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Abraham Lincoln (Versión para imprimir)

De Mienciclo E-books

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Abraham Lincoln es el presidente de los Estados Unidos de América que hace un siglo y medio dirigió a los grupos que, en su país, se oponían a que una minoría de señores de la tierra, enriquecidos por el empleo de esclavos negros, continuaran imponiendo su ley. Lincoln emancipó a los esclavos y consolidó la Unión; para conseguir ambas cosas hubo de hacer frente a una guerra civil. La ganó y fue asesinado. La victoria del norte contra el sur y la abolición de la esclavitud son dos hechos políticos. Lincoln era un político, su muerte, fue, pues, un acto político.

Para conocer a Lincoln, por consiguiente, hay que verlo sobre todo como un político. y como su vida termina violentamente, víctima de un complot, lo más adecuado es preguntarse: ¿Cómo y por qué fue asesinado Lincoln o lo que es lo mismo: ¿cómo se formó la personalidad de este hombre?

La forja de la personalidad de Lincoln es la forja de un carácter lleno de tensiones, de luchas entre sentimientos y actitudes que no siempre encajan y muchas veces se oponen entre sí. gusto por el recogimiento y gusto por la actividad pública, extroversión de orador, buen dominio de los trucos para salirse con la suya, lo mismo en el ejercicio de la abogacía que en el de la política. Fortaleza y súbitos desfallecimientos. Recursos chistosos y tonos casi bíblicos. Todo ello proviene en buena parte de la historia personal, íntima, singular de abraham lincoln. pero esa historia se encuentra radicalmente marcada desde su infancia por el medio y el ambiente colectivos: la de los pioneros del oeste, donde se repiten una y otra vez las tensiones y violencias de la historia americana. Las virtudes y defectos del «honrado Abe», virtudes y defectos propios de un hombre que se ha formado rudamente en la vida, le abren camino en el estado de illinois, donde se consolida como político y como abogado. pero todo eso no basta para llegar a ser una figura política nacional.

En su primer intento de hacer carrera en Washington, como representante del partido liberal, Lincoln es capaz de atraer la atención de sus compañeros, pero resulta demasiado tosco, indeciso y titubeante ante los grandes temas nacionales. tampoco es mayor su capacidad para moverse en los pasillos del poder. así que la vocación política de lincoln sufre el rudo golpe de un fracaso. lo ha hecho bien casi todo, pero ese «casi» le lleva a decidir que, a la altura de la política nacional, un «casi» significa la derrota. Lincoln comprende y se aparta. «Abe» ya es un hombre maduro. Pero las circunstancias que le van a convertir en el líder de la parte más progresista y dinámica de su nación no han madurado todavía.

Una personalidad madura, ya forjada, encuentra en la política nacional el terreno para dar de sí todo lo que lleva dentro. El tema de la esclavitud, que divide a los americanos, se agrava, se calienta. y ello ocurre porque, tras la defensa o el ataque de la «institución», se ocultan las intenciones de diferentes grupos de americanos. Quienes defienden su supervivencia, sureños fundamentalmente, están defendiendo una economía anticuada, basada en la agricultura de un solo cultivo que exige grandes posesiones de tierra. Defienden, asimismo, la idea de que los Estados Unidos no son una nación, como se entiende en Europa, sino una federación de naciones y que, por tanto, si uno de los miembros está descontento puede separarse en cualquier momento.

Entre quienes la atacan, los hay idealistas, pero los hay que piensan en el modo de adueñarse del sur, de controlar sus mercados, de obligarlo a producir más y, sobre todo, de acabar con su poder político. Lincoln, que ha sido antiesclavista por razones morales, comprende que la unión ha de consolidarse; pero teme que una rápida liberación decida a los sudistas a romper y a acudir a la guerra. lincoln quiere evitar la guerra, pero quiere solucionar el problema a toda costa, porque la unión, con esclavos, es «una casa dividida», como dice uno de sus grandes discursos.


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Contenido

Introducción

UN estadista que muere asesinado obliga a leer su biografía como se lee una novela policíaca.

Es decir, obliga a conocer el crimen, sus detalles, sus autores. Y después, obliga a hacer el papel de los detectives, a preguntarse: ¿Quién querría matarlo?, ¿quién tiene la mejor coartada?, ¿cuáles son las consecuencias de su desaparición?, ¿a quién beneficia su muerte?, ¿los asesinos actuaban movidos por intereses propios o estaban manejados por otros, formando parte invisible de un complot cuyas raíces se pierden en la sombra?

En la historia contemporánea todos hemos podido saber de asesinatos de líderes y estadistas políticos; en estos crímenes no hay que fiarse de las apariencias.

Un sueño de malos presagios

Pues bien, Abraham Lincoln, decimosexto Presidente de la Unión, murió asesinado. Su leyenda cuenta que pocos días antes de que esto sucediera, «Abe» Lincoln, como le conocían sus compatriotas, había tenido un sueño premonitorio, lleno de negros presagios. Había soñado que se encontraba durmiendo y que un clamoroso llanto le había despertado. Se había levantado y acudido a la Sala Este, en la Casa Blanca, de donde procedían los lamentos. Allí se encontraba un catafalco, rodeado de una gran multitud doliente. Un paño negro cubría el rostro del cadáver encerrado en el féretro. Lincoln se había vuelto hacia los presentes para preguntarles: «¿Quién ha muerto en la Casa Blanca?» Le habían respondido: «El Presidente, lo han asesinado.»

Tuviera o no ese sueño, lo que sí es cierto es que Lincoln tenía motivos para soñar con su asesinato. ¿Por qué? En primer lugar, porque crecían las amenazas de muerte. ¿Y por qué llegaban esas amenazas? En principio porque «Abe» Lincoln, al ser elegido por vez primera Presidente cinco años antes, había desencadenado la secesión de los Estados sudistas de la Unión. Durante su primer mandato había dirigido con firmeza la guerra civil. Y había ganado la guerra y la presidencia, de modo que los Estados rebeldes se habían visto obligados a reincorporarse a la Unión por la fuerza. Pero esos Estados se habían separado porque el programa con el que Lincoln venciera cinco años antes de su muerte incluía la liberación de los esclavos. Mediante dos leyes consecutivas —una proclama personal primero, una propuesta de Enmienda a la Constitución, después— había liberado a los esclavos negros. Quienes perdieran la guerra y con ella sus bienes —esclavos, grandes plantaciones—, tenían sobrados motivos de venganza.

Sin embargo, a Lincoln no le mató un vengador enloquecido. Pocos días antes de su muerte, el 4 de abril de 1865, había visitado Richmond, la antigua capital rebelde de los sudistas, al fin recuperada para la Unión. Lo había hecho sin apenas protección. Habría sido relativamente fácil que un desesperado hubiese atentado contra su vida. Sin embargo, «Abe» había vuelto a Washington. A soñar su muerte. Porque las amenazas seguían llegando.

Una función de teatro

La noche del 14 de abril de 1865 Lincoln decide asistir al teatro. Es miércoles. A mediodía, una salva de cañonazos ha conmemorado la fecha del comienzo de la guerra civil —iniciada cuatro años antes al disparar los sudistas contra un barco que llevaba víveres al único fuerte federal en el Sur, Fort Sumter— y el general Anderson, que entonces defendiera la plaza, ha izado la bandera unionista de las barras y estrellas entre los aplausos de la multitud; sólo hay una bandera en el territorio de los Estados Unidos. El orador ha dado gracias al cielo porque Lincoln haya podido ser testigo de este día.

Antes de asistir al acto, Lincoln se ha negado a recibir visitas para charlar con su hijo Robert, el primogénito, que viene del frente y le cuenta sus impresiones y detalles del general vencido: Robert E. Lee. Después se ha reunido con sus ministros en una sesión de gabinete muy informal. Lincoln, que tiene sobrada fama de melancólico y ensimismado, pero también de contador de historietas, se inclina hoy por esto último. Se muestra jovial. Incluso cuando se discute el tema delicado de la reconstrucción del país. Frente a la opinión de Grant, el general victorioso, que pide mano dura, el Presidente mantiene sus conocidos puntos de vista. Paciencia, ecuanimidad y ayuda para establecer en todo el territorio una auténtica vida democrática. Que los esclavos puedan ser de verdad hombres libres junto a sus antiguos amos. Hay que conseguir un espíritu de concordia y desmontar el creciente espíritu de desquite y venganza que corre por todo el Norte. La sesión termina y Grant y el Presidente quedan de acuerdo en que acudirán esa noche a la función de gala del Teatro Ford, donde, con fines benéficos, se representa la comedia de un autor inglés, Taylor, titulada Nuestro primo americano. La interpreta una actriz muy popular: Laura Keene. Y todo el mundo dice que la obra y la actriz merecen la pena.

A mediodía Lincoln escribe una breve carta de respuesta a un general que acaba de darle aviso de haber descubierto un complot más para asesinarle; pide que extreme las medidas de vigilancia. Aprovecha para hacer política ganándose el apoyo de este hombre, tenido por muy conservador.

Después da órdenes al Presidente del Congreso, que ha acudido a preguntarle si se celebrarán sesiones legislativas durante el verano. La respuesta es no. Pero Lincoln aprovecha también, como en la carta, como en la sesión del gabinete, para hacer política. Puesto que el Presidente del Congreso va al Oeste, le pide que lleve a mineros y montañeses un breve mensaje. Lo dicta, improvisándolo. Insiste en sus ideas: la riqueza de los Estados de la Unión es inmensa; con la paz ha llegado el momento de aprovechar en tareas útiles todos los brazos; en el país «hay sitio holgado para todos».

En las primeras horas de la tarde, «Abe» invita a su esposa a dar un paseo en coche por Washington. La ciudad rebosa de gente que lo aclama. Hace unos meses era un hombre controvertido; debe volver a serlo, puesto que ni su personalidad ni sus ideas satisfacen a todos, pero estos son momentos de tregua: la guerra ha terminado. Y hasta Mary Todd, quien, a consecuencia de la muerte de dos de sus hijos, ha enfermado y padece de los nervios, se encuentra bien, charlatana, en la tarde primaveral. Los esposos hablan de lo que harán cuando, dentro de cuatro años, termine el segundo mandato presidencial. Mary quiere ir a Europa; a él le gustaría más conocer California. Cuando regresa a la Casa Blanca, más tarde de lo previsto a causa del entusiasmo de la multitud, ve que entre quienes no han podido obtener audiencia hay antiguos conocidos de Illinois, el Estado donde «Abe» maduró y nació a la vida política, donde transcurrió gran parte de su vida. Ordena a los cocheros que den marcha atrás y se entretiene un rato charlando.

A la Casa Blanca llega un recado de que el general Grant no puede aplazar el viaje a las unidades. El motivo real, según se sabe después, es que Mary Todd había dado un espectáculo histérico a la señora Grant unas semanas antes, cuando la gente aplaudió lo mismo al general que al Presidente, y la generala no quiere correr el riesgo de que se repita la escena esa noche en el teatro. Así que Mary hace su escena, ahora, en el interior de la Casa Blanca, frente a su esposo y sus íntimos: ¿Cómo se puede tratar así al Presidente de la Unión, y cómo pueden hacerlo los Grant, que se lo deben todo a Lincoln? Para «Abe» Lincoln el asunto se zanja pronto. Cena y firma antes de salir para el teatro la instancia de libertad de un prisionero sudista que se compromete a prestar el juramento de fidelidad a la Unión. Su último texto político guarda relación con los demás del día. También lo guardará el último gesto. Al subir al coche, ve al secretario al que dicta el mensaje a los mineros. No olvida eso. El mensaje tendrá ya siempre valor de un testamento.

El asesinato

La función del Teatro Ford ha empezado. Al entrar el Presidente, el público —políticos, funcionaríos, militares de permiso, con sus esposas y novias—, se pone en pie y aplaude. Suena el himno de la Unión. Más aplausos. Y la función prosigue. El palco presidencial es uno del proscenio, encima, pues, del escenario. En un determinado momento, el público ríe, como ha reído en todas las representaciones de los días precedentes, fuerte, divertido ante una frase afortunada. En ese momento, un hombre abre la puerta del palco presidencial, dispara, Lincoln inclina la cabeza.

El grito de Mary Todd se pierde entre las risas. El público percibe que algo ha sucedido cuando ve saltar a un hombre al escenario, quien, revólver en mano, señala hacia el abatido Lincoln y grita: Sic semper tyrannis («así se hizo siempre con los tiranos»). Es el lema del escudo de Virginia, uno de los Estados que encabezaran la secesión.

Los comediantes, despavoridos, atropellan al magnicida, que, además, se lastimó al saltar y escapa cojeando. El desconcierto le ayuda. Hay desmayos, órdenes contradictorias. Un médico militar llega al palco. Lincoln ha sido herido en la cabeza. Mana poca sangre de la herida, pero el diagnóstico es implacable: no hay salvación. Es un poco más de las diez de la noche. Cuatro soldados transportan el cuerpo exánime del Presidente a la casa más próxima, de la que es dueño un tal Person. En la habitación se agrupan Mary, los médicos, algunos políticos. Nueve horas dura la agonía. A las siete de la madrugada, Lincoln expira sin haber recobrado el conocimiento.

Entretanto, la noticia ha corrido por la ciudad. La multitud se agolpa ante la casa. Después acudirá a la Casa Blanca a desfilar ante el féretro. Se sabe ya que han asesinado a Lincoln y herido al Secretario de Estado, Seward. Se trata, pues, de un complot.

La investigación no lo descubre todo

Meses después, cuando las principales figuras del complot vayan siendo detenidas, se irán conociendo los detalles más superficiales. John Wilkes Booth, el asesino del Presidente, es un actor. Tres años antes, ha protagonizado un incidente en Nueva York, junto con su hermano, representando el Julio César de Shakespeare, añadiendo una «morcilla» al parlamento donde Marco Antonio acusa a Bruto, el asesino de César; la «morcilla» es esta misma frase: «sic semper tyrannis», que contradice el texto del autor inglés. La morcilla casi no la advirtió nadie porque la ahogó el grito de «¡fuego!» con el que comenzaron los incendios de los teatros neoyorquinos, uno de los innumerables actos de sabotaje cometidos por los esclavistas y sus cómplices en el Norte. Después huyó al Canadá, donde tramó una conjura para secuestrar a Lincoln durante la guerra y llevarlo a Richmond, la capital sudista.

Se sabrá que la conjura se tejió en casa de la viuda Surrat, una antigua terrateniente de Maryland, arruinada por la guerra, y que tiene una casa de huéspedes en Washington. Se sabrá que los conjurados pretendían matar al tiempo a Seward, Secretario de Estado, y a Johnson, el Vicepresidente. Pero que Powell, un sureño hercúleo y medio bobalicón, sólo ha podido cumplir parte de su cometido, entrando en casa de Seward fingiéndose el mozo que traía las medicinas. Todos ellos y algunos más serán ahorcados después de proporcionar al público unos meses de intriga a medida que se iban conociendo detalles.

Pero se sabe también que unos años antes, iniciada apenas la guerra, unos caballeros honorables habían formado en Richmond un club secreto, cuya finalidad era matar al Presidente, de modo que llegan a contratar un escuadrón de ciento cincuenta valientes dispuestos a raptarlo, y que fracasaron. Los hilos de esta conjura, como los de todas, se pierden en las sombras. Se escribirán cientos de páginas con hipótesis.

A nosotros, además, para conocer y valorar la vida de Lincoln, nos importa poco la de los conjurados. Seguirla sería atractivo, pero nos alejaría de nuestro propósito principal. Ellos fueron el brazo armado, pero ellos no pueden responder a las preguntas principales: ¿Por qué y para qué se mató a Lincoln?

Para responder hay que apartar la vista de ellos y también de la víctima. Mirar al país, a la sociedad. Y plantearnos de nuevo la afirmación inicial de estas líneas. Decir: un estadista asesinado es siempre un hombre que en una lucha política ha tomado una posición y dado fuerza y velocidad a uno de los grupos que pugnan para organizar la sociedad de una forma que disgusta a otro grupo. De este modo, si miramos la historia americana, comprenderemos mejor quién era Lincoln, cuáles eran sus fuerzas, quiénes le apoyaban, qué desencadenó su muerte.

Lo que interesa ahora es conocer la vida de «Abe» Lincoln, cómo se forjó su carácter y su personalidad, qué hizo y cómo lo hizo, de modo que, llegado un momento, se considerase que su persona podría poner en peligro los intereses de quienes, despreciando idealismos, buscaban sólo su provecho.


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Introducción

Indios fumando la pipa de la paz.
Indios fumando la pipa de la paz.

PARA el conjunto de los norteamericanos de la época de Lincoln, el pasado tiene menos importancia que el porvenir. Los lazos familiares se circunscriben prácticamente a los formados en el hogar, sin tener clara conciencia de un linaje, de un clan. Y es que la sociedad americana es una sociedad joven, en perpetuo movimiento. Los amigos de hoy pueden dejar de serlo, desde el momento en que se decide probar fortuna un poco más allá, en la frontera. Si nos acompañan, continuarán siendo amigos; si se quedan o toman otra ruta, hay muchas probabilidades de perderlos de vista.

«Frontera»: tierra libre y nueva oportunidad

A diferencia de Europa, de donde provienen todas estas emigraciones de la época, la frontera no es un lugar donde se acaba el país. Al contrario, se trata del lugar donde se puede ampliar el país con mínimo coste. Y esa frontera afecta a todo; las pequeñas localidades de pioneros, la familia, las amistades.

Una ojeada a lo poco que sabemos de los antepasados de Abraham Lincoln basta para ver en qué medida resulta cierto este espíritu de «hijos de la frontera», de pioneros.

En 1638, un llamado Samuel Lincoln, de Norwich, se pone en marcha y emigra a Massachusetts, uno de los trece Estados del Este que configuran lo que entonces se llama la Nueva Inglaterra. Sus hijos le imitarán, desparramándose por lo que entonces, dado el escaso número de colonos, es todavía el amplio territorio a poblar en busca de nueva vida y fortuna. Es el territorio de la primera frontera, el de las colonias organizadas.

Uno de ellos se instalará en Kentucky, cuyas regiones acaban de ser descubiertas y exploradas. Es el año de 1780. Le acompañan sus hijos. Uno de ellos, Thomas, será el padre del futuro Presidente. Y él, el abuelo, este pionero de la segunda frontera, se llama Abraham.

Las actividades de una familia de colonos son duras. Lo fueron para los pasajeros del «Mayflower». También para gentes que llegaron después, como el Samuel Lincoln de Norwich, y para sus hijos, que marcharon a Virginia. Lo son también para este primer Abraham Lincoln de Kentucky.

En primer lugar, porque el hecho de la emigración constituye una de las más difíciles pruebas en la vida de un hombre.

América la pueblan europeos

Ciertamente, para los contemporáneos de los antepasados de Lincoln en Europa, las cosas no eran mucho más fáciles. Al contrario: resultaban impresionantemente más dificultosas. Para empezar, no había esa posibilidad de avanzar para prosperar. En Europa, los humildes nacen ligados a una tierra, a un señor. Comparten el destino de ese señor, aunque ya se han atenuado los lazos del feudalismo. Pero si una cosecha es mala, hay que aguantar sobre el terreno. Si hay una leva para nutrir un ejército del señor o del rey, hay que aportar hijos o dinero, que generalmente no se tiene. Puede decirse que en Europa, cuando alguien se mueve, es porque obedece o porque huye. Así se poblará la América del Norte, con fugitivos. Fugitivos de la pobreza, de las persecuciones religiosas.

Pero el pionero americano tiene ante sí la posibilidad de alejar la frontera, uniendo en este hecho, confundiéndola casi, su historia personal y la de la comunidad. Esos pioneros que se ponen en marcha atraídos por las leyendas de nuevas tierras han de formar ellos mismos su propio y precario ejército. Por el mero hecho de dedicarse a avanzar se convierten en soberanos de sí mismos, en soldados de sí mismos también. El enemigo no es el señor que les prohibe moverse, tampoco otro ejército, regular o mercenario, que les impide pasar. Tampoco la orden la da un señor. Todo se decide en conciliábulos. Aquí las órdenes, como el enemigo, están por así decirlo, al alcance de una humilde fortuna. El enemigo es, de una parte, las tribus indias, de otra, la naturaleza virgen hostil. Un grupo de hombres decididos a mejorar su suerte puede...

Mil penalidades en la marcha hacia el paraíso

No obstante, y como también quedó apuntado, esta marcha hacia la frontera, esta colonización de las tierras vírgenes cada vez más al oeste de la Costa Atlántica, resulta terriblemente dura. Cada emigración supone un enorme gasto de energía física y moral, trabajos inesperados, luchas. En principio hay que transportar el equipaje por caminos difíciles o por montes y valles sin caminos ni sendas. Hay que ayudar a las caballerías cuando se atascan, convertirse en carpintero cuando se rompe un eje de la carreta. Hay que ser un poco de todo: cocinero, cazador, soldado cuando se monta guardia por la noche en el campamento improvisado cerca de un río, calentado el cuerpo por una generosa fogata.

En otras ocasiones, los pioneros, tras dialogar y decidirse, eligen el camino del agua, ir por un río. Entonces hay que construir balsas que son en realidad cabanas flotantes en las cuales también hay que hacer un poco de todo y de manera improvisada, porque no siempre se encuentra en el grupo un experto en conocer las corrientes, en evitar un escollo o un rápido.

Y tanto en uno como otro caso, la hostilidad de la naturaleza y la de los pocos pobladores aborígenes espera en cada tramo a los pioneros, a los colonos. Alimañas del bosque, mosquitos palúdicos en las zonas pantanosas, flechas envenenadas. Pero estos hombres que no tienen sentido alguno del linaje, que han escapado de lo peor —o que escucharon de labios de sus padres o abuelos relatos de la miseria, la guerra y la opresión en Europa— están dispuestos a esa lucha. No se plantean, por supuesto, el problema de que su ocupación de tierras supone el que los pobladores originarios hayan de abandonarlas. En ellos predomina el recuerdo de la huida del pasado de sus mayores, del hacinamiento. Y la contemplación de inmensos valles, praderas y bosques sin poblar le quita casi todo sentido a la palabra usurpación o genocidio. Hay espacio para todos y debe ser de todos. Cada grupo, entonces, solucionará este problema de acuerdo con la forma de pensar de la mayoría de sus miembros, o con el temple del líder que los lleva, o con las circunstancias. Unos pactarán con los ocupantes indios, algunos incluso comprarán la tierra; pero la regla general será empujar su «frontera» con violencia.

En la familia Lincoln no se falta a esta regla. De esta rama que sale de Virginia hacia Kentucky encabezada por Abraham, el abuelo de «Abe», se cuentan sucedidos que manifiestan bien a las claras cómo el carácter duro, violento, tenaz, propio de los pioneros, circula por las venas de todos los Lincoln.

Cuatro años después de establecerse en uno de los valles de Kentucky, bajo las montañas recién cruzadas, el abuelo Abraham trabaja junto a su solitaria cabana. Tal vez corta leña o se ocupa de los animales. Le acompañan sus hijos: Mordecai, Josiah y Thomas. En un momento, la calma del bosquecillo es rota por un disparo salido de la maleza cercana. El disparo derriba el fuerte cuerpo de Abraham. Mordecai corre hacia la casa y Josiah se lanza a dar aviso a un pequeño fuerte con guarnición de las cercanías, uno de esos fuertes que en esta segunda etapa de la colonización, una vez que hay colonos asentados, constituyen una milicia ciudadana encargada de la seguridad, ayudando a la lucha con los indios.

El más pequeño de los hijos, Thomas, con seis años de edad, queda junto al cuerpo de su padre sin saber qué hacer. Le salvará la vida Mordecai cuando un indio, pintado con las pinturas rituales de la guerra, se acerca al cadáver del patriarca, dispuesto a arrebatar su cabellera y apoderarse de la criatura. El disparo de Mordecai, que mata al indio, permite al niño correr a esconderse en la casa y observar cómo su hermano dispara una y otra vez desde la ventana contra las figuras ululantes que cercan la cabana hasta que, al fin, llega la milicia que fuera a buscar Josiah, el otro hermano. Thomas, el niño salvado, es el padre de Abraham Lincoln, que será decimosexto Presidente de los Estados Unidos.

Así pues, la movilidad, las posibilidades de mejorar de fortuna, van acompañadas de la violencia. Ninguna familia de pioneros escapa de este destino. Los relatos se transmiten de generación en generación, al tiempo que, en los largos días y noches solitarios, se cuentan cuentos, se lee la Biblia o se enseña a los niños el arte de la caza, las técnicas agrícolas, el modo de servirse del hacha o encontrar una senda.

Hay también otra ley que rige la vida de los pioneros en este marco. El éxito de los unos lleva consigo la derrota de los otros. En Europa se había aceptado con naturalidad un oficio o el trabajo al servicio del señor. Aquí no. Realmente, los antepasados llegaron a estas costas huyendo de esas servidumbres. Luego, en consecuencia, cuando en la tierra americana no se tiene suerte, la solución no estriba en resignarse, sino en saltar hacia adelante, en acudir de nuevo a la frontera.

Tiene algo de huida, por supuesto, esta movilidad. Hay que tener en cuenta que los primeros colonos de la costa —ingleses del «Mayflower», holandeses que crean New Amsterdam en lo que hoy es la Isla de Manhattan— han escapado de la miseria después de luchar por una causa religiosa que fue derrotada. Son calvinistas, luteranos anglicanos o cuáqueros. Forman parte de las sectas protestantes partidarias del libre examen, perseguidas por católicos o por otras sectas, ya que en Europa las guerras de religión estuvieron muy mezcladas con motivos sociales de liberación de la pobreza. Todos, pues, tienen en común el concepto de que la salvación del alma no depende de comprar mediante periódicas limosnas el perdón de los pecados. La salvación radica en una conducta, en una comunicación auténtica con Dios, que exige la constante lectura de la Biblia, única guía que podrá servirles para encontrar el recto camino. Y el solo indicio de que se están comportando bien será el de su fortuna personal. Quien mejor y más adecuadamente interprete la Biblia, más probabilidades tendrá de actuar rectamente. Quien más rectamente actúe será mejor ciudadano, más próspero. En consecuencia, la fortuna personal será el signo de que se es virtuoso. De ahí la rigidez del puritanismo. Pero de ahí también el gusto por el trabajo y el éxito que terminará contagiando a todos los ciudadanos de América (incluidos los católicos, que huyen a su vez de los protestantes). Se trabaja, tanto para escapar de la miseria de decenas de generaciones de siervos, como para comprobar que el éxito en el trabajo indica la rectitud moral ante uno mismo y ante los demás.

Por ello se hablaba antes de que toda marcha hacia la frontera tiene mucho de huida. Quien no prospera es que no resulta grato a los ojos del Señor. Y es lógico, puesto que en esta vida dura hay ocasiones de pecar: emborracharse, pelear en exceso, pensar en la mujer del prójimo, no preocuparse de la esposa o los hijos, no mantener encendida la llama de la fe, no leer regularmente los libros sagrados.

La familia de Lincoln, aunque poco sabemos de ella, está formada, al igual que todas las familias americanas, de hombres que prosperan porque son gratos al Altísimo y personas que, pecadoras en exceso, han descuidado su obra en esta vida porque Dios no les acompaña.

De los hermanos nacidos del abuelo Abraham Lincoln, Mordecai, el mayor, que será su heredero legal, se quedará con las tierras conseguidas inicialmente y prosperará. Llegará a ser un hombre importante, muy conocido y con buena reputación en el oeste del Estado de Kentucky. Por supuesto, aunque era considerado un bondadoso anciano, tenía ideas peculiares y violentas acerca del modo de tratar a los indios. Parece ser que le gustaba practicar un extraño deporte: se ocultaba en la espesura con un fusil y no quedaba satisfecho hasta haber dado caza a un indio. Pero prosperó.

También, a lo que sabemos, prosperó Josiah, el segundo hermano, que pronto abandonó Kentucky por un territorio más al Oeste, el de Illinois. A Illinois también marcharía el hermano pequeño, Thomas, el padre de «Abe» Lincoln. Sólo que a Thomas nunca le fueron bien las cosas. Sería siempre un pionero, a imitación de los «padres peregrinos» que siglo y medio antes habían comenzado a poblar el territorio de la Unión.

Cómo era Thomas, el padre de Lincoln

El padre de «Abe» Lincoln, pues, forma parte de esa rama americana de los que no tienen éxito y que lo persiguen moviéndose de acá para allá una y otra vez —primero de Kentucky a Indiana, luego de Indiana a Illinois— en busca de esa oportunidad que tan hondamente arraigó en la mente americana. Y no es que Thomas fuese mucho mejor ni peor que otros. Más bien parece haber sido un hombre un tanto insignificante. Parlanchín empedernido, más bebedor que sobrio, trabajador cuando no le dolía la cabeza por la resaca, amante de la caza, sin demasiada preparación, como tantos y tantos hijos de la frontera. Pero, en resumen, a los ojos de sus convecinos, Thomas tenía en la vida el mismo bagaje que los demás. Una infancia dura, el haber contemplado la muerte del padre, la imagen nítida de la guerra con los indios, el recuerdo vivo también de la emigración a otras tierras, el aprendizaje del colono.

Thomas, el huérfano, el menor de los hermanos, aprende a trabajar la madera, leñador primero, carpintero después, en aquellas zonas boscosas de Kentucky, presididas por las vecinas nieves de las montañas. Su patrono, que se llama Joseph Hanks, le concede un día permiso para que se case con Nancy, una de las sobrinas que comparte con él la pequeña factoría maderera. Thomas se establece cerca, en Hodgenville, un lugarejo no muy civilizado, metido tres millas dentro del bosque, dispuesto a seguir en lo suyo: la tala y desbaste de los altos troncos de Kentucky. La familia del futuro Presidente de la Unión acaba de formarse.

Y ésa es la herencia que le aporta. Pues si investigáramos un poco el legado de Nancy Hanks, encontraríamos parecidas historias de sobriedad y audacia, de búsqueda de la fortuna y capacidad de movimiento. Una herencia arraigada en el país. Tanto, que el propio Lincoln la repetirá en sí mismo durante una larga parte de su vida, pero sobre todo en aquella que tiene decisiva importancia en la vida de un hombre: la niñez.


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Introducción

Jefferson Davis.
Jefferson Davis.

ABRAHAM Lincoln será «Abe», primero para familiares y convecinos, para todo el país después, cuando se vaya convirtiendo en figura nacional, porque a los americanos les gustan estos apelativos familiares que indican llaneza en el trato y, de alguna manera, eliminar la solemnidad de quienes pertenecen a una dinastía o una familia notoria.

Abraham Lincoln será también el «tipo ese del Oeste», el «leñador». Y es que, como ya se ha dicho, es el hijo de un colono de la frontera. Y nunca podrá, ni querrá, ocultarlo. Bien es verdad que a medida que Lincoln crece, «la frontera», el territorio de los que constantemente buscan mejor acomodo y rápida prosperidad, va quedando cada vez más lejos, enormemente distante, de tal modo que él ya gobernará sobre el territorio de la Unión tal y como hoy lo conocemos. Pero el hecho decisivo es que Lincoln es un pionero de la segunda generación al cual, por lo mismo, le van llegando otro tipo de oportunidades y de comodidades que los anteriores no conocen, pero es un colono de la frontera casi recién conquistada. Y esto permanecerá presente en todas las etapas de su infancia y primera juventud.

Abraham Lincoln nace un 12 de febrero del año 1809, en la pequeña cabana familiar cercana a Hodgenville, en Kentucky. Cuatro años antes ha nacido su hermana mayor, Sarah, en la misma cabana de troncos de árboles a medio desbastar, cuya reproducción puede verse hoy en el museo local de La Rue, actual nombre de Hodgenville. Es una cabana mínima, con una pequeña puerta y una pequeña ventana, y con un hogar, también de troncos, añadido a uno de sus costados que le da el aspecto de una extraña balsa anclada en tierra, dispuesta, sin embargo, a partir.

Los primeros años de Lincoln —a los que él no gustaba referirse— hay que suponerlos duros.

El cine nos ha familiarizado con estos escenarios y no es difícil imaginar los días lentos iguales los unos a los otros. Las ropas rudas, quizá pantalones de la piel de un búfalo, matado por el padre y desollado también por él. Los tremendos fríos invernales, con el viento colándose por entre los intersticios de los troncos, impidiendo que el fuego del hogar caldee la estancia que es a la vez dormitorio y comedor, cocina y cuarto de estar. Hay que imaginarse, no cuesta mucho trabajo, la ruda vajilla de arcilla cocida, las cántaras abolladas, las mantas que han aguantado lluvias en el bosque, los edredones improvisados con cualquier pellejo de animal.

Los únicos acontecimientos que pueden sorprender la imaginación del niño serán aquellos que provengan de la llegada de su padre cuando ha ido de caza, de los domingos en que se acude a la iglesia del lugar, en Hodgenville. Acaso, muy seguramente, las disputas nocturnas entre Nancy Hanks y el inquieto e infatigable progenitor que, algo bebido, se queja de su mala suerte. El niño cuenta, sí, con dos mujeres para atenderle. Pero, en aquel medio, tanto Nancy, su madre, como Sarah, la hermana que le lleva cuatro años, tienen mucho que hacer. De manera que muchas horas de sus primeros días las ha debido gastar el niño solitario en inventar juegos con pequeñas cosas sin valor: algún plato roto que ya no tiene ningún arreglo posible, alguna tira de cuero que convierte al perro en fabuloso caballo. La melancolía, tan típica y evidente en Lincoln, seguramente tiene una primera base en estos años solitarios donde la fantasía lo es todo. La sobriedad debe ser la base de estas comidas siempre idénticas a sí mismas, donde se mide la sal como si fuera algo precioso porque es cara, y en los días invernales, cuando la nieve cubre los caminos, puede faltar en los almacenes de las poblaciones de alrededor. Sobre todo cuando, como ocurre en el caso de los Lincoln, se les fía poco porque a Thomas, alto, fornido y parlanchín, le gusta más vagabundear por el bosque con la escopeta que manejar la garlopa, cepillando la madera.

Los Lincoln se trasladan por vez primera

Un día de 1814, cuando «Abe» apenas ha cumplido los cinco años, el padre comunica a la familia que deben marcharse de allí. Hay que ir a tierras más fértiles y generosas, y en el noroeste, se dice, las hay en abundancia. Así que los Lincoln abandonan el bosque y la pequeña cabana y repiten una vez más la experiencia del pionero. Ahora ciertamente sin los riesgos de ayer, porque los indios se han retirado hacia el Oeste o han aceptado, de buen o mal grado, las condiciones de paz. Y han cedido esas tierras más fértiles y generosas, de un territorio más cálido y acogedor, todavía en el Kentucky natal.

Abraham Lincoln hará, pues, la experiencia del pionero en este temprano viaje de Hodgenville a Knob Creek, que es, en efecto, un lugar más acogedor, a orillas de un riachuelo. La caza es abundante y, como máxima diferencia, está el hecho de que, muy próxima, pasa una carretera. Naturalmente, en Knob Creek los días transcurren más o menos como en el anterior lugarejo. Sarah, la hermana, a veces juega con el pequeño «Abe», pero generalmente ayuda a su madre: a ordeñar las vacas, a cocinar, a recomponer. Así que el pequeño atisba la carretera y, poco a poco, porque el tráfico es intenso, aprende que el camino une dos ciudades importantes: Louisville y Nashville.

También sus ojos se familiarizan con la aventura que él mismo acaba de vivir. El camino está lleno, casi permanentemente, de carros y carretas que trasladan enseres domésticos: catres, colchones, cocinas, cómodas, mil objetos pintorescos y a veces inútiles, que sólo poseen un valor emocional. Algunas de esas familias apenas hablan inglés o no lo hablan de ninguna forma. Si se les pregunta, dan siempre la misma respuesta: van al Oeste, muy lejos de Kentucky, al lejano Oeste; generalmente no dicen de dónde vienen.

Los juegos van terminando poco a poco. «Abe» escapa a la carretera, pero a los cinco años, en una casa como la suya, ya hay muchas cosas que un niño puede hacer. Y así, un día en que charla con un curioso personaje que va hacia el Este —casi un milagro—, vestido con un lindo traje de lana de cuadros y que le habla de cuan baratas eran hace media docena de años las tierras por este lugar, la madre le interrumpe y reprende porque ambos hermanos no trajeron la cesta de hongos que hay que secar para el invierno. Otro día la regañina sobreviene por no haber dado al perro la comida. Por mil menudencias.

