemanes, por lo que hasta mediados de 1944 los aliados no consiguieron alcanzar Roma.
Ante la imposibilidad de realizar los planes que en principio se propusiera, Hitler decidió rescatar a Mussolini. Estuvo al tanto de los diversos lugares a que fue trasladado en el transcurso de su arresto y cuando, finalmente, le condujeron a un chalet situado en lo alto de los Abruzos, en el momento en que el Führer tuvo noticia del lugar exacto, organizó un rescate a gran escala: el 12 de septiembre un destacamento de las S.S., al mando del comandante Otto Skorzeny, ejecutó sin contratiempos la operación, y el Duce fue trasladado a Rastenburgo, donde Hitler tenía instalado su cuartel general. El primer encuentro entre ambos fue cordial. Pero cuando, a lo largo de la entrevista, Hitler observó el extremo de desmoronamiento a que había llegado Mussolini, se llevó una gran decepción. Su intención consistía en restablecer el régimen fascista en Italia y, aunque en Alemania se habían reunido varios de los antiguos dirigentes con la idea de realizar este proyecto, la figura principal tenía que seguir siendo el Duce. Pese a su total despego por la vida política, la figura principal se resignó a llevar a cabo la farsa, sin el más mínimo interés, lo cual fastidió a su libertador, que pretendía hacer una «limpieza» entre los enemigos que le habían destituido. Lo que más le exasperaba era que Mussolini no estuviese de acuerdo con el deseo de los nazis de que su yerno fuese fusilado.
Finalmente, Hitler impuso su autoridad: el 15 de septiembre se creó la nueva República Social Italiana al tiempo que se comunicaba la vuelta del fascismo y de Mussolini. Este volvió a Italia estableciéndose en Gargnano, donde una guardia de las S.S. rodeaba su casa para «protegerle»; de lo que se desprende quién era realmente el que manejaba los hilos del nuevo régimen. El papel del Duce no podía ser más denigrante; en octubre tuvo que ceder a su «protector» el Tirol del Sur, Trieste e Istria, y en noviembre se vio obligado a entregar a Ciano, a quien fusiló un pelotón fascista en enero de 1944, tras un sonado proceso «especial», mientras él se encerraba con Clara Petacci, su amante, sin querer enfrentarse con su hija.
A todo esto, la lucha en Rusia cada día presentaba más dificultades a los alemanes, que se veían rechazados por la superioridad del enemigo. Este, aparte de frenar el ataque germano, empezó la ofensiva el 12 de julio de 1943. El 4 de agosto recuperaron Orel; el 23, Jarkov; el 23 de septiembre, Poltava; y el 25, Smolensko. El 6 de noviembre penetraron en Kiev y el último día del año recobraron Zhitomir. Debido a las implacables órdenes del Führer de seguir peleando, los ejércitos nazis multiplicaron sus bajas, y los restos disponibles de las fuerzas no podían hacer otra cosa que retroceder, acercándose cada vez más a las fronteras de Polonia y Rumania. Pero Hitler seguía negándose a claudicar. No quiso entregar Crimea ni ordenar la evacuación de Creta y las islas del Egeo. Se intensificó la guerra aérea contra Alemania y fueron hundidos gran número de submarinos. En enero de 1943, Hitler se autonombró comandante en jefe de la marina, pero la derrota en este campo estaba alcanzando gigantescas proporciones. A fines de mayo, Doenitz tuvo que retirar del Atlántico los barcos que le quedaban. También la fuerza aérea había sido considerablemente disminuida. La escasez de medios era tal que a finales de 1943 no había nada que hacer en la batalla del Atlántico. Se multiplicaron los bombardeos contra Alemania, pues a la R.A.F. se habían unido los norteamericanos, y los ataques desde el aire eran constantes. En julio fue asolada la ciudad de Hamburgo, y los ininterrumpidos bombardeos a Berlín dejaron la capital literalmente machacada.
Un nuevo Hitler
Entonces Hitler tenía ya más de cincuenta y cinco años, y su salud dejaba mucho que desear: tenía temblores en la pierna y el brazo izquierdos, y mientras unos doctores sostenían que los síntomas pertenecían a la enfermedad de Parkinson, otros opinaban que todo era de origen neurótico. Le atendía desde 1936 el profesor Morell, un charlatán que se ganó su confianza y que permaneció a su lado hasta el final, preparándole pastillas especiales, poniéndole inyecciones y suministrándole diversas drogas de dudosa eficacia. No era bien mirado por los demás médicos, y cuando uno de ellos, el doctor Giesing, comunicó al Führer que unas píldoras que Morell le proporcionaba contra los dolores de estómago estaban hechas a base de estricnina y belladona, lo que equivalía a un envenenamiento a largo plazo, lo único que consiguió fue que Hitler despidiese a todos sus colegas y no volviese a llamarle a él, dejando ya definitivamente su salud en manos de Morell.
Los últimos tiempos de su vida los pasó Hitler encerrado en diversos refugios, que unas veces eran casas de madera situadas en lugares apartados, y al final fue el bunker de hormigón armado, construido bajo los jardines de la Cancillería, lo cual no era nada saludable por carecer de la luz del sol y aire fresco. Su principal ocupación cotidiana consistía en una conferencia que celebraba a mediodía, con la asistencia de varios oficiales, para discutir sobre la situación militar. Estas conferencias eran de diversa duración y a veces se organizaba alguna reunión nocturna extraordinaria. Este tipo de actividades era lo que ocupaba la mayor parte del tiempo de Hitler, que, en ocasiones, daba algún corto paseo con su perra Blondi, un ejemplar alsaciano que Bormann le había regalado.
El Führer achacaba su aislamiento a la guerra, y en cierto modo así era, puesto que, cuando las cosas empezaron a ir mal, no quiso ver la realidad y se negó a enfrentarse con ella, encerrándose, como un molusco, en aquella especie de caparazón que le protegía del exterior, no sólo físicamente. Allí podía vivir sus fantasías y autoconvencerse de que el panorama estaba a punto de cambiar a favor de Alemania; sus esperanzas estaban puestas en las armas secretas que se estaban fabricando, la bomba volante V y el cohete dirigido V, así como los nuevos modelos de submarinos y de aviones a retropropulsión. Otra de sus esperanzas la basaba en una escisión de las potencias aliadas, que si bien terminó realizándose, él no llegó a presenciarlo.
Pero desde fuera las cosas se veían de distinto modo. De todos los «incondicionales» del Führer el que más claras tenía las ideas era Goebbels. Intentó convencerle para que negociase una paz, pero ante la rotunda negativa de Hitler no insistió, y todo quedó como estaba, ya que los demás aún podían hacer menos y, aunque lo hubiesen intentado, no tenían la suficiente capacidad, a excepción de Albert Speer, el joven arquitecto que fue nombrado ministro de Armamento y Municiones en el año 1942 y que, como ya dijimos, era un hombre íntegro que no se interesaba ni en las intrigas ni en aprovechar su situación para lucrarse. Sin embargo, también él veía clara la situación y, estando totalmente en contra de las ideas de Hitler, llegó incluso a planear un atentado para terminar con él y sus satélites. Pero se impuso su lealtad y no volvió a intentar nada contra aquel ser egoísta que quería arrastrar en su caída a todo el país.
Conspiraciones y atentados
De todas formas la oposición antinazi existía, si bien no podía manifestarse como no fuese apoyada por una institución fuerte. Y así, esta oposición volvió sus ojos hacia el ejército, el organismo más capacitado y con más posibilidades para derrocar el régimen. También se contactó con algunos Gobiernos extranjeros para sondear el tipo de garantías que podrían ofrecerles en el caso de que hiciesen desaparecer el Gobierno de Hitler. Pero ninguna de estas tentativas llegó a buen fin, y la oposición hubo de proseguir su tarea sin ninguna ayuda exterior.
Los principales nombres que figuraban entre el grupo de conspiradores eran el del antiguo jefe del Alto Mando, Beck; el doctor Karl Goerdeler y el ex embajador en Roma Ulrich von Hassell. Beck y Goerdeler querían convencer al mariscal de campo Von Kluge y a otros comandantes para que se encargaran de arrestar a Hitler pero el intento no dio resultado, por lo que los conspiradores llegaron a la conclusión de que deberían realizar ellos mismos el atentado. El primero se llevó a cabo el 13 de marzo y fue planeado en el seno del Ejército de Reserva, donde ocupaba un puesto directivo el general Olbricht, que fue uno de los organizadores. Los encargados de realizarlo eran el teniente Schlabrendorff y el general Von Tresckow, que, aprovechando un viaje del Führer a Smolensko para visitar al cuartel general de Von Kluge, colocaron una bomba de relojería en el avión en que había de hacer el vuelo de regreso. Inexplicablemente, la bomba no explotó y Schlabrendorff, con una sangre fría envidiable, voló rápidamente al’cuartel general de Hitler para recuperar y hacer desaparecer la bomba antes de que pudieran descubrirla.
Es indiscutible que la hora del Führer no había llegado aún, pues, desde aquel primer intento y hasta terminar el año, se prepararon unos seis o siete atentados más, y ninguno de ellos dio resultado.
Cierto día fue presentado al grupo de conspiradores el conde Von Stauffenberg, caballero de distinguida familia, elevada educación y delicados gustos, que, pese a todo esto, se había dedicado a la carrera militar, prestó sus servicios en el Estado Mayor y sirvió como oficial en Francia, Rusia y Polonia. En la campaña de Túnez perdió un ojo, la mano derecha y parte de la izquierda. Observando los últimos acontecimientos, había llegado a la conclusión de que la mejor manera de ayudar a su país era terminar con Hitler, y en cuanto se recuperó de sus heridas tomó contacto con el grupo de Olbricht para planear un nuevo atentado contra el Führer y su Gobierno. Los preparativos fueron minuciosamente estudiados, con diseño detallado de los pasos que habrían de darse; se planificó que el Ejército de Reserva estuviera listo para hacerse cargo del poder en Berlín y algunas otras ciudades de Alemania, en el momento preciso; Beck figuraría como jefe de Estado y el puesto de canciller recaería en Goerdeler. En cuanto a Stauffenberg, se asignó él mismo el papel de «ejecutor».
Ya en 1944 surgieron complicaciones y contratiempos que amenazaron acabar con estos planes antes de que fuesen llevados a efecto. Se extendió la noticia de que Hitler y sus hombres estaban sobre la pista de los conspiradores. Se supo en todo el país, también por aquellas fechas, el desembarco de los aliados en Normandía. El 4 de julio se arrestó a dos miembros del grupo de conspiradores, y el 17 del mismo mes fue firmada una orden de detención contra Goerdeler.