Los domingos siguen siendo iguales. Sarah deja de trabajar, y ella y «Abe» escuchan a su madre cantar viejas baladas o narrar viejos cuentos. Otros, la familia se acerca a visitar a los primos, que también les acompañaron en el viaje. Y hay más cuentos, sobre los antepasados y la historia del territorio. El hogar es en estas tierras una escuela, donde se enseña todo. Donde se enseña a trabajar también. Porque sin cumplir siete años, el pequeño «Abe» empieza a acompañar a su padre a los campos. Y no para cazar, sino para ayudar en el manejo del arado y vigilar los aperos o los sacos de la semilla. Al regreso, el charlatán y bebedor Thomas Lincoln se detiene alguna vez en la taberna con su hijo. Este le ve cambiar, animarse, cantar, reír, contar chistes, contar su propia historia de cómo su hermano le salvara de los indios. En la imaginación del hijo estas escenas quedarán vivas. Y si no se refiere a menudo a ellas es porque muy pronto debió comprender cuál era la diferencia entre sus padres. Ella, silenciosa, seca a veces, serena siempre; él, de cambiante humor, según el whisky ingerido. Lincoln no probará el alcohol. Guardará un recuerdo idealizado de su madre y poco a poco irá rechazando la manera de ser de su padre.

¿Y la escuela? «Abe» acude a ella en estos primeros tiempos de manera muy irregular, en la medida que le permiten las necesidades de la casa donde él es una ayuda. La escuela, además, dista unas cuatro millas y hay que hacer el trayecto a pie. No siempre el tiempo lo consiente y no siempre está el calzado en condiciones.

Por estos días en que «Abe» Lincoln comienza a frecuentar la escuela, su padre, a quien el trabajo constante no parece hacerle demasiada gracia, cambia de oficio. Se ha convertido en inspector de carreteras y se ocupa un poco de funciones de policía. De manera que como el viejo cura de la escuela se limita a pasar entre los chicos un libro haciéndoles distinguir los signos como preparación a la etapa de aprender a leer, que vaya usted a saber cuándo llegará, a Thomas no le remuerde mucho la conciencia cuando se lleva al muchacho consigo trotando de acá para allá por los caminos de la región, aprovechando cualquier pretexto para hacerse obsequiar con un vaso a cambio de contar historias. Lincoln, que no beberá nunca, tomará en cambio buena nota de esta cualidad de cuentista de su padre. Escribirá sátiras y relatos, y algunos poemas. Y muy probablemente sus cualidades de abogado en el futuro hay que buscarlas en estos días en los que observa cómo la oratoria paterna encandila a la gente.

Segundo traslado a nuevas tierras

Hay que ir a Indiana, donde, además, se quitará de encima este oficio de tener de tanto en tanto que ponerle grilletes a la gente. Así que una mañana, Thomas Lincoln desenfunda la vieja hacha de su primer oficio de leñador y comienza a talar gruesos troncos de árboles. Ha elegido el río para el nuevo viaje y va a hacer una balsa. «Abe» ayuda al padre a apilar los troncos, a mantener las cuerdas tensas cuando el hombre los une formando primero el suelo, luego la pequeña casa flotante. Thomas tiene la intención de navegar por el riachuelo hasta el gran río Ohio, y luego por allí, en dirección al Sur y al Oeste, hasta el lugar elegido «de oídas»; si quisiera, pasando del Ohio al Mississipí y siguiendo hacia abajo, podría llegar al mar. El último día «Abe» ayuda a cargar diez grandes barriles. Están llenos de whisky, según sabrá más tarde, ya que el precio de la venta de la cabana han sido esos barriles y veinte dólares. El padre se aleja remando, río abajo. Cuando vuelve meses después a buscar a la familia, trae la boca llena de calificativos espléndidos. Indiana es el paraíso. La familia carga entonces los modestos enseres y comienza la nueva peregrinación. Llueve. Es otoño.

La nueva casa en Indiana será llamada Pigeon Creek, el Palomar. Estamos en 1816, Lincoln tiene siete años y se da cuenta de que es mucho más grande y ventilada que la choza de Kentucky. La han construido el padre y algunos de los primos que también les acompañan en esta nueva intentona. Poco a poco la familia se va reconstruyendo en Indiana. El padre al principio trabaja duro. Hay todavía más caza que en Knob Creek, y la tierra apenas si habrá que trabajarla; Thomas Lincoln añade un cobertizo a su cabana y ayuda en la construcción de los otros habitáculos familiares, ya que los abuelos maternos también se han venido aquí, y con ellos ha llegado compañía para «Abe»: el hijo adoptivo, Dennis Hanks, con el que Lincoln mantendrá relaciones toda la vida: durante muchos años afectuosas, después, cuando Denis termine revelándose como un parlanchín y un holgazán, progresivamente tensas y distanciadas.

Pero Indiana es un paraíso en estado salvaje. Ha habido que construir las cabanas muy próximas las unas a las otras para unir fuerzas y luchar contra el salvajismo de la naturaleza, una de cuyas manifestaciones son los osos, que, muy poco antes de la llegada de los Lincoln, mataron a un colono. La región, además, aunque más templada, es también más húmeda. Hay que mantener por ello el fuego perpetuamente encendido, y comer corteza del Perú para prevenirse del paludismo, porque abundan los mosquitos.

Y, poco a poco, empieza a parecer necesario alejarse del río e internarse en el bosque. Y es que la quinina deprime y quita fuerzas y la llana extensión asusta. Entonces, a hachazos, tarea en la que los niños de nuevo participan, se abren claros en la maleza. La vida, hecho el pequeño cambio, sigue su curso. Se siembra en primavera, se cosecha en agosto, se muele el centeno majándolo con el revés del hacha en el tronco de un árbol, se da de comer a los cerdos, se ordeñan las vacas, se está atento a que no falten ni el fuego ni el agua. En invierno es difícil lavarse con frecuencia. Y los domingos se va a casa de un vecino o se recibe la visita de varios vecinos, y junto al fuego del hogar se fuma, se toma rapé, se masca tabaco —jamás Lincoln hará ninguna de estas cosas— y se cuenta y se escucha. De nuevo historias, también cuentos de terror, que lo inhóspito de la región hace más terribles. En fin, la vida no ha cambiado mucho. Apenas sólo en el asunto de la escuela. Y en que a su edad, pese a que su pecho no esté muy desarrollado y sea frágil, «Abe» es ya un tipo alto y fuerte.

La muerte de la madre

Dos años después, en 1818, también en un día de otoño, Nancy, la silenciosa, rubicunda y fornida Nancy, muere. De una enfermedad de pioneros, el llamado mal de la leche, que en forma de epidemia se extiende por la región y ataca lo mismo a personas que a todo ser viviente. Han muerto ya docenas de animales domésticos. Morirán también los abuelos.

Durante unos pocos días el niño de nueve años asiste a la llegada de la muerte y se familiariza brutalmente con ella. Hasta tal punto que verá cómo su padre saca de nuevo el hacha, corta troncos cercanos, los desbasta, toma la medida del cuerpo de su madre, fabrica el ataúd, cava la fosa en un lugar cercano. No le extraña demasiado; desde que comenzó la epidemia, su padre no ha hecho otra cosa que preparar ataúdes. Ante la fosa, una breve escena religiosa. Para algunos amigos de Lincoln, en este momento se diferenciarán para siempre en el espíritu del niño su padre y su madre. Su padre, de humor cambiante, al que de vez en cuando se le iba la mano en los momentos de irritación, empezará a ser identificado con todo lo malo; su madre, silenciosa, perpetuamente en el trabajo, con todo lo bueno.

Acaso porque no es grato para nadie reconocer que se lleva dentro esta lucha y esta sentencia, Lincoln, cuando le pregunten por su niñez, saldrá con evasivas y preferirá evocar montes y paisajes, o resumir no sólo estos años sino los demás que han de seguir hasta que se dedique a la política en una frase tomada de un poeta. «Todo ello —le dirá a un periodista que le interroga— puede condensarse en una sencilla frase, y esa frase la encontrará usted en la Elegía de Gray: “Breves y sencillos anales del pobre.”»

En efecto, lo que hemos podido vislumbrar parece bien sencillo y propio del pobre; no es espectacular, cabe resumirlo en unas pocas anécdotas de las que cientos de miles de hijos de colonos podrían decir otro tanto. Pero esa sencillez, brevedad y pobreza están forjando un carácter en el cual la dureza, la tenacidad, la capacidad de ensimismarse, el gusto por las cosas sustanciales, el desdén por el dinero; pero también la búsqueda de una posición social y útil a los demás, son rasgos decisivos que no se consiguen sin dificultades. Por ello, aunque sea breve y sencillamente, hay que seguir atisbando en estos otros años de adolescencia que terminarán cuando Abraham Lincoln, conforme a la tradición americana, quede emancipado, libre de marcharse del hogar paterno.


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Introducción

NO parece sencillo relatar la aceptación de una madrastra. Y sin embargo, un año después de la muerte de Nancy Hanks, su viudo, Thomas Lincoln, emprende de nuevo un viaje regresando por la misma dirección por la que llegó hasta Pigeon Creek. Volverá en una carreta, meses después, en un día de diciembre, con otra mujer. Sus hijos lo saben porque ya medio se lo avisaron los familiares y han debido meditar y charlar mucho sobre cómo será «ella». Y ahí la tienen, en lo alto del carro. Ignoran que su padre la cortejó en Kentucky antes de unirse a Nancy. Aunque lo supieran, el dato importaría poco. Lo que cuenta es verla.

«Ella» también es viuda y la acompañan tres criaturas. Al bajar del carro, el padre hace las presentaciones de esta familia nueva que, de golpe, se ha multiplicado por más de dos. De un lado, los Bush: John, Matilde y Sarah (la segunda Sarah); del otro, los Lincoln: Sarah y Abraham. Un apretón de manos y a esperar. Con mucha desconfianza. Pero en estos «breves anales del pobre», se impone decir de inmediato que el niño Abraham Lincoln habrá encontrado en su madrastra —Sarah Bush Johnston, la tercera Sarah de la casa— una ayuda inesperada y benéfica.

En sus horas de meditación, muchas en su adolescencia y juventud, «Abe» toma buena nota de la lección. Aquel primer cortés y desconfiado apretón de manos se ha convertido en cariño mutuo. También el introvertido «Abe» se da cuenta de que, frente a todas las suposiciones sobre los lazos de la sangre, su padre se lleva mejor con su hermanastro John, que es más dicharachero y, sobre todo, voluble.

También resulta muy difícil, y ninguna biografía de Lincoln pone en su boca nada explícito, averiguar el proceso de afectos y razonamientos que llevaron al huérfano «Abe» a aceptar esta situación y a sacar conclusiones de ella. Pero el hecho es que las sacó. Querrá y respetará a Sarah Bush siempre. Porque ella será quien luche por reunir las especies —maíz, animales— con que se paga la escuela y la que le incite a frecuentarla. Cuando un día entren en la cabana los primeros libros, ella será quien le aliente a leerlos; invitándole a que se coloque junto a la ventana, trayéndole una bujía. Ella tendrá para el muchacho toda suerte de atenciones. Y seguirá preocupándose hasta el final por él.

Hay, por ejemplo, un dato de enorme importancia, en el cual la madrastra juega un papel capital. En cierto momento, a través de sus parientes paternos, quienes quizá se lo cuenten con alguna mala intención, «Ate» tiene conocimiento de que hay otros parientes y primos de su padre que son ricos. Unos en su Kentucky natal, otros en el Sur. Y también, acaso, empieza a oír algo oscuro de los Hanks: su madre desciende de una rica familia sureña de Virginia, de la cual era hija ilegítima. En este instante, el joven Lincoln, que tal vez ya se ve un poco distinto a los suyos, por su madurez, por su afición a la lectura, medita y comienza a sacar conclusiones. Una de ellas en torno a la riqueza y la fortuna ligada a la laboriosidad, de la cual su padre es el ejemplo negativo. Otra, que las cualidades más nobles de su carácter no provienen del linaje de los Lincoln, sino de gentes refinadas.

Sabemos que estas dos semirrevelaciones impresionaron tremendamente a «Abe», porque, ya camino de la cúspide, tendrá una conversación con un amigo y lo explicará así, aludiendo a la inmensa ternura de su madre muerta tanto como a su herencia de cualidades del caballero virginiano. Hay que suponer, pues, la cantidad y calidad de diplomacia y tacto que Sarah Bush hubo de desarrollar cuando, en algunos momentos, surgen disputas por estas ideas entre «Abe» y su padre. Cómo debió insistir una y otra vez en el valor del propio trabajo personal, de la satisfacción íntima conseguida, para que el joven Lincoln no descarriara su mente soñando en parientes llenos de virtudes, pero ligados en cambio a la grande y dramática paradoja de la nación: la esclavitud.

En efecto, en «los anales del pobre» de Lincoln no hay mucho que contar, pero de cada pequeño episodio puede sacarse un ingente caudal de sutilezas. Y es que esa sencillez produce años después un carácter de una pieza, con luces y sombras, con altos y bajos, pero, y éste es el rasgo fundamental, capaz de crecerse cuando las circunstancias lo requieren.

La formación de un autodidata

En este sentido resulta necesario pararse a examinar la base de la cultura de Lincoln. De un lado, su asistencia a la escuela, que es irregular y que, según el propio Lincoln, sumando todos los períodos, apenas llega a dos meses. De otro, las horas gastadas por su propia voluntad en aprender por sí mismo a leer, a escribir y sumar. Este esfuerzo de autodidacta comienza a los ocho años cuando aún vive su madre. Y prosigue después, claramente auxiliado por la madrastra, Sarah. Por lo que se refiere a las bases de su cultura son, como ocurre en todo autodidacta, heterogéneas. No hay nadie que le ayude en la selección de los textos. Nadie que le explique el valor real de cada uno y el por qué gozaron de fama en el momento histórico en que surgieron. Lo que poco a poco tiene a su disposición cuando ya ha aprendido a leer es la Biblia; las Fábulas de Esopo; Robinson Crusoe, de Daniel de Foe; El viaje del peregrino, de Bunyan; una Historia de los Estados Unidos; la Vida de Washington, de Weens. Lo que hay fuera es el periódico que lee ávidamente cuando acude al villorrio más próximo, Gentruville, a la tienda a hacer la compra semanal.

Pero naturalmente, la riqueza extraída de cada una de esas lecturas es necesariamente grande. Por ejemplo, las vidas de Washington y Franklin están llenas de anécdotas sobre la guerra de la Independencia. Su padre también las cuenta, repitiéndolas una y otra vez. Parece lógico pensar que, comparando unas y otras versiones, el joven «Abe» termine cayendo en la cuenta de que un relato oral fascina y un escrito convence. Hay que suponer también que el Robinson Crusoe le habrá forzado a establecer un paralelo con su propia vida de colono aislado y le habrá llevado a formular los primeros pensamientos sobre la capacidad de inventiva de todos los hombres y de todas las razas, pues Viernes, el inesperado ayudante de Robinson el náufrago, es negro. En fin, no es cosa de deducir sino de contar. Pero con lo dicho basta para hacerse una idea de cómo debieron de impresionar estos libros a Lincoln. Y los que los siguen, igualmente heterogéneos: El Diccionario Etimológico de Ballay —un verdadero tesoro para comprender el significado de la lengua inglesa—, que inesperadamente aporta uno de sus tíos. O las Lecciones de Elocución de Walter Scott, un manual para formar oradores donde se cita el ejemplo de algunos grandes tribunos como Demóstenes; o escenas de Shakespeare, al tiempo que se proporcionan reglas para el recitado. Y finalmente el Kentucky Preceptor, una especie de enciclopedia que incluye pensamientos sobre las mujeres y el valor, la libertad y el deber, el discurso inicial de Thomas Jefferson, la esclavitud, y muchas cosas más.

Todos estos libros, que en un estudiante ordinario habrían dejado huellas diferentes, y alguna de ellas poco profundas, en la cabana de Indiana, leídos y releídos, terminarán por no poder ser olvidados nunca. Ayudarán también a formar un carácter melancólico, necesariamente retraído.

Pero al mismo tiempo «los sencillos anales del pobre» continúan. «Abe» ayuda a su padre. Practica el oficio de leñador. Escucha las conversaciones en la tienda, trabaja en la granja. Oye hablar de los negreros del Sur y de las opiniones sobre la construcción de una iglesia de la comunidad. Y como la tradición en la sociedad de los colonos es la del diálogo, poco a poco se va soltando en las reuniones. Aunque hace versos, que enseña a algún amigo, nadie le toma por un ser especialmente raro. Tiene sus cosas, como todo el mundo. Es tozudo; pero, ¿quién no es tozudo allí?

Cuando termina su adolescencia, Lincoln es uno de esos cientos de miles de hijos de pioneros que no saben muy bien lo que quieren pero que están dispuestos a meterse en cualquier asunto, porque así lo hicieron sus padres y sus abuelos. Tiene «sus manías», pero es un típico representante del rudo Oeste de la época.

A los dieciséis años, «Abe» es considerado el mejor leñador del distrito. A los diecisiete da un último estirón que configurará para siempre su alta y desgarbada figura, de manos huesudas y poderosas, de brazos desmañados pero que producen una extraña sensación de energía. Durante unos meses aún va a una escuela próxima por esta época, completando así su formación escolar de un año en toda la vida. Ya tiene fama de retraído. Quizá contribuya a su retraimiento el paludismo que, inevitablemente, ha hecho mella en él. Sin embargo, lo llaman para matar una ternera o talar un árbol robusto. Y él confiesa lo que para nadie es un secreto, que le gusta más leer o meditar que montar a caballo o internarse en el bosque.

Pero junto a estas rarezas hay otras muchas cosas que comparte con sus convecinos. Sus maneras desgarbadas le han valido una reputación un tanto cómica y a él le agrada. En medio de una cuadrilla que trabaja en el campo, saca un libro y se pone a leer procurando que los demás atiendan a la lectura. Otras veces improvisa discursos sobre mil temas. Lo hace del modo que solía hacerlo su padre. Y habla de historias antiguas o de las elecciones o del aprovechamiento del río como lo haría Esopo. Son sus primeros discursos. Sus compañeros ríen. Sobre todo cuando imita al pastor, el típico clérigo aldeano del lugar, su ejercicio favorito entonces.

Aparece una extraña personalidad

Sólo que este tipo con «sus cosas», cada día tiene «más cosas», poco a poco se hace más raro. Los rasgos diferentes son día a día más numerosos. El hijo de un cazador no quiere salir a cazar. En otro momento, la emprende con un grupo de muchachos que tratan de asar viva a una tortuga. Y a continuación escribe un breve ensayo, que lee, condenando la crueldad con los animales. También redactará otro contra los ebrios y el aguardiente, artículo que alguien lee a las gentes de la ciudad. Un día salva a un perro de morir ahogado entre las aguas turbulentas del arroyo en la estación del deshielo. Lo cual no impide que su fortaleza le haga temible en las peleas cuerpo a cuerpo o que sus largas piernas le faciliten el triunfo en las carreras y juegos de saltos que en la jornada del domingo llenan el ocio de los jóvenes de su edad. Naturalmente, todas estas «cosas» dejan perplejos, cada vez más perplejos, a sus vecinos. Que además de reírse, o tomarle por un tipo cómico, se preguntan a qué se dedicará y por dónde saldrá «Abe» en la vida. El propio «Abe» también se lo pregunta, no menos perplejo. Más adelante confesará que sólo tenía un propósito: no quedarse en leñador, en una cabana perdida entre los bosques, y vivir de su cabeza. El, que liberaría a los esclavos, siente que el trabajo manual no le gusta ni le libera.

Pero, sin embargo, la vida se la gana con los brazos. A veces baja hasta el río —el Ohio— para, esperando junto al muelle donde los viajeros toman el transbordador para la otra orilla, cargar maletas y ganarse medio dólar por algo que le cuesta poco trabajo. Esto le proporciona un nuevo tema de meditación sobre las propinas y el trabajo servil.

El modo de ser del joven Lincoln acaso lo resuma adecuadamente una muy famosa anécdota ocurrida después, ya independizado de su padre, cuando se instala en New Salem. La contará uno de sus patronos, un granjero de aquellas comarcas. «En verdad, dirá, que si algo estimulaba su ambición para realizar un trabajo, se ponía a la faena con una energía prodigiosa, pero yo le tenía por bastante inútil. Lo encontré un día encaramado en el almiar, leyendo un libro. ¿Qué estás leyendo?, le dije. No estoy leyendo, estoy estudiando, contestó tan orgulloso como un Cicerón. ¡Gran Dios Todopoderoso!, fue mi réplica, porque, ¿qué iba a decir a quien se portaba de esa manera?»

En efecto, ¿qué iba a decir un granjero ante quien, siendo el primero en muchas faenas, estando tan fuertemente dotado para el trabajo rústico, sin embargo se aisla en lo alto de un almiar? Y qué mezcla de orgullo e insolencia la de ese mozalbete que corrige: «no leo, estudio», marcando así una diferencia capaz de poner de malhumor a un alma sencilla para quien el estudio es cosa de gentes acomodadas que se lleva a cabo en escuelas, en las ciudades. La ambición de los pioneros, la de su abuelo, de su padre y de sus tíos, también ha arraigado en el joven «Abe». Sólo que a él no le lleva a descubrir nuevas tierras más fértiles. El también querrá moverse, pero por otros caminos.

Lincoln busca horizontes nuevos

Por de pronto, su primer viaje en busca de la fortuna no lo hace con una caravana más o menos familiar. Baja por el Ohio y luego el Mississipí, hasta llegar a Nueva Orleáns. Hay dudas entre los biógrafos, pero todo parece indicar que el primer viaje de Lincoln al Sur tiene lugar en 1828. Parece ser que el motivo de todo es la boda de su hermana Sarah, que morirá de parto al año siguiente, aumentando la melancolía del joven. En la boda de su hermana, Abraham tiene la ocasión de ojear los documentos familiares. Y las viejas alusiones que corren en la familia sobre el origen de la madre muerta se concretan. Se aclarará, por ejemplo, que Mrs. Sparrow, a quien llama abuela, no lo es propiamente, es sólo tía de Nancy Hanks. ¿Por qué una Sparrow, por qué otra Hanks? En los documentos no se aclara nada definitivamente, pero ese punto oscuro confirma que las gentes del Sur están metidas en su sangre, ya que otros detalles sí se aclaran al fin. Sabe ya, por ejemplo, que su abuela verdadera ha sido echada de casa por tener un hijo natural y que ésta, Nancy, ha sido criada por la que llama su abuela. Lincoln, que conoce de memoria la vida de Washington y muchos detalles sobre la vida en la Virginia de los tiempos de la independencia, ha debido gastar muchas horas en reconstruir sucesos que ya son irreconstruibles. Sólo le queda una solución, ver de cerca aquello. Ya que no podía conocer esa rama de su familia, se relacionará con gentes que son como ellos.

La ocasión se presenta con relativa facilidad. En una de sus visitas a los muelles del cercano río le sale una oferta. Como se le tiene por un muchacho hábil y robusto, un hacendado del lugar le contrata para que le baje una mercancía agrícola a Nueva Orleáns. «Abe» no se lo piensa dos veces. Arregla una barcaza con el hijo del hacendado, la carga con la mercancía, trabajando como un forzado, y conduce la balsa durante varias jornadas, primero por el Ohio hasta El Cairo, donde se encuentra la confluencia con el Mississipí. De allí, navegará ya por «el viejo y profundo gran río», amarillo turbio, inesperadamente ancho hasta confundirse con un extraño mar. Es en este viaje, en el que transporta ganado y harina de maíz que debe cambiar por algodón, tabaco y azúcar, donde traba el primer contacto con los negros.

Un espectáculo insólito: la trata de negros

Sucede una noche en una plantación a orillas del «old man river», el Mississipí. Lincoln y su compañero han tenido ya que sortear los peligros propios de un viaje fluvial: arenas, escollos, rápidos. Esta noche, una banda de negros se aproxima sigilosamente a la barcaza con la intención de robarla. Lincoln se despierta a tiempo. Se entabla una lucha. Los negros huyen y Lincoln y su camarada los persiguen. Regresa con un ojo herido, e indignado. Por de pronto, parecen tener razón quienes acusan a los negros de ladrones, vagos, maleantes y de carecer de sentido moral.

Pero Nueva Orleáns completa el panorama, le introduce en la otra cara del problema. Antes, desde la barcaza sólo ha podido contemplar de tanto en tanto las llanuras sembradas de copos blancos de algodón. Pero nada revela la clase de trabajo que allí se realiza. Hay que saber, como lo saben «Abe» Lincoln y todos sus compatriotas, que lo realizan esclavos y que es un trabajo duro. Sin embargo, trabajar la tierra es duro también en Indiana.

Sólo que apenas desembarcado, un curioso tipo de letreros atrae sus miradas. Tal vez el primero haya sido uno de esos anuncios que comienzan diciendo: «Cien dólares a quien devuelva a mulato corpulento, ojos negros, tez tan blanca que podría pasar por blanco, atiende al nombre de Sam». En la siguiente esquina, otro aviso: «Pago en todo momento y al contado los mejores precios por toda clase de negros...» Y otros pocos pasos más, y una casa de contratación.

Todo lo que oyera contar a su padre, al pastor, a los convecinos, cada vez que salía el tema de la esclavitud, toma cuerpo. En una tarima, el vendedor de esclavos trata de llamar la atención sobre su mercancía a quienes en la sala se pasean y se saludan satisfechos, tostados por el aire de las plantaciones, bebiendo whisky o contándose chismes. De tanto en tanto, uno de ellos levanta la vista hacia la tarima, observa la mercancía, comenta algo o toma notas sobre cualquiera de los ejemplares negros que pasan y repasan en círculo, desnudos y encadenados. En la rueda, de pronto, aparece un ejemplar que llama la tención: es una guapa mulata. El vendedor levanta algo más la voz; quien la adquiera se lleva una verdadera ganga. Algunas sonrisas y comienza la subasta. Suben los precios.

Lo más increíble a los ojos de este rudo leñador que todavía es «Abe» Lincoln son los modales. El refinamiento. Los tostados campesinos que chismorrean y beben whisky o toman notas no tienen nada que ver con los campesinos de Indiana o Kentucky. El ya sabía por los libros que existían estas maneras aristocráticas, casi de la vieja y odiada nobleza europea que hizo escapar a la tierra de América a los primeros pioneros. Sólo que una cosa es leer y otra observar la delicadeza de todos, incluido el vendedor que lleva la subasta. Sonrisas, leves ademanes de las manos, guiños, ingeniosidades, todos ellos vestidos con ricas telas. Aquí en esta sala de venta de «madera de ébano», y en el resto de la ciudad, que es un mundo de color, de elegancia, de lujo pintoresco y atrevido, donde los uniformes de mulatos y negros que portan la sombrilla de una dama o ayudan a descender a un caballero de un faetón constituyen todo un espectáculo.

Lincoln pasa pocos días en Nueva Orléans. Justo para llevar a cabo el intercambio de mercancías y para sorprenderse ante el ritmo, la animación de las calles, la iluminación nocturna, el ajetreo de salones y tabernas. Y la presencia discreta, ahogada, de los rostros negros.

Lincoln se examina a sí mismo

Cuando al final de un viaje de tres meses llega a su casa, ha ganado veinticuatro dólares y una experiencia incalculable. Todo, absolutamente todo lo que ha ido formando su personalidad y su carácter carecía de valor en Nueva Orleáns. Sus chistes e imitaciones del pastor, que divierten a sus convecinos, en la ciudad sureña no habrían merecido un esbozo de sonrisa. Su timidez, que le ha ganado fama de huraño y también de ser capaz quizá de hazañas importantes, aquí se ha convertido en paletería. Su saber de autodidacta, con la media docena de frases que ha cambiado con quienes ha de cerrar el trato, se ha revelado como una cosa insignificante. Y su atracción por el Sur, su convencimiento de que las cualidades nobles heredadas de su madre provenían de esta tierra, acaso se ha confirmado. Estremecido por el espectáculo de la trata de esclavos, indignado y silencioso ante humillantes escenas, no puede, sin embargo, dejar de reconocer que un mundo de refinamiento es atractivo y algo ha de tener, algo que ha de merecer salvarse.

Se dice que el joven Lincoln, antes de este viaje a Nueva Orleáns, había decidido ser abogado porque en uno de sus viajes por la comarca de Indiana había oído hablar de uno, famoso en todo el contorno. Puede tratarse de una anécdota falsa, como muchas de las que se construyen alrededor de los hombres famosos. Seguramente le decidieron a elegir ese camino pequeñas decisiones, el aprovechamiento de sus facultades para leer, para hablar en público; y también la constante práctica y enfrentamiento con situaciones de injusticia; tener que escoger entre la madre idealizada y el padre con el que cada día se entiende menos; el comprobar que ser hijo de humilde no le facilita las cosas; el ejemplo de su hermana Sarah, recién casada y que recibe un trato desdeñoso de los parientes de su marido, esos Grisby contra quienes escribirá una sátira.

Pues bien, si todo eso, día a día, casi sin querer, va decantando su vocación hacia el ejercicio de la abogacía, parece innegable que el encuentro con Nueva Orleáns ha de marcarle para siempre. Y no hace falta que el joven Lincoln pronuncie grandes frases. Hay que ponerse en su lugar. El, intrigado por el Sur, atraído por él a través de la imagen de su madre, se siente herido en sus convicciones, pero no hasta el punto de que esa atracción se borre del todo. Su actitud moderada y ambigua a la hora de la guerra civil quizá tenga, en parte, una explicación en estos lejanos episodios.

Nuevo traslado de la familia Lincoln

Al regreso del viaje a Nueva Orleáns, «Abe» encuentra a su padre dispuesto a iniciar una nueva aventura de pionero. Otra vez hacia el Oeste. Unos parientes que viven en Illinois aseguran que aquello sí que es el paraíso terrenal. Por supuesto que le han dicho también que en la región reina la fiebre. Pero el viejo Thomas no ha hecho fortuna en Kentucky, no la ha hecho en Indiana, acaso sea ésta la última oportunidad. De cualquier forma, es la manera de dejar atrás algunos pleitos y deudas que lleva consigo todo labrador al borde de la quiebra. Así que la familia Lincoln obtiene ciento veinticinco dólares por sus propiedades de Indiana y marcha hacia la región de Decatur, junto al río Sangamo, formando parte de esas innumerables oleadas de pioneros, de desencantados que han colonizado América.

En esa oleada los Lincoln aportan ocho personas, cuatro criaturas y catorce cabezas de ganado. Se distribuyen en dos carros, uno de los cuales conduce «Abe», el cual, quizá porque se le acerca la edad de la independencia, decide actuar pragmáticamente: invierte su dinero en botones, agujas, ligas, artículos de mercería, cuchillos y todo lo que es esencial y caro en las regiones del Oeste. Con esos treinta dólares espera hacer un gran negocio. Es el salto en la familia: un padre pionero, un hijo comerciante, que no depende ya de la tierra sino de la habilidad y la iniciativa. En esta primera ocasión, «Abe» logrará un éxito relativo: venderá la mercancía por el doble. En otras, las cosas le irán peor. Pero el comercio será siempre algo esporádico en él.

En este momento, corre el año 1829, «Abe» ya tiene la personalidad formada. Aún falta tiempo para que encuentre su camino personal. E incluso cuando las circunstancias poco a poco le vayan metiendo por el camino para el que se encuentra dotado, dudará. Pero, desde luego, este fuerte solitario, este leñador que lee voraz y repetidamente los libros que quedan a su alcance, este hombre que no deja pasar ocasión de hacer un discurso o entretener a un auditorio imitando a un convecino, este chico que es hábil con las manos pero que quiere encontrar un oficio que no sea campesino, no tiene muchas cualidades para el comercio. Sólo que no quiere ser campesino.


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Introducción

EN Illinois, tierra casi virgen cuando los Lincoln llegan en 1829, «Abe» Lincoln dejará de ser campesino. Le va a facilitar la elección un factor que no es, como muchos rasgos en su vida, estrictamente personal, sino común a la vida americana. Cuando los Lincoln llegan a Illinois, Abraham está en el límite de la dependencia del padre. Es costumbre que al alcanzar un joven su mayoría de edad se considere desligado de la dependencia paterna y, por consiguiente, capaz ya para volar por cuenta propia. Parece seguro, aunque los datos sobre estos primeros tiempos son muy contradictorios, que Abraham tenía ya algo previsto, puesto que invierte sus ganancias del primer viaje a Nueva Orleáns cuando la familia inicia el viaje a Decatur. Pero aún ha de ceñirse a la tradición antes de ser dueño de sí mismo. Los Lincoln han de instalarse y «Abe», sean cuales fueren sus planes íntimos, no se escabulle. El viaje de Indiana a Illinois —unas 200 millas— ha durado quince días. Ha sido duro. En él, «Abe», en una noche glacial, ha tenido que vadear el río con las piernas desnudas para rescatar uno de los perros de la familia que se quedó en la otra orilla. Los comienzos en la región de Decatur serán igualmente duros. Por de pronto, los recién llegados se alojan en la casa de los parientes que les indujeron a venir con sus informaciones sobre el «nuevo paraíso». Es una cabana más y hay que hacinarse en ella porque pronto llega la nieve. Después, en primavera, hay que ponerse al trabajo de construcción de la cabana propia, donde los brazos de leñador de «Abe» resultan imprescindibles. Le ayuda su primo John Hanks. Durante meses «Abe» se olvida de todo lo que no sea construir la nueva cabana, la empalizada, la preparación de la tierra. Y, eso sí, algo le favorece. Su fama se extiende pronto por la comarca, pues nada más llegar ha vencido en un desafío al campeón local. Si bien hay que añadir de inmediato que será derrotado otras veces. Pero estas cosas cuentan en la vida de un muchacho que se sabe a punto de ser hombre, libre y dueño de sí. De manera que este hijo de pionero, pionero a la fuerza él, puesto que ha conocido cuatro regiones distintas ya a estas alturas de su vida, se encuentra con que esta nueva tierra le recibe con buenos augurios y seguramente ello pesará en su cariño a Illinois.

Lincoln pronuncia su primer discurso

Por de pronto aquí encuentra también, gracias a un vecino, antiguo comandante que ganara sus grados en la guerra de Independencia, una ampliación de sus lecturas. Y aquí, y es acaso decisivo, pronuncia su primer discurso: durante una de las reuniones, uno de los labradores de la comarca se opone a las obras de reforma del río Sangamo que la colonia quiere proponer al Congreso del Estado, Lincoln, que casi naufragó en el Mississipí, que ha navegado por el viejo y gran río de América en un viaje de mil millas hasta el mar, cree que hay que canalizar el que pasa por su comarca. Y uno de sus primos le decide a intervenir en una asamblea no oficial de campesinos.

El muchacho gigante se sube a una caja, empieza a hablar y pulveriza los argumentos de su opositor. Hasta ahora sólo había sido narrador de historias, declamador de libros e incluso lector de propios textos, imitador de los modales de otro orador, pero no orador él mismo. En esta ocasión se estrena. Se enfrenta con esa situación peculiar que consiste en tener que decir algo de tal manera que un auditorio quede pronto y durante tiempo prendido de la palabra que va surgiendo fiel a una idea central, pero imprevisible al tiempo, ajustada también a la expresión de aburrimiento o cansancio de un rostro o de todo el auditorio.

Naturalmente, en esto tampoco cabe decir que Lincoln constituya una excepción entre sus conciudadanos de la época. Son miles los muchachos y los no tan muchachos que se suben a un cajón en la América de los años treinta del pasado siglo. Unos para proponer reformas políticas. Otros, para convencer a una multitud de que linche o no linche a un ladrón de ganado; otros para vender una mercancía. Los niños de América entera están hechos a introducirse en un corro y escuchar. Todavía no ocurre, como sucederá más tarde, que se les enseñe la práctica para una intervención en las asambleas, en las escuelas. Es todavía algo espontáneo. Esas asambleas y esos discursos surgen por cualquier motivo. Y siempre hay motivos: juicios, disputas vecinales, sin contar los mítines estrictamente políticos o los sermones religiosos.

Obligados a vivir en cabanas aisladas, a las gentes del Oeste que avanza les gusta reunirse para discutir los pros y los contras de todo: construir una iglesia, dotarla de una campana, abrir un canal de riego común, luchar contra unos salteadores, discutir una nueva peregrinación hacia la frontera...

Por otro lado, la tradición americana necesita la oratoria. América, lo que fue originariamente la Nueva Inglaterra, se ha formado con gentes que huyeron por no poder expresar en voz alta sus opiniones religiosas y han transmitido de generación en generación el gusto por afirmar en voz alta sus opiniones. Esas gentes, además, creían en el derecho a interpretar libremente el libro sagrado, luego, en consecuencia, llegado el momento, querían expresar en voz alta lo que pensaban. Y finalmente, esa gente no estaba en América como colonos del rey, había pagado su viaje, había negociado su independencia, se dedica al comercio. Se ve muy lógico que la oratoria fluyese sola. Podía ocurrir, como ocurrió, que las comunidades se encerrasen en sí mismas negándose a comunicar con los demás :los cuáqueros con los puritanos, y éstos con los mormones; o, desde el punto de vista racial: alemanes con polacos; pero todos practicaban con intensidad la oratoria.

En Europa, por esa misma época, con la excepción de Inglaterra, los oradores se limitaban a muy escasos parlamentos. En América, calles, esquinas, explanadas de las iglesias, tabernas, eran pequeños parlamentos.

Pero seguramente lo que tiene más importancia en estos primeros tiempos de la estancia de Lincoln en Illinois no es que pronuncie su primer discurso, sino que, como ya se ha dicho, abandone definitivamente su condición de campesino.

La fama de su fuerza sigue siendo mayor que la de sus conocimientos. Y basándose en ella, un campesino llamado Offut, que sin duda sabía ya de aquel primer viaje a Nueva Orleáns, y que desde luego debe haber asistido a alguna proeza física de «Abe», a alguna demostración de su habilidad manual, le contrata junto con su primo Hanks y le envía al Sur con un cargamento mayor que el del primer viaje y un sueldo de dieciséis dólares mensuales. Estamos en 1831.

Como es de rigor, el padre no ve con buena cara el proyecto. Pierde al más fuerte, y al mismo tiempo al más barato jornalero de su pequeña finca. Pero tiene que resignarse. «Abe» está ya en edad de emanciparse. De modo que el joven Lincoln se pone a construir una gran almadía, y después, bien trajeado, vistiendo sombrero por primera vez en su vida, se marcha río abajo. Es primavera y acaba de cumplir veintidós años.

Esta segunda estancia en el Sur va a tener todavía más importancia que la primera. O, para ser exactos, otro tipo de importancia. En el primer viaje contó el deslumbramiento, la sorpresa y también el apocamiento, la timidez ante el brillante y profundo Sur. En esta ocasión, todo irá más despacio y va a haber tiempo de meditar.

Hombre del Norte, reflexiona y observa en el profundo Sur

Todavía el tema de la esclavitud no ha cobrado la virulencia que tendrá 20 años después. Pero es ya el tema polémico de la nación que se está haciendo.

Entre el Norte y el Oeste —o la Frontera— hay muchas diferencias de vida. En el Norte dominan las ciudades, los campesinos viven para ellas. Dominan, pues, el comercio y una industria cada vez más poderosa. En el Sur todo gira en torno a las plantaciones de algodón, donde los propietarios, como los antiguos señores de la tierra en la Europa feudal, viven ostentosamente, rodeados de lujos y rutinarias dulzuras, sostenidos por los esclavos negros descendientes de los traídos de Africa hace años, y todavía ahora, aunque la trata esté prohibida. En el Norte y la frontera, pues, los hombres se sienten libres. Más libres, quizá, cuantas más veces han podido escapar a su mala suerte, ya que esos viajes en busca de la fortuna son una prueba de su libertad. No acaban de entender, pues, que en el Sur haya esclavos. En el Norte, además, hay gentes que opinan que los negros serían una mano de obra mucho más barata que las gentes que periódicamente llegan de Europa tras cada oleada de persecución, tras cada revolución frustrada o cada crisis económica que provoca miseria. Los negros, al fin y al cabo, ya hablan inglés. Mientras que en los barcos llegan gentes de todas las nacionalidades. Y eso plantea problemas.

El Sur replica con argumentos. En primer lugar, el negro no es capaz de trabajar duramente. Sólo sirve para las ligeras labores de las plantaciones, donde la riqueza de la tierra y la bondad del clima hacen todo el trabajo. En segundo lugar, los únicos hombres libres, los únicos descendientes dignos de tal nombre de los que liberaron América son ellos y no esos obreros, empleados y campesinos mal pagados del Norte o la Frontera, que se pasan horas y horas al día trabajando con mucha mayor dureza que sus esclavos. Por otra parte, si no hubiese esclavos, ya contarían los cuáqueros y puritanos cómo iban a obtener el algodón para sus factorías; ¿de dónde saldría? Y, finalmente, los padres de la patria, los libertadores, Washington y Jefferson, por ejemplo, tenían esclavos.

Son, pues, dos mundos que no se entienden y que se necesitan. Entre otras cosas, se pasan la vida hablando mal el uno del otro. Lo cual constituye la mejor prueba de esa necesidad. Lincoln observa curioso y anota en su mente esta significativa contradicción.

Dueños y tratantes de esclavos

En este su segundo viaje al Sur, Lincoln permaneció un mes entero en Nueva Orleáns, y un incidente fortuito le facilitará el despegue del hogar paterno y la instalación en New Salem, una pequeña ciudad fronteriza entre el Norte y el Sur, centro de mercancías, avanzadilla en Illinois del tráfico comercial por el río.

Lincoln, seguramente porque esta vez lleva dinero, aprovecha su segunda estancia en la gran ciudad sureña para poder decir al menos que en verdad la conoce.

De nuevo el choque entre este campesino frugal, hecho a las privaciones, y la vida muelle de la gran metrópoli ha de resultar tremendo. Si Lincoln hubiese viajado a Boston o a Nueva York habría encontrado también el lujo, el refinamiento, las desigualdades; pero, en Nueva Orleáns, la existencia de esas desigualdades está muy clara: la frontera entre las clases y la desigualdad se sitúa en el color de la piel. Ciertamente, los criados negros no parecen en exceso infelices; ciertamente hay blancos pobres, pero lo fundamental salta a la vista: los esclavos negros sostienen la riqueza blanca.

Consciente de que su familia, de que él mismo lleva este Sur en las venas, amplía las experiencias del viaje anterior. Vuelve a las casas de contratación de esclavos. Y se repiten las mismas escenas. También percibe la desconfianza de los sureños hacia los individuos que, como él, provienen del Norte. Y es que en el Sur se les tiene por gente salvaje. Un famoso predicador de Virginia ha presentado a los laboriosos habitantes de Massachusetts como comedores de ostras. Los colonos del Oeste tienen que ser, por tanto, aún más salvajes.

Ante Lincoln se despliega en este mes el entramado social del Sur. Puede observar, por ejemplo, que los traficantes de esclavos, los vendedores, son despreciados, como puede serlo un verdugo. Se entera también de que, desde hace veinte años, la trata ha sido prohibida, de que, como hay que criar los esclavos en el país, resulta más rentable alquilarlos que poseerlos y de que las grandes fortunas ahora las hacen estos alquiladores. Lincoln no se conforma con lo que descubre en Nueva Orleáns: la ciudad vive del comercio, del puerto, del tráfico marítimo y fluvial, importa mercancías de Europa o del Norte, exporta hacia el Norte algodón y arroz, centraliza el comercio de venta y alquiler de esclavos. Pero aquí en la ciudad, el negro trabaja de criado o en oficios humildes. Hay que conocer las plantaciones.

«Abe» alquila un caballo y comienza una serie de viajes. Se encara así con las grandes mansiones sureñas, verdaderos palacios cobijados por jardines espléndidos. Ante ellos, las chozas de madera donde han transcurrido sus días deben parecerle enormemente miserables. Esos grandes pórticos sostenidos por columnas, que imitan el estilo neoclásico, esos inmensos ventanales encortinados de los cuales, al atardecer, se escapa la música de un baile, son impresionantes.

Tropieza también este hijo de un paciente cazador solitario con las caravanas de señores que persiguen la caza a caballo, vestidos con lujosos atuendos. Los esclavos aquí son más visibles. Alrededor de los palacios, siguen vistiendo casacas o los trajes cedidos por las dueñas, pero a poca distancia están los poblados, las cabanas de la plantación. Montones de chozas de barro pegadas unas a otras. ¿Qué ve el viajero? A las puertas, las viejas que ya no pueden trabajar en la plantación, cuecen en botes herrumbrosos una papilla de maíz, a la que añaden unas pocas judías. Desnudez, malos olores, miseria...

Propaganda sudista

En su deambular por los campos, venciendo su timidez, «Abe» procura entablar conversación con las fuerzas vivas de la comarca: el pastor, el juez, el maestro. Sigue percibiendo el recelo hacia su salvajismo de hombre de la frontera. Pero el Sur, todo el Sur, es consciente de que debe aprovechar cada ocasión para sembrar en los visitantes la idea de la necesidad de la «Institución», como eufemísticamente se denomina a la esclavitud. De manera que se aprovecha la visita para hacer propaganda.

Se cuentan casos. Los negros proceden de la selva donde vivían en lucha perpetua contra otras tribus, eran caníbales, no son propiamente seres humanos. Se recuerda de paso la todavía cercana rebelión de los esclavos en la isla de Santo Domingo. ¿Qué hicieron allí? Matar, matar y matar, para practicar el canibalismo otra vez.

Se citan casos más próximos todavía. Mientras permanecen esclavos, están atendidos, comen bien, el trabajo es bueno y se les deja que sigan su ritmo perezoso. Pero cuando alguien libera a un esclavo anciano en premio a sus largos años de faena, el liberto casi siempre se convierte en un criminal.

Tan es así, que generalmente los viejos, si el amo les habla de emancipación, gimen y suplican, prefieren seguir esclavos. Aquí por lo menos comen: pescado seco y carne en salazón, melaza y ron. Y, además, si han sido fieles y son hábiles, desde muy pronto se les consiente que cultiven alguna parcela con legumbres junto a la choza. Lo que obtengan de ella pueden cambiarlo en el mercado por azúcar o café. El esclavo que no se amolda es porque en su fuero más íntimo quiere seguir practicando la viciosa vida de la selva: matar, matar y matar.

Las conversaciones, con más o menos delicadeza, suelen tocar otro tema. ¿Por qué los hombres del Norte atacan la «Institución»? Si no les gusta el trabajo de los esclavos, que rechacen el algodón de las plantaciones, el arroz, el tabaco... Pero no. Las fábricas textiles necesitan el algodón. Sin él no pueden hacerse buenos negocios. ¿Por qué no bajan a trabajar entonces en estos campos? Prefieren irse al Oeste, o seguir de obreros. Y los ricos del Norte que tenían esclavos mandan al sur a sus hijos, o a sus testaferros con los esclavos que heredaron. Los venden o alquilan a buen precio y regresan con el dinero para seguir haciendo negocios. ¿Por qué entonces los norteños van a ser buenos cristianos y nosotros no?

«Abe» Lincoln escucha, discute quizá. Pero sobre todo viaja. Quiere examinar el cuadro completo. Se aproxima a los campos para ver el trabajo esclavo. Y lo ve. Catorce horas en verano, diez en invierno, bajo el sol implacable, arrastrando cargas, transportando bultos, la mayoría de las veces encadenados hombres y mujeres por parejas. Al mediodía un pequeño descanso. Si un negro interrumpe la faena, el látigo del capataz restalla.

Pero eso no es todo. Al atardecer, la tropa esclava regresa a la cabaña. Y entonces el capataz saca de las filas formadas a unos cuantos de estos seres desnudos o semidesnudos. Expone las faltas que cometieron durante la jornada y uno a uno pasan por el lugar del castigo donde son azotados a conciencia. Pero con malicia también. El capataz perdería el puesto si matase a un esclavo en el castigo. Está permitido que el látigo llegue al hueso, pero de tal modo que la herida cure con salmuera mientras no se deje de trabajar.

Después de la jornada, los negros se mantienen apáticos y cantan lentas y melancólicas canciones de resignación, porque es sabido que hay milicias cazadoras de esclavos, entrenadas, con buenos perros a su disposición, que acosan al fugitivo entre los pantanos y lo devuelven, maltrecho pero vivo, al lugar del tormento, donde le corresponde morir.

«El corazón de Lincoln sangraba»

Todo esto no ha sido fácil de ver. Lincoln ha podido observar en directo algunas cosas. Se dice que en una de sus excursiones, ya de noche, oyendo el cántico que viene de las chozas, se ha acercado en silencio para observar al grupo que, cansado, reunido en torno a la fogata, canta himnos en que se recuerda la patria perdida y se clama a Dios.

Los cánticos se interrumpen cuando alguno de los negros descubre al espectador. Los esclavos huyen a encerrarse. Para ellos, el larguirucho y desastrado «Abe» no es un pionero de extrañas y lejanas tierras: es sólo un blanco.

Otras cosas, en cambio, provienen de relatos. Al regreso a Nueva Orléans, uno de los porteros negros de un saloon donde se juega fuerte, le relata con voz indiferente que en esa sala uno de los negreros más conocidos de la ciudad se jugó a las cartas un hijo tenido con una esclava negra.

El, «Abe», en ocasiones ha trabajado tan duramente o más que estos negros, pero no encadenado. Los obreros del Norte tampoco están a gusto con su suerte, pero pueden jugarse su destino emigrando sin que se les persiga a caballo. El primo Hanks, que le acompaña en el viaje, contará años más tarde: el corazón de Lincoln sangraba. Me dijo esta frase: «No quisiera ser esclavo pero tampoco vendedor de esclavos».

Es una frase tímida escuchada con una mentalidad de hoy, pero es suficiente cuando la pronuncia un joven de veintidós años, en un país donde la «Institución» resulta un fenómeno tan complejo. Y que, además, ha venido al Sur porque lo ama.

La estancia en Nueva Orleáns deja a «Abe» sin dinero. Así que remonta el Mississipí como fogonero de un barco. Más evidencias de cómo el trabajo de unos alimenta el ocio de unos pocos. En el barco hay esclavos en la bodega, trabajadores como él, pequeños comerciantes y una minoría de adinerados que pasa la noche en pleno jolgorio. Más tema de meditación para un hombre que acostumbra a aislarse y reflexionar.

En Decatur, Offut, contento con el navegante, le ofrece un empleo. Ser su agente en una factoría que instala en New Salem. Lincoln acepta. Visita a su familia por breves días y parte hacia su quinta patria. Quizá piense que va para un corto tiempo. El resultado será bien distinto: pasará allí su juventud, completando su aprendizaje y encauzando definitivamente su vida durante seis años.

En este verano de 1831, Lincoln no tiene caballo, ni siquiera una pequeña barca. De modo que ha de viajar a pie millas y millas cruzando las altas yerbas de las praderas de Illinois. Cuando llega a New Salem, no encuentra ni a Offut ni el almacén de la factoría de la que ha de encargarse. Pero le ayuda su decisión, su disponibilidad para el trabajo, su estatura y esas pequeñas proezas que en las localidades pequeñas hacen pronto la fama de un hombre.

Cuando hace unos meses bajaba con la almadía de Offut hacia Nueva Orleáns, la balsa tomó mal los rápidos y se escoró hacia popa, poniendo en peligro la mercancía. Lincoln, ante la gente reunida en la orilla, que no podía prestarle ayuda, hizo solo la faena de acercar una barca prestada, trasladar a ella la mercancía y horadar luego un agujero en la parte delantera para que escape el agua y poder seguir viaje. Estas cosas se cuentan y repiten en un pueblo como New Salem. De modo que ahora le facilitarán la búsqueda de un trabajo y el establecimiento de nuevas amistades.

También le ayuda, como ya sucediera en Decatur, su resistencia física. Este hombre, que será luego un intelectual, se abre todavía camino con los puños o la destreza física, al estilo que se acostumbra en la tierra. A poco de instalarse, cuando ya llegó Offut y él ha montado el almacén, empieza a correr su fama, por boca de Offut. Podría vencer incluso a vuestro Armstrong, proclama el comerciante. Así que se establece un desafío, una lucha cuerpo a cuerpo entre el campeón y el recién llegado. Y Lincoln vence. Protestan algunos vecinos, no lo ha hecho de modo legal el forastero. Pero el vencido asegura que «Abe» luchó con limpieza. Así se inicia una larga amistad. Y años después, la elocuencia y sagacidad del abogado Lincoln salvará la vida de un hijo de Armstrong, el campeón derrotado.



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Introducción

Ulises Grant.
Ulises Grant.

LA vida en New Salem será el período en que Lincoln prueba mil oficios y encuentra al fin su camino hacia la abogacía, ajustando definitivamente sus mejores facultades a una labor.

De entrada, y como ya se ha dicho, como su patrón Offut se retrasaba, Lincoln inició su actividad en el pueblo realizando pequeñas tareas que ha hecho cientos de veces: cortar leña, cargar.

Inmediatamente después surge otra oportunidad, que le permite ejercitar otra de sus cualidades. Como las elecciones municipales se acercan y el secretario está ausente, «Abe» acepta provisionalmente la tarea de encargarse de establecer las listas de electores. Interviene así desde los inicios en la vida política local.

A continuación, con la llegada de Offut, el joven Lincoln pondrá de manifiesto ante los nuevos convecinos su capacidad de trabajo. Hecho a construir cabanas y almadías, no le cuesta convertirse en albañil y carpintero para levantar el edificio del almacén. Acostumbrado a las duras tareas del campo, con alguna experiencia como improvisado mozo de equipajes en su niñez, tampoco le costará acarrear los fardos y colocarlos en los anaqueles. Y una vez que ha pintado el rótulo: «Dentón Offut, mercaderías», se pondrá a la tarea que ha visto realizar miles de veces a los tenderos: cortar telas, vender clavos, pesar y envolver café o azúcar.

Por otra parte, como la colonia es pequeña, no mucho más de cien personas, tampoco resulta excesivo el trabajo. Y tiene aspectos agradables. «Abe» duerme en una cama en la trastienda, mantiene limpia y ordenada la tienda, y el único problema es el de poder estirar sus piernas. Lo soluciona de una forma tan sencilla como original: pone una almohada en un extremo del mostrador y se tiende sobre él.

¿Y qué más hace? Pues, ¿qué va a hacer? Lee. Y lee en voz alta, porque así retiene mejor en la memoria lo leído. De modo que, una vez más, los aspectos cómicos del larguirucho «Abe» Lincoln se imponen. A la gente le divierte esa manera de ser tan extraña. Porque «Abe» se levanta a servir las mercancías con toda rapidez, pero si el cliente duda y «Abe» está interesado en la lectura, seguirá declamando en voz alta hasta que el cliente se decida.

Mas, como al tiempo que tímido e introvertido, Lincoln es hombre aficionado a hablar, si se encuentra a gusto los clientes no se van de la tienda sin haber conocido una historieta. Y encima han contemplado el espectáculo de un gigante que levanta con una mano un barril de whisky del suelo al mostrador, que presume de poder seguir echado y beber agua ayudándose con los pies. Un tipo tan pintoresco cimenta pronto su fama. Y por si fuera poco, sigue sin fumar, sin mascar tabaco, sin beber. Aunque es fuerte y lo ha demostrado con Armstrong, no es peleador. Y encima se le puede confiar cualquier comisión. Pronto se le empieza a conocer por el «honrado Abe».

Sus rarezas no terminan en la tienda, claro. Y su modo general de comportarse tampoco. De manera que unos le proporcionan libros —la Historia de Roma de Gibbon, el cura; otra Historia de América, uno de los vecinos— y además en las reuniones de la taberna se le invita a hablar sobre los más interesantes temas locales, comarcales y, por supuesto, sin olvidar los grandes tópicos de la política de la Unión.

Lincoln habla sobre la posibilidad de llevar el ferrocarril a la comarca y, como hace unos años, del modo de encauzar el río, que él conoce bien, para que sea una buena vía de comercio fluvial. Pero habla también de la necesidad de crear una moneda unitaria en el país que, mediante un banco nacional, se estabilice de una vez. Es lógico, pues, que uno de los convecinos, llamado Rutledge, propietario de la taberna y uno de los prohombres locales, le aconseje presentarse a la legislatura de Illinois.

Sin embargo, y como ya se anticipó, la vida de Lincoln en New Salem se caracteriza por los cambios de oficio. Y no porque él sea eso que se llama un inquieto, sino porque en estas comunidades, las cosas, como hemos ido viendo, no terminan de asentarse. Todo es muy prometedor al principio, pero después las duras leyes de la oferta y la demanda, de las buenas y malas cosechas, hacen que gentes emprendedoras fracasen pronto y abandonen su propósito.

Lincoln se manifestó desde luego, emprendedor, pero sus movimientos iniciales en el trabajo se los debe al fracaso de su patrón. Offut quiebra antes del año de instalar la tienda. Y su rival en el negocio tampoco tiene las finanzas en buen estado. De modo que «Abe» ha de contratarse como práctico del primer barco de vapor que muy oportunamente aparece en el río. Cobra cuarenta dólares y sale a flote.

Lincoln se inicia en la política

Todo este período inicial de New Salem resulta una mezcla de indecisión, tanteos, medios éxitos y medios fracasos. De momento, Lincoln decide probar fortuna en la política, siguiendo el consejo del tabernero.

Después de mucho dudar entre los dos partidos, demócratas y conservadores o liberales, llamados «whigs» como los ingleses, se decide por estos últimos, abandonando la tradición demócrata familiar. Ciertamente las diferencias entre los partidos no son grandes. Quizá los liberales presenten una imagen de más instruidos. Y quizás esto decida al joven «Abe». Seguramente también influye su aprecio por la oratoria de las dos grandes figuras «wihgs» —Clay y Webster— el primero brillantísimo, el segundo patético. Pero Lincoln, en su primer discurso y su primera proclama electoral, se presenta como lo que será ya siempre: un conservador que gusta del pacto y las soluciones templadas, un hombre que cree que ha de guardarse fidelidad a la Constitución americana porque es la más avanzada del mundo.

Su oratoria ya anticipa lo que será su estilo: entre la sobriedad y la ironía, nacidas ambas de su experiencia de hombre que se ha hecho a sí mismo.

En este año de 1832 prueba también la carrera de las armas. Uno de los jefes indios de la comarca, «Black Hawk» (Halcón Negro), lleva años exigiendo a Washington que se le devuelvan las tierras cedidas tiempo atrás a los blancos. Pero la Unión, que empieza a ser sensible al problema negro, porque evidencia dos modelos distintos de economía y formas de trabajo, trata a los indios sin ninguna consideración. Son demasiado pocos y la solución encontrada —cederles unas «reservas» de tierra— y encerrarles en ellas es la que parece más adecuada a todos. De modo que cuando «Black Hawk» se subleva y exige por la fuerza las antiguas tierras de la tribu, todos los colonos de Illinois, incluido el futuro liberador de los esclavos, encuentran justo y correcto formar una milicia para combatir al indio.

Lincoln tiene además problemas de dinero y se arriesga a endeudarse si se mete de lleno en la campaña electoral, recorriendo el país. De manera que aplica una vez más su espíritu práctico. Piensa que en una campaña victoriosa contra los indios puede ganar más fama y laureles que con cien discursos. Se alista voluntario, y sus compañeros le eligen capitán.

Pero en seguida sobreviene el primer fracaso, aunque ha ganado esta primera elección con la que no contaba. Y es que «Abe», hecho a las penalidades de la frontera, no cuaja en un buen guerrero. Persigue a los indios durante varias semanas sin encontrarlos. Por si fuera poco, un soldado de su compañía le desafía a luchar cuerpo a cuerpo y le vence en tres ocasiones: la del desafío y dos desquites. Por si fuera poco, le vence también otro teniente. La realidad es que la vida del ejército no está hecha para él. No le gusta cazar, pelea más obligado que por afición: la muerte, incluso la de los animales, le repugna. Y no sabe mandar. En vez de dar órdenes, pronuncia fórmulas propias de un parlamento. Su más notable hazaña consiste en salvar la vida a un viejo indio, al que los soldados quieren ahorcar.

El segundo fracaso llega poco después. Aunque obtiene 20 votos contra tres de su rival en New Salem, en el resto de la circunscripción, los «whighs», poco conocidos, son derrotados. Y Lincoln, que apenas se ha ocupado de su campaña y que tras su alistamiento no encontró los arcos triunfales de los militares vencedores, ha perdido el tiempo que sus enemigos políticos invirtieron en discursos. No será, pues, legislador por Illinois en 1832.

Pero estos dos fracasos no le han marcado. Ganó ampliamente en New Salem, donde le conocen, y eso lo tiene por un buen consuelo. En lo que toca a su carrera bajo las armas, le ha servido para saber en qué no consiste un buen militar. Pero sobre todo, íntimamente, ha aprendido que una derrota en público hay que aceptarla con dignidad.

Lincoln comerciante. Fracaso y deudas

A renglón seguido, Lincoln obtiene el puesto de administrador de correos y se decide a iniciar una carrera de comerciante para la que todo muchacho americano —de entonces y de hoy— parece preparado.

Compra la tienda de su viejo patrón con la ayuda de un socio. Este, un tal Berry, es un bebedor empedernido. Y Lincoln no demuestra andar muy a gusto entre los cálculos y los créditos. Prefiere leer, conversar. El negocio no prospera. Berry en la taberna y Lincoln por los caminos, cierran la tienda demasiados días. Y las cosas van de mal en peor, aunque «Abe» echa sobre sus hombros todo el peso del negocio.

De todas formas, el negocio le ayuda, aunque el fracaso comercial resulte cada vez más evidente. Le ayuda porque «Abe» es de los pocos que saben leer y escribir —por eso le dieron el puesto de correos— y resume a sus convecinos el periódico, se lo comenta, les escribe cartas. Se decide también a poner una cantina, aprovechando que la diligencia para ante su establecimiento. Más ocasiones de charlar, más ocasiones para su popularidad, pero, sobre todo, más ocasiones para estar en contacto con la gente, para saber preguntarles y conocer lo que piensan, para escuchar y sopesar las opiniones ajenas.

En estos momentos se instalan en New Salem dos nuevos personajes. Uno es un médico bastante instruido, que ampliará considerablemente la biblioteca de Lincoln. Otro es uno de esos personajes bohemios, medio artistas. Ambos son aficionados a la poesía. Y aunque Lincoln prefiere la historia y el estudio de las leyes, encuentra al menos compañeros para formar una mínima comunidad intelectual.

También la suerte le favorece en una de las múltiples compras que hace a los pioneros para aumentar las mercancías de la tienda. Entre cien artículos heterogéneos, una de las cajas contiene el Tratado de Blackstone sobre las leyes inglesas, el más célebre código jurídico de la época. Al fin dispone de un instrumento de estudio seguro. Las consultas a jueces y abogados seguirán, pero cada vez con más solidez.

En el terreno de los negocios, sin embargo, se produce la quiebra. Lincoln, en un rasgo de honestidad, carga con una deuda de mil cien dólares, a la cual habría podido sustraerse en parte, ya que Berry, el socio, se ha fugado para evitar precisamente el reconocimiento de la deuda. Aunque los amigos le aconsejan ese camino, Lincoln, en uno de sus rasgos de tozudez y honestidad, acepta afrontar el pago. Para completar sus ingresos, vuelve a sus trabajos de leñador y jornalero.

Poco después, y siguiendo los consejos de un agrimensor amigo, marcha a Springfield para conseguir el puesto de agrimensor del Estado. Aunque lo consigue, las cosas seguirán mal durante una temporada. También George Washington fue agrimensor —aunque ganando tres veces más que él, proclama «Abe» con su pizca de ironía— y es su primer trabajo intelectual, no estrictamente manual o administrativo. New Salem crece, hay que medir fincas, levantar planos; el oficio es compatible con la administración de correos, de modo que, muchas veces, mata dos pájaros de un tiro. Y, además, le permite estar en contacto con quienes pueden ser sus electores.

Y no es que Lincoln piense ya a estas alturas en dedicarse a la política por entero. En absoluto. Lo que ocurre es que, dadas sus condiciones, su formación, sus gustos y sus talentos, una mayoría de convecinos le insiste una y otra vez en que no debe desanimarle la derrota anterior. Y en cualquier caso, a Lincoln, se presente o no como candidato, le gusta esta vida de contactos personales. Unicamente lamenta que le falta tiempo para sus ensimismamientos y lecturas.

Es joven, pero es complicado.

Y más complicado por cuanto la vida le sigue tratando duramente. Los acreedores le embargan porque no paga, y terminan quedándose con su caballo, después con las bridas, y finalmente con los instrumentos de agrimensura. Es un trago difícil. Sus amigos le han aconsejado que saque la montura a pública subasta. Pero asoma el rostro melancólico, las rarezas de Lincoln. Se niega porque no quiere estar presente cuando se venda su viejo caballo.

La rareza, muy propia de una persona llena de sensibilidad, le valdrá una de sus mayores alegrías en este período de malos tragos. Un grupo de amigos realizan por él la subasta y le entregan todo el importe.

Pero «Abe» Lincoln ha de abandonar otro oficio más, dejar de recorrer carreteras, no volver durante una temporada a Springfield, la más cercana ciudad, a consultar sus dudas jurídicas con uno de los hombres que tendrá decisiva influencia en su vida: el comandante Stuart, experto en Leyes. Abraham Lincoln ha de resignarse a trabajar de nuevo duramente como leñador o jornalero, aunque llevando consigo los libros.

Su primer amor

Finalmente, en esta primera época de New Salem se fragua otro de los más importantes fracasos de Lincoln: el amoroso, el sentimental. Este joven que no acaba de levantar cabeza, empeñado en hacer cosas raras, excesivamente orgulloso para alguno de sus vecinos —e incluso con fama de ateo—, se refugia en la cabana de su amigo Armstrong para jugar con los niños pequeños. Como todos los tímidos, esconde una enorme necesidad de afecto. Y como todos los tímidos, no sabe expresar esa necesidad directamente.

Lincoln se enamora por vez primera en New Salem. La muchacha es la hija de Rutledge, el tabernero que le animó a presentarse a la legislatura. Sólo que Anna Rutledge está comprometida y vive una curiosa situación. Su novio, un joven de buena cuna de Nueva York, ha partido hacia el Este hace tiempo para arreglar los asuntos de familia, y pretextando siempre diversas cosas, tarda en volver. En el pueblo se murmura. Y Lincoln, naturalmente, lo sabe, puesto que se ha fijado en la muchacha cuando, nombrado administrador de correos, ella iba una y otra vez en busca de la carta de Nueva York. A medida que transcurre el tiempo, las murmuraciones aumentan. Anna es un ejemplo más de lo que le sucede a una muchacha pobre que se cree las promesas de un hombre rico.

Lincoln, cuya timidez con las mujeres es ya proverbial por entonces —no le gustaba servirlas cuando trabajaba de almacenista y siendo fondista dejó de acudir al comedor porque se alojaban allí tres señoras—, pasa unos días amargos. Aunque discreto y hasta hosco para hablar de su intimidad, Abraham siempre recordará a esta muchacha, a la que, para envenenar las cosas, corteja Samuel Hill, uno de sus amigos. Al fin «Abe» se decide a actuar. No abre la boca, pero se muda a la cabana donde Rutledge tiene instalada la taberna. Estará al menos cerca de Anna. Podrá mirarla en silencio. Esta discreta proximidad es lo único que puede ofrecer, ya que, Sam Hill, su amigo, el otro cortejante, es un muchacho acaudalado.

Sin embargo, hay un momento en que Lincoln, con esta tenacidad del tímido, vence la balanza a su favor. El primer paso en firme lo consigue apenas mudado a la taberna. Por la comarca se rumorea que el novio de Anna era un estafador y se servía de un nombre falso. «Abe» imagina lo que el comentario debe herir a la muchacha y sale al paso de la calumnia. Siendo agrimensor, inscribió una finca a nombre del neoyorquino y éste le explicó las causas de que no usara su verdadero nombre. Sin decir nada a Anna, aclara el malentendido. Una cosa es que un hombre rompa un noviazgo y otro que se le acuse de ladrón.

Después, una vez ganadas las elecciones a la legislatura del año siguiente, con el porvenir más afianzado, cuando ya Sam Hill se ha cansado de cortejar inútilmente a la chica, «Abe» da el segundo paso. Quizá con más firmeza, porque Rutledge, en uno de esos cambios de fortuna típicos de la América de la época, se ha arruinado.

Es primavera. Anna le acepta. Se comprometen oficialmente. Lincoln ha tardado tres años en vivir lo que alguna vez denominará los tres meses más dulces de su vida. Y es que este período de serenidad y tranquilos proyectos de un hombre que proyecta el hogar con la mujer que ama, sólo dura tres meses. En el verano de 1835, el paludismo se adueña de la comarca de New Salem. Anna Rutledge fallece. Lincoln se hunde en la desesperación. Tanta, que, como confiesa a un amigo, teme llevar una navaja en su bolsillo. Abraham Lincoln tiene razones sobradas para ser melancólico. Y fuerte.



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Introducción

El general sudista Robert Edmond Lee.
El general sudista Robert Edmond Lee.

RESULTA muy difícil afirmar cuándo comienza la madurez de una persona. En el caso de Lincoln esa dificultad se agrava. Los datos de su primera época se limitan a anécdotas muchas veces exageradas por sus convecinos cuando llega a Presidente. No obstante, mucho de lo que se ha contado de él lo muestra precozmente maduro en ciertos aspectos e inmaduro en otros: un ejemplo es su timidez extrema con la muchacha de la que acaba de hablarse.

En cualquier caso, vistas las cosas con la perspectiva que da el tiempo, puede afirmarse que una personalidad ya está madura cuando definitivamente la vemos poner en acción aquellas cualidades de que está mejor dotada.

El destino avanza: Lincoln se hace abogado

En Lincoln esto se produce de una manera clara al abandonar New Salem, cuando se orienta definitivamente hacia la abogacía.

En 1834 gana un puesto de legislador en el parlamentó estatal de Vandalia, entonces capital del Estado de Illinois, en su segundo intento. Tras su triunfo, alterna sus trabajos de legislador con los de administrador de Correos y lo que hoy sería en España algo parecido a procurador de los tribunales, pero que en la época se definía como «practicón» de abogado. Es decir, un hombre que domina las leyes y procedimientos jurídicos pero no tiene título o experiencia y ha de ocuparse de acciones subalternas. Todavía en los Estados Unidos hay sitios donde para ejercer la abogacía, no se exige un título. Es el caso de Illinois. Pero se exige experiencia. Lincoln no la tiene. Para abrirse camino le ayuda Mentor Graham, al cual comienza sirviendo como amanuense. «Abe» distribuye su tiempo entre New Salem y las visitas a sus electores.

En 1836, poco antes de las elecciones, «Abe» Lincoln toma una decisión importante. Apoya en el Parlamento el traslado de la capitalidad de Vandalia a Springfield, cruce de caminos, ciudad activa, dinámica. Y se traslada allí, sin esperar la decisión parlamentaria, que aún tardará unos meses en llegar.

Con el traslado a Springfield la suerte está echada. Fracasado en los negocios, dedicado ya a las actividades prácticas de la abogacía, progresivamente más dueño de su palabra merced a sus tareas como legislador, Lincoln ha decidido. Ha estudiado sistemáticamente. Poco antes recibió clases de gramática y ortografía. Sus lecturas no son variadas, pero sí bien seleccionadas. Así que se instala como abogado en Springfield. En aquellos tiempos no hacían falta exámenes sino clientes.

No quiere casarse por conveniencias

En 1837 toma otra decisión importante. Rechazar un matrimonio de conveniencia que le propone la mujer de un amigo en New Salem. La muchacha en cuestión, a la que «Abe» ya ha conocido años antes, se llama Mary Owens. Es robusta, simpática, agradable, amiga del bullicio. Para los amigos de «Abe» se trata de que un hombre ya con 27 años siente la cabeza y se case, solucionando de paso problemas económicos. Lincoln, a pesar de que está todavía próxima la muerte de Anna Rutledge, ha dominado su melancolía y se lo piensa.