Entre estas contrariedades y la suerte increíble de Hitler, el complot no ofrecía muchos horizontes. Ya para entonces, Stauffengerg había llevado a cabo dos tentativas para eliminar al Führer y ambas habían fallado. La primera, porque el propio Stauffenberg quiso demorarla hasta una segunda ocasión más propicia y ésta porque Hitler tuvo que marcharse. Había que esperar a una tercera, que se presentó el 20 de julio.
A mediados de dicho mes, el Führer había regresado a su Cuartel General en la Prusia oriental (procedente de Obersalzberg, donde había permanecido todo lo que iba de julio) para recibir a Mussolini, que le visitaría el día 20. Debido a esto, la conferencia se celebró aquella vez más pronto que de costumbre, a las doce y media del mediodía.
Stauffenberg, que había sido ascendido a coronel y nombrado jefe de Estado Mayor en el Ejército de Reserva, voló aquella mañana a Berlín para exponer su informe sobre la creación de nuevas divisiones en la endeble defensa de la línea del frente. Llevaba con él una cartera de despacho en la que, junto con sus documentos, había colocado una bomba de relojería que haría explosión minutos después de que el mecanismo hubiera sido puesto en marcha. Ya había comenzado la conferencia cuando Stauffenberg llegó y fue presentado a Hitler por Keitel. Veinticuatro hombres, entre los que no estaban Goering, Himmler y Ribbentrop, se encontraban en torno a una gran mesa de madera sobre la que se extendían varios mapas. Hacia uno de los costados de la mesa, de pie e inclinándose continuamente sobre la misma para hacer diversas indicaciones en los mapas, estaba Hitler y a su izquierda se situó Keitel. A su derecha se puso Stauffenberg, colocando seguidamente su cartera de documentos debajo de la mesa; unos segundos después salió de la habitación, diciendo que tenía que hacer una llamada urgente a Berlín. A los pocos instantes; alrededor de la una menos diez, todo el edificio retumbó con el estallido de la bomba, que hizo abatirse paredes y techos, al tiempo que se incendiaban las partes que no se habían derrumbado. Los heridos gritaban en medio de humo y ruina; los encargados de la guardia acudieron alarmados; algunos de los hombres que estaban cerca de Hitler murieron o resultaron malheridos. Pero el Führer, cubierto de cascotes y polvo, el pantalón hecho jirones, el pelo chamuscado, el brazo derecho rígido, los tímpanos dañados, la espalda magullada y varias quemaduras en diversas partes, continuaba vivo. Una vez más, la suerte había estado de parte de Hitler, que, a pesar de la impresión recibida, se mostró bastante sereno y con las suficientes fuerzas para ir a recibir a Mussolini aquella misma tarde. Por el camino le fue contando lo ocurrido y, al llegar al edificio, lo primero que hizo fue mostrarle cómo había quedado la habitación donde tuvo lugar el atentado, al tiempo que le hablaba acerca de su convicción de poseer una protección especial de la Providencia. Después se dirigieron los dos a las habitaciones de Hitler, donde esperaban varios de sus hombres, reunidos para tomar el té. Todos hablaban, dando su opinión y haciendo patente su lealtad incondicional al Führer, que permanecía tranquilamente sentado con su huésped.
Ninguno de los que habían presenciado el suceso se dio cuenta, en el momento, de lo que realmente había ocurrido. Hitler pensó que les habían bombardeado desde el aire, mientras Stauffenberg se alejaba sin ningún impedimento, aprovechando la confusión general. Pasó algún tiempo antes de que constatasen que había sido un atentado. Y aún tardaron más en enterarse de que, tras éste, hubo un conato de golpe de Estado en Berlín.
El plan del grupo de conjurados, entre los que figuraban como principales organizadores el mariscal de campo Von Witzleben y los generales Von Beck, Olbricht y Hoeppner, consistía en hacer saber públicamente que algunos nazis supervivientes intentaban hacerse con el poder, después de la muerte de Hitler (de la que hasta el momento todos estaban convencidos), para atacar al ejército ayudados por las S.S., y que, para evitar que esto ocurriese, Von Beck y Von Witzleben se habían hecho cargo del poder en nombre del ejército, declarando el estado de alarma; finalmente se sacarían tropas de los cuarteles para que se hicieran con el Cuartel General de la Gestapo, la estación de radio, las S.S., la policía y el Partido y sometieron todo ello al mando supremo del ejército.
La conspiración había fracasado, y ya no había esperanzas para los conspiradores. La máquina de la venganza se puso en marcha: Olbricht, Stauffenberg y otros dos oficiales fueron fusilados; Beck fue invitado a suicidarse; y el resto se libró, de momento, debido a que el primer oficial de Hitler, Kaltenbrunner, opinó que era más positivo mantenerlos vivos para que hablasen. Himmler se trasladó a Berlín y aquella misma noche comenzaron las investigaciones y, con ellas, las persecuciones y las condenas en masa, que duraron casi hasta el final de la guerra y alcanzaron cifras escalofriantes. Los encargados de la «depuración» fueron Himmler, la Gestapo y el S.D. También se formó un Tribunal del Pueblo que presidía un conocido juez nazi. Se condenó a muerte por estrangulación lenta a Von Witzleben, Hoeppner y varios oficiales más. Se ajusticiaron miles de personas, de las cuales la mayoría no tenía que ver con el complot (que se utilizaba como tapadera de ajustes de cuentas y rencillas personales) y se envió a campos de concentración a otras muchas.
El mismo día del atentado, algo después de la medianoche, Hitler, desde Prusia, se dirigió por radio a todo el país demostrando que la noticia de su muerte era falsa y que su salvación se debía a un favor especial de la Providencia «para que continuase la tarea que le había sido impuesta».
Antes de que todo esto ocurriera, y mientras se planificaba la conspiración, Rommel fue puesto en contacto con el grupo de conjurados. El, observador directo de la marcha de la guerra y de la negativa y torpe dirección de Hitler, estaba asimismo convencido de que el único modo de que Alemania se salvase consistía en librarla de su nefasto líder. Pero no era partidario de que se le asesinara, pues esto podría convertirle en héroe y mártir. Propuso que se negociase un armisticio con el general Eisenhower y que el ejército se pusiera a sus órdenes, ya que, después de las múltiples interferencias de Hitler, estaba deseoso de llevar él la iniciativa de las operaciones. Últimamente existía cierta tirantez entre Rommel y el Führer, acentuada por el desconocimiento que éste tenía de la realidad, debido a lo cual las disposiciones unilaterales que tomaba eran casi siempre equivocadas. En un memorándum que le envió el 15 de julio, Rommel informaba a Hitler de la situación extrema a que se había llegado en el Oeste, indicándole que las tropas alemanas no iban a poder resistir más de dos o tres semanas. Y, después de transmitir este memorándum, comunicó a su jefe de Estado Mayor que se hallaba dispuesto a entrar en acción en caso de que Hitler no reaccionase favorablemente. Pero cuando Rommel volvía del frente, el 17 de julio, su automóvil fue atacado por varios cazas británicos y él fue herido de gravedad, por lo que el 20 se encontraba hospitalizado y ajeno a todo cuanto le rodeaba. Sin embargo, pocos meses después ya estaba Hitler convencido de que pertenecía a la lista de sospechosos, y en octubre le envió un escueto mensaje ofreciéndole dos alternativas: o bien se suicidaba, o tendría que comparecer ante el Tribunal del Pueblo. Optó por lo primero; al comunicarse la noticia de su muerte, se dijo que ésta había sido provocada por un fallo cardiaco que le había sobrevenido de resultas de las lesiones recibidas en el accidente. Como broche de oro de la pantomina, el Führer dedicó a Rommel unos pomposos funerales oficiales…
Y con respecto a que la idea y el planteamiento de la conspiración habían surgido de las entrañas del ejército, aunque para evitar publicidad negativa se insistió repetidas veces en el hecho de que los conspiradores sólo habían sido un pequeñísimo grupo de oficiales, el caso es que los generales se vieron obligados a aceptar, como iguales a las fuerzas de tierra, mar y aire, a las Waffen S.S. Ellos, que en el pasado no quisieron admitir a Roehm y a sus S.A., recibían ahora una humillación mucho mayor.
Introducción
EN los últimos días de julio de 1944, los rusos, atacando en dirección al Báltico, consiguieron aislar a los ejércitos alemanes del Norte. Con objeto de contener el avance soviético, se envió a Polonia a Model para que se hiciese cargo del frente central, y a Guderian, como jefe del Estado Mayor del ejército; si bien en principio lograron frenarlos momentáneamente, en seguida se comprobó que en el frente Sur no existían posibilidades de contener el avance ruso. Pese a lo cual, Hitler, manteniendo su terca posición de siempre, se negó en redondo a permitir que sus tropas se retirasen de los Estados bálticos. De nada le sirvió a Guderian protestar contra esta absurda decisión, mediante la que Hitler esperaba defender una extensa línea con unas fuerzas bastante escasas.
Los aliados hacia Berlín por París
A finales de julio, y tras la entrada de los rusos en Polonia, el frente de Francia fue roto por los americanos, que el día 28 se apoderaron de Coutances, el 30 de Avranches y el 31 penetraban en la Bretaña. El ejército de Patton avanzaba en dirección Este, hacia Le Mans, y la Falaise estaba a punto de ser cercada. Era el momento justo que los alemanes debían haber aprovechado para retirarse; pero Hitler, que llevaba las cosas a su modo y que, al estar muy lejos del campo de batalla, no tenía sentido de la realidad, era contrario a la idea de una retirada, y ordenó a Kluge que contraatacase inmediatamente. Los generales de las S.S. que le acompañaban fueron los que más violentamente reaccionaron contra una medida que no iba a comportar más que bajas al ejército alemán; Kluge les recordó que eran órdenes del Führer y, por tanto, indiscutibles e irrefutables. La operación fracasó y Hitler cargó toda la responsabilidad sobre Kluge, que no había podido establecer comunicación con él en doce horas, por lo que el 16 de agosto envió a Model para que le relevase. En el camino de regreso a Alemania, Kluge se suicidó después de escribir una larga carta en la que aconsejaba al Führer que hiciera finalizar la guerra. Model era uno de los contados generales que inspiraban confianza a Hitler, por su carácter fuerte y su falta de convencionalismos; pero no pudo hacer otra cosa que retirarse precipitadamente, mientras Patton avanzaba hacia el Este y París era liberado; cuando los últimos alemanes cruzaban el Sena en franca retirada el 29 de agosto, Model comunicó a Hitler que de las inmensas fuerzas, tanto en hombres como en máquinas, que habían ido a luchar a Normandía, apenas quedaba nada.
No sólo había perdido Francia, sino que, además, la guerra estaba llegando a territorio alemán, por lo que la cuestión más inmediata era defender la línea de la frontera alemana con el Rin. En septiembre, el ejército de Patton llegó hasta el Mosela, y el británico liberó Bruselas, Amberes y Lovaina, mientras que los norteamericanos cruzaban la frontera alemana el 11 del mismo mes. El 20 de agosto, los rusos invadieron Rumania; el 8 de septiembre dio comienzo la ocupación de Bulgaria; en octubre, los ingleses liberaron Atenas, mientras los rusos llegaban a Belgrado. Y, a todo esto, Finlandia se había retirado de la guerra.
Ni aun entonces quiso Hitler ver la realidad y manifestó que la lucha continuaría hasta el final, a costa de lo que fuese.
Así lo dio a entender Goebbels, apelando al recurso del temor. Dijo que el pueblo alemán y su régimen estaban de tal forma ligados que la suerte del uno habría de ser irremisiblemente la del otro, y predijo un futuro lleno de calamidades para el pueblo alemán si caía en manos de unos o de otros. Como colofón, el 10 de septiembre, Himmler comunicó al país que las familias de quienes se pasaran al enemigo serían fusiladas en pleno.
A finales de septiembre, el ejército alemán experimentó una considerable recuperación, gracias a la cual logró mantener protegida la línea fronteriza del Rin durante todo el invierno, e impedir que ingleses y americanos pudieran servirse del puerto de Amberes, que constituía una posición clave. Esta especie de desahogo se debió a las medidas que adoptaron el mariscal Von Rundstedt y Model, y los meses que duró el mismo, Hitler los aprovechó para reorganizar lo más aprisa posible sus disminuidas fuerzas y tratar de reparar en parte los enormes estragos sufridos en el armamento bélico. Operación que pudo ser llevada a cabo gracias al incansable Speer, que hizo todo lo humanamente posible para mantener el nivel de producción al máximo.
Pero con su recalcitrante ceguera de los últimos tiempos, cuando Hitler hubo rebañado las existencias disponibles, en lugar de concentrar todas las fuerzas para una defensa efectiva del propio Reich, las desperdigó por diferentes y distantes puntos, con objeto de mantener posiciones que él consideraba muy importantes, sin darse cuenta de que solamente era cuestión de tiempo el que los aliados reanudasen sus ataques.
Y entonces se le ocurrió la idea de lanzar una contraofensiva en el Oeste, con la esperanza de sorprender al enemigo. Y entre él y Jodl comenzaron a elaborar los planes para llevarla a la práctica lo más rápidamente posible. Cuando la noticia llegó a oídos de los generales, una vez más éstos trataron de convencer al Führer de que no malgastase en aquel intento (que ofrecía escasas posibilidades de éxito) las pocas fuerzas de que aún disponían. Una vez más, también, Hitler mandó la sensatez al diablo, e hizo como siempre su voluntad. Fijó la fecha del ataque, que debía ser en las Ardenas, para el 16 de diciembre, y envió a Von Rundsedt un programa donde figuraban todos los planes para la operación, detalle por detalle, con la orden de que no fuesen alterados.
La idea en principio era buena, pues lo que menos podían esperarse los aliados era un ataque alemán por el Oeste, de modo que les tomó totalmente descuidados, debido a lo cual los alemanes obtuvieron algunas victorias en el transcurso de los primeros días. Pero estaba claro que aquello no podía ser, en modo alguno, definitivo; y, lógicamente, en cuanto los aliados se rehicieron de la sorpresa, los alemanes volvieron a encontrarse en apuros y a finales de año su situación era tan desesperada que la única solución sensata para ellos hubiera sido retirarse. Naturalmente, ante la sola sugerencia, Hitler, encolerizado, se opuso violentamente, pese a que Guderian trató repetidas veces de convencerle para que enviase tropas al Este, donde los rusos preparaban una nueva ofensiva. No sólo se negó a retirar sus fuerzas de las Ardenas, sino que no prestó la más mínima atención a Model, que trataba de llegar al Mosa, y dispuso otro ataque en Alsacia. Ninguno de estos golpes resultó, y el 8 de enero se decidió Hitler, sumamente contrariado, a retirar las fuerzas acorazadas de las Ardenas. Fuerzas que habían disminuido considerablemente en todos los órdenes, y que a aquellas alturas ya no estaban los alemanes en situación de reponer. Las últimas reservas de la nación habían sido desperdiciadas por Hitler en dar múltiples palos de ciego. Y aún seguía con su idea de dedicar los principales esfuerzos al Oeste, por lo que respondió a Guderian que no podría disponer, para le defensa del Este, con más de lo que le quedaba. El 12 de enero se inició la ofensiva en Polonia por el ejército rojo, aniquilando las defensas alemanas desde el Báltico a los Cárpatos. A finales del mismo mes, el mariscal Zhukov estaba a muy poca distancia de Berlín, mientras la guardia territorial era enviada a defender la línea del Oder. Y a mediados de enero, también, es cuando Hitler decidió trasladarse definitivamente a Berlín, instalándose en la Cancillería, que, aunque se encontraba rodeada de ruinas y ella misma presentaba múltiples deterioros debidos a los bombardeos, aún conservaba intacta, interior y exteriormente, la parte en que vivía el Führer. Cuando sobrevenía algún ataque aéreo, se trasladaba rápidamente al refugio subterráneo que había hecho construir en los jardines de la Cancillería. Y entre las dos dispares y vecinas construcciones transcurrieron los últimos meses de su vida.
La guerra está perdida
Hitler siguió celebrando conferencias con su Estado Mayor hasta el final de sus días. En una de ellas, llevada a cabo en el refugio subterráneo el mes de febrero de 1945, Guderian trató de convencerlo, insistiendo una vez más, para que fuesen retiradas las tropas de todos los frentes y reunirlas en Pomerania, con objeto de aflojar la tensión que había en el Este. Hitler escuchó en silencio todo lo que Guderian expuso, y cuando terminó, se levantó trabajosamente, dio unos pasos vacilantes y, con un gesto, indicó que se retirasen todos los presentes excepto Bormann.
Sin embargo y, pese a todos los intentos de autoengaño que practicaba, ya en los primeros meses del 45 hubo de comprobar que «su guerra» había constituido un auténtico fracaso. Ya no había nada que hacer y, aunque seguía dando órdenes, los estados de depresión le asaltaban a menudo, si bien a veces experimentaba asimismo fugaces esperanzas de que ocurriese algo imprevisto que cambiase totalmente la situación. En caso de no ser así, su final sería el final de Alemania; la guerra proseguiría hasta el último momento, y todo terminaría en una grandiosa destrucción universal. Había que destruirlo TODO, antes de que pudiese caer en manos enemigas. Speer trató de hacer comprender a Hitler que, aunque el régimen nazi cayese, el pueblo tenía que salir adelante y que la obligación de todo dirigente consistía en asegurar a su pueblo una posibilidad de futuro. Pero el Führer no se dejó persuadir y el 19 de marzo expidió una serie de órdenes encaminadas a la destrucción de los recursos principales del país: vías de comunicación, fábricas, puentes, presas, material, etc., etc., y al fusilamiento de aquellos que no le secundaran. Speer evitó que estas órdenes se cumpliesen a rajatabla, y envió un memorándum a Hitler donde le decía que la guerra estaba perdida. Pero éste se negó a terminar de leerlo, como se negó más tarde a concederle una entrevista por sospechar que en ella iba a decirle lo mismo. Era el único que se atrevía a hacerlo, pues todos los incondicionales del Führer, que aún continuaban bajo su dominio, acataban sumisamente cualquiera de sus disposiciones con tal de alcanzar sus simpatías y, con ellas, una posibilidad de entrar en la lista de candidatos a sucederle.
En el mes de marzo el Rin fue cruzado por los ingleses y los americanos. El 1 de abril, Model fue cercado con sus ejércitos en el Ruhr, pasando poco después a incrementar el ingente número de prisioneros alemanes que habían hecho los aliados, por lo que Model decidió quitarse la vida. Hitler nombró comandante en jefe del Oeste a Kesselring, en sustitución de Rundstedt, pero tampoco él pudo hacer nada. Los norteamericanos cruzaron el Elba el día 12 de abril; el 9 había caído Koenigsberg; el 13 fue capturada Viena por los rusos, y el 16, éstos mismos, hicieron saltar en pedazos la línea del Oder.
Cuando la contraofensiva en las Ardenas falló, Hitler perdió totalmente el dominio y ya no pudo hacer frente a los acontecimientos, ni siquiera a base de fantasía, como venía ocurriendo en los últimos tiempos. Continuó manteniendo su idea fija de que las pocas fuerzas que aún quedaban siguieran luchando sin ceder terreno, negó a sus tropas el permiso para retirarse de Noruega y se negó, asimismo, a que las fuerzas que se encontraban en las costas del Báltico iniciasen una evacuación. Luego, de forma absolutamente injusta y arbitraria, ordenaba degradar y hasta ejecutar a los oficiales que se habían visto obligados a ceder ante fuerzas infinitamente superiores.
No había perdido aún la esperanza en la efectividad de las nuevas armas, de las que tanto hablabla últimamente. Pero cuando esta efectividad trató de probarse, resultó otro rotundo fracaso: Las bombas V1 y V2 pasaron sin pena ni gloria; los cazas a retropropulsión ni siquiera despegaron; y la flota de submarinos que Hitler y Doenitz consideraban poco menos que invencible fue sonoramente derrotada poco después de lanzarse a la lucha.
Con las últimas esperanzas puestas en que los aliados se dividiesen entre sí, la noticia recibida el 12 de abril de la muerte del presidente Roosevelt llenó de un optimismo exagerado a los nazis, que vieron en esto una prueba de que la suerte iba a cambiar para ponerse de su lado. Sin embargo, no fue necesario que transcurriese mucho tiempo para que se convenciesen de su error, comprobando que la muerte del presidente norteamericano no había influido para nada en las operaciones bélicas del enemigo.
Demostrando que los auténticos amigos se manifiestan en la desgracia, Eva Braun se presentó en Berlín por aquellos días y, contraviniendo las órdenes de Hitler, declaró su firme resolución de quedarse al lado del perdedor hasta que todo hubiese acabado. El Führer aún no había decidido qué era lo que iba a hacer. Se organizaron preparativos para que el Gobierno se trasladase a los Alpes bávaros, cerca de Berchtesgaden, donde ya esperaban varios ministros y jefes la llegada de su líder. Pero éste todavía no estaba muy definido y, tras reunirse el 20 de abril con su camarilla (Goering, Goebbels, Himmler, Ribbentrop, Borman y Speer, entre otros menos allegados) en la conferencia correspondiente, decidió no abandonar Berlín y dijo que en el caso de que Alemania quedase dividida en dos, se formarían dos mandos, uno en el Norte, a cargo de Doenitz, y otro en el Sur, bajo la dirección de Kesselring.