Se trata evidentemente de un matrimonio en el que un hombre como él puede encontrar ventajas. Sin embargo, puede más la veta sentimental. Surgen discrepancias con esta medio novia. Ella le encuentra poco galante. El, demasiado gruesa y algo bobalicona. Sin embargo, se compromete. Y el compromiso le mantendrá atado algún tiempo, durante el cual ella viene a visitarlo a menudo y le anuncia planes: vender una finca para instalar debidamente el bufete, por ejemplo. Al fin quien soluciona el problema es ese Lincoln recién surgido, el Lincoln abogado y conciliador. Una serie de cartas llenas de tacto y sutilezas consiguen que cuando, al fin se decida «Abe» a formalizar el noviazgo, ella rechace la petición de mano. Lincoln se burlará de sí mismo por este éxito, pero se deprimirá al mismo tiempo. Teme haber sido injusto.

En 1842, finalmente, Lincoln contrae matrimonio. Ya es un hombre conocido como político en todo el Estado de Illinois y su fama de abogado también va en aumento. Tiene 33 años y ha recorrido un largo sendero desde sus comienzos en la vieja cabana de Kentucky.

Su mujer, una joven de 21 años, cultivada y brillante. Mary Todd, perteneciente a una de las más ricas familias de Springfield, habla francés y deslumbra a los jóvenes de la ciudad, a la que acaba de llegar.

Y no puede decirse que sea Abraham Lincoln quien la elige. Es ella la que, mirando alrededor, se ha fijado en este joven abogado y político, todavía rudo y decididamente falto del sentido de las formas y la elegancia, que lleva los pantalones demasiado altos y no sabe bailar.

Pues bien, a este hombre es al que elige Mary Todd, de carácter enérgico, ambiciosa, prefiriéndole incluso a otro rival en apariencia mejor situado y con el cual, a partir de ahora, se entrecruzará la vida de Lincoln: Stephan Douglas.

Y Douglas sí la corteja, mientras Lincoln, en cambio, permanece tan pasivo que protagonizará una de esas escenas cómicas, a las que tan dado fue en su adolescencia y que parecen de chiste: el novio que va forzado al matrimonio y del que todo el mundo espera que diga: No.

La forja del político

El Estado de Illinois está todavía en formación, como se ha ido viendo, hasta el punto de que traslada su capital. Es, pues, un Estado donde la vida inestable de la frontera ha desaparecido, pero donde aún quedan posibilidades para el desarrollo del espíritu de iniciativa, propio del temple de los pioneros. Están convergiendo sobre él fuerzas y apoyos que lo convertirán muy pronto en uno de los grandes Estados industriales de la Unión. Pero la vida es allí aún lo bastante sencilla como para que se aprecien las cualidades de honestidad personal por encima de otros méritos, para que las gentes valoren más lo conseguido por el propio trabajo que un apellido brillante. De los industriales y comerciantes se espera empuje, osadía para los negocios, pero también un trato cordial; de los funcionarios públicos, disponibilidad; de los políticos, sencillez; de los abogados, habilidad.

Las gentes de Illinois representan en esa época un tipo de personas a mitad de camino entre las rudas praderas que en el interior y el Oeste se están ahora colonizando y las gentes más rebuscadas de las ciudades del Norte y el Este. Ya hemos visto que las diferencias con el Sur son abismales. De esta manera, Lincoln, que se ha manifestado ante sus electores de New Salem y el Estado tal y como es, no ha de cambiar sustancialmente cuando acude primero a Vandalia y luego a Springfield.

Aquí sus modales resultan demasiado rústicos para el gusto de algunos, pero hay el suficiente número de personas capaces de apreciar directamente, sin mediaciones de ningún tipo, la valía de un hombre como «Abe». Por otra parte, su pertenencia al partido liberal, que en la primera elección fue inconveniente, pronto se convierte en una ventaja. En efecto, los «whigs» son débiles en Illinois, donde los demócratas están muy arraigados. De modo que el éxito de Lincoln en sus elecciones posteriores le transformará con rapidez en una figura estatal de cierto relieve. Será nombrado muy pronto jefe de los liberales en el Parlamento.

Cuando gana su primera elección, la de 1834, Lincoln es todavía un hombre sin demasiada experiencia. Pero ha aprendido mucho en los años anteriores, sobre la forma de hacer un discurso, de redactar una carta a los electores o un pasquín electoral, de ganar amigos en los condados y demarcaciones.

El jefe político de Lincoln, el jefe de los liberales en todo el territorio de la Unión, es Clay. Es el hombre que, en 1820, atajó el primer intento de secesión del Sur, proponiendo el acuerdo del Missouri: una raya en el mapa que, a partir del Missouri, dividía a los Estados de la Unión en abolicionistas y esclavistas. Era un compromiso anticonstitucional, pero evitaba la fragmentación, la posible guerra civil. Así pues, como bien se ve, el tema de los negros acompaña a Lincoln desde el inicio de su carrera política. En 1831 Garrison había iniciado en el Liberator de Boston una campaña antiesclavista que, como era lógico, afectaba a todos los políticos americanos de la época.

Se señala el hecho de que Clay fuera el jefe político de Lincoln para poner de relieve un rasgo característico de la personalidad política de éste desde sus comienzos: su gusto por la moderación y el pacto.

Lincoln era ya conservador. Pero la palabra conservador, en la América del siglo XIX, tenía un sentido distinto al que ahora le damos.

Lincoln admira y toma como modelo a Thomas Jefferson, el padre de la Constitución americana. Y Jefferson es uno de los primeros políticos americanos en manifestar las contradicciones que entraña la esclavitud para el pueblo americano. Jefferson es, por otra parte, el prototipo del defensor de las libertades individuales. Así que el conservadurismo de Lincoln hay que entenderlo como una actitud que tiende a salvaguardar lo conquistado: independencia, unión, libertad.

Se perfila el estilo de Lincoln

En la Asamblea de Illinois en Vandalia —ochenta y un hombres repartidos en dos cámaras dentro de un pequeño edificio de estilo colonial con pupitres y paredes de madera—, Abraham Lincoln se ha estrenado lleno de deudas; incluso pidió dinero prestado para poder comprarse un traje. Y calla al principio.

Seguramente ha visto y ha vivido y leído más que todos sus compañeros, por lo menos más que muchos de ellos; pero estudia procedimientos, el momento oportuno para atraer la atención e imponer un proyecto. Sus discursos, cuando al fin se decide a romper el silencio, son los que cabía esperar de un autodidacta; poco notables, demasiado sobrios. Sin embargo, se da a conocer en seguida; roto el hielo y la relativa solemnidad de las sesiones, baja al bar. Allí cuenta sus anécdotas y chistes con la mezcla de rudeza, cazurrería y estilo cómico que le distinguieron siempre. Se hace popular y sus compañeros legisladores le llaman el «caudillo de Sangamo», el río que está presente en todos sus primeros tiempos.

Pero sabemos que uno de estos compañeros no sólo le observa, sino que le estudia. Es Stephan Douglas, el hombre a quien Mary Todd rechazara y que es radicalmente opuesto a Lincoln: en su figura, baja y rechoncha, en su cultivada formación, en la agudeza. Lincoln sigue siendo irónico, pero rudo y hasta paleto, silencioso y súbitamente expansivo, lento en el pensar, sobrio en el decir. El ambicioso Douglas, que estudia a «Abe» como a cualquier político que se cruce en su camino, pues se ha propuesto llegar a la Casa Blanca, le desdeña en este primer momento. Se considera más inteligente que él. Después, las vidas de los dos hombres se cruzarán una y otra vez. Y será «Abe» el que gane la carrera.

Moralidad intachable

Al celebrarse la segunda elección del Estado, la de 1836, Lincoln ha ganado ya muchos puntos en oratoria, en capacidad de lucha y agresividad verbal, tan necesarias en las peleas electorales por conseguir votos. Sigue conservando una rara capacidad para conectar con las gentes convenciéndolas de su integridad moral. Y esto no sale a relucir sólo en las palabras. Es una actitud permanente de la que el público no se entera en algunas ocasiones.

En esta campaña, por ejemplo, un candidato demócrata lanza la insinuación de que conoce asuntos que podrían arruinar la campaña de Lincoln y que si no lo hace es por amistad personal. Ante estas insinuaciones calumniosas, Lincoln reacciona con una prontitud y una decisión que ponen de manifiesto su solidez moral: «Prefiero que revele usted las cosas —le escribe—. Por mucho que me perjudicasen, nunca arruinarían nuestra amistad». Así se comporta un hombre que es honrado a carta cabal.

Cuando llega a Springfield en 1836, sigue estando escaso de dinero. Y acude a buscar a un compañero de aquella incruenta guerra de seis semanas contra «Blak Hawk». Se trata de Josué Speed, que tiene tienda y posada. Le pregunta si dispone de alguna habitación al alcance de sus modestas posibilidades. El comerciante no acaba de entender bien a qué viene aquello. Responde con un lacónico: «puede ser». Al fin, ante la pregunta de Lincoln sobre el precio concreto, Speed advierte que son diecisiete dólares, en los que se incluyen algunos objetos comprados ya. Lincoln no dice nada y se dispone a salir. Entonces Speed, ante su gesto de profunda desolación, le llama. Tiene una habitación mucho más barata; lo había olvidado. Años después Speed contará que reaccionó así porque jamás había visto una cara tan triste y melancólica.

Pues bien, esta cara, capaz de infundir tan rápida compasión, cambia de golpe. Muy pocos días después de la escena con Speed, Lincoln se asocia como abogado al comandante Stuart, que quiere hacer carrera política en Washington y que ya conoce a «Abe», al que prestó libros y dio consejos jurídicos cuando éste empezó a estudiar leyes en New Salem.

Al principio, naturalmente, los pasos son lentos. Stuart se reserva los casos más brillantes y el joven legislador sigue haciendo de practicón, aunque figure en el rótulo como asociado al bufete. Más adelante, y poco a poco, los encargos mejoran. Y, de súbito, un caso le permite darse a conocer, confirmando en Springfield el público convencimiento de que se hallan ante un ser poco común. El asunto se adapta como un guante al estilo y facultades lincolnianas. Las que en todo momento le han llevado a ir al cogollo de los problemas, despreciando sutilezas, buscando siempre la verdad y la justicia, sin preocuparse de las formas.

En sustancia, se trata de una reclamación de una viuda que ha venido a Springfield para tomar posesión de la herencia del marido muerto: diez acres de tierra. Cuando la mujer llega, la encuentra ocupada por un viejo general también procedente del Este, con buena reputación y que pretende ser juez de paz. Stuart y Lincoln investigan y descubren que el documento de propiedad del militar es falso. El general comprende que el descubrimiento puede echar por tierra su carrera y se apresura a declarar que la parte contraria introdujo malignamente la falsificación entre sus papeles. Lincoln se enfurece, faltan días para las elecciones de juez de paz y no lo piensa más. Redacta un panfleto anónimo donde cuenta los detalles del caso.

A pesar de todo, el viejo general es elegido y pasa al contraataque. Acusa a Lincoln de dos cosas que las apariencias presentan como posibles: Primero, haber aceptado la defensa de una ladrona. Segundo, cobrar sin importarle que su defendida haya sido condenada. Lincoln no se inmuta. Redacta otro breve panfleto, ahora firmado. Tiene una reputación que defender, pero no armará tanto ruido. Los hechos hablarán por sí mismos. Meses después, el Tribunal Supremo del Estado casa la sentencia y condena al recién nombrado juez de paz. La popularidad y el estilo de Lincoln como abogado se imponen de un solo golpe. Y es que, en la abogacía, «Abe» ha encontrado la primera y real plataforma de acción.

Una etapa de indecisión

En la política estatal, en cambio, no acaba de encontrarse a gusto. Es nombrado jefe del Partido en el Estado y forma también, en 1836, un trío de liberales al que se denomina «los nueve largos», porque los tres sobrepasan un cierto peso y estatura, un grupo agresivo, propenso a las reformas. Pero no acaba de encontrarse satisfecho ni de acertar con el tono justo. Se le va la mano en las chuflas, de tal modo que sus adversarios le acusan de ser un clown.

Lo que sucede es que en Illinois no hay un gran tema ético, moral, que le impulse. Illinois es antiesclavista y el tema de la «institución», aunque sigue «caliente» en todo el país, aunque periódicamente surgen brotes y ocasiones de manifestarse en torno a él, no tiene en Illinois fuerza polémica. Entonces, lo que quedan son menudencias, imprescindibles para que el Estado de Illinois siga su marcha, pero en las cuales el modo de ser fundamental de Lincoln —su fuerza, su violencia, su capacidad para la negociación y sobre todo su voluntad ética— no encuentra terreno apropiado para manifestarse. Destaca mucho más Stephan Douglas, el brillante demócrata, en este ambiente sin grandes preocupaciones.

Con todo, y como queda dicho, Lincoln se convierte pronto en una notabilidad local. Le gustan las tertulias con sus compañeros de legislatura. Forma parte de un club donde no se permite la entrada a las mujeres y donde se pone de manifiesto su timidez característica y una cierta misoginia: escribe sátiras y poemas sobre las virtudes femeninas y las prácticas seductoras de los hombres.

Le gusta meterse en pleitos que los compañeros de abogacía estiman estrambóticos, como defender a unos «cómicos de la legua» para que puedan actuar. Sigue encantándole improvisar modales extemporáneos, hacer imitaciones de un clérigo, entrar a votar por la ventana. También la melancolía se adueña súbitamente de él cuando siente la derrota: un día porque no hay auditorio bastante, otro porque Douglas, su rival soterrado, en una discusión, le ha vencido ante la cámara del Congreso.

Pero el hecho es que cuando en 1841 le conoce la joven, brillante y ambiciosa Mary Todd, todos estos rasgos positivos y negativos componen una personalidad magnética y extraña. Una especie de paleto tosco con inesperados rasgos de grandeza. Y Mary, ambiciosa, que quiere unir su destino a alguien capaz de realizar algo grande, desdeña por él a los pretendientes pisaverdes de su Kentucky natal, algunos jovenzuelos de buena familia de Springfield, y hasta a un hombre como el «pequeño gigante» —Stephan Douglas— de quien todos dicen, y con razón, que será una gran figura política. A Mary Todd, Lincoln le parece más sólido. Hay que pensar que la intuición femenina es algo muy cierto.


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Introducción

EN 1842 Lincoln, en vez de presentarse de nuevo a las elecciones legislativas del Estado de Illinois, se decide a pisar firme en la política y se lanza a conquistar un puesto en el Congreso delaUnión, en Washington. Hace un año apenas que se ha casado. Y todo el mundo, amigos y biógrafos, están de acuerdo en que la ambiciosa y enérgica Mary ha jugado un papel decisivo a la hora de dar este paso. Y lo seguirá jugando de cara a lo que ha de ser la carrera política de «Abe» a escala nacional.

En 1842 comienza, pues, un largo período, cuyo fin podría fijarse doce años después. Durante todo ese tiempo, Lincoln se entrena, por así decirlo, para un alto puesto en la política de su país. Como es lógico, y les ocurre a todos los hombres, Lincoln pasa por muchas pruebas: unas consisten en aprovechar el éxito; otras, en soportar un mal paso. Y aunque su determinación de intervenir en la política americana viene ya de años atrás y es firme, también atraviesa por momentos de desaliento, períodos en los cuales parece haber abandonado ese propósito.

Características de la política en América

Parece necesario insistir, al hablar de este período, en que Lincoln perfecciona el aprendizaje de la mecánica política americana. Cada país tiene sus peculiaridades, sus instituciones políticas, y América tiene las suyas. Figuran, sin duda alguna, en ese momento, entre las más modernas, porque no han de soportar el lastre del pasado. Son también las más abiertas a la negociación, porque no han afrontado, como ocurre en Inglaterra —y en Francia en 1789—, ninguna revolución en la cual haya que convertir un importante sector de la población en enemigos del nuevo estado y crear un nuevo mecanismo político. En América, las instituciones se han ido desarrollando poco a poco durante el período de la colonia. Los fundadores de la Unión, al redactar el texto Constitucional, se han limitado prácticamente a convertir en ley lo que ya era costumbre. Y el único problema, el de la escasa solidez de la Unión, que se manifiesta desde el principio a través del tema de la esclavitud, todavía no ha sido resuelto porque es el único en el cual la tendencia a negociar y encontrar soluciones intermedias no puede ser aplicada, dados los intereses que están en juego. Necesita dolorosamente una guerra. Esto es importante recordarlo. Porque sólo así se comprende que Lincoln, que no quiere la guerra, entre luego en ella con decisión.

Pero veamos primero estos años iniciales en los que «Abe» Lincoln, estrambótico y original abogado en Springfield, hombre de mil oficios, hijo de pioneros y pionero él mismo, se lanza por los senderos de la política nacional con las virtudes y defectos de su complicada personalidad. Con su experiencia de legislador provinciano, con su oratoria carente de brillo pero convincente, con su capacidad de interesarse por los problemas ajenos, con su fama de rudo, con su melancolía. Y con la nueva ayuda de su esposa.

La «imagen pública» del político en EE. UU.

En un principio, el partido liberal de Illinois escoge a otras figuras para el Congreso. En 1842 a un tal Baker y, en la siguiente ocasión, a una figura influyente, con mejores títulos para atraer al elector: Harding, un general. Los dos, junto con Lincoln, son jefes del partido liberal en Illinois. Pero, y ésta es otra de las lecciones que recibe «Abe», sus compañeros parecen tener mejor «imagen pública», es decir, mayor capacidad de atraer a las masas de electores frente a los candidatos rivales del partido demócrata.

Lincoln, pues, ha de plegarse a la decisión de su partido. Y en ambas ocasiones, tras ser apartado, cumple con sus compromisos de cara al partido y apoya con discursos a sus compañeros.

El concepto «mejor imagen pública» nos acerca a una de las peculiaridades de la política americana de entonces, que no sólo pervive hoy, sino que se ha acrecentado. Aunque en todo el territorio de la Unión hay una serie de temas polémicos que enfrentan a la hora de las elecciones —la esclavitud, las relaciones entre los Estados y el poder central federal, la unificación de la moneda, el modo de recaudar los impuestos y el modo de invertirlos—, la verdad es que, tanto entre los demócratas como entre los liberales, existen en la época personalidades que coinciden con los criterios del partido rival. Y en las elecciones al Congreso,, a donde se acude a representar los intereses del Estado frente al poder del gobierno federal, esta confusión es todavía mayor.

Y es que el modo en que se han ido formando los Estados Unidos, paso a paso, incorporando nuevos territorios a medida que la frontera retrocedía —e incluso a veces mediante compras— determina que los habitantes de cada Estado de la Unión se sientan muy independientes en relación con el poder central. La idea «federalista» es algo vivo, con fuerza, en la América de la época y todavía hoy. De manera que los grandes intereses nacionales a veces se ven oscurecidos por otros que sólo preocupan a los habitantes de un Estado.

Y como demócratas y liberales no formaban dos partidos bien definidos, con soluciones totalmente contrarias para cada problema, en las elecciones juegan un papel importante la figura, la fama, los modales, del candidato. Un candidato no sólo ha de ser tenido por honesto, sino también por hombre hábil y bien relacionado en Washington, de manera que sea capaz de proponer textos para nuevas leyes que ayuden al Estado que representa. Ha de ser a la vez capaz de negociar un voto a una ley que, en un determinado momento, favorece a otro Estado para que, en otro momento, los representantes de ese Estado voten como él quiere.

Hay que insistir en que la política americana, como todas las políticas que no se llevan a cabo de modo dictatorial es el resultado de negociaciones, de pactos que se anudan y se desanudan, de decisiones tomadas con velocidad para ganar el favor del elector antes que el rival lo consiga. Se trata de un juego complicado, en el cual hay que convencer a los electores de que se domina el reglamento. Y tiene mayores probabilidades de convencer quien puede presentar hechos. Esa capacidad forma parte muy importante de la «imagen pública» del político.

Naturalmente, antes que a los electores, hay que convencer a los notables del partido, puesto que, decidido el candidato, los inscritos en el partido le apoyan. Unos, los más notorios, haciendo discursos a su favor. Otros, visitando a amigos y convecinos para convencerles de que acudan a un mitin, para responder a sus objeciones o pedir, finalmente, su voto.

Así pues, durante los cuatro años iniciales de este período, Lincoln ha de educarse para conseguir dominar poco a poco los resortes de esta maquinaria de partido.

Finalmente, y en esto su mujer debió ayudarle decisivamente, Lincoln aprende los mecanismos para conseguir apoyos e influencia a su persona dentro del partido. Escribe cartas, organiza reuniones y comidas, acude él mismo a invitaciones similares, hace de mediador entre los personajes enfrentados, encuentra la palabra oportuna para que un juicio suyo suene tal como él quiere.

En resumidas cuentas, estos cuatro años iniciales van consolidando aquellos rasgos pragmáticos de la personalidad de Lincoln. De manera que, después, cuando alcance la Presidencia, tales rasgos funcionarán y lo veremos conciliador pese a la guerra.

Pero al mismo tiempo que trabaja en el interior del partido, actúa políticamente de cara al pueblo, en contacto con los posibles electores, sus conciudadanos. En esto le ayuda su carrera de abogado. Y por supuesto, también, su actitud ante los temas políticos.

Como abogado, Lincoln rompe con el sucesor de Stuart y funda su propio bufete, llevándose con él a un joven que ha tenido que abandonar el Sur por sus ideas antiesclavistas y que será uno de sus grandes amigos: Herndon.

En Illinois este rasgo antiesclavista no tiene, sin embargo, excesivo valor, puesto que, como ya se ha dicho, la mayoría de la gente estaba contra la «Institución». Pero de todas formas, la decisión de Lincoln en este terreno está ya tomada también y no dejará de manifestarla. Hay que abolir la esclavitud, aunque del modo que resulte menos duro para todos.

Su carrera jurídica le ayuda políticamente sobre todo en un aspecto: permitirle seguir practicando y mejorando su oratoria, haciéndola más incisiva, más mordiente para atacar los argumentos del contrario.

A un golpe bajo, una respuesta digna y fría

Cuando la convención del partido reunida en Petersburg le elige candidato, su rival demócrata, un conocido clérigo llamado Cartwright, le acusa de ser ateo. Lincoln acude a la iglesia. El clérigo entonces cree que ha llegado la oportunidad de demostrar a los electores que ese hombre es un oportunista. Pide a los fieles que se levanten los que no quieran ir al infierno; y como no lo hace Lincoln, se encara con él sarcástico y le dice:

—¿Me permite que le pregunte adonde quiere usted ir?

Con estudiado sosiego, Lincoln responde:

—Al Congreso.

La respuesta le valdrá las simpatías y votos de la comunidad de Cartwright, que ha valorado los modales del clérigo como juego sucio y la capacidad de «Abe» para conservar la sangre fría y saber lo que quiere decir. Esto es posible sin duda gracias a la práctica de Lincoln en los juzgados.

En segundo lugar, su carrera de abogado le ayuda considerablemente porque le proporciona una reputación de jurista honesto. Acepta los pleitos que cree su deber aceptar, se lanza a la defensa con ímpetu y va por lo derecho. No le importa ser en ocasiones marrullero y efectista, desdeña someterse a los imperativos formales. Busca sacar a flote una sentencia absolutoria. Y va al grano con las maneras toscas del leñador y el autodidacta. En determinada ocasión, defendiendo a dos jóvenes acusados de robo, acepta desde el primer momento, y ante el estupor del juez, el jurado y el público, que en efecto, sus clientes son culpables. Prueba tras prueba, se limita a asentir desmañadamente que nada puede decir en contra. Pero, al levantarse para exponer su alegato, argumenta con la juventud de sus defendidos y el derecho que tienen a una nueva oportunidad. Condenarles ahora, resume, equivale a marcarles para toda la vida. Entre gentes hechas a buscar siempre otra oportunidad, el argumento es de peso y Lincoln obtiene la absolución.

Las cuentas claras

Pero, además, la honestidad de Lincoln, que llegará a ser proverbial, se manifiesta primordialmente en sus dificultades económicas. Cuando durante su campaña para llegar al Congreso se le acusa de ser un hombre de tendencias aristocráticas porque se ha casado con Mary Todd, emparentada con las gentes ricas de Springfield, se sonríe y apenas si se molesta en responder. Y es que sus apuros económicos son conocidos en toda la ciudad. De manera que cuando aparece por allí un único pariente, sobre quien recae una acusación de robo, Lincoln ni se inmuta. Su reputación en este terreno es demasiado sólida. Y cuando rinda al final de la campaña cuentas al partido, que le entregó doscientos dólares. «Abe» devuelve todo menos setenta y cinco centavos, costo de un barril de sidra «que unos granjeros me obligaron a ofrecerles». Ha viajado en su caballo, se hospedó en casas amigas. Y eso no puede cobrarlo. Una lección más de honradez.

Illinois le da más votos de los que ha dado nunca a un candidato liberal, mucho más que al famoso Clay. y gana holgadamente. y ello a pesar de que un imprevisto suceso nacional, la guerra contra México, se mete por medio y fuerza a tomar una postura muy neta. Actitud difícil para este hombre que como abogado, como abolicionista y como político, presume de pacifismo y moderación. Lincoln hace un discurso defendiendo la guerra e invitando a alistarse, en nombre de la unidad nacional. Es la primera vez que una contradicción así enseña la cara. No será la única.

Lincoln se dibuja como un político incómodo

Pero conseguido el éxito de ir como congresista a Washington, que hace feliz a la ambiciosa Mary Todd, Lincoln perderá el siguiente tramo del recorrido. En medio del bullicio y la cortesanía de la capital federal, sus actitudes no cuadran. Al principio, como hiciera en la legislatura de Illinois en Vandalia, calla, observa, estudia. Se fija en los hombres célebres. Pero, si en Springfield era una notabilidad, aquí es uno entre más. Intenta re¬petir los métodos. Y en vez de lanzarse de inmedia¬to con un discurso para darse a conocer, se dedica a trabar contactos en el guardarropa del Congreso, donde los políticos se reúnen tras las sesiones. Pronto se le llama el «campeón de narradores del Capitolio», dada la innumerable cantidad de historietas que conoce y suelta. Es algo de lo que se ha servido y se servirá siem¬pre, sobre todo para zanjar tensiones enojosas entre personas enfrentadas. Interrumpe la discusión y empieza: «Esto me recuerda una historia...» Pero, naturalmente, aunque se le conoce y se le aprecia como hombre de humor, bondadoso, eso no basta para sobresalir. Su primer discurso versará sobre una insignificante cuestión en torno al servicio de correos. Poco después, y volviéndose atrás de su actitud en Illinois, participa en la polémica sobre si la Unión debe seguir la guerra con México. Lincoln se muestra pacifista, engrosando las filas de quienes proclaman que la Unión ha agredido a México. Pero el idealismo más coherente y con más peso en la personalidad lincolniana tampoco le vale mayores méritos. Ha modificado su actitud de hace unos pocos meses, vuelve a ser coherente con sus ideas morales. Pero son muchos y hay figuras muy notables entre los que se oponen a la idea de que existe «agresión» a México. Sin embargo, es en este momento de su carrera política cuando Lincoln comienza a identificarse con la causa de la abolición. Ocurre que la esclavitud está también presente en la capital de la nación, ya que en el distrito de Columbia, o distrito federal, territorio cedido por los Estados limítrofes para construir allí la capital federal, sigue autorizada la trata. Delante de las ventanas de la oficina del congresista «Abe» Lincoln, está situado el mercado de negros «especie de establo, donde se los almacena como si fueran caballos», como escribe el futuro Presidente. Lincoln decide intervenir. Y este primer paso suyo como político nacional resulta muy típico de él. Se trata de un paso moderado, cauteloso, que intenta conciliar su deseo de perder de vista el «establo», tan contradictorio en la capital de una nación que se autotitula faro de las libertades, con el deseo de no herir al Sur, es decir, de no dañar la Unión. De modo que el oscuro y reciente congresista propone un proyecto de ley por el cual se pide la «abolición de la trata en el distrito de Columbia». Es, pues, un proyecto lleno de tacto, que busca sobre todo no romper con brusquedad, no provocar. Sólo aspira a que en unos cuantos kilómetros cuadrados, precisamente aquellos que son la ventana de la Unión hacia el mundo, pues allí se asientan diplomáticos -todo extranjero que haya de tratar con el gobierno de la Nación-, desaparezca la esclavitud. Sin embargo, el proyecto no cuaja. El propio comisario de Washington, que había prestado al principio su apoyo entusiasta, lo retira presionado por la opinión pública. Lo ocurrido es muy revelador del momento. A la población de la capital de las libertades, como suele ocurrir en todas las ciudades cortesanas, le gusta llevar una vida de lujo y pretensión. Aquí los esclavos no significan mano de obra barata para las cosechas. Pero valen, en cambio, como baratos animales domésticos.

La consecuencia del fracaso del proyecto es hundir la figura del abolicionista de Illinois. Si no gustaban sus rudeza y desmañamiento, si no se le veía en los salones a la moda, si sus inesperados brotes de melancolía y timidez le hacían un personaje de trato difícil y extraño, este gesto ya puramente político sirve para que, en silencio, los grupos esclavistas se pongan en marcha. Se acuerda que el proyecto de ley sea discutido en la próxima legislatura. Y al mismo tiempo se procura que Lincoln no sea reelegido.

La salida de Lincoln de Washington viene determinada por la actitud de los políticos de su partido. Una serie de viajes, entre ellos a Chicago y Baltimore, donde conoce de cerca la industria del Norte, le prueban que, por el momento, no se le considera un político nacional viable. Ha oscilado demasiado entre la guerra y la paz, entre la moderación y el abolicionismo, ha sido excesivamente duro en la cuestión de las recomendaciones para puestos públicos a compañeros del partido. No encaja. Se vería forzado a llevar a cabo alguna maniobra espectacular. Y no vale para eso, no sabe hacerla. De modo que renuncia a presentar su candidatura. El Congreso, de momento, queda para otro tipo de gentes. Uno de ellos es un viejo conocido de «Abe»: el demócrata Stephan Douglas, que llegó allí antes que él. «Abe» le desplazó en el cortejo a Mary Todd y le derrotará años después. Pero en esta carrera cruzada, Douglas gana ahora.

Corre 1850. Va a caldearse el gran tema de los esclavos. Pero Douglas se queda en Washington, cada vez más popular en la capital del país, y Lincoln, retirado al comprobar su poca fuerza, regresa a Springfield. Marcha al ostracismo, mientras el problema de los esclavos negros sigue en pie.



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Introducción

EN trances como los que Lincoln vive al volver de Washington, una personalidad grande se crece. Se impone decir que en la renuncia lincolniana a la reelección al Congreso en 1850 no todo es idealismo. Hay también mucho de pragmatismo. De alguna manera Lincoln ha comprendido que va a gastar demasiado tiempo y fuerzas. De manera que su experiencia de self-made-man (hombre que se ha hecho a sí mismo) le induce a retirarse, aunque su esposa le incite a seguir luchando porque, para ella, salir de Washington derrotada equivale a un golpe mortal. Quizá presionado por Mary, en parte por cálculo político, Lincoln solicitará, antes de abandonar su puesto, que el general Taylor, presidente electo, liberal como él, jefe de su partido, le conceda el puesto de encargado del Catastro Federal. Es un cargo en el que su experiencia de agrimensor y abogado puede servir, y que, dada la política de «turnos», está de antemano destinado a alguien de Illinois. Lincoln escribe una larga carta a Taylor aduciendo once razones. Escribe cartas a otros miembros del partido solicitando ayuda para la petición. Y son cartas de un buen táctico, de hombre que sabe tocar las cuerdas oportunas.

Toca, pues, todos los resortes del buscador de empleos en esta correspondencia. Demuestra que ya conoce las intrigas de pasillo, cómo fraguar alianzas o deshacerlas. Pero no consigue salirse con la suya. Quizá porque, como dice su pasante Herndon, a pesar de todo era demasiado orgulloso. El bien pagado y brillante puesto no va a parar a sus manos. Para compensarlo, Taylor le ofrece el puesto de gobernador de Oregón, el reciente territorio del lejano noroeste. Nos encontramos ante uno de esos instantes cruciales en la vida de un hombre, en el cual un sí o un no van a cobrar una importancia decisiva. Lincoln lo piensa. El puesto le abre la posibilidad de una larga permanencia en la cumbre del lejano Estado, pero, como escribe su esposa, «seguramente nos será casi imposible volver a Washington». Resulta muy acertado el razonamiento de Mary Todd.

El destino interviene otra vez

Renuncia, pues, y elige el ostracismo, la retirada a Springfield. Sin embargo, lo más importante de esta retirada no radica en lo dicho hasta ahora. Todo lo anterior tiene su importancia, sin duda, pero lo que realmente cuenta es que, al regresar a Springfiel, Lincoln ha de poner en marcha de nuevo sus cualidades de luchador tenaz.

Ha de empezar, por de pronto, por recobrar su clientela de abogado, maltrecha tras los años de ausencia. Y ha de volver a lidiar con las dificultades económicas; a ser de nuevo, en una palabra, lo que durante tantos años fue: un hombre de la frontera. «Abe» tiene ya cuarenta y un años. Y los rasgos de su carácter, que se han ido formando en el curso de su vida, son más difícilmente modificables. Algunos ya dominan sobre todos los demás. Por ejemplo, su ensimismamiento y melancolía. Las fotos de Lincoln, que nos son familiares, nos lo muestran, de ahora en adelante con una expresión reconcentrada, de hombre retraído y taciturno. Las causas, como hemos visto, fueron múltiples: la pérdida de la madre, de su hermana y de su primera novia, el no entenderse con el padre, el paludismo que debió afectar su hígado, su gusto por la lectura, la necesidad de encontrar dentro de sí, reflexionando a solas, lo que a otros les proporcionaban las clases de buenos maestros. Ahora hay que añadir a todo eso su fracaso matrimonial.

Cara y cruz de su matrimonio con Mary Todd

El llamado Padre de los esclavos, el consolidador de la Unión, no fue un hombre feliz en su matrimonio. El, que había dejado a Mary Owens por ser demasiado amante del bullicio y las fiestas, ha sido atrapado por Mary Todd, tan bulliciosa y desde luego más enérgica y ambiciosa. Su creciente neurastenia la llevará finalmente a la locura, una vez asesinado su esposo. Lincoln, pues, no es feliz en casa. Y ocurre que cuando un hombre no se encuentra a gusto en el hogar, se marcha. Unos van a la taberna, otros se entregan al trabajo. Otros se inventan trabajos nuevos. A otros, y es éste el caso de Lincoln, ese tiempo no gastado en casa le permitirá dedicar más horas al estudio de sus asuntos de abogado y a la lectura de temas políticos, y también para frecuentar en tabernas y clubs, en mítines y reuniones a sus electores y correligionarios.

De un político se dice que es un hombre público para contraponerle al ciudadano normal, cuyo tiempo se reparte entre e! trabajo y e! hogar. Ello supone que le interesan más la calle, los salones, que el hogar. Pero que Lincoln no sea feliz no significa que las relaciones con su esposa sean constantemente malas. Ni que ella no le ayude. Al contrano.

En uno de sus discursos como congresista, Lincoln ha afirmado: «contadas son las cosas enteramente buenas o enteramente malas». Y ha añadido: «de continuo se requiere nuestro mejor juicio para determinar la preponderancia de unas u otras».

Pues bien, este equilibrado razonamiento de Lincoln hay que aplicado a la hora de valorar el peso que en su obra pública tuvo su vida privada. Y especialmente su matrimonio. Por de pronto, la ambición de Mary le ha ayudado mucho en los comienzos de su carrera. También le ha ayudado en Washington, ya que ella es una mujer con cualidades para llevar la vida de una dama importante. Al mismo tiempo, y aunque desde el principio el matrimonio no conoció la holgura económica, Mary pechó con ello y se resignó a dejar de ser una señorita de buena familia. Incluso habría que hablar de una ayuda indirecta. El genio de Mary, sus ataques de ira neurasténica, sus manías de estar en todo y demostrar de alguna forma que ella juega un papel decisivo en la vida de su esposo, constituyen un acicate para que, en este período de apartamiento, Lincoln se encierre más en sí mismo, se analice más, trate de conocerse mejor.