El 21 de abril el general Steiner, de las S.S., fue encargado de dirigir un ataque contra los rusos que estaban sitiando Berlín. Por supuesto, el resultado fue un fracaso más, tanto más resonante en cuanto que Steiner ni tan siquiera tuvo ocasión de atacar, pues los rusos aprovecharon la momentánea retirada de las tropas alemanas que iban a reunirse al resto con objeto de formar un cuerpo más compacto, para romper las defensas de la ciudad en el norte. No sólo falló el plan, sino que, además, en el refugio no tenían idea de lo que estaba ocurriendo, pues no consiguieron comunicar con Steiner en toda la mañana, por lo que Hitler estaba al borde de la lipotimia. Dio rienda suelta a esta historia en la conferencia del día 22 de abril, acusando de cobardes y traidores a todos cuantos estaban a sus órdenes. El final había llegado, y a él no le quedaba sino morir, y había decidido que la muerte le encontrase en Berlín, disposición ésta que ordenó fuese transmitida por radio. Disposición que causó un gran impacto, aunque en un sentido netamente desfavorable; pues el Führer, a continuación de esto, lo único que dispuso fue que los generales Jodl y Keitel se trasladasen a Bechtesgaden, sin órdenes ni misiones que cumplir, lo cual suponía una irresponsabilidad de tal magnitud que el afectado propósito de morir en Berlín no sólo no le favorecía, sino que hacía más patente el abandono de sus obligaciones para con el ejército, el pueblo y el país en pleno.
Y, muy seguro de sí mismo, convencido de que su decisión era algo heroico, se puso a quemar todos sus papeles y propuso a Goebbels que se uniera con él en su refugio subterráneo. Era éste bastante amplio y estaba formado por dos pisos; el techo era totalmente macizo, construido a base de hormigón armado. El piso bajo constaba de 18 habitaciones, seis de las cuales pertenecían a Evan Braun y Hitler, dos ocupaba Goebbels y otras dos el doctor Stumplegger: había también una sala de conferencias. En el piso superior se destinaron cuatro habitaciones para la mujer de Goebbels, que insistió en acompañarle, llevándose también a sus hijos; estaban asimismo el comedor, la cocina y todos los cuartos pertenecientes al servicio. En las cercanías del bunker de Führer se habían construido algunos otros, uno de los cuales esta ocupado por Bormann (que quería permanecer lo más cerca posible de Hitler) y su Estado Mayor.
Continuaban siendo las conferencias la principal ocupación de los habitantes y asistentes del bunker. Cuando en una de ellas Hitler comunicó su decisión de pegarse un tiro en el último momento, todos a una trataron de disuadirle, pero él respondió que había llegado su hora y ya no le era posible seguir adelante. Debía ser Goering quien lo intentase, puesto que él ya se encontraba al límite de sus energías.
Entre el 20 y el 24 de abril se trasladaron al sur muchas de las personas que constituían el séquito de Hitler, entre las que se contaban el doctor Morell y Goering. Bormann y una enorme cantidad de oficiales de distinta graduación, pertenecientes a las S.S., le visitaban con gran asiduidad, por haberse quedado allí, cerca de él.
También le visitó Speer, procedente de Hamburgo, para decirle adiós y confesarle que había tomado medidas encaminadas a evitar que se cumpliesen sus drásticas órdenes de que fuera calcinado el suelo alemán, como suprema destrucción, para que el enemigo no pudiese encontrar en él nada aprovechable. El afecto de Hitler por Speer debía ser una de las pocas manifestaciones sinceras de su espíritu, pues no sólo no se irritó, sino que le dejo marchar libremente sin dirigirle ningún reproche. Lo que no significaba que hubiese mejorado su carácter ni variado su humor. Continuaba siendo el dictador de siempre, detalle que demostró claramente con el asunto de Goering. Este, como ya hemos dicho, había partido hacia el Sur, y tomando al pie de la letra las palabras de Hitler acerca de que debía ser él quien realizase un último intento para salir adelante, se consideró desde aquel momento sucesor del Führer, según la designación de éste en el decreto del 29 de junio de 1941. El 23 de abril envió un despacho a Hitler en el que le decía que, con arreglo a sus designios, estaba dispuesto a asumir la dirección del Reich, con plena libertad de acción dentro y fuera del mismo. Solicitaba su aquiescencia, añadiendo que, si no la recibía en unas horas, esto significaría que el Führer había perdido su libertad de acción, y entonces él se dispondría a actuar, siempre de acuerdo con los intereses del país y del pueblo.
El 24 de abril ordenó al coronel general Von Greim que se trasladase urgentemente a Berlín para presentarse ante él. Von Greim realizó el viaje desde Munich en un avión copilotado por Hanna Reitsch, una joven piloto de pruebas. Después de pasar por múltiples peligros y ataques de los antiaéreos, a consecuencia de los cuales Greim recibió una herida en el pie que le dejó impedido, el coronel general se encontró con que la prisa de Hitler por recibirle en persona no era más que para informarle de que le había ascendido a comandante en jefe de la Luftwaffe, para sustituir al mariscal recién caído en desgracía. Por causa de ese nombramiento, que podía haberle sido comunicado telegráficamente, Vom Greim y Hanna Reitsch se vieron obligados a quedarse en el refugio durante unos días. Y aquella noche el Führer dio a Hanna un frasquito de veneno, diciéndole que todos los habitantes del bunker tenían uno, asegurando que era la mejor solución para no caer vivos en manos del enemigo.
El 26 por la noche la Cancillería recibió los primeros bombardeos de los rusos, cuyas explosiones repercutían estruendosamente en el subterráneo. Ya las posibilidades de resistencia se hallaban en su última fase, y Hitler todavía esperaba que el general Wenck con el Noveno Ejército se presentase de un momento a otro a liberar a Berlín. Pero esto era totalmente imposible debido a que Wenck y sus fuerzas habían sido derrotadas. Sin embargo, el golpe final de gracia lo recibió Hitler la noche del 28 de abril: Un funcionario del Ministerio de Propaganda le hizo entrega de un despacho en el que un escueto comunicado de la agencia Reuter anunciaba que Himmler estaba a punto de dar comienzo a unas negociaciones de paz, para lo que se había puesto en contacto con el conde Bernadotte.
Desde principios de 1945 estaba Walter Schellenberg intentando que Himmler diera este paso, para lo que le preparó un encuentro con Bernadotte. Lo único que consiguió fue que ambos se conocieran, ya que en aquellos tiempos Himmler se sentía unido a Hitler por tal grado de fidelidad que no quiso comprometerse, ni tampoco se arriesgó a ello en su segundo encuentro realizado en abril. Sin embargo, tras la declaración del Führer en la conferencia del 22, Himmler llegó a la misma conclusión que Goering y supuso que el gestionar unas negociaciones de paz no significaba en absoluto una deslealtad para con Hitler, por lo que acto seguido se dispuso a llevarlas a cabo. Al menos, Goering se había molestado en solicitar una confirmación, pero Himmler no comunicó a nadie sus propósitos. Es más, obró convencido de que el Führer había muerto o estaba a punto de morir. Esto es lo que dijo a Bernadotte en su entrevista de la noche del 23, y a continuación pasó a tratar de las condiciones de paz. El 27, el conde sueco le comunicó que los aliados pedían una rendición incondicional, y el 28 se lanzó a los cuatro vientos la noticia de estas conversaciones. Cuando la novedad llegó a oídos de Hitler su cólera no tuvo límites: él, que había considerado a Himmler como el más fiel de sus servidores, ahora recibía una puñalada por la espalda como pago a su confianza. Inmediatamente ordenó que el traidor fuese detenido, costase lo que costase, y ordenó a Von Greim y a Hanna que intentase salir de Berlín y tratasen de localizarle. Poco después, Fegelein, el representante de Himmler junto al Führer, fue sorprendido intentando escapar del bunker y, después de ser interrogado exhaustivamente acerca de todo el asunto de las negociaciones, fue fusilado.
Como consecuencia y colofón de todos estos acontecimientos, la decisión del Führer se hizo irrevocable y el 29 lo dedicó a organizar todos los preparativos de su suicidio, que se llevaron a cabo meticulosamente, terminando todo en la forma que ya relatamos al principio de esta historia.
Bormann se reservó durante veinticuatro horas la noticia de la muerte de Hitler, si bien informó inmediatamente a Doenitz de que había sido elegido como sucesor del Führer. Goebbels y él dedicaron la noche del 30 a otros intentos de negociación con los rusos, y cuando éstos exigieron la rendición incondicional es cuando Bormann se decidió a comunicar a Doenitz la muerte de Hitler.
Entre el 1 y el 2 se organizó una huida colectiva de los moradores de los refugios vecinos del bunker del Führer, a los que se unió Martín Bormann. Sin embargo, Goebbels, el único que se mantuvo fiel hasta el final, prefirió quedarse y ofrecerse, con toda su familia, en holocausto. Envenenó a sus cinco hijos y terminó con su vida y la de su esposa por medio de sendos balazos. A continuación, su ayu -dante prendió fuego a los cadáveres, que fueron encontrados, sin haber terminado de consumirse completamente, por los rusos.
Los esfuerzos de Doenitz, en la semana siguiente, para negociar una paz en condiciones aceptables, fracasaron ante la inflexibilidad de los aliados. El 4 de mayo, el almirante Von Friedeburg firmó un armisticio previo, y el 7 él y Jodl firmaron la rendición incondicional de todas las fuerzas alemanas.
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1889 | Adolfo Hitler nace en Braunau el 20 de abril. Nacimiento de A. Oliveira Salazar. Conferencia de Jellinek en la Sociedad jurista de Viena titulada Staat und Gemeinde. | Suicidio del príncipe heredero Rodolfo de Austria. Abdicación del emperador del Brasil. Huelga de mineros en el Ruhr. Harrison, presidente de Estados Unidos. |
| 1890 | Se fundan en Berlín los Freie Volksbühne (Escenarios libres del pueblo). Nacen este año Walter Funk, Friedrich von Paulus y Robert Ley. | Guillermo II despide a Bismarck. «Partido socialdemócrata» de Alemania. Alemania recibe la isla de Heligoland a cambio de Zanzíbar. Celebración internacional del 1.° de mayo. |
| 1891 | Bertha von Suttner funda la Sociedad Austriaca de los Amigos de la Paz. | Arancel proteccionista en España. Medidas antijudías en Rusia. Comienza la guerra civil en Chile. Levantamiento popular en Portugal. Oficina Internacional de la Paz en Suiza. |
| 1892 | Nacimiento de Erwin Rommel, Arthur Seyss-Inquart y de Otto Strasser. | Gobierno liberal en España. Convención militar ruso-francesa. Bancarrota de la Sociedad Anónima del Canal de Panamá. Derechos electorales para la India. |
| 1893 | Nacen Hermann Goering, Joachin von Ribentrop y Alfred Rosenberg. | Comienza la guerra de España en Melilla. Francia ocupa Dahomey. Creación del Partido Socialista de los Trabajadores italianos. Cleveland, presidentede Estados Unidos. |
| 1894 | Nacimiento de Fritz Sauckel y de Rudolf Hess. | «Affaire Dreyfus», en Francia. Primera guerra de Italia en Abisinia. Guerra civil en el Perú. Doble alianza franco-rusa. J. Idiarte Borda, presidente de Uruguay. |
| 1895 | El kaiser Guillermo II envía un telegrama de felicitación al ministro bóer Kruger, hecho que irrita a los británicos. | Gobierno Cánovas en España. Francia se anexiona Madagascar. Sublevación cubana contra España. China renuncia a Formosa. Uriburu, presidente de Argentina. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Isaac Peral perfecciona el submarino. Hermann Hollerith inventa la máquina perforadora de billetes. Nace Martin Heidegger. Francis Galton: La herencia natural. | Torre Eiffel en París. Monet: Catedral de Rouen. Gustav Mahler: Sinfonía n.° 1. Twain: Un yanki en la corte del rey Arturo. Nace en Londres Charles Chaplin. |
| Ader se eleva a bordo del «Eolo». Instalación del ferrocarril subterráneo (Metro) en Londres. Muere Friedrich Nietzsche. | Rodin:Danaide. Cézanne: Paisaje de Aix. Las casas «Columbia» y «Victor» ponen en el mercado los primeros discos comerciales. Miró: La bolsa. |
| S. P. Lengley: Aerodinámica experimental. N. Tesla: transformador de alta tensión. Oskar Hertwig y otros comprueban que el núcleo de la célula y sus cromosomas son los portadores de los caracteres hereditarios. | Nace Luigi Nervi. Gauguin: Las mujeres de Haití. Fundación del Orfeó catalá. Nace en Madrid Pedro Salinas. O. Wilde: El retrato de Dorian Gray. |
| Los hermanos Wright comienzan a trabajar en «máquinas voladoras». Henri Poincaré; Termodinámica. Lorenz descubre los electrones. Heimrich Rickert: El objeto de conocimiento. | Julio González marcha a Chicago. Toulouse-Lautrec: Moulin rouge. Leoncavallo: El Bajazzo. Valle-Inclán viaja a México. G. Bernard Shaw: Casas de viudas. |
| Invención del motor Diesel. Emil von Behring descubre el suero contra la difteria. Maurice Blondel: La Acción. Pascarella: El descubrimiento de América. | Enrique María Repullés y Vargas: proyecto para la construcción del edificio de la Bolsa en Madrid. Jan Sibelius: Suite Karelia. Nace en Valladolid Jorge Guillén. |
| Sven Hedin inicia su primera expedición al Asia Central. Kitasato: bacilo de la peste. Roberto Ardigó: La Razón. Rudyard Kipling: El libro de la jungla. | Arturo Soria: proyecto de ferrocarriltranvía de circunvalación en Madrid. Gauguin: Nieve en París. Dvorak: Sinfonía del Nuevo Mundo. Nace Josef von Sternberg. |
| Carl Linde: licuación del aire. Roentgen descubre los rayos X. Unamuno: Paz en la guerra. Sidney Webb funda la Escuela londinense de Ciencias Políticas y Económicas. | Canal del Emperador Guillermo. Toulouse-Lautrec: Payaso. Isaac Albéniz: Suite Ibérica. Los hermanos Lumiére presentan la primera sesión de cine en el Gran Cafè de París. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1896 | Theodor Herze publica El Estado judío. | Fundación de Avanti, órgano del Partido Socialista italiano. Tratado de Abdis Abeba. Insurrección de Rizal en Filipinas. S. F. Alonso, presidente de Bolivia. |
| 1897 | Bernhard von Bulow, ministro de Exteriores, patrocina un plan nacional para la «Gran Alemania». I Congreso Mundial Sionista de Basilea. Nace Josef Goebbels. | Asesinato de Cánovas en España. Los alemanes ocupan Tsingtao, en China. Turquía concede a Creta la autonomía administrativa. Mckinley, presidente de Estados Unidos. |
| 1898 | Asesinato de la emperatriz Isabel de Austria por un anarquista italiano. La Marina germana prevé la construcción de una flota de guerra. Muere Otto von Bismarck. | Fundación de L’Action française. Guerra hispano-norteamericana; Paz de París. La Banca alemana obtiene concesiones ferroviarias en Turquía. |
| 1899 | Alemania consigue de las posesiones españolas en el mar del Sur las islas Carolinas, Marianas y Palaos. | Déficit en la Balanza comercial española. Guerra anglo-bóer. Misión rusa ortodoxa en Seúl. Fundación de la Unity Fruit Company. J. M. Pando, presidente de Bolivia. |
| 1900 | Adolfo Hitler ingresa en el Linz Realschule. Nacen Heinrich Himmler, Hans Frank y Martin Bormann. | Rebelión de los bóxers en China. Rusia ocupa Manchuria. Asesinato de Humberto I de Italia. Ley sobre reformas sociales en España. Marroquín, presidente de Colombia. |
| 1901 | Muere la reina Victoria de Inglaterra. Fracasan definitivamente las negociaciones pro alianza germano-británica. Oficina Internacional del Trabajo en Basilea. Roosevelt, presidente de Estados Unidos. | |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Otto Lilienthal muere al estrellarse su avión en las cercanías de Berlín. Henri Becquerel: radioactividad. R. Eucken: La lucha por un contenido espiritual de la vida. | Nace en Viena Anton Brenner. Paul Dukas: El aprendiz de brujo. Giacomo Puccini: La Bohéme. Blasco Ibáñez: Flor de mayo. Nacimiento de Buster Keaton. |
| Freud ingresa en la Logia judía de Viena. Eduard Buchner descubre en el extracto de levadura los enzimas como factor de fermentación. | Thiersch: palacio de Justicia en Munich. Henri Matisse: Los postres. Chapí: La Revoltosa. Tertulia Els Quatre Gats en Barcelona. W. James: La voluntad de creer. |
| Karl Ferdinand Braun construye los tubos de pantalla de luz de rayos catódicos que llevan su nombre. Los Curie descubren el radio. Friedrich Paulsen: Inmanuel Kant. | Arturo Soria: El progreso indefinido. Toulouse-Lautrec: Ella. D’Indy: El extranjero. Nacen este año García Lorca, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. |
| Elster y Geitel; radiactividad del átomo. David Hilbert: Fundamentos de Geometría. E. Haeckel: Los enigmas del universo. Hermann Rehm: Allgemeine Staatslehre. Escuela Laboral Superior en Cambridge. | Mackintosh: Escuela de Arte en Glasgow. Sorolla: Playas de Valencia. Sibelius: Sinfonía en mi bemol. Nace en Málaga Emilio Prados. Gorki: Foma Gordeev. |
| Max Planck funda la Física cuántica. Ferdinand, conde de Zappelin, realiza un vuelo con nave aérea dirigida. G. Jellinek: Teoría general del Estado. Husserl: Investigaciones lógicas. | Nace Carlos Raúl Villanueva. Gauguin: Noa-Noa. Giacomo Puccini: Tosca. Rilke: Historias del buen Dios. Juana de Arco, filme de G. Méliés. |
| Expedición de Drygalski a la Antártida. Marconi transmite las primeras señales de radio sin hilos, de Inglaterra a Terranova. Nace Jean Paul Sartre. Charles Renouvier: Le Personnalisme. | Josef Olbrich: Arquitectura. Exposición de Picasso en París. Maurice Ravel: fuego de agua. Antonio Machado publica unos poemas en la revista Electra. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1902 | Bloqueo contra Venezuela por alemanes, ingleses e italianos; Estados Unidos intercede. Alfonso XIII, rey de España. Alianza anglo-nipona contra Rusia. Paz de Vereeniging, en la guerra bóer. Esquivel Ibarra, presidente de Costa Rica. | |
| 1903 | Muere su padre, y Adolfo Hitler deja el Linz Realschule y va a otra escuela. Se crea en Berlín la Sociedad para el fomento de la Ciencia judía. Nace Ernst Kaltenbrunner. | Asesinato de Alejandro I de Servia. Encuentro de Francisco José de Austria con el zar Nicolás II de Rusia. Separación e independencia de Panamá. Batlle y Ordóñez, presidente de Uruguay. |
| 1904 | Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam. Guerra ruso-japonesa. Gobierno liberal en Bolivia. M. Quintana, presidente de Argentina. | |
| 1905 | Adolfo Hitler termina sus estudios. Su madre vende la casa en Leonding, y se trasladan a un piso pequeño en Linz. Se publican en Alemania los «Protocolos de los sabios de Sion», de Von Hausen. | Primera revolución rusa. El kaiser Guillermo II desembarca en Tánger y declara la soberanía del sultán. Centro sionista de Palestina en Gaffa. Lizardo García, presidente de Ecuador. |
| 1906 | Visita Viena a finales de primavera y se decide a ingresar en la Academia de Bellas Artes; intenta preparar el examen de ingreso, pese a la oposición de su madre. | Fundación de la Confederación General del Trabajo en Italia. Dictadura de Juan Franco en Portugal. Levantamiento de los hereros en el Africa sudoccidental alemana. |