Por esta época la sensibilidad del que será Presidente se muestra más viva en sus cartas. De un lado, para huir del hogar, «Abe» da rienda suelta a su espíritu nómada y se dedica a recorrer los Tribunales itinerantes del Estado, defendiendo casos aquí y allá y cimentando su fama. De otro, su necesidad de afecto le lleva a expresarse como escritor. Escribe poemas, ensayos. No pierde el gusto por la broma y la ironía, pero su búsqueda de grandes ideas morales se hace más aguda. Sus exámenes del tema de la esclavitud resultan cada vez más intensos, moderados siempre en las expresiones, pero cargados progresivamente de pasión. Un espíritu solitario y que sufre está siempre más dispuesto a sentir el dolor de los demás. Naturalmente, si la vida privada influye en él durante todos estos largos años, su apartamiento de la vida política será determinante. Y ello, como es lógico, porque Lincoln, aunque se haya marginado de la lucha política, sigue pensando como político. En principio parece decidirse por el solo ejercicio de la abogacía, permaneciendo en ese oscuro puesto de notable político de una región donde se cuenta con él, se le pide que maneje influencias ante algunos electores o que pronuncie un discurso. Hay un momento en que su actitud induce a pensar que todas sus aspiraciones se han reducido a esto y a solucionar de una vez su situación económica. En parte es el fruto de haber perdido en el período de congresista en Washington las energías de muchos años de lucha. Estamos, pues, ante un momento de descanso de un luchador cansado, de alguien que se toma una pausa. Pero también la abogacía le divierte: es decir, le hace sentirse a gusto.

Lincoln, abogado itinerante

Curiosamente, otro de los rasgos de Lincoln, su autodidactismo, terminará jugando su papel en este período y sacará al futuro Presidente poco a poco de los tribunales para devolverle a la palestra de los discursos en los mítines, a la redacción de documentos políticos.

y es que, como hemos ido viendo, a Lincoln le faltó formación jurídica. Le hemos contemplado en sus comienzos como amanuense de New Salem, como practicón de un abogado de nota en Springfield. Otro cualquiera, al volver de Washington, con el prestigio de un ex congresista, habría procurado instalarse definitivamente en Springfield. Lincoln, al contrario, alterna esto con un constante deambular ante Tribunales itinerantes: tribunales nombrados por los magistrados de Springfield y que imparten justicia sin sede fija, desplazándose allí donde pueden juntarse varios casos pendientes.

Si la vida de los hombres fuera como la de las miquinas, de tal modo que un movimiento llevara como consecuencia inexorable otro, habría que explicar, observando los resultados finales, que el gusto de Lincoln por el trato de las gentes, la necesidad, inconsciente quizá, de recobrar sus viejos electores, fue lo que le llevó a tomar esa decisión. Pero ocurre que un hombre no se mueve como una máquina. Lo que un hombre decide hacer, depende en cada momento de la presión que sobre él ejercen muchas fuerzas. Unas, íntimas, provienen de su carácter. Otras, son exteriores: las presiones del medio. Unas y otras se enfrentan. y no sólo las interiores con lai exteriores, sino todas ellas entre sí.

Y tales tensiones explican que Lincoln se refugie en la pintoresca abogacía itinerante. Le impulsan a ello los disgustos con su esposa, su afición al viaje. Y también su escasa formación de jurista, su inseguridad. Sabe cómo mover a un jurado, del mismo modo que sabe cada vez mejor cómo imprcsionar a una reunión de electores. Pero en Springfield hay cada vez más abogados que estudiaron leyes a fondo.

Esa primera frontera del Illinois está cada día más civilizada. Y en Springfield las maneras del abogado Lincoln no son siempre apreciadas. Incluso habría que decir que lo son cada vez menos. Al mismo tiempo, el idealista que lleva Lincoln dentro le impulsa a ejercitarse en estas formas rudimentarias de la justicia, donde valen todos los trucos para salvar al detenido, como ya hemos comprobado, pero siempre y cuando esos trucos sean visibles, apreciables para personas de bajo nivel cultural.

Lincoln, pues, participa en casos de robos y asesinatos, en pleitos pintorescos y sonados. No le dan demasiado dinero. Pero ya hemos visto que le proporcionan otras cosas más decisivas para él que es un hombre muy poco preocupado por los dólares. Sus normas de actuación en esta época siguen siendo elementales. Persuadir de las ventajas de un convenio, no provocar pleitos, no admitir pagos anticipados, ir al espíritu y no a la letra de la ley.

Tampoco ahora, al examinar este período de duda, de retraimiento como político, debemos imaginar a Lincoln como un coloso por encima de sus compatriotas. Hay cientos de Lincolns en la Unión. Todavía hoy, el modo de proceder de la justicia americana, inspirada por la justicia inglesa de después de la revolución de Cromwell, recogida en los textos de los padres fundadores, tiende a practicarse así. Por otro lado, se impone decir que, pese a que Lincoln no ha elegido el camino del enriquecimiento rápido, la familia prospera. Se añade un nuevo piso a la casita de Springfield, que ya está decorada al estilo de la clase media. El matrimonio disponede un carruaje, que "Abc» no usa, y en el cual Mary Todd se da postín repartiendo invitaciones para su próxima fiesta y comentando lo apasionante que resultó el último baile oficial al que fueron invitados. Además, la pareja se puede permitir hacer algunos viajes. Uno de ellos, por el Mississipí de nuevo -desde el barco, Lincoln escribe una hermosa carta recordando a los esclavos y su primer contacto con el Sur-. Otros por el norte del Estado, a Chicago.

Abraham Lincoln, pues, ha llegado a la cúspide como notable local. Aunque es sobrio y sólo disfruta con los pequeños placeres de la vida. Durante todos estos años, la cuestión sobre la «institución» sigue caldeándose, aunque no han ocurrido sucesos decisivos que aceleren las tomas de posición de forma dramática. Aún se mantiene, por así decirlo, el statu qua. Hay que acabar con la esclavitud, pero hay que andarse con tiento para que el Sur no se separe.

Mientras tanto, otros temas importantes ocupan fuertemente la atención nacional: la carrera del oro a California; la construcción de los ferrocarriles; las nuevas máquinas e invenciones que asombran a todos cada día... En medio de este panorama surge un grito de protesta que subleva la conciencia del país. Acaba de publicarse una novela titulada La cabaña del Tío Tom. Corre el año 1852; Lincoln, como la mayoría de sus compatriotas, también la lee y siente en su alma una profunda y definitiva sacudida ante aquella injusticia que se perpetúa de manera intolerable. «Abe» definirá a su autora, Harriet Beecher Stowe, como «la mujer que ganó la guerra».



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EN 1854 -año en el que nace Tadd, su cuarto y último hijo- Lincoln se lanza de golpe a la política. Y no sólo de golpe, sino rompiendo con todos los moldes de su actuación anterior. Abandona el viejo partido liberal para fundar, como uno de los representantes de Illinois, un nuevo partido: el republicano. Seis años después, el joven partido, decididamente antiesclavista, conseguirá ganar las elecciones. Ya hemos visto que las diferencias entre demócratas y liberales eran muy imprecisas. Ahora mismo, en estos años en que Lincoln está ya a punto de convertirse en figura nacional, y no sólo del partido republicano, su mujer escribe a una amiga y le confiesa que «Abe» no anda muy lejos de sus rivales demócratas, que no es tan antiesclavista como se puede suponer y quieren hacerle parecer. Para Mary Todd, como para mucha gente en América, se vota a los demócratas porque son demócratas las gentes distinguidas y porque se siente admiración por el Sur.

La ruptura con el partido liberal proviene de la necesidad de encontrar una agrupación política nueva en la que puedan manifestarse claramente los puntos de vista innovadores y resueltos. ¿ Y cuál ha sido el tema en torno al que los liberales mantuvieron siempre una actitud de quiero y no puedo?; La esclavitud. Parece coherente, pues, que los republicanos se agrupen fundamentalmente en torno a las posturas antiesclavistas. En el partido habrá radicales o moderados, a la hora de buscar soluciones para «La Institución», pero les une el abolicionismo.

Naturalmente, para que el tema de la esclavitud destroce a un partido arraigado como era el liberal, y dañe al demócrata, pues también algunos demócratas pasan al nuevo partido, el tema de la esclavitud ha tenido que calentarse decisivamente. Como se ha dicho ya, el caldeamiento en torno a la esclavitud, es decir, la incesante polarización de las personas y los grupos sociales en torno al mantenimiento de los esclavos, está sirviendo de bandera a otros temas; el predominio que el Sur agrícola ejercía sobre la Unión.

Pero el hecho es que muchísima gente no veía este aspecto fundamental del asunto. Sólo veía la superficie. Lo inhumano de la esclavitud, unos; la solución única para mantener a los salvajes juntos, otros. Pero progresivamente todo el mundo va siendo consciente de que, al lado de razones altruistas que demandan la abolición, existen otros intereses.

1854 será el año en que todo eso queda claro. Se producen los llamados proyectos de ley sobre Kansas y Nebraska. De acuerdo con el compromiso del Missouri, estos nuevos territorios del Oeste, cuya entrada definitiva en la Unión se realizará en 1858, no pueden permitir la esclavitud en su Constitución estatal. Ya se ha dicho quc, pocos años antes, los californianos, para reforzar ese pacto, han votado una constitución de su Estado donde expresamente quedan prohibidos los esclavos. ¿Por qué? Por razones altruistas, desde luego, pero también por razones económicas. Con los esclavos no hay forma de organizar la economía sino sobre una base agrícola de monocultivo. La esclavitud sólo resulta posible con grandes extensiones de tierra poseídas por muy pocos y dedicadas a un solo cultivo -algodón, tabaco, café, arroz-. Con la esclavitud aceptada, los hombres emprendedores y ambiciosos llegados tumultuosamente a California en busca de oro y un enriquecimiento rápido, no podrán nunca instalar fábricas ni redes comerciales como en los industriales Estados del nordeste. Pero si esto lo ven así las gentes del Oeste, también lo ven las del Sur. Se dan cuenta de que en cuanto los colonos del Oeste y los capitalistas industriales del Norte formen sociedades, inviertan juntos dinero, desarrollen ferrocarriles y vías fluviales, en muy pocos años la economía agrícola del Sur se verá ahogada. Y con ella su poder. El Sur tendrá cada vez menos voz, menos votos. Dejará de nutrir con hombres la Presidencia o el Senado. Y los nuevos políticos harán aquellas leyes que favorezcan los intereses de los industriales. Por eso, durante años, los Estados del Sur, amenazando con la separación, han ido consiguiendo compromisos legales, que fuerzan a sus rivales. La amenaza es clara: de no cumplir esos pactos, se puede acusar a los del Norte de traicionar la Constitución, de ser infieles a las leyes que prometieron acatar.

Por tanto, el Sur es consciente de que ha de romper el cerco que poco a poco le va ahogando. Primero alza la voz; después pasa a los hechos, para, una vez consumados éstos, lograr lo de siempre: un pacto legal. Esos hechos son la invasión de Kansas y Nebraska por colonos sudistas o testaferros a su servicio que, una vez establecidos en esos territorios, votarán porque en ellos sean aceptados los esclavos. Nebraska y Kansas -la «Kansas sangrienta» de una célebre canción antiesclavista- votarán a la fuerza, mediante amenazas, luchas en las urnas y fraudes, una Constitución que autoriza los esclavos.

Naturalmente, la invasión provoca reacciones. Los abolicionistas no están dispuestos a ceder ambos territorios a sus enemigos. Los sureños quieren entrar en este territorio, al norte de la línea del Tratado del Missouri, con sus esclavos, basándose en las concepciones de Calhoun: «si se consiente a un ciudadano trasladarse de un lado a otro con sus bueyes, sus herramientas o su bastón, no puede impedírsele que haga lo mismo son sus esclavos». Para contrarrestar esta teoría se forman sociedades que favorecen la emigración de blancos humildes a Kansas y Nebraska mediante la entrega de dinero para que puedan comprar tierras. Esto provoca innumerables y crecientes conflictos con los sureños. Los desórdenes iniciados en 1854 en Kansas han de verse, pues, como el primer acto de la guerra civil. Este es el momento en que Lincoln se lanza de nuevo a la lucha. No obra, pues, movido por una fría decisión personal, sino arrastrado por la sacudida que electriza al país.

Lincoln ha encontrado, al fin, la corriente que le va a empujar. Y, curiosamente, el primer obstáculo que ha de vencer es Stephan Douglas, a quien derrotó en el corazón de Mary Todd, pero que le ha ganado después siempre. Y que todavía le va a ganar antes de 1860. En un primer momento, más o menos los dos años que median entre 1854 y 1856, Lincoln, aunque ya lanzado a la política, sigue practicando como abogado. E incluso es en esta época final de su carrera como abogado cuando llegan a sus manos casos importantes, donde se luce. Ya antes había defendido negros. Ahora lo hará y mucho más sonadamente. La organización del nuevo partido republicano le favorece. En él forman eminentes figuras de la intelectualidad nacional. El poeta Longfellow, el filósofo Emerson, el catedrático de Derecho político de Harvard, Summer Greeley, director del New York Times. Y aunque Lincoln sigue siendo sólo un notable local, la sombra de tanta gente ilustre le cubre. No obstante, cuando toma su primera decisión, enfrentarse a Douglas a comienzos de 1855 sobre el tema de la esclavitud en Kansas, en un durísimo discurso, el eco de su actuación, que fue muy grande, todavía se reducirá a Illinois. Pero van a suceder cosas que al fin sacarán a Lincoln de su feudo. Esas «cosas» son los sucesivos acontecimientos de la lucha antiesclavista. En primer lugar, en 1856, Lincoln adopta una actitud que quizá tuviera algo de táctica, pero que le consolida a los ojos de sus paisanos. Decide presentarse como candidato a senador representando al Estado. En el último momento, sin embargo, renuncia a hacer campaña. Al rival por el partido opuesto, el demócrata Trumbull, de quien «Abe» es amigo, se le conoce como antiesclavista convencido. Lincoln decide no competir, para impedir que ganen los esclavistas, y se volcará y volcará los votos del reciente partido hacia ese hombre, aunque sea del partido contrario. Es todo un gesto que correrá después por la prensa del Norte y del Oeste, tras haberse comentado en Illinois. Pero el hecho es que, en 1856 no irá a la Presidencia el candidato republicano Fremont, que pierde las elecciones, ni tampoco Lincoln al Senado de Illinois. A partir de ese momento, sin embargo, los acontecimientos se precipitan y «Abe», que ha entrado en liza como lo que siempre fue, un moderado, irá situándose cada vez más en el ala radical de su partido.

Dos hechos que aceleran su carrera

En 1857, el Tribunal Supremo Federal, por boca de uno de sus jueces, Roger Taney, dicta sentencia en el caso de Dred Scott. Era Scott un anciano negro, durante años esclavo de un médico militar y que, al morir éste, había sido comprado por una nueva familia. El pleito se origina en esta transmisión. La compra había ocurrido en Nebraska antes de que se derogase el Compromiso del Missouri, pero Scott fue liberado antes de esa derogación. El hecho es que el liberto Scott vuelve al Sur y se le persigue. Es un esclavo. Apoyado por los movimientos abolicionistas, Scott pleitea. Scott pedía a los jueces que se le declarase ciudadano de Nebraska, y por tanto, libre. La sentencia de Taney declara que el compromiso del Missouri era anticonstitucional antes de ser derogado y que, por ello, Scott, pese a su condición de «liberto» en Nebraska, era esclavo.

Estalla el escándalo. Los abolicionistas disponen de una nueva arma: la libertad de los «libertas». En 1858, Kansas y Nebraska han de incorporarse como Estados de la Unión y deciden poner a votación la famosa constitución estatal de cuatro años antes. La campaña es dura, aunque ya, gracias a un gobernador enérgico, se desarrolla sin disturbios. Ganan por amplio margen los abolicionistas. y el Sur, indignado, amenaza de nuevo con la secesión. En 1859 se ejecuta a John Brown, uno de los primeros que acudieron a Kansas a implantar el abolicionismo mediante el voto, tras la agresión sudista en el 54 y que ha ido con el tiempo radicalizándose. Convencido de que los sureños tendrán siempre en la manga algún truco legal para seguir saliéndose con la suya, Brown decide formar un grupo armado. Su primera acción la lleva a cabo en Pottawauomier en 1857. Allí asalta una casa, donde se encuentran reunidos varios conspiradores sudistas, y pasa por las armas a cinco de ellos. La sangrienta acción de Brown divide a la opinión pública. Se le persigue. Para los sudistas es un asesino, para los que quieren la abolición pronto, un justiciero. Para todos, una leyenda. Pero Brown dura poco. En octubre de 1859 el grupo del que forman parte varios de los hijos de Brown intenta el asalto del arsenal federal de Herper's Ferry, en Virginia, en el corazón del Sur. La lucha dura toda la noche. Brown toma el fortín; pero de madrugada, los fusileros de marina, dirigidos por el comandante Robert E. Lee, el futuro jefe de las fuerzas sudistas, recuperan el arsenal. Pese al enorme esfuerzo hecho por los abolicionistas, que multiplican, en América y en Europa, las manifestaciones para salvarle, Brown, descendiente de uno de los pasajeros del «Mayflower», impregnado de la obstinación puritana, sube al patíbulo. Surge otra canción nordista: «Su alma marcha delante».

Estos dos grandes sucesos resultarán decisivos en la carrera de Lincoln, el cual, conviene repetido, va apareciendo como el representante del abolicionis¬mo radical. Son los hechos los que elevan su figura. En 1858 Lincoln, que había calificado la sentencia contra Scott de injusta moralmente, pero legal, decide presentarse de nuevo a senador por Illinois, después de rechazar la candidatura para gobernador del Estado. Su rival es Stephan Douglas, el demócrata ahora, gran dominador del Estado por donde pasea en trenes especiales, con un cañoncito en el vagón trasero que anuncia su llegada a las ciudades.

Douglas ha dado un giro en vista de las circunstancias y, sobre todo, al comprobar que los ciudadanos de Kansas y Nebraska parecen dispuestos a derogar la esclavitud; apoya el derecho que éstos tienen, como soberanos que son de su destino, a revisar su voto. Hablando así, Douglas se muestra honesto y coherente, ya que esos mismos fueron los argumentos que usó para imponer la derogación del Compromiso de Missouri.

Naturalmente, el Sur se le echa encima, pero Douglas recobra su popularidad nacional donde la había perdido, Norte y Oeste, cada vez más decididos. Y la recobra en tal grado que una facción de los republicanos, encabezada por Greeley, el Director del New York Times, le propone abandonar el partido demócrata y entrar en el suyo para convertirse en candidato a la Presidencia en 1860.

Un gran debate nacional, Douglas-Lincoln

Es, según todos los indicios, este último hecho el que decide a Lincoln a saltar a la palestra nacional y montar su polémica con Douglas. Ahora no ya en forma de un discurso aislado, como lo hiciera en 1855, sino proponiéndole un programa de debates en las principales ciudades del Estado: Springfield, Cincinatti, Chicago, por señalar las más importantes.

Lincoln ha comprendido dos cosas. La primera, que el nuevo partido republicano no puede ignorar la necesidad de solucionar a fondo y de una vez la cuestión del abolicionismo y, por tanto, de la Unión. Y, la segunda, que no puede dejar en manos de gente como Douglas el problema, permitiendo que ante cada frenazo a la expansión del esclavismo, el Sur amenace con separarse. Si gente como Douglas toma el poder, se cederá de nuevo ante ese chantaje. También ha comprendido Lincoln que su carrera política debe dar el salto definitivo. En el partido se le tiene por imprescindible en Illinois, pero son demasiados los que le desconocen y quienes le identifican con el radicalismo para cortarle una carrera nacional. De ahí el veto a Douglas.

La «casa dividida», un discurso para la posteridad

Lincoln comienza su campaña en Springfield pronunciando el famoso discurso de la casa dividida. "Una casa dividida, afirma glosando una frase de la Biblia, no puede sostenerse». Y a continuación, equiparando la Unión a la casa bíblica, remata su argumento:

Creo que este gobierno no puede resistir, de manera permanente, el ser mitad esclavista y mitad emancipador. No espero que la Unión se disuelva, no espero que la casa se derrumbe, lo que espero es que cese de estar dividida... Un Estado en el que coexisten la libertad y la esclavitud no puede perdurar.

Lincoln termina su discurso incitando a que, o bien, mediante la lucha legal y los argumentos ante los electores, se imponga en todos los Estados la esclavitud, o bien, con los mismos mecanismos, que sea abolida en el territorio entero. Es, como se ve, una solución nada extremista. A continuación invita a Douglas, que aún no ha llegado a Illinois, al debate frente a frente en las principales ciudades del Estado. Algo muy semejante a lo que un siglo después haría Kennedy, gran conocedor de Lincoln, al proponer a Nixon un debate ante las cámaras de televisión.

Douglas, hecho a las maniobras de Washington, a las intrigas de pasillo, a los juegos de influencia, se niega en principio a aceptar el debate con Lincoln. El «pequeño gigante», como se le conoce por su corta estatura física y su gran talla de tribuna popular, decide, sin embargo, aceptar al final. Comprende también él que la crisis se aproxima. Y aunque el debate no va con su manera de ser, se lanza. Lo que decide la suerte de ambos políticos es la reacción de la prensa. Periódicos republicanos y, por tanto, del partido de Lincoln, como el New York Times, o el Chicago Tribune, tienen a Douglas por un hombre más práctico, capaz de sosegar al país, y le miman como futuro presidente, intentando atraérselo. Entonces acuden con él a Illinois a ayudarle a obtener una victoria electoral sonada que le sirva de trampolín para la campaña presidencial. El duelo comienza en la ciudad de Ottawa, en una tribuna al aire libre, y termina en Chicago ante cincuenta mil personas. Entretanto ha ocurrido algo: toda la pequeña prensa de la Unión se ha interesado por el debate, todo el país, a través de los telegramas de las agencias informativas, ha ido siguiendo paso a paso, progresivamente intrigado, este espectáculo inédito en la vida política americana, donde lo normal hasta entonces era que cada candidato visitase por separado a los electores y se hiciera escuchar en un ambiente de fervor. Es indudable que Douglas fue la figura que atrajo a la prensa hacia el debate. Cabe pensar que Lincoln contaba con eso. Así pues, en este gesto de reto a Douglas se ponen de manifiesto las mejores dotes de la personalidad de «Abe». Su tenacidad, capaz de llevarle población tras población a repetir los mismos argumentos; su pragmatismo, capaz de medir el provecho que sacaría del combate, aunque perdiera; y, sobre todo, su confianza en la causa que defiende. Douglas gana la batalla y será senador en 1858. Pero el nombre de Lincoln se ha dado a conocer en todo el país. Y en ello juega un papel determinante un instrumento que desde poco antes ya cubre toda la Unión: el telégrafo.

La prensa que apoya a Lincoln no es la de los grandes capitalistas del nordeste, para quienes «el leñador de. Illinois» resulta excesivamente radical, poco brillante y demasiado provinciano, incapaz de comprender los complejos intereses del gran capitalismo. Este querría a la vez dominar el Sur, liberar la mano de obra negra para sus factorías, pero sin arruinar sus inversiones en algodón o tabaco. La prensa que ayuda a Lincoln son los innumerables y pequeños periódicos estatales y hasta locales de los Estados pioneros del Medio y Lejano Oeste. En ellos, en la época, la libertad de expresión es todavía algo vivo. Comentan con desenvoltura y hasta ferocidad todo lo que conocen y procuran no callarse nada porque, si se lo callan y el periódico rival lo publica, perderán tirada y finalmente habrán de cerrar. Son ellos, pues, los que difunden la figura de Lincoln porque ésta interesa progresivamente a sus lectores. Así es como otra institución de la América moderna entra en liza en la batalla de los esclavos: el sentido de la libertad de expresión, la confianza popular en los órganos informativos y la capacidad de éstos para ocuparse de cualquier tema.

Douglas, hijo de un médico arruinado, que debió trabajar para llevar a cabo sus estudios de abogacía y acabó al fin contrayendo matrimonio con una dama acaudalada, es ingenioso, vivaz, dominador de la vida social washingtoniana. Tiene, pues, muchos rasgos que pueden gustar entre los pioneros. Pero, al mismo tiempo, su fortuna es demasiado grande, ha viajado por Europa, visitó al Zar, ha estado a punto de ser candidato por dos veces a la presidencia, y se ha enriquecido. Pero su esposa es hija de un rico propietario de esclavos, aunque él ha dejado en manos de esta hermosa mujer la administración de las fincas. Los esclavos, sin embargo, están ahí. Como los trenes especiales que avisan su llegada a los pueblos de Illinois a cañonazos.

Enfrente, Lincoln, mucho más tosco. Más trabajador. Sin riquezas. Menos despegado de las gentes humildes. Con una oratoria más profunda, y sobre todo, más comprensible, con un sentido del humor y de la crítica más agudo y popular.

Lincoln candidato a la presidencia

Es indudable que también favorece a Lincoln otra de las instituciones de las que la América de la época se siente orgullosa y de la que también se ha hablado aquí: la magistratura. Su carrera de abogado, sobre todo la de abogado itinerante, le ha dado experiencia y fama.

Ha conseguido sentencias adecuadas a casos humanos, como la muy reciente a favor del hijo de su amigo Armstrong. La idea de que una ley ha de ser pragmática, adecuarse a las circunstancias, está muy arraigada en la América de la época. Favorece a Lincoln. Y no sólo en el Oeste. También en las ciudades fabriles, donde los trabajadores escuchan una voz que suena próxima a la suya.

Dos años más tarde, en la convención de Chicago, el partido republicano elige a Lincoln candidato a la presidencia, a pesar de las normales intrigas dentro del partido que tratan de eliminarle. Pero durante esos dos años Lincoln ha machacado tanto sobre la idea de abolir la esclavitud, que eliminarlo equivaldría a eliminar la idea. Hay que hacerlo de tal manera que la Unión no se quiebre, argumenta Lincoln, pero la única forma de que los americanos rompamos para siempre será que no se solucione el problema. Y liga esta lucha con la de los humildes, el mundo del trabajo. Lo que las gentes que le vota¬rán escuchan detrás de su forma de razonar es que «elleñadop> está decidido a enfrentarse con el tema de la crisis del país de un modo nuevo.

En la convención republicana de Chicago, en mayo de 1860, sus partidarios llevan dos raíl es de tren en cuya fundición, dicen, trabajó el joven «Abe». Lincoln se burla. No cree que sea verdad. Y, en cualquier caso, podría hacerla mejor ahora, añade. En el Sur, su nombre se pronuncia con odio. Se le llama, como a sus partidarios, «republicano negro». Se advierte que una victoria suya llevará consigo la separación, la secesión. No importa, Lincoln es elegido. Lincoln recibe en Springfield el nombramiento como candidato jugando una partida de bolos. Lee el telegrama: «Hay una dama en la calle octava que se va a alegrar al leerlo», comenta.

Y tiene razón. Mary Todd está radiante. Las posibilidades de Lincoln son inesperadamente enormes. Ha saltado a la fama casi de golpe, catapultado por tantos y tantos años de esfuerzos. El New York Times, el Chicago Tribune, los grandes periódicos le apoyan ahora, aunque con reservas. Le apoya el Oeste, le apoyan los trabajadores del Norte. Frente a él tiene a Douglas de nuevo como candidato a la presidencia. Pero esta vez ya no se ve tan seguro que Douglas gane la partida. Lincoln es el único candidato republicano. Dentro de su partido, los radicales no lo consideran muy seguro, pero le apoyan; a los moderados no acaban de gustarles sus modales, pero le apoyan también. Día a día se va convirtiendo en un símbolo. Douglas, en cambio, es sólo el candidato del ala moderada del partido demócrata. Los extremistas sureños presentan a un tal Breckenridge.


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Introducción

EL 6 de noviembre de 1860, toda la Unión se entera de que Abraham Lincoln ha sido elegido Presidente. Unos meses antes, un diputado de Carolina del Sur, Keitt, anunciaba que la victoria de Lincoln daría nacimiento a una democracia tan fuerte como no se había visto en la tierra desde la que surgiera en el París de 1789. «El Sur, concluye Keitt, no puede someterse, sería nuestro final.» Keitt identifica a Lincoln con la revolución. Yeso que Lincoln sale ganador en las urnas por un escasísimo margen. Ha obtenido 1.900.000 votos, frente a 1.400.000 de Douglas, y otro millón repartido entre distintos candidatos. El Norte ha volcado el medio millón de votos necesarios. En tres Estados del Sur no ha conseguido ni un solo voto. El Charleston Mercury publica la noticia en la sección: «Noticias del extranjero». A partir de este momento, la historia de Lincoln se funde con la de los Estados Unidos de América. Todas las anécdotas que puedan contarse de él en este período, aunque abundantes, carecen de sentido. Lo que importa son sus actitudes y sus frases, que ya serán siempre públicas. Porque incluso cuando un gobernante calla ante un determinado caso, su silencio quiere decir algo.

Lo primero que se pregunta el país el 6 de noviembre es si estallará la guerra. ¿ Qué hará el Presidente recién elegido si los Estados del Sur, cumpliendo las amenazas hechas durante la campaña electoral, se separan? ¿Atacará el Sur? ¿Cómo y de qué manera estallará la guerra? En sólo unos meses la tensión ha subido al máximo. Lo que parecía imposible, la secesión, está ahora a la vuelta de la esquina. Las palabras «guerra civil», que durante años se escucharon solamente en las bocas más exaltadas, como las de John Brown o los sureños extremistas, afloran ahora a todos los labios.

Comienza la secesión del Sur

El 6 de noviembre el país conoce el triunfo de Lincoln. El 20 de diciembre, Carolina del Sur proclama la secesión, se separa de la Unión. Y detrás de Carolina en un movimiento progresivamente acelerado, todo «el profundo Sur» va abandonando la Unión. El 4 de febrero de 1861, un mes antes de que «Abe» jure su cargo, los representantes del Sur rebelde ya se han reunido en Montgomery, capital de Alabama, para redactar su propia Constitución y nombrar otro presidente. El nuevo organismo, formado por siete Estados en ese momento, se autodenomina CSA -Canfederated States af America-, frente a las siglas USA de los United States af America.

La Constitución provisional de la Confederación se prepara en sólo dos días: es un calco de la que los secesionistas acaban de rechazar; la que elaboraron los padres fundadores. Con una sola diferencia: que la esclavitud es reconocida legalmente. Se elige Presidente de la Confederación al senador del Mississipí, Jefferson Davis, a quien el anuncio de su nombramiento coge de sorpresa en su plantación.

Al igual que Lincoln, Davis también ha nacido en Kentucky, en una cabaña de pioneros. Su estatura es también pareja e incluso su rostro, anguloso, recuerda al de quien, de ahora en adelante, será su enemigo. Sólo que, por su segundo matrimonio, Davis ha entrado en la aristocracia sureña. El discurso de toma de posesión de Davis, dos días más tarde, será de tonos nobles y serenos, con una sola alusión final a la eventualidad de defender los derechos del Sur con las armas. En tal situación, Lincoln adopta una actitud que ha sido en parte una constante suya en los últimos tiempos. Y, desde luego, que marcará su conducta durante toda la guerra. Consiste en no precipitarse y luego, cuando sea oportuno, lanzarse a la acción. La situación es complicada. Parte del Sur se ha separado. En el propio distrito federal, donde siguen persistiendo los esclavos, no se sabe muy bien quá actitud adoptar. Los insultos llueven sobre la figura de Lincoln en el Sur, pero también en el Norte. En los periódicos se comienza a pedir que el partido republicano modifique su programa, con tal de evitar la guerra; que se ceda en el tema de la abolición para terminar una vez más en un acuerdo. Llegada la hora de la verdad, se quiere retroceder. Y para muchos, al precio que sea.

En Springfield, recibiendo cartas amenazantes, noticias de complots, paquetes anónimos donde le envían puñales, Lincoln observa e interroga. Observa sobre todo lo que ocurren en Washington, donde el viejo Presidente demócrata, Buchanan, aún en funciones, puede tomar aún decisiones capitales. Buchanan escucha a Black, una alta personalidad jurídica, que le dice que ni el Congreso ni el Presidente tienen derecho a hacer uso de las armas contra un Estado, que la Unión es el resultado del pacto libre de cada Estado con los demás y que, por consiguiente, los secesionistas tienen, según la Constitución, derecho a separarse.

Por supuesto, se trata de un argumento de cierto peso. Pero al mismo tiempo dimiten ministros de Buchanan que quieren medidas enérgicas. Y el Presidente contempla cómo el ministro de la guerra, Floy, envía armas federales -es decir, pagadas por todos los Estados- a los Estados secesionistas sin reaccionar. La única respuesta presidencial se concreta en un mensaje al Congreso en el cual declara que ningún Estado tiene derecho a separarse, pero que igualmente, el Gobierno Federal carece de poder para impedido. La declaración consigue dar ánimos a los rebeldes en su separatismo e incluso las potencias europeas se hacen a la idea de que los Estados Unidos de América se han roto para siempre, que habrá a partir de ahora dos países. Buchanan, pues, elige el camino de lavarse las manos. Dentro de pocos meses se irá a vivir a su casa de Pensilvania. Que resuelva Lincoln el problema, si es que no se lo resuelven antes. Porque bien podría suceder que alguien le matase. O incluso que el propio partido republicano le obligara a renunciar.

Para Lincoln, pues, la situación repite uno de los innumerables momentos de hostilidad y dificultades con los que ha debido - enfrentarse en su vida. Como se anotó ya, la obsesión de Lincoln es buscar la forma de salvar la Unión sin destrozar el Sur. Sabe, pues ese ha sido su tema en la campaña electoral, que ha de terminarse de una vez para siempre con la esclavitud. Sabe, y así se lo dice a sus colaboradores, que si retira el proyecto de abolida, para atraer a los secesionistas, el remedio habrá sido peor que la enfermedad. El Sur se habrá salido con la suya; después querrá que se autorice la esclavitud en todos los Estados; y más tarde, que vuelva a ser legal la trata de negros. Eso es algo en lo que Lincoln no está dispuesto a ceder.

Pero al mismo tiempo quiere evitar la confrontación armada. Sospecha que, detrás del aparente idealismo de ciertos grupos, lo que se oculta es el deseo de entrar en el Sur como aves de rapiña en busca de un botín; que otros desean la libertad de los negros para tener mano de obra barata; que una guerra a sangre y fuego consolidará la Unión, pero no podrá resolver el problema de los esclavos como por ensalmo.

El, que es un moderado, sabe que hay ciertos pactos que ya no pueden repetirse. No hay posibilidad de otro acuerdo como el del Missouri. Ya no es hora de trazar una raya sobre el mapa norteamericano y decir: de aquí para arriba, no, de aquí para abajo, sí. Pero no encuentra la manera de concretar sus ideas.

Hoy, a tantos años de distancia, podemos asegurar que no existía la solución que Lincoln buscaba en estos días iniciales con ahínco.

La solución del problema reclamaba, en 1861, una guerra civil, pero sobre todo, una vez ganada, otra guerra, otro combate: la lucha por la defensa de los negros recién liberados. En el discurso de Gettysburg, a la mitad de la guerra, Lincoln lo intuye. Y lo proclama. No explica los métodos de esa lucha, pero la nombra. El por qué lo mataron radica precisamente ahí: se temió que siguiera siempre adelante.

A estas alturas de la vida de Lincoln, cuando su existencia se funde de tal manera con la vida de su país que terminará siendo un muerto más de la guerra, ha llegado el momento de que nos hagamos otra vez la pregunta del principio: ¿Por qué y para qué lo mataron? Quizás ahora podemos precisar algo más nuestra respuesta.

Las razones de su muerte

Lincoln era un moderado que, cuando las circunstancias lo exigieron, supo conducir la guerra con energía. Era un hombre cauteloso que había tardado en elegir el momento más oportuno para la emancipación de los negros, pero que no había vacilado entonces. Tenía un sentido ético que le había impulsado a enfrentarse a medidas demagógicas y deseaba un final de la contienda en que no todos los sureños fuesen tratados igual. En resumen, toda su trayectoria humana, toda su trayectoria política y, sobre todo, el modo de comportarse como Presidente lo mostraban como un hombre dotado de una serie de rasgos que le hacían difícil de manejar.