| 1907 | Es suspendido en el examen para el ingreso en la Academia de Bellas Artes. En diciembre muere su madre. Nace Baldur von Schirach. | Tratado de Petersburgo entre Inglaterra y Rusia. Congreso socialista en Stuttgart. Fundación de la Compañía Shell. Claudio Williman, presidente de Uruguay. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Scott explora la Tierra Victoria, y Bruce, el mar de Waden, en la Antártida. Morgan: Psicología animal. B. Croce: Filosofía dello spirito. John Atkinson Hobson: Imperialismos. | Ludwig Mies van der Rohe trabaja como dibujante proyectista en las oficinas de Arquitectura de Aquisgrán. Antonio Machado conoce a Rubén Darío. Nacen Cernuda y Alberti. |
| Primer vuelo de los hermanos Wright. Soddy y Ramsay comprueban que el radio se desintegra desprendiendo helio. Ernest Rutherford indica la radiactividad como descomposición del núcleo atómico. | Walter Gropius comienza a estudiar arquitectura en Munich. Eugen d’Albert: Tierra baja. Aparece la revista Helios. Azorín: Antonio Azorín. |
| Richard Küch: lámpara de cuarzo. Boveri descubre los cromosomas. Ernst Häckel: Las maravillas de la vida K. Vossler: Positivismo e idealismo en la lingüística. | Ernst von Ihne: Kaiser Friedrich-Museum, en Berlín. H. Riemann: Historia de la música. Muere Anton Dvorak. Pío Baroja: La busca. |
| H. Poincaré: Lecciones de mecánica celeste. Einstein: Memorias sobre el efecto fotoeléctrico y las leyes de la relatividad. Cajal: Textura del sistema nervioso. Santayana: La vida de la razón. | Josef Olbrich: Neve Gärten. Aparece el fauvismo. Franz Lehar: La viuda alegre. Nace en Málaga Manuel Altolaguirre. El hotel eléctrico, filme de Chomón. |
| Botadura del acorazado «Dreadnought». Scharfenberg: embrague automático para el ferrocarril. Reacción Wassermann. | F. Ll. Wright: Unity Temple en Oack Park. Muere Paul Cézanne. Albéniz: Sinfonía Ibérica. El tribunal de las aguas, filme de Cuesta |
| Fototelegrafía Munich-Berlín-París-Londres. Hugo Junker: motor de doble émbolo. Bergson: La evolución creadora. Jossepyn: Estudios de fonética española. | Nace Osear Niemeyer. Aparece el cubismo. Ravel: Rapsodia española. Antonio Machado: Soledades. «Los independientes» se trasladan a Hollywood. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1908 | El Daily Telegraph publica las conversaciones políticas mantenidas en privado en Inglaterra por el kaiser Guillermo II. | Austria-Hungría proclama la anexión de Bosnia y Herzegovina. El rey Carlos I de Portugal y el príncipe heredero son asesinados. Juan V. Gómez, presidente de Venezuela. |
| 1909 | A finales de este año, Hitler se ve obligado a dejar la habitación en que vivía por no disponer del dinero que le costaba el alquiler. Vive deambulando por los parques públicos. | Semana trágica de Barcelona. Inglaterra y Rusia ocupan Persia. Convenio germano-francés sobre Marruecos. Sufragio universal en Suecia. W. H. Taft, presidente de Estados Unidos. |
| 1910 | Entabla amistad con Reinhold Hanisch, con quien llega al acuerdo de que él pintaría cuadros y Reinhold se los vendería. Al sospechar que su amigo le estafaba, Hitler rompe con él. | Proclamación de la República en Portugal. Francia adquiere el Africa Ecuatorial. Levantamientos revolucionarios en China. Japón se anexiona Corea. Sáenz Peña, presidente de Argentina. |
| 1911 | La industria pesada alemana crea Institutos de Investigación Científica en la Kaiser Wilhelm Gessellschaft de Berlín. | Guerra italo-turca. Acuerdo franco-alemán sobre el Congo. Mongolia proclama su autonomía. Nueva Constitución para el «Territorio Imperial» alemán de Alsacia-Lorena. |
| 1912 | Hitler abandona Viena y se traslada a Munich. En esta ciudad se aloja en un barrio humilde, con la familia Popp. | Tratado naval entre Francia y Rusia. Marruecos, protectorado francés. Asesinato de Canalejas en España. Mussolini dirige Avanti. Hundimiento del «Titanic». |
| 1913 | El zar Nicolás II y el rey Jorge VI de Inglaterra visitan Berlín para asistir a las bodas de plata del gobierno del emperador alemán Guillermo II. | Gobierno de Dato en España. Asesinato de Jorge I de Grecia. Ataque búlgaro contra Servia. R. Poincaré, presidente de Francia; W. Wilson, de los Estados Unidos. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Fretz Haber: síntesis del amoníaco. Minkowski: teoría cuatridimensional. G. A. Smith inventa el filme de color. John Dewey: Etica. G. Sorel: Sobre el poder. | Doménech y Montaner: Palacio de la Música catalana. Constantin Brancusi: El beso. Pedro Prado: Flores de cardo. Las aventuras de Dollie, filme de Griffith. |
| Louis Blériot sobrevuela el canal de La Mancha. Ehrlich-Hata: salvarsán. William James: Un universo pluralista. Lenin: Materialismo y empiriocriticismo. | P. Behrens: Talleres de turbinas de la AEG. Manifiesto Futurista. Mueren Albéniz y Chapí. Pío Baroja: Zalacaín el aventurero. Les joyeux Microbes, filme de Cohl. |
| Junker: aeroplano sin fuselaje. Kaplan: turbohélice. J. J. Thomson halla la masa del electrón. B. Croce: Filosofía della pratica. Hilferding: El capitalismo financiero. | Gropius instala su estudio en Berlín. Kandinsky: Acuarela abstracta. Strawinsky: El pájaro de fuego. Marquina: En Flandes se ha puesto el sol. El inquilino diabólico, filme de G. Méliés. |
| Amundsen llega al Polo Sur. Rutherford: estructura del átomo. Mueren este año el jurista Georg Jellinek, el lingüista Rufino José Cuervo y el filósofo Wilhelm Dilthey. | P. Behrens: Residencia de ancianos en Düsseldorf. George Braque: El portugués. Muere Gustav Mahler. Pío Baroja: El árbol de la ciencia. |
| Wilson: fotografía del flujo electrónico. Lenz: Estudio de la genética humana. William James: Lógica formal. E. Troeltsch: Doctrinas sociales de las Iglesias cristianas. | Ludwig Mies van der Rohe ejerce como arquitecto libre en Berlín. Aristide Maillol: Primavera y verano. J. E. Bello: El monstruo y la tragedia del «Titanic». |
| Alexander Behm: ecómetro. Meissner: tubo termoeléctrico. Miguel de Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida. Russerl: Filosofía fenomenológica. | I. Albers, en la Escuela de Arte de Berlín. Kokoschka: Autorretrato. Strawinsky: La consagración de la primavera. M. Proust: En busca del tiempo perdido. El estudiante de Praga, filme de Wege-ner. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1914 | Alemania declara la guerra a Rusia y a Francia e invade Bélgica. Ofensiva germana; batalla de Lorena. Batalla del Marne; retirada alemana. Hitler se alista como voluntario y recibe la Cruz de Hierro de segunda clase. | Asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Acuerdo defensivo entre Rusia y Servia. Declaración de guerra austriaca. Gran Bretaña y Francia en guerra con Austria-Hungría. |
| 1915 | Alemania reconquista Prusia oriental. Guerra comercial submarina. Hundimiento del «Lusitania». Las tropas austro-húngaras conquistan Galitzia y Bukovina. | Ofensiva francesa en la Champaña. Pacto de Londres; Italia entra en el conflicto. Batalla de Loreto. Ataques nocturnos de dirigibles alemanes contra Londres y París. |
| 1916 | Pacto militar entre Bulgaria y Alemania. Fracasa la ofensiva germana en la Champaña. Hitler es herido en una pierna. Hindenburg y Ludendorff asumen el Alto mando. | Tropas británicas ocupan el Africa suroccidental alemana. Batalla de Verdún y del Somme. Italia declara la guerra a Alemania; Rumania, a Austria-Hungría. |
| 1917 | El ejército alemán se repliega a una nueva línea del frente, San Quintín-La Fére; Hitler se reincorpora a filas como cabo de lanceros. Fracasa un ataque británico en Arras v en el Aisne. | Estados Unidos declara la guerra a Alemania. Ofensiva austro-alemana en Italia. Revolución en Rusia. Lord Balfour aprueba la creación en Palestina de una sede nacional para los judíos. |
| 1918 | Hitler, momentáneamente ciego, es llevado al hospital militar de Passewalk. Es condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase. Drexler crea el Comité de Obreros Independientes. | Wilson anuncia sus 14 puntos. Tratados de Paz con Ucrania, Rusia y Alemania. Paz de Brest-Litcvsk. Graves bajas en las filas alemanas. Proclamación de la República alemana. |
| 1919 | Decide dedicarse a la política. Asiste a una reunión en el sótano de una cervecería, en la que interviene. Drexler le regala un ejemplar de su autobiografía. | Conferencia de Paz en Versalles. Austria se constituye en Estado independiente de Alemania. Organización de la Sociedad de Naciones. Fundación de la Compañía aérea KLM. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Primer raid aéreo. Apertura del canal de Panamá. A. H. Blauw: Luz y crecimiento. Freud: El Moisés de Miguel Angel. Watson: estudios sobre el comportamiento. | Manifiesto de Sant’Elia. Picasso: Los jugadores de cartas. El escritor Edgar Rice Burroughs crea el personaje de Tarzán. El Golem, filme de Wegener. |
| Junker: aeroplano metálico. Alfred Wegener: El nacimiento de los continentes y océanos. Einstein: teoría general de la relatividad. Friedrich Maumann: Centroeuropa. | Modigliani: Retrato del pintor Kisling. Manuel de Falla: El amor brujo. Eduardo Barrios: El niño que enloqueció de amor. El nacimiento de una nación, filme de Griffith. |
| Leonard von Post desarrolla el análisis del polen para determinar la sucesión de las plantas prehistóricas. John Dewey: Democracia y educación. Berdiaev: El sentido del acto creador. | F. LI. Wright: Hotel Imperial de Tokio. Aparece el dadaísmo. Muere Enrique Granados. Vicente Huidobro: Adán. Odio de razas, filme de A. Dwan. |
| Se encarga el portaviones «Fourions». Hirscheld: patología celular. Carl Gustav Jung: Lo inconsciente. B. Croce: Teoría e storia del la storiografia. Muere Franz Brentano. | Tony Garnier publica los planos de la «ciudad industrial». Pfitzner: Palestina (ópera). Antonio Machado: Poesías completas. Robín de los bosques, filme de A. Dwan. |
| Klemen: aeroplano ligero. O. Spengler: La decadencia de occidente. Chamberlain: Raza y nación. Ellen Key: La mujer en la guerra mundial. Fundación de la Universidad Hebrea. | Manifestación en París del Grupo «art et liberté». Ramón Casas: Autorretrato. Strawinsky: La historia de un soldado. Vida de perro, filme de Chaplin. |
| J. Alcock y A. Whitten y Brown vuelan sobre el atlántico en dirección oeste-este. John Maynard Keynes: Las consecuencias económicas de la paz. | Gropius funda el Staatliche Bauhaus. Edward Munch: El asesino. Falla: El sombrero de tres picos. M. Latorre: La sombra del caserón. Almas en la cumbre, filme de Franklin. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1920 | Hitler controla el Partido en Munich. Asiste en Salzburgo a una reunión conjunta con el austriaco y se adopta el mismo título, Partido Nacional Socialista de Obreros Alemanes, y la cruz svástica. | Acuerdo militar entre Francia y Bélgica. Huelgas de obreros en Inglaterra. Armisticio de China con el Tíbet. «Ley seca» en los Estados Unidos. Arturo Alessandri, presidente de Chile. |
| 1921 | Es nombrado jefe del NSDAP, con poderes dictatoriales. Conferencia de París; acuerdo sobre la cuantía de reparaciones de guerra alemanas. Ultimátum de Londres. Devaluación del marco alemán. | Fundación del Partido Nacional Fascista en Italia. Conferencia naval de Washington. Harding, presidente de Estados Unidos. «Societé Génèrale de Transportes Aeriennes». |
| 1922 | Es asesinado Walter Rethenau. Ley contra el terrorismo; no es aplicada por las protestas de la derecha. Se proyecta un golpe de Estado. Von Knilling sustituye a Lerchenfeld. | Marcha sobre Roma; Mussolini forma su primer gobierno. Institución del Gran Consejo del Fascismo. Tratado germano-ruso de Rapallo. Fundación de la URSS. |
| 1923 | Pronunciamiento de Hitler-Lu-dendorff en Munich, que fracasa. Adolfo es condenado a cinco años de cárcel en la prisión de Landsberg; allí escribe la primera parte de Mein Kampf. | Ocupación francesa de la cuenca del Ruhr. Los «squadri» y «fasci» fundan las milicias voluntarias para la Seguridad Nacional. Gobiernos dictatoriales en España, Bulgaria y Turquía. |
| 1924 | Dimisión de Rosenberg. Hitler y Kriebel son puestos en libertad; Adolfo se entrevista con el jefe de gobierno bávaro. Kriebel se retira a Shanghai. Roehm y Bruckner dejan el Partido. | Strasser obtiene algún éxito en las elecciones. Streicher y Essen organizan un Partido rival al de Straser en Baviera. Conferencia de Londres. Terrorismo del Ku-Klux-Klan en USA. |
| 1925 | Hitler organiza un mitin de masas; pronuncia un discurso de dos horas. Se le prohibe hablar en público en Baviera por lo peligroso de sus exaltadas frases. Hindenburg gana las elecciones. | Pacto de Locarno. Dictadura de Ahmed Zogu en Albania. Fundación de la «Chrysler Corporation». Felipe Guzmán, presidente de Bolivia. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Oskar Pfister: La guerra en torno al psicoanálisis. Rudolf Kjellen: Bosquejo de un sistema de política. Muere Wilhelm Wund. | Tatlin: monumento a la III Internacional. Mateo Inurria: Torso femenino. Muere en Argel Camille Saint-Saens. Nace en Valladolid Miguel Delibes. La fruta prohibida, filme de De Mille. |
| Mackad-Benting-Best: insulina. Freud: Psicología de las masas. Rorschach: Psicodiagnóstico. M. Weber: Economía y sociedad. N. Hartmann: Metafísica del conocimiento. | Alfred Arndt, en la Bauhaus. Picasso: Carnaval. Prokofiev: El amor de las tres naranjas. Unamuno: La tía Tula. Scherben, filme de Carl Mayer. |
| La Cierva: autogiro. Bastían Schmid: El lenguaje de los animales. Rudolf Carnap: El espacio. Carl Kraus: Los últimos días de la humanidad. | Fritz Höger: Chile haus. Chagall emigra a Francia. Falla: El retablo de Maese Pedro. Brecht: Tambores en la noche. Entre risas y lágrimas, filme de Franklin. |
| Minot y Murphy tratan la anemia perniciosa con hígado crudo. Karl Vossler: Filosofía del lenguaje. Max Scheler: Escritos sobre sociología y teoría de la concepción del mundo. | Constitución de la ASNOVA en Moscú. Kandinsky: Círculo en círculo. Milhaud: La creación del mundo. Creación de la Revista de Occidente. El acorazado Potenkin, filme de Eisenstein. |
| Formación del «Círculo de Viena». Walter Bauersfeld construye el planetario Zeiss en Jena. Holzknecht: roentgenterapia. A. Schweitzer: Cultura y ética. | Rietveld: villa Schröder en Utrecht. Manifiesto del Surrealismo. Arthur Honegger: Pacífico 231. Nace en Larache Luis Martín Santos. Los Nibelungos, filme de Fritz Lang. |
| Louis de Broglie: teoría de la mecánica ondulatoria. Telefunken: micrófono. K. Vossler: Espíritu y cultura en el lenguaje. Watson: Behaviorismo. | Le Corbusier construye el pabellón de «L’Esprit Nouveaux». Muere Erik Satie. Nace Ignacio Aldecoa. Salvadores de almas, filme de Sternberg. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1926 | Conferencia en Bamberg; a ella acuden Goebbels y Strasser. Es aceptada la jefatura de Hitler. Concentración de masas en Weimar, que Hitler preside desde su «Mercedes» con el brazo extendido. | Dictadura de Carmona en Portugal. Gobierno autoritario de Pisudski en Polonia. Golpe de Estado militar en Lituania. México nacionaliza las riquezas de su suelo. Fundación de la Deutsche Lufthansa. |
| 1927 | El Reich alemán se incorpora al Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya. Es sofocado un levantamiento socialista de izquierdas en Viena. Ley alemana de seguro de desempleo. | XV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética; Trotski, Sinoviev y Kamenev son expulsados del Partido. En España se abre la Asamblea Nacional Consultiva con miembros nombrados por el Gobierno. |
| 1928 | Hitler organiza una reunión de líderes del Partido en la que ataca a Stresemann. Alquila una villa en la Obersalzberg, y vive con su hermana de padre Angela Raubal. | Ley sobre el Gran Consejo del Fascismo. Conferencia panamericana en La Habana. Campaña de Chang Kai-Chek en el norte. Fundación de «Iberia», líneas aéreas de España. Yrigoyen, presidente de Argentina. |
| 1929 | Junto con Alfred Hugenberg publica un proyecto de ley «contra la esclavización del pueblo alemán». Mueren Franz Rosenzweig y Gustav Stresemann. | Briand presenta en la Asamblea de la Sociedad de Naciones el plan de los «Estados Unidos de Europa». Pactos lateranenses. Crack financiero en la Bolsa de Nueva York. |
| 1930 | Hindenburg firma las leyes del Plan Young. Los nacionalsocialistas obtienen 107 escaños en las elecciones. Hitler vive en la «Casa Parda» (el antiguo Barlow Palace) donde ondea la svástica. | Primo de Rivera abandona el poder. Se firma el «Pacto de San Sebastián». Termina la ocupación francesa del Ruhr. Austria se libera del pago de reparaciones. Campaña de Gandhi en la India. |
| 1931 | Roehm dirige las SA y las SS. Schleicher anula la prohibición hecha al ejército de reclutar soldados entre los nazis; Hitler prohibe a los SA participar en reyertas callejeras. | Gran Bretaña abandona el patrón oro. II República en España. Japón se apodera de Manchuria. Tráfico de esclavos en Liberia. Daniel Salamanca, presidente de Bolivia. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Raid aéreo del «Plus Ultra» desde Palos a Buenos Aires. H. Busch: primera lente electrónica. Mackaulay Trevelian: Historia de Inglaterra. N. Hartmann: Etica. | Edificio de la Bauhaus en Dessau. Laban: Coreografía, Danza y Gimnasia. Alban Berg: Wozzeck. Valle-Inclán: Tirano Banderas. Rey de reyes, filme de C. B. de Mille. |
| Werner Heisenberg establece su «principio de indeterminación». Martin Heidegger: Ser y tiempo. H. Bergson: Duración y simultaneidad. | Exposición de la Bauhaus en Praga. André Masson: Batalla de peces. Nacen en Roma Rafael Sánchez Ferlosio, y, en Madrid, Juan Benet. El cantante de jazz, filme de Cosland. |
| Vuelo de Nobile al Polo Artico en el dirigible «Italia». Fermi: Introducción a la Física atómica. Fleming descubre la penicilina. Pfleumer: magnetófono. | Fundación de los «Congrés Internationaux d’Architecture Moderne» (CIAM). René Magritte: Falso espejo. Maurice Ravel: Bolero. Jorge Guillén: Cántico. |
| Karulus-Telefunken: televisión y telecine. Hans Berger: electroencefalografía. Karl Mannheim: Ideología y utopía. | II Congreso CIAM, en Francfort. Mies van der Rohe: pabellón alemán en la Exposición Internacional de Barcelona. Toscanini emigra a Estados Unidos. La mujer en la luna, filme de Lang. |
| Fabricación de materiales artificiales extraídos del acetileno. Schmidt: motor de propulsión a chorro. A. Alonso: Problemas de dialectología hispanoamericana. | III Congreso CIAM, en Bruselas. Kandinsky: Tensión en el ángulo. Orquesta sinfónica, en la BBC. García Lorca: Poeta en Nueva York. Bajo los techos de París, filme de R. Clair. |
| Libey-Brickwedde-Murphy: hidrógeno pesado. Dirac: teoría de las lagunas y del antiprotón. A. Rosenberg: El mito del siglo XX. | Congreso CIRPAC, en Barcelona. Picasso: Jarro y fuente de frutas. Strawinsky: Sinfonía de los salmos. Karl Zuckmayer: El capitán Von Köpenick. I Congreso de Cinematografía hispanoamericano, en Madrid. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1932 | Hindenburg es reelegido. Terrorismo nazi en las calles. Bruning prohíbe las SA y las SS. El ministro de Defensa dimite. Gobierno de Von Papen; se levanta la prohibición de SA y SS. | Gobierno de Salazar en Portugal. Partido único en Lituania. Asesinato del presidente francés. Conferencia Imperial de Otawa. A. P. Justo, presidente de Argentina. |
| 1933 | Hindenburg nombra a Hitler canciller. Incendio en el Reichstag; se proclama el estado de excepción. «Ley de plenos poderes»; se suprimen los sindicatos y los Partidos políticos. | Concordato entre el Reich y el Vaticano. Alemania abandona la Conferencia del desarme y se retira de la Sociedad de Naciones. Constitución en Portugal de tipo fascista. Fundación de Falange Española. |