Le hemos visto ser tenaz y bondadoso, escéptico pero firme en las decisiones, realista pero inflexible en sus más profundas convicciones idealistas, huraño y melancólico pero capaz de atraerse la simpatía de las gentes llanas y humildes. Todo ello le hacía difícilmente manejable para quienes, por encima de las palabras, buscaban su propio y mezquino interés. Y lo que es más importante, al finalizar la guerra, Lincoln se había convertido en algo semejante a un Dios para los esclavos emancipados y en un hombre incorruptible para los trabajadores y las clases más modestas de la Unión.

Si en la guerra Lincoln se hubiese comportado de otra forma, seguramente el odio de muchos sureños habría seguido siendo grande, pero las fuerzas del dinero habrían tratado de llegar a un acuerdo con él.

Lo que se mató no fue al lincoln vencedor, sino al lincoln que quizá pudiera acaudillar otra lucha: la de la emancipación real de los humildes, de todos los humildes.

El país entero había visto cómo iban cubriéndose las etapas de su trayectoria ascendente: pasar de leñador a Presidente; de templado partidario de suprimir la esclavitud por votación a inflexible legislador; de buscador de soluciones para no ir a la guerra, hasta llevarla a sus últimas consecuencias.

De manera que todos aquellos que tenían prisa por organizar la Unión en su propio interés —entrar a saco en el Sur, explotar a los negros recién liberados—, aunque pensaran que a la larga podrían derrotarle, le preferían muerto. Tenían prisa. Hicieron el cálculo de que el tiempo es oro.

Sobre todo calculaban que, sin Lincoln, las fuerzas que se les oponían, y que él podía seguir acaudillando en el futuro —los idealistas de la emancipación, los esclavos, los pequeños granjeros del Medio y Lejano Oeste—, carecerían de un jefe. Y en esas condiciones, lo mejor era montar un complot. El tiro lo disparó una mano sureña, pero la pistola fue cargada en el Norte. Se prefirió lo seguro de un asesinato a lo probable de una victoria electoral. El complot era mucho menos costoso.

Naturalmente, quienes organizan el complot contra Lincoln y se sirven del odio sudista para llevarlo a cabo, conocían la historia de su víctima tan bien al menos como nosotros ahora. Pero, además, tenían delante de sus ojos algo que a nosotros se nos escapa. Los asustaba algo real. Sentían la presión de la fuerza de arrastre popular que emanaba del «honrado Abe».

Como se acaba de decir, los enemigos de Lincoln conocían su vida quizá mejor que la conocemos nosotros. Pero fue decisivo para señalar su muerte el comportamiento de «Abe» en la guerra civil.

Le hemos visto hace un momento apartado en Springfield, intentando evitar la confrontación, y sin saber qué hacer. En ese instante, cuando los grandes periódicos capitalistas del Norte le atacan y piden a voces un acuerdo de paz con el Sur, al precio incluso de la renuncia del candidato a su programa, Lincoln no les hará caso. Cuando vea que no hay otra solución que la guerra, irá a la guerra.

Después, cuando esa misma gente pida la guerra sin cuartel, «Abe» tampoco les escuchará. Meses antes de que ésta termine, mantendrá una entrevista, a bordo del piróscafo «River Queen», con los dirigentes sudistas, enviados, tras muchos titubeos y reticencias, por Jefferson Davis. Lincoln busca entonces un acuerdo de paz y no una rendición sin condiciones. En sólo dos puntos es inflexible: retorno de los Estados secesionistas a la Unión y renuncia a la esclavitud. Los sudistas, incomprensiblemente, no le entienden. Aceptan la abolición, pero quieren permanecer autónomos.

Han sellado su ruina. Ciegos, no se dan cuenta de que en ese momento los grandes periódicos del Norte financiero, como el Journal of Commerce de Nueva York, pacifistas a ultranza cuatro años antes, exigen con grandes titulares la guerra hasta el fin y la rendición sin condiciones. Y el Sur se hade cómplice de estas gentes, movido por el orgullo.

Estos dos datos bastan y sobran para ver cómo la conducta de Lincoln en la guerra le convierte en un estorbo. Esas fuerzas encuentran en seguida a su hombre, popular también, pero diferente a Lincoln. Un hombre de la guerra, enérgico pero deshonesto. El general de los vencedores, a quien Lincoln ha elevado a la máxima responsabilidad militar porque lo necesitaba para ganar: el general Ulises S. Grant. Entre los soldados del Norte y del Sur, las iniciales del caudillo militar, USG, se leen así: Unconditional Surrender Grant: rendición incondicional Grant. Porque ésa es su consigna favorita desde sus primeros encuentros con los secesionistas.

Este fue el hombre que, muerto Lincoln, tras el breve interregno del vicepresidente Johnson, sancionó desde la altura de la Casa Blanca todas las crueldades y arbitrariedades para arruinar el Sur. El hombre que permitió la anulación de las libertades de la Proclama Emancipadora, hizo pasar las grandes fortunas de unas manos a otras y, de ese modo, volvió a «encadenar» a los negros, metiéndoles legalmente en los ghettos de los que tardarían en salir casi medio siglo. Hay que insistir en que Lincoln acaso no hubiese podido impedir mucho de esto —o acaso todo ello—, pero habría sido más difícil para quienes se beneficiaron de su muerte.



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Introducción

Sepulcro de Lincoln en Springfield.
Sepulcro de Lincoln en Springfield.

SON curiosas las relaciones del pacifista Lincoln con el ejército federal. Como Presidente de la Unión, era también jefe supremo del Ejército y la Marina y podía actuar enérgicamente. Pero tenía un Congreso enfrente, dispuesto siempre a exigirle cuentas, presto a expresar la opinión de los electores porque en ello le iba buena parte de la elección a cada congresista.

Lincoln pondrá aquí en marcha las mejores facultades de su vida, todas las que han ido haciendo de él un enérgico jefe y un diplomático. Cuando ambas cosas coinciden, mejor. Cuando no, sabrá decidir cuál de las dos se presta más a la ocasión. Lincoln aprenderá estrategia militar a marchas forzadas y no se le dará mal.

La primera decisión militar de un político

El primer gesto lo proporciona firmando el decreto de abastecimiento al Fort Sumter. La noche anterior ha aparecido en una cena de gala en la Casa Blanca, sonriente, contando sus habituales chistes sobre caballos, borrachos y cocheros. Todo el mundo interpreta dos cosas: o bien se negocia con el Sur; o bien el número de deserciones militares, cada vez más cuantiosas, ha convencido al recién llegado «leñador» de la imposibilidad dé la guerra. Pero lo que Lincoln ha debatido con sus ministros es que el comandante de Fort Sumter le pide retirarse del fuerte porque le falta el abastecimiento. Lincoln pide soluciones. Le dan varias. Ninguna le convence. A la hora de la cena, sin embargo, ya tiene la suya. A la mañana siguiente, desoyendo diversos pareceres ministeriales, firma su primer decreto de comandante jefe. No una orden de guerra, sólo una orden de abastecimiento.

Si el Sur dispara sobre el barco que lleva la carga, el prestigio de la Unión está a salvo. No hay provocación, pero sí fortaleza. Y una buena dosis de astucia. Cuando el 14 de abril el Sur dispara sobre la cañonera de los víveres, un grito recorre la Unión: «Ha tirado sobre la bandera estrellada». Lincoln ha dado el primer paso para que los ciudadanos del Norte se conviertan en voluntarios de sus ejércitos.

De esta mezcla de energía y tacto habrá de ir dando pruebas numerosas veces, sobre todo porque los mejores oficiales, hijos de la aristocracia sudista, están en el bando de la secesión. Después, porque el ejército norteño lo forman voluntarios y a las explosiones de entusiasmo suceden las de desaliento. A la primera petición de voluntarios, en tres meses acuden sólo 75.000 hombres. Y además los generales federales no se distinguen por su competencia.

En julio se produce la primera batalla importante, al otro lado del río Potomac, de modo que Lincoln puede ver la bandera sudista desde su ventana, y damas y caballeros de la capital siguen la batalla con prismáticos. El Norte sufre un descalabro en Bull Run, a manos de Beaugerad y Jackson; la consecuencia es que en el Congreso se le dice al general en jefe: «Después de cinco meses en el Gobierno, los resultados son un desastre militar y una vergüenza nacional.»

Actuar deprisa mirando lejos

La respuesta de Lincoln ha sido, sin embargo, bastante adecuada: de un lado, ordenar el bloqueo de los puertos sudistas, impidiendo que se les abastezca debidamente de lo que antes obtenían en el Norte; de otro, retirar al viejo general Scott del mando y nombrar general al ambicioso joven de 35 años Mac Clellan. En el invierno siguiente la situación ha mejorado. En Fort Henry y Fort Donelson se impone el Norte en enero. Pero, sobre todo, dos meses después, la marina de la Unión consigue, mediante la primera batalla entre barcos acorazados, que el bloqueo permanezca.

El curso de la guerra volverá a favorecer a los sudistas, cuyos estrategas se encuentran más preparados. Y el año 62, que se había iniciado con buenos augurios, se estropea. La bolsa da espectaculares bajones y Lincoln habrá de destinar sus energías al abastecimiento, provocando un impulso industrial sin procedentes —el que al final habría de volverse contra él— e ir seleccionando entre los jóvenes oficiales aquéllos capaces de aprovechar el esfuerzo de guerra de la población civil, de toda la riqueza de la Unión. Y lo hace con determinación, por encima de circunstancias personales. En ese año muere uno de sus hijos, y su esposa presenta los primeros síntomas de enajenación mental. Lincoln no se parará en barras a la hora de medir los votos que le cuesta cada nueva disposición en torno al reclutamiento, que se lleva brazos jóvenes y más impuestos.

El resultado se hace esperar. Pero ya un año después, en 1863, el año de la batalla de Gettysburg, donde se inclina decisivamente el curso de la guerra a favor del Norte, el ejército de la Unión puede al fin destrozar el audaz plan de Lee de separar los territorios del Nordeste del Medio y Lejano Oeste; la Federación seguirá manteniendo enlazados sus graneros y sus centros fabriles y podrá luchar unida.

Es justamente entonces cuando Lincoln presenta el resultado de Gettysburg como la siembra y no la recolección. Otra gran lección de estratega. Saber mirar lejos. Saber que la cosecha aún no llegó. Esta comenzará en septiembre de ese año, con la caída de Viksburg, ciudadela del Mississipí, vital para el Sur, que había perdido Nueva Orleáns muy pronto.

Como ya queda dicho, el gran esfuerzo militar lincolniano ha consistido sobre todo en formar un auténtico ejército regular, y no de voluntarios, y en dar acceso al mando paulatinamente a jóvenes oficiales que dominarán la segunda parte de la guerra: los Grant, los Sheridan, los Sherman. Y para ello le ha importado muy poco el haber tenido que afrontar manifestaciones e incluso motines contra una guerra interminable, jugándose la reelección, y también el que los militares se quejen de que se salta los escalafones. Cuando alguien acusa a Grant de beber demasiado whisky, y estar incapacitado por ello para el alto mando, Lincoln responde: «Pues déme su marca favorita y se la enviaré a los demás generales.»

En lo tocante a la emancipación, Lincoln da idénticas pruebas de intentar saldar el problema a su manera, con independencia y de acuerdo con sus planes a largo plazo. Los radicales del partido llegan a acusarle de negrero porque, con un año de guerra civil encima, la Unión no ha firmado todavía el decreto de abolición. Lincoln espera. Y aguarda porque, mientras combate fiera y decididamente, trata por todos los medios de llegar a un acuerdo.

Así, cuando uno de sus generales, Buttler, al tomar Nueva Orleáns, hace pública la famosa orden número 28, donde a las «llamadas señoras de la ciudad» se les prohibe hacer actos de desprecio o ignorancia hacia el ejército de ocupación, si no quieren ser tratadas como «mujeres de la calle», Lincoln se indigna.

Y no sólo porque, como político, avisado, comprenda que su general ha cometido un acto de antipropaganda que se extenderá al Sur —«Acordaos de Buttler»— y al mundo entero, presentando a la Unión como salvajes. Se indigna sobre todo porque el Sur es para él también la Unión; merecedor, por tanto, de respeto.

Pero lo que le indigna más es que no acaben de entender que la guerra entraña el riesgo de separar para siempre el Sur.

«Sin libertad no es posible la democracia»

De las dos leyes de liberación de los esclavos, la primera se produce después de que la Unión gane la batalla de Antietam, deteniendo en este arroyo a Lee, que amenazaba ocupar Maryland, el pequeño Estado cuyo nombre encabeza el himno de la Unión. La de Antietam es una batalla tremenda, muy sangrienta, que cierra al fin la cadena de desventuras de los unionistas. Pero la Proclama Emancipadora que produce no es una proclamación idealista. Al contrario: Lincoln le da la apariencia de una típica ley de guerra que confisca los bienes del enemigo. Estos bienes, los esclavos, «que pertenezcan a los rebeldes al gobierno de los Estados Unidos» serán declarados libres sin ninguna indemnización para sus propietarios. La expresión «pertenecientes a los rebeldes a los Estados Unidos» es como una llamada a la negociación a quienes en el Sur piensen que la secesión no ha debido hacerse.

Y Lincoln ha hecho así la ley para que sus continuos intentos de negociación, proseguidos también después de Antietam, sean creídos. Por eso apoyará la proclama con una paradoja: no hay otra ley que libere a los esclavos pertenecientes a los Estados que no se rebelaron. En Kentucky, Missouri, Maryland, Delaware y Virginia Occidental, que han permanecido fieks a la Unión, sigue habiendo esclavitud hasta el final de la guerra, en que se publica la segunda proclama, pero ya propuesta como enmienda a la Constitución Federal. Y la tardanza crea problemas para que el Norte pelee con la bandera antiesclavista desplegada. Pero da la medida de cómo Lincoln, decidido a llevar a término una idea —en este caso no destruir la Unión— se vale de cualquier medio...

Seguramente el rasgo decisivo que permite medir el carácter «peligroso» de Lincoln —lo que le convierte en blanco de un complot— lo da su famoso discurso de Gettysburg.

Ya hemos visto que Gettysburg, que es la gran batalla de la mitad de la guerra, supone de hecho el comienzo del fin para el Sur.

Pues bien, Lincoln, este hombre que en un momento dado deseaba un fin rápido de la guerra, y qye sustituye comandantes en jefe uno tras otro y asciende a jóvenes oficiales al mando para conseguirlo; que lucha contra quienes no quieren nutrir las filas de la Unión; que exige a campesinos e industriales un esfuerzo tremendo, pronunciará unas palabras inesperadas el 19 de noviembre de 1863, precisamente en Gettysburg, donde acude a inaugurar un cementerio militar dispuesto para albergar a soldados de uno y otro bando.

Tadd, el último de sus hijos, ha quedado enfermo en Washington. Las tensiones contra Lincoln son fortísimas. Pero su energía es enorme también. Lleva escrito el discurso en un folio un poco arrugado, que apenas consultará. Lo sabe de memoria. Y es seco y conciso. Pero sus palabras no se las va a llevar el viento. Van a formar parte del espíritu liberal americano y van a alimentarlo tanto o más que la Proclama de liberación de la esclavitud.

En el discurso, partiendo del pensamiento de los padres de la república, Lincoln lanza una idea de enorme fuerza. Une su reflexión a las originales de George Washington y Thomas Jefferson, para los cuales la libertad era la norma clave, pero llega más lejos: afirma que la libertad sin democracia no es más que un concepto vacío. Por ello, honra a los muertos enemigos, cuyo valor equipara al de los soldados de la Unión.

«Hace ochenta y siete años —comienza el discurso— nuestros padres crearon en este continente una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales. Estamos ahora comprometidos —prosigue– en una gran guerra civil, haciendo la prueba de si aquella nación, o cualquier nación así concebida y de tal modo dedicada, puede persistir largo tiempo.» Y tras equiparar el valor de todos los muertos, a quienes iguala, pues dice de ellos: «Que vinieron aquí para que esta nación pueda vivir», va a terminar el breve parlamento diciendo: «Resolvamos aquí con elevación de espíritu que aquellos muertos no murieron en vano, que esta nación, bajo el poder de Dios, renazca a la libertad, y que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparezca jamás de la tierra.»

El hombre que dice esto tiene de nuevo guardada la segunda proclama de liberación de la esclavitud en el cajón, esperando el momento oportuno. Y ello es lo que da a esas palabras, tanto o más que el homenaje al enemigo, un enorme peso de sinceridad. Quienes lo tienen enfrente pueden calibrar una vez más que un hombre que habla así ha de estar decidido, una vez resuelta la guerra, a llevar adelante la reconstrucción de una democracia para todos: «Un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.»

Intrigas en la retaguardia

Por eso, la batalla final de Lincoln en la guerra civil no transcurre en los campos de batalla, sino en los pasillos de la Convención republicana. No la dirigen los generales del Norte, sino sus propios correligionarios.

En 1863 Lincoln ha puesto en marcha un sistema de servicio militar obligatorio que dará a la Unión, en todo el territorio, un ejército de casi 900.000 hombres, lo cual equivale a decir que había en armas un hombre de cada veintisiete. El sacrificio no es grande, pues, por otra parte, una inmensa zona del territorio se encuentra al margen de la guerra, localizada ésta en el Este y el Sur.

Sin embargo, los golpes contra Lincoln se suceden unos tras otros. Los más espectaculares y constantes provienen de los idealistas de la abolición. Lincoln no quiere que un «conflicto inevitable degenere en lucha revolucionaria, violenta y sin cuartel». Quiere, por el contrario, «restablecer rápidamente la paz civil, limitar las medidas de castigo, crear en el Sur las condiciones para el renacimiento de una auténtica vida democrática». Y hablando a los obreros de Nueva York advierte: «El capital sin el trabajo no es nada.» Unidas ambas frases, atemorizan.

Pero hay gestos aún más significativos. En Lancashire, Inglaterra, miles de obreros en paro de las factorías textiles, cerradas por la falta de algodón del Sur, se manifiestan a favor de Lincoln. Es algo que no debía pasar inadvertido.

Para el big bussines del Norte —los grandes negociantes que bajo cuerda alimentan a los radicales antiesclavistas— empieza a estar claro que hay que eliminar a Lincoln de la carrera a la reelección. En la firma de la Proclama no ha hecho caso de las objeciones, como no lo hiciera antes de las críticas. Y así, cuando llega la hora de la reelección, los republicanos, tras manejar nombres de políticos, deciden que acaso sea mejor elegir a alguno de los generales victoriosos: Buttler (el de Nueva Orleans), Sherman, Grant...

Sin embargo, la decisión lincolniana de continuar la guerra para implantar la Unión deshace esas intrigas. Poco antes de la Convención, cuando nadie daría un centavo por la suerte política de «Abe», Sherman se adueña de Atlanta, la capital de Georgia. Es un golpe que prueba claramente la fuerza del Norte sobre el Sur. En junio Lincoln obtendrá en Baltimore el nombramiento. En noviembre ganará 212 de los 233 votos electorales de los Estados. Una victoria arrolladora.

La guerra aún tardará en terminar. Sherman descenderá de Atlanta al mar, arrasando el país. Richmond, defendida por Lee, caerá después de que Lincoln pronuncie su segundo discurso como presidente, el 4 de abril de 1865. Lee se rendirá cinco días más tarde, entregando su espada a Grant, a quien Lincoln al fin había nombrado comandante en jefe de los ejércitos federales, en una ceremonia sobria y emotiva.

Cuando una multitud enfervorizada acude a la Casa Blanca a aclamar al presidente vencedor, éste se dirige a saludar y después ordena a la banda militar: «Tocad Dixie; siempre me ha gustado esa canción.» «Dixie» es el melancólico himno de amor a la tierra meridional que a partir de ahora los oficiales del Sur, dispuestos a rehacer sus vidas en el lejano Oeste, tocarán con sus armónicas en campamentos y tabernas, dejando saber así en qué bando lucharon. «Dixie», el himno del Sur, el himno de los vencidos, es justamente el que solicita su vencedor. Sin ninguna arrogancia. Al contrario, como una muestra de reconciliación...

Pocos días antes, en la visita a Richmond, cuando uno de los negros recién liberados se arrodilla para besarle las manos, ha respondido levantándole: «No te arrodilles ante mí, yo soy un hombre como tú.» Ese mismo día, cuando alguien de su séquito le advierte que ahora se podrá ahorcar al fin a Jefferson Davis, el presidente sudista, ha replicado enérgico con un frase bíblica: «No juzgues si no quieres ser juzgado.»

Todos estos gestos y frases lincolnianas tenían por fuerza que engendrar respuestas. Llueven las amenazas de muerte. Generalmente provienen de sudistas vengativos, dispuestos a no perdonar. La paz no va a ser fácil. Pero «Abe», el leñador, ha demostrado ser un caudillo enérgico en la guerra. Puede ser —ha anunciado que quiere serlo—- el constructor de una paz justa.

La desaparición de Lincoln la hizo imposible. Fue la paz de los cementerios. La de un bando sobre otro.

Aunque quizás en tiempos de Lincoln no apareciese clara, la respuesta a la pregunta del principio está dada.

Las 25.000 personas que desfilaron ante el féretro en la Casa Blanca, las sencillas gentes que se agolparon a rendir silencioso tributo al tren fúnebre que recorrió lentamente el trayecto Washington-Springfield, los miles y miles de personas que acudieron después en constante homenaje ante una losa donde «el honrado Abe» reposaba junto a uno de sus hijos, seguramente sólo escucharon la respuesta de algún grupo de vengativos sureños.

Los negros que en las plantaciones improvisaron letras de «blues» hablando de que su profeta estaba en el cielo, acaso escucharon también la misma contestación.

Pero hoy, a más de un siglo de distancia, ya hemos podido ver que no es esa la respuesta correcta. A Lincoln lo mató su deseo de querer conciliar lo que era irreconciliable: una sociedad justa y libre con un sistema económico que necesita perpetuar formas de esclavitud.



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Introducción

INTENTAR un resumen del pensamiento político de Lincoln llevaría con toda seguridad a componer otro libro. Y es que, como todo político, «Abe» Lincoln hubo de expresarse y tomar posición sobre innumerables temas: económicos y sociales; relativos a su Estado de Illinois y de índole general.

Por consiguiente, la selección de sus reflexiones ha de ceñirse a los puntos que nos permiten conocer mejor su manera de ser y su influencia en la historia de su nación.

En unos se expresa «el honrado Abe», tal y como le apodaron sus electores de Illinois, el abogado un tanto picapleitos que iba por los tribunales itinerantes.

La actitud de Lincoln como jurista nos permite verle más humanizado y próximo: idealista y honesto, pero sencillo y sobre todo práctico.

En los otros extractos se expresa el candidato Lincoln en su famosa polémica con Douglas.

Y, finalmente, habla el Presidente enfrentado a una lucha, cuya bandera frente al bando enemigo es la liberación de los negros.

Sencillez efectista ante los tribunales

Como abogado, Lincoln tendía a impresionar a la gente sencilla de los jurados. En un proceso por estafa de caballerías, el rival de Lincoln es un antiguo amigo, Logan. Quizá «Abe» tuviese preparado su discurso, pero observó de pronto que su contrario, con las prisas, se había puesto la camisa al revés. Y «Abe» comenzó su defensa así:

«Míster Logan habló de caballos por espacio de una hora, para demostrar a estos sencillos rancheros los conocimientos que adquirió últimamente en un libro de veterinaria. Pero, ¿cómo podríamos confiar en su pericia en asuntos de caballerías si ni siquiera sabe ponerse a derechas su camisa?»

Jurado y público soltaron la carcajada. Logan quedó en ridículo. «Abe» ya pudo entrar a demostrar la inocencia de su defendido en posición de seguridad.

Todos quienes trataron a Lincoln en Illinois aseguran que era un prodigioso mímico. Y que, de habérselo propuesto, o de habérselo permitido un carácter menos propicio a la melancolía, habría podido triunfar en los escenarios. Siempre que pudo, aprovechó esas dotes para ganarse la simpatía de los jurados.

Veamos un caso. Una querella entre campesinos, donde la razón no se mostraba claramente de ningún lado.

«Mi cliente —empezó Lincoln— se encontraba en la situación de un hombre que, yendo por un camino con una horquilla al hombro, se ve atacado por un perro rabioso. Para salvarse, no tendría más remedio que matar al animal con la horquilla.

Pero el dueño le preguntaría:

—¿Por qué mató a mi perro?

—Porque me atacó, diría mi cliente.

Y el dueño, enojado, preguntaría otra vez:

—¿Y por qué no se defendió con el mango de la horquilla?

Mi cliente habría tenido que responder:

—Porque su perro no me atacó con el rabo.

Por si no bastaran las risas que el festivo diálogo imaginario había levantado en el auditorio, Lincoln simuló a un perro que salta hacia atrás para atacar. Ganó el pleito por voto unánime del jurado.

Una de las más famosas causas defendidas por «Abe» —o más exactamente, de las que le ganaron más fervor entre sus conciudadanos sencillos— fue un juicio por asesinato, en el cual el acusado era hijo de Jack Armstrong, el pionero de New Salem con el que peleara Lincoln recién llegado y que luego le ayudaría cuando se estableció allí años atrás.

Lincoln se enteró del asunto por el periódico. Hacía veinte años que no veía a la familia, pero escribió una emotiva carta a la madre del muchacho, ya viuda. Daba en ella por supuesto que un hijo de Jack Armstrong no podía ser un asesino. Y se ofrecía a conocer todos los detalles y defender al inocente, para corresponder a los antiguos favores de un hombre ya muerto.

El suceso había ocurrido en medio de una discusión de jóvenes un tanto ebrios donde se había disputado un poco por todo, como era bastante habitual en la región, al final de una fiesta.

Lincoln se entrevistó con el muchacho, que se declaraba inocente. Había habido en efecto una pelea entre varios. Pero había testigos que acusaban al joven Armstrong.

Durante el juicio, «Abe» se serviría de un truco con el que después nos han familiarizado las películas de abogados de la televisión.

El fiscal interrogó a uno de los testigos principales, le preguntó cómo había podido reconocer al acusado.

—A la luz de la luna, fue la respuesta.

Lincoln se hizo traer un calendario. Y aguardó con paciencia hasta que al día siguiente le llegó su turno. Entonces, con voz lenta, solicitó que se presentara el calendario al tribunal. Eran fechas de luna nueva. No había luz suficiente, por tanto, para reconocer a los participantes en una reyerta envuelta en la oscuridad.

A continuación, desmontado ya el testimonio principal —de un modo que desde luego «Abe» no había inventado, pero que impresionó como siempre a los jurados—, Lincoln cambió su voz y se lanzó contra los testigos. En tono solemne, atronando progresivamente la sala, los acusó de perjurio, declarando que les importaba más quedar bien y darse importancia que contribuir a esclarecer la inocencia. El público, emocionado, discutía entre sí. Lincoln esperó a que amainara la excitación. Entonces remató la defensa con voz suave. Habló del difunto Jack Armstrong, su amigo, de los favores que le había hecho, de cómo era el trato en su casa, de la honradez de la familia.

Al caer la noche, «Abe» pudo cumplir la promesa que diera a la viuda del viejo amigo. Su hijo fue declarado inocente.

La indignación moral ante la esclavitud

Lincoln había defendido muchos casos en los cuales los acusados eran negros.

Aunque Illinois era un Estado antiesclavista, la buena sociedad, generalmente emparentada con familias sureñas —como era el caso de Mary Todd, su propia esposa—, no veía con buenos ojos estas actitudes. La buena sociedad trataba de contemporizar en Illinois igual que en Washington.

De manera que, cuando llega el momento de la disputa con Douglas—el «pequeño gigante»—, la reputación de Lincoln como antiesclavista se encuentra asentada también sobre su conducta de abogado.

Al producirse la famosa sentencia sobre el liberto Scott, Lincoln la acusa de injusta, pero proclama que es «legal». Sin embargo, su sentimiento y su moral se rebelan. Y pronuncia uno de sus primeros discursos «duros» sobre el tema:

La Esclavitud es la más fuerte y absorbente de las aberraciones de la sociedad. si un mozo (del sur) pretende casarse con una doncella, al concertar la boda lo único que se pregunta es cuántos esclavos llevan él o ella. la pasión por los esclavos parece haber devorado todas las demás cosas que antes se dividían en el corazón humano.

Es ya una toma de posición clara y rotunda. Pero este mismo hombre muy poco después, cuando se le urge en un mitin a la acción liberadora de los negros, replica:

En una democracia que se rige por los votos de la mayoría, la rebelión y el derramamiento de sangre constituyen un verdadero crimen de lesa constitución. ¡haced la revolución en las urnas!

El discurso de «la casa dividida» es seguramente la pieza fundamental de la polémica con Douglas. Pero no fue el único. Y sobre todo, lo que convirtió a Lincoln en una figura política nacional fue la insistencia con que repitió sus conceptos en ese «cara a cara con Douglas», por Illinois.

En casi todos los discursos del debate, Lincoln arremete contra la doctrina de la «soberanía popular», que había servido años antes a Douglas en el asunto de las constituciones de Kansas y Nebraska para anular el Acuerdo del Missouri, dejando que cada Estado decidiera sobre la esclavitud.

Lincoln veía que, de no derrotar esa doctrina, se regresaría a implantar legalmente «el comercio del ébano» con Africa. Trató, pues, de sacudir las conciencias. Y así, con insistencia, une el problema de los esclavos al de la justicia. Cuando Douglas, demagógicamente, introduce en el debate una acusación contra una gran huelga de zapateros en el Norte, Lincoln replica:

«¡Gracias a Dios que nuestra organización del trabajo autoriza las huelgas!»... Y a renglón seguido arremete contra la aparente neutralidad de Douglas:

Odio la indiferencia —dice—. Ello debilita en nuestros Estados el sentido de la justicia y concede a los enemigos de una Constitución pacífica unas apariencias de derecho que les permiten calificarnos de hipócritas; al mismo tiempo, da a los verdaderos amigos de la libertad una razón de peso para poner en duda que seamos sinceros... No se puede ser— añade— indiferente en este asunto. Y más tarde concluye con la famosa frase: Estas cosas (las injusticias contra los negros) se preparan con la lógica inflexible de la historia cuando las votaciones demuestran que sentencias como la de Scott y tantos otros son soportadas por el pueblo... Pero se puede engañar a todo el pueblo durante algún tiempo. A una parte del pueblo se la puede engañar siempre. Pero no se puede engañar siempre a todo el pueblo.

El acento lincolniano se va desprendiendo en los encuentros con Douglas de los antiguos tonos irónicos y un tanto bufonescos. Va ganando peso y agresividad. Así ocurre cuando, en uno de los «rounds», Douglas, siempre deseoso de parecer distante y minimizar el problema, pronuncia una frase que sus partidarios aplauden: «Entre un blanco y un negro —dice «el pequeño gigante»— opto por el blanco; entre un negro y un cocodrilo, escojo al negro.»

La réplica de Lincoln desdeña aceptar ese tono:

Eso quiere decir que el negro significa respecto al blanco lo que el cocodrilo respecto al negro y que, puesto que el negro puede dar legalmente al cocodrilo el trato que le plazca, los blancos pueden hacer otro tanto con los negros. Tal es la moraleja del símil de Mister Douglas.

Partiendo de esa réplica introduce el que será uno de sus conceptos más machaconamente repetidos:

Amo a la unión porque es mi patria, pero sobre todo porque es un país libre.

En resumen, pese a defender medios pacíficos, electorales, para enfrentarse a la esclavitud, Lincoln en su encuentro con Douglas se muestra ante el país cada vez más rotundo.

Qué ha inventado, pues, nuestro «pequeño gigante» —dice otra vez—. El general Cass no tuvo la desfachatez de bautizar el derecho de los blancos sobre los negros con el pomposo título de soberanía popular. En esos tiempos nadie tenía el descaro de confundir la ominosa ley del látigo con un derecho legal propio a la independencia. El descubrimiento de Douglas se reduce a lo siguiente: soberanía popular es el derecho a llevar negros a Nebraska y abrirles la carne a latigazos.

Es lógico que esta indignación moral, refrenada, contenida por el respeto a la ley y el deseo de salvar la Unión, al fin alcance sus objetivos adecuados en las Proclamas de Emancipación.

Lincoln declara la emancipación total en la Unión tras su reelección, después de haberse visto al borde de la derrota electoral. Pocos días antes ha pronunciado una famosa frase: «Deseo que, al dejar las riendas del poder, cuando haya perdido todas mis amistades, al menos me quede un amigo dentro de mí.»

El Sur, a punto de ser derrotado, se mueve para tratar de herir a Lincoln y defenderse a la desesperada. Y el 13 de marzo, el Congreso Sudista, en su última y angustiosa sesión, aprueba una ley por la cual todo negro que se enrole en el ejército de la Confederación es declarado libre. Una desvergüenza.

La indignada respuesta de Lincoln es su primer discurso ante una multitud de negros en su visita a Richmond, la capital del Sur recién conquistada.

Mis pobres amigos —comienza—, heos ya libres, libres como el aire. Podéis arrojar al suelo el nombre de esclavos y pisotearlo, que ya no volverá más. La libertad es derecho que tenéis desde que nacisteis porque Dios os la dio, lo mismo que a los demás hombres, y ha sido un pecado haberos tenido tanto tiempo privados de ella.

Sobre la esclavitud, Lincoln será siempre un moralista. A la grandeza política de Gettysburg —generosidad para el enemigo, visión de un gran país— la sustituyen la compasión y la indignación cuando habla de la esclavitud.



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SOBRE las rarezas de Lincoln hay cientos y cientos de anécdotas.

He aquí una, recordada en New Salem, de sus tiempos juveniles. Respondía a alguien que le había pillado mascullando con un libro entre las manos. «No me quedaré tranquilo hasta que mis pensamientos no hayan dado una vuelta completa: norte, sur, este y oeste.»

La clarividencia de Mary Todd sobre las posibilidades reales de su marido las resume esta frase crítica hacia la figura desgarbada y ruda del que ya es Presidente: «Si yo no hubiese creído esto, no me habría casado con él, pues ya puede usted ver que no es precisamente un dechado de hermosura».

El noviazgo de Lincoln fue tormentoso, como luego lo sería su matrimonio. «Abe» llegó a escribir una carta, que enseñó a su amigo Speed, en la cual, repitiendo un tanto su conducta anterior con Mary Owens, la novia de la que «consiguió» calabazas, manifestaba no estar suficientemente enamorado para proseguir las relaciones.

Speed, que esta vez no acababa de ver las cosas claras, se negó a llevar la carta. «Las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito, escrito queda». Y tras romperla aconsejó a Lincoln, que fuera a ver a la muchacha para decirle que no quería que se celebrase la boda.

Naturalmente, Mary Todd ganó la batalla en esa entrevista. Cuando vio que no arrancaba a «Abe» la declaración deseada, se echó a llorar. Y Lincoln, que iba dispuesto a romper, salió comprometido.

La boda, celebrada en una casa, siguiendo la costumbre americana de la época, estuvo llena de incidentes. Hubo de aplazarse por una disputa habida entre los futuros marido y mujer. La ansiedad de Lincoln a la hora de perder su soltería fue tan grande que hubo de recibir cuidados médicos durante un par de semanas antes de decidirse al fin a dar el «sí».

La desgracia se cebó en el matrimonio Lincoln. De los cuatro hijos, sólo Robert, el primogénito, sobrevivió a «Abe» durante un tiempo normal. El segundo murió a poco de nacer. Willie, el tercero, falleció durante la guerra. Y Tadd, el benjamín, a quien Lincoln dejaba jugar en su despacho de la Casa Blanca —como después haría Kennedy—, moriría a poco del asesinato de su padre. Mary Todd terminó su vida en plena locura, vendidos sus hermosos vestidos de primera dama de la nación y moviéndose como una sonámbula por la confortable casa de Springfield que, tras largos años de trabajo de abogado y muchos apuros económicos, había podido comprar Lincoln.

La ambición de Mary Todd deparó a Lincoln constantes tensiones. Sobre todo durante el período de la Presidencia. Por otra parte, los Lincoln nunca fueron apreciados por la sociedad de Washington. «Abe» era demasiado rudo. Ella, muy afectada por los nervios, demasiado histérica. Solía ser habitual que a las recepciones y saraos de la Casa Blanca se disculpasen de asistir muchos invitados. Lo que provocaba escenas tremendas a cargo de Mary Todd.