| 1934 | Roehm intenta incorporar las SA a las Fuerzas Armadas; tal conato es aplastado. Roehm, Schleicher y otros son asesinados. Muere el presidente del Reich Paul von Hindenburg; Hitler ocupa su puesto. | Tratado germano-polaco de amistad. Entrevista Hitler-Mussolini en Venecia. Sublevación socialista en Viena; se prohíben los Partidos Políticos. Muere el canciller austríaco. |
| 1935 | Se implanta el servicio militar obligatorio. Goering organiza el Arma Aérea. «Leyes de Nümberg»; se priva a los judíos de sus derechos civiles. Convenio germano-británico de las flotas. | La población del Sarre se decide en un plebiscito por su incorporación al Reich. Conferencia de Stresa; Gran Bretaña, Francia e Italia protestan por las acciones unilaterales de Alemania. |
| 1936 | Alemania ocupa la zona desmilitarizada del Rin. Hitler denuncia el Tratado de Locarno. Se prolonga la permanencia en el servicio militar. Convenio germano-austriaco. | Comienza la guerra civil española. Hitler y Mussolini reconocen oficialmente a la Junta de Burgos. Se firma el pacto Antikomintern entre Alemania y Japón. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Carl David Anderson: positrón. Domagk sintetiza la sulfamida. Irene y F. Joliot Curie: neutrón. Karl Jaspers: Filosofía. A. Huxley: Un mundo feliz. | Exposición Internacional de Arquitectura en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Alberto Giacometti: Mujer degollada. Comienza a celebrarse el Festival de Venecia. |
| Freud-Einstein: ¿Por qué la guerra? En Alemania se queman públicamente los libros de autores «indeseables». La policía española retira la revista «El Fascio»; aparece el periódico JONS. | IV Congreso CIAM, en Atenas. Josep Lluis Sert comienza a trabajar en el plan Maciá de Barcelona. Pedro Salinas: La voz a ti debida. Crepúsculo rojo, filme de Ucicky. |
| Reichstein: síntesis de la vitamina C. Joliot-Curie: radiactividad artificial. A. Toynbee: Estudio de Historia. Hartmann: Kant y el problema de la metafísica. Ramiro de Maeztu: Defensa de la hispanidad. | Muere el escultor Gargallo. Salvador Dalí: Guillermo Tell. Paul Hindemith: Mathis el pintor. Tolstoi: Pedro el grande. The Merry Widow, filme de Lubitsch. |
| Witzleben: emisora de ondas ultracortas. Programa regular de televisión en Berlín. Primera experiencia con radar. Maurice Blondel: El ser y los seres. Jaspers: Razón y existencia. | E. Torroja: Hipódromo de Madrid. Eudald Serra: Escultura. A. Honegger: Juana en la hoguera. Thomas Mann: ¡Oyentes alemanes! Santa Juana de Arco, filme de Ucicky. |
| La Gestapo confisca los bienes de Freud. Bruno Liebrucks pierde su cargo de Assistent en la Universidad de Berlín. Graham Greene: Una pistola en venta. Muere Oswald Spengler. | W. March: Estadio olímpico de Berlín. Manuel y Antonio Macnado: El hombre que murió en la guerra. Miguel Mihura: Tres sombreros de copa. España leal en armas, filme de Buñuel. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1937 | Hitler mantiene una entrevista secreta con altos jefes del Estado («Protocolo Hossbach») para la conquista de «un nuevo espacio vital», por la violencia. Muere Erich von Ludendorff. | El Reich reconoce la inviolabilidad de Bélgica. Bombardeo alemán sobre Guernica. Ofensiva republicana en Brunete y Teruel. Los nacionales ocupan Santander y Asturias. Acciones bélicas entre Japón y la URSS. |
| 1938 | Destitución del ministro de la guerra y del generalísimo del Ejército; Hitler asume el mando supremo. Konstantin von Neurath es sustituido por Ribbentrop como ministro de exteriores. | Hitler se desplaza a Viena; el Gobierno Seyss-Inquart se une al Reich. Dura represión contra los judíos de Austria. Movilización en Checoslovaquia. Conferencia de Munich. |
| 1939 | Alemania invade Polonia; acuerdo ruso-alemán. Hitler planea la ofensiva en el oeste para el otoño. Fracasa un atentado contra su persona. | Francia e Inglaterra declaran la guerra a Alemania. Rusia invade Polonia por la frontera oriental y ataca Finlandia. Termina la guerra civil española. Ley de responsabilidades políticas. |
| 1940 | Ocupación de Escandinavia, Rumania, Holanda y Bélgica. Los alemanes entran en París. Pacto entre Alemania, Italia y Japón. Bombardeo de Inglaterra. Entrevista de Hitler con Franco en Hendaya. | Mussolini ataca a Grecia. El mariscal Pétain firma el armisticio. Las tropas italianas invaden Egipto. Los ingleses toman Tobruk y Bengasi. Ley española contra el comunismo. |
| 1941 | El Afrika Korps reconquisu la Cirenaica. Armisticio con Yugoslavia y ocupación de Grecia. Toma de Lituania y Letonia; los alemanes avanzan hacia Leningrado. Batalla de Moscú. Franco envía a Rusia la «División Azul». | Los alemanes son cercados en Smolensko. Contraofensiva soviética del general Zukov. Derrota italiana en Etiopía. Ataque japonés a Pearl-Harboor. Entrevista Franco-Mussolini en Bordighera. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Hallazgo de huesos del «Pithecanthropus erectus» de Java. Whittle: primer turborreactor. Hermann Hirt: Gramática indogermánica. Encíclica Mit brennender Sorge. | V Congreso CIAM, en París. Alberto Sánchez: El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella (escultura). Picasso: Guernica. Creación de los Estudios de Cinecittá. |
| Los miembros del «Círculo de Viena» se dispersan. Comienzos de la electrónica. Hans Bathe: teoría de la fisión nuclear. Santayana: El reino de la verdad. Muere Edmund Husserl. | Mies van der Rohe emigra a USA. Dufy: Regata. A. Copland: Billy, el chico. Filme documental de la Olimpiada de Berlín, por Leni Riefenstahl. |
| Expedición Schwabenland a la Antártida. P. Karrer aisla la vitamina K. J. Rostand: La vida y sus problemas. | Josep Lluis Sert llega a Estados Unidos. Feininger: San Francisco. Sutermeister: Romeo y Julieta. Steinbeck: Las uvas de la ira. Lo que el viento se llevó, filme de Fleming. |
| Karl Landsteiner y Alexander S. Wiegner descubren el factor RHesus en la sangre humana. Utilización del radar. Luis Felipe Vivanco: Tiempo de dolor. Instituto de Investigaciones Científicas en España. | Comienza la construcción de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Joaquín Rodrigo: Concierto de Aranjuez. El gran dictador, filme de Chaplin. |
| Proyecto «Peenemünde» para el desarrollo del arma de los cohetes. MacMillan: plutonio. Primera utilización de la cortisona. Muere Henri Bergson. | Le Corbusier, en Vichy, ofrece al Gobierno su colaboración para la reconstrucción de Francia. Pablo Neruda es agredido por un grupo de nazis en Cuernavaca. Raza, filme de Sáenz de Heredia. |
| HITLER Y SU ENTORNO | POLITICA Y SOCIEDAD | |
|---|---|---|
| 1942 | Construcción de fábricas en los campos de concentración. En los campos de exterminio de Auschwitz, Maidanek y Sabidor son sacrificados miles de judíos en cámaras de gas. | Combates por tierra, mar y aire en el Pacífico; evacuación japonesa de Guadalcanal. Desembarco aliado en Marruecos y Argelia. Comienza la contraofensiva rusa. |
| 1943 | Atentados fallidos contra Hitler. Discurso de Goebbels ¿Queréis la guerra total? Aumenta un 56 por 100 la producción de material de guerra. Adoctrinamiento de la juventud en el nacionalsocialismo. | El Mediterráneo es dominado por los aliados; éstos conquistan Sicilia y destituyen a Mussolini. El mariscal Badoglio negocia con los aliados. Italia declara la guerra a Alemania. Reunión en El Cairo y Teherán. |
| 1944 | Atentado fallido contra Hitler; Stauffenberg y Olbricht son fusilados. Ludwid Beck se suicida. Unas cinco mil personas son ejecutadas. Himmler, comandante en jefe del ejército. Formación del «Frente de Asalto Popular». | Ofensiva rusa sobre Leningrado. Avance soviético en el Este europeo. Desembarco aliado en Normandía. Los alemanes pierden Prusia oriental, Polonia, Westfalia, la cuenca del Ruhr, y son cercados en Berlín. |
| 1945 | Hitler da la orden de «Tierra quemada». En su testamento condena a Himmler y a Goering por traición; nombra al almirante Doenitz su sucesor. El 30 de abril el führer se suicida. | Reconquista de Birmania por los aliados. Ocupación del territorio japonés. Conferencia de Yalta. Muere Roosevelt; Truman, presidente USA. Conferencia de San Francisco. |
| CIENCIA Y PENSAMIENTO | ARTES Y LETRAS |
|---|---|
| Florey consigue aislar la penicilina. Aparece el Curso de lingüística general, de Saussure. Comienza la publicación en Buenos Aires de Cuadernos de Historia de España. | Fundación de L’ASCORAL (Asamblea de constructores para una renovación de la Arquitectura), en París. Pablo Neruda: Canto a Stalingrado. Cuatro pasos por las nubes, filme de Blasetti. |
| El doctor español P. González Juan realiza la primera experiencia con penicilina. Fermi pone en marcha un reactor nuclear. Von Weizsäcker: La imagen del mundo de la física. | L. Gutiérrez Soto proyecta el edificio para el Ministerio del Aire, en Madrid. Joaquín Rodrigo: Concierto heroico. Thomas Mann: José y sus hermanos. Piratas del mar Caribe, filme de De Mille. |
| J. Brachet: Embriología química. E. Schrödinger: ¿Qué es la vida? Waksman: estreptomicina. Maritain: De Bergson a Tomás de Aquino. Muere Giovanni Gentile. | Josep Lluis Sert es nombrado profesor de Planeamiento Urbano, en la Universidad de Yale. R. Straus: El amor de las Danaides. Dámaso Alonso: Hijos de la ira. |
| McMillan y Veksler: vitamina T. Kretschmer: psicología médica. E. Fromm: El miedo a la libertad. Lavelle: Del tiempo y la eternidad. Max Picard: Hitler en nosotros mismos. | Le Corbusier es nombrado urbanista jefe de La Rochelle-La Pallice. Manuel Gago idea el personaje de El guerrero del antifaz; Vañó, los de Roberto Alcázar y Pedrín. Roma, ciudad abierta, filme de Rossellini. |