Por si fuera poco, Lincoln retuvo a su hijo mayor cerca para templar los nervios de su mujer; se le acusó por ello. Además, la familia de Mary era en gran número sudista. Mary no pudo llevar luto por la muerte de uno de sus hermanos, caído en las filas de las tropas del Sur.

Durante el período presidencial abundaron las coplas injuriosas contra Mary, a la que se acusaba de desear el triunfo de los ejércitos de Jefferson Davis y Lee.

Bien es verdad que, en coplas satíricas, Lincoln aguantó lo suyo. Ya en Illinois sus enemigos políticos habían acuñado una que hizo fortuna: «Abe Lincoln con su mano y su pluma será bueno, pero Dios sabrá cuándo».

El leñador que fue Lincoln pervivió siempre en él. Cuando uno de sus hijos pronunciaba mal la palabra gentleman —caballero— Lincoln recompensaba al pequeño poniéndose a jugar con él, tirándolo por los aires y burlándose de su mujer, a quien esta mala pronunciación indignaba.

El mismo, ya Presidente electo, pegó en Springfield las etiquetas de los baúles en que mandaba sus efectos personales a la Casa Blanca. Antes había ayudado a hacerlos y los había atado.

Amigo de sus amigos, tuvo detalles entrañables. No consintió, ya elegido Presidente, que Herndon, en esa época su socio, quitara su nombre de la placa del bufete. Así que en ésta se siguió leyendo: «Lincoln y Herndon. Abogados».

La popularidad lincolniana tras su disputa con Douglas fue tan grande que, siguiendo el gusto americano por los nombres históricos, empezaron a abundar en los bautizos los Abraham Lincoln. Y no sólo entre negros libertos. Un pueblo de Illinois se rebautizó Lincoln y en seguida se compusieron canciones sobre «el almadiero» (el leñador). Los rancheros del Oeste, sobre todo, imitaban sus pipas.

«Abe» fue también muy popular entre la juventud ilustrada. Durante la primera Convención de Chicago, cuando la candidatura de Lincoln aún no era firme, un muchacho recorrió las calles con un cartel del rostro anguloso del «leñador». El joven se llamaba Thomas A. Edison.

La energía de Lincoln, una vez que estalló la guerra, se manifestó de mil maneras y constantemente. Su primera frase en este sentido se conoció horas después de la primera batalla de Bull Run, perdida por el Norte a las puertas de Washington. Hablando con un amigo que le visitaba aquella noche, le confesó: «Los militares son muy rígidos conmigo. Supongo que tendré que obedecerles hasta que yo mismo me haga cargo de todos los asuntos.»

La sencillez lincolniana se mezclaba de manera espontánea con un humor un tanto burdo, muy propio del pionero. Cuando ya era Presidente electo, por su casa de Springfield, cómoda pero sencilla, la correspondiente a un abogado provinciano de cierta notoriedad, comenzaron a aparecer artistas deseosos de reproducir sus facciones. No muy bellas, a decir verdad. Uno de ellos, escultor, le indicó la conveniencia de que posara con algún objeto simbólico en la mano. Lincoln salió del despacho, fue al cuarto trastero y regresó con una escoba.

Forjado en el trato con las gentes, conocedor de mil ambientes, Lincoln se sirvió de un especial instinto para conocer las posibilidades de los hombres durante la guerra. El caso del general Grant es el más significativo.

Acusado de ser excesivamente inclinado al alcohol, Lincoln hizo caso omiso de ello, aunque las acusaciones eran fundadas, pues fue el abuso del alcohol lo que obligó a Grant, que había ascendido de furriel en la guerra con Méjico a capitán, a abandonar el Ejército.

Lincoln ponderó mucho más las dotes de estrategia del oficial reincorporado voluntariamente. Defendió las concepciones estratégicas de Grant contra viento y marea. Para los técnicos, Grant no le llegaba a la altura de la bota a Lee. Era sólo un hombre con gran valor, energía y tenacidad. Pero Lincoln apreciaba eso porque tal comportamiento de su general tenía una razón de ser. Grant había comprendido que su continuo hostigamiento al enemigo significaba ganar más terreno e infligir más pérdidas. Y si el Norte ya no tenía problemas con la recluta de hombres, al Sur le resultaba cada día más difícil reponerlos. Grant era muy consciente de que la cantidad de población y terreno eran los elementos decisivos de la guerra. Lo dijo así muchas veces. Lincoln comprendió que ése era el punto básico y lo elevó al mando porque sus anteriores generales en jefe jamás lo habían entendido.

La afición de Lincoln a contar historietas proporcionó carnaza a todos los caricaturistas de la época. Abundan los dibujos satíricos donde «Abe» Lincoln, con su aspecto tosco y desgarbado, sonriendo como un caballo, interrumpe una conversación sobre un tema importante con estas palabras: «Vaya, esto me recuerda un chiste...»

El impulso ético, tan arraigado en Lincoln, le colocó durante la guerra civil en constantes situaciones de pugna con la disciplina militar.

Como Presidente de la Unión tenía el privilegio de la clemencia. Y aunque era hombre enérgico, le costaba firmar sentencias de muerte. Como responsable supremo de la marcha de las operaciones, sus generales le hubieron de recordar más de una vez que, en tiempo de guerra, la clemencia relaja la disciplina.

Pero Lincoln ejerció la clemencia en innumerables ocasiones. Incluso con los desertores. Argumentaba que no había razón para fusilar a quien deserta y dejar tranquilo a quien le ha incitado a hacerlo.

En otras ocasiones dejó bien claro un criterio: «Me opongo a que ningún mozo menor de dieciocho años sea fusilado». Nadie pudo sacarle de ahí.

Se las ingenió también para ir aplazando las confirmaciones de sentencia de los consejos de guerra por deserción. Y cuando llegó la ocasión oportuna dictó una orden general disponiendo que todos los convictos por delitos de deserción fuesen, por el momento, encarcelados.

Tras la muerte de Lincoln, y su entierro junto a la tumba de su hijo en Springfield, los negros, que ya habían compuesto innumerables canciones a partir de su disputa con Douglas, lloraron en tristes y dulces «blues» a su emancipador. En uno de esos himnos se dice que «el Mesías estaba ahora en el cielo».

Las principales figuras de los vencidos terminaron mucho más tranquilamente que Lincoln. Lee, el gran general del Sur, se hizo profesor. Jefferson Davis, a quien la leyenda atribuía la fuga con el tesoro de la Confederación, y que fue capturado sin un céntimo, se dedicó a escribir sus memorias y murió 25 años después que su rival.


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PUEDE decirse que los primeros esclavos de la Unión fueron blancos. Y es que no siempre los colonos que allí acudían eran, como los pasajeros del «Mayflower», gente relativamente acomodada que podía permitirse el lujo de pagarse un viaje para practicar en libertad sus creencias.

Decenas de miles de emigrantes se contrataron con las compañías comerciales que habían obtenido derechos de colonización. Para costear su pasaje a las compañías, a los dueños de los barcos u otras personas, esos emigrantes se comprometían a pagar en trabajo durante un tiempo. Fueron, pues, siervos.

Pero eran siervos muy peculiares, ya que estos «bons servants» (buenos sirvientes), como se les llamaba, podía decirse que eran siervos a plazo fijo. Pagado el pasaje, recobraban su libertad y obtenían tierras. No obstante, hay que decir que muchísima gente fue llevada a América con engaños o simplemente raptada. La razón es que las compañías necesitaban mano de obra. Y los huérfanos y las gentes humildes fueron llevados a la fuerza y muchos, explotados más tiempo del debido. Sin embargo, y a pesar de ello, las ideas de libertad, la disparidad de cultos y todo lo demás, hizo que estos dolorosos orígenes se fueran atenuando para los blancos.

Pero seguía haciendo falta mano de obra para cultivar las riquísimas tierras; los indios, acostumbrados a la caza, al nomadismo, no servían. Alegaban, además, con razón, que ellos eran los dueños de aquellos territorios. De este modo, los colonos americanos acudieron a importar, al igual que se hacía ya en las colonias españolas y portuguesas, negros de Africa.


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LA esclavitud en los Estados Unidos se nutre de negros. En esto coincide con todas las restantes esclavitudes de la Edad Moderna, practicadas por las potencias coloniales: Portugal, Inglaterra, España, Holanda, etc.

Los indios pieles rojas, por ejemplo, fueron combatidos y finalmente arrojados en reservas, de las que no podían salir, pero no fueron sometidos a esclavitud.

No es que a partir del descubrimiento de América no haya habido otro tipo de esclavos que negros. Los árabes, por ejemplo, se dedicaron con sus lanchas en el Mediterráneo a asaltar barcos y poblaciones. De ahí salían cautivos, que eran empleados en trabajos inferiores —remeros en las galeras, o en la agricultura o el servicio doméstico—. Después se conseguía dinero exigiendo que pagaran un rescate. Así, por ejemplo, fue liberado Cervantes en Argel por una orden de frailes —los mercenarios— que se dedicaba en España a esas operaciones.

Pero Africa proporcionó a partir del descubrimiento de América la mano de obra casi gratuita que las nuevas colonias necesitaban.

Los árabes, que habían colonizado Africa durante años, tenían establecidas por todo el continente caravanas para el tráfico de la «madera de ébano», como se llamaba a los esclavos negros. De modo que los europeos que llegan a Africa y se quedan desencantados porque no aparecen las riquezas de las leyendas —y las había, aunque no para la técnica de la época—, terminan viendo el territorio como una especie de mina de brazos humanos.

A diferencia de los esclavos de la antigüedad, los esclavos negros de la Edad Moderna se beneficiaron de un problema de conciencia que la esclavitud planteaba a los contemporáneos.

En efecto, en la antigüedad se consideraba normal que el esclavo, procedente de un botín de guerra, fuera como una cosa y que pudiera ser vendido como una cosa. Pero la trata de esclavos negros tropieza con la resistencia del cristianismo, para quien todos los hombres son iguales. De modo que, aunque se acepta la esclavitud por presiones e intereses económicos, la conciencia humanitaria del cristianismo supone ya desde el principio un freno.

Poco después, en el siglo XVIII, además, van tomando cuerpo entre el estado llano —la burguesía— las grandes ideas revolucionarias e igualitarias sobre las que se crearán los Estados modernos. Cuando se proclama la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres para negar a los reyes el derecho divino y disminuir el poder de los nobles, resulta muy difícil justificar la trata de esclavos.

Pero, además, los esclavos, que solucionan problemas de brazos trabajadores en un tipo de agricultura de enormes fincas, no resultan asequibles para una pequeña familia burguesa que aspira a ser dueña del poco terreno en que trabaja. Esto es, esa gente, que quiere romper sus lazos de servidumbre con el señor feudal, no podría luego, aunque quisiera, mantener esclavos.

Así que a las razones humanitarias, primero religiosas y después ideológicas, se añaden razones prácticas.

Por eso la trata de negros se encamina desde el principio a las colonias. Es allí donde las extensiones de tierra son enormes, donde no hay brazos para trabajarlas y donde se pueden cultivar ciertos vegetales para los que no importa la mala calidad del trabajo esclavo, ya que el suelo lleva siglos sin cultivarse, es muy rico y la humedad y las lluvias favorecen las cosechas.

Del siglo XVI al XIX, a pesar de que muy pronto comenzará a ser declarada ilegal, la captura de africanos y su traslado a América resulta un negocio floreciente practicado por aventureros sin escrúpulos.

No se puede calcular seriamente el número de negros que cruzó el Atlántico. Pero hay que cifrarlo en más de una decena de millones; teniendo en cuenta, además, que la cifra desembarcada en América ha de aumentarse al menos en una cuarta parte, ya que las condiciones del tráfico eran absolutamente inhumanas y un crecido número de la «mercancía» moría durante la travesía. A pesar de esas pérdidas, el negocio era rentable para los traficantes.

Pero a la hora de valorar el precio de este inmenso crimen hay que añadir otro sumando a la cuenta. Y es que para «cazar» unas docenas de esclavos, los cómplices, generalmente negros, de los mercaderes blancos, destruían innumerables vidas de adultos, mujeres y niños, quemaban aldeas y hasta ciudades enteras, así como bosques.

De este modo, la esclavitud, la trata, contribuyó a disminuir muy notablemente la población africana. Y, de manera muy especial, entre 1700 y 1800, período en el cual saltaron el Atlántico tantos negros encadenados como en los dos siglos anteriores y en el siguiente. El siglo XVIII fue la centuria de «la madera de ébano»: los esclavos negros. Los puntos de Africa donde los tratantes recibían «la madera» de los asociados negros a quienes pagaban por realizar la caza, eran éstos: el Senegal y Gambia, un poco más abajo de las Islas Canarias, hasta el siglo XVII; Costa de Oro y su vecina Costa de los Esclavos (en el golfo de Guinea, y que ocupa lo que hoy es Ghana, Togo, Dahomey y Nigeria), de donde salió el grueso de la mercancía en el gran siglo XVIII; los sustituyó el delta del Níger, el gran río del norte del Africa negra, y ahí se nutrieron los mercaderes del siglo XIX, ya que las condiciones geográficas del delta —islotes, manglares— facilitaban las operaciones de carga a los buques cuando la trata es ya un negocio ilegal, y hay que hacerlo a escondidas.

Hemos dicho que los tratantes de «madera de ébano» eran aventureros, pero también que, poco a poco, se entabla una lucha para declarar ilegal la trata, En consecuencia, una y otra cosa significan que, durante cierto período, el tráfico de negros esclavos fue, no solamente tolerado, sino aprovechado por los gobiernos, especialmente los de Inglaterra, Francia, Holanda y Portugal. En cuanto a España, que inició la compra de esclavos con destino a las Antillas, en 1502, prohibió inmediatamente a sus súbditos la trata directa de esclavos, a partir de lo cual, los esclavos llegaban a las colonias españolas por medio de traficantes extranjeros.

En el siglo XVIII, el gran siglo del tráfico de «ébano», ingleses y franceses se hacen la competencia. El mayor poderío naval da ventaja a Inglaterra. Sus traficantes, pese a la creciente oposición de la opinión pública más ilustrada del país, desplazan a los flamencos de todos los mercados.

Pero Inglaterra perseguiría pronto la trata. Será un arma decisiva. En el siglo XIX, ya prohibido el tráfico, los barcos que cargan carne negra en el fondo de la sentina ya no pueden enarbolar ningún pabellón nacional. El tráfico cae en manos de piratas. Aun así y todo, algunos de estos piratas hacen grandes fortunas; y familias hoy muy honorables, se enriquecieron en principio con el tráfico de esclavos.

Por fortuna, el tráfico duró poco: cuatro siglos es un período largo para la vida humana pero corto en la vida de la humanidad. Durante el gran siglo del tráfico, emergen con fuerza las ideas abolicionistas. Es el «siglo de las luces». Ya no son sólo las prédicas de sacerdotes o las quejas papales. Los hombres ilustrados tratan de influir en los reyes para que sea suprimida la esclavitud que atenta contra la libertad y la dignidad de la persona humana. Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Diderot, Locke y muchos otros escriben contra la esclavitud. Sus ideas se extienden con rapidez entre los burgueses descontentos.

Los primeros pasos, sin embargo, los dan los cuáqueros en Inglaterra y en la que es todavía colonia británica de Pennsylvania. En el año 1727.

En 1765 se funda en Inglaterra la Sociedad Antiesclavista.

En 1722 las actividades de la Sociedad dan su primer fruto: la esclavitud es abolida en el territorio de las Islas Británicas; se tolera en las colonias, pero los súbditos que regresan a la patria ya no pueden traer sus esclavos.

En 1794 el comercio de esclavos es prohibido también en Francia por el gobierno revolucionario.

En 1807 se prohíbe introducir esclavos en las colonias inglesas. Y la cada vez más poderosa marina británica se encargaría de que se respete el orden.

En 1808 el comercio —no los esclavos— es abolido también por los Estados Unidos.

En 1815 el Congreso de Viena proclama solemnemente la abolición de la trata y la esclavitud. Y una de las grandes potencias del tráfico, Portugal, es obligada a no traficar con negros esclavos al norte del Ecuador.

En 1834 Inglaterra libera a todos los esclavos de sus colonias e indemniza a sus propietarios.

En 1848 la Segunda República francesa libera también a todos los suyos.

En 1856 es abolida por Portugal la esclavitud en algunas colonias.

En 1860 la esclavitud es abolida en las colonias holandesas.

En 1861 el zar de Rusia emancipa a los siervos; no son esclavos, pero viven en un régimen muy semejante al de la esclavitud, ya que están ligados a la tierra y su condición sigue siendo similar a la de la Edad Media.

En 1863 y 1865 se publican las proclamas de Lincoln aboliendo la esclavitud en Estados Unidos; primero la de los rebeldes, luego la de todos los súbditos de la Unión.

En 1867 Brasil procede a la emancipación de los niños esclavos.

En 1878 Portugal prohíbe el tráfico en el hemisferio sur, y quedan cerradas las únicas vías legales entre Angola y Brasil. Este mismo año es abolida la esclavitud en Cuba y las restantes colonias españolas.

En 1888 es abolida finalmente la esclavitud en Brasil.

Un breve análisis de este calendario de fechas, permite afirmar estas cosas: primero, que la batalla inicial de la abolición la dio Inglaterra; segundo, que la siguió la Europa de la Revolución Francesa; y tercero, que el combate posterior, visto que las leyes no son eficaces del todo, se da en el frente del comercio. Así, la solemne declaración del Congreso de Viena cierra los ojos ante la persistencia de las naciones que siguen tolerando esclavos en sus colonias más o menos legalmente, pero hace difícil y costosa la comercialización de los esclavos al haber de por medio un acuerdo internacional.

El instrumento más eficiente de la abolición de los esclavos fue la marina inglesa. La lucha de las fragatas de la Armada real británica contra los barcos negreros fue implacable. Conseguido esto, lo demás fue cambiando poco a poco, si bien todavía hoy continúa la trata por las viejas sendas africanas del interior, por algunas zonas de Asia y Oceanía y en dirección a los feudales territorios del golfo de Arabia.

En 1926, la Sociedad de Naciones elaboró un documento que venía a abolir legal e internacionalmente la esclavitud en su sentido más amplio: «Esclavitud es el estado o la condición de un individuo sobre el cual se ejercen los atributos del derecho de propiedad o alguno de ellos.» Hoy, al cabo de más de cincuenta años de haberse adoptado ese acuerdo, todavía existen unos 15 millones de seres humanos sobre los que, de una forma u otra, se ejercen algunos de esos derechos a los que se refiere el documento de la Sociedad de Naciones.

La esclavitud parece algo prehistórico, pero es de ayer, los turistas pueden ver en Senegal, frente a la capital, Dakar, en la pequeña isla de Gorée, la casa de los esclavos, un edificio del XVIII no muy grande, que servía de almacén de espera a los barcos que llegaban a Cabo Verde a buscar la mercancía. Allí están las argollas, los yugos, los látigos e instrumentos de tortura para los rebeldes. La mercancía aguardaba semanas, mal alimentada; sobrevivían los fuertes.

No hay desacuerdo sobre lo inhumano del trato en la travesía. Ocurría a menudo que el ansia de sacar a cada viaje un mayor rendimiento decidía a los negreros a cargar las sentinas más de la cuenta. Calculaban que como, día a día, deberían ir soltando cadáveres al mar, cuando el barco se encontraba en una latitud peligrosa por la frecuencia de las tempestades, ya iría con la carga justa. Pero a veces se calculaba excesivamente de más o morían unos pocos menos, y el barco entero, marineros libres, negreros libres y esclavos con cadenas se iba a pique a servir de alimento a tiburones y otros peces.

Otros cargamentos llegaban al final infectados por las fiebres tropicales —paludismo— o diezmados por la disentería. La comida a bordo era de pura subsistencia. Un poco de galleta salada, un poco de agua y nada más. Se confiaba en que la inmovilidad forzada por las cadenas no exigía otra cosa. Incluso ciertos negreros, si el viaje se retrasaba a causa de los vientos, prohibían los cánticos melancólicos de quienes trataban de fortalecerse y darse ánimos en las oscuras sentinas. Sostenían que el cantar agota las fuerzas y exige más comida.

Hoy, que el mundo de la esclavitud queda lejos, la polémica sobre este «mal antiguo» sigue siendo necesaria. Porque, aun en el supuesto de que la sociedad esclavista hiciera vivir al esclavo a veces en mejores condiciones que en las fábricas, las argollas y cadenas no pueden ir nunca unidas a la figura de un hombre.


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EN 1821, seis años después de que el Congreso de Viena proclame solemnemente la abolición de la esclavitud, en los Estados Unidos surge la idea de solucionar prácticamente el problema de los esclavos liberados que vivían en el territorio de la Unión.

Para ello se inspiran en la experiencia inglesa, que hacia 1790 había creado en Sierra Leona la ciudad de Freetown, llevando allí a los esclavos que apresaban sus barcos y devolviéndolos a la libertad. La experiencia inglesa había fracasado porque la idea de que se partía era falsa: la de que cualquier lugar de Africa era un buen lugar para cualquier negro.

En la Unión se constituye una sociedad privada, la «American Colonization Society». Compra también en Sierra Leona, en el golfo de Guinea, un trozo de territorio y funda una ciudad llamada Monrovia, en honor del Presidente Monroe, entonces en el poder y autor de la doctrina que establece: «América para los americanos.»

En total, unos 15.000 esclavos liberados en América y 5.000 liberados de las bodegas de los barcos negreros fueron a instalarse allí; mas, como había ocurrido ya en Sierra Leona, los nativos no los recibieron bien, de tal modo que muchos negros libertos prefirieron quedarse en la Unión. Sin embargo, el territorio fue denominado Liberia y se le preparó una Constitución, escrita en la Universidad de Harvard. En 1841 se nombró un gobernador. Después fue declarado territorio autónomo y más tarde independiente.

Tras la revolución de 1848, Francia imitó a ingleses y americanos, y con los esclavos capturados al buque negrero «Elizia» fundó Libreville, en el Gabón, que más tarde sería sede de la administración colonial francesa.

Freetown y Libreville significan lo mismo: ciudad de libertad.

Pero, generalmente, estas experiencias fueron fracasos o éxitos a medias. Los negros de Estados Unidos eran tan americanos como negros. En cualquier caso, ya no eran «africanos». Su cultura, su mismo idioma, eran ya distintos, aunque danzas, cánticos, palabras y ritos recordasen la tierra natal perdida. De modo que fueron rechazados: se entendieron mal con los nativos.

En este siglo, durante la década de los 60, en medio de las grandes luchas cívicas por conseguir la igualdad con los blancos, muchos jóvenes negros volvieron a Africa y fracasaron también.


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— En 1820: se firma el compromiso del Missouri, propuesto por el liberal Clay.

Por él se autoriza la esclavitud a los Estados situados al Sur del paralelo 36. Esto es, se traza una raya sobre el mapa que permite identificar a partir de esta fecha a los que están al norte como abolicionistas y a los que están al sur como partidarios de mantener la «institución».

— En 1831: se inicia en el Norte la primera campaña antiesclavista.

Si la Unión hubiera sido algo fijo, quizás ese equilibrio del Acuerdo del Missouri se hubiera podido conservar largo tiempo. Pero la adquisición y colonización de nuevos territorios plantea la pugna en torno a si aceptar o no la esclavitud en ellos. El Sur sabe que la esclavitud determina un tipo de economía agrícola que puede frenar el industrialismo creciente del Norte.

La campaña contra la esclavitud la inicia W. Garrison en el Liberator. Defiende los derechos humanos, proclama la esclavitud como anticonstitucional. Ese mismo año se funda la «American Anti-Slavery Society», que facilita la huida de los negros a los territorios que caen al norte de la raya trazada por el compromiso del Missouri, es decir, a los Estados donde no está permitida la esclavitud.

— En 1846: Propuesta Wilmott.

Como las fugas de esclavos son crecientes, el Norte intenta su segunda batalla. Un congresista, Wilmott, propone que se prohíba la introducción de la esclavitud en los nuevos e inmensos territorios conquistados en la guerra con Méjico. No lo consigue.

— 1847: Fundación del Estado de Liberia en Africa.

Las protestas del Sur arrecian y empiezan a caldearse las luchas en torno a la «Institución». Los pragmáticos políticos americanos discurren una manera de templar el clima, se compra en Africa una franja del golfo de Guinea y se entrega dinero a aquellos libertos que quieren regresar a su patria de origen. La operación fracasa.

— 1850: Debate sobre la esclavitud en el Congreso.

Es la primera ocasión en que las grandes figuras de la política americana se lanzan a la arena oratoria con el tema único de la esclavitud como base.

Henry Clay intenta repetir su fórmula del Acuerdo del Missouri. Propone la adhesión de California como estado abolicionista y a cambio concede que Nuevo México y Utah voten sobre si están a favor o en contra de la «Institución». Para conciliar más, propone un New Fugitive Act que pone en pie procedimientos más eficientes en la captura de esclavos fugitivos, y obliga a los norteños a entregarlos a sus patronos.

Por esta época son ya 50.000 los esclavos que han huido al Norte.

— 1852: Se publica La cabaña del Tío Tom.

Es la novela antiesclavista de Harriet Beescher Stowe, prohibida en el Sur y que subleva las conciencias de los americanos y todos los hombres progresistas de Europa.

— 1854: Kansas-Nebraska Act.

Con esta ley se rompe el compromiso del Missouri. La propone Stephan Douglas, el rival de Lincoln. Deja a cada nuevo Estado de la Unión en libertad de resolver con autonomía el problema de la esclavitud. Su fundamento legal es la «soberanía popular», es decir, el derecho de los ciudadanos de cada Estado a decidir libremente sobre lo que desean hacer en cada momento.

Kansas y Nebraska, presionadas por el Sur, amedrentadas, votan constituciones estatales esclavistas.

— 1857: «Caso Dred Scott».

El Tribunal Supremo condena a un negro, Dred Scott, a volver a ser esclavo, interpretando la Constitución. Se provoca un enorme apasionamiento.

— 1858: Kansas rectifica su constitución y es abolida la esclavitud.

Debate Douglas-Lincoln en la campaña electoral para conseguir un puesto de Senador por Illinois. Su resonancia nacional es tremenda.

— 1859: Procesamiento y condena de John Brown.

Brown es un blanco radical antiesclavista partidario de la lucha armada que ataca un fuerte federal. Apresado, se le condena a muerte. Tras el juicio y ejecución, se convierte en una bandera para los radicales del Norte.


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Como en muchos otros aspectos, en el siglo XIX, los Estados Unidos se adelantaron a los países europeos creando los primeros partidos modernos. Es decir, grandes organizaciones de masas que canalizan la opinión pública hacia la elección de representantes para los parlamentos y, al tiempo, llevan la opinión de los intereses minoritarios a esas masas populares.

Antes, en Europa y América, los partidos habían sido asociaciones de personajes notables o pactos esporádicos de grupos de personas que pensaban igual. Generalmente, operaban como asociaciones en los escasos y controlados parlamentos.

Los partidos americanos comienzan inspirándose en los conservadores y liberales ingleses, puesto que la colonia dependía de Gran Bretaña. Pero por la independencia, los americanos se vieron obligados a fortalecer sus partidos, ya que el voto, la consulta electoral, era decisiva para muchas cosas: en el nivel municipal, en el estatal y en el de la Unión o federal. Tuvieron que establecer métodos para el turno pacífico sin que, como ocurría en Europa, hubiese un rey que hiciese de árbitro.

Desde el principio los partidos de la Unión tendieron a ser pocos y fuertes, resultando al final un sistema de dos, que luchaban por la Presidencia de la Unión, sobre todo desde 1840, a partir de la reforma de Jackson, que concede el «voto amplio», general, no sólo para los que ganan cierta cantidad, como quería el Sur. Jackson también impuso otro rasgo muy americano: el «spoil system», cubrir ciertos puestos administrativos con los propios partidarios.

Los partidos estadounidenses no tenían periódicos, pero lucharon por conseguir en cada caso el apoyo de la prensa importante.

Los dos grandes partidos del XIX son el «Demócrata» y el «Liberal», directamente inspirados por los ingleses.

Después, y como consecuencia de la polémica sobre la esclavitud, el liberal se escinde, y surgen el «Republicano» y el «Americano»; este último tiene una vida muy breve. Se debate en el eclecticismo. Es el partido de los «nada sé». Demócratas y republicanos se reparten el poder hasta hoy, alternándose; aunque, cada cierto tiempo, un nuevo partido intente, inútilmente hasta ahora, sacar la cabeza afuera.

Incluso en el caso de la escisión por el tema del esclavismo, la característica fundamental de los partidos americanos fue su falta de ideología. Difieren en las medidas para solucionar casos concretos. Y cambian su programa según la ocasión.


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TODA la fuerza de la prensa americana en la consolidación de la Unión durante el siglo XIX proviene de la época colonial, aunque la imprenta se estableció en Norteamérica un siglo después que en México.

Desde luego, en el momento de la independencia, las colonias no eran un territorio muy culto. Pero había una clase media que era relativamente culta. Cosa que no ocurría en Europa. Esto explica que las ideas reformistas de los pensadores de la Enciclopedia pudiesen inspirar fácilmente el pensamiento político de los padres fundadores.

El famoso John Smith, colonizador de Virginia, publica ya en 1608 una Verdadera relación sobre la conquista del territorio de Virginia. Y fueron muy abundantes después los relatos de viajeros que habían convivido con los pieles rojas. Estos relatos fueron muy apreciados en la colonia, pero sobre todo en Londres.

Por otra parte, en seguida, los creadores de colegios superiores, que luego se convertirían en Universidades, se pusieron a investigar en el pasado del territorio. Junto a esta literatura científica hubo una muy abundante de tipo religioso, lógica entre quienes practicaban el libre examen.

El primer periódico de las 13 colonias apareció en 1679. Se llamaba Public Occurrences, both Foreing and Domestic. Fue prohibido relativamente pronto por un artículo menos moderado de lo que se esperaba. En 1704 apareció el Boston News Letter. En 1721, el New England Courant, que dirigió un hermano de Benjamín Franklin.

Los periódicos de esta época estaban sometidos a la censura, como ocurría en todas partes, y podían ser condenados por intentar publicar algo que no pareciese conveniente. A diferencia de la prensa de después de la independencia, que fue informativa, que daba noticias sobre todo, la de la época colonial se comportó generalmente como doctrinaria. Esto es: editaba artículos y ensayos de opinión.

Muy importantes en este aspecto, porque crearon entre las capas altas la mentalidad ilustrada liberal, que proporciona doctrinas a las instituciones democráticas populares, fueron The Spectator, American Mercury, Universal Instructor, Virginia Gazette.

Durante el siglo XIX, las grandes ciudades industriales del Este crean sus grandes periódicos, como The New York Times, The Chicago Tribune, las grandes revistas, como The Christian Science Monitor, que tuvieron tiradas muy altas. Esta prensa, que se elaboraba con plena libertad de expresión, marcó luego a la que en cada nuevo Estado se iba creando. Puede afirmarse que, a medida que un lugarejo ampliaba su población, surgía un periódico dedicado a los sucesos locales y que trataba de rivalizar en desenfado, libertad, ánimo crítico y sensa-cionalismo con «los grandes» del Estado, y hasta de la Unión. Y esta búsqueda de la «sensación», el éxito, lógico en una prensa que rivaliza por quitar suscriptores a la competencia, continúa siendo una constante de la prensa americana actual.


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Introducción

Estatua de Lincoln en el Lincoln Memorial de Washington.
Estatua de Lincoln en el Lincoln Memorial de Washington.

EL Sur amenaza con la separación desde que Lincoln es elegido candidato. Lo hará antes de que «el leñador», «el honrado Abe» — ya «profeta» de los negros— entre meses después en la Casa Blanca. Pero, aunque se habla de guerra en todas partes, la lucha tarda en estallar. Cuando lo hace, Lincoln ya ha ascendido al poder.

Todos los historiadores suelen estar de acuerdo en que el cañoneo del Fort Sumter, en la bahía de Charleston, por las fuerzas de los Estados confederados es el primer acto de la guerra civil. Lincoln acaba de tomar posesión de la Presidencia.

El fuerte, el único que las tropas fieles al Gobierno federal conservan en territorio del Sur, mantiene izada la bandera de la Unión durante tres meses, sin que los confederados se decidan a atacarlo ni el Gobierno a tomar postura.

Al fin, el 29 de marzo, veinticinco días después de que Lincoln jure el cargo de la Presidencia se decide a enviar una expedición de socorro con vituallas, en navíos mercantes. Los sudistas, que se separaron el 4 de febrero, un mes antes de la jura presidencial, consideran el gesto como una provocación, ya que no pueden aceptar que el gobierno de Washington dé órdenes o proporcione vituallas a un territorio enclavado en el territorio de la Confederación. Sólo una voz, la de Tooms, secretario de Estado de la Confederación, opina que cañonear el fuerte equivale a un suicidio, porque el Norte es más fuerte. No se le escucha.

Al mediodía del 11 de abril, el general sudista Beaugerard acude a Charleston y envía al fuerte emisarios exigiendo la capitulación. El comandante del fuerte, Anderson, uno de los héroes de la guerra para los nordistas, responde esa misma noche negándose a capitular. En la madrugada del 12 de abril, a las 4,30, se dispara el primer cañonazo desde las baterías sudistas. El 14 se entrega Fort Sumter. Sus hombres, con bandas de música a la cabeza y su comandante dirigiéndolos con la bandera desplegada, embarcan abandonando el fuerte. Al día siguiente, Lincoln firma la proclama pidiendo 75.000 voluntarios para dominar la insurrección contra el Gobierno central.

Estados abolicionistas

Lincoln es elegido el 6 de noviembre de 1860, y Carolina del Sur, el primer Estado secesionista, se separa de la Unión el 20 de diciembre. Le han seguido después Mississipí, Florida, Alabama, Georgia y Louisiana a lo largo de enero de 1861. El 1. de febrero, Texas celebra una consulta en las urnas: 46.000 personas votan a favor de la secesión y apenas 15.000 prefieren no romper la Unión. El 4 de febrero los confederados forman en Montgomery, capital de Alabama, un gobierno, eligen su constitución y nombran a Jefferson Davis Presidente de lo que denominan Confederated States of America.

Pero será el bombardeo de Fort Sumter el acontecimiento que decida a los indecisos. Virginia, Carolina del Norte, Arkansas y Tennessee dudan.

Dudan también los Estados que limitan con los separados, y ésta es una duda más importante, ya que en ellos coexisten, por así decirlo, dos formas de vida. Se trata de Kentucky, Missouri y Maryland.

Ante la perspectiva de la guerra, Carolina del Norte y Arkansas se inclinan hacia los hermanos del Sur. Pronto les sigue Tennessee, que será uno de los más importantes teatros de operaciones de la campaña. En Virginia, la Convención se declara a favor de la secesión. Pero en este Estado, cuna de la independencia, se produce una secesión dentro de la secesión: los condados occidentales no aceptan la separación y llaman en su ayuda a las tropas federales. En junio, esos 34 condados formarán ya un nuevo estado dentro de la Unión: West Virginia.

En Kentucky, la solución adoptada es ecléctica: en la consulta en las urnas, la mayoría se pronuncia por la neutralidad, lo que es una forma de separarse, aunque no se combata a la Unión. Missouri y Maryland, finalmente, y a pesar de motines populares como los que se desarrollan en Baltimore, deciden permanecer fieles a la Unión. El Oeste permanece pasivo.

La Confederación la forman, pues, once Estados, si bien la bandera luce trece estrellas. Dos representan a los Estados de Kentucky y Missouri, cuyos ciudadanos, partidarios de la esclavitud, escapados a la Confederación, han formado gobiernos en el exilio.

Figuras y efectivos de los dos bandos

La lenta, pero constante disposición para la guerra por parte de los rebeldes del Sur se ve facilitada por la presencia en sus filas de grandes militares de carrera.

El Norte industrioso manda a sus mejores hijos a las fábricas; en las grandes familias del Sur, en cambio, se tiene a gala que uno de los miembros varones haga carrera en el Ejército. El caso más típico es el de Lee. Era el mejor oficial de carrera de toda la Unión y podía aspirar al mando supremo de las tropas federales. Pero era virginiano. Y escribe una carta de dimisión en la que dice que «no puedo disparar contra mi Estado natal, mis hijos, mi hogar». Lee asume, pues, el mando del ejército de Virginia. Y la falta de mandos en el Norte es tan desesperada, que Garibaldi escribirá, en abril de 1861, a Lincoln ofreciéndose a luchar a su lado.

Naturalmente, este tipo de conflictos íntimos y familiares se dan por doquier en los primeros momentos. Hay el caso del senador Crittenden, de Kentucky, dos de cuyos hijos combaten en las tropas federales y uno en las confederadas. La misma señora Lincoln tiene tres hermanastros en el ejército sudista, lo cual le valdrá grandes críticas en Washington, donde, sin embargo, tales casos abundan.

La disparidad de las fuerzas será muy grande durante toda la guerra. El Norte posee la producción industrial, la técnica, las redes ferroviarias, las finanzas. Dispone también de mayores reservas humanas, ya que veinte millones de ciudadanos permanecen en los Estados fieles a la Unión, que abarcan un inmenso territorio. El Sur apenas si alcanza la extensión de Europa y sólo tiene seis millones de pobladores.

Sin embargo, la ventaja sudista es clara al principio y tardará en dejarse sentir su debilidad, que llega a ser dramática.

El carácter voluntario del servicio militar complica las cosas. Los 75.000 voluntarios pedidos por Lincoln en abril tardan tres meses en reunirse. El Sur, por su parte, libera del servicio de armas a una enorme cantidad de ciudadanos en los primeros tiempos. Y es que los dos campos, como suele suceder en todas las guerras civiles, están convencidos de que la lucha durará tres meses. Por ello, los primeros golpes del Sur son muy convincentes. Aparte de que sus estrategas y tácticos sean mejores, sus voluntarios, criados en las plantaciones y los bosques, resultan excelentes jinetes, estupendos tiradores. Los jefes adoptan medidas tácticas llenas de buen sentido y de innovación moderna: la más famosa es la del uniforme gris, frente al azul de los federales. El gris funciona como un buen camuflaje en terrenos neblinosos.

Las batallas decisivas

Como los dos bandos piensan que la guerra durará poco y el Sur confía en cortar a los norteños sus conexiones con el Oeste, el primer impulso parte de los confederados.

De entrada, esta estrategia agresiva tendrá un carácter político. Los secesionistas trasladan la capital de Montgomery, en el interior de los bosques de Alabama, a Richmond, a 120 millas de Washington, en Virginia. Al prolongarse la guerra, eso resultará un error. Pero en estos primeros momentos no lo parece. Con la capital en Richmond, el Sur iniciará el primero de sus grandes ataques. Su objetivo inmediato en Washington.

En julio de 1861 se produce la primera gran batalla. La de Bull Run, cerca del nudo ferroviario de Manasas, al otro lado del río Potomac, en Virginia. Beaugerard y Jackson, uno de los héroes del Sur, a quien por su conducta en esta batalla se le apodará «Stonewall» (Muro de piedra), terminan por poner en fuga a los federales. Sin embargo, les ha desconcertado el éxito tan relativamente fácil y no lo aprovechan.

Tras la batalla de Bull Run, el Norte comprende que ha de prepararse para una guerra larga. Si bien los sudistas no han aprovechado al máximo el éxito cruzando el Potomac y lanzándose hacia la capital federal, su posición queda ventajosa. De ahí que los militares federales decidan atacar por los flancos a la retaguardia sudista, para impedir que éstos puedan abastecerse. Por tierra y por mar se declara el bloqueo marítimo de los puertos sureños. Ningún barco puede entrar o salir de ellos. La marina federal vigila frente a las costas día y noche. El barco que intente escapar será apresado o bombardeado y echado a pique. El bloqueo acarrea problemas, ya que Europa, y en especial Inglaterra, quieren seguir negociando con el Sur. Surge un incidente con la fragata británica «Trent» en diciembre de este primer año. Puede decirse que, en 1861, el Sur sigue conservando su ventaja.

Para 1862 Lincoln ha renovado el mando nordista. Sustituye al viejo general Scott, héroe de la guerra contra los ingleses, por un ambicioso oficial de las nuevas promociones: MacClellan. En enero, los federales obtienen sus primeros éxitos en Fort Henry y Fort Donleson. El 8 y 9 de marzo se lleva a cabo el combate naval entre el acorazado federal «Monitor» y el «Merrimac», al que los del Sur han rebautizado «Virginia». La batalla queda indecisa, pero el Sur no puede romper el bloqueo, que en el otoño del año anterior había consolidado el Norte al tomar una flotilla el canal de Port Royal, entre Charleston y Savanah.

En mayo del 62 llega el primer gran fruto del bloqueo para las tropas nordistas, aunque la situación en los frentes del Este continúe incierta. En la línea del Mississipí, uno de los centros vitales de la Confederación, los federales consiguen ocupar Nueva Orleáns y Memphis. El padre del éxito es el comandante de la flota del golfo de México, Ferragut, que, paradójicamente, había nacido en Nueva Orleáns. Europa empieza a ver que el Sur puede perder la guerra, ya que Nueva Orleáns era un punto capital para el abastecimiento, el mejor puerto del Sur.

En mayo se inicia una confrontación en Virginia, en la península de Yorktown. Se suceden una serie de combates. El primero de julio tiene lugar la batalla de Mavelrn Hill, que forma parte de la denominada batalla de los siete días. Igual que Jackson en Bull Run el año anterior, tampoco el nordista Mac Clellan sabe aprovechar ahora el triunfo, que no es espectacular, pero que ha dejado a los confederados exhaustos, y no se dirige a Richmond, que tiene al alcance de la mano. En estos momentos, el Norte forma sus primeras unidades de negros y el Sur se lanza sin éxito a experimentar submarinos para forzar el bloqueo.

Sin embargo, los confederados atacan por otra línea. Stonewall Jackson, el héroe de la primera batalla de Bull Run, se ha metido, en mayo, por el valle de Shanandoah, en el este de Pennsylvania. Y aunque en el verano los sudistas pierden en Virginia, en agosto avanzan y entran en Kentucky.

En agosto, los federales intentan en Bull Run una segunda batalla, cuyos resultados son muy similares a los de la primera, y eso que el dubitante Mac Clellan no la ha dirigido. Pero vuelve a ganar Lee.

En septiembre, al fin, Mac Clellan le corta el paso a Lee, que amenazaba, en un audaz movimiento, a Maryland. La batalla es tremenda. Se lleva a cabo en Antietam, un riachuelo. La carga nordista, dirigida por Burside sobre el puente del río, ha pasado a la leyenda, cubriendo a los soldados y jefes federales más populares de un aura de valor. Al mismo tiempo, la caballería sudista, ya legendaria en cientos de acciones, y mandada por uno de los jefes más populares del Sur, Stuart, confirma una y otra vez su reputación. Sin embargo, el resultado final —con casi trece mil muertos por cada bando— favorece al Norte, pues Lee no puede seguir hacia arriba y cortar el campo unionista en dos.

En 1863 se inicia la segunda etapa de la guerra. El Norte, poco a poco, va imponiéndose.

Eliminado Mac Clellan, el ejército de la Unión pasa al ataque. En el frente del Este se lanza decidido hacia Richmond, la capital sudista. En el occidental, se decide a conquistar el Mississipí. Es el año en que empiezan a llegar a los altos puestos jóvenes oficiales que han ganado fama y experiencia en la primera parte de la guerra.

En mayo, en la batalla de Chancellorsville, en el frente del Este, en el corazón de Virginia, el Sur, aunque gana el combate, pierde uno de sus mejores hombres: Stonewall Jackson. Al mismo tiempo, en el frente del Oeste, el joven y cada vez más popular Ulyses S. Grant avanza en dirección a Vicksburg, en el río Mississipí, por encima de Nueva Orleáns, de modo que, si consigue tomar Vicksburg, algo así como el Gibraltar del gran río, las comunicaciones de los primeros Estados secesionistas con los compañeros del Oeste, Louisiana, Texas y Arkansas, quedarán cortadas o enormemente dificultadas, pues, además, el Norte tendrá el dominio del río y el Sur se habrá convertido en una fortaleza sitiada por el agua: bloqueada en la costa este y sur, bloqueada ahora desde el Mississipí. Grant quiere devolverle así a Lee el golpe de éste en Maryland.

Lee concibe entonces otra vez una acción para el plan estratégico que siempre ha obsesionado al Sur: cortar al Norte de el Medio y el Lejano Oeste, al tiempo que le hiere en su corazón, los grandes centros industriales. De manera que el comandante en jefe sudista mueve su ejército de Virginia en dirección al Norte, en dirección a Pennsylvania. Corre el riesgo gravísimo de dejar al descubierto la capital, Richmond, pero si se sale con la suya, además de los dos objetivos enumerados habrá obligado a Grant a abandonar el Mississipí para correr hacia el Norte. Puesto que si Lee alcanza Filadelfia y la toma, la suerte de la guerra quedaría invertida. Cuando uno de sus hombres objeta a Lee que los yanquis pueden tomar a su vez Richmond, Lee responde con una frase de jugador de ajedrez: «Muy bien; cambiaremos las reinas». Sólo que era algo más. Significaba, para el Sur, abandonar por fin la actitud defensiva a la que sus recursos y su territorio le forzaban. Los esclavistas del Norte ayudarían a esa consolidación.

Para detener a Lee, Lincoln hace un nuevo cambio en el alto mando. Sustituye a Hooker y nombra a Meade como comandante supremo. Meade, un hombre metódico y concienzudo, sin la audacia de Lee, sale en persecución del comandante sudista al mando del quinto ejército del Potomac. Lo alcanzará más arriba todavía de Antietam. En Gettysburg. Y allí la tranquilidad y método de Meade dan buenos resultados.

Del 1 al 3 de junio, los sudistas se lanzan al ataque y de nuevo se escriben páginas de un valor y una determinación heroica, que todo americano recuerda: carga de los virginianos de Pickett, carga de la caballería de Jonston en Culp’s Hill, carga de Ewell, para dominar la llamada colina del cementerio.

Meade y sus colaboradores aguantan. Se distinguen Wadsworth y Slocum resistiendo los feroces asaltos confederados a las colinas. Al tercer día de esta batalla decisiva —a la que asiste, además, el primer fotógrafo de guerra, Brady, con un carromato de su invención—, Lee tiene que retirarse. Ha perdido 27.000 hombres. Meade, 23.000. Pero el jefe nordista dispone aún de 70.000, a los cuales puede reunir con relativa facilidad y convertir la sabia y valerosa retirada de Lee en una catástrofe. Pero como Mac Clellan, el meticuloso Meade prefiere no precipitarse.

Lee ha perdido en Gettysburg porque su enemigo era más numeroso y disponía de una artillería más potente, ya que, pese a la resistencia a la guerra de ciertos grupos, el esfuerzo industrial del Norte empezaba a dar ya espectaculares resultados. También los lugartenientes de Lee, Ewell y Longstreet, cometieron errores graves. Pero Lee, que era todo un carácter, exigió para sí la responsabilidad entera del desastre.

La primera consecuencia de Gettysburg es la caída de Vicksburg. La guerra podría haber terminado. Pero ahora, en el Norte, a mucha gente le interesa que dure, aunque haya más revueltas populares contra las levas y más descontento popular por la elevación de los impuestos. La guerra está metiendo dinero fresco en muchos bolsillos.

Se suceden una serie de encuentros en los que el Norte sigue llevando la mejor parte; el más conocido es el de Chatanooga, en el Tennessee, en noviembre.

La rendición del Sur

En marzo de 1864 Lincoln nombra a Grant comandante en jefe, eliminando a Stanton, que siendo secretario de Guerra, quería encargarse en persona de las operaciones. El Norte tiene al fin un general capaz de llevarle a la victoria.

Grant es un buen estratega y además un táctico decidido. Su plan, trazado de inmediato, consiste en converger sobre la capital sudista, Richmond, por tres lados, para conseguir algo decisivo en el frente del Este. En el frente del Oeste dispone que Sherman, otro de los nuevos generales prestigiados, arranque desde las proximidades de Chatanooga y, cruzando Georgia, llegue hasta el mar, partiendo así de nuevo el bando confederado, ya dividido en dos por la toma del Mississipí.

Las grandes ofensivas se inician en mayo. Y aunque en junio el sudista Early llega en una audaz incursión hasta Washington, la suerte del Sur está echada. Sólo le queda resistir muriendo y matando. Las batallas se suceden en el flanco que Grant manda con el ejército del Potomac: Wildernness, Spottsylvania, Cold Harbor. La guerra de resistencia del Sur cuesta cara. Grant, que es un duro, la define con una frase cruel: «Yo no cuento mis muertos». Richmond tardará en caer once meses.

Entretanto, Sherman ha iniciado su acción. Resulta todavía más brutal que la de Grant. Arrasa y quema como Atila. En septiembre toma Atlanta, la capital de Georgia, que arde por los cuatro costados. En diciembre, continuando su avance, está en Savannah, a orillas del Atlántico. Su objetivo se ha cumplido. El Sur queda partido en dos: lo divide un cortafuegos de tierra arrasada.

Por si esto no bastara, en agosto, en la bahía de Mobile, en Alabama, en el golfo de México, el Sur queda destrozado como fuerza naval. Sheridan, que ha iniciado su campaña conquistando el Valle de Shenandoah, el que tomara Stonewall Jackson, progresa a su vez.

1865 es el año de la guerra. Richmond se rinde el 2 de abril. En Carolina del Norte el gobernador Vanee, imbuido de las ideas de que cada Estado confederado dispone de su suerte como mejor se le antoja, presume de tener sus almacenes repletos de carne en salazón, así como de uniformes, cuando en la capital sudista los soldados han combatido descalzos y sin comer apenas.

Lee se rinde siete días después de la caída de Richmond, tras intentar el domingo de Ramos una ruptura desesperada del cerco para unirse a las tropas que restan. El gran general del Sur entrega su espada a Grant en Appomatox Court House, un pueblecito de la Virginia que ha defendido con uñas y dientes.

El resto de los ejércitos sudistas siguen los pasos de Lee. El 18 de abril se rinde Jonston, en Carolina del Norte; el 4 de mayo, el ejército de Taylor, que manda las tropas de Alabama y Mississipí. El 26 de mayo, Kirby-Smith, que mandaba otra sección de las tropas de Mississipí, y a cuyo encuentro se ha dirigido el fugitivo presidente Jefferson Davis con el tesoro de la Confederación.

Jefferson Davis es detenido poco después en Greensboro. Pero el dinero confederado ya no está con él. Y así comienza la última leyenda sudista. Y, al tiempo, el nombre de yanquees, con el que despectivamente motejaron los confederados a los soldados federales, pasa a ser poco a poco sinónimo de norteamericano.



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LA obra de Lincoln quedó incompleta. Salvo la República de Nigeria, que obtuvo su independencia en 1960, ningún país del mundo tiene hoy tantos negros como los Estados Unidos. Se trata, pues, de una minoría enorme. Y las luchas por conseguir unos derechos civiles iguales a los de los blancos se han desarrollado con enorme fuerza justamente un siglo después de que terminase la guerra de Secesión, que les liberó oficialmente de la esclavitud.

Las causas de que tras la guerra civil los negros liberados no obtuvieran una situación mejor o, por lo menos, estuvieran en mejores condiciones para emprender su lucha civil, son muy diversas.

En primer lugar, no pudo llevarse a cabo la política que Lincoln preconizaba: reforzar las instituciones federales, aunque respetando las peculiaridades y derechos de los Estados vencidos. Los elementos más turbios del Sur, aliados con los más turbios del Norte, comenzaron muy pronto a imponer sus criterios. Y pronto los gobiernos de los antiguos Estados de la Confederación estuvieron en manos de antiguos dueños de esclavos, ahora al servicio de intereses nordistas, pero apoyados por quienes en el Norte también habían defendido la esclavitud y por los nuevos intereses de los recientes propietarios.

A los negros se les respetaron unas cuantas concesiones de la Proclama Emancipadora: votar, tener propiedades, contratar y obligarse, testificar en los tribunales. Pero bajo ciertas condiciones. A esto se le denominó Código Negro. Colocó, pues, a los antiguos esclavos en situación de inferioridad permanente, ya que en el Sur, arruinado y esquilmado, muy pocos negros tuvieron posibilidad de comprar nada.

Después de Lincoln, el Gobierno federal nunca tuvo ideas claras sobre cómo ayudar a la emancipación del negro. Estableció, por ejemplo, una oficina para ayudar a la subsistencia y educación de los negros, pero no fue capaz de encontrar fondos para que la oficina cumpliese su cometido.

Esto es lo único que hubiese permitido a los negros alcanzar en un plazo relativamente breve una situación de igualdad.

Por otra parte, la ignorancia mantuvo a los negros en el Sur. Y los antiguos propietarios y la población sudista, a quienes a dos años del final de la guerra se les devolvieron sus derechos civiles plenos mediante una amnistía, se dedicaron a luchar por todos los medios —legales e ilegales— contra los ciudadanos negros.

Así surgió el Ku-klux-klan (fundado en 1866 en Tennessee y aparentemente disuelto pronto por propia voluntad en 1869) y los White Camelias. Eran asociaciones secretas y severísimas, que aprovecharon para sus fines las torpezas cometidas por unos pocos negros insolentados al final de la guerra civil. Las fogatas, las cruces ardientes, los capuchones y los asesinatos del Klan llenaron de terror las noches negras.

De este modo, con los terroristas secretos matando a los negros más insolentes o más decididos; los Estados votando enmiendas que recortaban los derechos de los antiguos esclavos; y finalmente, la afluencia de emigrantes europeos que ocupaban las fábricas, el negro quedó relegado a posiciones cada vez peores. Al terminar el siglo, el 90 por 100 de los negros americanos continuaban viviendo en el Sur.

Cuando quedó claro que los negros seguían en la ignorancia, las campañas de los antiguos propietarios esclavistas se multiplicaron en el terreno de la legalidad. Fueron consiguiéndose modificaciones en la legislación de cada Estado que, merced a trucos jurídicos basados en la Constitución, que deja libertad a los Estados, consiguieron normas para empeorar la condición del negro. De 1870 a 1900 se votaron tantas enmiendas, o los Tribunales recortaron tanto la Proclama Emancipadora, que en 1901 sólo uno de cada 100 negros iba a emitir su voto a las urnas.

Se dictaron leyes para separar a negros y blancos en fábricas, salidas, entradas, baños, ferrocarriles, tranvías, parques públicos, bares, cabinas telefónicas, cárceles municipales, campos de prisioneros, asilos y hasta cementerios.

En el ferrocarril, por ejemplo, el vagón de los negros no sólo era diferente, sino que formaba parte del carro de equipajes. Las campañas de propaganda contra la educación de los negros fueron tremendas. En 1916, por poner otro ejemplo, los municipios sureños gastaban 12,67 dólares para la educación de un niño blanco y sólo 3,90 para un niño negro. De esta manera se perpetuaba la ignorancia y la pobreza, se seguía ocupando a los negros en los trabajos agrícolas de siempre.

Se consiguió también imbuir a los obreros blancos de la idea de que los negros no estaban preparados, y además eran de poco fiar y en las huelgas se dedicarían a traicionarles, haciendo de esquiroles, rompe-huelgas que trabajaban a bajo precio. De este modo hubo sindicatos que negaron el derecho de afiliación a los negros. Fue muy sonado, por ejemplo, que el Sindicato de mineros aceptase a los negros.

La prensa del Sur, sentadas estas bases, insistió en que los negros que no quisieran dedicarse a la agricultura sólo podrían conseguir empleos como artesanos o criados.

Y, en efecto, poco a poco, América fue llenándose de limpiabotas, camareros y criados negros. Y cuando en alguna comunidad negra surgían protestas, se procedía al linchamiento por el Ku-klux-klan, o en plena calle, si las condiciones daban pie a ello. A finales de siglo, el número de negros linchados en el Sur llegaba a cien por año.

Los negros habían salido de la esclavitud, pero aún quedaba tiempo para que fuesen hombres libres.

Los negros, sin embargo, combatieron donde mejor podían: en el Norte. En 1890, más de 140 delegados negros de 21 Estados y el Distrito Federal de Columbia se reúnen en Chicago y organizan la Liga Afroamericana. Había comenzado la lucha legal.


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LINCOLN Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1809 Lincoln nace en Hodgensville (Kentucky). Napoleón se casa con María Luisa, hija de Francisco I de Austria.
Madison sucede a Jefferson.
1810
1811 Napoleón II, «Rey de Roma».
1812 Población en Estados Unidos: 7.250.000.
Guerra contra Inglaterra (1812-1814).
Campaña de Rusia.
Constitución de Cádiz.
1813 Campaña inglesa contra Bengala. En Francia, prohibición a menores de trabajar en las minas.
1814 Marcha a Knob Greek. Luis XVIII en Francia.
Triunfan las revolucionesamericanas.
1815 Fundación de «The North American Review». Congreso de Viena.
Batalla de Waterloo.
Aranceles proteccionistas en Inglaterra.
1816 Lincoln en Indiana, Estado recién creado. Juan VI, en Brasil.
Se crea un segundo banco de los Estados Unidos. Indemnizaciones a terratenientes en Alemania.
1817 Se crea el Estado de Mississipí. En España es abolida la trata de negros.
Monroe sucede a Madison. Concordato Francia-Santa Sede.
1818 Muere Nancy, su madre. Chile independiente.
Daniel Webster: Protección de las Uníversidades privadas. Francia en la Santa Alianza.
Se crea el Estado de Illinois.
1819 Sara Bush Jonhston, madrastra. República de Colombia (Bolívar).
Se crea el Estado de Alabama. Unión Alemana del Comercio y de la Indus tria.
Los Estados Unidos compran Florida a España.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Nace Darwin. Muerte de Haydn.
Lamarck: Filosofía zoológica. Chateaubriand: Los mártires.
Schlegel: Curso sobre el arte dramático. Botta: Guerra de la Independencia de los Estados Unidos de América.
Goethe: Afinidades electivas.
Goya: Los desastres de la guerra.
Nace Chopin.
Teoría de Avogadro sobre el peso atómico. Niebuhr: Historia de Roma.
Fraunhofer inventa el espectroscopio. Fouqué: Ondina.
Goethe: Poesía y verdad.
Prensa rápida Kóenig-Bauer. Gericault: Oficial de húsares ordenando una carga.
Hermann Grimm: Cuentos infantiles y del hogar.
Southey: Vida de Nelson.
Nace la egiptología. Goya: Fusilamientos del 3 de mayo.
Schopenhauer: La cuádruple razón del principio de razón suficiente.
Locomotora de Stephenson. V.López Portaña pintor de cámara de Fernando VII.
Hegel: Enciclopedia de las ciencias filosoficas.
Martínez de la Rosa: La viuda de Padilla.
Pellico: Francesca de Rimini.
Savigay: Historia del Derecho Romano en la Edad Media. Schlegel: Historia de la literatura antigua y moderna.
Fernández Lizardi: Periquillo Sarniento.
Stendhal: Roma, Ñáapóles, Florencia.
Primera tabla de pesos atómicos. Weber: Jubel-Ouverture.
Constant: Curso de política constitutional. Hazlitt: Conferencias sobre los escritores comicos ingleses.
Fresnel publica su teoría ondulatoria de la luz. J. Mohr: Stille Nacht.
Schopenhauer: El mundo como voluntad y re presentación. Gericault: La balsa de la medusa.
Byron: Don Juan.
Scott: Ivanhoe.
LINCOLN Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1820 Compromiso del Missouri. Jorge IV, en Inglaterra.
Se crea el Estado de Maine.
1821 Se crea el Estado de Missouri. Independencia de México.
1822 Independencia del Brasil.
1823 Doctrina Monroe («América para los americanos») Independencia de Centro América.
León XII, Papa.
Los cien mil hijos de San Luis en España.
1824 México se declara Repubica Federal.
En Inglaterra se legalizan los Trade-Unions.
1825 Adams sucede a Monroe. Ministerio Cea Bermúdez en España.
Abolición de la esclavitud en México.
1826 Muerte de Jefferson. Congreso de Panamá.
1827 Cooperativas de producción. Independencia de Grecia.
1828 Matrimonio de su hermana Sara. Independencia de Uruguay.
Elección de Jackson.
1829 Jackson sucede a Adams. Gran Bretaña: Los católicos se emancipan.
Pío VIII, Papa.
1830 Nace Isabel II de España.
Revolución de julio en Francia.
1831 Lincoln en New Salem. Conferencia de Londres.
Se inaugura el primer ferrocarril. Mazzini funda la joven Italia.
Garrison publica el primer número del Independencia de Bélgica.
Liberator. Gregorio XVI, Papa.
1832 Sublevación de Black Hawk. Polonia provincia rusa.
A. Lincoln se alista voluntario. Reforma parlamentaria en Inglaterra.
Campaña antiesclavista.
1833 Administrador de Correos. Ocupación británica de las islas Malvinas.
Compra la tienda de su patrón y lleva el negocio con un socio. Ley sobre el trabajo, y abolición de la esclavitud en Inglaterra y sus colonias.
Se hace agrimensor del Estado. España: Guerras Carlistas.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Bopp: Comparaciones del sánscrito, griego, latín v teutónico. Se funda el Ateneo de Madrid.
Davy y Faraday: magnetoelectricidad. James Fenimore Cooper: El espía.
Niepce inventa la fotografía. Stendhal: Del amor.
Liebig y Wóhler descubren la isomería. Andrés Bello tunda la revista «Biblioteca Americana».
Lamennais: Ensayo sobre la indiferencia en materia de religión.
Prout: Acido clorhidrico libre en el jugo gástrico. Delacroix: Las matanzas de Scio.
Olmedo (Ecuador): Canto a Bolívar.
Winthrop: Historia de Nueva Inglaterra.
Bretonneau describe la difteria. J. Fenimore Cooper: El último mohicano.
Ley de Ohm. V. Hugo: Cromwell.
Baer descubre el huevo de mamífero. Macedo: Los burros o el reino de la sandez.
Wöhler realiza la síntesis de la urea. Festival en Nürenberg en honor de Durero.
Muere J. B. Lamarck. E. A. Poe: Al Aaraaf y Poesías menores.
V. Hugo: Las orientales.
Fundación del Conservatorio de Madrid.
Lamartine: Armonías poéticas y religiosas.
Ley de inducción eléctrica (Faraday) Delacroix: Batalla de Nancy.
J. Clark localiza el polo magnético. Víctor Hugo: Nuestra Señora de París.
Liebig y Soubeiran descubren el cloroformo.
Muere Hegel.
Pixii construye un generador de corriente alterna. Muerte de Goethe.
Havas monta una agencia de prensa.
Faraday descubre las leyes de la electrilisis. Nace J. Brahms.
Nace Alfred Nobel. Balzac: Eugenia Grandet.
LINCOLN Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1834 Es elegido por Illinois (legislatura). Promulgación del Estatuto Real en España.
Paludismo en New Salem. Represión policíaca en Alemania y censura de prensa.
Muere Ana Rutledge.
1835 Bennet funda el «New York Herald». Asedio carlista de Bilbao.
Muere Zumalacárregui.
1836 Sublevación en Texas. Asociación de Trabajadores en Gran Bretaña.
«Abe» se traslada a Springfield.
1837 Van Burén sucede a Jackson. Desórdenes en Colonia.
La reina Victoria sube al trono.
1838 Primer viaje de vapor de Inglaterra a Estados Unidos (Sirius). Rebelión y huida a la India del Aga Kan. Escuela de Manchester (libre comercio).
1839 Estados Unidos compra a Rusia Fort España, Paz de Vergara.
Ross. Prusia, se prohibe el trabajo a niños menores de nueve años.
1840 Sublevación en Barcelona.
Guerra del opio.
1841 Primer telégrafo en Estados Unidos. Tratado de los Dardanelos.
Harrison sucede a Van Buren.
Tyler sucede a Harrison.
1842 Contrae matrimonio con Mary Todd. Abandona la legislatura de Illinois. En Gran Bretaña se prohibe el trabajo de las mujeres en las minas.
1843 En España, Narváez y Espartero.
Milenario del Imperio en Alemania.
1844 Independencia de la República Dominicana.
Asociación de Jóvenes Cristianos en Ingiat.
1845 Polk sucede a Tyler.
Anexion de Texas.
Período de hambre en Irlanda.
1846 Guerras con México. Tratado de Oregón. Lincoln candidato por el partido whig. Abolición de los Aranceles proteccionistas. Píxo IX, Papa.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Motor eléctrico de Jacobi. El Duque de Rivas ingresa en la Real Academia Española de la Lengua.
Tocqueville: Democracia en América. Simms: Los Temassee.
Faraday: proceso de polimerización. Büchner: La muerte de Danton.
Emerson: La Naturaleza. Larra: Día de difuntos.
Nace Ernst von Bergmann (cirujano). García Gutiérrez: El trovador.
S. Morse: Telégrafo. Liceo artístico y literario de Barcelona. Carlyle: Revolución Francesa.
Comte: Sociología. Aventuras de Arthur Gordon Pym.
Real Academia de Jurisprudencia en España.
Máquina fotográfica de Daguerre. Longfellow: Hiperion; voces en la noche.
Teoría celular de Schleiden-Schwann. Lermontof: El demonio.
Lamartine: Recogimientos poéticos.
Jacobi: La galvanoplastia. Liebig: Química orgánica y su aplicación en la agricultura. Espronceda: Poesías.
Longfellow: Baladas.
Feuerbach: La esencia del cristianismo. Andrés Bello: Análisis de los tiempos de la conjugación.
Abonos químicos de Liebig.
Braid propone una teoría sobre la hipnosis.
Comte: Curso de Filosofía positiva. Duque de Rivas: El desengaño en un sueño.
Nace Williams James. R. Wagner: Rienzi (ópera).
Kierkegaard: Filosofía de la existencia. Nace Benito Pérez Galdós.
K. Marx: La religión, el opio de los pueblos. Prescott: La conquista de Méjico.
A. von Humboldt: Asia central. Wagner: El buque fantasma.
Kölliker investiga el desarrollo inicial del embrión. Zorrilla: Don Juan Tenorio.
Balmes: El criterio. Feurbach: La esencia de la religión. Humboldt: Cosmos. E. A. Poe: El cuervo y otros poemas. Wagner: Tannhäuser.
Hoe fabrica en Philadelphia una rotativa. Campoamor: Dolaras.
Anestesia mediante éter de Morton. Hawthorne: Musgos de una vieja granja.
LINCOLN Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1847 Scott ocupa la ciudad de México. Segunda guerra carlista en España.
Taylor vence en Buena Vista. En Inglaterra se implanta la jornada laboral de diez horas.
Lincoln elegido diputado.
1848 Lincoln en el Congreso. Suiza: nueva Constitución Federal.
Tratado de Guadalupe. Revolución en Francia.
Se descubre oro en California.
1849 Taylor sucede a Polk. Proclamación de la República de Austria. Sufragio Universal en Dinamarca.
1850 Debate sobre la esclavitud en el Congreso. Conferencia de Dresde entre Austria y Prusia.
Cavour, ministro del Gabinete D’Azaglio.
Compromiso de Clay. (Transación de 1850.) 10.942.280 hab: pobl. España.
Fulmore sucede a Taylor.
El Estado de California es admitido en la Unión.
1851 Concordato de España con la Santa Sede.
1852 25.000.000 hab. Población U.S.A. El Transvaal, territorio independiente.
1853 Pierce sucede a Fillmore. Guerra de Crimea.
1854 Se forma el partido republicano. «Kansas-Nebraska Act» María Cristina de España abandona el país. Dogma de la Inmaculada.
1855 Don Bosco funda los salesianos.
1856 Buchanan derrota a Frémont. Paz de París (fin de la guerra de Crimea).
1857 Gran insurrección de la India (sublevación de los cipayos).
1858 Debate Douglas-Lincoln.
(Campaña elecciones para el Senado.)
Abolición de la esclavitud en Kansas.
Motín en la India contra Inglaterra. Disolución de la Compañía de las Indias Orientales.
La India, dominio británico.
1859 Condena de John Brown. Guerra de unificación italiana.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTES Y LETRAS
Marx y Engels: Manifiesto comunista.
Semmelweis estudia las causas de la fiebre puerperal.
G. Courbet: El hombre de la pipa.
Andrés Bello: Gramática de la lengua castellana.
Fechner: La vida anímica de las plantas. Lowell: Las crónicas de Biglotc.
Stuart Mill: Principios de economía política. Dumas: La Dama de las Camelias.
Herculano: El monje cisterciense.
Foucault determina la velocidad de la luz. Chateaubriand: Memorias de ultratumba.
Wurtz descubre las aminas. Fernán Caballero: La Gaviota.
Fizeau precisa la velocidad de un rayo luminoso. Emerson: Hombres representativos.
Wagner: Lohengrin.
Primera fotografía estelar desde el observatorio de Harvard.
Cable submarino entre Dover v Calais.
Teoría pendular de Foucault. Exposición de Londres.
Hermán Melville: Moby Dick.
B. Stowe: La cabana del tío Tom.
División celular de Renak. Nelville: Pierre o la ambigüedad.
Gaspar Zeus: Gramática céltica. Campoamor: El drama universal.
W. Thomson: Define la energía. Verdi: La traviata y El trovador.
Berthelot sintetiza el alcohol metílico. Wagner: Los nibelungos y La Walkiria.
Empieza a publicarse «Le Fígaro». Thoreau: Walden.
Spencer: Principios de Psicología. G. Courbet pinta El taller.
Colorantes sintéticos de Perlin. Víctor Hugo: Las contemplaciones.
Pasteur: la fermentación láctica. Flaubert: Madame Bovary.
Hughes inventa el telégrafo impresor. Baudelaire: Las flores del mal.
Virchow: Patología celular. Wagner: Tristan e Isolda.
Primera fotografías lunares. Holmes: El autócrata del desayuno.
Darwin: El origen de las especies. Berlioz: Troyanos.
Julius Pflucker descubre los rayos catódicos. Víctor Hugo: La leyenda de los siglos.
LINCOLN Y SU ENTORNO POLITICA Y SOCIEDAD
1860 Convención de Chicago: Lincoln, candidato a la presidencia, es elegido Presidente. Tratado de Turín.
La población española: 15.650.000 hab.
Abolición de la esclavitud en las Indias occidentales holandesas.
Carolina del Sur proclama la secesión.
1861 Guerra civil. Emancipación de los siervos.
Bombardeo de Fort Sumter.
Batalla de Bull Run.
1862 Victorias en Fort Henry y Fort Donleson. Captura de Garibaldi.
Bismark, primer ministro de Prusia.
Los federales ocupan Nueva Orleáns. En España se organiza el notariado.
1863 Batalla de Chancellorsville. Maximiliano emperador de Méjico.
Lee pierde en Gettysburg. Dunant tunda la Cruz Roja Internacional.
Cae Vicksburg. Asociación de trabajadores en Alemania.
«Proclama emancipadora». Revolution en Polonia.
1864 Grant, jefe de los federales. Pío IX, encíclica «Syllabus errrorum».
A. Lincoln, reelegido presidente. Fundación de la Cruz Roja Española.
1865 Fin de la guerra de secesión. Primera huelga en España.
Atentado contra Lincoln en el que muere.
Johnson sucede a Lincoln.
CIENCIA Y PENSAMIENTO ARTE Y LETRAS
Zinin aísla la anilina. Hawthorne: El fauno de mármol.
Primera fotografía de las protuberancias solares. Bécquer: Rimas.
Dickens: Grandes esperanzas.
Teléfono de Reis. Estreno en París de la ópera de Wagner, Tannhäuser.
Kirchhoff descubre el análisis espectral.
Aparece el «Daily Telegraph», en Inglaterra. Holmes: Elsie Venner.
Berthelot sintetiza el benceno. Maner: Lola de Valencia.
Nace Henry Ford. Se funda la Bayer and Co. Muere Delacroix.
Longfellow: Cuentos de una hostería.
Thoreau: Excursiones.
Renan: Vida de Jesús.
Taine: Historia de la literatura inglesa. Nace Henri de Toulouse-Lautrec.
Thoureau: Los bosques del Maine.
Leyes de la herencia de Mendel. Manet: Olympia.
Teoría electromagnética de la luz (Maxwell).
Pierre Martin inventa el horno sobre el suelo.